IMAGE: AmazonEn plena guerra por la implantación y la cuota de mercado de los asistentes domésticos, Amazon anuncia planes para el lanzamiento de al menos ocho dispositivos controlados a través de Alexa, su asistente de voz, que van desde amplificadores y altavoces, hasta un microondas o un dispositivo multifunción para el coche. La idea es poner a Alexa en todos los sitios donde el usuario pasa cierto tiempo e ir añadiendo funcionalidades que puedan ser controladas mediante la voz, en un mercado en el que la compañía fue pionera, pero que ya no es tan incipiente, y que se prevé alcance un valor de alrededor de treinta mil millones de dólares en el año 2024.

La interacción mediante la voz es, indudablemente, un área en fuerte crecimiento, y en el que un gran número de compañías intentan posicionar sus dispositivos. Sonos, por ejemplo, recién salida a bolsa, ha establecido su posición gracias a convertirse en los primeros equipos de sonido domésticos fácilmente conectables al Echo de Amazon y el Home de Google, y basta echar un vistazo a las apps o skills disponibles para cada uno de estos asistentes domésticos para obtener una amplia panorámica de funciones de todo tipo, desde sistemas de riego hasta iluminación, climatización, seguridad o lo que se nos ocurra. Ni siquiera la idea de conectar el microondas con Alexa es pionera: GE tiene uno a la venta desde hace algo más de un mes.

Frente al primer empuje de Amazon con su Echo, que logró posicionarse gracias a ese efecto pionero como el líder absoluto del mercado, la reacción de Google con su Google Home no se hizo esperar, y en el primer trimestre de 2018 logró por primera vez superar a Amazon en número de unidades vendidas. En ese primer trimestre del año, Canalys calculaba un total de 4.1 millones de dispositivos en el mercado norteamericano, seguido por los 1.8 millones de China (1.1 millones son dispositivos TMall Genie de Alibaba) y los 730,000 de Corea. Google, además, está ganando a Amazon por velocidad en la expansión internacional y en la incorporación de nuevos idiomas. Actualmente, Amazon Echo está disponible o en pruebas avanzadas para seis idiomas y once mercados: en inglés en Estados Unidos, Reino Unido, India, Canadá y Australia; en francés para Francia; en alemán para Alemania; en italiano para Italia; y en español para España y México. Google Home, mientras, está disponible ya en once idiomas gracias al desarrollo llevado a cabo para Google Assistant en el smartphone, y pretende llegar a los treinta a finales de 2018. En la progresiva incorporación de dispositivos a la línea de productos, ámbito en el que Amazon también llevaba ventaja, Google está trabajando con distintos fabricantes para lograr una diversidad mayor, y en algunos casos con buenos resultados. El asistente de Apple, Siri, está disponible en una variedad de idiomas mucho más amplia, pero su dispositivo, el HomePod, dista mucho de haber alcanzado la popularidad de Amazon Echo o de Google Home.

En estos momentos, los usos más habituales para los asistentes de voz domésticos son cuestiones relativamente accesorias, desde poner música hasta escuchar las noticias, encender y apagar luces o controlar el riego o la calefacción. La instalación y configuración de este tipo de dispositivos es razonablemente sencilla para personas con cierta afinidad por la tecnología, pero aún no se considera fácilmente accesible para cualquiera, lo que lleva a que para algunos dispositivos, en el mercado norteamericano se dependa de distribuidores e instaladores autorizados. El propósito de Amazon, que actualmente considera a Alexa como una de las claves de su estrategia, es poner a Alexa en todos los sitios en los que el usuario pasa un cierto tiempo, e ir incorporando prestaciones de todo tipo gracias a la actividad de sus desarrolladores. Sin embargo, a la hora de plantear nuevas funciones y posibilidades, Google tiene una indudable ventaja: la conexión del dispositivo con la cuenta Google del usuario permite la activación de una amplia variedad de funciones altamente personalizadas (calendario, agenda, mapas, contactos, etc.), una información que a Amazon le cuesta más obtener.

Un mercado con un gran potencial, con el crecimiento más importante en este momento de todo el segmento de la electrónica de consumo, y al que, sin embargo, muchos usuarios aún no le ven una decidida utilidad o incluso manifiestan temores por lo que supone de cara a eventuales peligros para la privacidad. Sin duda, nos espera una evolución interesante.

