Gawker and hateConfieso que me siento incapaz de llegar a conclusiones sólidas en el asunto de la libertad de expresión en internet. Por más que lo analizo y lo intento interpretar a través de años de noticias relacionadas con el tema, no consigo de ninguna manera llegar a una doctrina que pueda abrazar con un mínimo de convicción.

Mi última tormenta cerebral al respecto viene de la lectura de dos artículos, ninguno de los dos perfectos ni mucho menos indiscutibles, pero que sí reflejan puntos de vista relativamente elaborados sobre dos asuntos interesantes: por un lado, el dilema, llevado a la portada de Time, de qué hacer en las redes sociales o en internet en general con el problema de los trolls, del hate speech o de las dinámicas de acoso o abuso, un problema que Twitter lleva experimentando desde hace muchos años. Por otro, el cierre y posterior subasta de Gawker Media, una de las primeras compañías de medios nativos de internet, por obra del millonario Peter Thiel, que decidió aplicar sus muy profundos bolsillos a financiar toda campaña que pudiese contribuir a dañar financieramente a la compañía como parte de una cruzada personal a partir de un artículo que Gawker publicó sobre él.

En cierto sentido, que una compañía con tantas mentes brillantes como Twitter lleve prácticamente una década luchando con ese mismo tipo de dilemas me hace sentir algo mejor: decididamente, no es un tema sencillo. En las disquisiciones de Twitter al respecto, además, he sido juez y parte: en el año 2008, una acción extremadamente mal planteada por Twitter me demostró que el acoso y el bullying iban a ser un problema importante para la compañía, uno que claramente no sabía cómo solucionar. En aquella ocasión, pude ver perfectamente cómo una cuenta cuya actitud yo consideraba claramente acoso, era jaleada por cientos de personas siguiendo exactamente la misma dinámica y actitudes que tiene lugar con el bullying en los patios de colegio, y cómo las soluciones planteadas por la compañía contribuían a empeorar el problema, no a solucionarlo. Hace ya muchos años que Twitter sabe perfectamente que no hacer nada frente al acoso y el bullying no es una solución, y de hecho, empeora el problema generando una cultura de total impunidad al respecto, que ha llevado a algunos a plantearse abandonar Twitter y que algunos afirman que podría llegar hasta el punto de terminar con una compañía que no está siendo capaz de lidiar con la cuestión, y que parece limitarse a poner tiritas. No, retirar los insultos de la pantalla del insultado no los hace desaparecer.

Que una persona, llevada por su popularidad, su ingenio, su capacidad para la ironía o por sus inquinas personales decida arremeter contra otra por la razón que sea, o sin razón alguna, y se vea rodeado por un coro de babosos que jalean su actitud es algo que hace algunos años decidimos como sociedad que estaba mal. Nótese que utilizo la palabra “algunos”, no “muchos”: en el patio de mi colegio, el acoso y el bullying eran algo normal y cotidiano, y la actitud de profesores, del colegio o incluso de los padres era considerarlo “cosas de niños”, algo sin ninguna importancia, sobre lo que en rarísimas ocasiones se tomaba medida alguna. Las cosas han cambiado bastante desde entonces: como sociedad, hemos tenido que ver de todo, incluidos suicidios, para que el acoso y el bullying pasasen a ser considerados prácticas censurables contra las que se debe luchar, pero incluso hoy, el problema dista mucho de estar solucionado – aunque personalmente crea que se han hecho grandes progresos y que estamos decididamente mejor que en mis ya lejanos tiempos de colegio. En la red, sin embargo, el acoso y el bullying siguen funcionando exactamente igual que entonces: los bullies son muy parecidos, los babosos que los corean y jalean son idénticos, el daño inflingido es muy, muy similar… y las medidas para tratar de solucionarlo chocan con lo que para mí son interpretaciones completamente erróneas de lo que se considera libertad de expresión.

