Alex Jones on TwitterEl pasado día 15, las cuentas de Alex Jones e InfoWars en Twitter fueron condenadas al “solo lectura” durante una semana, la pena que Twitter impone por una primera violación de sus reglas. Aunque el CEO de la compañía, Jack Dorsey, defendió inicialmente la decisión de mantener abiertas las cuentas porque supuestamente no había contravenido ninguna de sus normas, un artículo de CNN estudiando en profundidad los contenidos publicados por las cuentas y señalando específicamente las veces que habían violado esas reglas, y una serie de medidas de presión anunciadas por varios colectivos terminaron por torcer el brazo de la red social, que ahora estudia qué medidas tomar y que cambios introducir en el servicio cuando ese plazo probatorio de una semana expire.

Sin embargo, lo verdaderamente interesante de todo este asunto no es tanto el destino del conspiranoico y sensacionalista Alex Jones, sino las diversas reacciones que ha generado. En el caso de Twitter, la compañía que más ha tardado en reaccionar a sus contenidos, la compañía ha visto surgir dos campañas formuladas como medidas de presión: una de ellas, difundida bajo el hashtag #DeactiDay, invitaba a los usuarios a desactivar sus cuentas de Twitter el día 17 de agosto, y a posponer la decisión de reactivarlas treinta días después, tras comprobar las acciones que la compañía había tomado con respecto a las cuentas de Alex Jones e InfoWars. 
#DeactiDay

Otra campaña, con un recorrido más largo y que lleva tiempo funcionando, es la protagonizada por Sleeping Giants, un grupo dedicado a advertir a las compañías que se anuncian en sitios como InfoWars, Breitbart News y, en general, en cualquier página que promueva la intolerancia, el sexismo y el racismo, a informarles del tipo de contenido que estaban promoviendo con sus presupuestos publicitarios, y a promover que retirasen su publicidad de esas páginas por incompatibilidad de sus contenidos con la imagen corporativa de la compañía. Mientras los promotores del sitio lo ven como un “servicio a los anunciantes” que tiene su razón de ser en el hecho de que muchas grandes compañías no llegan, en realidad, a saber dónde están saliendo sus anuncios, las páginas objeto de sus acciones lo califican como “el grupo anónimo izquierdista que organiza a multitudes en las redes sociales en un intento de silenciar las voces conservadoras”.

Una tercera campaña con una metodología similar es #BlockParty500: Shannon Coulter, una activista que ya había creado una campaña anterior, GrabYourWallet, en la que intentaba presionar a compañías para que no vendiesen productos relacionados con Donald Trump, propone a los usuarios de Twitter que bloqueen las cuentas corporativas de las compañías del Fortune 500, en una medida de presión que, supuestamente, debería hacer que Twitter cerrase definitivamente las cuentas de Alex Jones e InfoWars. Para lograrlo, Coulter ha creado una herramienta que permite llevar a cabo estos bloqueos de manera automática sin tener que buscar cada cuenta y bloquearla manualmente, e incluso, por si alguien tenía problemas con el hecho de dar acceso a esa aplicación a su cuenta de Twitter, un manual de herramientas sobre cómo subir a Twitter una lista de cuentas a bloquear.

La idea del boicot, aunque los que proponen estas campañas prefieren no utilizar este término, adaptada a los tiempos de las redes sociales y de la publicidad como medio principal de financiación de las redes sociales. Indudablemente, campañas de este tipo son lícitas  – cada persona es libre de decidir qué hacer con su cuenta y qué medidas de presión apoyar – y pueden funcionar si logran el apoyo de un número de personas suficientemente elevado, pero plantean un problema fundamental derivado de la posibilidad de que terminen por contribuir a la polarización del debate: qué hacer si los usuarios del otro lado proponen medidas similares. No resulta en absoluto difícil imaginar un movimiento contrario iniciado en plataformas conservadoras, que trate de generar medidas de bloqueo similares y presionar a las redes sociales de la misma manera, y que amenace a las compañías con perder el acceso a un segmento muy importante de los ciudadanos de los Estados Unidos. La escalada de una situación semejante sería compleja, y de consecuencias difíciles de prever.

