IMAGE: Roberto ArribasDentro de la programación del Hay Festival que está teniendo lugar en Segovia, esta mañana tuve la oportunidad de mantener una interesante conversación con Marta García Aller, periodista, profesora y autora del muy inspirador libro “El fin del mundo tal y como lo conocemos” y con Scott Hartley, ex-Google, capitalista de riesgo, profesor en el Harvard’s Berkman Center for Internet & Society y autor de otro libro también interesantísimo, The fuzzy and the techie. Una de esas oportunidades en las que, de verdad que no es por ser tópico, se termina el tiempo y te parece que llevas cinco minutos y que seguirías hablando horas con esas personas y sobre ese tema. Si consigo localizar alguna grabación de la sesión, la enlazaré aquí. 

Marta abrió con dos preguntas provocativas, sobre noticias de ayer de El Mundo y El País: la primera, sobre el sexo con robots y su posible regulación (un tema sobre el que hemos hablado en algunas ocasiones y al que, de hecho, suelo recurrir cuando me parece que una clase no tiene una dinámica suficientemente participativa). La segunda, sobre el fútbol, y concretamente sobre la posibilidad de que un algoritmo sea capaz de predecir lesiones o, especulando, que pueda llegar a tomar decisiones sobre los sueldos que deberían cobrar. Indudablemente, una manera de entrar en el debate por la puerta grande con temas populares como el sexo y el fútbol, pero que rápidamente dio paso a cuestiones mucho más centradas en el tema central de la sesión: hasta qué punto son importantes las habilidades humanas y los conocimientos no intrínsecamente tecnológicos en un futuro aparentemente cada vez más dominado por las maquinas.

Mi intento de aporta cuestiones interesantes al debate se centró en el hecho de que cada día más, lo importante no es la tecnología, sino los procesos de adopción de esa tecnología. Cada día tengo menos dudas acerca de las posibilidades de la tecnología de estar a la altura y ofrecer soluciones a la práctica totalidad de los problemas del mundo actual: podríamos perfectamente recurrir a la tecnología para reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera hasta prácticamente la mitad, o para reducir a un porcentaje casi testimonial los muertos en carretera, por citar dos problemas importantes a muy diferentes niveles… pero sencillamente, no lo hacemos, porque los procesos de adopción están detenidos por resistencias que deberían avergonzar hasta el límite a todos los que las manifiestan, pero que siguen ahí, sólidamente cimentadas, impidiendo que resolvamos problemas importantísimos: decisiones políticas, ignorancia y tópicos, cuestiones económicas, el bienestar de los que se dedican a conducir vehículos, los beneficios de las empresas que los construyen o de las que extraen y comercializan petróleo, o las supuestas libertades individuales – algunos lo equiparan hasta con un supuesto “derecho humano a conducir vehículos con motor de explosión” – de las personas para decidir cómo, cuándo y qué conducen, como si existiese algún derecho que consagrase la libertad de alguien de ir pegando tiros por la calle y matando – en este caso de cáncer o de enfermedades respiratorias  – a los que tienen la mala suerte de pasar por ella.

No, el problema no está en la tecnología ni en los tecnólogos, que están haciendo su trabajo en general notablemente bien: está en la escasez, cuando no ausencia, de personas de otras ramas, tales como filósofos, educadores, historiadores o, en general, profesionales de las Humanidades capaces de añadir a esos procesos de adopción elementos no tecnológicos, sino de otros tipos, planteados en muchas ocasiones desde perspectivas humanísticas. Solo analizando la historia podemos entender que la revolución que trae consigo el machine learning no va a terminar con nuestros trabajos y convertirnos en inútiles, sino a potenciarnos y a proporcionarnos nuevos tipos de trabajo mucho más interesantes y vocacionales. Únicamente analizando el asunto desde un prisma filosófico o ético podemos entender y divulgar que hay determinados tipos de trabajo que no debería hacer un ser humano, y que el hecho de que haya personas viviendo de ello ahora mismo no es el problema, el problema está en el coste que eso representa para la sociedad, y por tanto, el qué ofrecer a esas personas para que dejen de hacer lo que hacen. Todo ello con el protagonismo total de un ámbito, la educación (una opinión lógica en mi caso de la que he hablado en otras ocasiones, dado que es bien sabido que para quien tiene un martillo, todo problemas es un clavo ;-) que se ha convertido en el verdadero problema: hemos renunciado a educar en tecnología, a introducirla en el proceso educativo, y por tanto, no somos más que idiotas sin idea de lo que hacen tratando de guiarnos mediante ensayo y error en un entorno desconocido, sin referencias válidas, y con el riesgo de ser influenciados y manipulados por actores perversos con fines de todo tipo.

