Amazon GoEl lanzamiento en beta de Amazon Go, una tienda física en Seattle abierta por el momento únicamente a empleados de la compañía en la que basta con llegar, identificarse en la entrada escaneando un código generado por una app en el smartphone, tomar lo que se desee de las estanterías, y simplemente salir, sin detenerse en ningún sitio ni tratar con ninguna persona, vuelve a desatar la discusión sobre el papel de las personas en el futuro, la naturaleza de los trabajos y la sustitución hombre-máquina.

El desarrollo tecnológico de Amazon para poner en marcha Amazon Go utiliza visión artificial, fusión de datos y aprendizaje profundo, una combinación de tecnologías cuyo avance no solo no se detiene, sino que progresa con un patrón cada vez más exponencial a medida que los resultados van realimentando el sistema. El desarrollo de Amazon es capaz de utilizar cámaras en toda la tienda para captar cuando una persona identificada por su cara toma o devuelve un artículo de una estantería, y factura a esa persona a través de su cuenta de Amazon según sale por la puerta. En realidad, nada que no haya utilizado anteriormente en mis clases hace más de una década hablando de pilotos de IBM o de Metro, pero que en aquellas ocasiones, no pasaron de la conceptualización.

En esta ocasión, el resultado es una tienda de productos frescos, snacks, bocadillos, etc., en la que siguen siendo necesarias personas para reponer las estanterías o para preparar los productos, pero desaparece completamente la necesidad de cajeros y de líneas de checkout, un trabajo que según los últimos datos disponibles (2014), proporcionaba empleo a unos tres millones y medio de personas en los Estados Unidos, con un salario de unos $19,310 anuales ($9.28 por hora), y con un crecimiento anual estimado en la generación de empleo de un 2% anual, por debajo de la media global. 

La tienda de Amazon, por mucho que por el momento sepamos que es una prueba limitada, nos enfrenta una vez más a esos temores en los que vemos a la tecnología como el destructor de nuestros empleos y de nuestro modo de vida. De nuevo, un debate para el que pocos se encuentran preparados, porque socava lo más hondo de las creencias que hemos mantenido desde hace muchas generaciones: el trabajo visto como elemento fundamental en la identidad de la persona, como privilegio, como necesidad no solo para la consecución de unos ingresos, sino prácticamente de cara a la realización personal… todo ello olvidando que, nos pongamos como nos pongamos, existen un elevado número de trabajos, entre los que sin duda se cuentan los de cajeros, en los que la posibilidad de que alguien se sienta realizado o motivado resulta prácticamente imposible.

¿Qué hace un cajero de supermercado? Un trabajo completamente mecánico y repetitivo, incómodo para ambos lados: para la persona que ha hecho su compra, el cajero supone la incomodidad de detenerse en una cola, depositar todos los productos en una cinta transportadora, y volverlos a recoger al otro lado. Para el cajero, el proceso supone tomar cada producto y escanearlo, hacer frente a posibles errores, y cobrar. Todo ello es un proceso profundamente mecánico, repetitivo, alienante y sin ningún valor añadido o propio de la condición de ser humano de quien lo lleva a cabo. La única razón por la que la desaparición de este tipo de trabajos no se ha producido antes era la dificultad de la tecnología existente para corregir los posibles errores de lectura, que aunque pudiesen resultar esporádicos, generaban interrupciones en el proceso. Cada vez más, un ordenador es caz de identificar perfectamente a una persona y un producto, entender si lo toma o lo deja en una estantería, apuntarlo en su cuenta y cobrarlo. La línea de cajeros, sencillamente, pierde su sentido.

Para el común de los mortales, imaginar a una legión enorme de cajeros de supermercados y tiendas uniéndose a la larga fila en la que ya estaban conductores de taxi, camioneros, mineros, empleados de sucursales bancarias, planificadores publicitarios, administrativos y una larga lista de empleos resulta, como mínimo, desasosegante. Aceptar una realidad en la que todo aquel trabajo que no conlleve un valor añadido determinado completamente redefinido con respecto al pasado se dispone a desaparecer resulta duro, particularmente si entendemos el trabajo como un privilegio, como aquello que nos permite integrarnos en la sociedad. Sin embargo, esto no ha sido siempre así, ni lo será en el futuro.

En el pasado, los privilegiados no eran los que tenían trabajo, sino precisamente los que no tenían que trabajar. Los nobles que vivían en sus palacios se alimentaban gracias al trabajo de una serie de personas en virtud de un supuesto derecho divino, de unos privilegios que marcaban quiénes tenían que trabajar, y quienes podían simplemente cobrar impuestos para vivir del trabajo de otros. La situación era patentemente injusta, pero marcaba el tejido social de una época en la que para determinadas clases sociales, tener que trabajar era un castigo… aunque peor aún era pertenecer a esas clases sociales y no tener trabajo, lo que los situaba en la categoría de vagos y maleantes.

