Parece que el formato escrito y el anonimato en ocasiones sacan lo peor de las personas. A nivel de inteligencia emocional muchos adultos siguen con la madurez de un adolescente de 12 a 14 años. Eso por lo menos es lo que es mi conclusión tras años de participar en redes, escribir en blogs y recibir mensajes a través de formularios de páginas web.

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Muy pocos de ellos mantienen la postura cuando los tienes delante en persona. Es muy fácil desahogarte de forma virtual pero tener que tratar con personas en la vida real en directo sin tiempo para elegir los emoticonos adecuados intimida a la mayoría de ellos.

No te tomes el comportamiento adolescente como algo personal

Cuando alguien me “vomita” encima a través de algún canal digital me imagina una persona herida. Ha tenido un mal día con la pareja, con los hijos, en el trabajo, etc. y me utiliza como canal de escape. Eso no justifica su comportamiento pero me recuerda que no es personal. No soy yo el problema.

Creo firmemente que cualquier cosa mala puede tener algo bueno si te permites verlo. Lo más importante es controlar tus emociones y no reaccionar como lo hubieras hecho con 13 o 14 años. Ahora eres un adulto, estar en redes no cambia la cosa.

Wallapop es un canal en el que últimamente me muevo más. Será por ello que veo más comentarios negativos y/o bordes por aquí que en otro sitio. Un chat puede ir así.

  • “5 euros” (producto con valor de mercado de 25 euros, ofrecido por 20 euros).
  • “Hola [nombre]! 5 euros no puedo. El producto es nuevo en su embalaje original, me ha costado más, estaría perdiendo dinero.”
  • “Me parece muy caro. Te ofrezco 7 con envío incluido.”
  • “Échale un vistazo a Amazon, ahí también lo ofrecen. Qué tengas un buen día.”
  • “Pues en [tienda online] lo venden por 15 euros, así que tú sabrás”.
  • “Vale, pues te recomiendo comprarlo ahí. Un saludo.”

Esta conversación tampoco es de las más desagradables. Las hay peores pero es para que te hagas una idea. Si esto ya te supera o hubieras respondido de otra manera será mejor que no te metas. Yo te recomendaría hacerlo de todas formas. Aprende a poner tu ego en una esquina de la habitación donde no te perjudique. Podrías estar perdiendo oportunidades.

Esto es lo que aporta mantener la calma cuando me ponen a parir

Una conversación reciente y parecida a la de arriba pero un poco más borde me ha ayudado a facturar 250 euros adicionales cada mes. El título dice 500 euros pero con el paso del tiempo el impacto en la facturación será incluso más importante.

No todas las propuestas de precio sin simplemente ridículas. En mi caso me han permitido encontrar un proveedor de productos en España para algo que estaba comprando hasta entonces por mucho más en Estados Unidos. Mi precio por lo tanto era elevado en comparación con esa tienda porque estaba comprando como un comprador final, incluyendo gastos de envío y aduanas. Ahora mismo estoy comprando con un descuento del 30 a 40% por lo que mi margen ha aumentado a pesar de poder ofrecer precios mucho más competitivos.

Esta conversación era de las típicas tipo “en [tienda online] lo ofrecen por x euros”. Esto me ha ayudado descubrir este distribuidor español de la marca estadounidense, contactar con él y lograr precios de revendedor. He aumentado la gama de productos lo que ha abierto mercado en un nuevo subsegmento de mi nicho y ahora mismo genera unos 250 euros de facturación adicionales.

Siempre escucha. Detrás de cada insulto o comentario borde puede haber una información valiosa. No te dejes llevar por tus emociones. No es personal, actúa con la cabeza fría si buscas un impacto positivo en tu negocio.

Little green soldierUn grupo de empleados de Microsoft, al constatar las intenciones de su compañía de entrar en la licitación del Joint Enterprise Defense Infrastructure (JEDI), un proyecto secreto con el Departamento de Defensa norteamericano de propósitos escasamente definidos pero enfocado, según sus responsables, a “incrementar la letalidad del departamento”, han escrito una carta abierta a la compañía pidiendo que se abstenga de participar.

El episodio recuerda a momentos comentados anteriormente en los que la laxa e indefinida ética de las compañías se contrapone a los principios éticos de sus empleados, como cuando los trabajadores de Google se opusieron a seguir trabajando en el Proyecto Maven o en la oferta de un motor de búsqueda sometido a censura en China, o los de Microsoft, Amazon o Salesforce protestaron pidiendo que sus compañías dejasen de trabajar con el servicio de inmigración o con la policía: cada día más, los trabajadores tecnológicos exigen conocer para qué o quién están trabajando y qué destino tendrá el código que están escribiendo, y amenazan con negarse a hacerlo si esos fines no son coherentes con su código ético.

