IMAGE: Avtar - Pixabay CC0El último y enormemente alarmante informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) quita la razón a todos los imbéciles pseudocientíficos que llevan años negando las evidencias y pone a la humanidad en un camino de sentido único: cambiar o desaparecer. Es como tener una alarma de incendios sonando a todo volumen en la cocina, pero pasarnos el tiempo discutiendo sobre si está sonando en realidad o si es un sueño, a ignorarla completamente, o a buscar formas de que no moleste o no suene, en lugar de dedicarnos a apagar el fuego que la provoca. El calentamiento global ya no es una lejana entelequia para futuras generaciones: es algo que afectará enormemente a la calidad de vida y a las perspectivas de supervivencia de todos los actuales habitantes del planeta, salvo que vivan menos de cinco o seis años. Ignorarlo, discutirlo o negarlo ya no lleva a ningún sitio más que al ridículo.

¿Qué podemos hacer para contribuir a evitar una cosa así? Está claro que los sacrificios individuales plantean un problema: nadie quiere perder comodidad, confort o calidad de vida mientras ve como muchos de los que les rodean pasan olímpicamente de molestarse. Ser “el que se sacrifica” cuando la mayoría de tus conciudadanos se comporta de manera irresponsable es no solo duro, sino posiblemente absurdo, porque un camino implica sacrificios y pérdida de competitividad, mientras el otro corresponde a los hábitos que hemos construido durante generaciones. Sin embargo, hay algunos procesos mentales que pueden ayudarnos a tomar decisiones más coherentes con respecto a la magnitud del problema:

Primero y fundamental: entender que la evolución actual es completa y radicalmente insostenible. Detener esa evolución implica eliminar el primer y fundamental dogma del capitalismo: la necesidad de crecimiento económico. De hecho, la inmensa mayoría de las prácticas que provocan el calentamiento global se llevan a cabo en nombre de esa supuesta necesidad de crecimiento económico a toda costa, de esa obsesión por seguir creciendo caiga quien caiga. La tecnología para abandonar los combustibles fósiles existe, pero no se pone en práctica porque ello implicaría el colapso económico de múltiples industrias, un importante crecimiento en las cifras de desempleo y pérdidas multimillonarias para muchas compañías con un fortísimo potencial para el lobbying. La primera y fundamental bofetada, por tanto, tiene que ser necesariamente para los economistas, para quienes defienden la necesidad de mantener ese crecimiento económico insostenible a toda costa. El planeta, como todo, tiene sus límites.

Al tiempo, deberíamos pensar a la inversa: cuáles son las actividades económicas con potencial para crear valor al abrigo de la oportunidad que supone el calentamiento global. A medida que las evidencias se suceden, deberíamos contar con un cambio de actitud cada vez mayor en la sociedad, y con la llegada – esperemos – de un punto de inflexión en el que todos rechacemos aquellos productos y servicios que generen emisiones de CO2, para sustituirlos por otros que no contribuyan al problema. Estamos posiblemente ante el cambio de paradigma más importante de la civilización en toda su historia, y pensar que eso no va a crear oportunidades para los emprendedores y para los que sean capaces de entenderlo es estar completamente ciego. El emprendedor del futuro es el que aprende a ver el calentamiento global como una importante oportunidad de diferenciación y de negocio, capaz de generar ingresos a cambio de un resultado neto ya no neutro, sino positivo en términos medioambientales.

Segundo: la tecnología ayuda, por supuesto que sí. Pero lo hace a sus ritmos: solo es posible abaratar la tecnología necesaria para hacerla competitiva a base de fortísimas economías de escala y aprendizaje. Ejemplos como el de Tesla se encuentran ya prácticamente ahí: mientras muchos se ríen de sus dificultades de producción, como si fuera sencillo pasar de ser un fabricante prácticamente sin experiencia en la producción masiva a producir ochenta mil vehículos al trimestre, la compañía ha logrado ya superar las ventas de marcas históricas como Porsche, Mercedes Benz o BMW, es el vehículo de fabricación norteamericana más vendido en su país, y lo ha hecho con un modelo que aunque muchos critican por su precio, tiene un coste total de propiedad sensiblemente inferior a cualquiera de sus comparables con motor de explosión, y es además mucho más seguro. ¿Quiere esto decir que debemos salir todos corriendo a comprarnos un Tesla? Obviamente no, entre otras cosas porque no sería posible. Pero debemos presionar a todos los fabricantes de vehículos para que declaren muerto al motor de explosión y abandonen completamente su fabricación para pasar a centrarse en ser competitivos en la fabricación de vehículos eléctricos, lo que a su vez posibilitará enormes descensos en el coste de componentes fundamentales como las baterías. El millón de vehículos eléctricos en circulación en los Estados Unidos representa un hito importante, pero hay que llevarlo mucho más allá.

