Little green soldierUn grupo de empleados de Microsoft, al constatar las intenciones de su compañía de entrar en la licitación del Joint Enterprise Defense Infrastructure (JEDI), un proyecto secreto con el Departamento de Defensa norteamericano de propósitos escasamente definidos pero enfocado, según sus responsables, a “incrementar la letalidad del departamento”, han escrito una carta abierta a la compañía pidiendo que se abstenga de participar.

El episodio recuerda a momentos comentados anteriormente en los que la laxa e indefinida ética de las compañías se contrapone a los principios éticos de sus empleados, como cuando los trabajadores de Google se opusieron a seguir trabajando en el Proyecto Maven o en la oferta de un motor de búsqueda sometido a censura en China, o los de Microsoft, Amazon o Salesforce protestaron pidiendo que sus compañías dejasen de trabajar con el servicio de inmigración o con la policía: cada día más, los trabajadores tecnológicos exigen conocer para qué o quién están trabajando y qué destino tendrá el código que están escribiendo, y amenazan con negarse a hacerlo si esos fines no son coherentes con su código ético.

La tendencia parece cada vez más acusada en el sector tecnológico, en el que la gran movilidad de los trabajadores posibilita llevar a cabo ese tipo de órdagos sin temer demasiado a un posible escenario de desempleo: las compañías ya no pueden apelar al principio de autoridad cuando se trata de definir el trabajo de sus empleados, y tienen que tener en consideración las ideas expresadas por ellos en forma de activismo interno cuando se comprometen en determinados proyectos que puedan ser vistos como de fines cuestionables. La noticia del asesinato de Jamal Khashoggi por el régimen saudí ha llevado a muchos a cuestionarse la complicada relación de las compañías de Silicon Valley con el dinero procedente del país árabe, y circulan ya listas de compañías y apps financiadas parcialmente con esas inversiones, en lo que podría convertirse en una amenaza de boicot.

Todo indica que, cada día más, las compañías se encuentran con un resquebrajamiento de los límites del principio de autoridad. Los tiempos de los directivos autoritarios, de las disciplinas férreas o de las culturas de incuestionable obediencia dejan paso a escenarios en los que los trabajadores se plantean lo que hacen, para qué lo hacen, y su contribución a la misión de la compañía: según afirman los autores de la carta abierta a Microsoft,

“Nos unimos a Microsoft para generar un impacto positivo en las personas y en la sociedad, con la expectativa de que las tecnologías que construimos no provoquen daño ni sufrimiento humano.”

Y si ese principio moral, que forma parte de la propuesta de valor a la hora de aceptar una oferta de trabajo, se convierte en papel mojado ante la magnitud de un contrato (el citado JEDI tiene un importe de diez mil millones de dólares y ha llevado a  que muchas compañías tecnológicas sueñen con hacerse con una parte de su licitación), eso puede afectar a la relación laboral, e incluso provocar dimisiones. Los trabajadores, al menos en estos niveles, ya no buscan simplemente una oferta que les dé de comer, sino que tratan de encontrar compañías con proyectos que les inspiren, a los que quieran contribuir con el código que crean, de los que se puedan sentir orgullosos. Si no consigues convertir a tu compañía o tu proyecto en algo con estas características, conseguir o retener talento puede convertirse en una tarea mucho más compleja de lo que parece. Y si además, entras en conflicto con valores éticos de algún tipo, puede que la cosa se complique mucho más. Google se vio obligada a publicar una declaración corporativa de principios éticos sobre el uso de la inteligencia artificial que pone límites a lo que la compañía podrá hacer o dejar de hacer con su tecnología, y Microsoft ha creado un comité de supervisión ética llamado Aether formado por los principales ejecutivos de la compañía y expertos externos que está rechazando algunos contratos en virtud de estos criterios.