La alternativa de marcar unas normas y actuar únicamente cuando son incumplidas es igualmente compleja: hablamos de comunicación humana, en muchos casos de matices e interpretaciones, y de situaciones en las que siempre existirán argumentos a favor y en contra de cada medida. Para las redes sociales, tener el gatillo fácil y bloquear todas aquellas cuentas que infrinjan una norma o que sean denunciadas por un número suficientemente elevado de usuarios es una posibilidad que, aunque pueda sonar razonable en un primer momento, puede terminar en una escalada sumamente compleja. No hacer nada, como el caso de Twitter demuestra, es también peligroso, y convierte a la compañía en diana de todos aquellos que reclaman acción contra lo que consideran una ofensa. En una sociedad como la norteamericana, en la que los dos bandos parecen tener, como evidenciaron las últimas elecciones presidenciales, un apoyo relativamente similar en términos cuantitativos, la gestión de una situación así puede llegar a plantearse como imposible. De una u otra manera, Alex Jones ha conseguido convertirse. con sus acciones y con las reacciones que ha generado, en la espoleta de un conflicto que nos va a obligar a replantearnos muchas cosas.

 

IMAGE: Stuart Hampton - Pixabay (CC0)Según una reciente encuesta de Gallup y la Knight Foundation, el 85% de los norteamericanos piensan que las plataformas sociales no hacen suficiente para combatir la difusión de las noticias falsas, y la mayoría adscriben a estas plataformas la responsabilidad sobre la veracidad del contenido.

Como ya he comentado en numerosas ocasiones, el problema de las noticias falsas no está en las plataformas sociales, sino en los usuarios, y concretamente, en su ausencia de pensamiento crítico. La falta de pensamiento crítico es lo que lleva a una persona a creerse una noticia simplemente “porque la ha visto en Facebook”, porque “le ha llegado por WhatsApp” o porque “es el primer resultado en Google”, del mismo modo que el deseo de obtener notoriedad o apreciación social es lo que le lleva no solo a creérsela, sino además, a compartirla con sus amigos. En la práctica, lo que un porcentaje elevadísimo de norteamericanos están diciendo con esta encuesta no es ni más ni menos que “somos demasiado estúpidos para usar internet, y demandamos a las plataformas sociales que nos protejan”.

No, el problema no son las noticias falsas, y las plataformas sociales no pueden proteger a los usuarios de sí mismos. Proteger a alguien que es demasiado estúpido para protegerse a sí mismo es un problema, porque impide que Darwin actúe como debería. Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido herramientas que permitían que una persona accediese a información: hace años que disponemos de bibliotecas, pero como requerían de un cierto esfuerzo para informarse en ellas, mantenían suficientemente alejados de manera natural a los que eran demasiado estúpidos como para utilizarlas. Internet, sin embargo, pone toda la información a un clic de distancia de cualquier persona, y con ello, permite que cualquiera, incluso aquel que es demasiado estúpido como para racionalizar mínimamente lo que está leyendo, acceda a ella. En ese sentido, las redes sociales deberían evitar ser utilizadas como herramientas de manipulación masiva, deberían intentar identificar estrategias destinadas a promover la viralización de determinados mensajes y deberían, como ya están intentando hacer, tratar de eliminar mensajes que inciten a la violencia o al odio, pero no pueden – ni deben – convertirse en jueces de lo que circula por ellas. Son, simplemente, un canal, con algunas reglas que deberían ser lo más transparentes que sea posible. En gran medida, el papel de protegerse contra la desinformación, las noticias falsas o las estafas tiene que recaer, nos pongamos como nos pongamos, en los usuarios.

