Tesla logo over Saudi Arabia mapEl tweet que Elon Musk publicó el pasado 7 de agosto, que pilló por sorpresa incluso a su mismísimo consejo de administración, y el posterior artículo en el blog corporativo sobre la posibilidad de excluir a Tesla del mercado bursátil pagando a los accionistas unos 420 dólares por acción ha dado lugar ya a infinitos golpes de tecla en medios de todo el mundo.

La SEC, que admite el uso de cuentas oficiales en redes sociales como herramientas de comunicación corporativa, está investigando hasta qué punto el texto “funding secured”, “financiación asegurada”, podría constituir una posible violación de las normas destinada a elevar la cotización de las acciones. Varios accionistas han denunciado a la compañía por manipular el precio de sus acciones asegurando tener esa financiación asegurada cuando en realidad no era estrictamente así, aunque la aclaración del tema publicada por Musk afirma que el accionista comprometido con esa inversión, que no es otro que el fondo soberano de Arabia Saudi, ha confirmado su interés en la operación, y que además, la operación se llevaría a cabo no con deuda, sino con capital.

La noticia, desde mi punto de vista, tiene dos derivadas interesantes: la primera proviene de las razones del interés por sacar a la compañía del mercado, que podrían convertirse en un movimiento pionero que llevase a otras compañías de Silicon Valley a plantear lo mismo. El mercado bursátil, que tradicionalmente ha significado un paso fundamental a la hora de capitalizar las compañías y obtener fondos para su expansión, se ha convertido en un lugar incómodo, en el que analistas ignorantes con criterios profundamente simplistas someten a las compañías a constantes vaivenes en su cotización por razones que tienen mucho más que ver con intereses cortoplacistas que con la estrategia y la visión a largo plazo, vaivenes que distraen a los gestores, crean incentivos perversos y no alineados con el interés corporativo, y generan discusiones en muchos casos completamente estériles. La bolsa, vista así, podría seguir siendo ese momento mágico en el que se da entrada a cualquier inversor dispuesto a comprar acciones y permite la salida de los inversores anteriores que solo podían adquirirlas mediante un acuerdo con los propietarios de la compañía, pero pasaría, tras obtener esos fondos, a convertirse en un socio incómodo, ruidoso y molesto, con muchas más exigencias que beneficios reales. Si los mercados financieros, base de la economía capitalista, están pasando a tener esa consideración, podríamos estar ante el presagio de un importante problema futuro.

La segunda derivada es igualmente de mucho calado: ¿qué significa que el fondo soberano de Arabia Saudí, constituido fundamentalmente gracias a la riqueza acumulada mediante la explotación del petróleo, esté dispuesto a financiar la salida de Tesla del mercado bursátil? Sencillamente, una muestra de que la Vision 2030, un ambicioso plan para reducir la dependencia del país del petróleo, diversificar su economía y desarrollar sectores de servicios públicos como la salud, la educación, las infraestructuras, el ocio y el turismo, se ha convertido, bajo el liderazgo de Mohammad bin Salman, en una realidad tangible. Las más de doscientas inversiones del fondo soberano tienen como objetivos fundamentales campos como las telecomunicaciones, la industria aeroespacial, las tecnologías sostenibles, la seguridad, las energías renovables y las tecnologías de la información, y en ese sentido, es indudable que una compañía como Tesla encaja como un guante. Otra cuestión sería valorar los posibles intereses que un inversor así, si fuese mayoritario, podría tener en el control de los ritmos: una cosa es definir que se entiende que la única manera sostenible de crecer es plantearlo en torno a la generación de energía sostenible, el aprovechamiento del sol y los vehículos eléctricos, y otra cosa es querer que eso ocurra de un día para otro, algo que podría llegar a amenazar lo que es aún la clave de la economía del país. En ese sentido, los planes de Elon Musk para conseguir una base de accionistas suficientemente amplia que pudiese evitar un control excesivo por parte de los saudíes podrían convertirse en clave para la viabilidad futura y los planes de la compañía. 

