IMAGE: Pixabay (CC0)Otro día más, otro empleado de una compañía que decide dar el paso de publicar una carta abierta denunciando prácticas a las que se opone desde un punto de vista ético, intentando provocar un cambio en las decisiones tomadas por la dirección. En esta ocasión es un empleado de Amazon quien, de manera anónima pero posibilitando la verificación de su condición de empleado de la compañía, publica en Medium un artículo titulado I’m an Amazon employee. My company shouldn’t sell facial recognition tech to police, que rápidamente se convierte en viral y obtiene el apoyo explícito de más empleados, al tiempo que pone a la compañía en una situación a la que, a pesar del habitual hermetismo que practica en su comunicación, es muy difícil no plantear algún tipo de respuesta. Específicamente, la carta pide no solo que la compañía deje de trabajar para la policía aportando sus sistemas de reconocimiento facial, sino que además, eche de sus sistemas a Palantir, la polémica y siniestra empresa de Peter Thiel. Mientras tanto, Jeff Bezos defiende la colaboración con el Pentágono, y afirma que si las compañías tecnológicas norteamericanas se niegan a trabajar con el gobierno, el ejército o las instituciones públicas de su país, eso traerá importantes problemas, y afirma que una de las responsabilidades del management de las compañías es tomar las decisiones correctas, aunque sean en ocasiones impopulares.

La tendencia, de la que hemos hablado ya en otras compañías tecnológicas anteriormente, o que incluso ha llegado a afectar recientemente de manera muy importante a la mismísima Casa Blanca, se está convirtiendo en un auténtico quebradero de cabeza para los directivos corporativos, que no terminan de ver hasta qué punto es cada vez más importante que cada decisión esté no solo fundamentada en unos principios éticos coherentes, sino que, además, esté previamente explicada hasta la saciedad o incluso negociada con todos los empleados. Ya no hablamos de un caso aislado o de dos, sino de una auténtica tendencia. Decisiones además, en muchos casos, con una trascendencia y dimensión económica importantísima, como la que puede llegar a tener para Google su vuelta al mercado chino con un buscador que respete las normas de censura del gobierno del país y que muy probablemente los ciudadanos chinos aprecien o incluso consideren que mejora su situación, pero que se encuentra con una fuerte resistencia interna de los empleados de la compañía, que puede llegar a concretarse no solo en un problema reputacional, sino incluso en una importante salida de talento. Para Google, cambiar de opinión, cuando hay consideraciones éticas implicadas, puede convertirse en un gran problema.

¿Deben las compañías permitir que los empleados, tradicionalmente considerados defensores incondicionales de su empresa, condicionen sus decisiones estratégicas? En la mayoría de las compañías tradicionales, existen pocas dudas al respecto; si la compañía dice que se hace, se hace, y quien no esté de acuerdo, ahí tiene la puerta. Pero en sectores como la tecnología, donde los trabajadores son muchas veces considerados con razón el activo principal a preservar y donde gozan además de una gran movilidad profesional, ese criterio puede convertirse en una importante fuente de problemas y amenazar incluso la sostenibilidad, además de la reputación.

¿Es la coherencia ética un lujo que solamente algunos empleados con elevada cotización en el mercado, como ocurre con muchas de las compañías tecnológicas, pueden permitirse? ¿O es algo que nos disponemos a ver aparecer incluso en compañías tradicionales o en mercados en los que perder un puesto de trabajo puede convertirse en un problema de subsistencia? ¿Cuántos de los que estáis leyendo este artículo os plantearíais dejar vuestro puesto de trabajo si no estuvieseis éticamente de acuerdo con una decisión estratégica tomada por vuestra compañía?

Es tiempo de repensar la forma en la que las compañías se gestionan, desde una óptica global: no solo como tratan a sus empleados o qué nivel de información sobre sus proyectos les comunican, sino también como plantean su estrategia y si esta es coherente con los principios éticos de todos los actores implicados. Es, posiblemente, la mayor revisión en los principios de responsabilidad social corporativa que hemos vivido en la historia del management: entender que la responsabilidad social corporativa empieza por uno mismo, se aplica primero a quienes trabajan en la propia compañía, y no se limita a ser una serie de principios laxos destinados a hacer bonito en una página web o en una memoria anual. Si fallas en esos principios, si incumples compromisos éticos o si condicionas tu estrategia a los resultados prescindiendo de otras implicaciones, podrías encontrarse con serios problemas.