Una estafa es una estafa, y quien la lleva a cabo es un estafador. Y la ley cuenta con mecanismos para proteger a las personas de los estafadores, aunque pueda ser que la universalidad de internet convierta esa posible persecución en ocasiones en un verdadero reto. Pero ¿qué debemos hacer con el enésimo estúpido que responde a un correo electrónico de un supuesto dictador nigeriano que le pide sus datos bancarios porque le asegura que le va a transferir muchos miles de millones de dólares? ¿De verdad puede alguien pensar que la responsabilidad sobre eso corresponde a una herramienta de correo electrónico, a la compañía que la gestiona, o a la red social a través de la cual le llega ese mensaje? ¿No sería más correcto y factual asumir que esa persona era, sencillamente, demasiado estúpida como para utilizar internet? Lo que deberíamos hacer no es bramar contra internet y sus actores, sino, sin renunciar a perseguir, lógicamente, a quien lo haya estafado, intentar que ese usuario adquiera educación para que no vuelva a cometer errores de ese tipo, y entienda de una vez por todas que las cosas que son demasiado bonitas para ser verdad es, sencillamente… porque no son verdad.

La solución, lógicamente, no es intentar construir “una internet a prueba de estúpidos”, sino educar a los usuarios para que aprendan que no todo lo que leen en Facebook, lo que aparece como resultado en una búsqueda de Google o lo que les llega por WhatsApp es necesariamente cierto. El problema, por supuesto, es que para muchos, las mentiras más falaces y evidentes son ni más ni menos que lo que quieren creer, aquello de lo que han decidido convencerse a sí mismos o incluso, en muchos casos, de lo que aspiran a convencer a los demás: lo hemos visto en numerosas ocasiones, cuando una red social etiqueta una noticia como falsa, y miles de estúpidos corren a difundirla más aún, retroalimentada con eso de “lo que Facebook no quiere que leas”. Y las noticias falsas ni siquiera son patrimonio de internet o de las redes sociales: muchos medios tradicionales, como periódicos o televisiones, participan también en su difusión, en busca de la noticia fácil, de la generación de atención a toda costa, o, por qué no, intentando crear estados de opinión en el público que consideren coherentes con su línea editorial. Lo único que internet y las redes sociales han hecho es disminuir las barreras de entrada a la publicación: ahora, cualquiera puede convertirse en un medio de comunicación, del mismo modo que cualquiera con suficientes medios puede simular una audiencia de cierto tamaño que se escandaliza con un tema determinado o que aparenta un fuerte apoyo a unas ciertas tesis.

Pedir a las redes sociales que sean transparentes con respecto a sus procedimientos, que intenten impedir procesos de manipulación o que intenten limitar la difusión de mensajes que inciten al odio puede ser adecuado. Pero centrar el problema de las noticias falsas en el canal es un grave error, porque la gran verdad es que la verdadera responsabilidad está en los usuarios. Podremos, a lo largo de una generación y si nos ponemos seriamente a ello, construir sistemas educativos que se centren en reforzar el pensamiento crítico, que no tomen como verdad nada por el simple hecho de que esté escrito en un libro, en una pantalla o que lo hayamos visto en un vídeo. Pero negar la responsabilidad del usuario es como obligarnos a etiquetar un microondas con una pegatina de “no lo utilice para secar a su mascota” por si a algún imbécil se le ocurre meter a su gato dentro y después, además, va y nos denuncia: un recordatorio permanente de que algunas personas son demasiado estúpidas ya no para usar un microondas, sino para vivir en sociedad. Y por supuesto, para usar internet.

 

IMAGE: Milky – Digital Innovation (CC BY)El episodio del progresivo destierro de Alex Jones y su InfoWars de la mayoría de las plataformas sociales – hasta el momento, YouTube, Facebook, iTunes, Spotify, MailChimp y las recomendaciones de producto de Amazon – y la insistencia de Twitter, en el seno de un fuerte debate interno, en mantener sus cuentas abiertas está generando una interesantísima discusión sobre lo que debe o no debe estar permitido en social media, con argumentos que tratan de convencer a Jack Dorsey de que no hablamos de una cuestión de reglas o de hechos, sino de valores.