En el caso de Gawker, mis sentimientos son aún más complejos. No, no me parece adecuado que el mundo se haya convertido en un lugar en el que, si enfadas a un billonario, corras el riesgo de perder tu empresa, tu trabajo o tu página web. Que Peter Thiel termine cerrando Gawker gracias a sus cuasi-ilimitados recursos económicos no otorga al desenlace ninguna legitimidad. Pero por mucho que no simpaticemos con Peter Thiel… ¿preferimos hacerlo con una publicación que tomó la decisión de publicar un artículo sobre una cuestión completamente personal suya, su sexualidad, que debería tener toda la libertad para decidir hacer pública o no? ¿Debe la libertad de expresión proteger a una publicación que hace algo así, que excede claramente los límites de cualquier derecho, bajo el supuesto objetivo de afflict the comfortable”? Si tu línea editorial consiste en vender lo más posible gracias a publicar lo que te dé la gana, amparado por una interpretación ilimitada de la libertad de expresión, y sin reparar en los posibles daños que puedas ocasionar… ¿no es mejor para la sociedad en su conjunto que te cierren? Sí, lo sé: alegrarme por el cierre de Gawker Media me convertiría automáticamente en una persona muy criticable, que aparentemente querría vivir en un mundo de piruleta, de relaciones públicas y sin ningún tipo de periodismo incisivo, pero ¿estamos seguros de que esa bandera del “periodismo incisivo” y del “si no molestas a alguien es que no has dicho nada interesante” es sostenible? Y peor aún, ¿estamos seguros de querer que lo sea? Si no censuramos a quienes insultan, me temo, estaremos censurando de facto a los insultados: por defender la libertad de expresión de los que insultan, pasamos a perjudicar la liberta de expresión de los que no pueden decir nada sin recibirlos. 

No soy ningún angelito. En ocasiones he publicado cosas que sabía perfectamente que iban a resultar dolorosas para algunas personas. Y cuando lo he hecho, lo he hecho porque he considerado que el cargo o las responsabilidades que ostentaban esas personas justificaba que alguien como yo les exigiese responsabilidades, les afease conductas o les recriminase decisiones. En alguna ocasión, incluso, me han llevado a los tribunales por ello, han tratado de silenciarme y me han ocasionado un perjuicio económico porque a alguien con mucho dinero no le gustaba lo que yo decía, algo que suele calificarse (y no fui el único en hacerlo) como SLAPP, Strategic lawsuit against public participation. Pero sinceramente, no creo que sea una cuestión de cristales, de colores o de interpretaciones de la libertad de expresión: sigo pensando que hablamos de cosas diferentes.

¿Hablamos acaso de “gamas de grises”? ¿Tendemos a ver como inofensivo o a jalear a quien insulta a un poderoso, porque estemos de acuerdo con él, o porque esa persona con poder nos caiga mal o nos genere una malsana envidia? ¿Puede legislarse de una manera coherente sobre algo como la libertad de expresión, sujeta a una subjetividad tan profunda? ¿Qué ocurre con el humor negro, con los chistes de mejor o peor gusto, o con tantas otras manifestaciones capaces de causar sufrimiento a la par que hilaridad? ¿Hay límites? ¿Quién los pone? ¿La ley? ¿La moral, la educación y las buenas costumbres? ¿El sentido común? ¿Todos los anteriores? ¿O ninguno de ellos? Nunca he creído en la censura, condeno sistemáticamente la quema de libros, pero tampoco me parece adecuado que cualquiera pueda andar por el mundo diciendo lo que le dé la gana y sin sufrir ninguna consecuencia por ello. ¿Me convierte eso en un raro?

Creo profundamente en la libertad de expresión. La considero prácticamente una bandera, una causa, algo que vale la pena defender a ultranza. No querría vivir en un país en el que considerase que no existe libertad de expresión. Pero “defender a ultranza” no quiere decir que vaya a defender a los que prostituyen esa bandera para hacer lo que les dé la gana. Creo que libertad de expresión no es lo mismo que “libertad para publicar lo que nos dé la real gana”. Creo que si usas la libertad de expresión como “libertad para ser un perfecto imbécil”, como “libertad para decir lo que se me pase por la cabeza” o como “libertad para hacer daño gratuitamente”, mereces que te echen de los sitios, que te aíslen socialmente, que te multen o que te censuren. Por muy “ingenioso” que seas y por mucha “chispa” que tengas, o por muchos babosos a los que les guste ver como te metes con un poderoso. Creo – profundamente – en la libertad de expresión tanto como no creo en absoluto en el “vale todo”. En muchos sentidos, el problema de Twitter es que ha hecho tan sencillo que cualquiera tenga voz, que ha dado voz a muchos que, sencillamente, no deberían tenerla, que carecen de la responsabilidad mínima que hay que tener para que la sociedad te permita tener voz. Estoy completamente de acuerdo con el artículo de Buzzfeed: con su actitud pasiva, Twitter se ha convertido en un “honeypot for assholes”, un imán para gilipollas que nunca deberían tener acceso a una herramienta como esa, y que, una vez demostrado que es así, deberían perder el derecho a utilizarla durante un tiempo suficiente como para que reflexionen sobre su actitud. Y el caso de Gawker Media me parece similar: no simpatizo con Peter Thiel y no me gusta que el dinero lo pueda comprar todo, pero lo siento, tampoco puedo simpatizar con Nick Denton y su “vale todo”.