 

Twitter: chronological vs. algorithmic timelineTwitter anuncia a través de su cuenta de soporte que, en su última actualización, permite ya a los usuarios elegir entre visualizar su timeline en el modo algorítmico, con las actualizaciones supuestamente más relevantes primero, o volver al modo puramente cronológico original que la compañía utilizaba antes de 2016, sin sazonarlo con elementos adicionales.

A principios de 2016, la compañía decidió intentar mejorar el nivel de uso de su plataforma desarrollando un algoritmo que trataba de mostrar al usuario aquellas actualizaciones que podían haberse perdido, pero que eran susceptibles de interesarles. Al hacerlo, rompieron lo que hasta el momento había sido un principio fundamental de Twitter: el timeline discurría en orden cronológico, con las actualizaciones más recientes arriba. Tras muchas iteraciones e intentos de mejora del algoritmo en cuestión tratando de buscar más relevancia, la compañía podría ahora reconocer que el elemento cronológico es un elemento fundamental de Twitter, es lo que los usuarios esperan, y que interferir con ello podría no ser una buena idea.

Ahora, basta con ir a la configuración de la cuenta, entrar en las preferencias de contenido, y desactivar la opción que dice “Mostrar los mejores tweets primero” para recuperar las actualizaciones en modo cronológico, sin interferencias algorítmicas del tipo “Por si te lo perdiste” o “a Fulanito y Menganito les ha gustado este tweet“. En mi caso, mantengo la opción de relevancia desactivada desde el principio intentando mantener el orden cronológico, y a pesar de cerrar sin piedad siempre todas las sugerencias de ese tipo que la compañía me hacía y de ver como cada vez se me prometía que vería ese tipo de recomendaciones en menos ocasiones, la promesa se probaba falsa una y otra vez, y esas sugerencias seguían apareciendo.

Aunque Twitter afirma llevar tiempo trabajando en el desarrollo de elementos que permitan al usuario ejercer un mayor nivel de control sobre su timeline, la llegada de este cambio podría venir precipitada por un hilo creado por una usuaria en el que se especulaba con la posibilidad de que excluyendo determinadas palabras se pudiese obtener un timeline puramente cronológico, hilo que se viralizó hasta alcanzar más de 15,000 retweets y 40,000 likes. Que un elemento aparentemente anecdótico como ese recibiese tanta atención ha llevado a la compañía a pensar que podía haber un importante contingente de usuarios que preferían el orden cronológico al de un algoritmo que, además, no era en absoluto claro en su formulación, y en consecuencia, a adelantar la presentación del elemento.

La obsesión de Twitter por ganar control sobre lo que los usuarios ven o dejan de ver ha chocado con un elemento fundamental: el timeline tenía un funcionamiento perfectamente claro y sencillo, que cualquiera podía entender de manera inmediata, y añadir a él un algoritmo provoca una molesta sensación de ausencia de control. Poco importa que el algoritmo esté genuinamente diseñado para evitar que te pierdas cosas que te interesan, para hacer que te sientas mejor informado o para supuestamente mejorar la propuesta de valor del producto: los usuarios querían su timeline en orden cronológico porque es lo que aprendieron a apreciar de Twitter en su momento, y cualquier cambio en ese sentido les generaba una experiencia incómoda, una impresión de que lo que veían ya no dependía de ellos y de las cuentas a las que decidían seguir, sino de un tercero convertido en omnipotente que tomaba decisiones por ellos. El algoritmo podía estar trabajadísimo, considerar elementos de personalización verdaderamente interesantes y hacer un buen trabajo estimando las preferencias de los usuarios… pero simplemente, nadie lo quería: el usuario medio prefería la simplicidad de lo conocido y la referencia cronológica que esperaba.

Twitter seguirá ofreciendo elementos como la página de búsqueda en la que se podrán visualizar inmediatamente elementos como los trending topics o los momentos, que permiten hacerse una idea de lo que está pasando independientemente de las cuentas que uno decida seguir, pero ahora, dependerán de una acción adicional del usuario, la de acudir a la búsqueda. En el funcionamiento básico de la aplicación, sin embargo, el usuario podrá volver al modo puramente cronológico, dejar de lado al algoritmo y recuperar la sensación de control sobre su timeline sin interferencia alguna. Un buen caso sobre la necesidad de escuchar a los usuarios, entender sus preferencias y permitir que disfruten de tu producto como todo indica que quieren hacerlo, sin que seas tú el que les diga de qué manera lo tienen que hacer. Por interesantes y sofisticados que parezcan, no todos los algoritmos son buenos o resuelven un problema. Algunos, de hecho, lo crean. Algunas cosas, parece, son mejores cuanto más simples.

