IMAGE: AmazonUn artículo en Fintech News, ‘Bank of Amazon’ is disrupting the financial landscape, muestra hasta qué punto el gigante del comercio electrónico, paso a paso, a menudo con iniciativas regionales y sin hacer mucho ruido, ha ido construyendo una oferta de productos financieros cada vez más completa que incluye ya no solo simples medios de pago, sino incluso productos de crédito, seguros, tarjetas recargables, transferencias recurrentes o incluso herramientas para hacer depósitos.

Una muestra más de hasta qué punto el entorno de la banca debe prepararse para una disrupción inminente, que puede provenir ya no de esas habitualmente pequeñas compañías fintech que los bancos miran por encima del hombro creyendo que pueden comprarlas o detenerlas mediante el recurso al regulador si creen que se convierten en una amenaza, sino de la segunda compañía cotizada más grande del mundo en función de su valoración bursátil. Ya que hablamos de reguladores, hace pocos días, el regulador del estado de Nueva York denunció al gobierno federal por las licencias y permisos que estaba concediendo a compañías fintech de todo tipo, en un movimiento que podría ser susceptible de poner en riesgo a sus usuarios y que podría poner en riesgo las posibilidades de competir de los bancos locales… ¿se atrevería ese regulador a denunciar el supuesto riesgo que supone para los consumidores una compañía como Amazon, con muchos más recursos que cualquier banco? ¿Qué opinará ese regulador de la actitud tomada por la Unión Europea desde PSD2, que facilita enormemente la actuación de las compañías fintech impidiendo a los bancos que recurran a una buena parte de las herramientas obstruccionistas que tenían para impedir la operativa de estas?

¿Hay alguien, en algún banco, que esté estudiando con el adecuado rigor los productos financieros que una compañía como Amazon está poniendo en el mercado? ¿Los resultados obtenidos en todos sus experimentos – Amazon es fundamentalmente una compañía experimental, con continuos ensayos y una probada metodología para hacerlos – y en todos los países en los que opera? ¿O que tenga informes detallados acerca de las actividades de otro gigante descomunal como Ant Financial, por poner otro ejemplo? ¿O están “muy ocupados” haciendo cosas que les parecen “mucho más importantes”?

¿Qué reacciones podría generar en el mercado, por ejemplo, el lanzamiento de una cuenta corriente por parte de una compañía como Amazon? Intentemos imaginarlo: ¿sería realmente muy complicado para una compañía como Amazon obtener una licencia bancaria en un país? ¿O inspirar la confianza suficiente en los usuarios como para que les encomendasen la gestión de su dinero? ¿Podemos imaginar de alguna manera un sistema de login o de seguridad tan engorroso e incómodo como el que tienen la mayoría de los bancos españoles, si fuese Amazon quien lo gestionase? ¿Qué tal sería la experiencia de revisar movimientos, comprobar recibos, hacer transferencias o pedir un crédito al consumo si fuese Amazon quien estuviese detrás? ¿Nos imaginamos a Amazon haciendo ese tipo de cosas mejor o peor que los bancos que conocemos?

Independientemente de lo que podamos pensar de una compañía como Amazon, que no deja de ser, según algunos estudios, la compañía que más miedo provoca en el panorama empresarial, tengo la impresión de que una oferta de productos bancarios creada por ella podría llegar a resultar bastante atractiva para un segmento representativo de usuarios. ¿Están los bancos simplemente esperando a que Jeff Bezos tenga un día inspirado y tome la decisión de hacerlo, o están de alguna manera tratando de imaginarse ese escenario y tomando en función del mismo algún tipo de medidas? Francamente, no oigo a demasiados directivos de banca hablar sobre Amazon, y cuando lo hacen, no parece que lo consideren como un posible competidor. ¿Acaso piensan que su negocio es demasiado complejo y está demasiado regulado como para que Amazon quiera entrar en él? 

¿Es la banca la próxima gran industria destinada a experimentar la disrupción? Por el momento, lo único que podemos decir con seguridad es que, decididamente, tiene todos los síntomas para serlo.