En ese sentido, en la educación, estamos de hecho yendo hacia atrás: la decisión de Francia de prohibir los smartphones en los colegios marca un mínimo en el nivel de estupidez al que el ser humano es capaz de llegar, trata de convertir los colegios en un reducto al margen de la tecnología, impide que se desarrollen habilidades digitales y, sobre todo, reduce la capacidad de exponer a los estudiantes a más fuentes de información, vital para el desarrollo del pensamiento crítico y fundamental, por ejemplo, para evitar que sean afectados por las llamadas fake news. Pero más preocupante aún: la decisión de Macron en Francia sirve ahora para justificar a políticos idiotas de todo el mundo, como es el caso de España, que quieren imitar a Francia sin hacer ningún intento de planteamiento adicional. No, los smartphones no “distraen” a los niños, o lo hacen únicamente si renunciamos a integrarlos completamente en el proceso educativo, a utilizarlos como herramienta para acceder a información en lugar de libros de texto considerados como “la única fuente del conocimiento”, y a fomentar el desarrollo del pensamiento crítico cambiando drásticamente la metodología de las clases: eso, y no prohibir los smartphones, es lo que tendríamos que estar planteándonos hacer, porque la función de la educación, en gran medida, es la de enseñar a los niños a desenvolverse en el mundo, y el mundo actual está lleno de smartphones y de tecnologías relacionadas que resultan ya fundamentales para desenvolverse en él. En el mundo actual, el idiota no es el que no se sabe la lista de los ríos, las capitales de provincia o los reyes de su país, sino el que no es capaz de utilizar una herramienta tan potente como un smartphone para averiguarlo rápidamente y con las adecuadas garantías. Querer convertir los colegios en la aldea de Asterix, en irreductibles fortalezas al margen de la tecnología, es una de las mayores y más soberanas estupideces que hemos llegado a perpetrar como sociedad.

Scott incidió en una cuestión que me pareció también importante: el hecho de que en el desarrollo de tecnología, hablemos de algoritmos o de diseño, existen innumerables decisiones que conllevan fuertes implicaciones éticas o filosóficas, que se manifiestan en el hecho de que un smartphone no impida escribir o enviar mensajes cuando está en un vehículo y permita, por tanto, que el conductor envíe mensajes mientras conduce, o que no se introduzcan ciertas garantías que eviten que un timeline de Facebook sea tomado por actores perversos que tratan de manipular a su propietario. Por supuesto, en ese tipo de procesos que evalúan las consecuencias de las tecnologías sería interesantísimo contar con profesionales capaces de evaluarlas desde un punto de vista más humanista. Pero no olvidemos que la función de las empresas de tecnología es crear tecnología, y que no podemos jugar a intentar prevenirlo todo, porque sencillamente, no tendremos ni idea de lo que intentamos prevenir, y el exceso de precauciones terminará por impedir o dificultar enormemente el desarrollo tecnológico.

La discusión paró ahí por falta de tiempo, pero me pareció verdaderamente interesante, digna de una entrada en la que intentase dejar algunas de las ideas, algunos enlaces y algunos de los temas de discusión – o cuando menos, mi impresión personal sobre ellos – plasmadas en algún sitio.

