Instagram founders (IMAGE: R. Scoble on Flickr - CC BY)Kevin Systrom y Mike Krieger, fundadores de Instagram, anuncian que abandonan la compañía que fundaron en 2010 y vendieron a Facebook en 2012, y que comienzan un nuevo capítulo, en el que “se tomarán un tiempo libre para explorar nuevamente su curiosidad y su creatividad“. Según su nota, “construir cosas nuevas requiere que retrocedamos, comprendamos lo que nos inspira y combinemos eso con lo que el mundo necesita, y eso es lo que planeamos hacer.”

La salida de los fundadores de Instagram, seguramente una de las mejores adquisiciones de todos los tiempos y actualmente la auténtica joya de la corona de la compañía, podría deberse, según algunos analistas, a la pérdida progresiva de la independencia con respecto a Facebook. Cuando la compañía fue adquirida en 2010, sus fundadores pusieron un importante empeño en seguir siendo razonablemente independientes y con cierta libertad de gestión con respecto a la compañía que los adquiría, y de hecho, mantuvieron su sede separada en un edificio distinto del cuartel general de Facebook, y sus direcciones de correo con su propio dominio. La decisión de salir de la compañía no tiene que ver con falta de ambición o de planes interesantes: coincide con el anuncio de importantes planes para Instagram, tales como la construcción de herramientas específicas de comercio electrónico, y con el reconocimiento que supone haberse convertido en un ejemplo de éxito que ha sido capaz de superar los mil millones de usuarios desde los treinta millones que tenía en 2010.

Los fundadores de otra de las grandes adquisiciones de Facebook, Brian Acton y Jan Koum, anunciaron su salida de la compañía respectivamente en septiembre de 2017 y en abril de 2018, todo indica que también debido a desavenencias con la propiedad en torno a la gestión de la compañía. Mucho antes, Facebook perdió a Bret Taylor, entonces fundador de otra compañía adquirida, Friendfeed, y actualmente uno de los directivos clave de Salesforce. La imagen de una Facebook hospitalaria, capaz de retener el talento adquirido y de ilusionar a los fundadores con un nivel de independencia y de medios importante que les permitían convertir en realidad sus ambiciones se desvanece con cada una de estas salidas. Llegar a Facebook ofrece a los fundadores la posibilidad de contar con dinero, talento de desarrollo y potencial para hacer crecer sus proyectos y escalarlos hasta el infinito, pero todo indica que lo hace a costa de importantes compromisos con respecto a lo que sus fundadores tenían en mente cuando dieron el sí. Ese tipo de sueños pueden ser completamente irracionales, como mostraba el caso de una WhatsApp que jamás se planteó como compañía económicamente sostenible, o claramente viables y sensatos como los de Instagram, que actualmente se valoraría en cien mil millones de dólares en caso de ser una compañía independiente. Systrom y Krieger pueden salir de Facebook con la cabeza muy alta tras haber ofrecido a la compañía un multiplicador de valor de alrededor de cien veces desde el momento de su adquisición.

¿En qué momento los fundadores de una compañía, convertidos en multimillonarios tras una adquisición, consideran que el juguete ya no es divertido, que ya no se sienten a gusto y que quieren salir para pensar en comenzar algo nuevo? Si tu compañía no es capaz de mantener este tipo de talento motivado y con ganas de seguir haciendo cosas, o no es capaz de proporcionar avenidas y recursos para que puedan explorar su ya más que probada creatividad internamente, podrías estar teniendo un problema importante. Que Mark Zuckerberg se despida elegantemente de los fundadores de Instagram diciendo que les desea lo mejor y que está deseando ver lo próximo que construyan está muy bien, pero debería abrir un período de reflexión en el que la compañía se plantee qué está perdiendo cuando determinada gente siente la necesidad de irse a “expresar su curiosidad y creatividad” a otro sitio.