 

IMAGE: JamesQube- Pixabay (CC0)El popularidad del fenómeno fintech y el crecimiento de competidores en distintas fases del ciclo, desde nuevos bancos como la alemana N26 hasta proveedores de servicios aún incompletos como Revolut y otros, o competidores de nicho como Shine, deja clara la incapacidad de la banca tradicional no para competir con ellos, sino simplemente para estudiar y entender incluso las implicaciones más básicas del fenómeno.

El problema para los bancos no es competir con este tipo de compañías, o al menos, no lo es ahora. Hablamos de magnitudes completamente diferentes, de escalas difícilmente comparables: que un servicio con un crecimiento fuerte como Revolut, por ejemplo, espere llegar a los tres millones de clientes en octubre de 2018 es una métrica que, frente a los más de 113 millones de clientes en todo el mundo de un banco como, por ejemplo, Santander, representa una preocupación más bien escasa, casi un error de redondeo. La idea de sentirse amenazado o de lanzarse a competir con algo así resulta, desde un punto de vista de simple dimensionamiento, algo entre lo extravagante y lo absurdo.

Obviamente, esto no quiere decir en absoluto que los bancos tradicionales deban ignorar este fenómeno – como de hecho no hacen. Ignorar los cambios y acomodarse en las diferencias de dimensión, como todos sabemos, es una actitud que supone un riesgo. En realidad, son perfectamente conscientes que el crecimiento del fenómeno fintech se debe fundamentalmente a sus propias carencias, a la fuerte tendencia al isomorfismo de la industria, y a la necesidad de un recambio que se acentúa más aún cuando se estudia el componente claramente generacional de la demanda de este tipo de servicios. Claramente, si no se hace nada, existe un riesgo de que muchos de esos clientes que hoy recurren a competidores del mundo fintech para necesidades relativamente puntuales como hacer una transferencia o viajar al extranjero terminen viendo en ellos una nueva manera de relacionarse con los servicios bancarios cuyo planteamiento les resulta más atractivo que el de unos bancos tradicionales, lastrados además por un planteamiento determinado del negocio bancario y por años de mala imagen.

¿Cuál debería ser, por tanto, la actitud de la banca tradicional con respecto al fenómeno fintech? La de estudiar muy directamente su forma de hacer las cosas y utilizarlas como laboratorios de innovación externa. Para un banco tradicional, la noticia no es que una fintech cierre una ronda de financiación exitosa o crezca en número de clientes, sino que sea capaz de presentarse como un “banco sin comisiones” pero, en realidad, plantee un servicio freemium en el que si no pagas nada, estás limitado a una operativa con un nivel bastante insuficiente, y para acceder a un tramo en el que puedas mantener una actividad razonable tengas que pasar a pagar, por ejemplo, 7.99 ó hasta 13.99 euros al mes. Para un directivo de banca tradicional, la idea de que esos mismos clientes que le protestan sus comisiones operación por operación todos los días puedan plantearse pagar esas cantidades porque “no son una comisión sino un servicio extra” debería ser una idea simplemente fascinante y reveladora. Si añadimos en la ecuación cuestiones aparentemente más superficiales, como la nueva tendencia hacia tarjetas metálicas más pesadas que las habituales de plástico y denotativas, se supone, de un estatus superior, la cuestión parece evidente: hay demanda para un tipo de cliente que pretende no solo disponer de un banco que le ofrezca servicios bancarios tradicionales, sino, además, “sentirse” de una manera determinada. ¿Absurdo? ¿Estético? ¿Anecdótico? Lo que quieras, pero que un cierto número de usuarios pasen de protestar diariamente las comisiones de los bancos tradicionales a pagar religiosamente una cuota mensual o anual por una tarjeta determinada es algo que alguien tendría que estudiar con mucho cuidado. ¿Qué hay detrás de una tendencia así?

