HeartbeatHeartbeat es una startup creada en Nueva York por un grupo de jóvenes cardiólogos formados en Columbia University, y dispuestos a llevar a cabo la transición desde un cuidado de la salud cardiovascular reactivo, que actúa cuando surgen síntomas de una posible dolencia, a uno proactivo, que trata de evitar que esos síntomas aparezcan.

La compañía fue fundada en 2016, ha captado 2.5 millones de dólares de capital riesgo, y por el momento tiene ya un par de clínicas abiertas en la Gran Manzana, con planes de abrir varias más, utilizando una combinación de tecnologías digitales, pruebas médicas y consejo especializado. La idea es emplear todos los datos que puedan ser generados por el paciente sin acudir a la clínica mediante una combinación de wearables como Fitbit o Apple Watch, cuestionarios diagnósticos online, y acudir a la clínica para llevar a cabo otro tipo de diagnósticos como electrocardiogramas, pruebas de esfuerzo, etc. para corroborar los resultados. Los cardiólogos ayudan además a los pacientes a interpretar los resultados de sus wearables de manera correcta, y prescriben desde regímenes alimenticios hasta rutinas de ejercicio físico, con el fin de mantener un control sobre la salud cardiovascular de un paciente que puede elegir entre financiarlo a través de su seguro médico si este lo incluye, en forma de una cuota anual de $299, o pagando cada visita a $200.

Otras compañías con ideas similares, como Forward, definida por la revista Time como una de las mejores ideas del año 2017, añaden a la ecuación, además de la salud cardiovascular, elementos como el control del cáncer y otros posibles riesgos, y utilizan además diversos tests genéticos para posibles diagnósticos preventivos, en este caso al margen de los seguros médicos y con un coste de ¢149 al mes. Creada hace dos años por Adrian Aoun, que vendió su startup de procesamiento de lenguaje natural, Wavii, a Google, ha logrado captar ya más de cien millones de inversores, ha abierto ya una clínica en Los Ángeles, y espera continuar su expansión en otras ciudades norteamericanas.

One Medical es otra compañía con una aproximación similar, aunque en este caso hablamos de operaciones en ocho ciudades, una valoración de más de mil millones de dólares gracias a los más de doscientos millones invertidos entre otros por Alphabet, y la idea de ser capaces de recortar el gasto médico en un 10% gracias al uso de la tecnología con pacientes que no tienen problemas a la hora de adoptarla. Una tarifa de entre $149 y $199 anuales permiten acceder a consultas a través de correo electrónico, renovación de recetas en el smartphone, visitas a doctores de un amplio cuadro médico que se solicitan a través de la web, y clínicas que parecen más una boutique que una consulta habitual.

Un conjunto de aproximaciones que apuntan en una misma dirección: la evolución hacia un concepto de salud preventivo, en el que la tecnología es utilizada no solo para llevar a cabo diagnósticos en función de un mayor número de mediciones, sino también para otros procesos, o incluso para simplemente optimizar procesos administrativos. Un tipo de compañías que, seguramente veremos surgir en otros países a medida que la tecnología permita la obtención de más y mejores diagnósticos que, aunque no cumplan necesariamente con todos los elementos de precisión presentes en dispositivos de uso clínico, sí permitan obtener elementos útiles de cara a terapias de tipo preventivo, y lo combinen incluso con elementos de investigación. A medida que los seguros médicos empiecen a comprobar que una gestión proactiva de la salud puede llegar a ser más rentable que una meramente paliativa, el futuro de la medicina y del cuidado de la salud en general apuntará, sin duda, en esa dirección.

 

John HancockJohn Hancock, una de las aseguradoras más grandes y más antiguas de los Estados Unidos, adquirida en 2004 por la canadiense Manulife, ha anunciado que dejará de vender seguros de vida tradicionales y comercializará únicamente pólizas interactivas que registren las actividades de ejercicio y los datos de salud de sus clientes mediante wearables como Fitbit o Apple Watch. La compañía pasará a vender únicamente este tipo de pólizas a través de su subsidiaria Vitality, y finalizará en 2019 la conversión de toda su cartera de pólizas a la nueva metodología.