 

Little green soldierUn grupo de empleados de Microsoft, al constatar las intenciones de su compañía de entrar en la licitación del Joint Enterprise Defense Infrastructure (JEDI), un proyecto secreto con el Departamento de Defensa norteamericano de propósitos escasamente definidos pero enfocado, según sus responsables, a “incrementar la letalidad del departamento”, han escrito una carta abierta a la compañía pidiendo que se abstenga de participar.

El episodio recuerda a momentos comentados anteriormente en los que la laxa e indefinida ética de las compañías se contrapone a los principios éticos de sus empleados, como cuando los trabajadores de Google se opusieron a seguir trabajando en el Proyecto Maven o en la oferta de un motor de búsqueda sometido a censura en China, o los de Microsoft, Amazon o Salesforce protestaron pidiendo que sus compañías dejasen de trabajar con el servicio de inmigración o con la policía: cada día más, los trabajadores tecnológicos exigen conocer para qué o quién están trabajando y qué destino tendrá el código que están escribiendo, y amenazan con negarse a hacerlo si esos fines no son coherentes con su código ético.

La tendencia parece cada vez más acusada en el sector tecnológico, en el que la gran movilidad de los trabajadores posibilita llevar a cabo ese tipo de órdagos sin temer demasiado a un posible escenario de desempleo: las compañías ya no pueden apelar al principio de autoridad cuando se trata de definir el trabajo de sus empleados, y tienen que tener en consideración las ideas expresadas por ellos en forma de activismo interno cuando se comprometen en determinados proyectos que puedan ser vistos como de fines cuestionables. La noticia del asesinato de Jamal Khashoggi por el régimen saudí ha llevado a muchos a cuestionarse la complicada relación de las compañías de Silicon Valley con el dinero procedente del país árabe, y circulan ya listas de compañías y apps financiadas parcialmente con esas inversiones, en lo que podría convertirse en una amenaza de boicot.

Todo indica que, cada día más, las compañías se encuentran con un resquebrajamiento de los límites del principio de autoridad. Los tiempos de los directivos autoritarios, de las disciplinas férreas o de las culturas de incuestionable obediencia dejan paso a escenarios en los que los trabajadores se plantean lo que hacen, para qué lo hacen, y su contribución a la misión de la compañía: según afirman los autores de la carta abierta a Microsoft,

“Nos unimos a Microsoft para generar un impacto positivo en las personas y en la sociedad, con la expectativa de que las tecnologías que construimos no provoquen daño ni sufrimiento humano.”

Y si ese principio moral, que forma parte de la propuesta de valor a la hora de aceptar una oferta de trabajo, se convierte en papel mojado ante la magnitud de un contrato (el citado JEDI tiene un importe de diez mil millones de dólares y ha llevado a  que muchas compañías tecnológicas sueñen con hacerse con una parte de su licitación), eso puede afectar a la relación laboral, e incluso provocar dimisiones. Los trabajadores, al menos en estos niveles, ya no buscan simplemente una oferta que les dé de comer, sino que tratan de encontrar compañías con proyectos que les inspiren, a los que quieran contribuir con el código que crean, de los que se puedan sentir orgullosos. Si no consigues convertir a tu compañía o tu proyecto en algo con estas características, conseguir o retener talento puede convertirse en una tarea mucho más compleja de lo que parece. Y si además, entras en conflicto con valores éticos de algún tipo, puede que la cosa se complique mucho más. Google se vio obligada a publicar una declaración corporativa de principios éticos sobre el uso de la inteligencia artificial que pone límites a lo que la compañía podrá hacer o dejar de hacer con su tecnología, y Microsoft ha creado un comité de supervisión ética llamado Aether formado por los principales ejecutivos de la compañía y expertos externos que está rechazando algunos contratos en virtud de estos criterios.

Pronto, este tipo de organismos se convertirán en estándares en muchas compañías, y exigirán, entre otras cosas, un adecuado nivel de coherencia entre lo que estas afirman en las páginas dedicadas a responsabilidad social corporativa de la memoria anual, y las acciones y proyectos reales que llevan a cabo en la práctica. La brecha entre los directivos de supuestamente definían la estrategia de las compañías y los trabajadores que la ponían en práctica se resquebraja. Todo indica que son buenos tiempos para que empresas y directivos se replanteen muchas cosas.

