Game over: Kasparov and the machine (THINKFilm)Mi columna de El Español de hoy, titulada “Otra inteligencia artificial“, es un intento de utilizar el reciente desarrollo de un investigador especializado en deep learning, Matthew Lai, que ha creado un algoritmo llamado Giraffe capaz de aprender a jugar al ajedrez a nivel de maestro internacional en tan solo setenta y dos horas, para explicar las posibilidades de la inteligencia artificial y el machine learning de una manera razonablemente didáctica.

Se suele asociar la inteligencia artificial con la fuerza bruta computacional, con enormes supercomputadores del estilo del famoso Deep Blue o Watson, de IBM, capaces de vencer al campeón del mundo de ajedrez o a los mejores jugadores de Jeopardy gracias a la posibilidad de procesar masivamente datos en cantidades que exceden en mucho las posibilidades de un cerebro humano. Sin embargo, a pesar de que el deep learning es ya una disciplina razonablemente arraigada, se tiende a prestar poca atención, al menos a nivel de divulgación, a la posibilidad de que una máquina leve a cabo procesos de aprendizaje más enfocados a la eficiencia, al análisis de situaciones similares o de series históricas de datos para plantear modelos de aprendizaje más parecidos a los que desarrolla un cerebro humano.

La idea es que aunque el cerebro no deba ser necesariamente el modelo para la máquina, sí puede ayudar a conceptualizar formas de plantear el aprendizaje que ayuden a mejorar la eficiencia (¿por qué estudiar posibilidades que resultan completamente absurdas o extremadamente improbables?) o a evaluar situaciones de manera más adecuada. Mi pretensión con el análisis es ayudar a aquellos que dispongan de datos a evaluar si pueden ser adecuados como para alimentar a un algoritmo capaz de aprender a tomar decisiones con ellos: son muchas las compañías que toman decisiones mediante análisis de datos, pero mi experiencia es que no son tantas las que ven en tecnologías la inteligencia artificial y el machine learning una herramienta capaz de ayudarles. A ver si a través de ejemplos como el del ajedrez y el cambio de dimensión de este tipo de tecnologías empiezan a visualizar sus posibilidades.

 

IMAGE: Csaba Peterdi - 123RFUn reciente artículo de New York Times, “In Sweden, a cash-free future nears”, da cuenta de la evolución de la sociedad sueca hacia un uso cada vez menor del dinero en metálico en beneficio de las tarjetas de crédito y el pago mediante apps en el smartphone.

El artículo, que ha recibido bastante atención en redes sociales, es uno más de una lista que suelo utilizar en mis charlas a directivos de banca sobre innovación, en donde los países nórdicos suelen aparecer como pioneros, y que han desencadenado hipótesis en países como el Reino Unido o Australia, acerca de los posibles beneficios e inconvenientes de acabar con la circulación de dinero en metálico. El avance de diversos países en ese sentido es evidente: en los Estados Unidos, tras la llegada y popularización de sistemas como Square o Apple Pay, el volumen de transacciones comerciales llevadas a cabo sin intercambio de dinero en metálico alcanza ya el 80%. En Corea del Sur es del 70%, en Holanda del 85%, en Canadá del 90% o en Bélgica del 93%. Si aparcas tu vehículo en Amsterdam y pretendes pagar en un parquímetro, olvídate de hacerlo en monedas o billetes: solo aceptan tarjetas, un instrumento que el 98% de los ciudadanos llevan en su bolsillo. Si vas de tiendas, un número creciente de ellas han dejado igualmente de aceptar pagos en metálico. En Suecia, muchos bancos ya no aceptan ni entregan dinero, y no puedes subirte a un autobús o al metro si no cuentas con alguna forma de pago que no conlleve metálico.

Hace ya varios años, en un viaje de dos días a Londres para dar un par de sesiones de clase, me encontré en Heathrow a una hora relativamente tardía y sin haberme acordado de cambiar dinero. No supuso el más mínimo problema ni para desplazarme, ni para hacer algunas compras, ni siquiera para tomarme alguna cerveza en un pub dejando la correspondiente propina. En Australia, un millonario ha propuesto un No cash November, un mes entero sin utilizar metálico, vinculado con una iniciativa de tarjeta de débito para personas en exclusión social que les permite recibir sus asignaciones estatales, pero excluye la adquisición de alcohol, juegos de azar y la obtención de dinero en metálico.