Este tipo de pólizas están popularizándose progresivamente en mercados como Sudáfrica, Reino Unido y los Estados Unidos, y son vendidas como una ventaja tanto para los usuarios, que tienen así un incentivo adicional para llevar una vida más saludable, como para las aseguradoras, que consiguen una cartera de clientes con hábitos más saludables que tiende a vivir más tiempo y a generar menos indemnizaciones. Sus detractores alegan, en cambio, que la aseguradora puede tratar de optimizar su cartera basándose en los datos obtenidos, tratando de ofrecer condiciones menos atractivas a aquellos que presenten unas variables indicadoras de un riesgo más elevado.

A medida que la tecnología mejora la capacidad de los dispositivos para registrar datos relacionados con el ejercicio y la salud, son más las compañías que se dan cuenta de la oportunidad que este nuevo enfoque puede suponer. Como ya he comentado en entradas anteriores, centrar las críticas en la supuesta falta de precisión de estos dispositivos es absurdo: primero, porque este tipo de variables mejoran rápidamente como lo hacen prácticamente todas las relacionadas con este ámbito, y segundo, porque la ausencia de unas métricas de nivel clínico se compensa con una riqueza de datos espectacular, que llegan en el caso de un wearable incluso al registro prácticamente continuo, frente a la inconveniencia de los dispositivos dedicados. Es evidente que un electrocardiógrafo con sus doce electrodos tiene una capacidad de registro que un reloj en el que simplemente apoyamos dos dedos no tiene, pero la posibilidad de registrar el pulso durante todo el día y unido a diferentes actividades le da unas posibilidades que el electrocardiógrafo, que se limita a una medida puntual, no tiene. Ridiculizar el impacto de este tipo de dispositivos, descartarlos porque pueden dar lugar a falsas alarmas o no darse cuenta del papel que van a jugar como generadores de datos en el cuidado de la salud en el futuro es, sencillamente, no entender nada de estadística ni de hábitos de vida: la única forma de pasar de un enfoque de salud paliativo a uno preventivo es incrementando el volumen de datos generado y alimentando con ellos algoritmos capaces de interpretarlos de manera automatizada.

En ese sentido, vale la pena leer esta respuesta de un cardiólogo en Quora: lo bueno del Apple Watch, además del hecho de que tanto la American Heart Association como la FDA recomienden o aprueben el producto y su funcionalidad, es el hecho de que lo llevamos puesto todo el día, lo que permite que muchas personas que no son conscientes de posibles problemas cardíacos o que no son capaces de evaluar su sintomatología por carecer de experiencia puedan recibir alertas que les permitan llevar a cabo un control médico sobre dolencias potencialmente muy peligrosas. A medida que llegan las reviews mayoritariamente positivas del nuevo Apple Watch 4, más se refuerza la idea de un futuro en el que este tipo de dispositivos jueguen un papel importante en el futuro del cuidado de la salud, tanto a nivel clínico o de investigación, como de aseguradoras. Y Apple, obviamente, no está sola en este campo: Fitbit ha adoptado ese enfoque transformacional desde hace ya bastante tiempo, y están lanzando ya servicios relacionados con ello. Otras, como Nest, propiedad de Alphabet, han llevado recientemente a cabo adquisiciones como la de Senosis, una spinoff de la Universidad de Washington dedicada al desarrollo de sistemas de monitorización de salud mediante el smartphone, y dejan claras las intenciones de su compañía matriz y de otras de su mismo nivel en cuestiones como la custodia de los datos y registros médicos. Recientemente, Apple presentó una API para que los desarrolladores de aplicaciones puedan trabajar con los datos almacenados en su aplicación de salud, con el fin de permitir que los usuarios puedan, con el nivel de control adecuado, compartir esos datos con distintos proveedores de salud: médicos, hospitales, etc. para recibir desde recordatorios para mejorar la adherencia a tratamientos, hasta la gestión administrativa de servicios.

La evolución de la tecnología la ha llevado ya al punto de poder generar una disrupción radical en el cuidado de la salud, y esa disrupción va a generar, como todas, un escenario con vencedores y vencidos. Entender las variables de esa disrupción y no aferrarse a visiones anticuadas o a tópicos absurdos va a resultar fundamental de cara al futuro.

 

Beam Dental InsuranceUna aseguradora dental norteamericana, Beam Dental, genera inquietud en algunos de sus clientes al decidir enviarles, como parte de un paquete de beneficios o perks incluidos en su póliza, un cepillo de dientes conectado que deben utilizar en combinación con una app en su smartphone, y que transmite los datos sobre sus hábitos de higiene bucodental a la compañía.

