IMAGE: Avtar - Pixabay CC0El último y enormemente alarmante informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) quita la razón a todos los imbéciles pseudocientíficos que llevan años negando las evidencias y pone a la humanidad en un camino de sentido único: cambiar o desaparecer. Es como tener una alarma de incendios sonando a todo volumen en la cocina, pero pasarnos el tiempo discutiendo sobre si está sonando en realidad o si es un sueño, a ignorarla completamente, o a buscar formas de que no moleste o no suene, en lugar de dedicarnos a apagar el fuego que la provoca. El calentamiento global ya no es una lejana entelequia para futuras generaciones: es algo que afectará enormemente a la calidad de vida y a las perspectivas de supervivencia de todos los actuales habitantes del planeta, salvo que vivan menos de cinco o seis años. Ignorarlo, discutirlo o negarlo ya no lleva a ningún sitio más que al ridículo.

¿Qué podemos hacer para contribuir a evitar una cosa así? Está claro que los sacrificios individuales plantean un problema: nadie quiere perder comodidad, confort o calidad de vida mientras ve como muchos de los que les rodean pasan olímpicamente de molestarse. Ser “el que se sacrifica” cuando la mayoría de tus conciudadanos se comporta de manera irresponsable es no solo duro, sino posiblemente absurdo, porque un camino implica sacrificios y pérdida de competitividad, mientras el otro corresponde a los hábitos que hemos construido durante generaciones. Sin embargo, hay algunos procesos mentales que pueden ayudarnos a tomar decisiones más coherentes con respecto a la magnitud del problema:

Primero y fundamental: entender que la evolución actual es completa y radicalmente insostenible. Detener esa evolución implica eliminar el primer y fundamental dogma del capitalismo: la necesidad de crecimiento económico. De hecho, la inmensa mayoría de las prácticas que provocan el calentamiento global se llevan a cabo en nombre de esa supuesta necesidad de crecimiento económico a toda costa, de esa obsesión por seguir creciendo caiga quien caiga. La tecnología para abandonar los combustibles fósiles existe, pero no se pone en práctica porque ello implicaría el colapso económico de múltiples industrias, un importante crecimiento en las cifras de desempleo y pérdidas multimillonarias para muchas compañías con un fortísimo potencial para el lobbying. La primera y fundamental bofetada, por tanto, tiene que ser necesariamente para los economistas, para quienes defienden la necesidad de mantener ese crecimiento económico insostenible a toda costa. El planeta, como todo, tiene sus límites.

Al tiempo, deberíamos pensar a la inversa: cuáles son las actividades económicas con potencial para crear valor al abrigo de la oportunidad que supone el calentamiento global. A medida que las evidencias se suceden, deberíamos contar con un cambio de actitud cada vez mayor en la sociedad, y con la llegada – esperemos – de un punto de inflexión en el que todos rechacemos aquellos productos y servicios que generen emisiones de CO2, para sustituirlos por otros que no contribuyan al problema. Estamos posiblemente ante el cambio de paradigma más importante de la civilización en toda su historia, y pensar que eso no va a crear oportunidades para los emprendedores y para los que sean capaces de entenderlo es estar completamente ciego. El emprendedor del futuro es el que aprende a ver el calentamiento global como una importante oportunidad de diferenciación y de negocio, capaz de generar ingresos a cambio de un resultado neto ya no neutro, sino positivo en términos medioambientales.

Segundo: la tecnología ayuda, por supuesto que sí. Pero lo hace a sus ritmos: solo es posible abaratar la tecnología necesaria para hacerla competitiva a base de fortísimas economías de escala y aprendizaje. Ejemplos como el de Tesla se encuentran ya prácticamente ahí: mientras muchos se ríen de sus dificultades de producción, como si fuera sencillo pasar de ser un fabricante prácticamente sin experiencia en la producción masiva a producir ochenta mil vehículos al trimestre, la compañía ha logrado ya superar las ventas de marcas históricas como Porsche, Mercedes Benz o BMW, es el vehículo de fabricación norteamericana más vendido en su país, y lo ha hecho con un modelo que aunque muchos critican por su precio, tiene un coste total de propiedad sensiblemente inferior a cualquiera de sus comparables con motor de explosión, y es además mucho más seguro. ¿Quiere esto decir que debemos salir todos corriendo a comprarnos un Tesla? Obviamente no, entre otras cosas porque no sería posible. Pero debemos presionar a todos los fabricantes de vehículos para que declaren muerto al motor de explosión y abandonen completamente su fabricación para pasar a centrarse en ser competitivos en la fabricación de vehículos eléctricos, lo que a su vez posibilitará enormes descensos en el coste de componentes fundamentales como las baterías. El millón de vehículos eléctricos en circulación en los Estados Unidos representa un hito importante, pero hay que llevarlo mucho más allá.

