IMAGE: Josh Hallett on Flickr (CC BY)La privacidad, definida como el ámbito de la vida personal de un individuo que se desarrolla en un espacio reservado, es sin duda uno de los conceptos cuyos límites están en más fuerte evolución en los tiempos que vivimos. Desde las teorías expuestas por Vint Cerf, que la califican de anomalía histórica y la condenan a convertirse en algo cada vez más difícil de obtener, hasta las visiones más radicales que pretenden protegerla hasta límites que imposibilitarían cualquier modelo de negocio basado en su explotación, todo indica que hablamos seguramente de uno de los conceptos sometidos a un debate más fuerte, más o menos sesgado en función de quienes lo propongan.

La administración Trump publicó el mes pasado una propuesta, que probablemente dará forma a la futura legislación que pueda venir en este sentido, en la que aboga por dar a los usuarios más controles sobre la forma en la que sus datos son utilizados por las compañías tecnológicas. La propuesta tiene sentido viniendo de quien viene, el presidente que más bombardea a sus ciudadanos a través de las redes sociales con publicidad microsegmentada, que se beneficia precisamente del hecho de que una compañía ofrezca supuestamente a sus usuarios todas las opciones posibles para tomar decisiones sobre el nivel de privacidad que desean, pero que, a pesar de los sucesivos problemas que experimenta en ese sentido, consigue que sean pocos los que entren a cambiar esas opciones. El caso de Facebook, que parece empeñada en demostrar que si puede acceder y explotar cualquier tipo de dato personal de sus usuarios lo hará con total seguridad, es paradigmático: si hace algunos días hablábamos la presentación de su nuevo dispositivo enfocado a videoconferencias, Facebook Portal, y de las garantías de la compañía de no utilizarlo para captar datos, ahora la compañía se desdice y clarifica que aunque el dispositivo no mostrará publicidad, los datos que pueda captar sobre sus patrones de uso sí podrán ser utilizados para segmentar la publicidad en otras propiedades de la compañía.

Al tiempo, Google nombra a un nuevo responsable de privacidad y marca los que considera sus criterios para una posible regulación federal del tema, igualmente centradas en ofrecer más poder al usuario para decidir sobre los niveles de privacidad que desea. El problema, sin duda, es complejo: si bien mucho podrían pensar, de manera intuitiva, que si les permiten decidir sobre el nivel de privacidad que desean tenderían a escoger los niveles más garantistas y cerrados, la realidad es que la gran mayoría de los usuarios simplemente no se preocupan del tema o prefieren conscientemente permitir que el estudio de sus patrones de uso sean utilizados para mejorar la propuesta de valor de los productos y servicios que utilizan.

La Unión Europea, por otro lado, a pesar de que ha cometido errores clamorosos que han creado muchos más problemas de los que soluciona, inventándose derechos artificiales e inexistentes que no hacen más que provocar problemas e incoherencias en sus intentos de aplicación, mantiene una línea de defensa de los usuarios, plasmada en el desarrollo del reglamento general de protección de datos (GDPR), que podría significar un paso interesante, si prueba tener el adecuado poder sancionador, a la hora de corregir abusos y usos malintencionados por parte de las compañías.

En otros entornos, como el caso tantas veces comentado de China, todo indica que la batalla está claramente perdida: la privacidad es una variable bajo un dominio omnímodo del estado, capaz de agregar cualquier dato obtenido por cualquiera de los actores de la industria, y que la utiliza sin ningún tipo de problema para el control social – a pesar de algunos tímidos episodios de resistencia en ese sentido – en un entorno en el que la mayoría de los ciudadanos, simplemente, carecen ya prácticamente de cualquier expectativa de privacidad y lo ven como algo que no les importa excesivamente. Por otro lado, ni siquiera está claro cuáles de los países que consideramos supuestamente democráticos tienen un genuino interés en preservar la privacidad de sus ciudadanos como un derecho fundamental o cuáles, en realidad, envidian secretamente el nivel de control que ejerce el gobierno chino.

