Por qué ya no necesitas cuatro años de carrera para triunfar en Google o Apple - El MundoJose María Robles, de El Mundo, me llamó para hablar sobre el cambio de tendencia en algunas grandes compañías que han comenzado a aplicar criterios y variables para la incorporación de talento en los que no se considera un requisito fundamental la obtención de un título académico determinado, y hoy lo publica en el suplemento Papel bajo el título “Por qué ya no necesitas cuatro años de carrera para triunfar en Google o Apple” (pdf).

El tema de los indicadores de desempeño en educación y su validez como variables capaces de predecir el éxito en una carrera profesional es algo que llevo bastante tiempo estudiando. Las compañías tecnológicas son hoy las consideradas más atractivas y más demandadas por los estudiantes de instituciones de educación superior: los alumnos que hace años mostraban preferencia por la banca de inversión o la consultoría hoy persigue oportunidades en compañías del ámbito tecnológico y las ven como los lugares más deseables en los que desarrollar una carrera profesional. Que esas compañías consideren hoy que un título no es imprescindible para trabajar en ellas y se planteen la búsqueda de talento en instituciones o estudios de otros niveles refleja, indudablemente, un cuestionamiento de la validez de esos indicadores.

En 2013, el entonces VP of People Operations de Google, Laszlo Bock, comentó en una entrevista en The New York Times que tras muchos años considerando las notas altas un requisito importante en los procesos de selección, la compañía había comprobado que no existía correlación entre el éxito en la vida profesional y elementos como las notas o los resultados en entrevistas o en tests. Las explicaciones de Bock apuntaban a que las instituciones académicas generaban entornos artificiales que entrenaban a los estudiantes para dar respuestas predeterminadas a los problemas, cuando lo que los entornos profesionales precisaban eran precisamente personas capaces de resolver problemas para los que no había una respuesta obvia. Una respuesta así resultaba interesante para instituciones que, como las escuelas de negocios, llevaban décadas trabajando precisamente de esa manera, tratando de adiestrar el sentido común poniéndolo a prueba en cientos de casos para tratar de desarrollar habilidades de resolución de problemas “sin recetas”, pero planteaba un problema que las propias escuelas ya intuían: la validez del sistema de indicadores, de la forma de calificar. Quien conoce el ámbito de las escuelas de negocios no espera encontrar en ellas apuntes o codos hincados memorizando conceptos, sino trabajo práctico a raudales, proyectos y otros elementos que tratan de buscar paralelismos razonables con los entornos profesionales actuales. Sin duda, las reformas que la educación tradicional tiene aún pendientes para educar a la llamada “generación Google” y que se centran en el desarrollo del pensamiento crítico en lugar de simplemente dar acceso a un conocimiento que ya está disponible a pocos clics de distancia ya han sido razonablemente asimiladas por las escuelas de negocios, o al menos por las más punteras.

Aún así, las calificaciones llevan años siendo objeto de reflexión en muchos entornos académicos. Un número creciente de instituciones emplean sistemas de acceso propios además de los tradicionales GMAT, GRE u otros tests estandarizados en un intento de buscar correlaciones entre métricas y desempeño. Los efectos de los distintos sistemas de calificación – tradicional, ajustado a curva o en función de estándares de aprendizaje – han sido cuestionados en numerosas ocasiones, y existe incluso una tendencia que trata de evitarlos y de buscar otros sistemas alternativos a las notas tradicionales. En este sentido, creo firmemente que la tecnología puede convertirse en un aliado excepcional, que permitiría evaluar más indicadores sin imponer al profesor una carga imposible de gestionar, y tratar de dar trazabilidad y mejorar, además, la posible arbitrariedad de las notas tal y como las entendemos hoy.