Por otro lado, el movimiento del fondo soberano de Arabia Saudí sería la confirmación de que Silicon Valley, en la práctica, tiene más bien pocos reparos en la procedencia del dinero de sus inversores, la calidad de su democracia o sus tendencias al absolutismo, algo que, de hecho, ya había sido confirmado por la abundante presencia de inversores procedentes de un país como China. En la práctica, en Silicon Valley, los componentes ideológicos pasan a un claro segundo plano cuando hablamos de inversiones que pueden ayudar a las compañías a alcanzar sus objetivos a largo plazo: indudablemente, la misión de Tesla, establecida como “acelerar la transición del mundo hacia las energías renovables”, podría verse reforzada gracias al hecho de contar con una base de financiación más estable que los mercados financieros, y el hecho de que ese dinero pudiese provenir en una parte muy significativa del fondo soberano de Arabia Saudi, el país que supone la fuente más importante de petróleo del mundo, podría llegar a convertirse en un auténtico símbolo de ese cambio de época que la compañía pretende provocar, y para el que Arabia Saudi, un país con abundantísima insolación y con buenas bases para adaptarse a un nuevo modelo económico, afirma estar preparándose.

¿Llegaremos a ver una Tesla convertida en compañía privada y con Arabia Saudi como uno de sus inversores de referencia? (en realidad, el fondo posee ya casi un 5% de la compañía, mediante compras llevadas a cabo en el mercado). La idea no parece ya tan alocada cuando Elon Musk ya ha anunciado el nombramiento de asesores para llevar a cabo sus planes, y cuando el voto de los accionistas de la compañía, fundamental para la operación, podría inclinarse masivamente por dar su apoyo al plan. Que eso llegue a suponer, como Elon Musk parece pretender, una aceleración en los planes de la compañía, o pueda llegar a generar dudas en ese sentido, es ya es otra cuestión.

 

Apple (05/07/2018) - Google Finance José Luis G. Ochoa, de El Español, me llamó anteayer para hablar sobre Apple y las expectativas generadas por la ruptura del histórico techo de un millón de millones en su valoración, y ayer publicó un reportaje titulado “Apple, los riesgos (y desafíos) que enfrenta la empresa del billón de dólares” (pdf) en el que me cita. 

En mi conversación con José Luis intenté dejar claros cuáles son mis argumentos para defender que la compañía tiene recorrido para seguir avanzando en su valoración: una estrategia coherente basada en brillantes procesos de innovación que suponen auténticas reinvenciones de lo que una categoría debería ser y se convierten en hitos a imitar por todos los demás,  productos que “no son para todo el mundo” pero que posibilitan, precisamente por ese enfoque, que la compañía no se centre en el volumen, sino que viva cómodamente instalada en la capitalización del importante margen que le proporcionan, muy superior al que obtiene cualquier otro de sus competidores.

El hito del billón de dólares – o trillón, como dicen los anglosajones – no es, en realidad, tan importante. Un millón de millones es un número indudablemente muy grande, enorme… pero es tan solo eso, un número. Según como definamos la valoración de una compañía, podríamos incluso considerar que Amazon vale más que Apple, aunque eso no cambia la premisa de la ecuación principal: si pensamos que las candidatas a llegar a ese hito simbólico son empresas como la ya citada Amazon, Alphabet o Microsoft, el mundo es, sin ningún lugar a dudas, de las llamadas “compañías tecnológicas”.