¿Qué hacer, por tanto? Básicamente, asumir que el último vehículo que adquirimos fue en realidad eso, el último que adquiriremos, salvo que podamos o queramos permitirnos uno eléctrico. No cambiar de coche es la mejor manera de presionar a la industria automovilística para que cambie: la ganancia que proporciona pasar de un vehículo más antiguo a uno nuevo es, en el mejor de los casos, marginal, y muy inferior a la que se conseguiría si todas esas marcas se viesen obligadas a modificar su estrategia para empezar a fabricar vehículos eléctricos ante la evidencia de que no pueden colocar su sucia chatarra en el mercado.

De nuevo entra en juego la tecnología: los vehículos autónomos avanzan a gran velocidad, acumulan cada vez mayor experiencia en tráfico real, y logran convencer a los reguladores de la necesidad de facilitar su llegada reescribiendo las normas de circulación para adaptarlas a ellos. Empieza a plantearte cómo será tu vida cuando no solo no poseas ese automóvil infrautilizado y aberrante desde un punto de vista racional y económico, sino cuando, además, las ciudades hayan avanzado en su adaptación para convertirse en sitios en los que caminar, montar en bicicleta, utilizar patines o patinetes y flotas compartidas de vehículos autónomos en lugar del caos actual en el que el automóvil particular gobierna a su antojo y todo el resto de elementos son vistos como estorbos. Visualízalo, y además, exígelo a tu ayuntamiento. Cuanto antes, mejor.

La tecnología, de nuevo, puede ayudar. Se está avanzando en el desarrollo de métodos para extraer CO2 de la atmósfera y no solo fijarlo y enterrarlo, sino incluso conseguir que se incorpore a determinados materiales para arreglarlos cuando se rompen, una posibilidad que podría llegar a aplicarse para obtener una economía del CO2 viable, y un resultado neto neutral o incluso negativo. La ruta hacia el fin del carbón es posible, aunque requiere muchísima más presión política sobre los gobiernos que aún pretenden recurrir a él, trabajo de militancia y trabajo de partido, para no solo avergonzarlos por su cortedad de miras, sino echarlos del poder por ser directamente nocivos. El cambio climático tiene que dejar de ser un aspecto anecdótico y bienintencionado de la agenda política para convertirse en el aspecto más importante, decisivo y fundamental para todos.

El cambio es posible. Pero corre muchísima prisa, y requiere que no nos sentemos a esperar a que pase un milagro: es fundamental entender lo que está pasando, informarse y plantear las exigencias oportunas en los lugares adecuados, aunque pensemos que esas exigencias recortan nuestras libertades individuales, nuestro nivel de confort o nos obligan a sacrificios que creemos imposibles. La alarma de incendios suena: si decides ignorarla, no solo lo haces a tu propio riesgo: lo haces con consecuencias que ya no vas a poder ignorar.

 

IMAGE: Nick Youngson (CC BY SA) Un interesantísimo artículo del economista norteamericano Tyler Cowen en Bloomberg, Americans own less stuff, and that’s reason to be nervous,  incide en uno de los efectos recientes mas notorios de la tecnología: la disminución de la necesidad de poseer bienes físicos como tales, en beneficio de otro tipo de modelos basados en el acceso y amparados por la ausencia de fricción.

La tendencia resulta evidente: hemos pasado de llenar estanterías en nuestras casas con discos metidos en fundas de plástico con sus carátulas, a simplemente pagar por un servicio que nos permite acceder más cómoda y ventajosamente a toda la música que necesitemos en cada momento. Dejamos de tener libros en casa, para que sea Amazon quien los tenga y nosotros podamos acceder a su lectura a través de cualquier dispositivo, con ventajas tales como buscar una frase o almacenar nuestros subrayados cómodamente. Ya no encontramos interesante poseer cintas de vídeo: en su lugar, una suscripción a Netflix y servicios similares nos proporciona el acceso a todo el contenido en vídeo que podemos necesitar y mucho más. Cada vez más, cuando dejamos de utilizar un objeto, ya no lo guardamos en un cajón o en un trastero: lo fotografiamos y lo listamos en una página, donde otra persona que sí puede necesitarlo o desearlo nos ofrece dinero, en muchos casos, por librarnos de él. Modelos de distintos tipos que permiten cada vez más pensar en esquemas económicos más eficientes, en un concepto de economía circular, menos lineal, con una propuesta de aprovechamiento muy superior de los productos, en un ámbito donde sin duda veremos pronto desarrollos aún más provocativos.

