Alex Jones on TwitterEl pasado día 15, las cuentas de Alex Jones e InfoWars en Twitter fueron condenadas al “solo lectura” durante una semana, la pena que Twitter impone por una primera violación de sus reglas. Aunque el CEO de la compañía, Jack Dorsey, defendió inicialmente la decisión de mantener abiertas las cuentas porque supuestamente no había contravenido ninguna de sus normas, un artículo de CNN estudiando en profundidad los contenidos publicados por las cuentas y señalando específicamente las veces que habían violado esas reglas, y una serie de medidas de presión anunciadas por varios colectivos terminaron por torcer el brazo de la red social, que ahora estudia qué medidas tomar y que cambios introducir en el servicio cuando ese plazo probatorio de una semana expire.

Sin embargo, lo verdaderamente interesante de todo este asunto no es tanto el destino del conspiranoico y sensacionalista Alex Jones, sino las diversas reacciones que ha generado. En el caso de Twitter, la compañía que más ha tardado en reaccionar a sus contenidos, la compañía ha visto surgir dos campañas formuladas como medidas de presión: una de ellas, difundida bajo el hashtag #DeactiDay, invitaba a los usuarios a desactivar sus cuentas de Twitter el día 17 de agosto, y a posponer la decisión de reactivarlas treinta días después, tras comprobar las acciones que la compañía había tomado con respecto a las cuentas de Alex Jones e InfoWars. 
#DeactiDay

Otra campaña, con un recorrido más largo y que lleva tiempo funcionando, es la protagonizada por Sleeping Giants, un grupo dedicado a advertir a las compañías que se anuncian en sitios como InfoWars, Breitbart News y, en general, en cualquier página que promueva la intolerancia, el sexismo y el racismo, a informarles del tipo de contenido que estaban promoviendo con sus presupuestos publicitarios, y a promover que retirasen su publicidad de esas páginas por incompatibilidad de sus contenidos con la imagen corporativa de la compañía. Mientras los promotores del sitio lo ven como un “servicio a los anunciantes” que tiene su razón de ser en el hecho de que muchas grandes compañías no llegan, en realidad, a saber dónde están saliendo sus anuncios, las páginas objeto de sus acciones lo califican como “el grupo anónimo izquierdista que organiza a multitudes en las redes sociales en un intento de silenciar las voces conservadoras”.

Una tercera campaña con una metodología similar es #BlockParty500: Shannon Coulter, una activista que ya había creado una campaña anterior, GrabYourWallet, en la que intentaba presionar a compañías para que no vendiesen productos relacionados con Donald Trump, propone a los usuarios de Twitter que bloqueen las cuentas corporativas de las compañías del Fortune 500, en una medida de presión que, supuestamente, debería hacer que Twitter cerrase definitivamente las cuentas de Alex Jones e InfoWars. Para lograrlo, Coulter ha creado una herramienta que permite llevar a cabo estos bloqueos de manera automática sin tener que buscar cada cuenta y bloquearla manualmente, e incluso, por si alguien tenía problemas con el hecho de dar acceso a esa aplicación a su cuenta de Twitter, un manual de herramientas sobre cómo subir a Twitter una lista de cuentas a bloquear.

La idea del boicot, aunque los que proponen estas campañas prefieren no utilizar este término, adaptada a los tiempos de las redes sociales y de la publicidad como medio principal de financiación de las redes sociales. Indudablemente, campañas de este tipo son lícitas  – cada persona es libre de decidir qué hacer con su cuenta y qué medidas de presión apoyar – y pueden funcionar si logran el apoyo de un número de personas suficientemente elevado, pero plantean un problema fundamental derivado de la posibilidad de que terminen por contribuir a la polarización del debate: qué hacer si los usuarios del otro lado proponen medidas similares. No resulta en absoluto difícil imaginar un movimiento contrario iniciado en plataformas conservadoras, que trate de generar medidas de bloqueo similares y presionar a las redes sociales de la misma manera, y que amenace a las compañías con perder el acceso a un segmento muy importante de los ciudadanos de los Estados Unidos. La escalada de una situación semejante sería compleja, y de consecuencias difíciles de prever.

La alternativa de marcar unas normas y actuar únicamente cuando son incumplidas es igualmente compleja: hablamos de comunicación humana, en muchos casos de matices e interpretaciones, y de situaciones en las que siempre existirán argumentos a favor y en contra de cada medida. Para las redes sociales, tener el gatillo fácil y bloquear todas aquellas cuentas que infrinjan una norma o que sean denunciadas por un número suficientemente elevado de usuarios es una posibilidad que, aunque pueda sonar razonable en un primer momento, puede terminar en una escalada sumamente compleja. No hacer nada, como el caso de Twitter demuestra, es también peligroso, y convierte a la compañía en diana de todos aquellos que reclaman acción contra lo que consideran una ofensa. En una sociedad como la norteamericana, en la que los dos bandos parecen tener, como evidenciaron las últimas elecciones presidenciales, un apoyo relativamente similar en términos cuantitativos, la gestión de una situación así puede llegar a plantearse como imposible. De una u otra manera, Alex Jones ha conseguido convertirse. con sus acciones y con las reacciones que ha generado, en la espoleta de un conflicto que nos va a obligar a replantearnos muchas cosas.

 

Comments are closed.