Y aquí lo dejo, que seguro que ya me he granjeado suficientes enemigos hoy.

 

Massachusetts taxi taxEl Estado de Massachusetts prepara un impuesto para las apps de transporte de viajeros como Uber, Lyft y otras, un pago de veinte céntimos en cada viaje de los que diez irán destinados a las ciudades, cinco a un fondo público para el transporte, y otros cinco a subsidiar a los taxis tradicionales. El pago no será abonado directamente por los conductores ni por los usuarios, será pagado por las plataformas que operan estos servicios, aunque podría terminar siendo repercutido en las comisiones o tarifas que cobran a conductores o pasajeros.

Según los planes detallados por el gobernador del Estado, el republicano Charlie Baker, los cinco céntimos destinados a los taxistas tradicionales durarían hasta el final de 2021, momento a partir del cual los veinte céntimos seguirían repartiéndose entre estado y ayuntamientos durante cinco años más, hasta la desaparición del impuesto a finales de 2026.

La idea del impuesto es, por un lado, generar ingresos para las arcas estatales y municipales a costa de una actividad que está experimentando un importante desarrollo y, por otro, tratar de contribuir a paliar las pérdidas en las que ahora incurren aquellos que desarrollaban esa actividad antes de la llegada de esas apps de transporte, y que ahora resultan menos competitivos por continuar sujetos a limitaciones y rigideces administrativas que los que prestan ese mismo servicio mediante apps no tienen que afrontar.

El impuesto no parece dejar contento a nadie salvo a las arcas estatales y municipales: mientras los taxistas tradicionales siguen pidiendo la prohibición total de las apps y se quejan de que los que desarrollan la actividad de transporte de viajeros mediante esas apps no estén sujetos a las inspecciones y a los requisitos de diversos tipos que ellos sí tienen que afrontar, algo que consideran una infracción de la ley, algunas apps de transporte de Boston como Fasten ya han expresado su disconformidad ante la idea de ser obligadas por el estado a financiar a sus competidores.

Dejando aparte la idoneidad de cobrar un impuesto por la actividad de las plataformas de transporte de viajeros, que podría argumentarse en función del posible mayor uso que realizan de infraestructuras públicas frente a los vehículos particulares, la idea de subsidiar a los taxis tradicionales mediante un impuesto a las apps de transporte que gradualmente los sustituyen resulta, como mínimo, discutible. Si el avance de la tecnología hace que ahora todos llevemos un smartphone en el bolsillo y eso posibilita métodos mejores para llevar a cabo la actividad de transporte de viajeros, lo que seguramente debería hacerse desde el lado estatal o municipal es reconocer esa realidad,y facilitar a los taxis tradicionales que se adapten a ella, eliminando progresivamente las restricciones a las que deben hacer frente. El pago de la licencia supone un problema en sí mismo, porque tomar la decisión de amortizar esas licencias recurriendo al dinero público obvia la evidencia de que fueron por lo general adquiridas mediante precios determinados en mercados paralelos, generados por una escasez artificial de las mismas, pero que dieron lugar a unos intercambios económicos que, salvo el pago de impuestos, tuvieron lugar exclusivamente entre particulares. En el caso de los Estados Unidos, las licencias de taxi han sido una de las inversiones más rentables del mercado durante muchos años, lo que lleva a plantearse hasta qué punto cabe “compensar” a quién y por qué, cuando lo que se ha permitido durante mucho tiempo es que algunos se aprovechasen de un mercado sometido a una escasez artificial. Sin embargo, existen casos de territorios en Australia que están optando por la vía de la compensación a los taxistas tradicionales por la pérdida de valor de sus licencias, reconociendo que ahora, esa actividad ya no precisa de una regulación tan rígida como la que se determinó en otro escenario tecnológico ya pasado, y que de hecho, la existencia de un sistema regulado mediante licencias redunda en un peor servicio para los usuarios.

