Sueldos: materia reservada - El País (pdf)Ramón Oliver, de El País, me llamó para hablar sobre políticas retributivas de las compañías y transparencia, inspirado por una entrada que publiqué en julio del año pasado titulada “Los límites de la transparencia” en la que comentaba un experimento llevado a cabo en ese sentido en Google. El pasado sábado, Ramón publicó un artículo en El País Negocios titulado “Sueldos: materia reservada” (pdf), en el que cita algunas de mis opiniones junto con las de otros profesionales y hace referencia a Glassdoor, el servicio norteamericano en el que empleados y ex-empleados de las compañías hablan sobre las mismas y comparten detalles y opiniones que van desde la calidad del management a los sueldos.

Aunque Glassdoor trata de verificar la identidad de los perfiles mediante sistemas de diversos tipos, los comentarios sobre las compañías son anónimos, lo que lleva a que, por lo general, tiendan a predominar opiniones negativas y en ocasiones muy duras de empleados descontentos. Se suele reconocer que habitualmente, la imagen que una compañía tiene en Glassdoor está por debajo de las percepciones mayoritarias de los empleados que trabajan en ella, como ocurría con el experimento español que trató, a otro nivel, de hacer lo mismo hace ya más de una década, TrabajoBasura, que terminó cerrando y ha tenido diversas reencarnaciones desde entonces. El caso de Glassdoor, que además de estar presente ya en doce países, publica rankings conocidos y de cierto prestigio como el Best places to work, parece basar su éxito en un equipo editorial que controla la calidad y naturaleza de las opiniones añadidas al sitio.

Las políticas retributivas en las compañías responden a un gran número de variables. Una persona puede cobrar más o menos en función de la contribución que se estima que hace al negocio de la compañía, pero en general, esto es tan solo una parte de la historia, suponiendo que la relación realmente llegue a existir. Factores como la equidad interna o externa o los convenios tienden a convertirse en techos de cristal que impiden un reconocimiento completo del valor generado, y cuestiones como la situación de mercado o el interés en un perfil determinado pueden actuar igualmente como distorsiones en el lado positivo. La realidad es que, aunque no funciona igual en todas las culturas y hay países más abiertos que otros en este sentido, en la mayoría de las empresas el oscurantismo es total, y acciones como las de los hackers que publicaron un listado de nóminas en Sony o la iniciativa llevada a cabo en Google para incorporar transparencia generen habitualmente todo tipo de preocupaciones y problemas.

Tengo pocas dudas sobre la evolución de este tipo de cuestiones en el futuro: a medida que las relaciones laborales evolucionen, las políticas retributivas tenderán a hacerse necesariamente más transparentes, hasta llegar muy posiblemente a esquemas de visibilidad total en los que todos sepamos cuánto gana cada uno de nuestros compañeros. La dirección del cambio parece clara: las compañías cotizadas, por ejemplo, ya están obligadas a informar de las retribuciones de sus puestos de responsabilidad, algo que habría resultado impensable hace tan solo algunas décadas. En el lado positivo, veremos cómo las empresas empiezan a aplicar políticas de mayor transparencia e incluso las convierten en parte de su imagen para luchar, por ejemplo, contra cuestiones como la brecha salarial por género, o para reforzar su capacidad de atracción y retención de talento. Pero decididamente, no va a ser un cambio rápido… ni seguramente, exento de sorpresas!

 

Resines (IMAGE: RTVE)Comienzo diciendo que no vi ayer la gala de los Goya. Me encanta el cine, lo consumo en todas sus modalidades, voy a salas de cine regularmente, lo veo en la televisión, me lo descargo en ocasiones para reutilizar pequeños clips en mis clases y conferencias, leo crítica de cine, y tengo películas, actores, actrices, directores, fotógrafos y músicos que considero auténticamente de culto. Pero lamentablemente, a pesar de ser un gran aficionado al cine, hace ya demasiados años que la gala de los Goya está llena de evocaciones negativas, un espectáculo del que prefiero prescindir – y eso si no me lleva a acudir en persona a la puerta del sitio en que se celebra para abuchear a una ministra, como ocurrió hace algunos años. Pero en general, tiendo a ver ya aquello como tiempos pasados, como algo que ya pasó, como un signo de unos tiempos absurdos y caducos.