 

IMAGE: XiaomiEs, sin duda, una de las compañías chinas de moda, una estrella ascendente que en tan solo ocho años ha conseguido situarse como una de las marcas de electrónica de consumo más importantes por volumen de ventas en numerosos mercados. Xiaomi, fundada en abril de 2010 por Lei Jun, salió al Hong Kong Stock Exchange esperando alcanzar una valoración de cien mil millones de dólares, la rebajó a setenta mil, y terminó situando el precio de su acción en el límite inferior, en torno a una valoración más realista de cincuenta y cuatro mil. Y aún así, tras el toque del gong, las acciones comenzaron una caída que la ha llevado, al cierre del mercado, a caer en torno a un 6% sobre el precio de salida.

¿El problema? Xiaomi puede fabricar terminales con una obsesión absoluta por la relación calidad/precio y venderlos, además, con un margen minúsculo para convencer a muchos millones de usuarios e mercados muy diversos. Puede intentar copiar la estrategia de Apple y montar una red de tiendas propias para hacerse así con un porcentaje algo más significativo de ese margen. Y hasta puede intentar desarrollar una estrategia de venta de servicios sobre esos productos para intentar complementar esos márgenes tan estrechos con otras actividades más lucrativas. Básicamente, un movimiento que la llevaría desde ser un simple fabricante de terminales baratos, a convertirse en lo que ellos ya afirman ser, una compañía de internet. Gracias a esa estrategia, sin duda muy bien diseñada y ajustada, puede llegar a crecer mucho, e incluso a hacerlo no siguiendo el estilo de la inmensa mayoría de las compañías chinas, únicamente en su mercado durante las fases iniciales, sino conquistando otros países. Pero si con todo eso pretende que el precio de su acción valore la compañía a casi cuarenta veces los ingresos de 2017, cuando el mercado está valorando a compañías como Apple con un multiplicador de 16 o las del gigante Tencent a un 36, los buenos propósitos y la estrategia pasan a chocar con una cosa que se llama sentido común. Para ser una compañía de internet no llega con que lo digas o lo prometas tú, tienes además que conseguir otra serie de objetivos.

Las compañías pueden partir de una base determinada, y tratar de explicar sus intenciones de muchas maneras. En el caso de otra compañía china, Huawei, el punto de partida son unas operaciones enormemente sólidas y con márgenes interesantes como la venta de tecnología, el desarrollo de patentes y los contratos con gobiernos y empresas de telecomunicaciones de medio mundo. Sobre eso, desarrollan una operación de venta de electrónica de consumo, fundamentalmente por poder tener una visión completa sobre la tecnología que desarrollan y venden, y les va de maravilla. Y aún así, rechazan la salida a bolsa, y prefieren mantenerse como la empresa más grande del mundo en manos de sus empleados. Frente a eso, una Xiaomi que se apoya en unas enormes – pero frágiles – ventas de electrónica de consumo con unos márgenes irrisorios y que promete, por ahora solo promete, construir sobre ello un imperio de servicios con márgenes supuestamente más lucrativos, es sencillamente eso, una promesa. Y las promesas conllevan más riesgo que las realidades, y eso es algo a lo que el mercado es, lógicamente, sensible. Vender muchísimos terminales no es necesariamente sinónimo de ganar mucho dinero… de hecho, podría incluso conllevar grandes pérdidas, como muchas marcas saben bien.

Lógicamente, hay otros factores que pueden haber colaborado a una salida a bolsa lamentable: las perspectivas aún desconocidas de la guerra comercial emprendida por el impredecible Donald Trump, y su posible efecto sobre unos mercados exteriores más volátiles que nunca. Xiaomi es un ejemplo claro de compañía que demanda a sus accionistas una paciencia que estos no parecen haber tenido, de ahí una salida a bolsa rápida, para evitar seguir haciendo rondas de financiación o ampliaciones que cada vez resultaban más caras. Si con tu salida a bolsa demuestras que necesitas con cierta urgencia dinero para seguir financiando un crecimiento rápido a costa de unos márgenes minúsculos (sin contar con otra salida al mercado chino que fue cancelada sin muchas explicaciones el mes pasado), lo que tienes que poner en el horizonte no son simplemente unas promesas de venta de servicios, sino algo más sólido y tangible.

