IMAGE: Mykhaylo Palinchak - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “El error de Theresa May” (pdf), y habla sobre la dirigente conservadora británica que acaba de ver esta noche cómo su adelanto electoral se traducía en una pérdida clara de votos y escaños que resulta en una situación de “parlamento colgado“, y sobre su trasnochada visión con respecto a la seguridad.

Hay muchos dirigentes políticos que pretenden adoptar una posición dura con respecto al terrorismo. Ese tipo de posiciones son habitualmente jaleadas por unos seguidores que buscan algún tipo de “magia”, de solución a sus problemas de inseguridad ciudadana, de actitud de “hermano mayor que te protege”. El problema es que ese tipo de soluciones duras, por mucho que algunos puedan pensar, no siempre son necesariamente las más acertadas. Cuando además, esas supuestas medidas duras se convierten en una manifiesta pérdida de derechos de los ciudadanos, la cuestión se vuelve todavía más compleja, porque era precisamente esa pérdida de derechos, esa situación de privación de libertades básicas y esa erosión de los derechos humanos lo que los terroristas pretendían conseguir. Si, para terminar de estropear el tema, algunas de esas medidas no sirven para nada y revelan un desconocimiento total del funcionamiento de la red, la cosa termina por prácticamente descalificar a un político. O debería.

Theresa May reaccionó al último atentado en el puente de Londres con un enough is enough y unas declaraciones en las que afirmaba que “si las leyes de protección de los derechos humanos interferían en el control del terrorismo, las cambiaría“. Unas declaraciones en tono duro que pretendía que sirviesen para elevar su popularidad, en la línea de otros tantos políticos británicos conocidos por adoptar posiciones duras en momentos difíciles. Sin embargo, las ideas de Theresa May tienen un problema: el primero y más evidente, que las cosas no terminan cuando la política de turno dice “enough is enough”, sino cuando se buscan soluciones genuinas y reales a los problemas. Es muy posible que el problema actual no tenga una solución clara, o incluso que se esté planteando en esos términos por vez primera en la historia, pero lo que decididamente no va a solucionarlo es el enésimo intento de incrementar la vigilancia y el control en la red.

Nunca en la historia hemos vivido un momento en el que las estrategias de los terroristas experimentasen una disminución tan brutal de las barreras de entrada. Las necesidades de comunicación y coordinación para llevar a cabo un atentado terrorista hoy son absolutamente mínimas: la acción puede llevarse a cabo con un simple vehículo alquilado o robado, con un cuchillo de cocina o hasta con un martillo. Esta estrategia de “terrorismo low cost” convierte en inútiles muchas de las estrategias de control utilizadas hasta el momento, y decididamente, hace que cualquier idea de vigilancia sobre aquellos que tienen en su casa un cuchillo de cocina o un martillo sean directamente ridículas, porque todos tenemos uno y sabemos, eventualmente, como utilizarlo. No es preciso entrenamiento ni coordinación alguna para empotrar un coche contra una multitud o para liarse a martillazos con un policía, y tratar de ejercer un control sobre ello sería directamente absurdo, además de, en caso de intentarse, suponer una pérdida injustificada de libertades para todos los ciudadanos.

Con la red pasa absolutamente lo mismo: pretender controlar lo que circula por la red o exigir puertas traseras a las aplicaciones de comunicación es directamente estúpido, algo que solo se le ocurriría a quienes no entienden la red. Simplemente, no sirve para nada, y en cambio, genera una erosión completamente inaceptable en las libertades y derechos de los ciudadanos. No sirve para nada, en primer lugar porque la variedad de herramientas y métodos de comunicación cifrados de manera inaccesible a disposición de los terroristas es ilimitado, y en segundo, porque realmente, para la comunicación que necesitan de cara a la preparación de un atentado, podrían llevarla a cabo mediante soluciones de tan baja tecnología como palomas mensajeras o señales de humo. Mientras May y los suyos se dedican a presionar a las compañías tecnológicas para que les entreguen puertas traseras que debilitan la seguridad de sus productos y que acabarían inexorablemente en manos de delincuentes, los terroristas seguirían comunicándose mediante una llamada de teléfono, un grito o una piedra lanzada a una ventana. La idea de “controlar internet para prevenir el terrorismo” no tiene sentido, y revela, además, un nivel de ignorancia brutal. Y como bien decía el gran y tristemente fallecido Aaron Swartz, “ya no es adecuado no entender cómo funciona internet”: la disculpa de que esas tecnologías no existían cuando tú naciste o estudiaste ya no funciona, no te excusa de nada. Si eres político, tienes que entender que internet se ha convertido en un elemento central de la vida que no puedes permitirte ir por el mundo tomando decisiones sin entender cómo funciona, porque eso te convierte, como mínimo, en un peligro. O en un idiota, como aquel patético infantilismo de Donald Trump que pretendía “llamar a Bill Gates para que cerrase internet“. No, con esos mimbres no se puede hacer ningún cesto. 