Y esto, obviamente, es solo un ejemplo. El hecho de que el marketing de la nueva tarjeta de Revolut haga hincapié en la cuidada fabricación de la misma, o que la de N26 tenga una capa interior nada menos que de tungsteno no esconde, evidentemente, que esos símbolos acompañan otras prestaciones, que pueden ir desde sistemas de cashback pagados en una cripotomoneda de tu elección, hasta ventajas especiales para usuarios de work centers como WeWork, o entran en el mundo de los seguros, o incluso lanzan servicios altamente customizados para determinados segmentos de clientes. El caso de la francesa Shine, por ejemplo, resulta especialmente interesante: un enfoque especializado para trabajadores freelance, que ofrece servicios que van desde el registro legal hasta el pago de impuestos, y convierte el proceso prácticamente en algo similar al de darse de alta en una red social. Para determinados colectivos, una cuenta en Shine implica ventajas que, seas runner en Deliveroo, alguien que ofrece sus servicios en Upwork o trabajes directamente con tus clientes, te permiten introducir directamente tu IBAN de Shine en esa plataforma para regularizar todo el proceso, o crear una página desde la que gestionar tu facturación y que permite a tus clientes pagarte con tarjeta.

¿Qué buscamos en un banco? Cada vez más, servicios que pueden llegar a ir mucho más allá de la operativa bancaria tradicional, y que ofrecen una tolerancia al pago muy superior derivada de una percepción de valor añadido, de simplificación de un proceso. Pagar por comodidad, no por decreto, por aquello que realmente valoramos, sea un servicio o una percepción. ¿Dónde puedes esperar que comiencen este tipo de tendencias, cuál es el lugar adecuado para verlas y entenderlas? No en un banco tradicional que las lanza como “un proyecto más” de la mano de alguien que compite por la atención de los directivos con mil proyectos similares, sino en pequeñas compañías fintech que tratan estos servicios como una cuestión de identidad o incluso de vida o muerte. Mientras la gran banca se queja de que la regulación y el compliance no les permite lanzar determinados servicios, algunas fintech se dedican a reinventar esa compliance, a tropezar con la seguridad o a generar a sus clientes problemas derivados de ella sin que ello suponga un tremendo escándalo, porque el hecho de estar explorando nuevos espacios e innovando aparentemente lo justifica. Mientras los bancos tradicionales complican mi vida hasta el infinito con estúpidas tarjetas de coordenadas, ventanas flotantes y sistemas de autenticación que me llevan a pensar que estoy intentando entrar en el maldito Pentágono y están pensados en realidad para protegerse ellas, no a mí, las fintech se dedican a simplificar mi vida y a hacérmela más fácil.

¿Cuántos altos directivos de banca tienen la curiosidad de mantener una cuenta abierta en servicios de fintech y los utilizan con regularidad? ¿Cuántos se dedican a plantearse qué haría falta para que sus organizaciones pudiesen lanzar productos o servicios como los que ven en ellas? ¿Cuántas personas dedica la banca de toda la vida a utilizar a las fintech como fuente de ideas para la innovación a todos los niveles? ¿Están tal vez demasiado ocupados con otras cosas más importantes?

 

Apple (05/07/2018) - Google Finance José Luis G. Ochoa, de El Español, me llamó anteayer para hablar sobre Apple y las expectativas generadas por la ruptura del histórico techo de un millón de millones en su valoración, y ayer publicó un reportaje titulado “Apple, los riesgos (y desafíos) que enfrenta la empresa del billón de dólares” (pdf) en el que me cita. 

En mi conversación con José Luis intenté dejar claros cuáles son mis argumentos para defender que la compañía tiene recorrido para seguir avanzando en su valoración: una estrategia coherente basada en brillantes procesos de innovación que suponen auténticas reinvenciones de lo que una categoría debería ser y se convierten en hitos a imitar por todos los demás,  productos que “no son para todo el mundo” pero que posibilitan, precisamente por ese enfoque, que la compañía no se centre en el volumen, sino que viva cómodamente instalada en la capitalización del importante margen que le proporcionan, muy superior al que obtiene cualquier otro de sus competidores.