La aseguradora afirma que los datos de los usuarios no son vendidos o compartidos con ninguna otra compañía, y que son utilizados para promover mejores hábitos de higiene entre sus clientes y para, convenientemente agregados, poder proponer las mejores tarifas a cada grupo: muchas de estas pólizas en los Estados Unidos son financiadas por compañías que las ofrecen a sus empleados, lo que lleva al fundador y CEO de la compañía, Alex Frommeyer, a escribir artículos como este A CEO’s guide to group health 2.0, a tomar una aproximación proactiva e intensiva en datos de cara al cuidado de la salud de sus empleados.

¿Tiene sentido que la compañía que se hace responsable de los gastos derivados de la salud de tus dientes pretenda tener información detallada y exacta de tus hábitos de salud bucodental, o hablamos de una violación de la privacidad? Si lo pensamos, las aseguradoras de automóvil tienen información completa sobre nuestra accidentalidad, y en el caso de algunos países, es ya prácticamente imposible obtener un seguro para un conductor novel si no aceptamos que la compañía instale en su vehículo una caja negra que evalúa sus hábitos al volante. Las aseguradoras de salud o vida, por ejemplo, preguntan en sus cuestionarios las características y hábitos de sus asegurados y excluyen o incrementan el precio a aquellas personas con hábitos poco saludables, como el tabaco o el consumo excesivo de alcohol, o a aquellos que practican actividades o deportes que puedan suponer una elevación del riesgo.

La diferencia, a juzgar por la indignación de algunos consumidores, parece estar cuando se pasa de una información declarativa – el cliente declarando sobre sus hábitos, costumbres o factores que puedan afectar al riesgo – a una información retransmitida en tiempo real mediante un aparato conectado a internet y directamente a los ficheros de la compañía. Mientras en el primer caso, el usuario se siente dueño de sus datos y simplemente, salvo en el caso de que le demanden pruebas, análisis o diagnósticos, tiene cierta potestad para tomar la decisión de declarar o no una información determinada, en el segundo, esa información pasa sin prácticamente control por su parte de manera directa a la compañía, que puede tomar las decisiones oportunas en función de lo que esa información le revele acerca del posible riesgo implicado en la operación.

¿Debe la póliza dental de una persona con malos hábitos de higiene bucodental ser más cara que la de una persona con hábitos impolutos? Dado que los cálculos de una aseguradora se llevan a cabo sobre la totalidad de su cartera, cabe argumentar que si una aseguradora consigue tener en esa cartera a un número más elevado de clientes con buenos hábitos, podría obtener un beneficio superior y, por tanto, sería susceptible de ofrecer mejores precios – si tomase, lógicamente, la opción de trasladar esos ahorros al cliente final – que si se viese obligada a incurrir en muchos más gastos por tener muchos asegurados con malos hábitos. Desde el punto de vista del cliente, cuantos mejor sea la calidad media de la cartera, mejores precios podría aspirar a obtener, lo que permitiría a la aseguradora ser más competitiva si consigue mantener esa calidad. En una situación así, los clientes que decidiesen mantener unos hábitos de higiene malos, se verían obligados a incurrir en un gasto superior o a buscar aseguradoras que estuviesen dispuestas a aceptar un riesgo mayor.

En realidad, es exactamente lo que desde hace muchos años ocurre con otros ramos del seguro como el automóvil, y que en los últimos tiempos se procura evaluar de una manera cada vez más fehaciente recurriendo a esas cajas negras, sensores, apps, etc. En el caso de la salud, se está detectando un incremento cada vez mayor en el número de compañías que ofrecen a sus trabajadores el acceso a tests genéticos, algo que, según algunos, pone en manos del trabajador una información que no necesariamente está preparado para aceptar y es susceptible de generar incertidumbre, preocupación o incluso toma de decisiones no completamente racionales, como extirparse determinados órganos en función de una supuesta propensión a un carcinoma que no tendría necesariamente que expresarse y para cuyo riesgo, posiblemente, sería más que suficiente generar una rutina de monitorización periódica adecuada. Por otro lado, tener a un trabajador con riesgos sensiblemente incrementados podría, hipotéticamente, conllevar un aumento en el precio de la póliza colectiva de salud que las compañías ofrecen a sus empleados, lo que sería susceptible de provocar discriminación, en contra de lo que establece la Genetic Information Nondiscrimination Act (GINA) promulgada en 2008.