 

Google ChinaMás de 1,400 empleados de Google han firmado una carta que circula a través de las herramientas internas de comunicación de la compañía demandando más transparencia con respecto al llamado Project Dragonfly, un plan para el relanzamiento de su motor de búsqueda en China cumpliendo con los requisitos de censura de su gobierno. Según el texto de la carta, el proyecto implicaría una decisión de la compañía que plantea cuestiones morales y éticas urgentes para los empleados de la compañía, que consecuentemente reclaman tener acceso a toda la información necesaria para tomar decisiones éticamente informadas sobre su trabajo, sus proyectos y su empleo.

La relación de Google con China tiene ya una importante historia. Tras el lanzamiento de Google China en el año 2006, el motor de búsqueda llegó a alcanzar un 36.2% de la cuota de mercado hasta que, en enero de 2010, a raíz de un incidente con hackers gubernamentales intentando extraer información de Gmail sobre las actividades de supuestos activistas, la compañía tomó la decisión de retirarse del país. Desde entonces, la cuota de mercado del buscador de Google, gestionado desde Hong Kong, se ha reducido a porcentajes meramente testimoniales. En varias ocasiones han surgido rumores sobre la posible vuelta de Google a ese mercado, que, por otro lado, ha seguido reclamando la atención de la compañía en aspectos como el acceso de las universidades y el talento chino a herramientas como Tensor Flow o la inversión en jugadores importantes en el escenario de la internet china, pero hasta el pasado 1 de agosto, cuando un artículo en The Intercept reveló los posibles planes de la compañía.

La carta de los empleados de Google responde, básicamente, al problema que supone enterarse por los medios de una decisión corporativa polémica que, en muchos casos, genera problemas éticos o morales a quienes pueden, de hecho, estar colaborando con su trabajo a que esa decisión pueda materializarse. El pasado mayo, la compañía experimentó otro momento similar por las protestas de muchos de sus empleados ante la participación en el llamado Project Maven del Departamento de Defensa, en el que se hacía uso de tecnologías de reconocimiento de imágenes para fines militares. Los problemas de Google se saldaron con el anuncio de la compañía de que no renovaría su acuerdo para la participación en el proyecto del DoD y con la publicación de una declaración corporativa de principios éticos sobre el uso de la inteligencia artificial, pero otras compañías tecnológicas han experimentado protestas similares, como Microsoft a cuenta de las relaciones de la compañía con la Immigration and Customs Enforcement (ICE) o con Amazon por el uso de su tecnología de reconocimiento facial por parte de la policía.

Sin duda, el activismo interno, los conflictos entre la muchas veces difusa ética corporativa y la ética de sus empleados, se está convirtiendo en un importante elemento a tener en cuenta en la estrategia empresarial. En muchos sentidos, estamos pasando de una idea inicial, propia de la revolución industrial, de trabajador obligado a hacer todo aquello que su compañía le ordena que haga, a una más madura en la que el trabajador posee unas convicciones éticas propias y puede negarse a llevar a cabo determinadas tareas si cree que esas acciones o sus consecuencias infringen de alguna manera esas convicciones. Este tipo de actitudes plantean un problema a las compañías, que ven complicado reducir su decisión al simple despido del trabajador sin que ello pueda llegar a suponer un problema de imagen o pueda conllevar acciones de protesta colectivas en solidaridad con la persona despedida llevadas a cabo por otros trabajadores.

Las compañías tecnológicas son especialmente propensas a este tipo de movimientos, porque sus empleados forman parte, en muchos casos, de un grupo relativamente privilegiado que se mueve en un mercado de trabajo susceptible de ofrecerles oportunidades rápidamente si deciden salir de su compañía. Esa situación de menor riesgo percibido, unido a procesos de reflexión constantes sobre los elementos que rodean el avance tecnológico, está llevando a que ese tipo de procesos de activismo interno se estén convirtiendo en cada vez más habituales. Y a medida que este tipo de acciones, cartas o protestas de los trabajadores de las compañías se van popularizando, se genera una situación en la que sus directivos tienen que ser necesariamente conscientes de que no todo está permitido en su estrategia, dado que si esta llega en algún momento a plantear problemas de naturaleza ética o moral a sus trabajadores, podría llegar a suponer un importante problema no solo de imagen, sino incluso de retención o captación de talento.