Mientras, Alex Jones y su InfoWars han alcanzado su pico máximo de popularidad, y han visto las descargas de su app, no retirada de las tiendas, alcanzar el cuarto lugar en los rankings. Es posible que a medio plazo, eliminar o restringir las cuentas de este tipo de las redes sociales termine por limitar su alcance e influencia, pero a corto plazo, no cabe duda que lo que ha hecho es convertir a su creador en una especie de víctima de una supuesta conspiración global, darle mucha más importancia de la que realmente tenía, y radicalizar aún más a sus ya radicales seguidores.

El debate en torno al tema, en cualquier caso, es positivo: como bien comenta en su artículo Li Yuan, corresponsal de The New York Times en Asia, esas discusiones son simplemente imposibles de plantear en países como China. Seguramente el mejor análisis que he leído en ese sentido es el de Jeff Jarvis, que afirma que las plataformas de social media no son medios como tales, sino que representan algo nuevo que aún no somos capaces de entender y que, seguramente, tendría un mejor paralelismo con el del ágora, la plaza pública, el lugar en el que tiene lugar la discusión.

En la plaza pública, la presencia y la discusión está sometida, sin duda, a una serie de reglas. Esas reglas no solamente aluden a cuestiones como la educación o el decoro, sino que, muy posiblemente, deban tener en cuenta otros factores, que incluyen desde cuestiones básicas culturales o de tradición, hasta otras que pueden ser entendidas como provocación intencionada. Además, esas reglas evolucionan con el tiempo: las discusiones sobre la trata de esclavos o sobre el derecho de voto de la mujer, por ejemplo, eran perfectamente habituales hace algunas décadas, pero desde hace ya mucho tiempo, lógicamente, se consideran erradicadas como tales, y proponerlas no solo no tiene sentido, sino que muy posiblemente se consideraría fuera de las reglas, como lógicamente está comenzando a ocurrir, tras muchos años de esfuerzos, con discusiones más recientes como el matrimonio gay – y no en todos los países. Esa evolución de las reglas forma parte de un contrato social en permanente evolución adaptativa con respecto a un entorno que a la vez lo modifica y lo posibilita, un entorno definido, en muchos casos, por la disponibilidad de herramientas tecnológicas.

Toda plataforma o herramienta con un cierto nivel de adopción sufre, de manera natural, intentos de explotación maliciosa, sean de delincuentes que tratan de sacar provecho del desconocimiento o la ingenuidad de sus usuarios, o de otro tipo de actores perversos. Las redes sociales han visto como. tras una primera fase de adopción explosiva, comenzaban a aparecen actores maliciosos que las explotaban para, por ejemplo, simular una popularidad muy superior a la que realmente tenían, manipulando estados de opinión y aprovechándose de los muchos que eran incapaces de entender que, por ejemplo, detrás de un aparente movimiento político o una corriente de opinión determinada, podían estar factorías de bots y oleadas de cuentas falsas que simulaban ser usuarios, pero que en realidad, solo formaban parte de una estrategia preconcebida. Limpiar las plataformas de social media de este tipo de actores es, lógica e indudablemente, responsabilidad de sus propios gestores, e incluso algo tan fácil de entender es, en realidad, complejo cuando tenemos en cuenta que los mercados financieros, la semana pasada, castigaron a una red como Twitter por presentar unas cifras supuestamente inferiores en número de usuarios cuando, en realidad, no habían hecho más que eliminar cuentas falsas. Si esa tarea de limpieza por parte de las redes sociales, para la que comenzamos a tener herramientas cada vez más eficientes, choca con la estupidez y la incomprensión de unos analistas que no ven más allá de una cifra como si fuera algún tipo de indicador o multiplicador mágico, las cosas ya comienzan a ponerse complicadas, porque se genera un incentivo para esas plataformas por presentar unas cuentas no reales, fruto de procesos de manipulación llevados a cabo por todo tipo de actores perversos.