La tendencia parece cada vez más acusada en el sector tecnológico, en el que la gran movilidad de los trabajadores posibilita llevar a cabo ese tipo de órdagos sin temer demasiado a un posible escenario de desempleo: las compañías ya no pueden apelar al principio de autoridad cuando se trata de definir el trabajo de sus empleados, y tienen que tener en consideración las ideas expresadas por ellos en forma de activismo interno cuando se comprometen en determinados proyectos que puedan ser vistos como de fines cuestionables. La noticia del asesinato de Jamal Khashoggi por el régimen saudí ha llevado a muchos a cuestionarse la complicada relación de las compañías de Silicon Valley con el dinero procedente del país árabe, y circulan ya listas de compañías y apps financiadas parcialmente con esas inversiones, en lo que podría convertirse en una amenaza de boicot.

Todo indica que, cada día más, las compañías se encuentran con un resquebrajamiento de los límites del principio de autoridad. Los tiempos de los directivos autoritarios, de las disciplinas férreas o de las culturas de incuestionable obediencia dejan paso a escenarios en los que los trabajadores se plantean lo que hacen, para qué lo hacen, y su contribución a la misión de la compañía: según afirman los autores de la carta abierta a Microsoft,

“Nos unimos a Microsoft para generar un impacto positivo en las personas y en la sociedad, con la expectativa de que las tecnologías que construimos no provoquen daño ni sufrimiento humano.”

Y si ese principio moral, que forma parte de la propuesta de valor a la hora de aceptar una oferta de trabajo, se convierte en papel mojado ante la magnitud de un contrato (el citado JEDI tiene un importe de diez mil millones de dólares y ha llevado a  que muchas compañías tecnológicas sueñen con hacerse con una parte de su licitación), eso puede afectar a la relación laboral, e incluso provocar dimisiones. Los trabajadores, al menos en estos niveles, ya no buscan simplemente una oferta que les dé de comer, sino que tratan de encontrar compañías con proyectos que les inspiren, a los que quieran contribuir con el código que crean, de los que se puedan sentir orgullosos. Si no consigues convertir a tu compañía o tu proyecto en algo con estas características, conseguir o retener talento puede convertirse en una tarea mucho más compleja de lo que parece. Y si además, entras en conflicto con valores éticos de algún tipo, puede que la cosa se complique mucho más. Google se vio obligada a publicar una declaración corporativa de principios éticos sobre el uso de la inteligencia artificial que pone límites a lo que la compañía podrá hacer o dejar de hacer con su tecnología, y Microsoft ha creado un comité de supervisión ética llamado Aether formado por los principales ejecutivos de la compañía y expertos externos que está rechazando algunos contratos en virtud de estos criterios.

Pronto, este tipo de organismos se convertirán en estándares en muchas compañías, y exigirán, entre otras cosas, un adecuado nivel de coherencia entre lo que estas afirman en las páginas dedicadas a responsabilidad social corporativa de la memoria anual, y las acciones y proyectos reales que llevan a cabo en la práctica. La brecha entre los directivos de supuestamente definían la estrategia de las compañías y los trabajadores que la ponían en práctica se resquebraja. Todo indica que son buenos tiempos para que empresas y directivos se replanteen muchas cosas.

 

Hace casi 7 años se lanzó Google+. La red social (o capa como ellos lo llamaban) con más rápido crecimiento de la historia. En cuestión de 24 horas ya tenían tantos usuarios para lo que empresas como Twitter habían tardado meses y años.

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Tener razón puede tardar 6 años

Desde el momento cero tenía claro una cosa. No me iba a crear una cuenta en la vida. La gente se reía de mí cuando decía que iban a cerrar. Esto son las razones por las que Google+ no era nunca para mí.

  1. Google+ nunca se lanzó por los motivos adecuados. Siempre fue algo funcional, más que emocional. Estaba claro que Google buscaba tener todavía más datos sobre nosotros y que eso era lo único que se pretendía.
  2. Ya estaba en Twitter. En esos momentos estaba muy centrado en esta red social. Aquí figura mi audiencia. Para que dividir mis esfuerzos y empezar desde cero con algo que no sé cómo será dentro de x-meses o años.
  3. El SEO me daba igual. El posicionamiento en buscadores a cambio de muchas otras personas del sector no es algo que me atraiga o me apasione. Me da más un subidón un Me Gusta que meter una palabra clave en el top 10. No significa que no le dé importancia, simplemente no es donde considero que tenga mi punto fuerte.