Cada vez más, dirigir una compañía implica ser consciente de las implicaciones éticas o morales de nuestras decisiones y de los posibles conflictos que puedan generar en sus trabajadores. Pretender restringir los dilemas éticos al ámbito de unos departamentos de responsabilidad social corporativa (RSC) convertidos prácticamente en herramientas capaces de justificar cualquier cosa o de cerrar los ojos ante determinadas prácticas va a resultar cada vez más insostenible. Las compañías no se dirigen de manera asamblearia, pero las empresas o directivos que no sean capaces de desarrollar la sensibilidad necesaria para entender ese tipo de cuestiones se enfrentarán a una previsible escalada de ese tipo de protestas, y a procesos que pueden interferir en muchos casos de manera definitiva con los grados de libertad de la compañía ante determinadas opciones estratégicas. La visión de una compañía como un ejército en el que sus soldados se mueven en función de una férrea disciplina resulta cada día más insostenible y trasnochada.

La decisión de Google de volver al mercado chino es sin duda compleja, está rodeada de innumerables matices, y es fundamental, dado el volumen de ese mercado, para el futuro de la compañía, pero podría plantear un serio problema si el proceso de reflexión sobre ella no se hace de manera que pueda aspirar a hacerla compatible con los principios morales y éticos de muchos de sus empleados. Que surjan protestas similares en otras compañías, aunque por el momento tiendan a restringirse a la industria tecnológica debido a sus especiales circunstancias, es algo que debería hacernos reflexionar. Y que, por otro lado, no creo que sea en absoluto una mala cosa.

 

IMAGE: Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Alpha Stock ImagesUna compañía es un ente relativamente abstracto, formado por una amalgama de individuos diversos, y con un fin último que, en la mayoría de los casos, tiende a identificarse con un parámetro económico, con una frase del tipo “generar valor a los accionistas”. A lo largo de la historia, han sido muchas las compañías que, de una manera u otra, han demostrado supeditar claramente esa máxima de los beneficios a prácticamente cualquier otro concepto, desde IBM en la década de los ’30 y su colaboración con el régimen nazi para el holocausto, hasta, más recientemente, el envenenamiento sistemático e irresponsable del planeta por parte de Volkswagen. Si nos atenemos a los hechos, todo indica que lo más parecido a algo que podríamos calificar como “ética corporativa” es ese concepto denominado responsabilidad social corporativa, que en demasiados casos ha demostrado clara y tristemente ser poco más que una herramienta propagandística para justificar unas pocas frases grandilocuentes en una memoria anual.

Sin embargo, frente a la ética (o falta de ética) corporativa, está la ética de los empleados y su capacidad para organizarse. En la economía actual, los empleados, cada vez más, se convierten en una fuerza importante a la hora de corregir acciones emprendidas por sus empresas si, por la razón que sea, las juzgan inaceptables. Así, hemos podido ver recientemente el caso de Google frente al Proyecto Maven del Departamento de Defensa: un contrato indudablemente lucrativo para la compañía, en el que participan además muchas otras compañías tecnológicas – que en su gran mayoría no han dicho ni esta boca es mía – y que tiene como fin el desarrollo de algoritmos destinados a reconocer imágenes tomadas por drones en el campo de batalla, imágenes de personas cuyo destino es bien conocido por cualquiera con un mínimo de inteligencia y escrúpulos. La resistencia a la colaboración de la compañía en el proyecto comenzó con algunas dimisiones, continuó con una carta firmada por miles de empleados, y terminó con la no renovación del contrato con el Departamento de Defensa, así como con la publicación de unos principios éticos que pretenden marcar la actuación de la compañía con respecto al desarrollo de la inteligencia artificial. 

Ahora, el turno le toca a Microsoft: la compañía que el pasado enero se mostraba “orgullosa de colaborar con la Immigration and Customs Enforcement (ICE)“, se ha encontrado, tras la fortísima polémica desencadenada en torno a la demencial práctica de esta agencia, bajo la disfuncional administración Trump, de separar a las familias demandantes de asilo de sus hijos en la frontera e internar a esos niños, solos, en centros de custodia. Las protestas en torno a esta salvaje práctica no se han hecho esperar, y obviamente, han sido secundadas por algunas compañías tecnológicas y por empleados de Microsoft, que han comenzado protestas a través de Twitter y han puesto a la compañía en una situación obviamente complicada. Ante el alboroto y las protestas, la compañía intentó primero eliminar la entrada del blog corporativo en la que hablaba de su colaboración con ICE, y posteriormente ha decidido, ante las amenazas de dimisiones entre sus empleados y las llamadas al boicot, publicar una declaración en la que se manifiesta “consternada por la separación forzada de familias inmigrantes en la frontera“. En sucesivas aclaraciones, la compañía ha afirmado que