¿Puede cambiar el panorama para la compañía? Posiblemente. Una vez sentada la línea base, estamos ya en el mundo de las expectativas, de las percepciones y de los resultados trimestrales. Una buena racha de ventas o unos anuncios que sugieran una marcha más rápida en su transición desde “compañía de fabricación de terminales baratos” a “compañía de internet”, y Xiaomi podría cambiar sus perspectivas rápidamente. Pero por el momento, nos quedamos en la fotografía actual: un toque de gong con sabor amargo. Claramente, el crecimiento no es tan sencillo como algunos creen, y los mercados no siempre se creen todo lo que las compañías intentan prometerles. O las dos cosas.

 

Portada revista Convives 22Javier García Barreiro, psicólogo y orientador escolar, me contactó el pasado marzo para pedirme un artículo para el nº 22 de la revista de Convivesuna organización de profesionales de la educación que ofrece materiales, recursos y formación para el fomento de la convivencia positiva en la escuela. 

Mi artículo, titulado “Educación y Transformación Digital” (pdf),  incide en muchos conceptos que ya he comentado en repetidas ocasiones anteriores: la necesidad de llevar a cabo una profunda transformación digital de la enseñanza, fundamental para mí a todos los niveles pero crucial en las etapas iniciales, que adapte el proceso educativo al escenario tecnológico actual. La idea puesta en práctica por países como Francia, que a partir del próximo octubre prohibirán el uso del smartphone en las escuelas y colegios, me parece triste y profundamente retrógrada, equivalente a intentar crear para la educación un espacio “libre de tecnología”, con el supuesto fin de evitar una serie de problemas – distracciones, acoso, bullying, etc. –  que, en realidad, se tendrían que solventar mediante el proceso educativo. No, el problema no está ni en el smartphone, ni en demonizar o restringir unas redes sociales que, nos pongamos como nos pongamos, van a seguir estando ahí, en su estado actual o en otros desarrollos con función equivalente, durante el resto de nuestras vidas, sino proponernos algo tan sencillo como educar en su uso.

¿Se distraen los niños con sus smartphones en clase? Por supuesto, también se distraen con un papel y un lápiz, o con una mosca… precisamente, el proceso educativo consiste en enseñarles a utilizar esa herramienta para que eviten esas distracciones, no eliminar la herramienta como tal. Llevamos casi dos décadas pidiendo presupuesto para dotar los colegios de ordenadores: ¿tiene sentido, ahora que cada niño lleva un potente ordenador en su bolsillo, obligarlos a prescindir de él? No, el camino debería ser el contrario: integrar los smartphones en el proceso educativo, y poner cargadores en los pupitres para facilitar un uso habitual.

Esa integración del smartphone tiene además otro propósito fundamental: sustituir el actual modelo de referencia única – libro de texto, profesor, etc. como fuentes únicas de conocimiento – por un modelo que promueva el desarrollo del pensamiento crítico. En el momento actual, y dados los problemas que como sociedad estamos sufriendo derivados de la gran caída de las barreras de entrada a la publicación, resulta importantísimo educar de una manera que necesariamente implique que el conocimiento no está en una única fuente, sino que se deriva de la comprobación, la comparación y la argumentación. Crear clases en las que cada alumno, refinando sus procesos de búsqueda y desarrollando las herramientas necesarias, propone distintas soluciones o argumentaciones para un tema, y esas son discutidas para obtener como resultado una información que se considere adecuada, dejando espacio para otras posibles argumentaciones. Un proceso así reduciría el impacto de cuestiones actualmente preocupantes, como el uso de las herramientas educativas para el adoctrinamiento o la manipulación, y daría lugar a una generación de ciudadanos más conscientes de la importancia del pensamiento crítico, menos susceptibles de ser manipulados mediante las llamadas fake news.