 

IMAGE: AmazonUn artículo en Fintech News, ‘Bank of Amazon’ is disrupting the financial landscape, muestra hasta qué punto el gigante del comercio electrónico, paso a paso, a menudo con iniciativas regionales y sin hacer mucho ruido, ha ido construyendo una oferta de productos financieros cada vez más completa que incluye ya no solo simples medios de pago, sino incluso productos de crédito, seguros, tarjetas recargables, transferencias recurrentes o incluso herramientas para hacer depósitos.

Una muestra más de hasta qué punto el entorno de la banca debe prepararse para una disrupción inminente, que puede provenir ya no de esas habitualmente pequeñas compañías fintech que los bancos miran por encima del hombro creyendo que pueden comprarlas o detenerlas mediante el recurso al regulador si creen que se convierten en una amenaza, sino de la segunda compañía cotizada más grande del mundo en función de su valoración bursátil. Ya que hablamos de reguladores, hace pocos días, el regulador del estado de Nueva York denunció al gobierno federal por las licencias y permisos que estaba concediendo a compañías fintech de todo tipo, en un movimiento que podría ser susceptible de poner en riesgo a sus usuarios y que podría poner en riesgo las posibilidades de competir de los bancos locales… ¿se atrevería ese regulador a denunciar el supuesto riesgo que supone para los consumidores una compañía como Amazon, con muchos más recursos que cualquier banco? ¿Qué opinará ese regulador de la actitud tomada por la Unión Europea desde PSD2, que facilita enormemente la actuación de las compañías fintech impidiendo a los bancos que recurran a una buena parte de las herramientas obstruccionistas que tenían para impedir la operativa de estas?

¿Hay alguien, en algún banco, que esté estudiando con el adecuado rigor los productos financieros que una compañía como Amazon está poniendo en el mercado? ¿Los resultados obtenidos en todos sus experimentos – Amazon es fundamentalmente una compañía experimental, con continuos ensayos y una probada metodología para hacerlos – y en todos los países en los que opera? ¿O que tenga informes detallados acerca de las actividades de otro gigante descomunal como Ant Financial, por poner otro ejemplo? ¿O están “muy ocupados” haciendo cosas que les parecen “mucho más importantes”?

¿Qué reacciones podría generar en el mercado, por ejemplo, el lanzamiento de una cuenta corriente por parte de una compañía como Amazon? Intentemos imaginarlo: ¿sería realmente muy complicado para una compañía como Amazon obtener una licencia bancaria en un país? ¿O inspirar la confianza suficiente en los usuarios como para que les encomendasen la gestión de su dinero? ¿Podemos imaginar de alguna manera un sistema de login o de seguridad tan engorroso e incómodo como el que tienen la mayoría de los bancos españoles, si fuese Amazon quien lo gestionase? ¿Qué tal sería la experiencia de revisar movimientos, comprobar recibos, hacer transferencias o pedir un crédito al consumo si fuese Amazon quien estuviese detrás? ¿Nos imaginamos a Amazon haciendo ese tipo de cosas mejor o peor que los bancos que conocemos?

Independientemente de lo que podamos pensar de una compañía como Amazon, que no deja de ser, según algunos estudios, la compañía que más miedo provoca en el panorama empresarial, tengo la impresión de que una oferta de productos bancarios creada por ella podría llegar a resultar bastante atractiva para un segmento representativo de usuarios. ¿Están los bancos simplemente esperando a que Jeff Bezos tenga un día inspirado y tome la decisión de hacerlo, o están de alguna manera tratando de imaginarse ese escenario y tomando en función del mismo algún tipo de medidas? Francamente, no oigo a demasiados directivos de banca hablar sobre Amazon, y cuando lo hacen, no parece que lo consideren como un posible competidor. ¿Acaso piensan que su negocio es demasiado complejo y está demasiado regulado como para que Amazon quiera entrar en él? 

¿Es la banca la próxima gran industria destinada a experimentar la disrupción? Por el momento, lo único que podemos decir con seguridad es que, decididamente, tiene todos los síntomas para serlo.

 

IMAGE: Getdrawings.com - CC BY NC

Una interesante noticia en TechCrunch, African experiments with drone technologies could leapfrog decades of infrastructure neglect, pone de manifiesto cómo, en muchas ocasiones, lo importante en innovación no es contar con todos los recursos adecuados para poner una idea en marcha, sino más bien el tener una necesidad importante que satisfacer. En el caso del África subsahariana, la necesidad proviene de muchas décadas de falta de atención al desarrollo y mantenimiento de infraestructuras de transporte, lo que da origen a que, en una amplia variedad de casos, la mejor manera de llevar algo a algún sitio de manera mínimamente eficiente sea por aire.