Pronto, este tipo de organismos se convertirán en estándares en muchas compañías, y exigirán, entre otras cosas, un adecuado nivel de coherencia entre lo que estas afirman en las páginas dedicadas a responsabilidad social corporativa de la memoria anual, y las acciones y proyectos reales que llevan a cabo en la práctica. La brecha entre los directivos de supuestamente definían la estrategia de las compañías y los trabajadores que la ponían en práctica se resquebraja. Todo indica que son buenos tiempos para que empresas y directivos se replanteen muchas cosas.

 

Tesla logo over Saudi Arabia mapEl tweet que Elon Musk publicó el pasado 7 de agosto, que pilló por sorpresa incluso a su mismísimo consejo de administración, y el posterior artículo en el blog corporativo sobre la posibilidad de excluir a Tesla del mercado bursátil pagando a los accionistas unos 420 dólares por acción ha dado lugar ya a infinitos golpes de tecla en medios de todo el mundo.

La SEC, que admite el uso de cuentas oficiales en redes sociales como herramientas de comunicación corporativa, está investigando hasta qué punto el texto “funding secured”, “financiación asegurada”, podría constituir una posible violación de las normas destinada a elevar la cotización de las acciones. Varios accionistas han denunciado a la compañía por manipular el precio de sus acciones asegurando tener esa financiación asegurada cuando en realidad no era estrictamente así, aunque la aclaración del tema publicada por Musk afirma que el accionista comprometido con esa inversión, que no es otro que el fondo soberano de Arabia Saudi, ha confirmado su interés en la operación, y que además, la operación se llevaría a cabo no con deuda, sino con capital.

La noticia, desde mi punto de vista, tiene dos derivadas interesantes: la primera proviene de las razones del interés por sacar a la compañía del mercado, que podrían convertirse en un movimiento pionero que llevase a otras compañías de Silicon Valley a plantear lo mismo. El mercado bursátil, que tradicionalmente ha significado un paso fundamental a la hora de capitalizar las compañías y obtener fondos para su expansión, se ha convertido en un lugar incómodo, en el que analistas ignorantes con criterios profundamente simplistas someten a las compañías a constantes vaivenes en su cotización por razones que tienen mucho más que ver con intereses cortoplacistas que con la estrategia y la visión a largo plazo, vaivenes que distraen a los gestores, crean incentivos perversos y no alineados con el interés corporativo, y generan discusiones en muchos casos completamente estériles. La bolsa, vista así, podría seguir siendo ese momento mágico en el que se da entrada a cualquier inversor dispuesto a comprar acciones y permite la salida de los inversores anteriores que solo podían adquirirlas mediante un acuerdo con los propietarios de la compañía, pero pasaría, tras obtener esos fondos, a convertirse en un socio incómodo, ruidoso y molesto, con muchas más exigencias que beneficios reales. Si los mercados financieros, base de la economía capitalista, están pasando a tener esa consideración, podríamos estar ante el presagio de un importante problema futuro.

La segunda derivada es igualmente de mucho calado: ¿qué significa que el fondo soberano de Arabia Saudí, constituido fundamentalmente gracias a la riqueza acumulada mediante la explotación del petróleo, esté dispuesto a financiar la salida de Tesla del mercado bursátil? Sencillamente, una muestra de que la Vision 2030, un ambicioso plan para reducir la dependencia del país del petróleo, diversificar su economía y desarrollar sectores de servicios públicos como la salud, la educación, las infraestructuras, el ocio y el turismo, se ha convertido, bajo el liderazgo de Mohammad bin Salman, en una realidad tangible. Las más de doscientas inversiones del fondo soberano tienen como objetivos fundamentales campos como las telecomunicaciones, la industria aeroespacial, las tecnologías sostenibles, la seguridad, las energías renovables y las tecnologías de la información, y en ese sentido, es indudable que una compañía como Tesla encaja como un guante. Otra cuestión sería valorar los posibles intereses que un inversor así, si fuese mayoritario, podría tener en el control de los ritmos: una cosa es definir que se entiende que la única manera sostenible de crecer es plantearlo en torno a la generación de energía sostenible, el aprovechamiento del sol y los vehículos eléctricos, y otra cosa es querer que eso ocurra de un día para otro, algo que podría llegar a amenazar lo que es aún la clave de la economía del país. En ese sentido, los planes de Elon Musk para conseguir una base de accionistas suficientemente amplia que pudiese evitar un control excesivo por parte de los saudíes podrían convertirse en clave para la viabilidad futura y los planes de la compañía. 