En la sociedad actual, un número creciente de personas trabajamos de una manera que, contemplada desde la óptica de hace tan solo algunas décadas, resultaría incomprensible. Que yo pueda levantarme por la mañana y simplemente dedicarme a leer noticias, a pensar y a escribir para, finalmente, ponerme delante de una determinada audiencia y contarles una serie de cosas intentando que las entiendan y les hagan pensar, me situaría, imagino, en una categoría próxima a la de los privilegiados que podían vivir de intangibles, que no tenían que trabajar con sus manos o que no necesitaban sudar. De hecho, que yo salga a quemar calorías de una manera tan aparentemente inútil como recorrerme diez kilómetros en círculo para así mantener mi cuerpo en forma debería hacernos reflexionar mucho sobre los cambios de la sociedad en la que vivimos.

Lo que diferencia mi trabajo de otros es, entre otras, cosas, la dificultad de sustituirlo – por el momento – por una máquina. Al paso que se desarrolla la tecnología, nada impide que esa dificultad no pueda ser vencida, lo que me situaría en la tesitura de reimaginar mi trabajo. O, posiblemente, de no trabajar salvo que me apeteciese hacerlo. La transición desde una sociedad plenamente basada en el trabajo a una en la que el trabajo es simplemente una posibilidad para quien quiere tenerlo es imposible si no aceptamos como premisa fundamental el desarrollo de sistemas de renta básica universal o incondicional que protejan a aquellos cuyo trabajo, sencillamente, desaparece a manos de una tecnología que no simplemente se lo quita, sino que mejora sensiblemente su productividad y su desempeño. Una vez desarrollada, la tecnología deja de ser una opción, y se convierte en obligatoria para todo aquel que quiere ofrecer ese producto o servicio en condiciones de mercado. No es cruel, no es desalmado, no es injusto: es simplemente lógico.

Que los trabajos de las llamadas “tres D”, Dull (aburridos), Dirty (sucios) y Dangerous (peligrosos) se vean progresivamente sustituidos por máquinas puede parecer una maldición, pero no lo es: simplemente, hablamos de trabajos que las personas no deberían hacer, que resultan una ofensa para la naturaleza humana. Que esa sustitución se extienda a otro tipo de trabajos, de nuevo, nos puede preocupar porque imaginamos la alternativa de quedarnos sin trabajo como un desastre y una exclusión, pero ello se debe únicamente a la escasa madurez de los planteamientos sociales en torno a esa necesidad de la renta básica universal. A medida que esa dialéctica avance, nos encontraremos no solo aliviados cuando nuestros trabajos puedan ser llevados a cabo por una máquina, sino que además, dejaremos de verlo como una amenaza y estaremos dispuestos a colaborar aportando nuestra experiencia con quienes pretendan hacerlo, si ello nos ayuda a estar en el lado adecuado de la disrupción. Pero imaginar algo así sin imaginar nada detrás que aporte lo que necesitamos para obtener ingresos resulta sencillamente aterrador, y la inmensa mayoría de los políticos actuales están aún muy lejos de entender la necesidad de ese tipo de planteamientos o de no contaminarlos con principios ideológicos. 

Amazon Go nos muestra, por ahora por una mínima rendija, la realidad de la coevolución de los hombres y la tecnología. Y esa realidad no es aterradora, ni deshumanizada, ni negativa, ni excluyente, salvo para los que se empeñen en verlo así. De hecho, dejar de verlo como algo amenazador es el primer paso para ese necesario cambio. Entender que es, sencillamente, mejor en todos los sentidos, siempre que como sociedad seamos capaces de organizarnos para acoger ese cambio con las adecuadas garantías para todos los implicados. Y como todos los grandes cambios, no va a ser sencillo, pero no por ello deja de ser inevitable.

 

IMAGE: Kurhan - 123RF

La ronda de financiación de 189 millones de dólares de FreshDirect, líder en distribución online de productos frescos en Nueva York con reparto, además, en New Jersey, Pennsylvania, Connecticut, and Delaware, lleva a muchos a plantearse cómo funcionarán nuestros hábitos de compra en el futuro cercano.

La operación, destinada específicamente a expandir las operaciones de la compañía en otros mercados, se une a la reciente adquisición de Jet.com por parte de Walmart y al fortísimo empuje de Amazon Fresh, y se adecua como un guante a las preferencias de todo un segmento de la población que ya supera sin problemas la idea de que determinados productos es mejor escogerlos uno mismo: una generación de personas que no solo ya han tenido buenas experiencias, sino que otorgan su confianza al comercio electrónico porque han sido educados en una generación de compañías online que prefieren devolver el dinero en caso de insatisfacción con políticas de “no questions asked”. El nivel de conocimiento de determinados productos, además, lleva a una cesión de confianza o a una especialización: algunos de mis amigos no serían seguramente capaces de escoger con seguridad y confianza un determinado corte de carne o una pieza de fruta con unas características determinadas, lo que les lleva a confiar en la información que reciben de quien se la vende sea online o en persona, pero otros ya únicamente compran vinos en la red porque lo consideran una mejor experiencia, con mayor profundidad de gama, más información y mejores precios.