¿Cuál es el futuro de la privacidad? Que lo marcan las compañías que viven de su explotación, claramente, no parece el mejor de los escenarios. Pero que lo hagan los gobiernos, interesados en mayor o menor medida en el control de su población, tampoco parece asegurar un futuro mínimamente garantista. Posiblemente, la mejor baza esté en la acción ciudadana, basada en un nivel de información lo más riguroso posible: mientras una parte importante de la población siga sin darle importancia al tema, sin preocuparse de conocer o controlar las opciones de privacidad de los productos que utilizan, o pensando que “como no tienen nada que ocultar, no tienen nada que temer“, la solución al problema seguirá estando lejos. Que muchos usuarios se manifiesten cada vez más molestos por los niveles de agresividad e intrusión de la publicidad en la red sí puede importante, porque generalmente termina llevando a esos usuarios a tomar una posición más beligerante y activa, pero tampoco garantiza nada, y de hecho, parece estar desembocando en una situación en la que conseguir un nivel adecuado de protección de la privacidad solo está al alcance de “los más listos”, de aquellos que saben buscar el conjunto de herramientas suficiente para hacer frente a la situación.

¿Empresas? ¿Gobiernos? ¿Usuarios? ¿Quién y cómo debería condicionar la agenda en la evolución futura de un concepto como la privacidad?

 

IMAGE: John Phelan (CC BY)El MIT anuncia la creación de un nuevo centro, el Stephen A. Schwarzman College of Computing, dedicado a reorientar la institución para llevar el poder de la computación y la inteligencia artificial a todos los campos de estudio, posibilitando que el futuro de la computación y la inteligencia artificial se forme a partir de ideas de todas las otras disciplinas. La idea es utilizar la AI, el machine learning y la ciencia de datos con otras disciplinas académicas para “educar a los profesionales bilingües del futuro”, entendiendo como bilingües a personas en campos como la biología, la química, la política, la historia o la lingüística que también tienen experiencia en las técnicas de computación moderna que pueden ser aplicadas a ellos.

El centro se crea con un presupuesto de mil millones de dólares tras la aportación de $350 millones de la persona que le da nombre, Stephen A. Schwarzman, CEO de The Blackstone Group, la  trigésima cuarta persona más rica del mundo según el ranking de Forbes, y convierte a la institución en la que más claramente identifica el potencial futuro de una disciplina llamada a cambiar completamente el mundo tal y como lo conocemos. La idea de establecer el centro como una estructura propia y con un carácter fuertemente multidisciplinar refuerza la frase que llevo utilizando bastante tiempo tras leerla en un muy recomendable artículo de Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee titulado The business of Artificial Intelligence, y que afirma que 

… durante la próxima década, la IA no reemplazará a los directivos, pero los directivos que utilizan la IA reemplazarán a los que no lo hacen”

El planteamiento de un centro multidisciplinar completamente independiente abre este planteamiento más allá del management, y afirma que un proceso similar, el desplazamiento de los profesionales tradicionales a manos de aquellos que saben utilizar herramientas como la AI, el machine learning o la ciencia de datos, ocurrirá en prácticamente todas las disciplinas. Un proceso de este tipo lo podemos ver ya en campos tan diferentes como el ya citado management, en el que compañías de todo el mundo adquieren herramientas analíticas para llevar a cabo la predicción y la automatización inteligente de procesos a partir de sistemas que aprenden de los datos, o las ciencias de la salud, en las que los profesionales se preguntan qué van a hacer cuando una buena parte de su trabajo, como los diagnósticos, sean llevados a cabo por herramientas algorítmicas.

La semana pasada, Google presentó estudios que demuestran que sus algoritmos de análisis de imagen son capaces ya de identificar tumores en cánceres de mama con un 99% de precisión. Otros estudios publicados en journals de prestigio afirman que pruebas diagnósticas como los ecocardiogramas pueden ya ser interpretados de manera completamente automática. El pasado año, cuando en el evento de innovación de Netexplo en París me pidieron que presentase a uno de los ganadores, la compañía india de diagnóstico de imagen médica Qure.ai, mi conversación con una de sus fundadoras en el escenario trató de explorar precisamente el aspecto de la supuesta sustitución: ¿cómo se sentían los radiólogos cuando, tras haber cedido sus archivos de imágenes a la compañía para que adiestrase su algoritmo, veían que este era capaz de diagnosticar tumores con mayor precisión que los propios facultativos? La respuesta fue clara: tras un breve período de adaptación, los profesionales de la medicina decidían que estaban mejor dejando que fuese el algoritmo el que llevase a cabo ese trabajo – algunos diagnósticos suponen, en ocasiones, examinar decenas o cientos de imágenes muy parecidas – y decidían dedicar su tiempo a otras tareas que consideraban más productivas. De hecho, algunos manifestaron que en la próxima generación de médicos, la habilidad de tomar una radiografía, mirarla y aventurar un diagnóstico sobre ella se perdería completamente, y sería vista como algo peligroso que los médicos hacían en la antigüedad. De nuevo, la misma respuesta: en los hospitales de todo el mundo, los algoritmos no sustituirán a los radiólogos, a los mamografistas ni a los ecocardiografistas… pero los profesionales que sepan utilizar inteligencia artificial y machine learning en sus diagnósticos sustituirán a los que no lo hacen, que incluso pasarán a ser vistos como un mayor riesgo para los pacientes.

