IMAGE: gl0ck33 - 123RFLas divisiones sociales en el pasado se establecían en función de parámetros como la pertenencia a una determinada familia, el dinero y las posesiones, o el acceso a recursos como la información. El escenario del futuro – o para muchos, ya el del presente – se caracterizará por la posibilidad de entender y utilizar herramientas que salvaguarden la privacidad.

Un reciente paper de Ian Clark desarrolla precisamente esa interesante cuestión: la división de la sociedad entre personas completa y permanentemente monitorizadas, sin capacidad para llevar a cabo – escribir, leer, comentar, reunirse, visitar, etc. – nada sin que sea automáticamente conocido por las autoridades competentes, y aquellos con suficientes conocimientos o habilidades para mantener un cierto nivel de libertad y privacidad.

El impresionante desarrollo en China de una plataforma contextual de evaluación permanente de la seguridad pública, una auténtica herramienta de pre-crimen o policía del pensamiento, unida a las presiones del FBI norteamericano sobre Apple para el desbloqueo de sus dispositivos y a las iniciativas legislativas tanto del Reino Unido como de Francia en materia de acceso a las actividades de los ciudadanos, pintan un futuro verdaderamente inquietante. Una sociedad en la que una amplia mayoría de los ciudadanos utilizan herramientas que ofrecen la capacidad de monitorización permanente de todos sus actos e intereses, mientras una “minoría ilustrada” es capaz de utilizar otras que sí le permiten un cierto nivel de privacidad. La privacidad digital, establecida como nueva frontera de los derechos humanos.

La evolución del escenario tecnológico parece indicar precisamente esa tendencia: únicamente un escaso 10% de los terminales Android en el mundo están cifrados, frente a un 95% de los iPhones. Smartphones sin cifrar para la mayoría, frente a terminales cifrados y considerados razonablemente seguros para un porcentaje más pequeño y exclusivo. Herramientas de cifrado o de intercambio de información para el día a día dotadas de ciertas barreras a la adopción en función de una relativa complejidad técnica que no todos son capaces de utilizar – o algunos ni siquiera ven interesante utilizar – frente a minorías que cifran sus correos, su navegación y su vida digital mediante VPNs, proxies y correos seguros. La privacidad, como lujo al alcance de unos pocos, frente a una mayoría que, sencillamente, no la entiende o no la aprecia como tal. Herramientas gratuitas con desarrollos brillantes relegadas a la incomprensión o a una adopción meramente marginal. Tópicos como el “si no tengo nada que ocultar, no tengo nada que temer” convertidos en mantra para una mayoría ignorante o desinteresada, mientras una minoría se afana en defender a ultranza su privacidad no porque tengan realmente nada que ocultar o porque pretendan luchar o atentar contra el sistema, sino fundamentalmente como principio ideológico.

Ha bastado con un grupo terrorista, unos pocos atentados, un iPhone y un escenario susceptible de generar miedo para traernos hasta aquí, para engañar a la población hasta el punto de que crean que si permiten la monitorización de cada paso que den, estarán más seguros. Cuando escribí el prólogo para la edición española de “Cypherpunks”, el libro coral y conversacional de Julian Assange que habla precisamente de la necesidad de prepararse en el uso de estas herramientas para defenderse de una vigilancia masiva, universal y generalmente aceptada, nunca pensé que este escenario tardaría tan poco en llegar.

 

Flotus (IMAGE: James Bareham, first published at The Verge)Me ha gustado mucho el reportaje de The Verge sobre el uso de medios sociales por parte de Michelle Obama, @MichelleObama: an exclusive look at how the First Lady mastered social media. Una entrevista de diez minutos, y un examen detallado de cómo la primera dama de los Estados Unidos ha conseguido, a través de Vine, Instagram, Facebook, Periscope y otros medios, conectar con un público joven para convertir sus campañas en auténticos objetos sociales, en movimientos en los que su imagen puede tener potencialmente mucho que aportar.