Por otro lado, el movimiento del fondo soberano de Arabia Saudí sería la confirmación de que Silicon Valley, en la práctica, tiene más bien pocos reparos en la procedencia del dinero de sus inversores, la calidad de su democracia o sus tendencias al absolutismo, algo que, de hecho, ya había sido confirmado por la abundante presencia de inversores procedentes de un país como China. En la práctica, en Silicon Valley, los componentes ideológicos pasan a un claro segundo plano cuando hablamos de inversiones que pueden ayudar a las compañías a alcanzar sus objetivos a largo plazo: indudablemente, la misión de Tesla, establecida como “acelerar la transición del mundo hacia las energías renovables”, podría verse reforzada gracias al hecho de contar con una base de financiación más estable que los mercados financieros, y el hecho de que ese dinero pudiese provenir en una parte muy significativa del fondo soberano de Arabia Saudi, el país que supone la fuente más importante de petróleo del mundo, podría llegar a convertirse en un auténtico símbolo de ese cambio de época que la compañía pretende provocar, y para el que Arabia Saudi, un país con abundantísima insolación y con buenas bases para adaptarse a un nuevo modelo económico, afirma estar preparándose.

¿Llegaremos a ver una Tesla convertida en compañía privada y con Arabia Saudi como uno de sus inversores de referencia? (en realidad, el fondo posee ya casi un 5% de la compañía, mediante compras llevadas a cabo en el mercado). La idea no parece ya tan alocada cuando Elon Musk ya ha anunciado el nombramiento de asesores para llevar a cabo sus planes, y cuando el voto de los accionistas de la compañía, fundamental para la operación, podría inclinarse masivamente por dar su apoyo al plan. Que eso llegue a suponer, como Elon Musk parece pretender, una aceleración en los planes de la compañía, o pueda llegar a generar dudas en ese sentido, es ya es otra cuestión.

 

IMAGE: Antonio Guillem - 123RFVisitar Arabia Saudí con cierta regularidad te da una perspectiva cultural extraña, curiosa, que puede llegar a resultar bastante impactante. La primera vez que el Prince Mohammad Bin Salman College me contactó para impartir un curso de Transformación Digital, una de las principales razones que tuve para aceptar fue, precisamente, la oportunidad de ver el cambio que ese país estaba experimentando, incluso de poder tener la oportunidad de contribuir modestamente a él, desde una óptica inicial que a prácticamente cualquier occidental le resultaría completamente anacrónica y desde una institución que lleva el nombre de uno de los principales protagonistas de ese cambio, hasta su objetivo, esa Vision 2030 que busca una evolución hacia un país moderno, con una economía no dependiente del petróleo, avanzada y diversificada en torno a sectores como la salud, la educación, las infraestructuras, el ocio o el turismo. ¿Qué papel juega la mujer en ese futuro? 

En 1957, el gobierno saudí promulgó la prohibición de que las mujeres condujesen, prohibición que se ha mantenido vigente hasta este año, cuando se anunció su derogación. A partir de junio de 2018, las mujeres podrán conducir en Arabia Saudí, en lo que supone una auténtica conquista dentro de una situación de la mujer que, obviamente, aún no es comparable con la de la mayoría de países del mundo, pero es, cuando menos, un avance importante.