Esos tiempos absurdos y caducos son lo que el presidente de la academia de las artes y las ciencias cinematográficas de España, Antonio Resines, volvió a evocar ayer en su discurso. Un discurso que probó que Resines es lo que es, un pobre payaso desactualizado que sigue con sus gafas apoyadas en la punta de la nariz contando las viejas batallas del abuelo Cebolleta, adornadas con exageraciones demenciales y batallitas variadas.

Conozco personalmente a muchas personas que trabajan en el cine español, tengo conversaciones habituales y hasta me tomo copas con algunos de ellos, y soy absolutamente incapaz de comprender qué razones llevan al cine español a dejarse representar por personas que caen completamente dentro del estereotipo de “hombre desactualizado”, como Antonio Resines o como su predecesor, aquel Enrique González Macho que no sabía ni gestionar su propio correo electrónico. En un momento en que internet es visto ya por toda la industria internacional como ese gran canal capaz de dinamizar el cine, cuando empresas como Netflix y otras revolucionan la distribución y se convierten en el auténtico reductor de las descargas irregulares en los mercados en los que crece su consumo, el cine español sigue confiando su representación a personajes viejunos y apolillados, a carcamales de otros tiempos, a abueletes que presumen tranquilamente de no tener ordenador.

¿Qué razones prueban que Antonio Resines es un pobre payaso desactualizado que en ningún caso debería ser la imagen del cine español?