Por el momento, lo único claro es que los impuestos, junto con la muerte, son lo único seguro en esta vida. Ante la muerte del taxi, el estado sigue queriendo cobrar sus impuestos, y los traslada a aquellos que sustituyen a la actividad que antes desempeñaba el taxi. Sin duda, una asunción de que el signo de los tiempos es el que es, y de que el taxi tal y como lo entendimos durante décadas es un modelo que toda a su fin. Financiar parte de esa transición, una auténtica reconversión industrial, mediante el recurso a los impuestos es discutible, como todo. Pero en Massachusetts, pronto, será una realidad.

 

HTC ViveUn interesante artículo en The Guardian, Goggles on, checks away: how virtual reality is reimagining real estate sales proporciona algunas pistas sobre cómo algunas agencias inmobiliarias para clientes de alto poder adquisitivo están especializándose en proporcionar experiencias de compra mediante gafas de realidad virtual, en las que sustituyen el clásico piso piloto por ese tipo de desarrollos virtuales en 3D.

El mercado para los visores de realidad virtual está en un momento de total confusión: entre los modelos de gama alta como Oculus Rift o HTC Vive, con un precio elevado, pantalla autónoma, controles manuales, límites, etc., y los simples soportes de cartón para meter el smartphone en un “cuarto oscuro” a pocos centímetros de la nariz (o sin siquiera “cuarto oscuro”, simples pinzas a modo de montura), ha surgido toda una tendencia de uso de la pantalla del smartphone como visor, protagonizada por Samsung en su gama alta, pero aprovechada por todo tipo de fabricantes de productos baratos que ofrecen soportes supuestamente “universales” en quioscos, que son poco más que “unas gafas de bucear con un hueco para poner el móvil”, pero que carecen, por ejemplo, de controles para interaccionar con el contenido, lo que lleva a experiencias de uso limitadas y sin sentido.

Pero de una u otra manera, con mejores o peores experiencias, las gafas de realidad virtual están pasando rápidamente de ser un aparato especializado y con imagen de sofisticación, a ser algo cada vez más familiar para más usuarios, que no tiene por qué resultar extraño que te propongan utilizar, o que incluso pueden ser usadas como elemento de diferenciación, sobre todo si tiene sentido y realmente aporta algún beneficio.

En el caso del mercado inmobiliario, la lógica del movimiento tiene todo el sentido: aunque el desarrollo de contenidos tridimensionales no es especialmente barato, su coste palidece si lo que ponemos al otro lado es la necesidad de construir un piso piloto o de llevar al cliente hasta una propiedad en ocasiones situada a cientos o miles de kilómetros de distancia para que tome una decisión. Entre ver una propiedad sobre plano, sobre el vídeo en pantalla de un piso piloto o sobre las siempre patéticas imágenes reales de la propiedad en construcción, y verlas sobre una imagen virtual inmersiva de cómo se espera que quede, la impresión resulta completamente diferente, e infinitamente más atractiva – por supuesto, con el sentido común adecuado para entender que se trata de una virtualización lógicamente idealizada, con todo lo que ello conlleva tanto para posibles compradores ilusos como para posibles vendedores sin escrúpulos. El papel lo aguanta todo, pero la realidad virtual aguanta más aún… y si el resultado final se aleja mucho de la idealizada representación virtual utilizada para venderlo, y sin duda lo hará, el resultado pueden ser muchos problemas legales. Pronto veremos jueces analizando casos con un visor de este tipo puesto delante de la cara para tratar de discernir si se trata de un caso de publicidad engañosa o la representación resulta razonablemente ajustada a la realidad.

