IMAGE: Ryan Mirjanic (CC BY SA)Es uno de los comentarios más habituales que suelen surgir en todas las conversaciones sobre vehículos eléctricos, como una especie de enmienda a la totalidad: “no valen la pena, porque como la electricidad que utilizan se produce con combustibles fósiles, contaminan más que los vehículos con motor de explosión”. Es la llamada “teoría del tubo de escape largo”, o long tailpipe theory, ya completamente desarmada en numerosas ocasiones por estudios científicos, pero que aún es citada profusamente de manera habitual por personas desinformadas.

¿En qué se basa esa teoría? Las dos principales fuentes de contaminación son los vehículos con motores de gasoil y gasolina, y la generación de electricidad en centrales eléctricas alimentadas por carbón y gasoil. Dado que en muchos países, las centrales eléctricas son aún mayoritariamente térmicas alimentadas por carbón y gasoil, lo que la teoría afirma es que, en realidad, todo lo que estamos haciendo con un vehículo eléctrico es trasladar la contaminación desde nuestro tubo de escape, hasta la chimenea de la central.

¿Es eso cierto? En absoluto. La primera razón es evidente: no toda la infraestructura de producción de electricidad está compuesta por centrales de carbón y gasoil. En cada vez más países se recurre a medios de generación sostenible, como centrales hidroeléctricas, eólicas, solares o de otros tipos, además del incremento en las infraestructuras de generación distribuida, como las placas solares en instalaciones domésticas. Por tanto, incluso aunque esa teoría fuese cierta y todo lo que estuviésemos haciendo fuese trasladar la polución generada de un punto a otro, una cierta parte de esa electricidad generada, en la inmensa mayoría de los países, correspondería a fuentes limpias. En los vehículos de combustibles fósiles, obviamente, no es así: todo lo que produce proviene de donde proviene, y si tuvieras un mínimo de cultura y de conciencia ecológica, debería provocarte remordimientos y avergonzarte cada vez que pisas el acelerador.

Un estudio reciente dedicado a los autobuses eléctricos, pero generalizable a cualquier tipo de vehículo, lo deja perfectamente claro: un vehículo eléctrico contamina menos que su equivalente propulsado por combustibles fósiles, independientemente de la fuente de esa electricidad, e incluso en los estados o países en las que la inmensa mayoría de las centrales son de carbón, el tipo más contaminante. La razón es tan sencilla como evidente: la producción de energía en una central eléctrica es muchísimo más eficiente que en el pequeño motor de un vehículo, por mucho que avance la tecnología que pretende mejorar la eficiencia de esos vehículos. Una central eléctrica media de carbón, gasoil o gas natural tiene una eficiencia del 60%, lo que implica que el 40% de la energía obtenida del combustible utilizado se pierde en el proceso de producción de energía eléctrica. En el motor de un vehículo, esa eficiencia energética no llega al 25%, lo que quiere decir que la gran mayoría de la energía de proviene de quemar el combustible se pierde y tiene que ser disipada como calor. En una gran central eléctrica, las posibilidades de reutilizar ese calor generado en el proceso para realimentarlo son obviamente muchísimo mayores que en el pequeño motor de un vehículo. Cuando medimos las llamadas well-to-wheel emissions, en el caso de los Estados Unidos, la eficiencia de los vehículos eléctricos está sistemáticamente muy por encima de la obtenida incluso por los mejores y más modernos vehículos con motor de explosión, sea en el estado que sea e independientemente de cómo se obtenga esa electricidad.

La “teoría del tubo de escape largo” es simplemente eso, un mito convenientemente utilizado por aquellos que, por la razón que sea, prefieren que las cosas no cambien. Si la unimos a otros mitos, como la supuesta dificultad para el reciclaje de las baterías o la supuesta imposibilidad de que las infraestructuras de generación de un país sean capaces de suministrar electricidad para tantos vehículos eléctricos, tenemos una más de esas “historias para no dormir” que se cuentan para intentar resistirse al cambio, resistencias lógicas cuando provienen de aquellos que viven de la producción o venta de combustibles fósiles o industrias relacionadas, pero directamente patéticas cuando quien recurre a ellas es una persona sin intereses en esos sectores. Aprende a ponerlas en su sitio y, sobre todo, vete teniéndolas en cuenta cuando tomes decisiones de consumo relacionadas.

 

IMAGE: Public DomainDos publicaciones serias como The Guardian o CNBC se hacen eco de los cada vez más burdos intentos de la industria de los combustibles fósiles por esparcir desinformación acerca de los vehículos eléctricos, mentiras que les permitan prolongar lo más posible un modelo de negocio cada día más reconocido como perjudicial, como intrínsecamente dañino para todos.

Mentiras como la muy repetida de que los vehículos eléctricos contaminan supuestamente más que los convencionales, no solo convenientemente rebatida en múltiples ocasiones sino, además, cada día más falsa debido a los esfuerzos de más territorios por generar cada vez más electricidad a partir de fuentes sostenibles. Si la electricidad se produce cada día más y en más sitios a través de fuentes sostenibles, los vehículos eléctricos, que no generan apenas emisiones, no pueden en modo alguno resultar más contaminantes, e incluso cuando no es así, eliminar virtualmente las emisiones de los vehículos supone ya de por sí un fuerte alivio de la contaminación.