¿Cuáles son las variables afectadas, en términos de beneficios y perjuicios, de una sociedad que excluye las transacciones en metálico del sistema económico?

  • Trazabilidad: las transacciones electrónicas, al menos en su desarrollo más habitual, permiten el seguimiento. Para algunos, una gran ventaja que impediría el desarrollo de la economía sumergida y obligaría al afloramiento del dinero negro y a su fácil seguimiento de cara al pago de impuestos, uno de los principales factores que llevan al interés de los gobiernos. Para otros, un problema a la hora de llevar a cabo determinadas transacciones que requieren anonimato o, cuando menos, discreción. Ni siquiera el uso de bitcoin, popularizado en gran medida por su uso en transacciones al margen de la ley, garantiza el anonimato.
  • Seguridad: vinculado con la variable anterior, el abandono del cash implica de manera casi automática una disminución de la delincuencia, no solo por la disminución de delitos violentos destinados a obtenerlo, sino por la mayor dificultad de llevar a cabo transacciones con objetos robados. En Suecia, los robos de bancos y en transportes de dinero han descendido a su mínimo histórico desde que se cuenta con datos. La contrapartida, los ciberdelitos, son indudablemente un factor a tener en cuenta (en Suecia se han duplicado en valor), pero tienden a no conllevar violencia física. Es muy posible que la delincuencia forme parte de la naturaleza humana y que sea completamente imposible plantearse su erradicación total, pero al menos, llevarla a terrenos en los que no implique violencia contra las personas parece un comienzo interesante.
  • Marginación de sectores de la sociedad, no solo debido a niveles más bajos de bancarización, sino también a la necesidad de contar con un smartphone o, simplemente, de saber utilizarlo. Todos aquellos que en España han visto a un familiar mayor lidiar con el cambio de pesetas a euros, o que ven sus dificultades al intentar utilizar un smartphone – ya no solo el reto de utilizarlo como tal, sino cuestiones como el mantenerlo actualizado o seguro – saben sin duda de qué hablamos. Pero no solo a personas mayores: obligar a todo aquel que quiera efectuar transacciones a tener una cuenta en un banco puede excluir a los muy pobres, a refugiados, inmigrantes y otra población en riesgo.
  • Privatización de la actividad económica: la idea de que las transacciones económicas pasen a estar controladas por bancos, por emisores de tarjetas de crédito o por empresas tecnológicas tiene numerosos detractores. Mientras el uso de dinero en metálico genera costes a los bancos, el dinero electrónico es una fuente de ingresos, lo que explica su entusiasmo. Por otro lado, no solo está el hecho de que estas actividades pasen a conllevar el pago obligatorio de una comisión, sino por el nivel de control que puede traer aparejado consigo. Desde hace muchos años no utilizo PayPal, simplemente porque en su momento se negó a permitirme donar dinero a Wikileaks, una donación para la que no pretendía obtener anonimato, pero que no correspondía a la financiación de ninguna actividad ilegal: la misma herramienta con la que podía donar al Ku Klux Klan, me impedía donar a una causa que no estaba siendo enjuiciada por tribunal alguno.
  • Mayor facilidad para el gasto / orientación al consumo: mientras el dinero en metálico proporciona un refuerzo limitante (gastas el que llevas en el bolsillo), el uso de instrumentos como la tarjeta o el smartphone otorga una facilidad que puede llevar a que muchos gasten de manera irresponsable o incluso se endeuden de manera impulsiva.
  • Gastos pequeños: los porcentajes de uso en muchos países esconden el hecho de que se suelen indicar en volumen de intercambio económico, no en número de transacciones. La realidad indica que existe un amplísimo número de transacciones de pequeño importe que se realizan en cash, desde una propina a una limosna, que tienen su importancia y que aún tienen complicado justificar una comisión o una operativa específica. Mientras en algunos países la costumbre de incorporar la propina a la factura de la tarjeta ya está completamente institucionalizada, en otros resulta extraño,cuando no directamente imposible hacerlo. Pensar en dejar un euro a un pobre en una esquina mediante una tarjeta o una app resulta, a día de hoy, completamente implanteable.
  • Control gubernamental: en un mundo futurista, nuestras cuentas corrientes ya no están en un banco, sino en el banco central o directamente en el gobierno. Los bancos siguen existiendo y prestando dinero, pero no lo obtienen de los depositantes, sino del mismo banco central. Un modelo que otorga al gobierno mucho más control a la hora de lidiar con ciclos económicos. La idea de que el dinero esté en manos y bajo el control del gobierno, y que no podamos, por tanto, almacenarlo fuera del sistema (como dice el tópico, “debajo del colchón”) elimina un grado de libertad que, aunque menos utilizado actualmente, sí ha representado un recurso en manos de los ciudadanos en otras épocas.
  • Fallos: desde simplemente quedarse sin batería, a ver nuestra tarjeta desactivada por error nuestro o del banco, a que el sistema deje de funcionar por la razón que sea. La idea de quedarse de repente sin dinero o sin posibilidad de utilizarlo resulta desagradable, y lleva a muchos a expresar su desagrado con el uso de transacciones electrónicas en el día a día.