Cuando cumplí mi mayoría de edad, mi obsesión era conseguir el carnet de conducir y hacerme con un coche. Mi hija, y por lo que veo, muchas otras personas en su generación, se examinó del carnet de conducir porque su madre y yo le insistimos en ello, lo ha utilizado únicamente cuando no ha tenido más remedio, no tiene coche y se mueve siempre en servicios de transporte públicos o privados, según el momento. Para ella, poseer un automóvil no tiene el menor interés, y la plaza de garaje de su casa, incluida en el precio del alquiler de su piso, está ahí simplemente para cuando tiene visitas. Para muchas otras personas que siguen modelos menos radicales, disfrutar de un automóvil implica simplemente pagar unas cuotas a una compañía de leasing o renting que es quien posee la titularidad del vehículo, y obtener simplemente un derecho que incluye todo lo necesario para su uso, desde seguros e impuestos, hasta mantenimiento. El concepto se extiende incluso a la propiedad inmobiliaria, y no solo refiriéndonos al clásico alquiler: muchas familias plantean sus vacaciones en el hecho de tener acceso a propiedades en cualquier lugar del mundo gracias a modelos basados en el home exchange.

Tradicionalmente, el acceso a las capas más elevadas de la sociedad en términos de estatus se basaba en la acumulación de propiedad, en poseer más cosas que otros. El rico era el que tenía muchas posesiones, el que almacenaba más objetos, el que tenía más caballos, más tierras o más oro. De ahí, hemos pasado a que los verdaderamente ricos, los billonarios que aparecen en los puestos más altos en la lista de la revista Forbes, sean aquellos que poseen acciones de compañías, que ni siquiera son dinero entendido como tal, sino el símbolo virtual de la propiedad de una compañía que, supuestamente, puede llegar a generar unos beneficios determinados en un plazo establecido (o en determinadas compañías, ni eso).

La tecnología posibilita una progresión en la retirada de la fricción económica, que conlleva que la verdadera riqueza no sea poseer los bienes como tal, sino tener acceso a modelos que permitan disfrutarlos de manera ventajosa. Un declive del concepto de propiedad cada vez más pronunciado y que abarca cada vez más aspectos, incluso algunos relativamente  insospechados. Hoy, el listo no es el que se compra un patinete eléctrico porque tiene dinero para ello: ese es, en realidad, un torpe que se auto-impone la obligación de cargar con dos docenas de kilos de aparato sobre el hombro a todas horas para utilizarlo un tiempo minúsculo, mientras, además, se tiene que preocupar de cargar sus baterías y de dónde lo deja en cada momento por si se lo roban. El listo es el que, en su lugar, se asegura que cuando quiera un patinete para ir de un sitio a otro, lo va a tener ahí, a pocos metros, listo para su uso. La propiedad ya no es una ventaja, sino la bola con cadena atada al tobillo con la que carga el condenado a no entender el nuevo modelo.

¿Cabe esperar que el conjunto de la sociedad entienda y compre apasionadamente este concepto de access economy, cuando los modelos económicos basados en la propiedad individual de los bienes han estado vigentes durante siglos? En absoluto. Pero eso no quiere decir que ese modelo basado en la disponibilidad de tecnología que lo hace posible no se haya convertido en una tendencia cada vez más representativa, y que, como tal, represente el cimiento sobre el que se esté construyendo una economía más eficiente.

 

 

 

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IMAGE: Enno Schmidt (CC BY)El director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, afirma en un evento que la renta básica universal o incondicional será una realidad en todo el mundo en un plazo aproximado de unos diez años, proporcionará a los ciudadanos un nivel económico muy razonable, y la principal preocupación girará en torno al significado y el propósito de nuestras vidas.