¿Qué hacer, por tanto? Básicamente, asumir que el último vehículo que adquirimos fue en realidad eso, el último que adquiriremos, salvo que podamos o queramos permitirnos uno eléctrico. No cambiar de coche es la mejor manera de presionar a la industria automovilística para que cambie: la ganancia que proporciona pasar de un vehículo más antiguo a uno nuevo es, en el mejor de los casos, marginal, y muy inferior a la que se conseguiría si todas esas marcas se viesen obligadas a modificar su estrategia para empezar a fabricar vehículos eléctricos ante la evidencia de que no pueden colocar su sucia chatarra en el mercado.

De nuevo entra en juego la tecnología: los vehículos autónomos avanzan a gran velocidad, acumulan cada vez mayor experiencia en tráfico real, y logran convencer a los reguladores de la necesidad de facilitar su llegada reescribiendo las normas de circulación para adaptarlas a ellos. Empieza a plantearte cómo será tu vida cuando no solo no poseas ese automóvil infrautilizado y aberrante desde un punto de vista racional y económico, sino cuando, además, las ciudades hayan avanzado en su adaptación para convertirse en sitios en los que caminar, montar en bicicleta, utilizar patines o patinetes y flotas compartidas de vehículos autónomos en lugar del caos actual en el que el automóvil particular gobierna a su antojo y todo el resto de elementos son vistos como estorbos. Visualízalo, y además, exígelo a tu ayuntamiento. Cuanto antes, mejor.

La tecnología, de nuevo, puede ayudar. Se está avanzando en el desarrollo de métodos para extraer CO2 de la atmósfera y no solo fijarlo y enterrarlo, sino incluso conseguir que se incorpore a determinados materiales para arreglarlos cuando se rompen, una posibilidad que podría llegar a aplicarse para obtener una economía del CO2 viable, y un resultado neto neutral o incluso negativo. La ruta hacia el fin del carbón es posible, aunque requiere muchísima más presión política sobre los gobiernos que aún pretenden recurrir a él, trabajo de militancia y trabajo de partido, para no solo avergonzarlos por su cortedad de miras, sino echarlos del poder por ser directamente nocivos. El cambio climático tiene que dejar de ser un aspecto anecdótico y bienintencionado de la agenda política para convertirse en el aspecto más importante, decisivo y fundamental para todos.

El cambio es posible. Pero corre muchísima prisa, y requiere que no nos sentemos a esperar a que pase un milagro: es fundamental entender lo que está pasando, informarse y plantear las exigencias oportunas en los lugares adecuados, aunque pensemos que esas exigencias recortan nuestras libertades individuales, nuestro nivel de confort o nos obligan a sacrificios que creemos imposibles. La alarma de incendios suena: si decides ignorarla, no solo lo haces a tu propio riesgo: lo haces con consecuencias que ya no vas a poder ignorar.

 

IMAGE: Tumisu (Pixabay)Si no has visto aún ninguna referencia al nuevo y enormemente alarmante informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) en ninguno de los medios que lees, empieza a pensar en leer otros medios. El resumen ejecutivo para políticos son tan solo 33 páginas, y vale mucho la pena leerlo. Es la más preocupante llamada de atención sobre el catastrófico proceso de destrucción del planeta que el hombre está implacablemente llevando a cabo mientras imbéciles ignorantes como Donald Trump y un preocupante porcentaje de la sociedad le quitan importancia, lo consideran alarmismo, y piensan que no es necesario hacer nada ni cambiar su vida en absoluto para evitarlo.