Michelle Obama está implicada en cuatro campañas: Let’s move (vida y alimentación saludables), Joining Forces (ayuda a las militares, veteranos y sus familias), Reach Higher (fomento de la educación superior) y Let Girls Learn (educación de las niñas). En cada una de esas campañas, la participación de la primera dama resulta fundamental, y el uso de herramientas de social media se desarrolla de manera estratégica: sencilla, auténtica y directa. Transmitir la importancia de unos valores de manera que sintonice con los usuarios de una generación marcada por unas preferencias comunicativas radicalmente diferentes a las de sus mayores, pero que siguen utilizando los medios sociales para sintonizar con determinadas causas. Activar a esos jóvenes, teóricamente alejados de la vida política o de la participación en el ágora pública, a través de la conversión de las campañas en objetos sociales, en causas con entidad propia y elementos identitarios fácilmente transmisibles, es algo que está en la base del marketing moderno, y que pocas marcas saben hacer bien.

La implicación de Michelle Obama en este tipo de campañas responde a muchos de los elementos que cada vez más, reconocemos en esas marcas que saben conectar. Por un lado, se apalanca en la visibilidad de la persona y alimenta una presencia pública notable. Por otro, escucha, identifica tendencias comunicativas, y genera el engagement activo alimentando los canales de comunicación adecuados con todo tipo de elementos susceptibles de ser transmitidos. El resultado no es la “venta” de un concepto, sino la identificación activa con una causa, con un movimiento social, gracias a un vector, en este caso la primera dama, que la transmite de la manera adecuada a través de canales que generan participación activa y circulación en las redes sociales y, eventualmente, en los medios masivos. Una estrategia caracterizada por un nivel de transparencia notable, que el reportaje de The Verge captura sumamente bien. Una lectura y visionado muy recomendable no tanto para quedarse con el simple retrato del personaje, sino para tratar de dibujar paralelismos entre su uso de los medios sociales y las estrategias de comunicación de muchas marcas.

 

iPhone 5 lock screenLa batalla entre el FBI y Apple para obtener el control de las herramientas de cifrado está dejando un poso muy claro y evidente: la tecnología ha dado lugar a un escenario en el que, entre el supuesto papel del Estado como regulador y el poder del mercado, este último tiene siempre todas las de ganar.

Imaginemos que la batalla legal llegase al extremo de proponer medidas como el boicot a los productos de Apple (no la ridícula propuesta del pavoroso candidato presidencial Donal Trump, sino otras más directas) o el encarcelamiento de directivos de la compañía como recientemente ha ocurrido con Facebook en Brasil, y que finalmente, decidiese cumplir con el requerimiento de la agencia gubernamental y crear una herramienta que permitiese acceder al contenido de sus smartphones. Harto improbable, lo sé, pero admitámoslo como ejercicio intelectual.

¿Qué ocurriría a partir de ese momento? Inmediatamente, el resto de compañías tecnológicas y la propia Apple se pondrían a trabajar en el desarrollo de la nueva tecnología capaz de garantizar la seguridad de los datos de sus usuarios, al tiempo que otras compañías, vista la oportunidad de salir al mercado con herramientas realmente seguras y “a prueba de FBI”, se lanzarían a ofrecer productos similares. De hecho, la idea de que los delincuentes, narcotraficantes y terroristas utilizan hoy preferentemente productos Apple es bastante ridícula como tal: existe una amplia gama de productos capaces de ofrecer una seguridad comparable, muchos de los cuales pertenecen, además, a compañías situadas fuera de los Estados Unidos y, por tanto, no sujetas a las leyes con las que el gobierno norteamericano quiera intentar obligarlas.

Telegram, por ejemplo, acaba de dar un impulso a sus supergrupos, lo que la posiciona como una excelente herramienta para el ciberactivismo, mientras mantiene estándares de cifrado considerados como más que razonablemente seguros. Otras muchas herramientas ofrecen también esquemas de cifrado robustos que las convierten en posibles candidatas para quienes quieren comunicarse de manera segura, y su popularidad está simplemente esperando a que algún evento, escándalo, evidencia o revelación ponga de manifiesto la necesidad de su uso. Si el Reino Unido adopta finalmente el llamado snooper’s charter, un proyecto de ley pensado para poder obligar legalmente a Apple y a otras compañías a cumplir con requisitos que incluirían, entre otras cosas, agujeros de seguridad habilitados específicamente para el uso gubernamental en determinadas investigaciones, este tipo de herramientas, sin duda, avanzarían en su nivel de difusión.