El ejemplo de Zipline, una compañía fundada originalmente en California, resulta particularmente interesante: hace algunos años, vio la oportunidad de establecerse en Ruanda con el fin de desarrollar sus productos y servicios en un entorno en el que pudiesen cumplir funciones percibidas como verdaderamente críticas o importantes, no simplemente enviar una pizza o un paquete cualquiera, y ser capaces de obtener así una regulación más adecuada que tuviese en cuenta el interés en su desarrollo. Así, en octubre de 2016 llegó a un acuerdo con el gobierno del país africano para desarrollar un “Uber para la sangre“, un servicio capaz de poner una bolsa de sangre en prácticamente cualquier lugar en un tiempo récord, lo que le ha servido, entre otras cosas, para obtener financiación de varias compañías interesadas, y para desarrollar y poner a punto el dron comercial considerado más rápido del mundo, con mucho más aspecto de avión que de cuadricóptero capaz de volar a 128 kmh, que podría pasar a ser utilizado en muchos otros países del mundo para servicios de todo tipo. Hasta el momento, Zipline ha efectuado más de seis mil envíos con un total de medio millón de kilómetros de vuelo, una experiencia que habría resultado mucho más difícil de obtener en otros entornos. Asimismo, el gobierno de Ruanda participa en una iniciativa con el World Economic Forum destinada a derivar mejores prácticas para el uso de drones, que podría llegar a servir de ejemplo para gobiernos de otros países del mundo en este mismo tema.

Un ejemplo de libro del llamado leapfrogging, innovaciones radicales que aprovechan un contexto determinado y que pueden dar lugar a incrementos de eficiencia muy superiores a las innovaciones pequeñas e incrementales. La búsqueda de los contextos que permitan el desarrollo y aplicación de estas innovaciones radicales es especialmente interesante: el éxito obtenido por Zipline en Ruanda ha llevado a que muchas otras compañías consideren el África subsahariana como un área de interés para este tipo de temas, lo que ha permitido el desarrollo de un entorno legislativo mucho más proactivo que el de otros países, a la apertura de pasillos pan-africanos humanitarios en Malawi que pueden ser ofrecidos a compañías para que hagan pruebas en un entorno controlado, y también a la aparición de compañías locales. Siguiendo el ejemplo de Ruanda y de Malawi, otros gobiernos como Sudáfrica, Kenya, Ghana y Tanzania han actualizado su legislación referente a drones, y han lanzado también diversas iniciativas destinadas a su explotación.

En el caso de los drones, África ha mostrado estar dispuesta a dar pasos más audaces y más rápidos que el resto del mundo, debidos a la promesa de unos beneficios tangibles que habría resultado mucho más complicado, si no imposible, obtener de otra manera, lo que ha llevado a que los distintos países hayan estado dispuestos a moverse más ágilmente en el desarrollo de sus entornos de regulación. Un hecho que podría situar a esos países en una posición susceptible de atraer a compañías interesadas en ese ámbito, de situarse en el frente de la innovación, y de capitalizar las ventajas y la inversión requeridas para ello, así como la generación de riqueza resultante. Muy posiblemente no mantengan esa posición en solitario, otros países que han visto ya el potencial de los drones están avanzando también muy rápidamente en ese sentido, pero sin duda, es una posición, la de meca tecnológica, no especialmente habitual en la zona, aunque haya habido otros casos de éxito anteriores que también dejaron importantes lecciones de innovación. Si estás interesado en los drones y en sus posibilidades, la meca de su desarrollo podría no estar en Silicon Valley ni en otros sospechosos habituales, sino en el África subsahariana.

 

Heart rate in Apple WatchComo profesor de innovación, las reacciones a la presentación de nuevos productos me han fascinado desde hace muchísimo tiempo. En esta ocasión, la presentación del Apple Watch 4 y sus funciones de monitorización cardíaca y las reacciones que están generando entre la comunidad de especialistas sirven como un ejemplo interesantísimo sobre cómo esas reacciones pueden no solo predecirse y modelizarse, sino también sobre su valor a medio y largo plazo. Una prueba de cómo trabajar intensamente en un tema durante mucho tiempo puede llegar a distorsionar la  perspectiva de lo que es positivo o negativo, o de lo que puede suponer una innovación puesta en contexto y sometida a procesos de adopción social.

