IMAGE: Homekyle - CC BY SAEl año pasado, aproximadamente por estas fechas, hablábamos sobre la redefinición o muerte de los shopping malls o centros comerciales en los Estados Unidos a raíz del auge cada vez más generalizado del comercio electrónico, y lo que esto podía implicar de cara al futuro. Algo menos de un año después, las predicciones realizadas entonces por los bancos de inversión van camino de confirmarse: Business Insider da cuenta del apocalipsis de esos centros comerciales en un reportaje con cincuenta imágenes desoladoras, y un artículo del New York Times, This space available, incide ya no en la muerte de los centros comerciales, sino de la mayoría de las tiendas a pie de calle, o al menos, de las que no pertenecen a grandes cadenas de distribución capaces de hacer frente a los elevados costes de alquiler a cambio de una cifra de negocio decreciente, o de integrar esas tiendas en infraestructuras logísticas mixtas que les puedan dar sentido en términos de costes.

El cierre de los centros comerciales va, según algunos artículos más allá de la mera pérdida de espacios comerciales: se trata del mítico “tercer espacio”, tras el hogar y el trabajo, donde muchos norteamericanos de todas las edades no solo compraban, sino que también socializaban, llevaban a sus niños a jugar o comían en sus food courts. En algunos países, de hecho, este tipo de costumbres no solo no han mostrado su agotamiento, sino que incluso están aún en fase alcista, como en India, donde se espera la construcción de 85 nuevos centros a lo largo de los próximos cinco años. Pero en los Estados Unidos, a la espera de que la llamada Generación Z termine de definir sus costumbres, los centros comerciales están siendo como mínimo remodelados, pero también abandonados, demolidos, o incluso convertidos en símbolos de la nueva era, como almacenes de Amazon o centros de coworking.

La idea de salir de compras cuando las compras pueden venir a tu casa tras haberlas escogido cómodamente sin levantarte del sofá puede parecer anatema para toda una generación, pero es un cambio que está abriéndose indudablemente paso. Hasta hace poco, se hablaba todavía del showrooming, la práctica de acercarse a una tienda física para poder experimentar y tocar el producto antes de comprarlo, pero adquirirlo después en una tienda online a mejor precio. Ahora, ya ni siquiera eso: las tiendas online han convertido el proceso de devolución en tan sencillo, que mucha gente simplemente hace clic y procede a devolver si una vez visto el producto, no les convence. Un número cada vez más alto de personas renuncian a la idea de correr en las rebajas, y simplemente abren la página de tiendas de ropa que les permiten no solo escoger lo que quieren ponerse y recibirlo en casa, sino también probárselo cómodamente en su habitación con su propio espejo, y esperar a que venga después el operador logístico de turno a recoger las devoluciones, o acercarlas a una tienda física de la misma marca exhibiendo simplemente un código de barras en la pantalla del smartphone. Las compras de conveniencia, el “me falta esto”, se está viendo sustituido por una logística de última generación capaz de llevarte a casa los ingredientes del desayuno o las cuatro cosas que te faltan para una receta en menos de dos horas, algo que aún se ve como mítico fuera de las grandes capitales, pero que en estas se ha convertido ya en un hábito para muchos. Bajar a comprar a las tiendas del barrio es algo que ya solo se justifica para moverse y airearse un poco.

¿Qué pasa cuando superamos la primera fase del comercio electrónico, la de “compro aquello que no encuentro fácilmente en mi entorno a escasa distancia”, y pasamos a la segunda, a la de “compro cualquier cosa porque llega en seguida, es más barato o es más cómodo”? ¿Qué impacto tiene que dejemos de comprar artículos excepcionalmente, y pasemos a hacer sistemáticamente la compra y todo tipo de artículos a través de la web? ¿Qué nivel de consolidación veremos para estas tendencias dentro de unos años? ¿Estamos ante un cambio de era del comercio local tal y como lo conocemos, que podría llevar al cierre no solo de muchos centros comerciales, sino también de muchísimas tiendas de calle tal y como las conocemos? ¿Cuántas tiendas no pertenecientes a grandes cadenas quedan en tu barrio? ¿Qué edad media tienen sus clientes? ¿Está tu país o tu entorno en una fase más cercana a la de India, donde aún se abren nuevos centros comerciales y prolifera el comercio de calle a pesar del indudable avance del comercio electrónico, o más en línea con las grandes ciudades de Estados Unidos, donde estos establecimientos no dejan de cerrar y donde los locales vacíos proliferan a ritmos preocupantes?