El MIT no ha sido la única institución académica en entenderlo así, pero sí ha sabido ser la primera y la más visible a la hora de embarcarse en una iniciativa tan profundamente ambiciosa sobre el tema: en IE University llevamos muchos años haciendo que los profesores de nuestros programas más especializados en analítica y ciencia de datos se conviertan en una fuente de cursos para otros programas generalistas en disciplinas completamente diferentes, planteando grados con doble titulación que solapan ambas disciplinas, e introduciendo las humanidades como una parte fundamental del curriculum en todos los grados, como una manera de reflejar esa misma preocupación e intentar dar forma a los profesionales del futuro.

Tratemos de plantearlo así: en cada profesión, la inteligencia artificial y el machine learning encontrarán aplicaciones que, al cabo de un cierto tiempo, mejorarán las prestaciones de los humanos llevando a cabo esas mismas tareas. Para educar a esos nuevos profesionales, será fundamental que entiendan el funcionamiento de los algoritmos de inteligencia artificial y machine learning que utilizan, no solo para evitar un posible mal funcionamiento como el de ese algoritmo que, en Amazon, decidió dejar de contratar mujeres basándose en los datos históricos de la compañía, sino también para poder idear y diseñar nuevos procesos de innovación que apliquen la potencia de esos nuevos desarrollos tecnológicos y de otros aún más potentes que surgirán en el futuro.

El paradigma de la sustitución es, de por sí, autolimitante y peligroso. Nadie en su sano juicio entendería que insistiésemos en que le diagnosticase un médico humano en lugar de un algoritmo capaz de hacerlo con mucha más precisión, del mismo modo que muy pronto, nadie entenderá que pretendamos conducir nuestros automóviles sabiendo como sabemos que somos la fuente de la inmensa mayoría de los accidentes, cuando existen algoritmos capaces de hacerlo muchísimo mejor y de manera infinitamente más segura. Tratar de preservar empleos a costa de hacer mejor las cosas es una estrategia perdedora.

 

Google cumple 20 años - Cinco Días

Marimar Jiménez, de Cinco Días, me pidió algunas ideas sobre la perspectiva de una Google con veinte años y lo que podría estar apuntando a definir sus próximos veinte, y ha incluido algunos de mis comentarios en un artículo que ha titulado “Google cumple 20 años… Cómo será el ‘rey de internet’ cuando alcance los 40” (pdf), en el que también ha pulsado la opinión de prominentes ex-Googlers del panorama español como Bernardo Hernández o Javier Rodríguez Zapatero.

Mi opinión la expresé de manera enfática con una frase clara: “El presente y futuro de Google se estructura claramente en torno a tres conceptos: machine learning, machine learning y machine learning“. El concepto es tan importante en este momento para el futuro de la compañía, que no ha dudado en formar a todo su personal en ello, en redefinir todos sus productos y servicios en torno a ello, y en establecer que la ventaja competitiva del futuro se basará en que sus algoritmos sean mejores que los de su competencia. No sé si dentro de veinte años, porque en internet es más válido que nunca eso de que las predicciones a veinte años no son nada, pero en el futuro previsible, el machine learning marcará todo lo que Google sea o deje de ser.

A continuación, el texto que envié a Marimar sobre el tema:

El presente y el futuro de Google – en realidad, de Alphabet – se estructura claramente en torno a tres conceptos: machine learningmachine learning y machine learning. En este momento, y desde hace varios años, es sin duda el concepto central, el hilo conductor del rediseño de todos los productos y servicios de la compañía. Una de cada diez palabras en la comunicación de la compañía tienen relación con ese concepto. La compañía ha formado a todo su personal, del primero al último, en machine learning, porque fía todo su futuro a su potencial diferenciador, a la posibilidad de que sus productos y servicios sean capaces de aprender más rápido que los de sus competidores.