 

Uyuyuy… Este día tenía que llegar. Pocos se acordarán pero me moje bastante cuando dije que no me iba a abrir una cuenta en Instagram. Si has llegado reciente a este blog, échale un vistazo a este post.

aventuraDerechos de foto de Adobe Stock

Por fin abro una cuenta en Instagram (aunque no sea para mí)

Bueno, también sabemos una cosa. Únicamente los idiotas nunca cambian de opinión. Me gusta pensar que de vez en cuando no lo soy (no digo que nunca). También es cierto que no he dado un giro de 180 grados sobre lo que escribí en su momento en esa entrada.

Seguiré sin tener un perfil personal en Instagram. A nivel personal sigue siendo una pérdida de tiempo. Próximamente no voy a vender ningún libro y tampoco saco una nueva película. Lo que sí haré es tener un perfil nuevo para mi nuevo proyecto. Tras más de 18 meses manteniendo “únicamente” una página de Facebook ha llegado el momento de “diversificar” para llegar más lejos.

Tengo paciencia. Sé que esto no va a ser un éxito del día a la mañana. Las redes sociales tardan mucho en crecer. No se llega a todas las personas de golpe. Empiezas con una, luego con otra, la próxima, etc. y después con suerte la primera se lo cuenta a otra. Llegar a las personas no significa venderles algo. Tampoco que te sigan, ni que te toman en serio. Simplemente se trata de lograr un punto de contacto. La venta llega en algún momento pero se puede planificar mucho peor de lo que no gusta pensar en el marketing digital.

Cómo voy a llevar la cuenta de Instagram para mi negocio

Instagram para mí es un canal más (hiper-)activo. Es una forma adicional de llegar a mi público objetivo. Mi producto es visual por lo que estoy en un lugar donde las cosas bonitas destacan y se aprecian.

Llego con la idea de aportar valor al nicho en el que me muevo. Es la única forma que permite conectar con la audiencia, generar confianza, dar imagen de buena gente, etc. Al final las personas queremos estar con gente como nosotros. Las marcas no deben ser diferentes. Pero en vez de hablar únicamente de sí mismo deben dar un paso atrás y aportar, escuchar, ser pacientes, no caer en la tentación de vender demasiado temprano, etc.

Lo que más me va a costar sin duda es tener paciencia. Los resultados llegarán. No sé ni cuándo ni en qué forma. Pero si tenemos la disciplina de compartir contenidos que merecen la pena de lunes a viernes durante años llegaremos. El corto plazo es para perdederos. Si quieres jugar de verdad piensa en procesos que permanecen para siempre. Eso es lo que va a marcar la diferencia. De todas formas te iré contando.

Stay tuned.

Instagram StoriesUn artículo en The Atlantic, titulado Why ‘Stories’ took over your smartphone, incide en unas palabras de Chris Cox, Chief Product Officer de Facebook, en las que afirma que el formato de Stories de Instagram o Facebook “está ya en camino para superar en algún momento del próximo año al feed como la forma preponderante utilizada por las personas para compartir cosas con sus amigos”.

Lanzadas en agosto de 2016 como enésimo intento, tras varios infructuosos, de combatir el empuje de Snapchat, las Stories de Instagram tardaron menos de un año en superar a su competidor, y han tenido además un mérito interesante: el de extender un formato que Snapchat había conseguido implantar como de uso natural entre los jóvenes, y extenderlo a otras capas demográficas. La gran mayoría del crecimiento de las Stories de Instagram se produce a costa de la incorporación de nuevos segmentos de usuarios, y posibilita un efecto de generalización de lo que algunos consideran el formato nativo para los smartphones, en los que el uso de la cámara estaría más centrado en la captación y edición de vídeos cortos que en el de fotografías.

Que a la hora de compartir algo en una red social, un número cada vez mayor de personas se inclinen cada vez más por mantener pulsado el botón de su cámara durante unos segundos, y en muchos casos se pasen después un rato editando el resultado para resaltar determinados aspectos o introducir efectos de diversos tipos nos lleva a un fenómeno curioso: primero, lógicamente, a un mayor consumo de ancho de banda, considerado ya en muchos mercados como escasamente limitante´. Segundo, a un predominio de formatos cada vez más puramente visuales, en los que, en muchos casos, podrías entenderte con alguien aunque no hablase el mismo idioma que tú, simplemente con que compartieses algunos elementos culturales que, por otro lado, se internacionalizan también de una manera cada vez más acusada.