No, no es alarmismo. Quedan únicamente doce años para evitar, mediante costosísimas inversiones y cambios radicales en la política energética, que el planeta alcance un incremento global de más de 1,5º de temperatura. Si esos cambios radicales no son puestos en práctica, en el año 2030, dentro de tan solo doce años, estaremos ya abocados a una catástrofe climática irreversible. Es el momento de plantearse soluciones radicales, que vayan mucho más allá del actual voluntarismo o la directa negación del problema. Conseguir convertir en sostenibles pequeñas islas no va a servir de nada si no aprovechamos la experiencia para aplicar economías de escala a tecnologías como la fabricación de baterías, de paneles solares o de vehículos eléctricos: tenemos la tecnología suficiente para poder detener el calentamiento global, y el único problema que verdaderamente tenemos es su velocidad de adopción, unos procesos de adopción lastrados por millones de personas que creen estar “en su derecho” de abocar al planeta a una catástrofe. No hablamos de un problema de desarrollo tecnológico, hablamos de un problema de falta de concienciación y adopción de tecnologías que ya existen.

Necesitamos urgentemente eliminar los combustibles fósiles, pero no en décadas, sino en plazos de pocos años. Si te parece que tu vida sería inviable sin ellos, tienes un problema, porque tu vida será inviable en pocos años fundamentalmente por culpa de ellos. Los seres humanos somos espantosamente malos a la hora de pensar en el largo plazo. Detener el cambio climático va a requerir de inversiones de en torno al 2.5% del producto interior bruto global mundial, y el consenso para llevarlas a cabo está desesperantemente lejos en la agenda política, en gran medida porque los ciudadanos no presionan a los políticos en absoluto en ese sentido. Los cambios que es preciso implantar en menos de doce años para evitar el desastre incluyen reformas radicales en el uso de la energía, en el consumo y en nuestros hábitos cotidianos, incluyen implantar tecnologías para eliminar el dióxido de carbono atmosférico y enterrarlo, pero la inmensa mayoría de la sociedad sigue protestando cuando alguien pretende privarles de sus vehículos diesel. Para limitar el daño causado por el cambio climático, las emisiones mundiales netas de CO2 causadas por el hombre deberían disminuir en un 45% con respecto a los niveles de 2010 antes de que lleguemos al año 2030, y deberían convertirse en cero en términos netos alrededor de 2050, lo que implicaría compensar cualquier emisión con la eliminación de CO2 de la atmósfera.

Es el mayor contrasentido a escala global que hemos vivido jamás como sociedad, pero son aún muy pocos los que parecen darse cuenta de su brutal magnitud e importancia. Tendremos que ver un incremento brutal de los impuestos a los combustibles fósiles para provocar desincentivos y cambios sin precedentes en los hábitos energéticos, exigencias drásticas de los consumidores a las empresas para que racionalicen sus procesos de fabricación y los conviertan en neutrales en términos de emisiones, y cambios de hábitos de todo tipo que demuestren que adquirimos consciencia de lo que está pasando. La humanidad se enfrenta a su mayor desafío, a uno que podría llevarla, si no lo supera, a un escenario de migraciones globales y catástrofes medioambientales imposibles de superar, y está muy lejos de entenderlo.

Esto no es un ensayo, ni se trata de ningún tipo de alarmismo. Hablamos de plazos cada vez más cortos, de consecuencias tangibles y de decisiones que es preciso tomar con madurez, cada vez que consumimos, cada vez que votamos, cada vez que tomamos decisiones. Seguir pensando que no te va a tocar a ti o que no va a ocurrir durante los años que te quedan de vida es completamente absurdo e irresponsable. Lee, infórmate y plantéate opciones en tu vida que te permitan reducir tu huella de carbono, aunque eso suponga reducir otros elementos de lo que crees que conforma tu bienestar. No hay NADA más importante que eso.