Pero más allá de la limpieza de la plataforma y de la eliminación de los malos actores que intentan aprovecharse de ellas, está la discusión sobre las normas de comportamiento en las redes sociales. Por muchas normas que pongamos aludiendo, por ejemplo, al respeto, al uso de insultos o a las amenazas, a estas alturas parece ya perfectamente claro que comportamientos como el acoso o el bullying son enormemente difíciles y complejos de tipificar, que pueden llevarse a cabo sin necesidad de insultos o amenazas directas, y que además, existe un constante intento de empujar las reglas más allá para convertir en normales comportamientos que, seguramente, no deberían serlo. Esa discusión existe no solo en las redes sociales: está presente incluso en la calle, cuando se definen los comportamientos con respecto a, por ejemplo, un famoso o una figura polémica.

¿Debemos permitir discusiones que cuestionan elementos que la sociedad en su conjunto ha considerado adecuado asociar al pasado, o considerar fuera de la discusión? Cuando una persona utiliza las redes sociales para intentar negar el holocausto, para defender el racismo, para impulsar la discriminación o para cuestionar derechos fundamentales, por ejemplo… ¿está realmente intentando que esa causa sea revisada o vuelta a discutir, o simplemente pretende provocar, generar una atención y tratar de aprovecharse de ella para otros fines, que en muchos casos tienen incluso trascendencia económica? ¿Debemos realmente permitir que cada poco tiempo aparezca otro imbécil más a decir que el hombre no llegó a la luna, que las vacunas son malas y deben evitarse, o que en realidad Hitler no era tan malo, o deberíamos contar con mecanismos que permitiesen aislar y eliminar ese tipo de comportamientos? ¿Es realmente menos libre una sociedad que impide o aísla determinadas discusiones o argumentos que, de hecho, ya no se pueden tener fuera de las redes sociales sin ser sometido a un aislamiento o considerado como un imbécil? ¿O es más pobre, en realidad, una sociedad como China, Rusia, Irán o Turquía, por citar algunas, en las que estas discusiones no tienen sentido porque todo, lo que se puede hablar y lo que no, está ya previamente decidido por un poder político o religioso superior?

No, la discusión, decididamente, vale la pena, como vale la pena congratularnos por la posibilidad de tenerla. Que la democracia tengo numerosos problemas implica que debemos plantearnos trabajar en mejorarla, no que debamos tener envidia de los regímenes que no la tienen, y con la discusión sobre la libertad de expresión ocurre lo mismo, porque de hecho, forma parte de las reglas del juego democrático. Pocas cosas en esta discusión pueden interpretarse de manera maximalista o unívoca: ni la libertad de expresión implica poder gritar “¡fuego!” en un teatro lleno de gente, ni implica que el que abuse de ella esté libre de efectos perniciosos por parte de los que opinan que no debería poderse decir lo que se dice. Madurar esta discusión y no menospreciar su importancia es tarea de todos.

 

Twitter fall July 27 2018 - Google FinanceTras la fuerte caída de un 18% en el valor de Facebook hace dos días, ayer fue Twitter la que, tras presentar resultados trimestrales, experimentó una evolución negativa en su cotización que alcanzó el 21% y que, por el momento, continúa su descenso en el horario de mercado extendido.

La compañía publicó unos resultados en los que mostraba un beneficio récord por tercer trimestre consecutivo, concretamente 134 millones de dólares equivalentes a 13 centavos por acción, 17 centavos por acción tras ajustes, frente a una estimación consensuada por los analistas de 16 centavos. Los ingresos de Twitter subieron un 24% hasta los 710.5 millones de dólares, dos millones de dólares por encima de las estimaciones. Hasta aquí, todo habría indicado un buen trimestre. Sin embargo, la compañía presentó una caída de un millón de usuarios hasta los 355 millones debido a la fuerte limpieza de perfiles falsos, bots y trolls que la compañía está llevando a cabo, que fue valorada por los analistas como una supuesta indicación de ralentización del crecimiento, y fuertemente penalizada.