Resulta fácil imaginar otros tipos de usos: ¿podría beneficiarme de un seguro de hogar en mejores condiciones si decidiese compartir los datos generados por determinados dispositivos en mi hogar que son susceptibles de evitar, por ejemplo, una inundación o un incendio? ¿O si comparto los datos de mi alarma, que demuestran que soy muy riguroso en su uso y, por tanto, reducen sensiblemente la probabilidad de un robo? El uso de pulseras monitorizadoras de la actividad física en entornos corporativos, por ejemplo, sería un caso similar, pero con algunos detalles adicionales: toda compañía está, en principio, interesada en tener empleados más sanos y con hábitos de ejercicio más saludables. Pero cuando ese interés se traduce, además, en mejores precios en la póliza de salud corporativa, la cuestión podría, hipotéticamente, dar lugar a discriminación en aquellos empleados que no mantienen esos hábitos saludables, dado que supondrían un empeoramiento neto de la cartera y, por tanto, un riesgo superior.

El negocio asegurador siempre ha consistido en llevar a cabo la estimación de un riesgo y ofrecer un contrato que recoja la eventualidad de que ese riesgo se produzca, contrato tasado en función de la probabilidad que la compañía le asigna. Los baremos que tradicionalmente se aplican en la mayoría de los ramos del seguro son simples indicaciones en función de parámetros que no afectan demasiado a la privacidad, como la edad, el sexo o algunas circunstancias evaluadas en función de cuestionarios. En ese sentido, las aseguradoras llevan a cabo su trabajo en un entorno de incertidumbre, aseguran relativamente a ciegas, y confían en que esos parámetros les permitan aproximar esa probabilidad de riesgo. En plena era de la internet de las cosas, la lógica apunta a que las aseguradoras intenten cada vez tener la mayor información posible sobre los riesgos que aseguran. ¿Es esto compatible con la idea de privacidad que tienen sus clientes? ¿Debe serlo? ¿Quieren los clientes que lo sea o prefieren, supuestamente, acceder a beneficios – o a precios más elevados – en función de las circunstancias que revelen esos dispositivos? ¿Vamos hacia un entorno cada vez más controlado, en el que la mayoría de los riesgos puedan ser detectados de manera inmediata y eventualmente afecten a lo que pagamos por nuestros seguros o a otro tipo de elementos, potencialmente incluyendo el desarrollo de un modelo de salud cada vez más basada en la prevención? ¿Cuál es la sensibilidad del cliente medio a la hora de compartir información con su aseguradora?

 

Wearables: Fitbit, Apple Watch, Xiaomi, Samsung Gear, GarminAdidas anuncia que abandona la producción de wearables, smartwatches y dispositivos similares, y que se centrará en el software, para centrarse en el desarrollo de Runtastic, que adquirió en agosto de 2015 por 239 millones de dólares, y en el de su propia app.

La compañía sigue, en ese sentido, los pasos de Nike, que en abril de 2014, coincidiendo con los primeros rumores serios de la posibilidad de que Apple pusiese en el mercado el Apple Watch y con el mismísimo Tim Cook sentado en su consejo de administración, desmanteló completamente el equipo dedicado a la Nike Fuel Band y prefirió dejar ese mercado, percibido cada vez como más complejo, para las compañías de electrónica de consumo.

En efecto, los wearables parecen estar convirtiéndose en la categoría que más presiona a los fabricantes de hardware para obtener sensores cada vez más precisos y pequeños, y baterías progresivamente más eficientes, al tiempo que se establece toda una pugna de estrategias para hacerse con los diferentes sectores de demanda. El reparto de cuotas de mercado de el segmento wearable en 2017 muestra un crecimiento de alrededor de un 18%, con la china Xiaomi como líder gracias a un pujante mercado chino que absorbe la inmensa mayoría (96%) de sus pulseras monitorizadoras de bajo precio. La sigue Fitbit, que a lo largo del año pasó desde un 28.5% a un 15.7% – de 5.7 millones de unidades vendidas en el segundo trimestre de 2016 a 3.4 millones en el correspondiente de 2017 – y de Apple con un 13%, que en el mismo período escaló desde un 9%, 1.8 millones de unidades, hasta los 2.8 millones. La cuarta es Samsung, con un 5.5%, seguida de Garmin con un 4.6%.