 

Heart rate in Apple WatchComo profesor de innovación, las reacciones a la presentación de nuevos productos me han fascinado desde hace muchísimo tiempo. En esta ocasión, la presentación del Apple Watch 4 y sus funciones de monitorización cardíaca y las reacciones que están generando entre la comunidad de especialistas sirven como un ejemplo interesantísimo sobre cómo esas reacciones pueden no solo predecirse y modelizarse, sino también sobre su valor a medio y largo plazo. Una prueba de cómo trabajar intensamente en un tema durante mucho tiempo puede llegar a distorsionar la  perspectiva de lo que es positivo o negativo, o de lo que puede suponer una innovación puesta en contexto y sometida a procesos de adopción social.

¿Cómo podríamos llegar a una clasificación o tipología de este tipo de reacciones? En primer lugar, está el planteamiento de dudas en un formato abierto. Es el caso de Ethan Weiss que comenté en mi entrada anterior sobre el tema, que durante la misma presentación del producto y de sus funciones se plantea en su Twitter que “no es capaz de discernir si estamos ante el mejor o el peor día de la historia de la cardiología”. La duda está perfectamente bien expresada y plantea en términos neutros un escepticismo razonable que responde a posibles escenarios perfectamente imaginables por un cardiólogo con experiencia: por un lado, lo positivo de una monitorización no intrusiva capaz de identificar problemas antes de que se conviertan en críticos y su potencial para, en último término, salvar vidas y, por otro, el escenario de salas de espera en las consultas de los cardiólogos completamente llenas de personas atacadas de los nervios debido a un incremento sustantivo en el número de falsas alarmas.

Esa misma incertidumbre se plantea en un artículo de The Washington Post publicado al día siguiente de la presentación, tras contrastar opiniones con varios cardiólogos, titulado What cardiologists think about the Apple Watch’s heart-tracking feature: incluir este tipo de mediciones en un producto de consumo de tan elevada popularidad podría generar en muchos usuarios ansiedad injustificada y visitas al médico innecesarias. La interpretación de un electrocardiograma requiere un cierto grado de familiaridad con la técnica y con las métricas empleadas, lo que podría llevar a que una persona no entrenada, ante las variaciones naturales de su ritmo cardíaco, se alarmase o llegase a manifestar síntomas de hipocondría. E indudablemente, un problema menor si lo comparamos con los potenciales beneficios de una tecnología que podría llegar a alertar a muchas personas sobre posibles problemas cardíacos en fases que aún pueden posibilitar su tratamiento o la adopción de medidas de precaución. Es posible que la perspectiva de que personas sin el nivel de preparación adecuada accedan rutinariamente a una herramienta diagnóstica como el electrocardiograma de manera rutinaria pueda suponer un motivo de cierta alarma para los profesionales encargados de tomar decisiones con esas mismas herramientas, pero de nuevo, también parece más que razonable considerar el problema – relativo – de un número mayor de consultas o de visitas al cardiólogo como un problema menor en comparación con su contrapartida en términos de posibles complicaciones de salud potencialmente evitadas.

Otra objeción diferente proviene de la fiabilidad del mecanismo utilizado para la toma y procesamiento de los datos. En ese sentido se pronuncia un artículo en Quartz, The new heart-monitoring capabilities on the Apple Watch aren’t all that impressive, que apunta a que el electrocardiograma obtenido por el Apple Watch proporciona necesariamente un resultado mucho más imperfecto y rudimentario que los que puede proporcionar cualquier aparato de nivel clínico, en el que se utilizan rutinariamente doce electrodos adheridos a la piel en diferentes zonas del tórax y ciertos puntos en brazos y piernas. Indudablemente, hablamos de una comparación completamente absurda entre un dispositivo de consumo y uno clínico: por supuesto que el dispositivo clínico ofrece una precisión muy superior, pero a cambio de un nivel de conveniencia mucho menor. Incluso ante la posibilidad de que un producto de nivel clínico llegase a convertirse en un producto de consumo, la idea de que un número elevado de personas lo utilizase de manera rutinaria o diaria resulta prácticamente ridícula, y mucho más si pensamos en la práctica imposibilidad que alguien lo llevase puesto durante su vida cotidiana. En este caso, el dispositivo clínico tiene un propósito diferente al de consumo: mientras el primero proporciona medidas muy fiables y rigurosas en unas condiciones determinadas, el segundo busca el compromiso de proporcionar únicamente algunas medidas y con un nivel de precisión muy inferior, pero ser capaz de obtenerlas en todo momento y en cualquier circunstancia. ¿Pueden aportar ese tipo de medidas algo a la salud de unos pacientes con, por ejemplo, condiciones que no manifiestan cuando están en unas condiciones determinadas en la consulta de su médico? Indudablemente, y en el futuro estoy seguro de que veremos cardiólogos explorando, en determinados casos, los registros obtenidos por los Apple Watch de algunos de sus pacientes. Lo que no quiere decir, por supuesto, ni que esto sea necesario o esté justificado en todos los casos, ni que debamos intentar presionar a ningún médico para que lo haga.