En el mundo actual, en cuanto un gobierno, por la razón que sea, pretende escalar su nivel de control, eso da lugar a la aparición de una oportunidad en el mercado. Las viejas amenazas empiezan a no funcionar: únicamente los usuarios más profanos e inexpertos creen hoy que utilizar una herramienta de comunicaciones cifrada sea de alguna manera un gesto “antipatriótico” o que pueda poner en peligro iniciativas antiterroristas, anti-pederastas, contra el tráfico de drogas o de algún otro tipo.  Una cantidad cada vez mayor de usuarios empieza, simplemente, a entender el valor de la privacidad, el derecho que todos tenemos a disponer de comunicaciones cifradas, y a adoptar una herramienta que nos lo garantice.

En estas condiciones de mercado, las pretensiones de control de los estados empiezan a resultar cada vez más inútiles y más patéticas. Resulta completamente imposible evitar que los ciudadanos de un país determinado utilicen una herramienta, y los mecanismos que antes solían utilizarse para crear conciencia sobre este tipo de cuestiones empiezan a considerarse cada vez más trasnochados y obsoletos. En política, las demandas de puertas traseras, de control absoluto de los canales de comunicación o de poder omnímodo por encima de los derechos de los ciudadanos empiezan a parecer cada día más una cuestión de cultura general… o directamente generacional.

Tal vez el FBI gane la batalla. No parece probable, pero en caso de amenazar, como han hecho otros países, con llevar a directivos a la cárcel, podría ser que Apple, por una elemental cuestión de responsabilidad hacia sus trabajadores, terminase por decir que sí. Podría ser que el iPhone de Syed Rizwan Farook terminase siendo abierto, e incluso que el gobierno obtuviese una llave maestra que le permitiese abrir todo cuanto iPhone cayese en sus manos. Pero lo que sí parece cada vez más claro es que la discusión organizada en torno al tema llevaría a que Apple, lo antes posible, actualizase su seguridad para convertir esa herramienta en obsoleta (el siguiente iPhone no solo cuenta con bloqueo mediante huella digital, sino que además ofrece PIN de seis números en lugar de cuatro), a que se incrementase la oferta de productos seguros en manos de los usuarios, y a que la opinión pública, cada vez más, estuviese del lado de quienes consideran que el cifrado es una garantía necesaria en una sociedad democrática. 

Cuando el FBI comenzó el litigio con Apple, seguramente no era este el resultado que esperaba. Simplemente, pensó que un evento luctuoso como un atentado llevaría a una decisión en caliente que no conllevase excesiva resistencia. Que no haya sido así, que Apple se haya resistido – y, por el momento, continúe resistiéndose – y que haya sido capaz de organizar a su alrededor a toda una industria y a un creciente segmento de usuarios bien informados demuestra la importancia de tener los principios claros en este tema. Mientras siga habiendo una demanda razonable de comunicaciones seguras a prueba de espionaje de cualquier tipo, y una industria tecnológica activa en el contexto internacional… el mercado seguirá ganando.

 

PageRankEl anuncio de Google de volver el PageRank a su naturaleza de métrica interna de la compañía, en lugar de ser una magnitud que podía ser observada por cualquiera, exhibida en una amplia variedad de herramientas o consultada mediante una API pública, debería llevarnos a pensar en las consecuencias de este tipo de medidas de relevancia y las formas de manejarse en una web caracterizada por una brutal sobreabundancia de información.

El PageRank nació como elemento fundamental que dio origen a Google. La idea, original de Larry Page y que lleva su nombre, respondía a una modificación de algo que el fundador veía de manera constante durante su período de estudiante doctoral: el citation index que, en el mundo académico, identifica a los autores más relevantes. El PageRank suponía, en realidad, la traslación prácticamente exacta de la idea de ese índice científico: si en el mundo académico, para saber si un paper determinado es relevante o no, consultamos cuántos otros autores lo citan en su bibliografía y, a su vez, cuál el la importancia relativa de cada uno de los que lo citan, en la web podíamos aplicar lo mismo para atribuir a una página una idea de relevancia.