¿Qué cabe esperar en los próximos veinte años de una compañía que hace hoy una apuesta tan clara y definida? Lógicamente, que todos sus productos y servicios se reestructuren en torno al machine learning, y por tanto, que su eje fundamental pase a ser la adaptación al usuario y a sus necesidades. El asistente es una muestra clara con una progresión notable en ese sentido, pero el potencial de otros productos y servicios de la compañía en ese sentido es brutal: nadie sabe qué líneas nuevas puede desplegar Alphabet como holding de compañías en un plazo tan largo como veinte años, pero simplemente con algunas de ellas ya es como para soñar: la posibilidad de redefinir el transporte de personas mediante Waymo, la de ser capaz de protagonizar la transición a un cuidado de la salud preventivo a través de Calico y Verily, o la de replantear la ciberseguridad mediante Chronicle, por citar únicamente algunas de las compañías de un portfolio en el que, lógicamente, destaca también el potencial de la subsidiaria específica dedicada al machine learning, Deep Mind.

En resumen: en veinte años, creo que Alphabet será un gran conglomerado empresarial que proporcionará productos y servicios adaptados a las necesidades del usuario gracias a las posibilidades que le ofrezca el machine learning.

 

IMAGE: Tumisu - PixabayEl ex-CEO de Google, Eric Schmidt, se aventura en una entrevista con CNBC a predecir un futuro en los próximos diez o quince años en el que la internet que conocemos se bifurcará en dos partes que se desarrollarán independientemente, una dominada por los Estados Unidos y la otra por China. La cuestión genera mucho interés debido no solo al contexto de la guerra comercial entre ambos países comenzada por Donald Trump, sino también por las recientes acusaciones de tácticas de espionaje agresivo de China contra compañías norteamericanas a través de LinkedIn o por las sucesivas limpiezas de miles de páginas web en China destinadas a mantener una internet controlada y limpia que rechace la vulgaridad y los contenidos potencialmente perjudiciales para la población.

En efecto, el último China Internet Report 2018 compilado por Abacus, 500 Startups y el South China Morning Post pinta un panorama dominado por protagonistas completamente diferentes a los que todos consideran sospechosos habituales fuera de China, con elementos característicos que no encontramos en ningún otro país como una ausencia total de respeto por la privacidad o un sistema de clasificación crediticia que interviene en prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana, y en una fase de desarrollo que ya ha superado completamente el simplemente adaptar ideas extranjeras a China y ha pasado a la siguiente, a la de exportar ideas desde China al mundo exterior.

Para muchos, China se ha convertido en el escenario en el que, debido a unas limitaciones gestionadas con total arbitrariedad y a una estrategia perfectamente delimitada por el estado, muchas cosas tienden a pasar más rápido que fuera de China: ¿quieres ver drones formando parte de esquemas de reparto logístico? Vete a China. ¿Smartphones siendo utilizados como forma universalmente aceptada de pago, identificación y todo lo necesario para la vida cotidiana? China es el lugar donde ir. Un número creciente de compañías, cuando quieren proporcionar una cierta experiencia de visión de futuro a sus directivos, los envían a China. La prestigiosa revista Foreign Affairs habla incluso de una internet del futuro dominada por China, mientras el gigante Google pugna por volver a China y por desarrollar un producto adaptado a la rígida legislación del gigante asiático porque eso podría, supuestamente, ser positivo para los usuarios mientras lucha con la resistencia al respecto de sus propios empleados

La gran pregunta, para mí, es hasta qué punto la predicción de Schmidt es realmente eso, una predicción de futuro. En muchos sentidos, tengo la impresión de que la balcanización de internet se produjo ya hace mucho tiempo, que si viajo a China e intento hacer las cosas que hago habitualmente no puedo hacerlo o tengo que pasar por vicisitudes cada día más complejas para ello, que ni yo utilizo prácticamente páginas web chinas – salvo cuando investigo al respecto – ni los usuarios chinos utilizan las de fuera de su país, y que además, no lo hacen no porque esas páginas estén censuradas, sino porque no tienen el menor interés en hacerlo. Desde hace mucho tiempo insisto a mis alumnos no solo chinos, sino también de algunos otros países como Rusia, como elementos muy particulares en el funcionamiento de internet, que el conocimiento de las herramientas, usos, costumbres y jugadores en su mercado es susceptible de constituir un activo muy interesante a la hora de trabajar en compañías que tengan esos mercados en su punto de mira, porque el nivel de especificidad ha alcanzado ya tal punto, que encontrar perfiles que de verdad sean capaces de tener una perspectiva multicultural y puedan gestionar adecuadamente esos entornos se ha vuelto sumamente complejo.