“… queremos ser claros: Microsoft no está trabajando con el Servicio de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos o Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. en proyectos relacionados con la separación de niños de sus familias en la frontera, y contrariamente a algunas especulaciones, no somos conscientes de que los servicios de Azure estén siendo utilizados para este fin. Como compañía, Microsoft está consternada por la separación forzada de niños de sus familias en la frontera. La unificación familiar ha sido un principio fundamental de la política y la ley estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Como compañía, Microsoft ha trabajado durante más de veinte años para combinar la tecnología con el estado de derecho para garantizar que los niños refugiados e inmigrantes puedan permanecer con sus padres. Necesitamos continuar construyendo sobre esta noble tradición, en lugar de cambiar el rumbo ahora. Instamos a la Administración a cambiar su política, y al Congreso a aprobar legislación que garantice que los niños no estén separados de sus familias.”

Una declaración que deja en un vago “no somos conscientes de ello” el si las herramientas de la compañía son utilizadas o no por ICE, y que podría no ser suficiente para apaciguar las protestas, que podrían pedir la suspensión completa del contrato con la agencia hasta que la práctica sea eliminada.

En cualquier caso, dos casos que vienen a dejar una cosa cada vez más clara: si no estás de acuerdo con las prácticas de tu compañía, si te parecen éticamente reprobables, no estás obligado a colaborar con ellas, y deberías hacer caso a tu conciencia, oponerte y protestar. Pero una cosa es protestar, una acción que podría costarte el puesto de trabajo, en una empresa norteamericana, en un mercado de trabajo expansivo y con múltiples opciones, y en puestos en los que, en muchos casos, basta con ponerse en ese mercado para obtener otro puesto en otra compañía, y otra es hacerlo cuando no te consta que otros vayan a secundarte, cuando estás en un país con un mercado de trabajo complicado o con un índice de paro elevado, o cuando tu puesto no te garantiza un movimiento fácil a otra compañía. Los mercados de oferta y los de demanda, en este sentido, es previsible que no funcionen igual.

¿Tiene un precio la ética? ¿Solo puede comportarse éticamente aquel que puede permitírselo? Obviamente no debería ser así, y que empleados de algunas compañías norteamericanas empiecen a sentar precedente en este sentido es algo que podría llegar a tener un valor en el futuro. Al menos, si las compañías no hacen gala de un comportamiento ético por sí mismas, podremos contar con la ética de sus empleados para ponerlas en situaciones en las que, por las buenas o por las malas, tengan que cumplir con unos principios y con la sociedad en su conjunto. Que este tipo de comportamientos se generalizasen a otros países y otras compañías sería de lo más deseable, por el bien de todos. Pero sencillo, sin duda, no va ser.

 

Amazon hq2En septiembre del pasado año, Amazon anunció sus planes para abrir una segunda localización en los Estados Unidos, según ellos, al mismo nivel que su sede fundacional de Seattle, que está licitando mediante un sistema similar al de una subasta pública.

Automáticamente, ciudades de todo el país se pusieron a trabajar para optar a ser candidatas: las oficinas de Seattle son nada menos que 33 edificios, más de 750,000 metros cuadrados en los que trabajan más de 40,000 empleados directos de la compañía (se calculan unos 53,000 empleos indirectos), la gran mayoría altamente cualificados, que aportan a la ciudad mucho más que el gasto que hacen con los 25,700 millones de dólares de sus salarios: la compañía dedica 43 millones de dólares tan solo como pagos al sistema municipal de transportes de Seattle que entrega como como bonus a sus empleados. En el año 2016, se calcula que los visitantes a la compañía y a sus empleados supusieron un total de 233,000 noches de hotel. El impacto de la llegada de esa segunda sede de Amazon se considera potencialmente transformacional, incluso para ciudades de grandes dimensiones.