En cualquier caso, la idea de que “no necesitas una carrera para triunfar en según que empresa” sigue siendo poco realista: que esas compañías puedan aceptar candidatos sin exigirles un diploma o incluso abran sus prácticas de búsqueda de talento buscarlos en lugares menos convencionales es, y será seguramente por mucho tiempo, más una excepción bien planteada para ciertos casos que una regla. Por supuesto, algo así no quiere decir que ya no haga falta estudiar una carrera o un master, sino que hay muchas formas de aprender. Pero en realidad, estudios recientes demuestran que las compañías tecnológicas incorporan a muchos más empleados con titulaciones como master o Ph.D. que lo que lo hacen en otras industrias, y que por cada historia de éxito en la incorporación a una de estas compañías de una persona sin titulación, existen miles de personas que no acceden siquiera a la fase de pre-selección de esos procesos, en parte por carecer de esas titulaciones. Indudablemente, aunque el mercado de trabajo pase a reinterpretar algunos factores de otra manera, para acceder ese tipo de compañías, la titulación sigue siendo un elemento fundamental. Pero eso no quita que, como instituciones educativas, no debamos interpretar este tipo de tendencias como lo que son: una prueba de que los indicadores que utilizamos con leves reformas desde hace tiempo inmemorial, necesitan un urgente proceso de reflexión y revisión.

 

Este hombre te encontrará tu próximo trabajo - El Mundo PapelRegina Navarro me llamó por teléfono para hablar sobre LinkedIn, y hoy publica en El Mundo una entrevista con Allen Blue, cofundador de la compañía, que titula como “Este hombre te encontrará tu próximo trabajo” (pdf) en la que cita algunos de mis comentarios.

El modelo de LinkedIn ha ido evolucionando claramente desde su idea original, la de ser un simple archivo donde almacenamos nuestro curriculum y nuestra red de contactos profesionales, hasta convertirse, a través de sucesivos reenfoques y adquisiciones, en un entorno completo y envolvente para el desarrollo de la actividad profesional, incluyendo desde la búsqueda de trabajo a simplemente mantenerse informado, pasando por la formación o el desarrollo de la marca personal.

Durante su historia, LinkedIn ha desarrollado un modelo de evolución tranquila, sin sobresaltos, sin cambios bruscos y sin adquisiciones escandalosas: un número relativamente escaso de operaciones comparado con otras empresas de su entorno, destinadas en general al desarrollo de nuevas funciones, como SlideShare para reforzar la presentación del portfolio personal de trabajos en los perfiles de los usuarios, Pulse para crear el servicio que los abastece de noticias filtradas en función de su red e intereses, o Lynda.com para generar una oferta de cursos de formación. En todo ese proceso evolutivo, la compañía no solo ha ido creciendo en facturación y número de usuarios, sino que además, ha salido a bolsa y se ha consolidado no como un lugar de paso esporádico para hacer una modificación en el curriculum, consultar el contacto de una persona o buscar un profesional, sino como una página destino en la que consumir contenido relevante, participar en grupos o exponer nuestra marca profesional. En mi caso, como creador de contenidos con una connotación marcadamente profesional, LinkedIn se ha convertido en una de las redes más relevantes, con casi 70,000 followers, muy buenas estadísticas de consumo para mi contenido en inglés, y flujos de tráfico significativos tanto hacia esta página como hacia Medium.

Pero más allá de esa evolución de la propia LinkedIn, creo que es interesante, como comenta su cofundador en la entrevista, encuadrar esa evolución dentro de un marco más amplio: la transformación progresiva de las relaciones laborales. Un cambio que posiblemente sea más lento en España que en otros países, pero que sin duda está teniendo lugar. De una época en la que casi podía estar mal visto que un profesional actualizase puntualmente su presencia en LinkedIn – ¿está buscando otro trabajo? ¿Quiere irse? – a otra en la que lo que genera un mal efecto es precisamente lo contrario, una ficha desactualizada, incompleta, o una participación nula. Relaciones profesionales menos vinculadas al “trabajo de por vida”, y más a un mercado en el que se cotiza en función de una formación, unas habilidades, unos contenidos, unas relaciones, etc. Esa es, sin duda, la idea que los creadores de LinkedIn mantienen de cara a su evolución futura: convertirse en ese mercado en el que discurren muchas de nuestras relaciones profesionales. Y no me parece que vayan nada mal encaminados.

 

IMAGE: Scanrail - 123RF

Luis Martín de Ciria me pidió una columna breve para El Mundo sobre la relación actual de las tecnología con el mercado inmobiliario y de la vivienda, sobre el papel que estaban jugando los avances tecnológicos en este sector, y ayer fue publicada bajo el título “Ladrillo y disrupción” (pdf).