¿Existe realmente una sola internet? El factor idiomático es obviamente importante, a pesar del progreso de las herramientas de traducción, pero más allá de eso, han surgido elementos de desarrollo independiente que han convertido a esos países en prácticamente islas, en otras internets, en las que es necesario manejarse de otras maneras, con otros requisitos, con otros elementos y con otras reglas. Si no las conoces y tienes cierta soltura en su manejo, simplemente estás fuera. Creo que internet se balcanizó hace ya algún tiempo, y que si bien podremos tener casos de compañías chinas lanzando productos y servicios al exterior y posiblemente, aunque aislados, en sentido contrario, la realidad es que la internet que conocemos fuera de China y la de China son ya lugares muy diferentes, con cada vez menos elementos en común, y con una probabilidad de convergencia muy escasa. El sueño de una internet universal tal y como lo pensaron – o no – algunos de sus creadores se ha quedado en eso, en un sueño.

 

IMAGE: UberJapón ha anunciado un acuerdo para invitar a veintiún compañías dedicadas a trabajar en la idea del futuro del transporte aéreo en las ciudades, incluyendo a sospechosos habituales como Airbus, Boeing, Geely o Uber de los que hemos hablado en algunas ocasiones en esta página, y facilitar todos los elementos necesarios para que puedan poner en práctica sus ideas, incluyendo el desarrollo de un entorno legal y regulatorio propicio para ello.

La idea del coche volador, entendido no como un avión o helicóptero actuales, sino como algo sencillo que cualquiera puede manejar, con un elevado nivel de autonomía o planteado como servicio a precios comparables con el transporte terrestre lleva tiempo llamando la atención de numerosas compañías y emprendedores, que han mostrado ya un buen número de prototipos, pero que, de manera rutinaria, permanecen en el capítulo de “interesante pero imposible”, fundamentalmente debido a temas relacionados con la seguridad y la regulación.

Obviamente, las intenciones de Japón no son provocar catástrofes aéreas, sino replantear el escenario regulatorio de acuerdo con lo que la tecnología actual puede hacer, redefiniendo los estándares de seguridad adecuados y planteando convertirse en el escenario de operaciones preferente de este tipo de compañías. Uber ha anunciado una iniciativa en París para su Uber Elevate en la que ha comprometido una inversión de veinte millones de euros en los próximos cinco años, Geely adquirió Terrafugia en 2017, Boeing también se hizo con Aurora Flight Sciences en ese mismo año, Airbus ha presentado conceptos en ese sentido, y hay además un cierto número de proyectos similares que están trabajando de forma más o menos pública o avanzada en el tema.

Cuando se habla del tema, una de las discusiones que suelo provocar en mis clases de innovación con el fin de trabajar conceptos relacionados con la adopción, pocos citan ya la tecnología como limitante, y las objeciones suelen provenir precisamente de los temas relacionados con el entorno legal y la regulación. ¿Qué puede ocurrir si surge un país dispuesto a replantear ese entorno y a buscar específicamente que sea propicio para el avance de este tipo de proyectos? Japón es uno de los países más importantes en la producción de automóviles, pero su industria no ha logrado posicionarse de manera especialmente buena en las dos grandes tendencias de la industria en este momento, los vehículos autónomos y la electrificación. En un escenario así, tratar de convertirse en líderes en una tecnología que, en principio, muchos aún asocian con la ciencia-ficción y pocos apostarían por llegar a utilizar de manera razonablemente habitual a lo largo de su vida es una apuesta sin duda arriesgada, pero también comprometida, que pocas compañías interesadas en el tema ignorarán.

¿Qué trascendencia podría tener para el futuro del transporte en todos los sentidos que pudiésemos comenzar a hacer un uso habitual y cotidiano de vehículos de este tipo? ¿Podemos imaginarnos, como aventura Uber en el evento que dedica al tema, moviéndonos en una ciudad en un vehículo volador a precios comparables con los vehículos que se desplazan por su superficie? Los plazos son, como siempre, la gran incógnita. Pero a partir de ahora, tanto desde el punto de vista tecnológico como desde el legislativo, es muy probable que haya muchas miradas puestas en Japón.