El interés de Kurzweil por el concepto no es en absoluto una novedad en su pensamiento, y coincide con las visiones expresadas por un amplio número de pensadores, fundadores y líderes de la industria tecnológica, que proponen modelos que van desde la financiación mediante impuestos a los que más tienen, hasta el reparto del superávit generado por el trabajo de las máquinas o por la explotación de recursos de diversos tipos. Otros afirman que la afinidad de los líderes de la industria tecnológica con el concepto de renta básica universal proviene únicamente del supuesto “sentimiento de culpa” por los efectos de la tecnología sobre el trabajo, y por la pérdida de puestos que de manera inexorable sigue a la adopción de algunas de sus propuestas a medida que se incrementa la eficiencia.

Los modelos económicos basados en la renta básica universal o incondicional tienen un problema de base: suponen un replanteamiento tan agresivo y radical del mundo que conocemos, que una gran mayoría de personas, cuando se aproximan a la idea, la descartan de manera superficial, en función de clichés o de objeciones primarias, sin llevar a cabo un análisis verdaderamente riguroso. La idea de un mundo en el que el trabajo es completamente voluntario, en el que trabajamos no porque lo necesitemos como tal sino porque queremos, o en el que podamos replantear conceptos claramente obsoletos, como la semana de cinco días para descansar dos, supone un desafío mental que choca con problemas de todo tipo, desde cuasi-religiosos (la idea de trabajo como una especia de “maldición bíblica” por la que hay que pasar necesariamente para “ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente”) hasta puramente motivacionales, que inciden en la extendida idea de un amplio segmento de la sociedad que no contribuye absolutamente a nada y que supuestamente se dedica a estar tirado y drogarse todo el día. Una imagen que no se ha dado en ninguna de las pruebas y ensayos de renta básica incondicional que se han llevado a cabo en diversos lugares del mundo, que vienen a demostrar más bien lo contrario: cuando una persona tiene solucionadas sus necesidades más básicas gracias a un pago incondicional, que no pierde aunque trabaje u obtenga más ingresos, esa situación genera un bienestar que permite plantearse muchas otras posibilidades, y terminan trabajando, en muchos casos, más, porque lo hacen en tareas que ellos mismos han escogido y con las que mantienen una relación completamente diferente.

La otra objeción más básica, la que cuestiona de dónde sale el dinero para pagar esa renta básica incondicional, hay que analizarla con respecto a su alternativa: las políticas de subsidios condicionados, que proponen unos ingresos que desaparecen cuando cambian las circunstancias, y que, por tanto, generan una situación de tasación excesiva, que es susceptible de desincentivar el trabajo o de favorecer la economía sumergida. En la práctica, no necesitamos financiar una renta básica, sino reinvertir mejor el dinero que se gasta en subsidios que pasan a ser asignados de una manera mucho más sencilla, sin práctica necesidad de infraestructuras de vigilancia, por un estado que prácticamente pasa a ser un sistema de gestión, sumamente automatizado, y controlado mediante sistemas de registro como blockchain para eliminar la corrupción.

Sobre este tema, he escrito y leído bastante recientemente, y de verdad recomiendo invertir un poco de trabajo para entender sus detalles, especificidades e implicaciones. Para mí, es una de las claves más claras del futuro que vamos a vivir en no mucho tiempo. No es sencillo, choca con muchos problemas aparentemente insolubles y requiere invertir mucha abstracción, mucho estudio y mucho trabajo para despejar sus interrogantes y sus mitos. Pero de una manera u otra, va a llegar, y va a terminar por sustituir a un modelo económico post-industrial actual que ya ha mostrado sus muchos e importantes problemas y limitaciones.

 

IMAGE: Ryoji Ikeda (CC BY SA)Los recientes escándalos en torno al uso de los datos personales de los usuarios, las reacciones de Facebook y de otras compañías para mejorar su forma de tratar los datos y tratar de retomar el control de la situación, unidos a la próxima entrada en vigor de la Directiva General de Protección de Datos (GDPR) en la Unión Europea, están trayendo una corriente de pensamiento significativa en torno a la vieja idea de los datos personales como nuevo petróleo, la posible regulación de aquellas compañías que los utilizan para su negocio, y los modelos económicos que puedan surgir a partir de este tipo de esquemas de explotación.