Siempre me gusta jugar a largo plazo. A corto plazo seguramente hubiera captado más visitas, hubiera llegado a más personas, hubiera mejorado el SEO, etc. pero a día de hoy lo hubiera perdido casi todo. Tuve claro que abrir un perfil en Google+ es crear un activo que el día de mañana iba a perder en valor o incluso desaparecer. ¿Para qué perder el tiempo?

La clave es tener paciencia

Está claro que si no tienes paciencia no tiene nada. En el mundo de los negocios no debes ver un mayor coste como tal sino como una inversión para recibir mayores ingresos en el futuro. Es ser cómo un Warren Buffet (por lo menos a nivel de mentalidad) pero en tu propio campo.

  • Hacer devoluciones de producto sin hacer muchas preguntas (aprende de Amazon, es porque mucha gente compra ahí ciegamente).
  • Darle la razón a un cliente aunque no la tenga (a veces pierdes más que ganas insistiendo en tenerla).
  • Apostar por pequeñas cosas todos los días sin esperar grandes resultados a corto plazo. En breve llevaré 8 años con el blog sin saber lo que me espera o el beneficio que voy a sacar a lo largo de la vida.

Aparte de paciencia es superar la inseguridad. Si todo el mundo se abre una cuenta en Snapchat. ¿Yo también debería hacerlo? ¡No deberías si no encaja en tu plan a largo plazo!

Tu comportamiento y tus decisiones siempre deben estar orientados por el largo plazo. En caso de duda hazte esta pregunta. ¿Me beneficia o no a largo plazo? Yo me suelo hacer esta pregunta a diario. He cambiado mucho el chip al respecto lo que me ayuda tomar mejores decisiones que me permiten crear más valor hacia el futuro.

Pensar en el largo plazo te hará ganar. Siempre. Te seguiré contando.

Stay tuned.

IMAGE: NORSENo pretendo escribir una de esas típicas entradas alarmistas sobre la ciberguerra, sino hacer una pequeña reflexión sobre el poder de la historia a la hora de enseñarnos cosas. Que internet se está convirtiendo en un campo de batalla cada vez más encarnizado en el que los países despliegan sus fuerzas y sus ejércitos para rivalizar a la hora de desarrollar poder ofensivo y defensivo es evidente, y lo demuestra el cambio de actitud de varios gobiernos en ese sentido: que la administración Trump, llevada por el evidente carácter de bully de su irresponsable presidente, anuncie el lanzamiento de una nueva estrategia de ciberdefensa nacional para facilitar el uso de armas gubernamentales en respuesta a posibles ataques, o que el Reino Unido practique ciberataques para sumir Moscú en las tinieblas en respuesta a ofensivas previas es simplemente una evidencia de que estamos entrando en una carrera armamentística en la que cada país rivaliza por contar con mejores y más potentes armas para provocar en sus adversarios efectos que van desde la desinformación hasta los ataques a infraestructuras críticas.

Recientemente, César Muñoz, de FayerWayer, me recordó un texto que escribí en abril de 2013 para el prólogo de la edición española de “Cypherpunks: La libertad y el futuro de internet“, que posiblemente pueda servir para ilustrar la evolución de la situación actual:

El ciberespacio, en todos los sentidos, se ha militarizado. El equivalente de lo que está ocurriendo en la red situado en la calle, fuera de la red, sería directamente la ley marcial. La red y el libre intercambio de información podrían estar posibilitando un período histórico que supusiese el mayor y más vibrante progreso a todos los niveles, pero están en su lugar alumbrando la época más oscura, autocrática y totalitaria que el ser humano ha vivido jamás. Internet, lo creamos o no, se está convirtiendo en el enemigo, en la sustancia que engrasa una pendiente peligrosísima que la humanidad recorre a toda velocidad, en el mayor y más efectivo facilitador del totalitarismo.”

En efecto, el uso de la red y de la tecnología se plantea cada vez más como herramienta para que los tiranos controlen a sus ciudadanos, para señalar al disidente, al que piensa distinto, o al que aspira a un sistema de gobierno diferente. En este sentido, las estrategias ofensivas plantean riesgos claros y evidentes, y recuerdan poderosamente a lo sucedido en la guerra fría, posiblemente el mayor despilfarro de recursos de la historia de la humanidad, con países invirtiendo en un potencial destructivo cada vez mayor, capaz de acabar varias veces con todo vestigio de vida en el planeta, simplemente en busca de un equilibrio imposible. Solo mediante el desarrollo de tratados internacionales, elementos que auxiliasen en la determinación de responsabilidades y organismos con un cierto poder sancionador se llegó a, de alguna manera, poder plantear un escenario diferente y al menos potencialmente más constructivo.