 

IMAGE: Wokandapix - Pixabay (CC0)Desde hace unos meses, India tiene un gravísimo problema con la difusión de noticias falsas a través, sobre todo, de grupos de WhatsApp, que han llevado ya a la muerte de varias decenas de personas debido a linchamientos provocados por rumores transmitidos a través de la app relacionados generalmente con el secuestro de niños, y que han llegado incluso a provocar el cierre total de la conectividad a internet durante 48 horas en el estado de Tripura.

WhatsApp tiene más de doscientos millones de usuarios en India, su mercado más importante en todo el mundo, y el pasado 3 de julio fue requerida por el gobierno para tomar acción inmediata y poner coto a la difusión de este tipo de rumores. La respuesta de la compañía fue clara: debido al cifrado de los mensajes en su plataforma, el control de los contenidos que circulan a través de su red es inviable, y es necesaria la acción colectiva de gobierno y ciudadanos para poder plantear soluciones que no serán tecnológicas, sino que deberán basarse necesariamente en más información y educación.

La respuesta de algunas escuelas de Kerala, un estado en el sur de la India, ha sido comenzar a introducir en sus clases contenidos relacionados con las fake news y su transmisión, con la idea de educar a los niños para evitar que se crean y compartan todo aquello que les llega a través de las redes sociales. Los contenidos inciden en la definición de fake news y las precauciones que deben tomarse para aprender a reconocerlas y no colaborar en su difusión, en un país en el que, para un porcentaje muy elevado de la población con un nivel cultural muy bajo, el smartphone se ha convertido en una de las fuentes de noticias que consideran más fiable, y en donde los grupos de WhatsApp destacan porque les permiten acceder a noticias enviadas por conocidos que, supuestamente, las comparten llevados por buenas intenciones.

El problema con la aproximación tomada por las escuelas de Kerala es que han diseñado una introducción de este contenido en el curriculum educativo con un esquema vertical: unos contenidos específicos, que se introducen en una asignatura, y se explican a los alumnos en ese contexto. La aproximación vertical es adecuada porque permite tomar una acción rápida, puede llevarse a cabo con cierta facilidad simplemente actuando sobre el temario de una asignatura y sobre sus profesores, y en ese sentido, puede ser interesante como intento inmediato de poner un problema bajo cierto nivel de control, como forma de paliar los efectos de un tema coyuntural, incluso intentando convertir a los niños en embajadores de la idea de cara a sus familias. Pero en realidad, para hacerlo de manera sostenible, el problema debería ser planteado de manera no vertical, sino horizontal: fomentar el desarrollo del pensamiento crítico en todas las asignaturas a nivel metodológico, como forma de aproximarse a los contenidos de cada una de ellas. Únicamente cuando enseñemos a los niños a hacerse cargo de su responsabilidad en la gestión de los contenidos, y cuando lo hagamos de manera horizontal, podremos pensar en tener una generación de jóvenes que sean capaces de entender los mecanismos de las redes sociales, los esquemas de difusión, y los posibles intereses en la difusión de rumores y la manipulación.

No lo olvidemos: la tecnología nos ha permitido crear un medio de comunicación sencillo y al alcance de todos, lo ha dotado de mecanismos que lo convierten en irresistiblemente atractivo, pero por alguna absurda razón relacionada con los mecanismos de adopción de la tecnología, hemos renunciado absurdamente a introducir en el proceso educativo la educación en su uso, limitándola a unas cuantas advertencias absurdas sobre su peligrosidad que los niños tienden naturalmente a desoír. No, la forma de preparar a los niños para que usen internet de forma segura no es llevar invitados a sus clases que les advierten sobre los “terribles peligros” de la red, sino utilizando la red en todas las asignaturas y convirtiendo las prácticas de seguridad en algo cotidiano. La mejor forma de educar el pensamiento crítico es con más tecnología, permitiendo que sean los propios estudiantes los que tengan la responsabilidad de encontrar la información adecuada para su educación en todas y cada una de las asignaturas, y monitorizando el proceso adecuadamente para enseñarles qué información es fiable y cuál no lo es en cada caso. Menos libros de texto, menos fuentes únicas de información habitualmente utilizadas para el adoctrinamiento, y más buscadores, más contraste de fuentes, más verificación y más procedimientos para encontrar la información que se necesita en cada momento o la que mejor les ayuda a entender un concepto, una idea o un procedimiento.

Las acciones verticales sobre el curriculum educativo son meramente coyunturales: pueden servir para llamar la atención sobre un tema o iniciar los esquemas necesarios para su eventual desarrollo. Pero la verdadera estrategia debe ser horizontal, metodológica y aplicada a todas las asignaturas del curriculum, a todos los niveles. Sin ese cambio de mentalidad en la educación, seguiremos teniendo una sociedad fácilmente manipulable a golpe de fake news.