¿Tiene sentido penalizar fuertemente el valor de una compañía por llevar a cabo un proceso de limpieza que la lleva, según todas las indicaciones, a ser una compañía mejor? Que Twitter tome la decisión de priorizar la calidad de su red frente a su tamaño es, por puro sentido común, un movimiento en la buena dirección, una indicación de que, por fin, se ha decidido a tomarse en serio los que todos decían que eran sus principales problemas, una inversión a futuro en una red más sana, con un crecimiento más saludable y más sólido. De hecho, los números son, a todas luces, impresionantes: la compañía se ha pasado los meses de mayo y junio suspendiendo más de un millón de cuentas al día, y sin embargo, en el global del trimestre, únicamente ha perdido alrededor de un millón con respecto al trimestre anterior, lo que prueba, en realidad, un fuerte crecimiento. Pero dado que los analistas ven un número de usuarios que desciende en un millón, interpretan que el crecimiento se ralentiza, y la compañía cae más de un 20% en su valor: ¿tiene sentido? ¿Puede de verdad ser tan limitada la inteligencia del mercado, como para no ver lo que es tan obvio, una compañía en crecimiento y que, además, invierte esfuerzos en tener un producto de mucha mejor calidad?

¿Qué prefiere el mercado? ¿Una compañía que reporta a cualquier precio números más elevados, aunque en realidad todos sepamos que eran falsos, usuarios inexistente, bots creados en granjas para simular perfiles falsos y llenar la red de basura? ¿Es esa la lectura que debemos hacer de la capacidad del mercado para evaluar la salud y las expectativas de una compañía? ¿Debe Twitter valer un 20% menos tras la gestión llevada a cabo durante este trimestre? No, sencillamente no tiene sentido ninguno, y no solo es irracional: es además revelador de un profundo simplismo, rayano en la estupidez profunda. ¿En qué medida puede ser mejor preferir un crecimiento irracional, absurdo y basado en premisas falsas, frente a uno razonablemente saludable?

Que Twitter elimine a las legiones de bots que lo poblaban y se decida a tomar acción contra los trolls es una decisión que únicamente puede ser calificada como positiva: es lo que muchísimos usuarios y analistas reclamábamos a la compañía desde hacía mucho tiempo, porque la alternativa era la consolidación de un clima insostenible que estaba echando a muchos usuarios y convirtiendo a muchos otros en pasivos, en lurkers que únicamente observan, pero no participan por miedo a un clima de agresividad absurdo. Tras muchos años de no hacer nada en función de una libertad de expresión mal entendida, Twitter comienza a mostrar su disposición a resolver ese problema con lo que parecen las medidas adecuadas, sabiendo que no se enfrenta a una tarea fácil, que va a tener un coste, pero que alguien debe de llevarla a cabo por el bien de todos. Y de hecho, en el primer trimestre que incluye esos cambios en la gestión, la compañía prueba que puede crecer en facturación y beneficios, que los anunciantes valoran positivamente las medidas, que el producto vídeo crece con buenas expectativas, y que es capaz, incluso, de incorporar suficientes usuarios como para compensar por una parte importantísima de los que ha eliminado en su limpieza. ¿Tiene sentido que, precisamente en ese momento, se castigue a la compañía con una caída de más del 20% de su cotización? La respuesta es clarísima: no, no tiene ningún sentido, y por pura y aplastante lógica, esa caída en la valoración se corregirá a medida que la compañía pruebe que puede mantener su crecimiento y que los usuarios manifiestan un nivel mayor de satisfacción.