¿Cómo podríamos llegar a una clasificación o tipología de este tipo de reacciones? En primer lugar, está el planteamiento de dudas en un formato abierto. Es el caso de Ethan Weiss que comenté en mi entrada anterior sobre el tema, que durante la misma presentación del producto y de sus funciones se plantea en su Twitter que “no es capaz de discernir si estamos ante el mejor o el peor día de la historia de la cardiología”. La duda está perfectamente bien expresada y plantea en términos neutros un escepticismo razonable que responde a posibles escenarios perfectamente imaginables por un cardiólogo con experiencia: por un lado, lo positivo de una monitorización no intrusiva capaz de identificar problemas antes de que se conviertan en críticos y su potencial para, en último término, salvar vidas y, por otro, el escenario de salas de espera en las consultas de los cardiólogos completamente llenas de personas atacadas de los nervios debido a un incremento sustantivo en el número de falsas alarmas.

Esa misma incertidumbre se plantea en un artículo de The Washington Post publicado al día siguiente de la presentación, tras contrastar opiniones con varios cardiólogos, titulado What cardiologists think about the Apple Watch’s heart-tracking feature: incluir este tipo de mediciones en un producto de consumo de tan elevada popularidad podría generar en muchos usuarios ansiedad injustificada y visitas al médico innecesarias. La interpretación de un electrocardiograma requiere un cierto grado de familiaridad con la técnica y con las métricas empleadas, lo que podría llevar a que una persona no entrenada, ante las variaciones naturales de su ritmo cardíaco, se alarmase o llegase a manifestar síntomas de hipocondría. E indudablemente, un problema menor si lo comparamos con los potenciales beneficios de una tecnología que podría llegar a alertar a muchas personas sobre posibles problemas cardíacos en fases que aún pueden posibilitar su tratamiento o la adopción de medidas de precaución. Es posible que la perspectiva de que personas sin el nivel de preparación adecuada accedan rutinariamente a una herramienta diagnóstica como el electrocardiograma de manera rutinaria pueda suponer un motivo de cierta alarma para los profesionales encargados de tomar decisiones con esas mismas herramientas, pero de nuevo, también parece más que razonable considerar el problema – relativo – de un número mayor de consultas o de visitas al cardiólogo como un problema menor en comparación con su contrapartida en términos de posibles complicaciones de salud potencialmente evitadas.

Otra objeción diferente proviene de la fiabilidad del mecanismo utilizado para la toma y procesamiento de los datos. En ese sentido se pronuncia un artículo en Quartz, The new heart-monitoring capabilities on the Apple Watch aren’t all that impressive, que apunta a que el electrocardiograma obtenido por el Apple Watch proporciona necesariamente un resultado mucho más imperfecto y rudimentario que los que puede proporcionar cualquier aparato de nivel clínico, en el que se utilizan rutinariamente doce electrodos adheridos a la piel en diferentes zonas del tórax y ciertos puntos en brazos y piernas. Indudablemente, hablamos de una comparación completamente absurda entre un dispositivo de consumo y uno clínico: por supuesto que el dispositivo clínico ofrece una precisión muy superior, pero a cambio de un nivel de conveniencia mucho menor. Incluso ante la posibilidad de que un producto de nivel clínico llegase a convertirse en un producto de consumo, la idea de que un número elevado de personas lo utilizase de manera rutinaria o diaria resulta prácticamente ridícula, y mucho más si pensamos en la práctica imposibilidad que alguien lo llevase puesto durante su vida cotidiana. En este caso, el dispositivo clínico tiene un propósito diferente al de consumo: mientras el primero proporciona medidas muy fiables y rigurosas en unas condiciones determinadas, el segundo busca el compromiso de proporcionar únicamente algunas medidas y con un nivel de precisión muy inferior, pero ser capaz de obtenerlas en todo momento y en cualquier circunstancia. ¿Pueden aportar ese tipo de medidas algo a la salud de unos pacientes con, por ejemplo, condiciones que no manifiestan cuando están en unas condiciones determinadas en la consulta de su médico? Indudablemente, y en el futuro estoy seguro de que veremos cardiólogos explorando, en determinados casos, los registros obtenidos por los Apple Watch de algunos de sus pacientes. Lo que no quiere decir, por supuesto, ni que esto sea necesario o esté justificado en todos los casos, ni que debamos intentar presionar a ningún médico para que lo haga.