Por otro lado, debemos abandonar la idea de que aprender significa memorizar. Un concepto que proviene de una época en la que el acceso a la información era complejo y oneroso, que pierde su sentido en un escenario tecnológico en el que toda información está disponible a muy pocos clics de distancia – sin llevar, lógicamente, el razonamiento hasta su límite y pretender que no sepamos nada y lo busquemos todo cuando nos hace falta. La memoria humana responde a un algoritmo que privilegia lo más reciente, lo más frecuente o lo que percibe como de más valor (RFV; o Recency, Frequency, Value) y esto implica que los conceptos se fijan en nuestra memoria mediante su manejo habitual o la consciencia de su importancia. No, nadie pretende crear una generación de personas incapaces de memorizar, sino ser capaz de evaluar sin necesidad de convertir ese proceso de evaluación en una prueba circense de quien es capaz de memorizar más a corto plazo para olvidarlo posteriormente a los pocos días. El mejor juez o el mejor notario no son los que más y mejor memorizan tras un maratón de varios años leyendo y repitiendo textos, sino aquellos que entienden mejor su trabajo y aplican mejor, en su contexto, unas normas que han entendido y que, con el tiempo y la reiteración, puede que terminen memorizando.

La solución a la educación no es introducir tecnología. Es adaptar los flujos educativos a los nuevos tiempos, modificar la unidireccionalidad para promover el pensamiento crítico, utilizar metodologías basadas en la discusión, en la practicidad, en talleres y workshops que den lugar a una actitud activa en lugar de pasiva, y utilizar el tiempo de clase no para “dar apuntes” o para repetir ideas, sino para generar verdadero valor basado en la interacción. Un cambio que, lógicamente, supone una adaptación del profesorado como implica también un nuevo papel para los padres que no suponga una dejación de sus responsabilidades, pero que no necesariamente consiste en enseñarles tecnología, sino en un cambio mucho más profundo, en un nuevo modelo de enseñanza. Un cambio en el que, como sociedad, nos jugamos mucho.

 

IMAGE: RiksbankenSuecia se replantea la velocidad de su evolución para convertirse en la primera economía significativa del mundo sin dinero en metálico, en medio de una creciente oposición a la desaparición de billetes y monedas que, según algunos, pone al país en riesgo ante posibles ataques o problemas técnicos de cualquier tipo, y que tiende a aislar a personas mayores o con poca familiaridad con el uso de tarjetas o apps.

Actualmente, en torno al 80% de las transacciones tienen lugar mediante tarjetas o dispositivos electrónicos: incluso los niños para comprar golosinas utilizan tarjetas de débito, y los bares se niegan a aceptar dinero en metálico por los costes y las complicaciones que genera. Una aplicación de pago sueca, Swish, es tan popular que la palabra “swishing” se ha incorporado completamente al vocabulario como sinónimo de pagar. Medios como iZettle, recientemente adquirida por PayPal, permiten a las pequeños comerciantes y empresas recibir pagos electrónicos con total comodidad. El dinero en circulación en billetes y monedas se ha reducido desde los 97,000 millones en 2007, a los 57,700 millones actuales, una reducción que refleja claramente la popularidad de los medios de pago electrónicos pero que cuenta también con numerosos detractores.

Los que apoyan la eliminación del dinero en metálico plantean que el uso de medios electrónicos tiende a reducir el crimen y la economía sumergida. Los que se oponen argumentan que la transición pone en peligro la economía de personas mayores en zonas rurales, y afirman que trae consigo potenciales problemas de seguridad. Según algunas experiencias, las personas mayores tienden en muchos casos a tener problemas por su escasa familiaridad con el uso de tarjetas de crédito o smartphones, y a tener un control muy complicado de sus gastos al perder la referencia visual de la tangibilidad del dinero. El argumento de la privacidad o el control gubernamental, en cambio, es utilizado por muy pocos: tras casi cien años de gobiernos con una elevada tasa de popularidad, los ciudadanos del país tienden a confiar en su gobierno y en el uso que hace de la información. Sin embargo, la realidad es que el ejemplo de la transición de Suecia hacia una economía sin dinero en metálico se está convirtiendo, en el contexto del mundo, en un caso prácticamente aislado y sin comparables, en un verdadero experimento.