El desarrollo de contenidos para ser visualizados mediante este tipo de dispositivos es un mercado importante del que la industria inmobiliaria es simplemente una muestra. Una muestra importante debido a los importes y márgenes que se manejan, pero que sin duda, va a extenderse a muchas industrias más, todas aquellas que podamos imaginar en las que la visualización de un contenido pueda jugar un papel importante. En inmobiliaria, comenzamos hablando de propiedades en la parte alta del mercado que justifiquen pagar por la creación del contenido, pero dada la alternativa, parece razonable pensar que pronto lo veamos extenderse a todo tipo de propiedades de todo tipo de precios, o incluso al mercado de las reformas.

Pronto, tendremos visores de este tipo en la cara para multitud de usos: desde disfrutar de un contenido durante un vuelo transoceánico, hasta comprar una casa, pasando por lo que se nos ocurra. El efecto diferencial de la adopción de este soporte solo durará un tiempo, el que transcurra antes de que su adopción resulte razonablemente generalizada, y quedarán aquellos que realmente aporten un valor frente a la experiencia anterior. Pero vale la pena detenerse para hacer el ejercicio mental de intentar imaginarse si este tipo de tecnologías pueden aportar algo de valor en nuestras industrias… porque muy posiblemente, pronto las veremos a muy pocos centímetros de nuestra cara!

 

Apple Watch and iPhoneSegún la mayoría de los analistas, el desarrollo del Apple Watch 2.0 parece encontrarse con una serie de limitaciones importantes relacionadas con la supuesta necesidad de independizar al smartwatch del smartphone que, por el momento, le proporciona conectividad y algunas otras funciones.

Situar la conectividad celular en un aparato con un tamaño razonable para llevarlo en la muñeca, con las limitaciones que ello conlleva sobre todo en términos de espacio para la batería, es un reto importante y complejo desde el punto de vista de la ingeniería: los chipset actuales de conectividad celular consumen demasiada energía, lo que llevaría a relojes con una autonomía muy escasa que reduciría, lógicamente, su atractivo comercial. Esto ha hecho que Apple se centre en el desarrollo de chipset celulares con un consumo más bajo, una ruta de investigación en cualquier caso interesante, además de en situar el GPS en el propio reloj, algo técnicamente más factible. La idea parece ser, según Apple, ser capaces de eliminar la necesidad de conectar los dos dispositivos, que puedan tener una existencia independiente.

Dejemos al margen la discusión sobre si un smartwatch aporta mucho o poco: si estás convencido de que el smartwatch no es un dispositivo útil, no pretendo discutirlo, allá cada uno con sus ideas de conectividad personal y de acceso a la información. Yo no lo tenía claro hasta que probé uno: lo hice convencido de que sería un reloj que usaría tan solo en algunas ocasiones, y que rotaría con otros relojes de mi colección en función de las preferencias de cada momento, y desde hace tiempo me encuentro con que estoy tan incómodo sin él, que todo el resto de relojes languidecen en un cajón… Recibir alertas de correos electrónicos o mensajes y verlas con un simple giro de muñeca, decidir si saco el smartphone o no cuando me llaman, ver alertas de noticias y algunas funciones más me han convertido en un usuario fiel. Pero allá cada uno con sus ideas y preferencias.

Lo que no tengo claro es si realmente un smartwatch independiente del smartphone es algo que me aporte demasiado. Mi principal problema con el Apple Watch no es que dependa del iPhone, porque pase lo que pase, mi iPhone está conmigo en todo momento, como mucho separado unos pocos metros. En general, la resistencia a que el Apple Watch dependa del iPhone proviene de quienes practican deportes, que querrían poder salir a correr tan solo con el reloj, sin cargar con el smartphone: como no soy un corredor, mi ejercicio se limita a caminar rápido, no tengo esa necesidad. Mi momento de aislamiento, el único momento en el que prescindo no solo de mi Apple Watch sino también de mi iPhone, es cuando buceo. Y eso me lleva a plantear qué queremos en cada momento: ¿realmente son las necesidades de un corredor o de un buceador coherentes con la idea de separar un dispositivo del otro?