El cambio de hábitos responde claramente a un desplazamiento en nuestra manera de entender la vida. Las generaciones actuales, típicamente, adoran ir de compras por lo que tiene de experiencia, pero odian hacer la compra porque lo consideran aburrido, repetitivo y carente de todo atractivo. Comprar por el placer de ver cosas nuevas, probárselas o tenerlas en la mano, frente a comprar como medio para tener en casa aquello que necesitamos para la vida cotidiana.

La distribución no muere, pero se modifica radicalmente: de la funcionalidad y la búsqueda implacable del precio más barato, pasamos a una desintermediación radical salvo en los casos en los que se puede plantear la compra como una experiencia apetecible, como algo intrínsecamente deseable. La parte de la compra que abastece nuestra cocina, por ejemplo, desde la leche a los cereales pasando por todos los productos empaquetados, está mucho mejor llegando en una caja de cartón sin esfuerzo por nuestra parte que forzándonos a pasearnos y cargar el carrito por la sección correspondiente del supermercado. El baño, seguramente mucho más… pero esto no es incompatible con que, en determinados momentos, nos pueda apetecer ir a una tienda para oler productos, tocarlos, verlos y escoger el que queremos para esa comida, cena, receta o momento especial. El mismo consumidor que se deja cientos de euros comprando a golpe de clic todas las semanas en un supermercado online se puede plantear detenerse un rato en una tienda de especias o de productos para el baño para dejarse aconsejar por un dependiente experto y escoger una opción determinada, aunque obviamente, no es algo que se haga todos los días.

Las compañías que no sean capaces de entender esto, que no faciliten lo más posible aquellos elementos de fricción que no aportan ningún valor añadido, irán viendo como su cuota de mercado se reduce como parte de un fenómeno generacional. No hablamos de una moda, sino de un cambio de hábitos con toda la lógica del mundo. En aquello que no nos aporta ningún placer especial y nos vemos obligados a actuar como parte de una cadena logística sin valor, terminamos prefiriendo la funcionalidad. El papel de un cliente en la distribución tradicional se reduce, en el escenario tecnológico actual, a conducir o caminar hasta el supermercado, pasear miserablemente por sus pasillos arrastrando un carrito, vaciarlo en la cinta transportadora para embolsarlo y volverlo a llenar dos metros más allá, cargarlo en el maletero del coche, y volverlo a descargar al llegar a casa. Tareas, nos pongamos como nos pongamos, totalmente carentes de atractivo. Las razones por las que algunos se mantienen alejados de la compra online no son el atractivo de la oferta offline, sino cuestiones como la falta de confianza, la creencia de que el precio será más caro, u otros tópicos similares. Visto así, el desplazamiento de esas compras a un canal de distribución que llegue directamente al domicilio es únicamente una cuestión de tiempo.

Si no has vivido en la costa este de los Estados Unidos, es posible que FreshDirect te resulte un completo desconocido. Pero cuando ves pasar una ronda de financiación de 189 millones de dólares y, previamente, operaciones de adquisición, crecimiento y desarrollo cada vez más consolidadas en esa misma área de actividad, deberías plantearte que, muy posiblemente, algo esté cambiando.

 

Samsung printerEn la foto, una impresora. Un objeto que no me llama la atención lo más mínimo, pero que, en este caso, me obliga a hacer una excepción: la gracia que tiene esa impresora es, sencillamente, que monitoriza el nivel de tinta disponible, y cuando está próximo a agotarse, pide directamente los recambios a través de Amazon Dash.

¿Sorprendente? Lo justo: ya todos conocemos Amazon Dash, los botoncitos con logotipo que puedes poner en el punto de la casa donde más utilizas un producto determinado (el de las cápsulas de café al lado de la cafetera, el del detergente pegado a la lavadora, etc.) y que te permiten hacer un pedido cuando se acaba algo. Nada que no pueda hacerse con la app adecuada, pero que simplemente permite convertir una tarea consciente (sacar la app o entrar en la página correspondiente) en algo más directo, cómodo, rápido e intuitivo. La idea, a pesar de su simplicidad, es buena, se corresponde mucho con la tendencia a dotar de cierta inteligencia a objetos comunes, lleva funcionando ya algún tiempo, y hasta hemos visto como se hackeaba para las cosas más variadas.