¿Más factores? Es seguro que se me habrá escapado alguno, y agradeceré si lo incluís en los comentarios. Lo que es seguro es que, por estos u otros factores, la transición hacia una sociedad sin dinero en metálico no se producirá de manera inmediata, ni mediante una imposición centralizada. Tendrá lugar a medida que se impongan métodos más cómodos, eficientes y sencillos, con una transición prácticamente generacional, y con un largo período en el que, además de nuestros smartphones y nuestras tarjetas, seguiremos llevando algún billete guardado en algún sitio “por si acaso”. En cualquier caso, es algo que sin duda llegará, y que va a cambiar muchas cosas. Vayamos pensando en ello.

 

Twitter trollingTwitter vuelve a afirmar que se dotará de medidas para luchar contra los trolls y contra el acoso y los insultos en su red, un propósito que ya hizo hace algo más de un año, pero que ha tenido, en realidad, muy escasa trascendencia.

Al cumplir los diez años, Twitter continúa comprobando su problema de crecimiento: le resulta difícil encontrar propuestas de valor que lleven al usuario medio a compartir información de cualquier tipo, ante el riesgo de convertirse de repente en objeto de ataques de todo tipo por parte de una jauría de elementos que recuerdan mucho más a una turba enfebrecida que a ese mito de las llamadas smart mobs o multitudes inteligentes. Son ya numerosos los casos en los que una persona recibe de repente una visibilidad elevada por la razón que sea, pero termina tomando la decisión de abandonar Twitter ante los ataques de todo tipo que recibe por las razones más variadas. La red que pretende hacer de la facilidad e inmediatez de la publicación su propuesta de valor más clara tiene un serio problema derivado precisamente de esa facilidad e inmediatez: un número excesivamente elevado de descerebrados e idiotas utilizando cuentas habitualmente con seudónimo se dedican, mediante el insulto o la ironía descarnada, a competir por ver quién da un paso más allá de las líneas rojas que definen – o que deberían definir – la interacción social.

No es una cuestión de anonimato. Las cuentas en Twitter no son anónimas, sino seudónimas. La compañía puede colaborar – y lo ha hecho en numerosas ocasiones – a la hora de localizar infractores por diversos delitos, como puede también actuar directamente para limitar el daño producido. Como todo lo que ocurre en Twitter, los insultos quedan recogidos en un fichero log, y son mucho más trazables que en su equivalente en la calle o en el cara a cara. El anonimato no es el culpable: la responsabilidad recae en quienes dejan de actuar contra el infractor cuando podrían – y sin duda, deberían – hacerlo, convirtiéndose así en cómplices.

El problema del trolling en Twitter lo he sufrido de manera directa en varias ocasiones, y en una de ellas se convirtió incluso en una discusión con uno de los fundadores originales de la compañía, Biz Stone. Tras entrevistarle en Sevilla en noviembre de 2007 con motivo de su paso por el EBE, seguí su recomendación de reportar una cuenta que se dedicaba específicamente a practicar un tipo de parodia que, sin ser un insulto directo, sí podía calificarse entonces claramente como de acoso, para encontrarme con que las acciones de la compañía me dejaban claramente más expuesto al efecto de ese acoso que antes de haber hecho nada, como había sido mi intención inicial. Tras un breve intercambio de correos (que aún conservo) con una persona de su equipo en el que llegó incluso a pretender convencerme de que “aquello en realidad no era un insulto de acuerdo con sus criterios, o no era para tanto”, terminé precisamente comentando que ese tipo de comportamientos de acoso e insultos en su red terminaría por convertirse en un obstáculo importante a su expansión. Algo que parece que Twitter ha tardado casi una década en comprobar.