En el mismo sentido se manifiestan los fabricantes de otros dispositivos de consumo, como WIWE, que también mencioné en mi anterior artículo al respecto: si trabajas durante años para producir un dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito en el que apoyas los dos pulgares, y con la simple precaución de que tus manos no se toquen, te proporciona un electrocardiograma con datos completos y gráficas de arritmia, fibrilación auricular, heterogeneidad ventricular y saturación de oxígeno en sangre, el que Apple llegue y pretenda proporcionar datos parecidos mediante un dispositivo tan generalista como un reloj es algo que, indudablemente, genera inquietud. Así, la reacción del equipo de desarrolladores de la compañía es, dentro de unos adecuados parámetros de respeto, de un relativo escepticismo:

“Aunque no lo hemos probado a fondo todavía, surgen algunas dudas al observar la configuración de hardware del reloj, que puede afectar significativamente la calidad de la señal cuando se graba el ECG. El diseño común en dispositivos de este tipo es permitir que los usuarios coloquen sus dedos sobre los sensores para lograr un contacto completo y una señal fuerte, y obviamente el reloj no proporciona dicha configuración. 

Un problema común podría surgir de algo tan simple como la pilosidad en la muñeca del usuario, que puede ser un obstáculo para el sensor que se supone que capta las señales de ese canal, por lo que se vuelve limitado en su capacidad para reunir información confiable para su evaluación. El otro canal, el dedo índice derecho del usuario, debe mantenerse en su posición el tiempo suficiente, con riesgo de temblores, sentir tensión, etc. Si se mueve, es difícil lograr un contacto estable y sostenido. WIWE, en cambio, puede ser colocado sobre una superficie plana y apoyar los dedos constantemente en los sensores durante la medición.

Con respecto a la detección de fibrilación auricular, no hemos visto información sobre su precisión (WIWE logró 98.7% de precisión cuando se probó con 10000 muestras clínicas, nuestro certificado está disponible bajo pedido) y desconocemos si examinan la activación auricular examinando la onda P como hace WIWE, o hacen la evaluación basada únicamente en la frecuencia cardíaca (distancia RR). Por lo que sabemos a partir de la información publicada, no realizan análisis de onda, por lo que no pueden proporcionar información específica del electrocardiograma como QRS, QTc o PQ, mientras que WIWE sí ofrece todo esto a los médicos. Si solo dependen de la frecuencia cardíaca, el resultado de la evaluación puede ser confuso al detectar la fibrilación auricular, algo confirmado por lo que la FDA señala en su documento de resumen: “la aplicación ECG no está destinada a ser utilizada en personas menores de 22 años, ni se recomienda para personas con otras afecciones cardíacas conocidas que puedan alterar el ritmo cardíaco “.

Habiendo dicho todo eso, obtener el apoyo de la AHA y la aprobación de la FDA supone un gran logro y no podemos afirmar que el reloj no sea capaz de detectar la fibrilación auricular, pero hay preocupación en ese sentido.”

De nuevo: parece evidente que, dentro de la categoría de productos de consumo, la precisión de un dispositivo diseñado específicamente para la obtención de un electrocardiograma, con dos sensores y una configuración razonablemente ergonómica que permite mantener los pulgares en ellos durante un minuto sin problemas obtendrá resultados más fiables que un dispositivo generalista como un reloj diseñado para una amplia variedad de funciones  – y fundamentalmente, ver la hora. Pero la contrapartida, de nuevo, es evidente: con ese dispositivo me monitorizo cuando me acuerdo y, por lo general, menos de una vez al día. Con el reloj, me monitorizo en todo momento y en circunstancias de todo tipo.