 

WhatsApp fake newsA medida que la tecnología, el periodismo, los gobiernos y una gama cada vez más amplia de actores intentan buscar soluciones contra la difusión de noticias falsas en redes sociales, más nos vamos dando cuenta de que, en realidad, el problema se debe a una ausencia de educación en el uso de una herramienta que cuenta con potentes sistemas que incentivan la compartición, unido a una cultura en la que mecanismos como la verificación, el contraste de fuentes o el desarrollo del pensamiento crítico no forman parte aún del proceso educativo.

Podemos desarrollar infinidad de herramientas; sistemas de verificación, fact-checkers o algoritmos para intentar combatir la difusión de las llamadas fake news, pero en último término, cuando las barreras de entrada a la publicación y difusión bajan dramáticamente, resulta imposible evitar que una persona que está deseando creer algo participe en su difusión a muchas otras personas que, probablemente, piensan igual que ella. Las únicas soluciones verdaderamente sostenibles, seguramente, están relacionadas con el cambio del proceso educativo y el desarrollo de habilidades  en el conjunto de la sociedad.

En el medio de toda la polémica sobre la circulación de noticias falsas, surge un canal que no es estrictamente y como tal una red social, pero sí juega a menudo un papel similar: estrictamente, WhatsApp y los sistemas de mensajería instantánea son canales interpersonales de comunicación, pero cuando la comunicación se estructura en grupos y las personas se convierten en vectores que reenvían y circulan información entre esos grupos, lo que tenemos es, en realidad, un mecanismo perfecto para la difusión, que puede ser apalancado por cualquier interesado en la creación de estados de opinión.

Recientemente, en una de las regiones centrales de India, dos jóvenes que detuvieron su automóvil para pedir indicaciones fueron linchados por una multitud que creyó que eran, tal y como habían leído en un mensaje ampliamente difundido por WhatsApp, criminales que buscaban matar a personas para comerciar con sus órganos. El meteórico crecimiento de WhatsApp ha convertido la plataforma de mensajería en un canal perfecto por el que circulan bulos de todo tipo y que, al no ser un canal público, se convierte en una caja negra que dificulta sensiblemente las labores de seguimiento y verificación. Personas de toda condición que creen hacer un favor a sus compañeros de grupo alertándolos sobre supuestas “noticias” que informan sobre la elevación de la alerta terrorista, sobre un nuevo tipo de robo o estafa, sobre el tremendo peligro de unos supuestos smartphones explosivos abandonados en la calle o sobre teorías conspiranoicas de todo tipo, pero que también pueden ser adecuadamente instrumentalizados para difundir noticias con propósito de manipulación social o política.

La evolución de las tecnologías implicadas en la lucha contra las fake news puede verse de día en día. Desde servicios de verificación como Verificado (México), Maldito Bulo (España) o las ya veteranas Snopes o PolitiFact (Estados Unidos), hasta herramientas basadas en blockchain que etiquetan las noticias en el navegador. Para cada avance en el desarrollo de, por ejemplo, deep fakes en vídeo que permiten alterar secuencias o voces para hacerlas parecer genuinas (¿cómo no lo voy a creer y a circular, si lo he visto con mis propios ojos?), surgen startups con rondas de capital interesantes centradas en su análisis y detección. Una cuestión central, en cualquier caso, sigue persistiendo: cómo conseguir que una persona no consuma o circule una información que está personalmente interesado en creer, por encima de cualquier sistema de verificación, porque coincide con su visión del mundo.

Hablar del tema, en cualquier caso, ayuda a generar una cierta conciencia: no, quien te envía esos mensajes a través de un grupo de WhatsApp no es necesariamente alguien interesado en tu bienestar, sino muy posiblemente, el fruto de un esquema de manipulación diseñado para esparcir un bulo determinado de manera interesada. La manipulación masiva recurriendo a herramientas como WhatsApp se ha convertido en algo tangible y demostrable, lo que nos obliga a tomarnos cada cosa que recibamos a través de ese canal y que tenga capacidad para trascender a cambios en nuestra forma de ver la sociedad con el más que nunca necesario grano de sal. Cuando leas o cuentes algo, piensa que si la única referencia que tienes es “me lo pasaron por WhatsApp” o “lo leí en WhatsApp”, es muy posible que sea un bulo.