En Arabia Saudí, cuando se quiere que algo cambie, se construye un muro alrededor. En algunos campus universitarios y en muchas zonas de urbanizaciones privadas en el país, las mujeres conducen desde hace tiempo o no utilizan la preceptiva abaya, pero obviamente, el consuelo es escaso si eres mujer y quieres moverte y hacer tu vida con normalidad. Para cualquier occidental actual, la idea de impedir por ley que una mujer conduzca resulta extravagante e injustificable, incompatible con cualquier visión moderna del mundo. A lo largo de mi estancia en Arabia Saudí, he podido entrar en contacto con todo tipo de situaciones en ese sentido: desde el primer día he tenido clases mixtas con hombres y mujeres, he conocido mujeres en posiciones de alta dirección verdaderamente brillantes, competentes y muy participativas, muchas de las cuales, además. habían estudiado o vivido fuera del país. Me he encontrado en la situación de comprobar como una de esas mujeres, una persona completamente moderna y preparada, en el momento de querer llevarnos a conocer la parte histórica de la ciudad, tenía que llamar necesariamente a un chófer para que nos llevase allí (en 2002, The Economist calculaba que el medio millón de chóferes destinados a facilitar la movilidad de las mujeres en el país representaban en torno al 1% del PIB), aunque sabía conducir perfectamente. He podido comprobar la importancia de servicios basados en tecnología como Uber o Careem, su homólogo local más exitoso, a la hora de disminuir las barreras de entrada para la movilidad de las mujeres. He conocido mujeres que desafiaban la prohibición conduciendo en determinados entornos, que se ponían una gorra para disimular, o al revés, que sabiendo conducir y habiendo conducido en otros países, afirmaban no querer hacerlo en Arabia Saudí porque les parecía peligroso. Incluso me he encontrado con directivas de compañías de seguros a las que les costaba comprender que en países como España, durante años, las mujeres disfrutasen de primas de seguro de automóvil más baratas debido a sus menores índices de siniestralidad (una medida que desapareció en 2012 cuando el Tribunal de Justicia de la Unión Europea la consideró discriminatoria). 

En los procesos de transformación digital, los símbolos pueden llegar a ser muy importantes. Que las mujeres conduzcan, dentro de un cambio rapidísimo y perceptible año a año en el que hablamos de cuestiones como la diversificación de la economía, el establecimiento de visados turísticos, la pérdida de atribuciones (y a efectos prácticos, neutralización) de la policía religiosa o la persecución de la corrupción, puede llegar a parecer casi un detalle anecdótico. Pero por supuesto, no lo es en absoluto, porque jamás podría ser anecdótico que millones de personas, en función de su género, tengan establecidas por ley importantes limitaciones en su movilidad. Ahora, en pocos meses, esas limitaciones habrán desaparecido. No sé si será visto como un símbolo o no, pero indudablemente, será una importante liberación, una normalización, una más de muchas que quedan por venir. Las mujeres en Arabia Saudí volverán a tener acceso a una tecnología, el automóvil, muy pocos años antes de que esa misma tecnología se convierta en obsoleta, porque cambie hasta tal punto que sea el propio automóvil quien lleve a cabo las tareas de conducción. Pero en términos de derechos, de justicia y de lógica, toda esa lucha habrá valido la pena.

Me pareció que podía ser un tema interesante para comentarlo tal día como hoy.

 

IMAGE: Łukasz Stefański - 123RF

Pablo Martín de Holan, amigo desde hace mucho tiempo y actualmente Dean of Graduate Studies and Research en el Prince Mohammad Bin Salman College of Business & Entrepreneurship (MBSC), en el que recientemente pasé unos días desarrollando un curso titulado Leading Digital Transformation (pdf), me escribió un pequeño texto sobre lo que supone la transformación digital para un país como Arabia Saudí, en el que, como escribí tras mi experiencia, la idea se convierte prácticamente en un asunto de estado.

Pablo es uno de los mejores y más completos académicos que conozco en el  área de Entrepreneurship, se incorporó a MBSC en el momento de su fundación, y es uno de los encargados de posicionarlo como una institución moderna, capaz de influir en la mentalidad de los cuadros directivos de un país en el que una generación de personas jóvenes educadas en muchos casos en el extranjero y con acceso a internet se preparan para una transición hacia una economía moderna, no basada en lo extractivo, sino en esquemas productivos diversificados basados en lo digital, dentro de un plan completo que han denominado Vision 2030. El texto de Pablo, a quien pedí consejo en varios de los aspectos que introduje en mi curso y que lleva ya más de un año trabajando en el país, me pareció muy inspirador, así que lo publico en su integridad:

 

“Todo lo que pueda ser digitalizado lo será”

Corría el año 2004 cuando tuve el privilegio de comenzar a trabajar con Enrique Dans en el IE. Estábamos a la sazón en Shanghai enseñando en el Global Executive MBA, y nuestra buena relación profesional iba profundizando a medida que descubríamos que ambos compartíamos la misma pasión por las tecnologías de la información, y el mismo deseo de entender de que manera transformarían nuestra manera de trabajar y de vivir.