Ahora, además, Apple cuenta con otra importante ventaja: una generación de cash prácticamente ilimitada basada en su estatus de competidor en el mercado de la electrónica de consumo, que le permite sentarse sobre una enorme pila de dinero que puede escoger en qué momentos devolver a sus accionistas. Tras muchos años de ver cómo todas las compañías tecnológicas despreciaban el reparto de dividendos y lo consideraban típico de empresas anticuadas, ahora resulta que Apple no solo los reparte, sino que lleva a cabo agresivas recompras de acciones que le permiten no solo mantener a sus accionistas enormemente contentos, sino además, prácticamente manipular el valor del precio de su acción ante cualquier posible eventualidad, como la que podrían representar los posibles efectos del recrudecimiento de la guerra comercial con China. Tan solo en el segundo trimestre del 2018, la compañía invirtió 20,000 millones en recompra de acciones. Inversores fieles, y por supuesto, usuarios fieles: cada nuevo producto de Apple tiene el efecto multiplicador que supone que todos sus usuarios altamente satisfechos encuentren un nuevo motivo para pasarse por la Apple Store

También llama la atención la magnitud de los mitos y las percepciones absurdas con las que se critica a la compañía: ¿que la Apple de después de Jobs no es innovadora o no va tan bien? Cuando Steve Jobs murió, hace ahora siete años, la compañía seguía una marcha indudablemente exitosa… pero su valoración era de “únicamente” 350,000 millones de dólares. Los 650,000 restantes se han conseguido en la era post-Jobs, con Tim Cook al frente de la compañía. En ese período, Apple ha hecho mucho, muchísimo más que simplemente “vender más de lo mismo en distintos formatos y tamaños”: se ha convertido en un gigante de los servicios, que ahora contribuyen de manera muy significativa a su facturación y la convierten, por ejemplo, en una impresionante compañía de fintech; en una alternativa a Spotify, o en la que ha reinventado exitosamente categorías como la cartera o el reloj de pulsera, en ese último caso con un enfoque hacia el mundo de la salud preventiva que podría terminar teniendo mucha más proyección de la que parece.

Precisamente de esto es de lo que depende el punto en el que situemos el posible techo de valoración de la compañía: de su capacidad para reinventar nuevas categorías de producto. El automóvil es una de esas posibilidades, un mercado al que Apple no sería, sin duda, la primera en llegar, en el que potencialmente podría proponer alternativas interesantes, pero también lo es el home entertainment, en el que actualmente tiene productos necesitados de un replanteamiento como Apple TV o HomePod, dependientes tanto de mejoras en Siri – hoy sin duda la más patéticamente tonta de todos los asistentes de voz – como de algún tipo de combinación con sus productos de servicios.

A corto plazo, veremos más de lo mismo: nuevos modelos de iPhone volverán a generar importantes picos en ventas que elevarán la valoración de la compañía de manera consistente, asegurando el suelo del billón de dólares de manera sólida. Pero a largo, la gran pregunta: ¿cuáles son esas categorías en las que la compañía está preparando reinvenciones y que podrían redefinir su techo de valoración?

 

IMAGE: Pixabay - CC0Tras la presentación de los resultados del segundo trimestre de 2018, con una facturación un 17% superior a la de hace un año, Apple consigue, como se esperaba, convertirse en la primera y única compañía norteamericana cotizada de la historia en superar el millón de millones de dólares de valoración, un billón según la escala numérica larga habitual en la Europa continental y la América hispanohablante, o un trillón según la escala numérica corta anglosajona. Un uno, seguido de doce ceros, tal que así: 1,000,000,000,000. Las acciones de la compañía subieron un 2.9% para terminar el día en los 207,39 dólares, lo que resulta en una capitalización bursátil de 1,002 miles de millones de dólares. A lo largo de la sesión, la valoración bursátil de Apple llegó a superar los 1,006 miles de millones.

Más allá de lo que sus críticos puedan decir, la estratosférica valoración revela el importante papel que la compañía ha tenido en la transformación del mundo que conocemos, desde sus orígenes como creación de Steve Jobs y Steve Wozniak en un garaje californiano, pasando por su casi bancarrota hace ahora 21 años, hasta conseguir convertirse en la empresa que ha revolucionado el mundo de la tecnología y la electrónica de consumo a través de una impresionantemente exitosa serie de productos. Intentar entender la relación entre las personas y la tecnología resultaría hoy imposible sin analizar, entre otros, productos como el Macintosh o el iPhone, que dieron origen a enormes revoluciones como la del ordenador personal, la del smartphone o la de las apps.