  1. En efecto, presume de no tener ordenador. Resines, a base de hablar de oídas, es de esos que piensan que los ordenadores son artefactos del Averno, que se usan exclusivamente para bajar películas, que todo aquel que se parapeta tras sus pantallas es algún tipo de delincuente que espera simplemente a que no le miren para bajarse una película más, ya no por verla, sino simplemente por fastidiar.
  2. Añora y defiende los videoclubs. ¡¡LOS VIDEOCLUBS!!! Sí, aquellas tiendas a las que podías ir a alquilar una cinta VHS o un DVD que tenías que devolver a los pocos días si no querías pagar una multa, cintas o discos que reproducías en aparatos específicos para ello. Resines, imagino, ignora que los vídeos VHS hace años que no se venden, que los reproductores de DVD tienen ventas únicamente residuales, y que la inmensa mayoría de las películas ya no están vinculadas a formatos físicos, y o bien se consumen en streaming, o habitan en unos discos solo marginalmente más duros… que su cabeza. ¿Cómo convencemos a un tipo así de que los videoclubs solo fueron necesarios cuando las peliculas estaban necesariamente vinculadas a un formato físico, y que ese formato físico, ese contenedor, ya no tiene sentido?
  3. Pretende que “los españoles descargaron 1.900 películas ilegalmente… al minuto”. Una cifra que le habrá contado un cuñado, que se habrá inventado sobre la marcha o que directamente soñó (los “sueños” de Resines son muy conocidos), pero que alimentaría, como bien argumenta Carlos Otto en El Confidencial, esa absurda idea de que todos los españoles están descargando cine a todas horas. No, no es así. Hace mucho tiempo que las descargas dejaron de ser un problema, suponiendo que alguna vez lo fueran. Vivimos ya otros tiempos.
  4. Plantea un discurso arcaico del tipo “ellos contra nosotros”, “los cineastas contra los internautas”, como si esos “internautas” fuesen algún tipo de tribu extraña, unos personajes extravagantes que viven pegados a un ordenador y que están pálidos porque nunca ven la luz del sol. La idea de que la inmensa mayoría de la población utiliza internet de manera habitual es algo que le resulta completamente imposible imaginar. En realidad, no entiende siquiera qué lleva a esas personas a tener un ordenador…
  5. Reclama más medidas restrictivas, más persecución, más “que se cumplan las leyes”, cuando es bien sabido y evidente que lo único que hace que las descargas disminuyan es la abundancia de oferta, es Netflix, es Hulu, es que las películas lleguen rápido a todos los mercados y a todos los canales, sin ventanas absurdas que incentiven que alguien que quiere ver una película tenga supuestamente que aguantar y esperarse a que esté disponible en el canal que ha elegido utilizar.
  6. Cree que lo que hay que hacer es convencer a los niños de que “piratear es malo” y “hay que ir al cine”… cuando los niños, hoy en día, consumen de otra manera, buscando simplemente conveniencia, y carecen ya de cualquier tipo de consideración moral sobre la fuente de la que provienen sus bits. La fundación que promueve es de esas que pretenden dedicarse a ir por los colegios manipulando mentes infantiles.
  7. ¿Habéis visto el vídeo que presentó durante su discurso como magna obra de la fundación que ha impulsado? ¿Habéis visto a alguien en él que fuese menor de sesenta años? Pues eso. ¿Dónde están todos esos actores, actrices y directores jóvenes que saben y entienden que internet no es “el enemigo”, que realmente han entendido de qué va esto y cómo está evolucionando en otros países? ¿No se les cae la cara de vergüenza al verse representados así?
  8. La piratería no es un problema. El problema del cine español no es que se piratee, que no se hace, sino precisamente el contrario: la falta de circulación. Lo que mejor le podría ocurrir al cine español es que cada vez que se estrenase una película española, se desencadenase una locura colectiva en todo el mundo por descargársela de la red, algo que obviamente no ocurre… más que en la cabeza de Resines. Si los directores españoles pudiesen presumir, como hace George R. R. Martin, de ser el contenido más descargado globalmente, otro gallo cantaría al cine español a nivel internacional. La situación con respecto a las descargas ha cambiado tanto, que hoy en día, cualquier director mataría por lograr que su película estuviese en el top de descargas. Pero cada vez, las descargas son menos, porque las plataformas de streaming se encargan de que sea así. Es hora de cambiar el discurso.
  9. Por supuesto, Resines ni menciona las plataformas que, en la red, se encargan de hacer que el cine esté más disponible para más personas, y sin condicionantes de tiempo ni de lugar. Para Resines, el cine es algo que se ve en una sala de cine, y para de contar. Si no puedes ir al cine, espérate a que la película ya esté amortizada, y la podrás ver… en el videoclub (¿??) o en la tele. Es lo que hay. Nada de opciones adicionales, ¿para qué? ¿Cómo esperar que el cine español gane en ubicuidad y en opciones de consumo si su propio presidente ignora y ningunea esas opciones, obviando toda mención?
  10. Un discurso sin discurso. Nada hubo en el discurso de Resines que levantase la más mínima ilusión por el cine español. Nada de cifras positivas – que las hay – ni de tendencias, ninguna ilusión por aprovechar los nuevos formatos o canales, por mencionar casos de éxito o por lanzar ideas interesantes. Nada. Que me quites el IVA, que me persigas a los piratas, y venga, ya está.

El cine español no merece un presidente así. Es, sencillamente, patético.

 

Mil millones (IMAGE: Cmglee - Wikipedia)WhatsApp alcanza los mil millones de usuarios, y lo anuncia al mismo tiempo que lo hace otro servicio que lleva funcionando bastante más tiempo, desde el 1 de abril de 2004, el Gmail de Google (aquí la pequeña reseña que publiqué entonces). La coincidencia en el número mágico pone de manifiesto lo que es para mí una de las grandes paradojas del momento: que Google no sea capaz de, en un ámbito tan caliente e interesante como el de la mensajería instantánea, hacer frente a un servicio originalmente tan deficiente como WhatsApp.