En la red, cada vez más, necesitamos ese tipo de mecanismos. La respuesta del bully, la de dedicar cada vez más y más inversión al desarrollo de ciberejércitos preparados para atacar al enemigo, para escalar en guerras absurdas capaces de provocar daños de todo tipo a infraestructuras cada vez más dependientes de la red, es simplemente absurda, y sabemos, históricamente, que no conduce a nada bueno. Necesitamos urgentemente tratados internacionales con sentido y con herramientas efectivas que protejan a hospitales, a redes de distribución eléctrica y, en general, a todo aquello que forma parte de la infraestructura crítica de un país, del posible interés de un atacante por causar daño, al tiempo que desarrollamos sistemas que permitan trazar esos ataques y asignar las responsabilidades de manera inequívoca a quienes corresponda, para posibilitar el uso de sanciones internacionales contra ellos y provocar el progresivo aislamiento internacional de quienes pretendan no cumplir las normas. La vía correcta no es la de reforzarnos cada vez más en una carrera sin sentido, sino la de hablar para obtener consenso en lo que vale y no vale, en lo que se puede y no se puede hacer, en lo que está permitido y lo que no. Aislar a quienes pretendan explotar la red como arma, y posibilitar que esta se convierta en lo que siempre debió ser. Si no avanzamos en este sentido y obtenemos un nivel adecuado de consenso internacional, estaremos repitiendo errores históricos que jamás nos llevaron a nada positivo.

 

IMAGE: Avtar - Pixabay CC0El último y enormemente alarmante informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) quita la razón a todos los imbéciles pseudocientíficos que llevan años negando las evidencias y pone a la humanidad en un camino de sentido único: cambiar o desaparecer. Es como tener una alarma de incendios sonando a todo volumen en la cocina, pero pasarnos el tiempo discutiendo sobre si está sonando en realidad o si es un sueño, a ignorarla completamente, o a buscar formas de que no moleste o no suene, en lugar de dedicarnos a apagar el fuego que la provoca. El calentamiento global ya no es una lejana entelequia para futuras generaciones: es algo que afectará enormemente a la calidad de vida y a las perspectivas de supervivencia de todos los actuales habitantes del planeta, salvo que vivan menos de cinco o seis años. Ignorarlo, discutirlo o negarlo ya no lleva a ningún sitio más que al ridículo.

¿Qué podemos hacer para contribuir a evitar una cosa así? Está claro que los sacrificios individuales plantean un problema: nadie quiere perder comodidad, confort o calidad de vida mientras ve como muchos de los que les rodean pasan olímpicamente de molestarse. Ser “el que se sacrifica” cuando la mayoría de tus conciudadanos se comporta de manera irresponsable es no solo duro, sino posiblemente absurdo, porque un camino implica sacrificios y pérdida de competitividad, mientras el otro corresponde a los hábitos que hemos construido durante generaciones. Sin embargo, hay algunos procesos mentales que pueden ayudarnos a tomar decisiones más coherentes con respecto a la magnitud del problema:

Primero y fundamental: entender que la evolución actual es completa y radicalmente insostenible. Detener esa evolución implica eliminar el primer y fundamental dogma del capitalismo: la necesidad de crecimiento económico. De hecho, la inmensa mayoría de las prácticas que provocan el calentamiento global se llevan a cabo en nombre de esa supuesta necesidad de crecimiento económico a toda costa, de esa obsesión por seguir creciendo caiga quien caiga. La tecnología para abandonar los combustibles fósiles existe, pero no se pone en práctica porque ello implicaría el colapso económico de múltiples industrias, un importante crecimiento en las cifras de desempleo y pérdidas multimillonarias para muchas compañías con un fortísimo potencial para el lobbying. La primera y fundamental bofetada, por tanto, tiene que ser necesariamente para los economistas, para quienes defienden la necesidad de mantener ese crecimiento económico insostenible a toda costa. El planeta, como todo, tiene sus límites.

Al tiempo, deberíamos pensar a la inversa: cuáles son las actividades económicas con potencial para crear valor al abrigo de la oportunidad que supone el calentamiento global. A medida que las evidencias se suceden, deberíamos contar con un cambio de actitud cada vez mayor en la sociedad, y con la llegada – esperemos – de un punto de inflexión en el que todos rechacemos aquellos productos y servicios que generen emisiones de CO2, para sustituirlos por otros que no contribuyan al problema. Estamos posiblemente ante el cambio de paradigma más importante de la civilización en toda su historia, y pensar que eso no va a crear oportunidades para los emprendedores y para los que sean capaces de entenderlo es estar completamente ciego. El emprendedor del futuro es el que aprende a ver el calentamiento global como una importante oportunidad de diferenciación y de negocio, capaz de generar ingresos a cambio de un resultado neto ya no neutro, sino positivo en términos medioambientales.