Fue entonces que Enrique, en un pequeño restaurante de xiaolongbao (unos deliciosos platillos chinos que sirvieron de inspiración a nuestros ravioli), casi sin pensarlo, dijo brillantemente que “todo lo que pueda ser digitalizado lo será”, una idea que me tocó repetir muchas veces y que años después ilustraría la transformación digital del Reino de Arabia Saudí, un país rico y miembro del G20, pero no completamente desarrollado y que está tratando activamente de pasar de una economía esencialmente extractiva y dependiente de recursos naturales a otra basada en el conocimiento y las ideas.

Un elemento central de ese proceso de transformación es dejar de lado sectores económicos que compiten con bajos costes para potenciar otros con alta productividad y gran valor añadido, un objetivo prioritario para el Reino y para el bienestar de sus habitantes.

La transformación digital del Gobierno y del Estado es central para ese proceso de cambio, y se basa en primer lugar en incorporar las últimas tecnologías de la información e incentivar a las empresas a hacerlo también, ayudados por una generación de jóvenes que creció con las tecnologías digitales y que es capaz de pensar en nuevas maneras de crear valor económico y social por medio de innovaciones basadas en las TIs, pero también en nuevos modelos de negocios.

Como es frecuente con las buenas ideas y las buenas estrategias, la implementación es lo difícil. Pese a los múltiples éxitos de los últimos años en los cuales muchos ministerios y agencias gubernamentales han transformado casi todos sus procesos en digitales y han permitido a los ciudadanos interactuar con el gobierno por medio de internet, todavía queda mucho por hacer, en Arabia Saudí, en la región, y en el mundo.

En particular, todavía queda mucha gente por convencer de que digitalizar un proceso o una empresa no es hacer lo mismo pero con una máquina, y que no es una buena idea querer tener un gobierno inspirado en las ideas del siglo XXI, pero con herramientas y preocupaciones del siglo XIX. Digitalizar una nación soberana es un cambio radical que requiere transformar cómo se hacen las cosas, y también lo que se hace. Esto no es ni novedoso ni limitado solamente a las TIs, pero la magnitud del cambio que permite la digitalización tiene pocos precedentes en la historia de la humanidad.

El gobierno de Arabia Saudí ha comenzado una transición con pocos precedentes en la historia por su ambición y su magnitud, y en ese contexto el trabajo de Enrique es, una vez más, indispensable para entender los cambios de mentalidad necesarios para que las TIs den sus frutos. Una de las grandes ventajas de un uso masivo de TIs en el Gobierno es la capacidad para pasar de una situación en la que el gobierno es reactivo a otra en la cual la información y su procesamiento permiten evitar que surjan los problemas, e implementar soluciones antes que esos problemas generen situaciones críticas.

Irónicamente, entonces, las palabras pronunciadas una tarde de invierno en Shanghai hace 15 años ilustran los objetivos y los desafíos del Reino de Arabia Saudí, y es natural sea que la persona que las pronunció la que ayude a los empresarios del Reino y del resto del mundo a entender cómo ayudar a que todo lo que pueda ser digital, lo sea.

 

 

Leading Digital Transformation - Prince Mohammad Bin Salman CollegeLa semana pasada tuve la oportunidad de pasar unos días impartiendo un curso en la Prince Mohammad Bin Salman College (MBSC) of Business & Entrepreneurship a treinta y cinco altos directivos de empresas del país, en la King Abdullah Economic City (KAEC) en Arabia Saudí. El título del curso era Leading digital transformation (pdf).