Cuando buceo, aparte de la obvia cuestión de la resistencia al agua, lo que quiero es ver una serie de parámetros muy claros y de un solo vistazo, y para ello utilizo un dispositivo especializado. Cuando salgo a caminar, lo que realmente me ayuda no es la conectividad celular, sino la posibilidad, por ejemplo, de ver mi frecuencia cardíaca en tiempo real de un solo vistazo. ¿Quiero esas funciones en el reloj que uso habitualmente? La verdad es que me aportarían entre poco y nada. Mi idea es que situaciones especiales demandan dispositivos especiales, y que tratar de crear el “uberdispositivo” que funciona en todas las situaciones es una idea destinada al fracaso. Preferiría un smartwatch con mucha más duración de batería, que me permitiese llevarlo durante la noche y se cargase rápidamente, por ejemplo, mientras me ducho o estoy en el baño, que uno que tenga conectividad celular: las veces que he contestado una llamada desde el smartwatch en plan Dick Tracy me ha parecido ridículo y profundamente incómodo.

Apple es una empresa convencida de que el usuario no sabe en realidad lo que quiere, y que es su obligación enseñárselo mediante los diseños adecuados. ¿Tiene en este caso razón, y terminaremos utilizando un smartwatch en todo momento y situación? ¿O más bien optaremos, como anticipo, por dispositivos especializados para corredores, para buceadores o para practicantes de otras actividades, y dejando el reloj normal en casa cuando las practiquemos? ¿Vale realmente la pena embarcarse en una cruzada por separar smartwatch de smartphone, cuando lo habitual es que los usuarios lleven el smartphone consigo prácticamente en todo momento?

 

Lifestage

Facebook lanza una aplicación exclusiva para usuarios menores de 21 años, Lifestage, diseñada por Michael Sayman, un product manager de la compañía de tan solo 19 años, con la idea de tratar de recuperar ese segmento más joven de usuarios que afirmaban que Facebook era “de viejos”, aunque las estadísticas afirmasen que, en realidad, seguían utilizándolo.

La red es una app, como no podía ser de otra manera para apelar a una generación que pone el smartphone en el centro de su vida, en la que los perfiles tienen formato de vídeo y la funcionalidad viene a ser como si alguien tratase de diseñar Facebook de nuevo desde una óptica completamente basada en las tendencias actuales. Las actualizaciones se generan mediante vídeos, se suplementan con herramientas de edición sencillas, y se agrupan en perfiles de vídeo que otros pueden ver. La idea de Lifestage es precisamente esa, “your life in a stage”.

La app puede ser descargada por cualquiera, pero aquellos que tengan 22 años o más solo pueden ver su perfil, y no el de otros. No precisa un perfil en Facebook para su descarga, y sigue una metodología similar a la original de Facebook en su lanzamiento: hay que vincular el perfil con un colegio o instituto, y solo empieza a mostrarte perfiles de otros usuarios cuando hay veinte o más personas en el mismo colegio con perfiles en la aplicación, lo que trata de generar, por un lado, una idea de popularidad y, por otro, que los usuarios traten de conseguir que otros se apunten para alcanzar ese umbral. Una vez superada esa frontera, puedes ver usuarios de tu colegio y de otros cercanos, y dispones de herramientas sencillas de bloqueo y reporte de perfiles que te resulten molestos.

Una red exclusiva para usuarios de ese segmento de edad no es sencilla de administrar. Por un lado, tienes que mantener fuera de ella a quienes superen esa edad, en un intento de evitar que personas mayores arruinen la experiencia de uso sea con perversiones variadas, o con intentos de supervisión. Por otro, tienes que conseguir herramientas eficientes que eviten episodios de acoso, bullying, abuso y demás situaciones con connotaciones negativas dentro de las complejas relaciones sociales de los jóvenes y adolescentes.

La combinación de este lanzamiento con el de Instagram Stories prueba el ávido interés de Facebook por recuperar el segmento más joven de usuarios, por evitar el llamado “efecto Woolworth”, el envejecimiento progresivo de la base de usuarios. Poner a un auténtico “niño prodigio” como Sayman al frente del producto es una clara demostración de saber hacer, de dejar claro que el producto es “para jóvenes, y diseñado por jóvenes”, de entender que solo desde la perspectiva de usuarios de esa edad pueden entenderse bien las necesidades, las afinidades y los gustos de los usuarios de esa edad. El éxito no está garantizado, queda mucho por hacer en términos de diversidad cultural, pero es sin duda un muy buen comienzo.