Las medidas valientes pueden tener, a veces, consecuencias complicadas si el mercado no es capaz de valorar lo que realmente valen y el recorrido real que pueden llegar a tener. La caída de la cotización de Twitter de ayer prueba que el mercado, en efecto, puede ser profundamente simplista y, en ocasiones, reducir la complejidad de una decisión a un simple parámetro, y además, mal interpretado. Muy posiblemente, incluso, afectado por la caída de Facebook, en un contexto absurdo de penalización de compañías que, aunque se dediquen a actividades parecidas, no tienen absolutamente nada que ver. Pero para la dirección de Twitter, a pesar de levantarse esta mañana con unas acciones que valen supuestamente mucho menos, las cosas deberían estar claras: es el momento de seguir por el buen camino.

 

FB after-hours fall 26-07-2018 - Google FinanceLa presentación de resultados trimestrales de Facebook ayer miércoles mostraba claramente que el ritmo de crecimiento en la incorporación de usuarios a su red y los ingresos por publicidad estaba siendo menos de lo esperado, en el contexto de lo que seguramente podemos definir como un período horrible para una compañía que ha estado constantemente presente en las noticias debido a numerosos escándalos. La consecuencia ha sido una fuerte caída en el precio de la acción en el horario extendido del mercado, que ha llegado a suponer hasta 125,000 millones en su capitalización, una caída inédita que sigue a lo que era, justo antes de la presentación de resultados, su máximo histórico, y que muchos interpretan no solo como una señal de que la compañía no es intocable, sino incluso como una fuerte alerta para la totalidad del mercado.

Por supuesto, ninguna compañía es intocable, y la caída de las acciones de Facebook es, sin duda, importante. Sin embargo, creo que es importante poner las cosas en contexto. Indudablemente, Facebook está pasando por una importante serie de problemas de crecimiento: la red social más grande del mundo se ha dado cuenta, y además en muchos casos demasiado tarde, de que se había convertido en la mayor herramienta de del mundo para campañas políticas que, sin ser ilegales, sí permitían niveles de manipulación enormemente personalizados, escalables a segmentos significativos de la población, y nunca vistos hasta ahora. Se ha visto implicada en la difusión de noticias que han provocado efectos gravísimos, desde linchamientos hasta éxodos masivos, y convertida en uno de los mayores canales por los que circulan las llamadas fake news, noticias falsas creadas para manipular la opinión pública. Ha sido llamada a declarar ante comisiones parlamentarias en los Estados Unidos y en Europa, y en muchos sentidos, se ha cumplido lo que decía aquel profético artículo que afirmaba, cuando sabíamos tan solo la mitad de la mitad de lo que ahora sabemos,  que ni el mismísimo Mark Zuckerberg era capaz de entender en lo que Facebook se había convertido. Sin duda, este es el año en el que uno de los mayores fenómenos de difusión tecnológica de la historia del mundo, en el que participan ya de manera habitual 2,230 millones de personas y 1,470 millones de manera diaria, se ve confrontada con algunos de los efectos de esa difusión, como la pérdida de control sobre la privacidad de los usuarios, la circulación incontrolada de noticias falsas, e incluso una pérdida insostenible de la normalidad democrática.

Toda herramienta que pasa de ser utilizada únicamente en un campus a serlo por un porcentaje importantísimo de toda la población mundial es susceptible de experimentar procesos de este tipo. Que la compañía haya respondido a la aparición de esos efectos, que responden a procesos de ensayo y error llevados a cabo a lo largo del tiempo por numerosos actores que van desde simples delincuentes hasta gobiernos enteros pasando por todo tipo de organizaciones, compañías o agencias, con una mezcla de ingenuidad e irresponsabilidad, es algo que indudablemente queda en el pasivo de Mark Zuckerberg: estaba demasiado ocupado ganando dinero como para preocuparse de los lugares de los que venía o los efectos que tenía. Y esa irresponsabilidad fue continua durante mucho tiempo, hasta que finalmente, este año, la compañía ha afirmado que invertirá enormes esfuerzos en cambiar esa evolución. ¿Es Facebook creíble en ese sentido? No especialmente, pero una de las cosas que claramente dijo cuando se comprometió a ello es que esos esfuerzos tendrían un coste en el crecimiento de la compañía. Y efectivamente, así ha sido.