El hito del billón de dólares – o trillón, como dicen los anglosajones – no es, en realidad, tan importante. Un millón de millones es un número indudablemente muy grande, enorme… pero es tan solo eso, un número. Según como definamos la valoración de una compañía, podríamos incluso considerar que Amazon vale más que Apple, aunque eso no cambia la premisa de la ecuación principal: si pensamos que las candidatas a llegar a ese hito simbólico son empresas como la ya citada Amazon, Alphabet o Microsoft, el mundo es, sin ningún lugar a dudas, de las llamadas “compañías tecnológicas”.

Ahora, además, Apple cuenta con otra importante ventaja: una generación de cash prácticamente ilimitada basada en su estatus de competidor en el mercado de la electrónica de consumo, que le permite sentarse sobre una enorme pila de dinero que puede escoger en qué momentos devolver a sus accionistas. Tras muchos años de ver cómo todas las compañías tecnológicas despreciaban el reparto de dividendos y lo consideraban típico de empresas anticuadas, ahora resulta que Apple no solo los reparte, sino que lleva a cabo agresivas recompras de acciones que le permiten no solo mantener a sus accionistas enormemente contentos, sino además, prácticamente manipular el valor del precio de su acción ante cualquier posible eventualidad, como la que podrían representar los posibles efectos del recrudecimiento de la guerra comercial con China. Tan solo en el segundo trimestre del 2018, la compañía invirtió 20,000 millones en recompra de acciones. Inversores fieles, y por supuesto, usuarios fieles: cada nuevo producto de Apple tiene el efecto multiplicador que supone que todos sus usuarios altamente satisfechos encuentren un nuevo motivo para pasarse por la Apple Store

También llama la atención la magnitud de los mitos y las percepciones absurdas con las que se critica a la compañía: ¿que la Apple de después de Jobs no es innovadora o no va tan bien? Cuando Steve Jobs murió, hace ahora siete años, la compañía seguía una marcha indudablemente exitosa… pero su valoración era de “únicamente” 350,000 millones de dólares. Los 650,000 restantes se han conseguido en la era post-Jobs, con Tim Cook al frente de la compañía. En ese período, Apple ha hecho mucho, muchísimo más que simplemente “vender más de lo mismo en distintos formatos y tamaños”: se ha convertido en un gigante de los servicios, que ahora contribuyen de manera muy significativa a su facturación y la convierten, por ejemplo, en una impresionante compañía de fintech; en una alternativa a Spotify, o en la que ha reinventado exitosamente categorías como la cartera o el reloj de pulsera, en ese último caso con un enfoque hacia el mundo de la salud preventiva que podría terminar teniendo mucha más proyección de la que parece.

Precisamente de esto es de lo que depende el punto en el que situemos el posible techo de valoración de la compañía: de su capacidad para reinventar nuevas categorías de producto. El automóvil es una de esas posibilidades, un mercado al que Apple no sería, sin duda, la primera en llegar, en el que potencialmente podría proponer alternativas interesantes, pero también lo es el home entertainment, en el que actualmente tiene productos necesitados de un replanteamiento como Apple TV o HomePod, dependientes tanto de mejoras en Siri – hoy sin duda la más patéticamente tonta de todos los asistentes de voz – como de algún tipo de combinación con sus productos de servicios.

A corto plazo, veremos más de lo mismo: nuevos modelos de iPhone volverán a generar importantes picos en ventas que elevarán la valoración de la compañía de manera consistente, asegurando el suelo del billón de dólares de manera sólida. Pero a largo, la gran pregunta: ¿cuáles son esas categorías en las que la compañía está preparando reinvenciones y que podrían redefinir su techo de valoración?

 

New banking

Chime, el banco norteamericano con base en San Francisco que triunfa en la franja millennial, alcanza ya el millón de clientes y cierra una ronda de financiación de setenta millones de dólares liderada por Menlo Ventures que sitúa el valor de la compañía en los quinientos millones. Otros, como Revolut, se convierten en unicornios y conquistan el mercado de jóvenes que estudian o viajan fuera de sus países sin invertir ni un céntimo en publicidad. Los alemanes de N26 alcanzan también el millón de clientes y planean llegar a los cinco millones en 2020, mientras la estonia TransferWise supera los dos millones, emplea a más de novecientas personas y es rentable desde el años pasado.