Segundo: la tecnología ayuda, por supuesto que sí. Pero lo hace a sus ritmos: solo es posible abaratar la tecnología necesaria para hacerla competitiva a base de fortísimas economías de escala y aprendizaje. Ejemplos como el de Tesla se encuentran ya prácticamente ahí: mientras muchos se ríen de sus dificultades de producción, como si fuera sencillo pasar de ser un fabricante prácticamente sin experiencia en la producción masiva a producir ochenta mil vehículos al trimestre, la compañía ha logrado ya superar las ventas de marcas históricas como Porsche, Mercedes Benz o BMW, es el vehículo de fabricación norteamericana más vendido en su país, y lo ha hecho con un modelo que aunque muchos critican por su precio, tiene un coste total de propiedad sensiblemente inferior a cualquiera de sus comparables con motor de explosión, y es además mucho más seguro. ¿Quiere esto decir que debemos salir todos corriendo a comprarnos un Tesla? Obviamente no, entre otras cosas porque no sería posible. Pero debemos presionar a todos los fabricantes de vehículos para que declaren muerto al motor de explosión y abandonen completamente su fabricación para pasar a centrarse en ser competitivos en la fabricación de vehículos eléctricos, lo que a su vez posibilitará enormes descensos en el coste de componentes fundamentales como las baterías. El millón de vehículos eléctricos en circulación en los Estados Unidos representa un hito importante, pero hay que llevarlo mucho más allá.

¿Qué hacer, por tanto? Básicamente, asumir que el último vehículo que adquirimos fue en realidad eso, el último que adquiriremos, salvo que podamos o queramos permitirnos uno eléctrico. No cambiar de coche es la mejor manera de presionar a la industria automovilística para que cambie: la ganancia que proporciona pasar de un vehículo más antiguo a uno nuevo es, en el mejor de los casos, marginal, y muy inferior a la que se conseguiría si todas esas marcas se viesen obligadas a modificar su estrategia para empezar a fabricar vehículos eléctricos ante la evidencia de que no pueden colocar su sucia chatarra en el mercado.

De nuevo entra en juego la tecnología: los vehículos autónomos avanzan a gran velocidad, acumulan cada vez mayor experiencia en tráfico real, y logran convencer a los reguladores de la necesidad de facilitar su llegada reescribiendo las normas de circulación para adaptarlas a ellos. Empieza a plantearte cómo será tu vida cuando no solo no poseas ese automóvil infrautilizado y aberrante desde un punto de vista racional y económico, sino cuando, además, las ciudades hayan avanzado en su adaptación para convertirse en sitios en los que caminar, montar en bicicleta, utilizar patines o patinetes y flotas compartidas de vehículos autónomos en lugar del caos actual en el que el automóvil particular gobierna a su antojo y todo el resto de elementos son vistos como estorbos. Visualízalo, y además, exígelo a tu ayuntamiento. Cuanto antes, mejor.

La tecnología, de nuevo, puede ayudar. Se está avanzando en el desarrollo de métodos para extraer CO2 de la atmósfera y no solo fijarlo y enterrarlo, sino incluso conseguir que se incorpore a determinados materiales para arreglarlos cuando se rompen, una posibilidad que podría llegar a aplicarse para obtener una economía del CO2 viable, y un resultado neto neutral o incluso negativo. La ruta hacia el fin del carbón es posible, aunque requiere muchísima más presión política sobre los gobiernos que aún pretenden recurrir a él, trabajo de militancia y trabajo de partido, para no solo avergonzarlos por su cortedad de miras, sino echarlos del poder por ser directamente nocivos. El cambio climático tiene que dejar de ser un aspecto anecdótico y bienintencionado de la agenda política para convertirse en el aspecto más importante, decisivo y fundamental para todos.

El cambio es posible. Pero corre muchísima prisa, y requiere que no nos sentemos a esperar a que pase un milagro: es fundamental entender lo que está pasando, informarse y plantear las exigencias oportunas en los lugares adecuados, aunque pensemos que esas exigencias recortan nuestras libertades individuales, nuestro nivel de confort o nos obligan a sacrificios que creemos imposibles. La alarma de incendios suena: si decides ignorarla, no solo lo haces a tu propio riesgo: lo haces con consecuencias que ya no vas a poder ignorar.