¿Están justificadas las reacciones a la innovación planteadas por facultativos y diseñadores de productos competidores? Sin duda, tienen una base razonable. Sin embargo, obvian en su análisis otra cuestión: lo que puede aportar el hecho de que las mediciones, aunque menos rigurosas, se produzcan en cualquier momento del día. Asimismo, debemos esperar a conocer lo que Apple u otros desarrolladores puede llegar a hacer con los algoritmos adecuados cuando dispongan de medidas obtenidas de manera regular o en contextos variados – no olvidemos que el Apple Watch también es utilizado, por ejemplo, para la monitorización regular del ejercicio físico. ¿Pueden este tipo de cuestiones llegar a suponer una mejora tangible a medio plazo para la investigación o para la práctica de la cardiología? Sinceramente, estoy convencido de que así será.

 

CurrentC tombstoneMañana se cumplirán cuatro años desde que Apple presentó su sistema de pago móvil, Apple Pay. Una presentación que suscitó muchísimo interés en un ámbito que, en aquel entonces, llevaba mucho tiempo moviéndose de manera desesperadamente lenta con múltiples iniciativas inconexas, y que parecía que la compañía de la manzana, tras lograr la participación en el proyecto de los bancos, las tarjetas de crédito y la gran distribución, podía estar en situación de desbloquear.

Cuatro días después del lanzamiento, sin embargo, surgió un presunto problema: una asociación, la Merchant Customer Exchange (MCX), que agrupaba a cadenas tan importantes como Rite Aid, CVS, Kmart, Sears, Target, Walmart, Best Buy o 7 Eleven, decidía bloquear el funcionamiento de Apple Pay en todos sus establecimientos deshabilitando el NFC de sus terminales de pago, y anunciaba que pondría en marcha su propio sistema de pago, al que llamó CurrentC, y que consistía en el escaneado de códigos QR por el usuario, que los mostraba en su pantalla al cajero del establecimiento para que, a su vez, los escanease con su terminal.

El sistema no ofrecía ventaja de usabilidad alguna frente a un Apple Pay pensado como el epítome de la sencillez, pero planteaba dos cuestiones muy importantes para las cadenas implicadas: en primer lugar, la posibilidad de añadir el uso de tarjetas de programas de lealtad o fidelidad, por los que muchas de estas grandes cadenas habían apostado fuertemente y que tendían a quedar apartados ante la facilidad de uso de Apple Pay (con todo lo que ello conllevaba en términos de pérdida de datos de los usuarios). Y en segundo lugar, y no menos importante, la eliminación de la tarjeta de crédito y, por tanto, de sus comisiones al establecimiento: las compras realizadas mediante CurrentC eran debitadas automáticamente en la cuenta bancaria del usuario. 

Escribí sobre el CurrentC en varias ocasiones, aunque mi primera entrada ya se tituló directamente “Crónicas de batallas perdidas de antemano“, y preveía una futura actualización hablando del fracaso de la iniciativa. Hoy, cuatro años después, me n¡he encontrado una noticia que informa sobre la decisión de 7Eleven y de CVS de empezar a aceptar Apple Pay y Android Pay como medio de pago en sus establecimientos, y eso me ha hecho leer un poco más sobre lo que fue de CurrentC, cuyo dominio web ha sido revendido a una página comisionista que revende productos de Amazon. Otro de los grandes participantes en el modelo, Best Buy, anunció a mediados de 2015 que comenzaba a aceptar Apple Pay a pesar de su apoyo a MCX, porque “los clientes de hoy en día tienen muchas formas diferentes de gastar su dinero y queremos brindar a nuestros clientes la mayor cantidad de opciones posible para pagar los bienes y servicios que adquieran en Best Buy”. Poco después, en agosto de 2015, Rite Aid anunció que dejaba de bloquear el NFC en los terminales de sus tiendas, lo que haría posible el uso de Apple Pay o Android Pay.