No es habitual que imparta cursos fuera de IE Business School, en ocasiones anteriores he preferido declinar invitaciones para hacerlo porque me parecía lo adecuado cuando tu propia institución te reduce el compromiso de sesiones anuales en función del desarrollo de otras actividades, pero en esta ocasión, la oportunidad me parecía única y culturalmente interesantísima: el país está experimentando una fortísima transformación de la mano de personas jóvenes educadas en el exterior y con una fuerte exposición a la red, y existen proyectos tan ambiciosos y llenos de posibilidades como la construcción de ciudades nuevas completamente desde cero, con la idea de convertirlas en polos de actividad económica, en el contexto de la llamada Vision 2030, un ambicioso plan para reducir la dependencia del petróleo y transformarlo en una economía diversificada y fuerte en sectores como salud, educación, infraestructuras, construcción, ocio y turismo. 

La institución que me invitaba, MBSC, es de hecho una de las primeras en las que las clases, altamente participativas, mezclan sin problemas hombres y mujeres, en el entorno de una ciudad en construcción en la que las costumbres se han relajado de manera sensible para hacerla mucho más abierta, sin policía religiosa, sin obligación de llevar permanentemente la abaya, etc. Cambios que aún pueden ser vistos como tímidos detalles desde una perspectiva occidental en un país en el que las mujeres aún no pueden conducir (algo de lo que se lleva hablando muchísimo tiempo y que todo indica que llegará pronto), pero que hay que entender en su correspondiente contexto y como parte de un proceso inequívoco de transformación. Lento, sí, pero en la dirección adecuada.

Coincidiendo con mi estancia allí, el director de Facebook AI Research, Yann LeCun, tomó la decisión de declinar públicamente a través de Facebook una invitación similar a la mía para impartir un curso en la King Abdullah University of Science and Technology (KAUST) debido a consideraciones de índole religiosa sobre la consideración del ateísmo en el país. Mi decisión, teniendo en cuenta que ya antes de dicha situación tenía una parte de mi presentación en la que citaba ampliamente a LeCun, fue la de precisamente utilizar su carta para alimentar una reflexión y discusión en clase sobre la importancia de la transformación y la velocidad de la misma. Hace no mucho tiempo, discusiones de este tipo en un formato participativo y abierto habrían resultado prácticamente imposibles en un aula en este país. La carta de LeCun ofrecía una oportunidad única para discutir sobre ello en el momento adecuado, y mi impresión es que LeCun, persona extremadamente inteligente, sabía que su negativa, en el contexto de unas instituciones educativas saudíes que intentan a toda costa modernizar el país, levantaría alarmas que podrían generar ese tipo de reflexiones interesantes. En mi caso, siempre he pensado que es positivo estar allá donde se producen cambios que uno estima que discurren en la dirección adecuada, así que preferí aprovechar la oportunidad de la invitación para intentar aproximarme a la realidad del país. Decididamente, la única manera de entender Arabia Saudí y el mundo árabe en general es viéndolo desde dentro.

Arabia Saudí es uno de los países más avanzados de la zona en uso y difusión de herramientas de social media, y la transformación que eso está generando se aprecia a todos los niveles. De hecho, el recientemente nombrado ministro de Tecnologías de la Información y Comunicaciones, Abdullah Alswaha, anteriormente director de Cisco, emprendedor en el ámbito digital y que se define en su LinkedIn como “on a mission to digitize a nation”dedicó un vídeo a nuestro curso, en el que menciona varios de los aspectos relevantes en el contexto de la transformación digital para el país y resalta claramente su importancia. 

No todos los días se encuentra uno mencionado por un ministro :-) Sin duda, quedan aún muchas cosas por hacer y muchos cambios por llegar en Arabia Saudí, pero ver un país alinearse claramente en torno a una visión que incluye la transformación digital, que te invita a hablar del tema y que le otorga prácticamente el estatus de asunto de estado ha sido una experiencia culturalmente muy rica y extremadamente interesante.