¿Qué elementos posibilitan el meteórico crecimiento de Apple? Sin duda, a pesar del indudablemente creciente papel del negocio de servicios, el protagonista principal sigue siendo el iPhone, que aportó 5,060 millones al total de 7,860 millones reportados por la compañía en el segundo trimestre de 2018. También juegan un papel fundamental los resultados del mercado chino, una quinta parte de sus ventas y un elemento fundamental en su estructura de costes, hasta el punto de que está forzando a otro gigante, Google, a replantearse su enfoque y a preparar un nuevo desembarco en ese mercado con un buscador que se pliegue a las condiciones de restricciones y censura impuestas por el gobierno del país.

Pero a estas alturas, es importante entender que Apple, en muchos sentidos, ha roto la baraja del mercado: la compañía tiene unos beneficios y genera una liquidez tan importante, que puede plantearse devolver directamente y de manera periódica una buena parte a sus inversores. El pasado abril, anunció planes para la recompra de cien mil millones en acciones, y en su última presentación de resultados demostró que esos planes no eran ninguna ficción: tan solo en ese segundo trimestre del año, devolvió 25,000 millones de dólares a sus accionistas, incluyendo 20,000 millones en recompra de acciones.

Recomprar tantas acciones permite mantener elevado el precio de la acción, lo que mantiene obviamente contentos a los accionistas y posibilita que la compañía pueda, además, manejar su cotización de manera prácticamente sintética. Obviamente, no es una fórmula infalible ni sin límites: la compañía podría ahora ser vulnerable a la guerra comercial con China planteada por Donald Trump, y sufrir un encarecimiento de sus productos que podría llevar a un recorte de sus márgenes. Pero por otro lado, juega a un juego diferente: perder el segundo puesto del mundo en número de terminales vendidos frente a Huawei, por ejemplo, no le resulta especialmente problemático, porque su batalla, de nuevo dentro de unos límites, no son las unidades vendidas, sino el margen que obtiene de ellas. Lo importante de llegar a tener una compañía con un millón de millones de dólares de capitalización es demostrar que eso no es lo importante, y que, como deja claro Tim Cook en su memorandum a los empleados de hoy, entiendes lo que es realmente importante. Además, el próximo mes de septiembre la compañía presentará seguramente nuevos modelos de iPhone y renovará otras líneas de producto, lo que se traducirá inmediatamente en un repunte de sus cifras de ventas como ha ocurrido de forma prácticamente matemática en todas las ocasiones anteriores.

Apple no es la única compañía tecnológica que se acerca a este escalón mítico del millón de millones de dólares: Amazon, Alphabet y Microsoft podrían alcanzarlo también pronto, revelando de nuevo el importantísimo papel que la tecnología juega en el mundo en que vivimos. Pero ha logrado ser la primera en llegar a esa mítica cifra y, con ello, reivindicarse como una de las compañías tecnológicas más importantes de la historia, la que de una manera más clara redefine el panorama gracias a una potente combinación de innovación y estrategia. Haters gonna hate, pero esto es lo que hay… repetido un millón de millones de veces!

 

Twitter fall July 27 2018 - Google FinanceTras la fuerte caída de un 18% en el valor de Facebook hace dos días, ayer fue Twitter la que, tras presentar resultados trimestrales, experimentó una evolución negativa en su cotización que alcanzó el 21% y que, por el momento, continúa su descenso en el horario de mercado extendido.