A partir de esa idea original y tan aparentemente simple, el PageRank se convirtió en una manera de alejar la métrica de relevancia de las sucias manos de unos webmasters que, si podían influirla directamente, la iban invariablemente a contaminar. En efecto, mientras las métricas estuvieron basadas en criterios presentes en la página, el deterioro de los motores de búsqueda fue constante: spam con las palabras clave más buscadas, intentos de esconder absurdamente términos dentro de la página para que los motores de búsqueda los viesen pero los usuarios no, y mil perversiones más. La llegada del PageRank convirtió la manipulación en una tarea indudablemente más compleja, inventó toda una industria millonaria – el SEO – y, al introducir en sus criterios los enlaces provenientes de las redes sociales, tapizó las páginas web de pegatinas de “comparte eso en todas las redes que puedas”, al tiempo que daba lugar a toda una obsesión por el sensacionalismo y el clickbait. Curiosamente, nunca pudimos decir que no se viese venir: si conviertes en métrica sacrosanta el número de veces que otros han compartido o enlazado lo que tú dijiste, no es de extrañar que el sensacionalismo sea el resultado.

En las últimas iteraciones del algoritmo, Google ha ido degradando progresivamente la importancia de las redes sociales, al tiempo que trabajaba en una nueva métrica, el Knowledge-Based Trust score o KBT. Para desarrollar ese criterio que trata de evaluar las páginas por la fiabilidad de su contenido y no tanto por los enlaces que consiguen, Google conforma una red de páginas de confianza, elabora una serie de criterios que considera objetivos, verídicos o fiables, y compara cada página con esos criterios aceptados con el fin de descartar las páginas sensacionalistas, las llenas de factoides absurdos, las inútiles, o las que directamente mienten o dicen barbaridades consideradas en contra de la ciencia o de los criterios de verosimilitud generalmente aceptados.

La idea de un KBT, de una clasificación de las páginas web en función de si dicen la verdad o no, parece interesante desde un punto de vista científico, pero indudablemente peligrosa en manos de una compañía que no solo puede tener su propio criterio sobre lo que es verdad o no, sino también un pasado relativamente turbio en cuanto a la posible manipulación del algoritmo para beneficiarse de ello. ¿Qué ocurriría si, del mismo modo en que Google manipuló su algoritmo en su momento para degradar a determinados competidores a riesgo de dañar a sus usuarios, la compañía terminase estando en una posición desde la que fuese capaz de afectar la manera en que consideramos o evaluamos determinadas cuestiones para concluir si son ciertas o falsas? La idea de un mundo en el que pseudociencias como la homepatía o teorías de la conspiración o pseudocientíficas como los chemtrails o el movimiento antivacunas caigan a la zona de irrelevancia de la web resulta obviamente interesante, pero ¿y si, de manera imperceptible, aquellos movimientos sociopolíticos que no resultasen convenientes para los intereses de Google fuesen relegándose igualmente a esa zona? ¿Estamos dispuestos a confiar ciegamente en que Google – o la empresa que sea – utilizará un algoritmo así de manera completamente objetiva y sin manipulación alguna? ¿Estaría dispuesta Google – o la empresa que fuese – a supervisar sus prácticas en ese sentido con los niveles de transparencia adecuados como para que esa sospecha no pudiese existir?

Los años que han ido desde 1999 hasta 2016 se han caracterizado por definir un mundo en el que lo social era la única manera conocida de evaluar la relevancia. Mientras Google ha definido su algoritmo fundamentalmente mediante componentes sociales, hemos ido viendo cómo todo el resto de los motores de búsqueda se adaptaban a jugar al mismo juego – con resultados obviamente poco exitosos – o desaparecían, al tiempo que veíamos cómo un nuevo tipo de sensacionalismo invadía la web. Pasar a definir la relevancia mediante otros criterios parece recomendable si no queremos pasar el resto de nuestra vida rodeados de titulares absurdamente intrigantes, de listas estúpidas, de personajes dedicados a compartirlo todo a cambio de dinero y de spam social.