Theresa May y todos esos políticos que no entienden la red son parte de una generación trasnochada de dirigentes que deberían pensar en jubilarse o en dedicarse a otra cosa con menores niveles de responsabilidad sobre la vida de los ciudadanos. O, por qué no, en estudiar un poco y aprender, que no es tan complicado ni tan implanteable, muchos directivos de edades similares a la de Theresa May lo hacen constantemente. La solución al terrorismo podrá venir de muchos sitios, pero jamás vendrá de un incremento en el control de la red. Eso solo sirve para vigilarnos a los que no somos terroristas. Con esas estrategias, el terror siempre gana.

 

IMAGE: Dawn Hudson - 123RFAyer, el gobierno de Pakistán levantó una prohibición sobre YouTube que duraba desde el pasado septiembre de 2012, más de tres años, cuando algunas copias de una película titulada Innocence of Muslims, que critica y ridiculiza el Islam, aparecieron en la página. ¿Qué ha llevado al gobierno del país, más de tres años después, a finalizar la prohibición? Muy sencillo: que la compañía ha accedido a las demandas de la Pakistan Telecommunication Authority (PTA) y ofrece ahora una versión de YouTube específica para Pakistán, en la que este organismo puede hace peticiones directas de bloqueo de contenidos, que son bloqueadas de manera inmediata.

Detengámonos un momento a pensar en la cuestión: hablamos de un país en el que, como es el caso en unos cuantos más, la blasfemia es un delito que puede llevar acarreada la pena de muerte, y en el que quien decide lo que es o no una blasfemia es un poder religioso que se mezcla de manera indisoluble con el poder político, y que parece sustentado por una amplia mayoría de la población. Un país que no ha levantado su prohibición sobre un servicio de vídeos en la red hasta que este no ha accedido de manera inequívoca a su voluntad de control absoluto sobre los contenidos, que exige su derecho a su particular versión de la página, conforme a lo que consideran sus normas. Ni derechos humanos, ni libertad de culto, ni libertad de expresión, ni nada por el estilo: sus normas. Allí, no hay otras.

Cuando empezamos a utilizar internet, cuando se convirtió en una realidad con una difusión creciente, muchos vimos en ella una red verdaderamente universal, una herramienta poderosa para hacer un mundo mejor. La realidad ha sido terca y obstinada: el entorno sociopolítico del mundo en que vivimos no está preparado para algo así. El mundo actual no admite conceptos universales: lo que en algunos países forma parte de la libertad de las personas, en otros conlleva penas para algunos tan inaceptables como la muerte, o castigos como los latigazos. ¿De qué hablamos? ¿De países que han evolucionado con el tiempo y han desarrollado un consenso claro sobre lo que deben ser las libertades de las personas, frente a otros que están quinientos años por detrás? ¿O del derecho inalienable de los pueblos a decidir sobre sus leyes, culturas y costumbres, aunque a otros nos parezca sencillamente alucinante o completamente inaceptable en función de normas que consideramos universales? ¿Dónde están los límites de la corrección política que nos lleva a asumir que esas realidades van a ser así y no hay otro remedio que aceptarlas como están?

La pregunta es clara: la decisión de desarrollar una versión específica de YouTube para Pakistán sometida a sus deseos de retirada de contenidos… ¿es buena o mala para los pakistaníes? ¿Es mejor para Pakistán tener acceso a unos contenidos incompletos en YouTube que no tener acceso a nada? ¿O es mejor que la ausencia de YouTube les evidencie que viven en un país “diferente”? ¿Son esos países anomalías que debemos esforzarnos en corregir, poniendo todos los medios para que sean conscientes de sus carencias, o diferencias que debemos esforzarnos por entender y aceptar, ofreciéndoles todas las posibilidades de adaptación? Google se retira de China en enero de 2010 porque considera inaceptables las reglas de un gobierno que exige unos niveles de control determinados sobre los contenidos y las actividades de sus ciudadanos en la red, pero retorna a Pakistán en enero de 2016 porque considera que las reglas de un gobierno que exige unos niveles de control determinados sobre los contenidos y las actividades de sus ciudadanos en la red sí lo son. ¿Cuál de las aproximaciones a la cuestión tiene más sentido? ¿Cuál es más lógica? ¿Está Google ya preparando su vuelta al mercado chino? ¿Debemos renunciar a normas que consideramos universales, como los derechos humanos, la libertad religiosa o la libertad de expresión, en función de… qué? ¿De un interés empresarial? ¿De los deseos de impulsar un cambio que haga avanzar a esos países o los lleve a reflexionar sobre sus circunstancias? ¿Era internet un sueño de universalidad que la realidad del mundo demostró imposible?