La compañía publicó unos resultados en los que mostraba un beneficio récord por tercer trimestre consecutivo, concretamente 134 millones de dólares equivalentes a 13 centavos por acción, 17 centavos por acción tras ajustes, frente a una estimación consensuada por los analistas de 16 centavos. Los ingresos de Twitter subieron un 24% hasta los 710.5 millones de dólares, dos millones de dólares por encima de las estimaciones. Hasta aquí, todo habría indicado un buen trimestre. Sin embargo, la compañía presentó una caída de un millón de usuarios hasta los 355 millones debido a la fuerte limpieza de perfiles falsos, bots y trolls que la compañía está llevando a cabo, que fue valorada por los analistas como una supuesta indicación de ralentización del crecimiento, y fuertemente penalizada.

¿Tiene sentido penalizar fuertemente el valor de una compañía por llevar a cabo un proceso de limpieza que la lleva, según todas las indicaciones, a ser una compañía mejor? Que Twitter tome la decisión de priorizar la calidad de su red frente a su tamaño es, por puro sentido común, un movimiento en la buena dirección, una indicación de que, por fin, se ha decidido a tomarse en serio los que todos decían que eran sus principales problemas, una inversión a futuro en una red más sana, con un crecimiento más saludable y más sólido. De hecho, los números son, a todas luces, impresionantes: la compañía se ha pasado los meses de mayo y junio suspendiendo más de un millón de cuentas al día, y sin embargo, en el global del trimestre, únicamente ha perdido alrededor de un millón con respecto al trimestre anterior, lo que prueba, en realidad, un fuerte crecimiento. Pero dado que los analistas ven un número de usuarios que desciende en un millón, interpretan que el crecimiento se ralentiza, y la compañía cae más de un 20% en su valor: ¿tiene sentido? ¿Puede de verdad ser tan limitada la inteligencia del mercado, como para no ver lo que es tan obvio, una compañía en crecimiento y que, además, invierte esfuerzos en tener un producto de mucha mejor calidad?

¿Qué prefiere el mercado? ¿Una compañía que reporta a cualquier precio números más elevados, aunque en realidad todos sepamos que eran falsos, usuarios inexistente, bots creados en granjas para simular perfiles falsos y llenar la red de basura? ¿Es esa la lectura que debemos hacer de la capacidad del mercado para evaluar la salud y las expectativas de una compañía? ¿Debe Twitter valer un 20% menos tras la gestión llevada a cabo durante este trimestre? No, sencillamente no tiene sentido ninguno, y no solo es irracional: es además revelador de un profundo simplismo, rayano en la estupidez profunda. ¿En qué medida puede ser mejor preferir un crecimiento irracional, absurdo y basado en premisas falsas, frente a uno razonablemente saludable?

Que Twitter elimine a las legiones de bots que lo poblaban y se decida a tomar acción contra los trolls es una decisión que únicamente puede ser calificada como positiva: es lo que muchísimos usuarios y analistas reclamábamos a la compañía desde hacía mucho tiempo, porque la alternativa era la consolidación de un clima insostenible que estaba echando a muchos usuarios y convirtiendo a muchos otros en pasivos, en lurkers que únicamente observan, pero no participan por miedo a un clima de agresividad absurdo. Tras muchos años de no hacer nada en función de una libertad de expresión mal entendida, Twitter comienza a mostrar su disposición a resolver ese problema con lo que parecen las medidas adecuadas, sabiendo que no se enfrenta a una tarea fácil, que va a tener un coste, pero que alguien debe de llevarla a cabo por el bien de todos. Y de hecho, en el primer trimestre que incluye esos cambios en la gestión, la compañía prueba que puede crecer en facturación y beneficios, que los anunciantes valoran positivamente las medidas, que el producto vídeo crece con buenas expectativas, y que es capaz, incluso, de incorporar suficientes usuarios como para compensar por una parte importantísima de los que ha eliminado en su limpieza. ¿Tiene sentido que, precisamente en ese momento, se castigue a la compañía con una caída de más del 20% de su cotización? La respuesta es clarísima: no, no tiene ningún sentido, y por pura y aplastante lógica, esa caída en la valoración se corregirá a medida que la compañía pruebe que puede mantener su crecimiento y que los usuarios manifiestan un nivel mayor de satisfacción.