 

Photo by Imaginechina/REX/Shutterstock (8881907b)

Las recientes imágenes de solares con miles de bicicletas abandonadas, apiladas y oxidándose a la intemperie, ciudades llenas de bicicletas tiradas por todas las esquinas, robadas o arrojadas a canales y vertederos han sido interpretadas por muchos como un signo del aparente fracaso de un modelo de negocio arrogante, de una planificación empresarial mal dimensionada, un ejemplo claro de los excesos del modelo de esa llamada sharing economy que ataca negocios consolidados, atenta contra las normas de negocios tradicionales, y que tantos adoran criticar.

La realidad, sin embargo, es tozuda, y parece mostrar que, por muy visualmente impresionantes que sean esas imágenes, la preocupación entre los participantes en el negocio del bike-sharing parece más bien escasa, y todo apunta a que este tipo de bicicletas están destinadas a jugar un papel importante en el futuro de la movilidad urbana. Por supuesto, ha habido fracasos y quiebras, pero también adquisiciones, expansiones y muchas, muchas rondas de inversión.

Uno de los gigantes de esta naciente industria, Mobike, anuncia su expansión a India, un gigantesco subcontinente con una escasa tradición en el uso de este tipo de vehículos pero en el que ya ha habido otros movimientos anteriores, y aclara un concepto de manera contundente: las agencias gubernamentales o municipales con las que ha hablado hasta el momento no se muestran especialmente preocupadas por el enorme diluvio de bicicletas y la cantidad de ellas que han tenido que retirar por estar abandonadas o incorrectamente aparcadas en la vía pública, lo ven como un hecho coyuntural, y las conversaciones se han centrado más bien en el potencial práctico de estos vehículos para aliviar la congestión y permitir desplazamientos cortos.

¿Hay problemas con el robo, el abandono o el vandalismo? Obviamente, este tipo de fenómenos existen, y conllevan la necesidad de hacer frente a las pérdidas que ocasionan a las compañías. Sin embargo, los inversores de estas compañías tampoco parecen especialmente preocupados por esta circunstancia, y todo indica que el pensamiento predominante es que se trata de un problema destinado a solucionarse con el tiempo, que existe un momento en que ese problema desaparece: los ladrones se cansan de llevarse bicicletas a sus casas, el mercado de bicicletas reconvertidas o repintadas se agota, y los vándalos dejan de ver gracioso destrozar una bicicleta o tirarla a un río. Asimismo, se espera que se desarrolle una cultura de uso más respetuoso, que lleve a dejar las bicicletas en lugares en los que no vulneren la normativa y de maneras que no molesten a terceros. Una cuestión de educación de los usuarios y de la población en general que se combate pasando de una visión de economía de la escasez a una de economía de la abundancia, persistiendo en la inversión el tiempo que sea necesario para ello.

¿Hablamos de negocios imposibles o de modelos en los que la rentabilidad no importa, de algún tipo de vulneración de las reglas del capitalismo? Obviamente no: los accionistas de estas compañías son como cualquier accionista de cualquier compañía, y esperan una rentabilidad asociada con su inversión. La diferencia está en que hablamos de planteamientos de negocio con una estimación de plazos completamente diferente: compañías dispuestas a invertir y financiar su crecimiento durante mucho tiempo, muchos más años de lo que considerábamos habitual, con la intención evidente de terminar generando flujos de caja positivos, pero varios años más tarde de lo que antes consideraríamos viable. Una visión a mucho más largo plazo, que tiene en cuenta escenarios que solo son posibles si la compañía alcanza una posición privilegiada de mercado y se convierte prácticamente en un estándar. No son compañías que practiquen el altruismo: esperan ganar dinero, pero no espera ganarlo mañana ni pasado mañana, y si esos ingresos no llegan hasta dentro de cinco de cinco años o más, simplemente se busca más inversión para sostener esa dinámica de crecimiento. Mientras existan inversores que compartan esa visión a largo plazo y no pierdan la paciencia, el modelo puede funcionar y seguir buscando generar esos cambios en el mercado que lo conviertan no solo en viable, sino también en exitoso y rentable. 

Cuidado con descartar demasiado pronto modelos en función de fotografías escandalosas o presuntas catástrofes: las sucesivas rondas de inversión, los planes de expansión y las actitudes de algunas de las compañías implicadas parecen implicar que los muertos que algunos matan gozan, en realidad, de buena salud.

 

IMAGE: Typography images - CC0 Creative Commons Con las redes sociales habituales y la publicidad bajo intenso control y escrutinio en los procesos electorales de cada vez más países del mundo, se multiplican las evidencias que apuntan a que los interesados en la manipulación de los ciudadanos están orientando cada vez más sus esfuerzos hacia una nueva herramienta, teóricamente más personal y sobre la que resulta mucho más difícil ejercer un control efectivo: la mensajería instantánea.