La mensajería instantánea es, sin duda, el gran canal que recoge las preferencias comunicación de un número cada vez más elevado de personas. Para los jóvenes, es el medio que ha desplazado a las redes sociales, proporcionando un balance entre lo privado y lo público completamente diferente y aparentemente más equilibrado: entre las conversaciones privadas con una persona y la actualización pública para cualquiera que sea capaz de encontrarla, aparecen los grupos de mensajería instantánea, foros controlados con usuarios habitualmente conocidos, que pueden llegar a varias decenas, y que se convierten para muchos en el lugar en el que comentar noticias, circular chistes o, en definitiva, socializar (mientras para otros se convierten en verdaderas pesadillas y en distracciones constantes).

¿Qué lleva a Google, que cuenta con una base como la de Gmail y la herramienta asociada de Google Hangouts – que recientemente ha incorporado las conexiones P2P en su arquitectura para mejorar la calidad – a no tratar de posicionarse para competir con el fuerte crecimiento de WhatsApp? La historia de WhatsApp es por todos conocida: una compañía pequeña, una startup de tan solo cincuenta personas en su mejor momento, no especialmente llamativa por la calidad de su ingeniería (ni siquiera fueron capaces de construir un protocolo de cifrado mínimamente decente o que ofreciese ciertas garantías) y, eso sí, extremadamente lean, ligera, capaz de mantener un servicio para muchísimos usuarios con una cifra de caídas relativamente escasa. A eso se superpuso un supuesto modelo de negocio basado en el pago por el uso de la aplicación que era una total mentira, que pretendía que pagasen usuarios que no sabían ni cómo pagar porque no eran capaces ni de introducir su tarjeta de crédito, y que únicamente llegó a alcanzar a un escaso 3% de la base total de usuarios: bastaba con no pagar para recibir rápidamente una oferta para continuar usando la aplicación gratuitamente. Todo en WhatsApp estaba orientado a la meta personal de su creador: crecer lo suficiente como para vender la aplicación a un tercero por mucho dinero, como de hecho ocurrió.

Google pudo, en su momento, haber lanzado y posicionado un producto basado en Hangouts capaz perfectamente de competir contra WhatsApp. Sin embargo, permitió sin hacer nada que WhatsApp creciese, generando un ecosistema poco seguro y deficiente, pero tan sencillo que permitía que lo utilizasen incluso segmentos demográficos poco habituales en el uso de herramientas tecnológicas. Sin embargo, no lo hizo, y cuando la app fue adquirida por Facebook, se encontró con que había pasado a reforzar a un rival que ahora, además, es capaz de mejorarla sensiblemente con su ingeniería. Desde hace muchos años, Google Talk, ahora Hangouts, es mi herramienta preferida para la mensajería instantánea. Me da más grados de libertad que WhatsApp, donde las herramientas de administración de contactos son prácticamente inexistentes o rudimentarias, y lo tengo disponible en todos mis dispositivos, frente a una WhatsApp que solo recientemente comenzó a ofrecer un cliente para ordenador, para mi gusto con importantes deficiencias. Por qué Google no plantea batalla ante el crecimiento de WhatsApp es para mí un error absurdo de esos que solo Google, esa empresa que fue capaz de dejar morir Reader simplemente “porque no estaba en las prioridades de nadie”, es capaz de cometer.

En este momento, y en gran medida por torpeza de Google, podríamos considerar que las espadas están en alto: tanto Gmail, con Hangouts asociada, como WhatsApp están en el número mágico de los mil millones de usuarios. Obviamente, el ritmo de crecimiento y el nivel de uso de WhatsApp no tiene nada que ver con el de Hangouts, lo que otorga a la herramienta propiedad de Facebook una franquicia que va a ser más difícil de superar cuanto más tiempo pase, y que ahora pretende rentabilizar aplicando su potencia de fuego al mercado corporativo, como forma de generar canales de comunicación entre usuarios y compañías que les ofrezcan servicio e interacción. ¿Qué lleva a Google a parecer no interesada en un segmento tan prometedor, en el que podría realmente ofrecer una batalla interesante y decididamente positiva para los usuarios? ¿Veremos sorpresas, o será simplemente una carrera de uno, tal vez animada por competidores relativamente locales (ojo con el concepto de “local”) como KakaoTalk, WeChat, Viber y otros similares? ¿Hablamos realmente de productos comparables?