Las fronteras entre el humor o la ironía y conductas como el acoso o el insulto son algo que, como en otros entornos no electrónicos, debe definir aquel que es precisamente objeto de dichos comportamientos. Si en el patio de un colegio preguntamos a un matón o bully si está acosando a una víctima, este responderá sin ningún genero de dudas que no, que él no está haciendo eso, que en realidad todo es una broma y que el problema está en el acosado. El abuso y la institucionalización de ese tipo de comportamientos lleva, de hecho, a que el resto del entorno los aplauda, los jalee y los vea como normales, o incluso a que la propia víctima termine por verlos como culpa suya. Años de estudios sobre situaciones de bullying llevan a este tipo de conclusiones: cuando algo parece inadecuado a los ojos de un observador o de la propia víctima, es que lo es, y todo intento de matizarlo se convierte en complicidad.

Ese precisamente ha sido el problema de Twitter: el intento por parte de la compañía de establecer algún tipo de métrica objetiva para determinar si un comportamiento era o no insulto o acoso, o bien si caía dentro de lo aceptable, en lugar de simplemente preguntar al insultado o acosado si se sentía como tal, se ha convertido en muchísimos casos en una abierta complicidad con los insultadores o acosadores, en un intento de respetar una supuesta libertad de expresión que, en la inmensa mayoría de los casos, resultaba no solo completamente inaceptable, sino abiertamente injusta. No hace falta métricas objetivas para definir un comportamiento de acoso: se sabe inmediatamente cuando se ve. Pretender que una persona, por el hecho de tener una cuenta de Twitter, tenga que aguantar determinadas expresiones, llámese ironía cruel, humor de mal gusto o abiertamente injurias, que nunca tendrían lugar en un intercambio normal de pareceres frente a frente es querer defender lo indefendible. Es pretender que la libertad de expresión se convierta en libertinaje para insultar a quien se nos ponga delante. Es, con el pretexto de salvaguardar algo tan importante como la libertad de expresión, prostituirla pretendiendo que debe dar cobijo a imbéciles que solo pretenden hacer daño a otros, sin que se produzca ningún otro tipo de beneficio para nadie. Durante demasiado tiempo, Twitter ha sido la metáfora de la plaza pública en la que se instala el patíbulo, mientras todos aplauden al verdugo y miran con morbo como el ajusticiado da sus últimos pataleos… antes de cerrar su cuenta.

Hay muchas posibilidades a la hora de preservar un clima razonablemente sano en Twitter, y todas ellas se dirigen a lo mismo: que el insulto y la injuria no salgan gratis. Podemos pensar en convertir en invisibles a aquellos que manifiestan conductas inaceptables, de manera que solo se vean ellos mismos; en desarrollar un sistema de karma que se pierda cuando una conducta es denunciada por un número determinado de usuarios; en expulsiones sumarias de aquellas personas que manifiesten comportamientos asociales acompañado de medidas que dificulten el registro de una nueva cuenta; y por supuesto, en la educación de los usuarios con respecto a los límites de la legalidad y en la disponibilidad de un equipo preparado para enfrentarse a estos casos con determinación, rapidez y operatividad (en mi experiencia personal, las personas que se encargan actualmente de esos temas son muy pocas, muy lentas, tienden inequívocamente a ponerse del lado del que insulta, y ofrecen escaso consuelo o remedio a la situación). Sí, los trolls y el trolling es tan antiguo como internet (o mucho más), pero en Twitter parece haber encontrado su plataforma perfecta.

Si Twitter quiere hacerse atractivo para el usuario medio, tendrá que perder el componente de intimidación que hoy tiene. Tendrá que evitar que existan “justicieros” que van por el mundo dando mandobles a diestro y siniestro, repartiendo supuestos carnets de tuitero como guardianes de la ortodoxia, o creando cuentas con el propósito claro de insultar y descalificar a todo aquello que se ponga en su punto de mira. Tendrá que vigilar a esos campeones de la ironía que se amparan en una supuesta libertad de expresión para insultar de manera inaceptable, detener comportamientos gregarios que incitan al linchamiento, y ponerse del lado del débil cuando tienen lugar. Que muchas personas teman a Twitter porque es susceptible de provocar graves daños a su reputación o de ponerlos en el ojo de un huracán es algo que explica perfectamente la falta de crecimiento de la plataforma. No, no es sencillo en una red con las características de Twitter, pero definitivamente es algo que debe hacerse.