¿Qué fue de CurrentC? El caso se considera hoy un modelo de innovación fallida, y como tal, sus conclusiones – o, nunca mejor dicho, su post-mortem –  resultan muy interesantes. Desde el primer momento, su lanzamiento, a pesar de hacerse en pruebas y muy limitado, fue protagonista de controversia por lo que conllevaba de posible colusión y de comportamiento contrario a las leyes de la competencia. Además, el sistema no tardó en encontrarse con sus primeros problemas de seguridad: presuntamente, fue hackeado mediante el acceso a correos electrónicos entre los participantes. Para terminar de complicar el asunto, grupos de clientes hartos de no poder utilizar Apple Pay o Android Pay en las cadenas participantes en MCX se organizaron para dar puntuaciones mínimas a la app de CurrentC. Finalmente, en mayo de 2016, MCX, tras múltiples retrasos y despidos que afectaron a la mitad del equipo de desarrolladores, anunció que daba por finalizadas las pruebas de CurrentC, que renunciaba a su despliegue nacional, que el 28 de ese mismo junio sería el último día en el que el medio de pago sería aceptado, y que las cuentas serían posteriormente desactivadas, sin intenciones de continuar esa línea de desarrollo.

¿Dónde estuvo el problema? En primer lugar, en enfrentarse con la solución que muchos usuarios llevaban tiempo esperando, y que a día de hoy se considera un éxito de implantación en un ámbito tan complejo como el de los medios de pago. Para Apple, Apple Pay es una apuesta importantísima, que la convertía en una compañía con ingresos crecientes vinculados a un servicio, que hacía pagar sus comisiones a los bancos, y que incluso la ubicaba como un posible competidor futuro de estos. El lanzamiento de Apple Pay hacía que el iPhone se pagase a sí mismo con unos ingresos adicionales con enormes posibilidades de crecimiento, hasta el punto de que ya en 2014 hizo que se comenzase a hablar de una Apple susceptible de alcanzar una valoración considerada entonces como mítica, el billón de dólares. Apple Pay llegaba para resolver un problema que muchos usuarios querían ver resuelto, tenía la garantía de una compañía con prestigio suficiente como para asumir que lo haría bien, y resolvía claramente un problema del usuario, la sencillez, sin costarle dinero. En cambio, CurrentC resolvía un problema para las tiendas, pero no a los consumidores, que tenían supuestamente que utilizar una tecnología claramente más incómoda y menos familiar en su uso como los códigos QR, y no veían ninguna ventaja a cambio de ello. El sistema, de hecho, se consideraba más incómodo que aquel al que intentaba sustituir, el pago mediante tarjeta de crédito, pero a cambio de utilizarlo, el usuario no recibía ningún incentivo. Finalmente, un fracaso de libro, que podía ser fácilmente previsto cuando comenzamos a hablar del sistema, pero que no deja de tener su interés por la magnitud de los actores implicados, que a pesar de la claridad de esos análisis, se negaron a verlos y decidieron persistir en su error durante varios años.

Los casos de fracaso siempre dejan muchas cosas que aprender…

 

Anuario Comunicacion DircomDesde la Asociación de Directivos de Comunicación, Dircom, me pidieron una colaboración para su informe titulado “El estado de la comunicación en España 2018“, concretamente centrado en los retos de la tecnología en la gestión empresarial. 

El resultado es este “Futuro, tecnología y actitudes” en el que hablo sobre la necesidad de los directivos del futuro de ser personas “adictas al cambio”, con una actitud de exploración constante necesaria en un entorno que se mueve a una gran velocidad y en el que la inercia o el apego a la tradición en los negocios pasa directamente a ser un estorbo. Menciono machine learning, enernet, la realidad virtual y aumentada, y la cadena de bloques como exponentes de tecnologías que, sin duda, van a provocar cambios fortísimos en la operativa y el planteamiento de muchos negocios y que, a pesar de su popularidad y de la cantidad de artículos que generan, siguen apareciendo como carencias en la inmensa mayoría de los cuadros directivos, como su de alguna manera no se sintiesen presionados por estar al día, por entender las dinámicas que sin duda van a afectar a los negocios en su industria.