Ahora, pasamos un nivel más: es la propia máquina la que, cuando detecta niveles bajos de suministros, aprieta el botón y pide a Amazon lo que le falta. Mientras no combinemos esta funcionalidad con otra que se descubrió hace ya mucho tiempo, tan sencilla como hacer que la máquina mienta y diga que se le ha acabado un cartucho al que, en realidad, le queda tinta para rato – sí, de esa tinta que se vende aproximadamente al mismo precio que la sangre de unicornio – todo va bien. Pero lo interesante, más allá de una impresora que no es siquiera la primera automatización de este tipo, es pensar en las posibilidades de ese Dash Replenishment Service (DRS) en el que por el momento encontramos, además de impresoras, cosas como lavadoras-secadoras, jarras purificadoras de agua, medidores de glucosa en sangre para diabéticos, dispensadores de jabón, de comida para mascotas, de productos de limpieza de piscinas, o de baterías para cerraduras inteligentes. Abriendo la imaginación, podemos imaginar un buen número de artículos de los que denominamos habitualmente suministros, de compra recurrente y que simplemente volvemos a pedir cuando se acaban, que retiramos de nuestra cesta de la compra como tal, porque, básicamente, se cuidan de sí mismos. Podemos imaginar igualmente algoritmos de optimización en los que se incluyen el número de días de suministro restantes en función del ritmo de consumo, con el fin de consolidar pedidos y optimizar la logística de envío. O combinarlo con ofertas de productos de la competencia que desean llegar al usuario precisamente en el momento en que toca rellenar esos suministros.

La idea es, como mínimo, provocativa: compras que llegan a casa sin que sepamos siquiera que las habíamos adquirido, simplemente porque el aparato que hace uso de ellas detecta que se van a terminar. Muchas posibilidades, y seguramente, algunos hábitos afectados.

 

Samsung printerEn la foto, una impresora. Un objeto que no me llama la atención lo más mínimo, pero que, en este caso, me obliga a hacer una excepción: la gracia que tiene esa impresora es, sencillamente, que monitoriza el nivel de tinta disponible, y cuando está próximo a agotarse, pide directamente los recambios a través de Amazon Dash.

¿Sorprendente? Lo justo: ya todos conocemos Amazon Dash, los botoncitos con logotipo que puedes poner en el punto de la casa donde más utilizas un producto determinado (el de las cápsulas de café al lado de la cafetera, el del detergente pegado a la lavadora, etc.) y que te permiten hacer un pedido cuando se acaba algo. Nada que no pueda hacerse con la app adecuada, pero que simplemente permite convertir una tarea consciente (sacar la app o entrar en la página correspondiente) en algo más directo, cómodo, rápido e intuitivo. La idea, a pesar de su simplicidad, es buena, se corresponde mucho con la tendencia a dotar de cierta inteligencia a objetos comunes, lleva funcionando ya algún tiempo, y hasta hemos visto como se hackeaba para las cosas más variadas.

Ahora, pasamos un nivel más: es la propia máquina la que, cuando detecta niveles bajos de suministros, aprieta el botón y pide a Amazon lo que le falta. Mientras no combinemos esta funcionalidad con otra que se descubrió hace ya mucho tiempo, tan sencilla como hacer que la máquina mienta y diga que se le ha acabado un cartucho al que, en realidad, le queda tinta para rato – sí, de esa tinta que se vende aproximadamente al mismo precio que la sangre de unicornio – todo va bien. Pero lo interesante, más allá de una impresora que no es siquiera la primera automatización de este tipo, es pensar en las posibilidades de ese Dash Replenishment Service (DRS) en el que por el momento encontramos, además de impresoras, cosas como lavadoras-secadoras, jarras purificadoras de agua, medidores de glucosa en sangre para diabéticos, dispensadores de jabón, de comida para mascotas, de productos de limpieza de piscinas, o de baterías para cerraduras inteligentes. Abriendo la imaginación, podemos imaginar un buen número de artículos de los que denominamos habitualmente suministros, de compra recurrente y que simplemente volvemos a pedir cuando se acaban, que retiramos de nuestra cesta de la compra como tal, porque, básicamente, se cuidan de sí mismos. Podemos imaginar igualmente algoritmos de optimización en los que se incluyen el número de días de suministro restantes en función del ritmo de consumo, con el fin de consolidar pedidos y optimizar la logística de envío. O combinarlo con ofertas de productos de la competencia que desean llegar al usuario precisamente en el momento en que toca rellenar esos suministros.

La idea es, como mínimo, provocativa: compras que llegan a casa sin que sepamos siquiera que las habíamos adquirido, simplemente porque el aparato que hace uso de ellas detecta que se van a terminar. Muchas posibilidades, y seguramente, algunos hábitos afectados.

 

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