Una cosa es opinar de manera más o menos vehemente, y otra insultar, vejar o linchar públicamente, por mucho que a algunos les divierta. Y no es ya una cuestión de corrección política, de pretender convertir Twitter en Disneylandia o de simple supervivencia empresarial: es actuar como se debe, como haría cualquier persona en cuya plataforma tuviesen lugar esos comportamientos de manera sistemática. Si yo fuese responsable de una plataforma, no me gustaría verla utilizada para causar daño de manera irresponsable, ver cómo surgen bullies jaleados por la masa que se dedican a ganar seguidores y popularidad mediante comportamientos abiertamente crueles. Por el momento, Twitter, a pesar de haberlo dicho, ha sido incapaz de actuar con claridad en este sentido. Cada vez más, aparentemente, va dándose cuenta de que eso se ha convertido en uno de sus principales problemas, una de las causas de su escaso crecimiento. Veremos si es capaz de enderezar su rumbo.

 

Congreso España Diciembre 2015 (IMAGE: Sfs90 - Wikipedia)Mi columna de hoy en El Español se titula “Tiempo de política“, y es una pequeña reflexión sobre los resultados de las últimas elecciones generales españolas y el drama que algunos pretenden dar a entender que supone un arco parlamentario fragmentado y sin mayorías absolutas.

Oír hablar de “ingobernabilidad”, de “debilidad” o de “inestabilidad” a los políticos españoles evidencia una cuestión clara: que se sienten incapaces de gobernar en cualquier situación que no sea la de una clara mayoría en el Parlamento. En cuarenta años de democracia, todos los gobiernos han dispuesto o de mayorías absolutas, o de pactos alcanzados al principio de la legislatura que aseguraban los votos necesarios para aprobar todo lo que necesitasen aprobar. El resultado es muy sencillo: gobiernos que se sienten autorizados a hacer prácticamente lo que les dé la gana, a aprobar cualquier ley aunque no vaya en el mejor interés de los ciudadanos, o aunque vaya incluso abiertamente en contra. Gobiernos con mayoría absoluta o con pactos pre-negociados han aprobado las leyes más aberrantes de la historia de nuestra democracia, simplemente “porque podían”. En el fondo, llevamos cuarenta años gobernados por mediocres incapaces de hacer política, que únicamente saben actuar cuando tienen mayoría absoluta en un Parlamento convertido en mero trámite – o peor, en teatrillo mediático.

No, el Parlamento no está para hacer teatro y escenificar enfrentamientos. Está para que cada ley tenga que aprobarse convenciendo a los diputados de otros partidos, para que sea necesario negociar, pactar, buscar posiciones intermedias, dialogar, evitar el sectarismo… Es muy posible que eso, para muchos de los representantes de la “vieja política”, sea implanteable. Que no puedan imaginarse haciendo leyes que después tienen que discutirse, en lugar de simplemente ser aprobadas mediante el rodillo, por mero trámite. Si no saben, que se retiren. Lo que llevamos cuarenta años viendo no es política, es una farsa, sentarse en un escaño para apretar el botón que te han dicho que aprietes (e incluso así, a veces se equivocan). Si no saben hacer política, que lo dejen y que pasen otros que sepan.

Un Parlamento fragmentado no es una amenaza de ingobernabilidad ni de caos, es una oportunidad para que las leyes tengan que aprobarse negociando y convenciendo, en lugar de mediante un mero trámite. Esos meros “trámites”, entre otras cosas, son los que han llevado a la política española a la consideración que tiene ahora. A ver si empezamos a entender el significado de la palabra “política”, porque la inmensa mayoría de los políticos que hemos visto hasta ahora en nuestro país ni siquiera merecen ese nombre.

 

Social media fed upAyer miércoles estuve en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas, hablando con Sergio Martín del agotamiento social, un término que nos inventamos derivándolo directamente del “social media fed up” o el “social media fatigue” utilizado ya de manera relativamente habitual en inglés. El vídeo está disponible en la página del programa, a partir del minuto 01:33:05.