 

IMAGE: Nuno André - 123RFUn acertado artículo, So long social media: the kids are opting out of the online public square, retrata una tendencia que todos llevamos bastante tiempo viendo, pero de la que se habla más bien poco: la huída de las generaciones más jóvenes, los absurdamente llamados “nativos digitales”, del entorno de las redes sociales, para pasar a medios más centrados en el ámbito de la mensajería instantánea, sin la presión de la trascendencia pública.

Un entorno en el que, en realidad, nunca llegaron a estar de manera completa: las redes sociales respondían, en el caso de los millennials, a una necesidad de comunicación con sus amigos y compañeros, pero que se desarrollaba de manera incómoda por estar rodeados de otros actores con los que, sencillamente, no querían comunicarse de forma pública. El temido “me gusta” de un padre, madre o abuela, el amigo idiota que subía y etiquetaba aquella foto en la que aparecías borracho como un piojo, o el temor a una trascendencia que podía perjudicarlos en el futuro ha determinado un escenario actual en el que el uso de redes como Twitter o Facebook resultan cualquier cosa menos una característica de las generaciones más jóvenes. Hoy es mucho más lógico pensar en el entorno de las redes sociales para acceder a un target en los treinta, cuarenta o incluso cada vez más los cincuenta años, que para uno situado por debajo de la treintena, que ha desplazado el tiempo de uso de su smartphone a aplicaciones como la mensajería instantánea, Snapchat y otras.

El temido “fenómeno de la privacidad” que llevó a Mark Zuckerberg a poner tres mil millones de dólares encima de la mesa por Snapchat que fueron categóricamente rechazados por su fundador es el que claramente caracteriza los patrones de uso de las generaciones de usuarios más jóvenes. Según un informe de Pew Research del pasado agosto de 2015, un 49% de los jóvenes entre los 18 y los 29 se comunican de manera habitual mediante aplicaciones como Kik, Whatsapp o iMessage, y un 41% consideran Snapchat y sus mensajes que se autodestruyen como su canal preferente. Las noticias que desde hace tiempo hablan de un abandono de Facebook por los jóvenes parecen corresponderse con lo que vemos a nuestro alrededor, y redes como Twitter parecen igualmente languidecer o directamente morir para ese segmento demográfico, que como mucho las utiliza para lurkear, para una presencia meramente pasiva en modo escucha o para seguir a alguno de sus ídolos, como en el caso de las believers o las directioners

Si alguien lleva viendo este fenómeno desde hace tiempo es precisamente Mark Zuckerberg: la adquisición de Instagram, una de las pocas redes sociales que sí mantiene un razonable nivel de uso por parte de los usuarios más jóvenes, o la de WhatsApp, protagonista precisamente de una transición hacia la mensajería instantánea que necesitaba un claro relevo, responden a la anticipación de esta tendencia. Otra cosa, claro está, es que esas adquisiciones, hechas desde la perspectiva de quien se sienta encima de una silla muy alta que le permite ver lo que hacen 1,600 millones de personas en todo el mundo, llegan a hacerse en algún momento rentables: una cosa es Instagram, con un modelo de negocio bien orquestado y una publicidad que no molesta, y otra una WhatsApp que cercenó muchas de sus posibilidades de ingresos con aquel mítico y categórico “no ads, no games, no gimmicks”.