La idea, obviamente, se encuentra en una fase inicial ampliamente especulativa, pero resulta interesante como food for thought: ¿qué traería consigo una economía fundamentada en el reparto de los ingresos que pueden obtenerse a partir de los datos de las personas? ¿No supone, en cierto sentido, una referencia circular (el que vende un producto o servicio paga por utilizar unos datos personales para vender mejor, y el que compra paga gracias a la cesión de esos mismos datos personales) o, en realidad, una entelequia como tal, una forma de plantearse justificar algún tipo de renta básica incondicional en base a la explotación de un recurso? El caso del Fondo Permanente de Alaska, que reparte una parte de los ingresos del petróleo extraído en el subsuelo del estado con sus residentes en forma de pagos periódicos, es utilizado en muchos artículos como un elemento de inspiración, como un paralelismo entre un estado que reparte los ingresos de la explotación de un recurso con unos ciudadanos que son, en muchos sentidos, copropietarios del mismo. ¿Hasta dónde puede llegar la idea de que las compañías que se enriquecen con los datos personales de sus usuarios se vean obligadas a compartir una parte de las rentas generadas por el uso de esos datos con los legítimos propietarios de los mismos, dando lugar así a unos ingresos? ¿Puede basarse una economía digital en la propiedad pública o privada de los datos de las personas, y constituirse fondos que remuneran a esas personas en función del uso de sus datos y de la rentabilidad potencial extraída a partir de los mismos? ¿Estamos hablando, como sugiere Wired, de una nueva guerra fría derivada de los modelos de explotación de datos de las distintas economías y países?

¿Qué características tendría una economía de este tipo, suponiendo que fuese posible? ¿Cuántos recursos pueden extraerse de las compañías que hoy explotan nuestros datos de manera que hacerlo siguiesen representando un negocio razonablemente rentable, pero además, brindase una fuente de ingresos a los propietarios de esos datos, y una serie de alternativas u opciones de control sobre el uso que se lleva a cabo de esos datos? ¿Podríamos llegar a definir las violaciones de privacidad, o el simple hecho de recibir un anuncio al margen de la explotación que hemos autorizado de nuestros datos, como los nuevos tipos delictivos? ¿Quiénes serían los pobres y los ricos en una economía definida en función de esas variables? ¿Tendería ese sistema a la desigualdad – después de todo, podríamos considerar que los datos de una persona son susceptibles de valer más si su poder adquisitivo es más elevado – o a una ecualización progresiva de la sociedad? ¿Qué pasa si los usuarios pasan a tener control total sobre sus datos y toman decisiones en función de sus intereses, como cederlos a unas compañías sí y a otras no, al tiempo que participan de los ingresos generados por ellas? ¿Encontraríamos a “ricos” que no precisan de cesiones de sus datos y viven una vida plácida, no castigados por constantes impactos publicitarios, mientras otros, “pobres”, se ven obligados a aceptar un bombardeo permanente? ¿Y qué ocurre con alternativas como China, en las que es el estado el que tiene acceso a todos los datos y lo utiliza como parte de un sistema de control social?

La entrada de hoy es todo preguntas. sí. ¿Estamos empezando a especular sobre algo que podría terminar siendo la base de todo un nuevo sistema económico y social? Hasta el momento, algunas de las compañías más grandes del mundo lo son porque descubrieron una manera de explotar los datos de sus usuarios que podía brindarles cuantiosos ingresos: ¿es sostenible ese modelo, o estamos viendo, merced a los recientes escándalos, el final del mismo y la llegada de formas alternativas de control sobre la actividad de esas compañías? Y si fuese así, considerando que hablamos de un modelo económico, el de la explotación de los datos, que ha probado su capacidad de generación de ingresos millonarios…  ¿tiene sentido que pasemos a otro, presuntamente más avanzado, en el que esos ingresos revierten no solo en esas compañías y en sus accionistas, sino también en sus usuarios? ¿O es todo parte de un proceso de alucinación colectiva? ¿Cuánto hay de realidad posible en la idea de una economía basada en los datos y en su control?

 

IMAGE: Tero Vesalainen - 123RFLa industria textil es, sin duda, una de las industrias que más ha crecido y evolucionado a lo largo de los años, fundamentalmente debido a la disponibilidad de mano de obra barata para unos procesos fundamentalmente manuales. El fenómeno del fast fashion, apoyado en costes de producción unitarios muy bajos, redujo los ciclos de producción y cambió la industria como la conocemos: a lo largo del tiempo, hemos visto cómo las marcas europeas y norteamericanas desplazaban su producción a Asia y desarrollaban la economía de países con abundancia de mano de obra barata, que a su vez iban elevando progresivamente sus costes de producción.