La idea era comentar casos como el de Essena O’Neill, la adolescente australiana con más de 612.000 seguidores en Instagram que decidió de repente revelar todo lo que había detrás de sus fotos y de su actividad social llevada por la idea de que “social media is not real life”, el de Sean Parker cuando afirmó que “el social media era una manera de alimentar nuestro narcisismo“, o el de Ed Sheeran anunciando su retirada durante al menos un año de las redes sociales para evitar “ver el mundo a través de una pantalla“.

La fatiga con los medios sociales responde a un esquema evidente: una innovación con una difusión rapidísima, que además cambia sus características de manera relevante también a gran velocidad. Gran confusión de medios, canales y herramientas, con usos, protocolos y consecuencias muy distintas en todas ellas. El usuario que empieza utilizando mensajería instantánea se encuentra en poco tiempo utilizando MySpace, Facebook o Twitter, sin realmente darse cuenta de hasta qué punto uno es diferente del otro. He visto adolescentes utilizando Twitter para comunicarse entre ellos exactamente igual que lo hacen utilizando Instagram o WhatsApp, sin siquiera plantearse que en unos sitios los mensajes son públicos y en otros no. Por otro lado, los protocolos también cambian, y quien utilizaba Twitter cuando la herramienta inicia su andadura para contar lo que hacía a cada momento, se encuentra de repente con que Twitter ya no es para eso, sino para compartir noticias, ideas ingeniosas y pensamientos. Todo cambia, lo hace a gran velocidad… y por momentos, nos agota.

En efecto, hay personas que viven aparentemente por y para las redes sociales. Existen infinidad de casos de adolescentes y no tan adolescentes que abusan de las redes sociales o que no despegan su nariz de la pantalla ni cuando están con alguien, vulnerando todo tipo de protocolos de educación y buenas maneras. Y hay, lógicamente, quien tras una temporada de abusar de algo, se da cuenta de que está harto y necesita desconectar. O quien tiene un disgusto por haber compartido lo que no quería. Todo ello es lógico que ocurra en un entorno que cambia y evoluciona a tanta velocidad. Lo importante, por tanto, es que relativicemos las cosas: que alguien necesite desconectar una temporada si ha abusado de algo es lógico, pero eso no quiere decir que lo que utilizaba fuese malo, negativo o de alguna manera pernicioso. Que alguien no haga ni caso a su entorno inmediato porque está todo el tiempo pendiente de una pantalla no tiene sentido, y responde más a una falta de control y de reglas básicas de educación que a algo negativo vinculado con la herramienta en sí. Que necesitemos desconectar de vez en cuando solo indica que durante algún tiempo hemos estado, seguramente, “demasiado conectados”. Todo lo bueno, utilizado en exceso, termina matando. Todos creen saber más que nadie de social media. Las redes sociales ayudan al debate, pero bajo determinadas circunstancias, matan el debate, llevándonos a todos a ser demasiado influenciables por nuestro entorno. Nada está claro. Todo está en evolución.

Las redes sociales no son malas. Simplemente estamos, como sociedad, aprendiendo a utilizarlas. Poniéndolas en su lugar. Muchas veces, y para muchos, aprender a poner determinadas cosas en su lugar exige desconexiones, reflexiones y ajustes en las escalas de valores y prioridades. Eso es todo. No hay dramas, no hay descalificaciones ni necesidad de enmiendas a la totalidad. Las cosas se ajustan con el tiempo y con la adecuada educación. Ed Sheeran volverá a Instagram, Essena O’Neill terminará por establecer con las redes sociales una relación más sana y sincera que la que tenía, tus hijos se beneficiarán de un poco de disciplina cuando les prohibas utilizar el teléfono a la hora de comer, y todos estaremos más a gusto si, estas navidades, nos fijamos más en las personas que tenemos alrededor y menos en las que están al otro lado de la pantalla. Lo cual no quiere decir que de vez en cuando nos detengamos, apuntemos esa frase o hagamos esa foto, y la compartamos en nuestras redes sociales. No es para tanto, no muere ningún gatito, no nos convertimos súbitamente en malvados y no estaremos “viendo la vida a través de una pantalla”. No necesitamos reclamar nuestras vidas de las garras del social media, simplemente necesitamos aprender a usarlas con mesura. Todo en su justa medida, por favor.