Semejantes dimensiones convierten esa segunda sede de la compañía, con una inversión directa calculada en unos cinco mil millones de dólares, en una auténtica golosina para cualquier ciudad: 238 de ellas presentaron su candidatura, de las que la compañía, en una primera criba, seleccionó veinte. Lógicamente, la compañía, que sabe de su atractivo, no se queda corta en sus demandas, que van desde localizaciones privilegiadas y bien comunicadas, hasta un sistema universitario fuerte capaz de suministrar talento, pasando por supuesto por incentivos fiscales de los gobiernos estatales y locales. La compañía tiene claro que el país necesita a Amazon más de lo que Amazon necesita al país, y está dispuesta a poner eso en valor, con todo lo que ello conlleva. Se ha convertido en uno de los mayores generadores de empleo a todos los niveles: cada uno de los eventos de reclutamiento de trabajadores anunciados por la compañía provoca aglomeraciones de miles de personas. Hablamos de una empresa dispuesta a comerse el mundo, y que en los Estados Unidos se ha convertido ya prácticamente en el modo de compra por defecto, lo que supone un enorme poder e  influencia de cara al futuro.

Así, Maryland ha ofrecido cinco mil millones de dólares en crédito fiscal y gastos de transporte, New Jersey ha llegado a los siete mil millones, y Columbus (Ohio) ofrece eliminar todos los impuestos sobre propiedades de Amazon durante durante quince años más una devolución en cash a la compañía de una parte de los impuestos pagados por sus empleados. Al hombre más rico del mundo, propietario de una de las compañías más valiosas del mundo, no le faltan novias ni incentivos.

Por otro lado, ¿qué ocurre cuando Amazon llega a la ciudad? ¿Qué efectos cabe esperar sobre el comercio local? Lógicamente, la llegada del gigante supone una prueba brutal de eficiencia, que los comercios tienen que superar bien integrándose con el sistema de fulfillment de la compañía (y aceptando sus condiciones), o intentando mantener su atractivo frente a ella, una tarea sin duda compleja. Por otro lado, la compañía tiene una cultura de marcada imbricación en lo local: alienta a sus trabajadores para que consuman en locales de la zona, no suele construir comedores para fomentar que utilicen los restaurantes y bares locales, y lleva a cabo numerosas acciones de construcción de comunidad. En general, nada indica que el comercio local de Seattle haya evolucionado a peor en los ya más de veinte años que la compañía lleva allí, o al menos, no más de lo que el comercio local ha podido sufrir en otras ciudades.

La llegada de Amazon parece un evento importantísimo para una ciudad, pero… ¿son los incentivos y privilegios que hay que utilizar para atraerla un uso razonable y adecuado del dinero público? Ninguna ciudad quiere quedarse fuera de la competición, pero, ¿cómo se siente un comerciante local cuando ve que su ciudad pone en juego millones de dólares para atraer a un gigante que, muy posiblemente, va a generar una importante tensión económica en su negocio? La idea no es sencilla, aunque lógicamente, tampoco viene de nuevas: para cualquiera que venda prácticamente cualquier cosa en los Estados Unidos, Amazon no es precisamente un desconocido: ya llevan años sintiendo la presión de su existencia. Pero que además vengan a tu ciudad supone, de buenas a primeras, condiciones logísticas mucho más competitivas: entregas de mercancía en una o dos horas, mejor propuesta de valor para Amazon Prime (lo que implica que más personas tratan de exprimir su suscripción adquiriendo más cosas en Amazon), o descuentos mucho más agresivos en muchos productos.

Racionalizar que la llegada de Amazon a tu ciudad supone un evento impresionante con potencial para cambiar su fisonomía y aportar a ella un importantísimo valor económico parece sencillo para las autoridades y políticos estatales y locales, y seguramente, tiene poca discusión de cara a la mayoría de los residentes, que ven con esperanza los puestos de trabajo y las oportunidades de crecimiento económico que puede generar. Por otro lado, supone procesos de gentrificación que pueden elevar los precios de las propiedades o los alquileres, y todo lo que supone la llegada de un colectivo importante de trabajadores con salarios elevados. Para el comercio local, sin embargo, la explicación y la venta de la idea tiene algunos problemas adicionales, tan complejos como lo que supone entender que venga o no venga, sus efectos los vas a sentir igual y si viene, al menos, obtendrás otros efectos positivos a cambio. En cualquier caso, tome Amazon la decisión que tome, esta nueva versión de la fiebre del oro aplicada al puntocom no deja de demostrar cómo de importantes se han vuelto determinadas compañías, y hasta qué punto definen y ejercen influencia sobre el entorno en que vivimos.