De una manera o de otra, deberíamos empezar a repensar el panorama de los medios sociales. Si los más jóvenes manifiestan un cambio tan radical en su patrón de consumo como el de abandonar drásticamente las redes sociales y relacionarse prácticamente solo a través de mensajería instantánea, si consumen fundamentalmente vídeo y lo comparten y viralizan en Snapchat o en grupos de WhatsApp, si la idea de participar en cualquier foro mínimamente público les genera urticaria, parece claro que muchas cosas van a tener que redefinirse. Vayamos pensando en ello, porque para muchos, puede significar que vienen curvas…

 

The four tech giantsEl hecho de que cuatro empresas tecnológicas, Alphabet, Apple, Microsoft y Facebook, hayan copado los cuatro puestos de cabeza por valoración bursátil en el S&P 500 me ha llevado a mantener conversaciones sobre el tema con Marimar Jiménez, de Cinco Días, que publicó ayer sobre ello con el título “Cuatro titanes tecnológicos batallan por liderar Wall Street” (pdf), y con Valentín Bustos, de Capital, que publicó hace algunos días con el título “¿Vivirán Facebook y Google más de cincuenta años?” (pdf).

Obviamente, el título admite discusión. Hablamos de las cuatro empresas más grandes de las recogidas en el S&P 500, que excluye empresas no cotizadas en su mercado, fondos soberanos, etc., pero indudablemente, que las cuatro empresas más grandes en ese indicador sean cuatro tecnológicas es un signo claro de los tiempos que vivimos. Para muchos, esto aún supone un problema que no son capaces de entender, y siguen pensando que hay algún tipo de “distorsión en la fuerza” cuando compañías que fabrican electrónica de consumo o intangibles de diversos tipos puedan valer más que empresas petroleras, automovilísticas, farmacéuticas o de distribución. La tesitura me recuerda a cuando yo era incapaz de explicar al abuelo de mi mujer, una persona absolutamente encantadora que murió el año pasado a los 93 años, que aunque estuviese en mi casa vestido de cualquier manera y delante del ordenador, no tenía que preocuparse porque sí que estaba trabajando… sí, sí, lo que quieras, pero ¿a qué hora dejas de jugar con el cacharrito ese y te vas a trabajar como dios manda? :-)

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que crucé en mis correos con Marimar:

P. ¿Qué lectura haces de que las cuatro empresas más valiosas del mundo sean Google, Apple, Microsoft y Facebook? ¿Ves que esto pueda alargarse en el tiempo, porqué?

R. Me parece un fenómeno completamente normal. La tecnología es la industria que más valor añade en este momento: reinventa todo, la forma de comunicarnos, la de relacionarnos con lo que nos rodea, la de informarnos… es normal que empresas que han desarrollado los medios o las plataformas que muchísimas personas utilizamos de manera habitual para cada vez más cosas puedan ganar mucho dinero. Son empresas cuyos productos y servicios redefinen el tiempo y el entorno en el que vivimos, se convierten en auténticas señas de identidad, en motivos culturales omnipresentes, y eso define un efecto llamada que hacen que puedan atraer y retener talento para expandir sus productos y servicios aún más. Lo normal es que eso les permita ir conquistando nuevos terrenos que antes ocupaban empresas que no han sabido adaptarse a los cambios del entorno, en la medida en que la lógica y las leyes antimonopolio lo permitan.

P. En tu opinión, ¿cuáles son los puntos fuertes y débiles de estas cuatro compañías de cara a defender ese liderazgo bursátil?

R. El liderazgo bursátil no es importante, es solo un puesto honorífico. Lo importante es que cuenten con los recursos necesarios para seguir innovando, incluyendo el deseo de hacerlo frente a la alternativa de consolidarse y estancarse.