En la columna traté de reflejar el impacto de las tres etapas del proceso de transformación digital que está viviendo una industria habitualmente identificada con la vieja economía, pero que como todas, también experimenta una serie de tendencias disruptivas en sus interfaces externas, en sus procesos internos y en su modelo de negocio. Cuestiones como la adopción de interfaces por parte de los clientes que permiten seleccionar, identificar o previsualizar propiedades; unidas al desarrollo y adopción progresiva de tecnologías como los BIM (Building Information Modeling) convertidos en el equivalente de los ERP en otras industrias, o el avance de la robótica y de la impresión tridimensional en las técnicas de construcción.

Finalmente, la lógica idea de evolucionar hacia negocios basados en modelo de plataforma, típicamente la tercera fase de la transformación digital, reflejada cada día más en compañías que se integran hacia delante y deciden gestionar un número creciente de servicios sobre las propiedades que construyen o sobre aquellas que deciden contratarlas: cuestiones como la limpieza, el mantenimiento, la gestión de infraestructuras, de la comunidad, etc. siguen el modelo de otras industrias y permiten pensar en prolongar la rentabilidad más allá de la entrega de la obra, o incluso en ofrecerse como alternativa eficiente en costes para infraestructuras o edificios ya construidos previamente.

Si creías que la construcción y la inmobiliaria estaban destinadas a quedarse de alguna manera al margen de la transformación digital, examina el tema de nuevo. En este tema, como en todos los demás, también hay mucho más de lo que parece.

 

Los grupos editoriales Prisa, Vocento y Unidad Editorial a los que pertenecen entre otros, diarios como El País, El Mundo, ABC, Marca o As han tomado una decisión que otros medios en el mundo ya aplican. Aquellos usuarios que activen AdBlock y AdBlock Plus para no recibir publicidad, serán bloqueados.  La información, que ha sido conocida por Se acabó la paciencia de los grandes medios de comunicación con los bloqueadores de publicidad.

La información, obtenida por ADSLZone, da cuenta de que esta medida será aplicada en las próximas semanas, lo que podría afectar a una gran parte del 26 por ciento de los usuarios españoles que acude a esta modalidad, según un estudio realizado por IAB Spain, Ligatus y Elogia publicado el pasado mayo.

La decisión especifica contra el uso de AdBlock y AdBlock Plus se debe a que actualmente son las dos principales extensiones usadas para bloquear publicidad online a nivel mundial, aunque existen otras opciones.

El uso de ad blockers, cuyo crecimiento parece seguir viento en popa, ha afectado a numerosos medios, pues la gran mayoría se financia a través de la publicidad, cuando se da acceso de forma gratuita al contenido. La situación de los bloqueadores de publicidad es uno de los mayores dolores de cabeza de los editores en la actualidad y una de las medidas que han comenzado a implementarse entre los grandes medios de noticias, es precisamente la que tomarán dentro de poco, los grupos españoles, para evitar la merma de ingresos que se da a raíz del bloqueo de anuncios por parte de los usuarios que desean contenido gratuito.

Se trata de un problema de compleja resolución, por los momentos. No se puede negar que numerosos formatos de la publicidad que se ofrecen online, llegan a perturbar, enormemente la experiencia del usuario, mientras que al mismo tiempo, los internautas desean contenido de calidad, sin interrupciones, pero con poca disposición a pagar por el mismo.

En el caso de los tres grandes grupos españoles que han decidido poner en práctica la medida de bloquear a quienes utilicen las famosas extensiones, la mediad habría sido tomada en consenso precisamente por la necesidad de financiar el contenido que producen con publicidad, si se desea el acceso gratuito.

La fecha de entrada en vigencia de esta decisión aun no se conoce, e incluso se estudia ofrecer una posibilidad de pago reducido (de 1 a 3 euros) por una versión sin publicidad, pero por lo pronto se realizan pruebas sobre esta medida y no se descarta que el bloqueo a los usuarios de AdBlock sea el mismo día en todas las publicaciones de Prisa, Vocento y Unidad Editorial.

The post El País, El Mundo y ABC bloquearán a los usuarios que activen la extensión AdBlock o AdBlock Plus appeared first on Revista Merca2.0.