Si Google no cambia su algoritmo, no podrás creer lo que pasará después. Pero si efectivamente decide cambiarlo y tratar de consagrar la verdad y la ciencia como criterios, la gran realidad es que tampoco va a ser nada sencillo, y que nos esperan aún unas cuántas curvas. Ese cambio no es trivial: de hecho, es enormemente importante. El criterio por el que el mundo entero decide lo que es o no fiable, lo que es o no relevante o lo que merece o no la pena leer no se cambia fácilmente…

 

El precio de retener el talento: 180.000 euros - Cinco Dias (pdf)Gabriele Ferluga, de Cinco Días, me llamó hace un par de días para hablar sobre la noticia de que Twitter estaba poniendo en práctica una estrategia de retención de talento consistente en el uso de incentivos directos, como importantes bonuses y paquetes accionariales para compensar la caída en el valor de su acción, y ayer me citó junto con declaraciones de otros profesores en su artículo titulado “El precio de retener el talento: 180.000 euros” (pdf)

El uso de incentivos económicos para retener el talento suele ser o bien relativamente cortoplacista, o bien parte de una estrategia para encarecer – y en consecuencia, desincentivar – una hipotética adquisición. A lo largo de sus diez años de historia, Twitter ha sido habitualmente una compañía muy activa a la hora de plantear adquisiciones, que por lo general correspondían al modelo acqui-hire, interesadas en adquirir talento que, de no ser mediante la adquisición de su proyecto, no sería fácil incorporar. En una estrategia de ese tipo, la retención de talento resulta obviamente fundamental: no tiene sentido gastarse dinero en adquirir compañías en las que sus fundadores, tras verse convertidos en millonarios, abandonan el proyecto y reducen la adquisición a un cascarón vacío de potencial. Sin embargo, hasta el momento al menos, el factor de retención de talento en Twitter parecía tener más que ver con la idea de trabajar en una compañía interesante, con potencial y con proyectos bonitos o de los que aprender mucho, más que con la existencia de un programa de incentivos monetarios directos.

A todo trabajador le gusta el dinero, negarlo es completamente absurdo. Sin embargo, se suele decir que el talento desarrollador y de ingeniería tiende más a ser fidelizado en función de factores que tienen más que ver con cuestiones como la existencia de un buen equipo, la posibilidad de trabajar con personas a las que admiran o de las que consideran que pueden aprender – la meritocracia es intrínseca a una profesión que ve como los curriculum de las personas se construyen a base de aportaciones a repositorios abiertos – y en proyectos que vocacionalmente son interesantes, o representan retos atractivos.

El talento desarrollador, de nuevo según la máxima que suele comentarse en sus círculos, es menos “mercenario” que el talento directivo. Sin embargo, es también cierto que los tiempos del idealismo han pasado hace ya algún tiempo, que no faltan ya desarrolladores en Silicon Valley que trabajan incluso con un representante como si fueran estrellas de cine, y que negocian las ofertas en función de paquetes de incentivos cada vez más imaginativos y variados. Para Twitter, tener que poner encima de la mesa paquetes de dinero para evitar que el talento huya hacia proyectos con más interés parece una noticia, como poco, preocupante: no hablamos de una compañía en la que los recursos fluyan como agua, sino de una con un desarrollo muy apalancado y que tiene aún mucho que demostrar en términos de modelo de negocio. Si tus costes de retención de talento pasan a ser mayores que los de la media, es que el incentivo que supone estar en la compañía ha descendido… lo cual nunca es una buena noticia. Dicho esto, la alternativa de sentarse a esperar cómo la empresa se descapitaliza intelectualmente y cómo los desarrolladores huyen en busca de proyectos con mayor potencial no parece tampoco nada buena, lo que puede haber llevado a Jack Dorsey a poner en marcha un proyecto así.

La idea del desarrollador que sacrifica tiempo y dinero por un proyecto en el que cree y que le ilusiona parece tambalearse cuando el precio de la acción cae muy por debajo del precio de salida. Malos tiempos para la lírica…