Diseñada inicialmente como medio de interacción personal, para conversaciones entre conocidos, la mensajería instantánea ha evolucionado para convertirse, en muchos casos, en una herramienta grupal a través de la que circulan y se difunden todo tipo de mensajes. Tras el papel aparentemente destacado de Facebook Messenger en la difusión de rumores y mensajes de odio racial en la crisis humanitaria de los Rohingya en Myanmar en 2017, Facebook ha decidido introducir opciones que permiten a los usuarios reportar conversaciones a través de la herramienta, con categorías como acoso, discurso de odio o suicidio, en un intento por ejercer un mayor nivel de control sobre una herramienta que, como tal, no es propiamente una red social, sino un canal de comunicación que ha excedido los límites de lo que originalmente era la comunicación interpersonal.

En el mismo sentido, algunos artículos apuntan al papel central que WhatsApp parece estar jugando en la campaña electoral de las próximas elecciones indias: una gran cantidad de grupos con elevados niveles de popularidad, partidos creando infraestructuras en las que sus miembros se responsabilizan de influenciar el voto de determinados grupos de personas, y difusión de mensajes que, por hallarse en principio dentro de un canal restringido a la comunicación privada, pueden exceder el tono o evitar el control que en principio se ejerce sobre la propaganda electoral o los mensajes de campaña tradicionales. En la práctica, una forma de tratar de influenciar el voto indeciso mediante una herramienta cuyas conversaciones discurren en un entorno cifrado al que ni siquiera la propia compañía tiene acceso, y que por tanto tendría necesariamente que partir de la propia denuncia del receptor del mensaje de cara a posibles acciones de control.

Cada vez son más las personas que consideran los grupos de mensajería instantánea como foros en los que reciben y comentan noticias de todo tipo. En realidad, como todo contexto social, hablamos de un canal a través del que pueden plantearse y escalarse acciones de ingeniería social, con el problema de que, en este caso, el control es todavía más difícil que en el caso de las redes sociales tradicionales. Grupos en los que habitualmente existe un contacto personal con algunos de los miembros, que típicamente reflejan y amplifican las creencias de sus participantes, y en los que los interesados en llevar a cabo procesos de manipulación pueden introducirse de manera relativamente sencilla, circular noticias falsas o mensajes inflamatorios, y poner en práctica todo tipo de técnicas de ingeniería social. Mientras en una red social resulta relativamente sencillo, para el gestor de la red, evaluar la difusión o el alcance de una campaña o acción publicitaria, en una red de mensajería instantánea este tipo de acciones de evaluación podrían resultar prácticamente imposibles.

La solución a este tipo de procesos no está, me temo, en un control de los canales que, en casos como el de la mensajería instantánea, se antoja prácticamente imposible. La solución hay que buscarla a más largo plazo, casi generacional, mediante procesos que, introducidos en la educación, ayuden a la creación de criterio, a la generación de prácticas como la verificación de fuentes, la depuración de mensajes, el contraste o el reconocimiento de procesos de manipulación: solo una sociedad que se prepare adecuadamente contra este tipo de procesos de intoxicación colectiva puede considerarse madura a la hora de desenvolverse en la era de unos medios sociales que han sido vistos por muchos como una auténtica oportunidad. Tras la experiencia de unas elecciones norteamericanas convertidas en prueba máxima, y previamente ensayadas en múltiples procesos electorales en otros países, ahora llega la enésima edición: la introducción en la ecuación de las herramientas de mensajería instantánea: algunos usuarios en India afirman estar expuestos a mensajes de contenido político prácticamente cada minuto, con contenidos que van desde las puras soflamas hasta las encuestas falsas con intención de dinamizar el voto, en un contexto en el que, además, el refuerzo social se construye en base a personas conocidas, a familiares o a amigos, lo que dificulta un eventual abandono del grupo. Un proceso que, mucho me temo, solo puede ir a más, y en el que las acciones de control se antojan sumamente complejas. La única solución es llevar a cabo más trabajo de información, más advertencias, más esfuerzos por evitar que los ciudadanos consideren un único canal como fuente infalible de conocimiento, en un proceso en el que muchos no creen aquello que tiene más sentido o más posibilidades de ser verdad, sino simplemente aquello que refuerza sus tesis o sus creencias. Y en este sentido, las herramientas de mensajería instantánea podrían estar convirtiéndose en toda un arma de manipulación masiva con importantes posibilidades de cara a próximos procesos electorales.

Nada es más fácil que manipular a aquel que prácticamente busca ser manipulado.