Las medidas valientes pueden tener, a veces, consecuencias complicadas si el mercado no es capaz de valorar lo que realmente valen y el recorrido real que pueden llegar a tener. La caída de la cotización de Twitter de ayer prueba que el mercado, en efecto, puede ser profundamente simplista y, en ocasiones, reducir la complejidad de una decisión a un simple parámetro, y además, mal interpretado. Muy posiblemente, incluso, afectado por la caída de Facebook, en un contexto absurdo de penalización de compañías que, aunque se dediquen a actividades parecidas, no tienen absolutamente nada que ver. Pero para la dirección de Twitter, a pesar de levantarse esta mañana con unas acciones que valen supuestamente mucho menos, las cosas deberían estar claras: es el momento de seguir por el buen camino.

 

FB after-hours fall 26-07-2018 - Google FinanceLa presentación de resultados trimestrales de Facebook ayer miércoles mostraba claramente que el ritmo de crecimiento en la incorporación de usuarios a su red y los ingresos por publicidad estaba siendo menos de lo esperado, en el contexto de lo que seguramente podemos definir como un período horrible para una compañía que ha estado constantemente presente en las noticias debido a numerosos escándalos. La consecuencia ha sido una fuerte caída en el precio de la acción en el horario extendido del mercado, que ha llegado a suponer hasta 125,000 millones en su capitalización, una caída inédita que sigue a lo que era, justo antes de la presentación de resultados, su máximo histórico, y que muchos interpretan no solo como una señal de que la compañía no es intocable, sino incluso como una fuerte alerta para la totalidad del mercado.

Por supuesto, ninguna compañía es intocable, y la caída de las acciones de Facebook es, sin duda, importante. Sin embargo, creo que es importante poner las cosas en contexto. Indudablemente, Facebook está pasando por una importante serie de problemas de crecimiento: la red social más grande del mundo se ha dado cuenta, y además en muchos casos demasiado tarde, de que se había convertido en la mayor herramienta de del mundo para campañas políticas que, sin ser ilegales, sí permitían niveles de manipulación enormemente personalizados, escalables a segmentos significativos de la población, y nunca vistos hasta ahora. Se ha visto implicada en la difusión de noticias que han provocado efectos gravísimos, desde linchamientos hasta éxodos masivos, y convertida en uno de los mayores canales por los que circulan las llamadas fake news, noticias falsas creadas para manipular la opinión pública. Ha sido llamada a declarar ante comisiones parlamentarias en los Estados Unidos y en Europa, y en muchos sentidos, se ha cumplido lo que decía aquel profético artículo que afirmaba, cuando sabíamos tan solo la mitad de la mitad de lo que ahora sabemos,  que ni el mismísimo Mark Zuckerberg era capaz de entender en lo que Facebook se había convertido. Sin duda, este es el año en el que uno de los mayores fenómenos de difusión tecnológica de la historia del mundo, en el que participan ya de manera habitual 2,230 millones de personas y 1,470 millones de manera diaria, se ve confrontada con algunos de los efectos de esa difusión, como la pérdida de control sobre la privacidad de los usuarios, la circulación incontrolada de noticias falsas, e incluso una pérdida insostenible de la normalidad democrática.

Toda herramienta que pasa de ser utilizada únicamente en un campus a serlo por un porcentaje importantísimo de toda la población mundial es susceptible de experimentar procesos de este tipo. Que la compañía haya respondido a la aparición de esos efectos, que responden a procesos de ensayo y error llevados a cabo a lo largo del tiempo por numerosos actores que van desde simples delincuentes hasta gobiernos enteros pasando por todo tipo de organizaciones, compañías o agencias, con una mezcla de ingenuidad e irresponsabilidad, es algo que indudablemente queda en el pasivo de Mark Zuckerberg: estaba demasiado ocupado ganando dinero como para preocuparse de los lugares de los que venía o los efectos que tenía. Y esa irresponsabilidad fue continua durante mucho tiempo, hasta que finalmente, este año, la compañía ha afirmado que invertirá enormes esfuerzos en cambiar esa evolución. ¿Es Facebook creíble en ese sentido? No especialmente, pero una de las cosas que claramente dijo cuando se comprometió a ello es que esos esfuerzos tendrían un coste en el crecimiento de la compañía. Y efectivamente, así ha sido.