El arte de humanizar el mensaje - El Mundo (pdf)Me encuentro en una noticia en uno de los especiales de El Mundo, bajo el título “El arte de humanizar el mensaje” (pdf), en el que se habla del perfil de los llamados influencers que las marcas utilizan para comunicar sus mensajes, y de mecanismos de influencia que llevan a muchos de ellos, según el reportaje, a “cobrar cantidades de dinero de entre seis y siete cifras por apoyar a una marca”.

No sé, debo estar haciendo algo muy mal, o ser la vergüenza de las escuela de negocios por mi incapacidad crónica para hacer negocios… pero yo nunca me he dedicado a eso. No solo jamás he cobrado cantidades de seis ni de siete cifras por apoyar a ninguna marca, sino que jamás he utilizado mi participación en ningún medio de comunicación, social o no, para ello. Nunca me han pagado por escribir un tweet ni una entrada en mi página, y cuando me han pagado por un artículo o por un libro, ha sido simplemente por haber dedicado mi tiempo al hecho de escribirlo y por los supuestos conocimientos que me permitían hacerlo. Esto no quiere decir que no vaya a hacer publicidad en un momento determinado: muchas personas con cierto nivel de visibilidad hacen publicidad de marcas o las apoyan de alguna manera, y no hay nada en mi religión – o en mi ausencia de la misma – que me prohiba hacerlo. Simplemente, aún no he encontrado ninguna marca que me demuestre entender bajo qué condiciones lo haría.

Creo sinceramente que eso de la influencia es otra cosa diferente. Si tengo algún tipo de influencia, la tendré por ser capaz de generar reflexiones u opiniones que mis lectores encuentren convincentes o útiles, en muchos casos porque, siguiendo la dinámica y la metodología de aquello a lo que me dedico, consigo que sea el lector o el asistente a una conferencia el que llegue a una conclusión, no porque yo se la dé hecha (en eso consiste dar clase en una escuela de negocios… no “damos apuntes” ni contamos lo mucho que sabemos, sino que tratamos de que el alumno piense y llegue a las conclusiones por sí mismo). Supongo que el hecho de trabajar así tiene mucho que ver con el hecho de llevar veintiséis años en IE Business School, una institución donde la libertad de cátedra es completamente sagrada y que me ha defendido en numerosas ocasiones, creyese o no en lo que yo había dicho, simplemente argumentando que tenía derecho a pensarlo o decirlo.

A lo largo de muchos años ya escribiendo sobre los efectos de la tecnología, supongo que algunos ya han tenido tiempo de comprobar que las cosas que escribo o cuento son las cosas en las que creo, y que no me encontraría cómodo contando algo en lo que no creo. Eso no impide que pueda hablar de un producto o de una marca determinada: simplemente tengo que creer en lo que digo, en ocasiones tengo que haberlo comprobado por mi mismo, y tengo que adecuar mi mensaje a mi nivel de confianza. O que no aproveche una oferta económica de una marca para poder hacer algo que me apetece hacer y que no me obliga a decir cosas en las que no creo o que no quiero decir. No tendría ningún problema en esponsorizar mi página, siempre que ello no conllevase molestar a mis lectores con formatos absurdos y que, además, no me impidiese decir lo que estime oportuno decir, sea sobre la misma marca o sobre sus competidores. ¿Vendo espacio? Podría hacerlo. ¿Vendo mi opinión? No. ¿Impide eso que mi nombre aparezca al lado de una marca? No lo creo, pero exigiría una serie de compromisos entre esa supuesta marca y yo, por un lado, y un elevado nivel de transparencia por el otro.

Aparezca o no en reportajes sobre influencers, sigo haciendo lo que siempre he hecho: tratar de aprender lo más que puedo sobre cosas que me gustan, me interesan o me intrigan, intentar comunicarlas de la mejor manera posible sea en una clase, en una sala de conferencias, en un plató de televisión o en una página, y tratar de que todo ello me permita seguir haciendo lo que me gusta. Si eso me convierte en influencer, me alegro un montón. Pero no confundamos los términos: para mí, la influencia, aunque se pueda utilizar bajo determinadas premisas si puedes hacerlo sin traicionar la confianza de nadie o la fidelidad a las cosas en las que creer, es como el cariño verdadero: no se compra ni se vende.