Desde países como Taiwán y Corea del Sur, pasamos a Tailandia y China, y finalmente, cuando esos países también vieron elevarse sus costes, a Bangladesh, una enorme economía de 165 millones de habitantes con rentas per capita medias muy bajas. Entre los años 2000 y 2010, la exportaciones de productos textiles terminados de Bangladesh se triplicaron, y la industria contribuyó a una fuerte disminución del número de personas viviendo en condiciones de pobreza extrema. Hoy, la industria supone, solo en Bangladesh, más de tres millones de puestos de trabajo y un 81% de las exportaciones del país. 

El momento actual, sin embargo, está viendo la aparición de dos tendencias: por un lado, compañías como Crystal Group, que fabrica para marcas como H&M, Gap, Uniqlo o Victoria’s Secret, que afirma no apostar por la automatización, y seguir optando por la mano de obra barata en lugar de la robotización. Por otro, empresas como Mohammadi Group, un gigante que ha ido diversificando su actividad y adquiriendo maquinaria cada vez más sofisticada, y que progresivamente está incorporando robotización y automatización. Los nuevos robots de producción textil son cada vez más capaces de hacerse cargo de tareas que, hasta hace muy poco, eran consideradas intrínsecamente humanas. Compañías como Softwear afirman ser capaces de fabricar una camiseta en 2.5 minutos, eliminando el trabajo humano en un 90% y obteniendo el doble de productividad por turno, con tecnologías cada vez más optimizadas. 

¿Cuáles son las consecuencias de la progresiva automatización de un trabajo como la producción textil? A medida que la tecnología mejora e incrementa sus posibilidades, nos disponemos a ver un desplazamiento en los hábitos de la industria, habitualmente criticada por su recurso a la mano de obra barata, pero que, por otro lado, ha contribuido de manera fundamental al desarrollo económico de los países en los que tenía lugar. Los analistas estiman que la economía de Bangladesh precisa de la creación de unos dos millones de puestos de trabajo si quiere mantener su ritmo, y que la industria textil es, desde hace tiempo, el principal motor económico susceptible de generar esos empleos. Sin embargo, según datos del Banco Mundial, el ritmo de creación de puestos de trabajo ha caído desde los aproximadamente 300,000 al año que se creaban entre 2003 y 2010, hasta situarse en torno a los 60,000. El desfase, sin duda, es fruto del crecimiento de la automatización: entre 2013 y 2016, las exportaciones se incrementaron en casi un 20%, pero el crecimiento del empleo no fue lineal, sino que creció tan solo en un 4.5% en ese mismo período. Al tiempo, esos procesos de automatización sirvieron para que los trabajadores viesen disminuidas sus posibilidades de reclamar mejoras en sus condiciones: cuando la conflictividad se ve incrementada, los fabricantes simplemente optan por automatizar. Según algunos analistas, si la economía del país no es capaz de ofrecer posibilidades laborales a los jóvenes, la presión social podría crecer notablemente y convertirse en insostenible. 

Por otro lado, al disminuir la necesidad de mano de obra barata, las marcas textiles podrían evolucionar hacia modelos de repatriación de la producción en países desarrollados, posiblemente e sus propios países de origen, haciendo frente así a demandas sociales que posiblemente verían con buenos ojos una creación de valor más sofisticada y más centrada en la proximidad, al tiempo que podrían plantearse modelos logísticos más optimizados. La reciente adquisición de Body Labs por parte de Amazon podría marcar la posibilidad de que, cada vez más, los sistemas de tallaje evolucionasen para reflejar las dimensiones reales del cuerpo de los usuarios, y llegásemos a un momento en que prendas de ropa con un precio relativamente barato pudiesen ser fabricadas completamente a medida y con un nivel de dependencia de procesos manuales cada vez más reducido.

La industria textil podría estar convirtiéndose en un laboratorio de tendencias de cara a un futuro cada vez más dominado por máquinas que se hacen cargo de la producción en procesos que, hasta hace muy poco, nadie parecía querer invertir en automatizar. Pronto, empezaremos a ver marcas incorporando este tipo de estrategias en sus planes de producción, en su comunicación o en sus prácticas de responsabilidad social corporativa, con todo lo que ello conlleva: un espacio que no ha estado en absoluto exento de cambios a lo largo de las últimas décadas, que ha visto surgir enormes imperios económicos, y que podría experimentar una enorme evolución en el futuro, con consecuencias que llegarían al ámbito de la geopolítica y la economía global. ¿Cuánto van a cambiar las etiquetas de las prendas que adquirimos? ¿Será eso bueno o malo, y para quién? No cabe duda: nos queda mucho por ver.