¿Qué elementos comunes presenta la nueva banca? Llamarla fintech como término diferenciador es, en realidad, algo irrelevante: hablamos de compañías que brindan una operativa bancaria cada vez más completa, que pueden satisfacer las necesidades de prácticamente cualquier usuario con un elevado nivel de sofisticación (más, en muchos casos, que los bancos tradicionales), y que, además, tienden a convertirse en bancos, con su correspondiente licencia, en cuanto tienen oportunidad. Sus crecimientos, particularmente en el segmento más joven, preocupan a la banca tradicional, que ve imposible, con sus estructuras, competir con ellos.

El elemento fundamental en los planteamientos de esta nueva generación de bancos es la ausencia de comisiones. Un elemento fundamental en la estructura de ingresos de la banca tradicional que les permite sanear sus cuentas y que irrita particularmente a sus clientes, que la nueva banca prefiere obviar y sustituir en su estructura de ingresos con modelos comerciales basados en el intercambio con emisoras de tarjetas de crédito y débito, con venta cruzada de productos como seguros, o con otro tipo de servicios. Además, una operativa basada en el móvil, algo que la banca tradicional tiene desde hace tiempo, pero que los nuevos entrantes plantean prácticamente siempre con una usabilidad tanto de interacción como de procesos mucho mejor conseguida, y permite abrir cuentas o hacer operaciones de diversos tipos en un instante y sin complicaciones.

¿Dónde está la verdadera importancia de la ausencia de comisiones? Contrariamente a lo que diría la intuición, no se trata de una cuestión de dinero: los usuarios de estos nuevos bancos no están especialmente enfocados a ahorrarse costes o a no pagar, sino a hacerlo únicamente cuando perciben un valor a cambio. Sencillamente, en que el sesgar su modelo de ingresos para obtenerlos no a partir del usuario, sino mayoritariamente de otras fuentes, genera una situación en la que la creatividad en el diseño del modelo de negocio pasa a ser mucho más importante, y se traduce en una mayor propuesta de valor para sus clientes. Cuando el planteamiento es dar un servicio lo mejor posible, independientemente de las comisiones que te paguen, la mentalidad de la compañía cambia, trata a sus clientes de otra manera, y se concentra en proporcionar una buena experiencia de uso. Mientras la experiencia de uso de un banco tradicional aliena a sus clientes intentando constantemente cobrarles comisiones con los motivos más variados, e introduce una desagradable fricción cuando el cliente intenta evitarlas, los nuevos bancos se enfocan en una propuesta continua de mejora de sus servicios, y desde el principio buscan extraer su rentabilidad de otras fuentes.

Que tu banco te ofrezca constantemente mejoras en su servicio, más opciones para cuentas internacionales o un monedero en el que guardar los redondeos de cualquier cosa que pagues y convertirlos en la criptomoneda que elijas, por ejemplo, ofrece al usuario sensaciones completamente distintas a las que les generaba la banca tradicional, y apela a un tipo de cliente distinto, que quiere saber más y poder probar nuevas experiencias o posibilidades para hacer con sus transacciones o con su ahorro. Es, fundamentalmente, una cuestión de actitudes que se entiende perfectamente cuando se prueba, aunque esa prueba sea en muchos casos planteada como experimento. Desde el momento de la apertura de la cuenta y con cada transacción, la experiencia de cliente es diferente a la que se tenía con la banca tradicional, no obliga a estar pendiente de sorpresas como el cobro de comisiones escondidas aprovechando cualquier descuido o cualquier operación. Eso replantea completamente la relación entre el banco y su cliente, eliminando suspicacias y poniendo al banco en el lugar de un aliado, de alguien que intenta únicamente proporcionar facilidad de uso y buen servicio. Bancos que buscan entender a sus clientes y proporcionarles aquellos servicios que pueden necesitar y valorar, sin intentar a cambio freírlos a comisiones, porque su modelo de negocio nunca estuvo planteado en torno a ellas.