En el caso de Google, su punto fuerte es tener un liderazgo que de verdad valora la innovación y la sitúa como prioridad absoluta, como parte de lo que realmente los creadores de la empresa quieren hacer, como una visión que excede con mucho a la propia compañía y se adentra en proyectos que otras compañías considerarían propios de lunáticos, que tras ser aterrizados, son susceptibles de aportar un enorme valor en todos los sentidos. Lo preocupante sigue siendo su dependencia de un modelo, la publicidad, repleto de interrogantes, que muchos usuarios desprecian o consideran un engorro del que hay que librarse como sea. Mientras la publicidad no eche sistemáticamente fuera a los que abusan de ella, seguirá teniendo un problema de sostenibilidad.

Apple es una compañía interesantísima, cuyo modelo de negocio consiste en dar a sus fieles cada vez más motivos para acercarse a una de sus tiendas y adquirir sus productos, sea para reemplazar a una versión anterior o para probar algo nuevo. El usuario de un ordenador de Apple busca motivos y justificaciones para adquirir sus smartphones o sus smartwatches, y las buscará para adquirir cualquier otro producto o servicio que la compañía ponga en el mercado, lo que convierte a la compañía en una auténtica maestra de la cuota de cliente. La dependencia del iPhone no es especialmente preocupante: cualquiera capaz de mantener una posición de liderazgo tecnológico en la plataforma del momento, está en una buena situación, y lo cierto es que el iPhone sigue entregando a sus usuarios una experiencia más consistente y de mejor calidad que la que sus competidores consiguen obtener. Pero la compañía tiene una fuerte dependencia de su pipeline de productos, y de la obtención de categorías nuevas que reinventar.

Microsoft es una compañía que ha vuelto de entre los muertos, no porque estuviese muerta como tal económicamente, pero sí que parecía abocada a una constante y preocupante tendencia a la irrelevancia. Bajo la dirección de Steve Ballmer, probablemente uno de los peores directivos de la historia, Microsoft se perdió todas y cada una de las revoluciones importantes, dejó de ser capaz de atraer y retener talento, y perdió muchísimo valor. El protagonista del cambio que la vuelve a poner en el grupo de cabeza no es otro que Satya Nadella, una persona brillante capaz de entender que lo único que podía hacer Microsoft era abrirse en todos los sentidos, aplicar su potencia de innovación y de llegada al mercado para enfrentarse a tendencias como el open-source, las comunidades de desarrollo, la realidad virtual o la nube, por citar algunas. Microsoft está de nuevo en ascenso, y eso es bueno para todos.

Facebook es una compañía que se sabe en un negocio tremendamente inestable, y que por ello trata de estudiar cuidadosamente el ecosistema y de adquirir cualquier cosa que le plantee disrupción. A su favor, el estar sentada sobre una red en la que 1.600 millones de usuarios nos dedicamos a desarrollar tendencias que la compañía puede estudiar, y la capacidad de adquirir compañías e integrarlas fantásticamente bien en una cultura muy abierta, en la que no suelen perder talento y en la que las compañías operan con notable libertad e independencia. En su contra, la dificultad para hacer entender a muchos usuarios su modelo de negocio y su relación con una privacidad que muchos defienden como un valor fundamental.

P. ¿Crees que la dependencia de Apple al iPhone tiene salida? ¿Crees que es comparable a la dependencia que tienen Google y Facebook con el negocio publicitario? ¿Se está exagerando la crisis de Apple?

R. Yo simplemente no veo una crisis en Apple. Veo oscilaciones completamente naturales en un valor que depende intensamente del ritmo con el que es capaz de poner en el mercado nuevos productos, y situaciones de descenso de ventas coyunturales que ya hemos visto anteriormente y de las que la compañía se recuperó perfectamente con la siguiente versión. La exposición al mercado chino y a su crisis no la ha dañado significativamente, y mantiene una posición hegemónica en la percepción de innovación, aunque realmente se dedique a reinventar y rediseñar, y no tanto a inventar como tal. Quien quiera ver crisis en Apple, se encontrará con una respuesta muy clara: ojalá todas las crisis fuesen como esa. Ya les gustaría a muchas empresas que sus crisis fuesen como la de Apple.