El fenómeno es relativamente parecido al que sucedió primero con el ascenso en el uso de los emojis, que configuran un auténtico lenguaje universal en el que poder, lógicamente de manera limitada, mantener una conversación prácticamente universal, independientemente del idioma que estés utilizando. Un conjunto de ideogramas que son entendidos de manera inmediata que pueden utilizarse para expresar sentimientos, ideas o conceptos a través de otras posibles barreras comunicativas, y cuyo uso tiende a ser aún bastante más habitual entre usuarios jóvenes.

Un caso similar ocurre con los GIFs animados: su incorporación en forma de enormes colecciones indexadas a las grandes plataformas sociales posibilitó una fuerte popularización de su uso como forma de expresar una idea, muchas veces complementando un texto, pero en otras ocasiones, simplemente como parte de una conversación, y también sujetos, en general, a un fuerte componente transcultural. De hecho, los GIFs animados suelen provenir de entornos culturales diversos, y es perfectamente normal que aunque puedan provenir originalmente de un contexto como una serie emitida únicamente en un país, terminen siendo adoptados internacionalmente en países que no tuvieron una exposición inicial a ellos. De nuevo, una forma de expresar ideas habitualmente simples, que admite un uso que en muchos casos trasciende al idioma que se está utilizando.

Generaciones que cada vez se suponen más globales y conectadas, que adoptan también globalmente códigos de comunicación prácticamente cross-plataforma (hay colecciones de emojis o de GIFs animados en prácticamente todas las herramientas sociales, con escasas diferencias entre sí, y el formato de vídeo corto está también presente en varias de ellas) en los que el texto y idioma pasa a tener una importancia secundaria, basados en lo visual, en la animación o en el vídeo. Formatos que, una vez adoptados, se desplazan de manera más o menos rápida y van popularizándose entre el resto de las generaciones, y que comportan un mayor uso de un género de comunicación efímero, al que rara vez se vuelve, o que incluso se borra a las pocas horas de haber sido enviado.

¿Intrascendencia? ¿O algo más?

 

Buy Instagram followersAl hilo del último escándalo de Facebook y de las medidas de la compañía para intentar mejorar su reputación, me parece muy interesante esta editorial en The New York Times, titulada Facebook is not the problem. Lax privacy rules are, en la que se plantea que el problema no está tanto en las redes sociales como tales, sino en el uso que hacemos de ellas, y en concreto, en la falta de un consenso claro y bien definido sobre el concepto de privacidad.

El concepto de laxitud me provoca una reflexión que he hecho ya en otras ocasiones, a medida que vamos presenciando el ciclo de vida de más y más redes o aplicaciones sociales a lo largo del tiempo: que el problema no está en las redes como tales, sino en el tipo de uso que se hace de ellas, particularmente a partir de su fase de popularización. En muchos sentidos, parece que es imposible para una red o aplicación social crecer en número de usuarios sin perder de manera drástica su esencia, sin convertirse en un enorme montón de basura utilitarista, mayormente falsa y artificial.

El caso de Instagram, durante mucho tiempo considerada “la niña bonita de las aplicaciones sociales”, la que había sido capaz de desarrollar un modelo de publicidad más sano y menos intrusivo, o a la que algunos veían incluso capaz de solucionar muchos de los defectos que se achacaban a la propia Facebook. En sus orígenes, Instagram responde a un modelo clarísimo: una app creada por entusiastas de la fotografía, que diseñan unos filtros muy buenos (nada parecido a lo que había antes, que consistían básicamente en burdas formas de elevar todos los parámetros hasta límites absurdos que generaban resultados en muchos casos casi grotescos), que el usuario aplicaba, veía mejorar su foto y, de manera natural, quería compartir el resultado. La transición del modelo de uso y, sobre todo, la adopción por parte de un público más joven generó algunos cambios: la fotografía, en muchos casos, se convirtió en un pretexto para la interacción: un joven, en muchos casos, podía hacer una fotografía a una simple pared o un simple selfie sin ningún interés particular, porque el interés estaba no tanto en la imagen, sino en el hilo de comentarios que surgía posteriormente.