Además de la consabida estrategia de liderazgo en precios de Xiaomi, estamos viendo varias orientaciones más con características interesantes: Garmin sigue pretendiendo protagonizar el segmento del deportista que se considera a sí mismo como “serio”, cuando la realidad es que en su enormemente confusa gama de productos posee dispositivos de todo tipo, desde prácticamente accesorios de moda hasta monitores que parecen hechos para llevar al hombre a la luna. Mientras, Apple, que anunció en un principio su enfoque hacia la redefinición del cuidado de la salud, se acerca más al mundo de los gimnasios con el anuncio de GymKit, una integración de su Apple Watch con máquinas de ejercicio aeróbico como cintas, steppers, elípticas, etc. que permite poner los sensores donde mejor pueden adaptarse a su función: medidas como la inclinación o la velocidad tomadas en la máquina, mientras que el pulso y otros parámetros corporales se evalúan en la muñeca.

Mientras, Fitbit, que fue expulsada de las tiendas Apple en octubre de 2014 por considerarla competidora del Apple Watch y que, en consecuencia, inició una estrategia de competencia frontal con la marca de la manzana en la que, entre otras cosas, impide a los usuarios exportar sus datos para su monitorización en el iPhone, parece ahora, tras la adquisición de compañías del entorno smartwatch como Pebble o Vector, y el lanzamiento de su Ionic, intentar centrarse en el segmento más complejo y de más rigor, el de la homologación de sus dispositivos por la Food and Drug Administration norteamericana (FDA) y el desarrollo de líneas de negocio de monitorización con su división corporativa, Fitbit Group Health. El último producto de la compañía, el Ionic, utiliza un sensor de oxígeno en la sangre para detectar trastornos como la apnea del sueño y algunos tipos de arritmias cardíacas, y ha sido utilizado en estudios clínicos enviados a la FDA para su posible aprobación. Si la consigue, podríamos encontrarnos con dispositivos de este tipo en hospitales sustituyendo a los que actualmente son utilizados en algunos pacientes para la detección de la fibrilación auricular. La compañía podría centrarse en la detección y tratamiento de problemas como los trastornos del sueño, diabetes, salud cardiovascular o salud mental para clientes como empleadores, aseguradoras de salud, proveedores de atención médica o investigadores que facilitarían los dispositivos a sus empleados o pacientes- Algunas aseguradoras norteamericanas, como UnitedHealthcare, están dispuestas a remunerar a sus clientes con hasta $1,500 en su póliza si demuestran estar cumpliendo los objetivos determinados en su monitor de actividad física, y se estima que ese mercado podría convertirse en un segmento muy activo. La compañía, sin embargo, prosigue su evolución a la baja en los mercados, y cotiza ya a menos de un 80% de su valor de salida a bolsa en junio de 2015. 

El segmento del cuidado de la salud es, sin duda, complejo. Muchas personas que se sienten sanas pueden sentirse intimidadas por dispositivos presentados prácticamente como instrumental médico, personas que posiblemente no tendrían ningún problema a la hora de ponerse en la muñeca un reloj con capacidad para monitorizar prácticamente el mismo tipo de parámetros y variables pero presentado como un complemento de la actividad deportiva. Apple, por su parte, sigue progresando con equipos de investigación médica a los que ofrece desarrollar apps para investigación mediante HealthKit, e invitar a usuarios de iPhone y Apple Watch a participar en esos procesos aportando sus datos.

Sin duda, un sector complejo y sometido a mucho movimiento. La FDA ha creado una pre-certificación para este tipo de dispositivos que se sitúa a medias entre los dispositivos clínicos y los de consumo, y tanto Fitbit como Apple, así como otras compañías (Johnson & Johnson, Samsung, Roche o la división de ciencias de la salud de Alphabet, Verily) están participando en su desarrollo. En no mucho tiempo, muchos de los parámetros que hoy solo conocemos cuando visitamos al médico, nos hacemos un chequeo o nos hospitalizan estarán completa y regularmente monitorizados y registrados en las apps correspondientes, y nuestros wearables nos alertarán cuando algo pueda estar yendo mal. Mientras llegamos a eso, a los competidores en este segmento aún les queda mucho partido por jugar…

 

La burbuja de los 'wearables', de tu muñeca al cajón del olvido - El Diario.es

Jose Antonio Luna, de El Diario.es, me llamó hace unos días para hablar sobre wearables, y ayer me citó en su artículo titulado “La burbuja de los wearables, de tu muñeca al cajón del olvido” (pdf).