A continuación, el texto completo del artículo:

Futuro, tecnología y actitudes

El reto más importante del management de cara al futuro es entender la propia esencia de la innovación tecnológica y su velocidad de adopción. Como bien dijo el escritor de ciencia-ficción canadiense William Gibson, “el futuro ya está aquí, pero está desigualmente distribuido”: aquellas compañías que ignoren la innovación o se comporten como rezagados en su adopción, pasarán a ser consideradas como anticuadas o desfasadas, y serán desplazadas por otras capaces de ofrecer a los usuarios soluciones más adaptadas a los tiempos.

Y por supuesto, en la ecuación de la adopción tecnológica, la tecnología como tal es tan solo un componente. El otro, y posiblemente más importante porque no puede ser adquirido o incorporado fácilmente, son las personas. Las organizaciones del futuro son, por tanto, aquellas conformadas por directivos capaces de acomodar cambios a gran velocidad, de no acomodarse en una tecnología concreta y seguir sublimándola para todo hasta que no dé más de si. Los directivos del futuro deben ser personas “adictas al cambio”, deseosas de encontrar nuevas soluciones tecnológicas para probarlas y entender sus posibles contribuciones al negocio. Si no eres capaz de incorporar esa curiosidad, ese dinamismo y esa capacidad de adaptación a tu curriculum, piensa que posiblemente no sea mal momento para, si puedes, retirarte: el progreso te ha pasado por encima.

La tarea de intentar entender una sociedad en la que las máquinas son capaces de aprender a partir de datos de todo tipo, y de llevar a cabo tareas sin necesidad de programarlas como si fueran autómatas, exige un cambio de percepción fundamental: entender que un ordenador ya no es una máquina que programamos para hacer tareas repetitivas o pesadas con más velocidad y menos errores, sino que puede ser capaz de aprender a hacer cosas, de desarrollar soluciones creativas que un humano no había visto o entendido anteriormente. Las máquinas ya pueden hablar como las personas, aislar palabras y frases para entender lo que les dicen y contestarlo adecuadamente, estudiar operaciones para detectar patrones de fraude o necesidades concretas, hacer predicciones o controlar parámetros en función de circunstancias. Pueden conducir mucho mejor que las personas – y lo están haciendo ya, sin conductor de seguridad, en varios lugares del mundo – o desempeñar todo tipo de trabajos no solo mecánicos, sino intelectuales, como optimizar fondos de inversión o inversiones en publicidad. De hecho, el mayor crecimiento tanto en inversión como en publicidad se debe, desde hace varios años, a esas actividades llevadas a cabo mediante algoritmos.

Pero si el machine learning nos plantea un futuro retador… ¿qué decir de un mundo en el que la energía se produzca de manera prácticamente gratuita o con un coste mínimo en instalaciones distribuidas – enernet, siguiendo el paralelismo de lo que supuso internet y la distribución de la computación? En Australia, la mayor central eléctrica estará formada por placas y tejas solares en techos de viviendas, unidas a baterías domésticas de alta capacidad.

La realidad virtual y aumentada nos ofrece cada vez escenarios que permitirán todo tipo de actividades, desde trabajos independizados de lugar y tiempo, hasta posibilidades de todo tipo aplicadas al ocio, al entretenimiento o al aprendizaje. ¿Estamos poniéndolos a prueba en nuestra compañía para entender sus posibilidades, o nos limitamos a esperar a que sea otro el que lo haga, mientras nuestros obsoletos directivos lo contemplan con aire displicente y aire de “cualquier tiempo pasado fue mejor”?

Si blockchain, como todo indica, termina siendo la base de todos los sistemas transaccionales… ¿va nuestra empresa a ignorarlo, o va a intentar extraer de ello algún tipo de ventaja competitiva que podamos mostrar a nuestros clientes y usuarios?

El futuro no es una cuestión de tecnología. Es cuestión de curiosidad, de vocación por probarlo todo, de inquietud y de ganas de mejorar. El futuro es cuestión de actitud. Si tu empresa no es capaz de crear y alimentar esa actitud en sus directivos… se dirige hacia un problema de viabilidad futura de muy difícil solución. Y si no lo crees o no lo ves, lo más seguro es que, más que posible solución, seas parte del problema.