Otra mentira habitual afirma que el transporte no es importante y que, en realidad, deberían dejarnos conducir nuestros vehículos de combustibles fósiles porque, supuestamente, los verdaderos contaminantes son calefacciones o emisiones industriales. No, no es así. El transporte supone más de un tercio de las emisiones contaminantes, una buena parte de esas emisiones se produce en los lugares en los que vivimos y trabajamos, y toda reducción es susceptible de tener un gran efecto en la calidad de vida de los ciudadanos.

Otros afirman que un vehículo eléctrico es incapaz de proporcionar soluciones de transporte a las personas normales, o es susceptible de generar en ellas una constante ansiedad por falta de autonomía: una mentira cada vez más rebatida por la creciente autonomía de los vehículos eléctricos, que ya se acercan o incluso superan la de sus contrapartidas de combustibles fósiles. Mercedes ha comentado que su próximo vehículo eléctrico tendrá una autonomía de 500km, y algunos Tesla, como el próximo Roadster, se espera que tengan en torno a 1000km. Con el progresivo incremento de la densidad de las baterías, estas cifras solo pueden evolucionar de una manera: hacia arriba. 

Las propias baterías son también habituales receptoras de campañas de desinformación: en comentarios de esta página se han visto muy a menudo personas que acusan a las baterías de depender de fuentes de minerales supuestamente escasos, o de resultar de imposible reciclado, ambos conceptos completamente falsos: las baterías se reciclan perfectamente, sus elementos son perfectamente reutilizables, y además, contrariamente a lo que muchos piensan y mucho más importante, las baterías no muestran una degradación significativa a medida que pasa el tiempo o se recorren más kilómetros. En artículos científicos rigurosos que trabajan con datos de vehículos reales se muestra como, en la actualidad, la degradación de una batería se sitúa en torno al 1% cada 30,000km, lo que permite amortizar los vehículos eléctricos durante bastante más tiempo que sus contrapartidas alimentadas con combustibles fósiles. En muchos casos, esa mentira ha contribuido a que las empresas de leasing o renting ofrezcan unas condiciones espantosamente malas (y basadas en expectativas falsas, como un supuesto valor residual nulo al término del período) a quienes desean adquirir un vehículo eléctrico mediante ese tipo de fórmulas financieras, contribuyendo así a desincentivar las ventas. Por otro lado, la fabricación de baterías está experimentando un fortísimo aumento, lo que permite prever precios cada vez más bajos, al tiempo que otras tecnologías, como las baterías de estado sólido, se abren paso con rendimientos aún más prometedores.

¡Oh, dios mío, qué vamos a hacer con tantos vehículos eléctricos todos demandando energía a la vez cuando llegan a casa, no habrá generación suficiente!! Otra MENTIRA más, afortunadamente ya rebatida nada menos que por la asociación de suministradores de energía del Reino Unido, que afirma que la previsible llegada de varios millones de vehículos eléctricos no les quita el sueño en absoluto y que están perfectamente preparados para hacer frente a esa demanda y a esas perspectivas de futuro.

¿Mantenimiento? Poco que decir: un motor de combustión interna es un auténtico reloj de cuco, una obra de exaltación de los excesos de la ingeniería con más de diez mil partes móviles que hay que mantener permanentemente lubricadas y, periódicamente, reemplazar. Eso ha dado lugar a una enorme industria de recambios que elevan sensiblemente, como muchos saben cada vez que su vehículo tiene un problema o simplemente hay que llevarlo a revisión, el coste total de propiedad del vehículo. Un vehículo eléctrico típico tiene en torno a dieciocho partes móviles, con una degradación muy escasa y unas necesidades de mantenimiento drásticamente inferiores.

Con la información real en la mano y al margen de campañas de desinformación para tratar de retrasar la transición o para hacerla pasar por los vehículos híbridos – que llevan la ineficiencia al límite al montar dos motores, cargar al vehículo con el peso de unas baterías que terminan utilizándose de manera subóptima, o con diseños y autonomías pensadas esencialmente para aprovechar con falsedades las facilidades que ayuntamientos y autoridades otorgan a los vehículos supuestamente calificados como “limpios” – el vehículo alimentado por combustibles fósiles convencional es una tecnología superada, un problema a resolver, un modelo a erradicar lo antes posible por el bien de todos. Nadie debería plantearse, a estas alturas, adquirir ningún vehículo de gasoil, gasolina o híbrido. No sigamos repitiendo desinformaciones interesadas, por favor. No hagamos el juego, como hacen algunas asociaciones de proveedores de – cómo no, la industria de la automoción –  en algunos países como España, con unos supuestos argumentos de “neutralidad tecnológica” que son cualquier cosa menos neutrales, y que están esencialmente pensados para prolongar los períodos de amortización de una industria tradicional que ya ha superado todos los límites de la ética y de la responsabilidad social corporativa, con múltiples directivos en la cárcel por haber engañado a toda la sociedad.

Por favor, seamos serios en los argumentos y evitemos la frivolidad. Nos jugamos mucho más de lo que parece.