Sin duda, como ocurre con todo fenómeno relativamente reciente, las expectativas de muchos usuarios pueden estar sobredimensionadas, y pensar poco menos que con ponerse un dispositivo en la muñeca, van a perder peso y se van a poner en forma de manera automática. Lógicamente, esto no ocurre: el wearable, no hace falta que lo escriba, es una forma de obtener referencias válidas para cuantificar esfuerzo, ejercicio, actividad o, si se utiliza correctamente como parte de un plan completo para mejorar la forma física, de la ingesta. El wearable solo nos proporciona información, lo que hagamos con esa información o hasta qué punto dejemos que condicione nuestra vida es totalmente cosa nuestra.

¿Existe abandono en los wearables? Sí, y por razones múltiples. Por un lado el ya citado efecto de expectativas incumplidas: “pensé que adelgazaría o me pondría en forma solo con ponérmelo en la muñeca, y aquí no pasa nada”. En segundo lugar, el efecto de meta conseguida: “me puse esto para adelgazar, ya he adelgazado, ahora me lo quito”. Si la meta establecida para el uso del wearable es cortoplacista, perder tantos kilos, su uso también podría llegar a serlo. En realidad, el uso del wearable debería corresponderse con un cambio de hábitos, con un compromiso con actitudes más saludables, con una ingesta más controlada o con un nivel de ejercicio determinado, que es lo que realmente puede aspirarse a mantener gracias a la información que el dispositivo proporciona. Y en tercer lugar, una cuestión de durabilidad: muchos wearables, a pesar de estar destinados a un uso prácticamente constante, están fabricados con materiales de calidad muy relativa, y eso lleva a que empiecen a tener un aspecto poco atractivo al cabo de pocos meses de uso. En muchos casos, el abandono en el cajón proviene precisamente de eso, de un gadget con aspecto viejo que es sometido a la decisión del abandono frente a la de adquirir otro.

¿Quiere decir esto que los wearables son una burbuja o una moda pasajera? Sinceramente, lo dudo muchísimo. Mi impresión es que los wearables están aquí para quedarse, que su desarrollo supone una frontera para los fabricantes por la necesidad de empaquetar, en un dispositivo cómodo, cada vez más sensores, batería y prestaciones, con el reto además de hacerlos independientes de un smartphone que en muchas ocasiones, no resulta cómodo llevar encima cuando hacemos ejercicio. La calidad obtenida en la medición de la actividad por la mayoría de los wearables es ya muy superior a la que se obtiene mediante aplicaciones en el propio smartphone, y aunque no sea perfecta ni esté exenta de errores, esos errores suelen distribuirse de manera normal, lo que posibilita un control bastante fino. Con un enfoque adecuado, los wearables poseen una propuesta de valor muy interesante, y lo lógico es pensar que nos dirijamos a un escenario de mayor segregación de funciones del smartphone hacia otros wearables: sensores no intrusivos de medición de glucosa, analíticas con dispositivos de diversos tipos que hoy se llevan a cabo únicamente cuando nos encontramos mal y que podrían pasar a ser cotidianas, contraste con nuestros datos genéticos, etc. hasta llegar a un escenario de salud preventiva cada vez más completo y gestionado mediante los correspondientes algoritmos, que hoy vemos como intrusivo o incluso preocupante, pero que sin duda, será la próxima – y no muy lejana – frontera en la gestión de la salud. En ese escenario, sensores sencillos que llevamos encima en todo momento jugarán, sin duda, un papel fundamental.

Como en tantas otras cosas, en el escenario de los wearables estamos aún dando los primeros pasos. Ni creo que el abandono sea algo significativo a largo plazo, ni mucho menos que estemos hablando de algún tipo de burbuja. Dentro de unos años, veremos si más personas llevan o no más cosas en sus muñecas o en otras partes de su cuerpo – parches, tatuajes, o incluso implantes – y volveremos a hablar de este tema.