Ahora, el gobierno del país parece estar intentando dar una moderada marcha atrás en este movimiento: un comité legislativo pretende obligar a todos los bancos del país que ofrezcan cuenta corrientes y tengan más del equivalente de 8,000 millones de euros en efectivo a seguir aceptando dinero en metálico en sus oficinas, de manera que el 99% de los ciudadanos del país tengan una distancia máxima de 25 kilómetros hasta el punto más cercano en el que puedan obtener dinero en metálico, sea mediante cajeros automáticos, mostradores, o servicios de tipo cashback concertados con terceras partes asociadas. 

¿Debe la transición hacia una economía sin dinero en metálico ralentizarse por las supuestas dificultades de manejo de las herramientas de pago electrónicas de una minoría de personas, o por riesgos como un supuesto colapso del sistema de pagos que, en realidad, supondrían en cualquier caso un problema aunque se contase con dinero en metálico en circulación? ¿Hasta qué punto los beneficios de una reducción de la criminalidad o de una reducción de la economía sumergida compensan esas dificultades o esos riesgos? ¿Veremos en el futuro economías completamente libres de dinero en metálico? ¿Qué plazo podría resultar razonable para ello?

 

IMAGE: Evan-Amos (Public Domain)La adaptación a un mundo de comunicación ubicua y permanente tiene, como es lógico, sus problemas. Conciliar los hábitos, necesidades e intereses de las personas, establecidos durante siglos, con un nuevo escenario tecnológico en el que las herramientas convierten en sencillo e inmediato lo que antes suponía una limitación conlleva el desarrollo de nuevos hábitos de uso, de nuevos protocolos para cada situación. Cuando las herramientas de comunicación dependían de manera prácticamente exclusiva del ámbito del trabajo, localizar a alguien fuera de horas equivalía a hacer algo inusual, incómodo, que únicamente se justificaba en casos muy excepcionales. A partir del momento en que todos llevamos un ordenador en el bolsillo y nos permite no solo hablar por teléfono, sino también comunicarnos de maneras percibidas como menos intrusivas, como el correo electrónico o la mensajería instantánea, las cosas cambian completamente, y adaptarse a la nueva situación puede resultar complejo.

Así, Nueva York se plantea ahora emular a Francia y promulgar una ley que asegure el derecho de los trabajadores a desconectar, una prohibición a las compañías privadas que impida que soliciten a sus trabajadores que estén disponibles fuera de horas de trabajo. Un modelo legislativo proteccionista que parece estar poniéndose de moda últimamente, cuando, en realidad, el problema no es el correo electrónico, el mensaje o la llamada más allá de las siete de la tarde, sino la existencia, en muchísimas compañías, de una cultura de trabajo 24/7 o de estructuras jerárquicas piramidales y autoritarias que son las que realmente justificarían una prohibición como esa. En la práctica, se trata de una identificación incorrecta del problema, que no está en la tecnología, sino precisamente en ese tipo de estructuras, lo que lleva a que, en realidad, una legislación así termine por crear más problemas de los que realmente soluciona. 