 

Free RaifEsta mañana me llamaron de Radio Nacional para comentar con Alfredo Menéndez una de las noticias importantes del día, la entrega del premio Sájarov del Parlamento Europeo al escritor, disidente y activista saudí Raif Badawi.

La historia de Raif Badawi ha sido ya comentada en un gran número de sitios: tras la puesta en marcha y mantenimiento de la página Free Saudi Liberals, fue detenido en el año 2012 por “insultar al Islam a través de canales electrónicos” y llevado a juicio por varios cargos que incluían la apostasía, y sentenciado a siete años de cárcel y seiscientos latigazos, pena que posteriormente fue incrementada hasta los diez años, mil latigazos y una multa. Tras la administración de los primeros cincuenta latigazos, el resto de la pena ha sido pospuesta en doce ocasiones debido a su delicado estado de salud.

Lo importante de la historia de Raif Badawi no es que sea un blogger, sino su condición de escritor, disidente y activista. Que utilice un blog para difundir sus ideas y sus escritos es, en este caso, lo de menos. Badawi se encuentra en la tesitura de cuestionar seriamente la mismísima esencia del régimen saudí, una monarquía que no solo no respeta en modo alguno los derechos humanos, sino que denigra además cuestiones tan centrales para una sociedad civilizada como la condición de la mujer, o libertades individuales tan básicas como las de expresión, culto o pensamiento. Hablamos, sencillamente, de un régimen sin civilizar al que se le tolera todo sin marginarlo internacionalmente debido a su condición de productor petrolífero y al hecho de poder disponer de todo aquello que el dinero puede comprar. El régimen saudí se enfrente a a una apertura progresiva a medida que se suceden las generaciones de reyes en el tronco familiar, y también a medida que se preparan para un futuro sin petróleo, bien por el agotamiento natural de sus yacimientos o por el desarrollo de energías alternativas que condiciones una demanda menor y un descenso de los precios en los mercados. A medida que el país se prepara, como ya llevan tiempo haciendo otros emiratos del golfo pérsico, para un futuro en torno al turismo y a otras fuentes de ingresos alternativas, la apertura del régimen es algo completamente inevitable.

La importancia de Raif Badawi está presisamente ahí, en su capacidad de señalar lo que es para muchos una colección de hechos obvios, pero que no está permitido señalar. El hecho de que utilice un blog se debe simplemente a que es una manera sencilla y eficiente de crear una página web, pero como magistralmente dijo Hernán Casciari en su conferencia de clausura del EBE 2008, es tan “bloguero” como podríamos calificar a un peridista de hace años como un “boligrafero” o “maquinadeescribidor”. Ser blogger no es una condición, ni una religión, ni una enfermedad, ni siquiera una identidad o una tendencia. El blog es solo la herramienta, lo importante está en sus ideas, no en el canal que utilice para expresarlas.

Además de servirnos para evocar la enorme importancia del activismo, Raif Badawi debe servirnos para reflexionar sobre la importancia de la tecnología: sin una red capaz de ofrecernos herramientas sencillas y eficientes como los blogs o las redes sociales, sus ideas, fácilmente censuradas en todos los medios clásicos bajo el control gubernamental, estarían confinadas a una circulación escasa, al ámbito de la Ciclostil o al comentario de café. En realidad, Badawi es el resultado que surge cuando combinamos el origen de la primavera árabe, en el que  nos encontremos innumerables historias que tienen como protagonistas los blogs y redes sociales como Facebook o Twitter, con los deseos de continuidad de una monarquía saudí empeñada en luchar contra los tiempos. Su condición principal y que merece ser resaltada no es la blogger, del mismo modo que no lo es la mía: él es un activista como la copa de un pino, y yo un profesor. Usamos un blog simplemente porque nos parece una buena manera de mejorar nuestro ratio de eficiencia, la cantidad de esfuerzo que necesitamos invertir para alcanzar una difusión determinada.

Los latigazos no se los dan por tener un blog, no se los darían si su blog fuese de gastronomía o de turismo. Se los dan por poner en circulación ideas que cuestionan un régimen teocrático y déspota que no admite bajo ningún concepto ningún tipo de cuestionamiento. El Parlamento Europeo no homenajea a los bloggers, sino al activismo, a la libertad de pensamiento y a la lucha de quienes intentan expresarse en un ámbito marcadamente hostil. El blog simplemente le ha proporcionado un canal para hacerlo. Nada más. Y por supuesto… nada menos.