En el mismo sentido se manifiestan los fabricantes de otros dispositivos de consumo, como WIWE, que también mencioné en mi anterior artículo al respecto: si trabajas durante años para producir un dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito en el que apoyas los dos pulgares, y con la simple precaución de que tus manos no se toquen, te proporciona un electrocardiograma con datos completos y gráficas de arritmia, fibrilación auricular, heterogeneidad ventricular y saturación de oxígeno en sangre, el que Apple llegue y pretenda proporcionar datos parecidos mediante un dispositivo tan generalista como un reloj es algo que, indudablemente, genera inquietud. Así, la reacción del equipo de desarrolladores de la compañía es, dentro de unos adecuados parámetros de respeto, de un relativo escepticismo:

“Aunque no lo hemos probado a fondo todavía, surgen algunas dudas al observar la configuración de hardware del reloj, que puede afectar significativamente la calidad de la señal cuando se graba el ECG. El diseño común en dispositivos de este tipo es permitir que los usuarios coloquen sus dedos sobre los sensores para lograr un contacto completo y una señal fuerte, y obviamente el reloj no proporciona dicha configuración. 

Un problema común podría surgir de algo tan simple como la pilosidad en la muñeca del usuario, que puede ser un obstáculo para el sensor que se supone que capta las señales de ese canal, por lo que se vuelve limitado en su capacidad para reunir información confiable para su evaluación. El otro canal, el dedo índice derecho del usuario, debe mantenerse en su posición el tiempo suficiente, con riesgo de temblores, sentir tensión, etc. Si se mueve, es difícil lograr un contacto estable y sostenido. WIWE, en cambio, puede ser colocado sobre una superficie plana y apoyar los dedos constantemente en los sensores durante la medición.

Con respecto a la detección de fibrilación auricular, no hemos visto información sobre su precisión (WIWE logró 98.7% de precisión cuando se probó con 10000 muestras clínicas, nuestro certificado está disponible bajo pedido) y desconocemos si examinan la activación auricular examinando la onda P como hace WIWE, o hacen la evaluación basada únicamente en la frecuencia cardíaca (distancia RR). Por lo que sabemos a partir de la información publicada, no realizan análisis de onda, por lo que no pueden proporcionar información específica del electrocardiograma como QRS, QTc o PQ, mientras que WIWE sí ofrece todo esto a los médicos. Si solo dependen de la frecuencia cardíaca, el resultado de la evaluación puede ser confuso al detectar la fibrilación auricular, algo confirmado por lo que la FDA señala en su documento de resumen: “la aplicación ECG no está destinada a ser utilizada en personas menores de 22 años, ni se recomienda para personas con otras afecciones cardíacas conocidas que puedan alterar el ritmo cardíaco “.

Habiendo dicho todo eso, obtener el apoyo de la AHA y la aprobación de la FDA supone un gran logro y no podemos afirmar que el reloj no sea capaz de detectar la fibrilación auricular, pero hay preocupación en ese sentido.”

De nuevo: parece evidente que, dentro de la categoría de productos de consumo, la precisión de un dispositivo diseñado específicamente para la obtención de un electrocardiograma, con dos sensores y una configuración razonablemente ergonómica que permite mantener los pulgares en ellos durante un minuto sin problemas obtendrá resultados más fiables que un dispositivo generalista como un reloj diseñado para una amplia variedad de funciones  – y fundamentalmente, ver la hora. Pero la contrapartida, de nuevo, es evidente: con ese dispositivo me monitorizo cuando me acuerdo y, por lo general, menos de una vez al día. Con el reloj, me monitorizo en todo momento y en circunstancias de todo tipo.

¿Están justificadas las reacciones a la innovación planteadas por facultativos y diseñadores de productos competidores? Sin duda, tienen una base razonable. Sin embargo, obvian en su análisis otra cuestión: lo que puede aportar el hecho de que las mediciones, aunque menos rigurosas, se produzcan en cualquier momento del día. Asimismo, debemos esperar a conocer lo que Apple u otros desarrolladores puede llegar a hacer con los algoritmos adecuados cuando dispongan de medidas obtenidas de manera regular o en contextos variados – no olvidemos que el Apple Watch también es utilizado, por ejemplo, para la monitorización regular del ejercicio físico. ¿Pueden este tipo de cuestiones llegar a suponer una mejora tangible a medio plazo para la investigación o para la práctica de la cardiología? Sinceramente, estoy convencido de que así será.