Pero volvamos al contexto: la caída en la valoración de las acciones de Facebook es impresionante, sí, y un auténtico escenario de pesadilla para cualquier inversor. Pero en el conjunto de la evolución del valor de la compañía desde su salida a bolsa en mayo de 2012, esa caída es un pequeño bache, menor incluso que varios que ha sufrido anteriormente. La compañía no ha perdido usuarios ni dinero: ha ganado nada menos que 22 millones de usuarios diarios, y ha ingresado 13,200 millones de dólares… lo que ocurre es que esos 22 millones de usuarios palidecen frente a los números que incorporaba anteriormente (el trimestre anterior, sin ir más lejos, incorporó 49 millones), y esos 13,200 millones están algo por debajo de los 13,400 que los analistas esperaban. ¿Malo? Sin duda. Pero por otro lado, ninguna compañía puede crecer de manera ilimitada y al mismo ritmo: hay 3,000 millones de personas en el mundo con acceso a internet, y Facebook llega a 2,230 millones de ellas, algo sencillamente impresionante. Por supuesto, eso no significa que la compañía no tenga problemas si, como parece estar ocurriendo, su base de usuarios envejece, pero adquisiciones con bases sociodemográficas de usuarios mucho más amplias, como WhatsApp o Instagram, parecen estar cubriendo esas bases notablemente bien.

¿Queremos que Facebook corrija los problemas que tiene, que no son exactamente problemas de Facebook sino, más bien, derivados de la naturaleza humana? Por supuesto, pero es que no es algo sencillo. Sus planes para controlar el uso de su red para la difusión de noticias falsas son sin duda ambiciosos, pero si pensamos que la compañía debería hacer más o tomar partido ante determinados temas o ideologías, es recomendable que, como mínimo, tengamos en cuenta las posibles consecuencias si efectivamente ocurre aquello que pedimos. Podemos – y debemos, además – pedir a Facebook que incorpore más controles sobre la privacidad de los usuarios y que permitan decidir el tipo de publicidad que queremos ver, pero servirá de poco si eso no se acompaña de educación a esos usuarios para que, de una manera responsable, hagan uso de esos controles. Los controles de privacidad de Facebook, de hecho, no eran pocos, y permitían a los usuarios tomar decisiones sobre una amplia cantidad de cuestiones relacionadas con sus datos, pero cuando llegas a 2,230 millones de usuarios, esperar que de verdad entiendan esos controles o se pongan a tomar decisiones mínimamente informadas sobre cada posible circunstancia relacionada con su privacidad es una expectativa bastante poco realista.

¿Va a caer Facebook? No. Podrá ralentizar algo su crecimiento, podrá ver cómo se satura el mercado disponible o podrá ver cómo sus esfuerzos por incorporar más niveles de control de una manera razonable y que no lo convierta en un juez universal, que han significado ya la incorporación de varios miles de personas a la plantilla, restan brillantez a sus resultados. Se trata de un proceso normal en compañías que universalizan su servicio: Google experimentó y sigue experimentando importantes problemas derivados del hecho de que su motor de búsqueda se haya convertido en una herramienta utilizada de manera prácticamente universal en casi todo el mundo, y Facebook los sufre por haberse convertido en la plataforma social que utilizan habitualmente el 75% de las personas conectadas en el mundo, que se dice pronto. ¿Futuro sombrío? No lo creo. Pero sí un escenario sensiblemente más complejo que el que creía tener hasta el momento, y sin duda, una llamada de atención para sus gestores. La paciencia de los usuarios y los inversores no es ilimitada, y las disculpas, como todo, tienen un límite.