El problema surge cuando, a raíz de su fuerte crecimiento, Instagram pasa a una fase de fortísima instrumentalización. No he tenido todavía oportunidad de conocer a Kevin Systrom, co-fundador de Instagram, pero dudo que se encuentre cómodo con el resultado de esa fase. En un espacio de tiempo relativamente corto, Instagram se mercantilizó hasta el límite, y sobre todo, perdió todo atisbo de autenticidad. Las herramientas parasitarias excedían de manera burda lo que la propia Instagram ofrecía como business tools, como si un uso corporativo no pudiese ser compatible con un entorno socialmente genuino. La compra de followers se convirtió en moneda común, del mismo modo que lo hicieron los esquemas de follow/unfollow o el uso de bots y herramientas abiertamente parasitarias como Instagress o Archie para obtener más seguidores. Instagram se convirtió en un entorno tóxico en el que todo estaba justificado con tal de llegar a la página inicial: collective accounts, comment pods, círculos de supuestos influencers que no eran, en realidad, más que simples mercenarios… cuando Instagram quiso reaccionar a semejante instrumentalización, a tanta basura absurda, se había convertido en una caricatura de sí misma, en un ecosistema completamente viciado e irrespirable que generaba auténticos monstruos, una parodia de lo que debería ser un entorno social sano. Los cierres de Instagress o de Archie, forzados por la propia Instagram a partir de escándalo iniciado por la “salida del armario social” de la instagrammer  Essena O’Neill, no arreglaron la cuestión: simplemente, aparecieron otras herramientas similares, que determinaron que el trabajo de Instagram de localizar esos bots se convirtiese en casi detectivesco, en un contexto en el que la función de la red social ya se había pervertido, y muchos ya no concebían la idea de estar en ella sin inflacionar sus desmesurados egos a base de bots y herramientas similares.

La caída de Instagram en este proceso, que muy posiblemente haya reportado a la compañía cuantiosos beneficios gracias a su crecimiento, pero ha tenido un coste incalculable en términos de credibilidad, ha tenido muchos elementos comunes con casos anteriores como el de Twitter, en el que la compañía se mostró incapaz de contener determinados fenómenos que terminaron por convertirse en fundamentales en su percepción y propuesta de valor. Entre tener una red interesantísima para mantenerse informado, y un entorno completamente tóxico y falseado a base de bots y parásitos similares va una distancia, en en mundo de lo social, muy pequeña. Es tan sencillo como lo que permites que se desarrolle o no sobre tu plataforma. La frontera entre permitir un uso razonable que fomente la creación de contenidos, y convertirse en un “vale todo” donde todo es falso y podrido es muy fina, y no ha habido, por el momento, redes sociales que la hayan sabido manejar bien. En el caso de Instagram, sin una acción clara y contundente que elimine todos los fake followers, castigue a quienes los usen y elimine a los reincidentes, o penalice todo intento por subvertir el correcto funcionamiento de la plataforma, no habrá ninguna posibilidad de salir de la dinámica actual, de un proceso que yo denomino “corrupción social”, equivalente a un cáncer, a una podredumbre. Y el problema, una vez más, no vendrá de las acciones de Instagram, sino de su inacción: de su incapacidad por prevenir y entender el funcionamiento de la naturaleza humana. Una fuerza que, sin límites ni restricciones, es capaz de destruir y convertir en completamente insostenible cualquier propuesta de valor.