Para entender la nueva banca, hay que entender que no es simplemente una cuestión de dinero: es otra cosa, una dinámica más de compañía tecnológica que de institución financiera, y  un replanteamiento que va mucho más allá. Para entenderlo, los bancos de toda la vida tienen que hacer mucho más que copiar: tendrían que cambiar completamente su modelo, su estructura de márgenes y su pipeline de productos, algo que muy pocos parecen estar dispuestos a hacer. Y esto no es una batalla para hoy ni para mañana: es un cambio que ha llegado para quedarse, que torpedea lo que esa banca tradicional llevaba décadas haciendo, y que el simple recurso al miedo o a la desconfianza no va a poder detener.

 

N26, Revolut, TransferWiseEl banco alemán N26 alcanza el millón de clientes en diecisiete países europeos en menos de tres años. TransferWise, fundada en Estonia y radicada en el Reino Unido, alcanza los mil millones en depósitos en sus cuentas multimoneda. El banco digital alternativo Revolut, fundado por Nikolai Storonski y Vlad Yatsenko y situado en Level39, la incubadora fintech situada en el Canary Wharf londinense, levanta 250 millones de dólares a una valoración de 1,700 milllones a tan solo 33 meses de su lanzamiento. Sin duda, algo está pasando en el panorama de la banca, y las consecuencias sobrepasan ya al usuario de tipo insider y alcanzan un nivel de popularización cada vez más elevado. 

Los elementos comunes son claros: crecimiento rápido tanto en gama de productos como en volumen de usuarios, publicidad tradicional escasa o inexistente, y operaciones centralizadas en una app, desde la que el usuario tiene todos los elementos de visibilidad y control que pueda necesitar en cada momento. Para el resto, se usan las infraestructuras de los bancos tradicionales. Puedes comenzar especializándote únicamente en un producto como las transferencias, pero rápidamente, puedes estar ofreciendo seguros, tarjetas efímeras para transacciones puntuales, o una tarjeta que te genera un cashback del 1% de lo que gastes, y te lo deposita en criptomonedas.

Personalmente, comencé a probar Revolut tras utilizarlo como caso de examen en la última edición del International MBA. ¿La experiencia? En cuanto comienzas a probar un servicio de este tipo, tu relación con el banco de toda la vida cambia completamente, y se convierte en una mera cuestión de conveniencia: cada vez que necesitas dinero, un botón en tu aplicación recarga tu cuenta con la cantidad necesaria desde la cuenta que quieras, utilizando una simple tarjeta de débito. A partir de ahí, ves el saldo y la información completa de cada transacción que vayas haciendo con la tarjeta en tu app, y distribuyes tu dinero entre las monedas que necesites en función de los países que vayas a visitar: los cambios de moneda se llevan a cabo de manera inmediata y sin comisiones, al tipo interbancario del día. Cuando necesitas dinero en metálico, te vas a un cajero, cualquier cajero, y sacas sin comisiones hasta un límite establecido. El resultado es una sensación de control sobre los gastos muy superior cuando viajas, y sobre todo, una idea recurrente: ¿por qué los bancos de toda la vida no funcionan así? Porque la realidad es que este tipo de servicios no son nada especial o impresionante… son, simplemente, el resultado de repensar la actividad bancaria para adaptarla a los tiempos que vivimos y a la tecnología que llevamos en el bolsillo.

En muy poco tiempo, y sin utilizar ningún tipo de publicidad convencional, Revolut ha entrado en mercados como España, y se ha hecho con una cuota de mercado significativa entre colectivos que mueven dinero internacionalmente, como los estudiantes en el extranjero. Simplemente, boca-oreja, foros para responder puntualmente a dudas y preguntas, y adaptación a las necesidades y a los modos de uso preferentes de un colectivo al que los bancos tradicionales sangraban habitualmente con sus comisiones cada vez que utilizaban sus tarjetas fuera del país. Simplemente, cuestión de lógica.