Otro caso similar, igualmente con Francia como protagonista, está en la prohibición de que los niños lleven sus smartphones al colegio. ¿Puede hacerse? Por supuesto, la capacidad de los políticos para generar leyes absurdas y sin sentido es proverbialmente omnímoda. Pero ¿sirve para algo? ¿Tiene realmente sentido? La respuesta, mucho me temo, es que no. Por mucho apoyo populista y poco madurado que en un primer momento, durante la campaña electoral, haya podido tener la norma, la realidad es que no solo los propios niños se oponen, naturalmente, a la medida, sino que incluso los padres de esos niños e incluso muchos de sus profesores no están de acuerdo con ella. Convertir las escuelas en lugares en los que la tecnología no puede ser utilizada, en lugar de cambiar para integrar esos dispositivos en la educación, es una manera brutal de convertirse en retrógrado, de renunciar a una herramienta que, con los cambios adecuados en los procesos educativos, puede convertirse en un arma fantástica para acceder a información. Pretender fosilizar la educación para que se siga haciendo como siempre y permanezca refractaria al cambio tecnológico es, simplemente, una barbaridad.

En Europa, todo indica que Facebook, con el fin de adelantarse a los previsibles problemas derivados de la entrada en vigor de l Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), se dispone a introducir un cambio en sus términos de uso que prohibirá a los menores de dieciséis años hacer uso de la herramienta de comunicación. En este caso no hablamos de una ley, sino de un intento de adaptación de una compañía ante la inminente entrada en vigor de una. Pero ¿tiene algún tipo de sentido una prohibición así, más allá de simplemente cubrir el expediente? ¿De verdad alguien espera de manera realista que los miles de jóvenes que hoy utilizan WhatsApp dejen de utilizarlo en cuanto la prohibición entre en vigor? ¿Cómo pretenden controlar algo así? ¿Igual que en su momento controlaron lo de Tuenti, que supuso el mayor ejercicio de hipocresía desde que el mundo está conectado, y convirtió a la red social, gracias al atractivo de lo prohibido, en la estrella de los patios de colegio?

Líbrenos dios de los políticos de gatillo fácil, por favor. Legislar puede parece relativamente sencillo: convencer a un número suficiente de supuestos representantes de los ciudadanos – en muchas democracias, mucho más representantes del presidente de su partido que de los propios ciudadanos – de que apoyen una moción, típicamente usada como moneda de cambio para que, en reciprocidad, sus proponentes apoyen otra. En la práctica, esas leyes “de laboratorio” no solo tienen una utilidad entre escasa y nula, sino que además, en numerosas ocasiones, terminan por generar más problemas que los que supuestamente pretendían solucionar. Si en lugar de prohibir los correos electrónicos o mensajes del trabajo a partir de las siete de la tarde, nos dedicamos a intentar cambiar la cultura jerárquica y autoritaria de las compañías, que es el verdadero problema, seguramente contribuiríamos bastante más al cambio que intentado prohibir no el problema, sino simplemente una de sus muchas manifestaciones. Si en vez de prohibir que los niños llevasen sus smartphones al colegio, intentásemos integrarlos en el proceso educativo y pusiésemos una buena WiFi y cargadores en los pupitres para evitar que los niños se queden sin batería, mejoraríamos la educación, en lugar de relegarla al siglo pasado. Si en vez de absurdamente prohibir WhatsApp, tratásemos de incidir en la educación que los padres dan a sus hijos, un ámbito en el que actualmente muchos se inhiben completamente, la sociedad podría evolucionar de una manera mucho más adecuada a como lo está haciendo actualmente.

Pero no, lo fácil es legislar. Y la legislación, en muchos casos, se convierte en trampa. En una trampa absurda que, como sociedad, nos hacemos al solitario. En algo que no soluciona nada, que no sirve para nada más que para darnos golpes en el pecho y decir “lo hice”, pero que no soluciona en absoluto los problemas reales. Mientras, como sociedad, no nos acostumbremos a pensar en la inevitabilidad del progreso tecnológico y en las consecuencias que necesariamente tiene – y debe tener – sobre el escenario en el que vivimos, mientras sigamos intentando “parar el tiempo”, no llegaremos a ningún sitio. O sí llegaremos, porque lo que tiene la inevitabilidad es eso, que es inevitable… pero nos costará bastante más tiempo y más esfuerzo.