 

Canal 24h OT - YouTubeDesde La Razón me llamaron para hablar sobre el papel de las redes sociales en el contexto de la popularidad de Operación Triunfo, un talent show que, en su novena edición que marcaba su vuelta a la primera cadena de TVE tras su paso por Telecinco, ha sido líder de audiencia en muchas de las semanas en las que se ha emitido, y ha supuesto niveles de popularidad nunca vistos desde su primera edición en el año 2001. Hoy, incluyen algunos de mis comentarios en la noticia titulada “Operación Triunfo: La nueva carta de ajuste” (pdf).

¿Qué lleva a que una fórmula aparentemente agotada, tras siete ediciones decreciendo en aceptación en Telecinco, y con un último intento de emisión en 2011 cancelado antes de tiempo por su escasa audiencia, vuelva a alcanzar niveles de popularidad comparables a los de aquella primera temporada en 2001? La respuesta, en gran medida, hay que buscarla en la gestión de las redes sociales, que dentro de un contexto “irregular” de concursantes a los que se priva, durante buena parte de los tres meses que dura el concurso, de la exposición a las noticias del exterior, ha sido capaz de generar un canal de YouTube que ofrecía una amplísima panorámica de lo que sucedía dentro de la Academia, pero sin buscar el detalle morboso o poco elegante que habría sido más característico de un programa tipo Gran Hermano. El canal ha llegado a tener más de 380,000 seguidores, y ha conseguido prolongar el contenido televisivo mucho más allá de lo que es el propio programa, que se emitía en la franja nocturna de los lunes.

Un gran número de personas se han “enganchado” literalmente al canal de YouTube, y permanecían atentos a los momentos clave de la vida en la Academia: los pases de micros, los ensayos, o simplemente, momentos divertidos o curiosos de la convivencia, que eran capturados y compartidos sin cesar a través de las redes sociales. Multitud de hashtags, de hecho, se convirtieron en trending topics en momentos en los que el programa no se estaba emitiendo, construyendo una comunidad en torno a esos contenidos que trascendía lo que es un simple programa de televisión. La ventana de chat en el canal de YouTube tenía momentos en los que se movía a tal velocidad, que reflejaba una actividad brutal, imposible de seguir, de fans queriendo crear y compartir contenido sobre los protagonistas. Muchos usuarios, de hecho, mantenían el canal de YouTube abierto a todas horas, bien en un ordenador, bien en una smart TV o en un Chromecast, hasta el punto de que varios días después de terminadas las emisiones, aún contaba con varios centenares de usuarios activos supuestamente viendo una imagen estática.

Terminado el paso por la Academia, los participantes, conscientes de la importancia de las redes sociales, han trasladado una buena parte de su actividad a cuentas de Twitter, Instagram o Facebook, en las que mantienen un diálogo razonablemente activo con sus fans y seguidores. Lo importante del programa, después de todo, es que ha sido capaz de atraer a Televisión Española y a la televisión lineal en general a un colectivo que hacia mucho tiempo que ya no estaba ahí, y que ha vuelto a engancharse, a crear contenido y a compartirlo en torno a algo calificable ya como de fenómeno de popularidad. En un momento dado, lo que generaba interés real era la emisión 24 horas de YouTube, mientras que la gala de los lunes, aunque era supuestamente el momento culminante, jugaba casi un papel secundario. En muchos momentos, de hecho, vimos estrategias publicitarias de marcas dirigidas concretamente a la explotación de las audiencias del canal de YouTube, dada la dificultad para explotar esa publicidad en una cadena pública en la que, salvo la ya explotada y a veces retorcida fórmula del patrocinio, existe una limitación legal para hacerlo.

Muy posiblemente, esas audiencias desaparezcan ahora, puesto que nada parece indicar que la cadena pública vaya a tener la sensibilidad de buscar vehículos para dinamizarlas, pero han demostrado que otra televisión es posible, que se puede construir en la pantalla teniendo en cuenta lo que ocurre alrededor de ella, y que se puede implicar al espectador de una manera sostenible y atractiva para que haga algo más que simplemente permanecer atento a la pantalla. Como experimento, independientemente de la calidad o el atractivo del contenido como tal, me ha parecido muy interesante.