Pero volvamos al contexto: la caída en la valoración de las acciones de Facebook es impresionante, sí, y un auténtico escenario de pesadilla para cualquier inversor. Pero en el conjunto de la evolución del valor de la compañía desde su salida a bolsa en mayo de 2012, esa caída es un pequeño bache, menor incluso que varios que ha sufrido anteriormente. La compañía no ha perdido usuarios ni dinero: ha ganado nada menos que 22 millones de usuarios diarios, y ha ingresado 13,200 millones de dólares… lo que ocurre es que esos 22 millones de usuarios palidecen frente a los números que incorporaba anteriormente (el trimestre anterior, sin ir más lejos, incorporó 49 millones), y esos 13,200 millones están algo por debajo de los 13,400 que los analistas esperaban. ¿Malo? Sin duda. Pero por otro lado, ninguna compañía puede crecer de manera ilimitada y al mismo ritmo: hay 3,000 millones de personas en el mundo con acceso a internet, y Facebook llega a 2,230 millones de ellas, algo sencillamente impresionante. Por supuesto, eso no significa que la compañía no tenga problemas si, como parece estar ocurriendo, su base de usuarios envejece, pero adquisiciones con bases sociodemográficas de usuarios mucho más amplias, como WhatsApp o Instagram, parecen estar cubriendo esas bases notablemente bien.

¿Queremos que Facebook corrija los problemas que tiene, que no son exactamente problemas de Facebook sino, más bien, derivados de la naturaleza humana? Por supuesto, pero es que no es algo sencillo. Sus planes para controlar el uso de su red para la difusión de noticias falsas son sin duda ambiciosos, pero si pensamos que la compañía debería hacer más o tomar partido ante determinados temas o ideologías, es recomendable que, como mínimo, tengamos en cuenta las posibles consecuencias si efectivamente ocurre aquello que pedimos. Podemos – y debemos, además – pedir a Facebook que incorpore más controles sobre la privacidad de los usuarios y que permitan decidir el tipo de publicidad que queremos ver, pero servirá de poco si eso no se acompaña de educación a esos usuarios para que, de una manera responsable, hagan uso de esos controles. Los controles de privacidad de Facebook, de hecho, no eran pocos, y permitían a los usuarios tomar decisiones sobre una amplia cantidad de cuestiones relacionadas con sus datos, pero cuando llegas a 2,230 millones de usuarios, esperar que de verdad entiendan esos controles o se pongan a tomar decisiones mínimamente informadas sobre cada posible circunstancia relacionada con su privacidad es una expectativa bastante poco realista.

¿Va a caer Facebook? No. Podrá ralentizar algo su crecimiento, podrá ver cómo se satura el mercado disponible o podrá ver cómo sus esfuerzos por incorporar más niveles de control de una manera razonable y que no lo convierta en un juez universal, que han significado ya la incorporación de varios miles de personas a la plantilla, restan brillantez a sus resultados. Se trata de un proceso normal en compañías que universalizan su servicio: Google experimentó y sigue experimentando importantes problemas derivados del hecho de que su motor de búsqueda se haya convertido en una herramienta utilizada de manera prácticamente universal en casi todo el mundo, y Facebook los sufre por haberse convertido en la plataforma social que utilizan habitualmente el 75% de las personas conectadas en el mundo, que se dice pronto. ¿Futuro sombrío? No lo creo. Pero sí un escenario sensiblemente más complejo que el que creía tener hasta el momento, y sin duda, una llamada de atención para sus gestores. La paciencia de los usuarios y los inversores no es ilimitada, y las disculpas, como todo, tienen un límite.