IMAGE: NORSENo pretendo escribir una de esas típicas entradas alarmistas sobre la ciberguerra, sino hacer una pequeña reflexión sobre el poder de la historia a la hora de enseñarnos cosas. Que internet se está convirtiendo en un campo de batalla cada vez más encarnizado en el que los países despliegan sus fuerzas y sus ejércitos para rivalizar a la hora de desarrollar poder ofensivo y defensivo es evidente, y lo demuestra el cambio de actitud de varios gobiernos en ese sentido: que la administración Trump, llevada por el evidente carácter de bully de su irresponsable presidente, anuncie el lanzamiento de una nueva estrategia de ciberdefensa nacional para facilitar el uso de armas gubernamentales en respuesta a posibles ataques, o que el Reino Unido practique ciberataques para sumir Moscú en las tinieblas en respuesta a ofensivas previas es simplemente una evidencia de que estamos entrando en una carrera armamentística en la que cada país rivaliza por contar con mejores y más potentes armas para provocar en sus adversarios efectos que van desde la desinformación hasta los ataques a infraestructuras críticas.

Recientemente, César Muñoz, de FayerWayer, me recordó un texto que escribí en abril de 2013 para el prólogo de la edición española de “Cypherpunks: La libertad y el futuro de internet“, que posiblemente pueda servir para ilustrar la evolución de la situación actual:

El ciberespacio, en todos los sentidos, se ha militarizado. El equivalente de lo que está ocurriendo en la red situado en la calle, fuera de la red, sería directamente la ley marcial. La red y el libre intercambio de información podrían estar posibilitando un período histórico que supusiese el mayor y más vibrante progreso a todos los niveles, pero están en su lugar alumbrando la época más oscura, autocrática y totalitaria que el ser humano ha vivido jamás. Internet, lo creamos o no, se está convirtiendo en el enemigo, en la sustancia que engrasa una pendiente peligrosísima que la humanidad recorre a toda velocidad, en el mayor y más efectivo facilitador del totalitarismo.”

En efecto, el uso de la red y de la tecnología se plantea cada vez más como herramienta para que los tiranos controlen a sus ciudadanos, para señalar al disidente, al que piensa distinto, o al que aspira a un sistema de gobierno diferente. En este sentido, las estrategias ofensivas plantean riesgos claros y evidentes, y recuerdan poderosamente a lo sucedido en la guerra fría, posiblemente el mayor despilfarro de recursos de la historia de la humanidad, con países invirtiendo en un potencial destructivo cada vez mayor, capaz de acabar varias veces con todo vestigio de vida en el planeta, simplemente en busca de un equilibrio imposible. Solo mediante el desarrollo de tratados internacionales, elementos que auxiliasen en la determinación de responsabilidades y organismos con un cierto poder sancionador se llegó a, de alguna manera, poder plantear un escenario diferente y al menos potencialmente más constructivo.

En la red, cada vez más, necesitamos ese tipo de mecanismos. La respuesta del bully, la de dedicar cada vez más y más inversión al desarrollo de ciberejércitos preparados para atacar al enemigo, para escalar en guerras absurdas capaces de provocar daños de todo tipo a infraestructuras cada vez más dependientes de la red, es simplemente absurda, y sabemos, históricamente, que no conduce a nada bueno. Necesitamos urgentemente tratados internacionales con sentido y con herramientas efectivas que protejan a hospitales, a redes de distribución eléctrica y, en general, a todo aquello que forma parte de la infraestructura crítica de un país, del posible interés de un atacante por causar daño, al tiempo que desarrollamos sistemas que permitan trazar esos ataques y asignar las responsabilidades de manera inequívoca a quienes corresponda, para posibilitar el uso de sanciones internacionales contra ellos y provocar el progresivo aislamiento internacional de quienes pretendan no cumplir las normas. La vía correcta no es la de reforzarnos cada vez más en una carrera sin sentido, sino la de hablar para obtener consenso en lo que vale y no vale, en lo que se puede y no se puede hacer, en lo que está permitido y lo que no. Aislar a quienes pretendan explotar la red como arma, y posibilitar que esta se convierta en lo que siempre debió ser. Si no avanzamos en este sentido y obtenemos un nivel adecuado de consenso internacional, estaremos repitiendo errores históricos que jamás nos llevaron a nada positivo.

 

US midterm elections 2018El próximo día 6 de noviembre de 2018 tendrán lugar la mayoría de las elecciones al Parlamento de los Estados Unidos 2018, de cuyo resultado dependerán los 435 escaños de la Cámara de Representantes o Congreso, 35 de los 100 escaños del Senado, 39 gobiernos estatales y territoriales y numerosas elecciones estatales y locales más. Generalmente, la trascendencia de las elecciones parlamentarias norteamericanas es bastante relativa a nivel internacional, contrariamente a lo que ocurre con sus presidenciales. Sin embargo, en esta ocasión confluyen una serie de circunstancias que las convierten en enormemente importantes a todos los niveles, en un evento muy digno de ser seguido con gran interés.

Resulta evidente que el título de esta entrada es una obviedad: prácticamente cualquier proceso electoral en los Estados Unidos tiene un nivel de influencia que es susceptible de afectar a todo el mundo, pero en este caso, la cuestión va bastante más allá. El refuerzo del sistema de contrapoderes es necesario más que nunca para poder frenar las iniciativas del presidente más peligroso, más dañino y más mentiroso de la historia, del que hasta el momento representa seguramente el ejemplo más elevado de manipulación colectiva de un resultado electoral. Decisiones como la política medioambiental o la guerra comercial, que afectan a todo el mundo, podrían tener que replantearse o ver disminuida su virulencia si Donald Trump pasase, como resultado de estas elecciones, a estar en una situación de minoría parlamentaria.

El proceso por el cual aquellas mismas redes sociales que posibilitaron revoluciones como la primavera árabe se convirtieron en algo capaz de hacer posible el triunfo de Donald Trump en 2016 está cada vez más siendo objeto de un estudio pormenorizado y exhaustivo, al tiempo que esas mismas redes sociales que fueron tan fuertemente instrumentalizadas tratan de evitar que procesos de ese tipo puedan llegar a repetirse. La interferencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016 llegó hasta el punto de analizar quiénes podían ser los cinco tipos de votantes de Trump, y a diseñar cuidadosamente estrategias para llegar a ellos con la colaboración de un equipo de la propia Facebook que, en estas próximas elecciones pretende ofrecer un nivel de soporte directo muy inferior.

La campaña electoral y la llegada de Donald Trump a la presidencia ha tenido un efecto en cómo los jóvenes ven las noticias, y ha dado lugar a una crisis de confianza que, sin duda, afectará a una generación que parece rechazar cada vez más las redes sociales y los efectos derivados de haber aprendido a utilizarlas sin ningún tipo de educación al respecto. Es muy posible que muchos votantes de Trump hayan, en un clima de crítica constante a su presidente, radicalizado más aún si cabe sus posiciones, pero también lo es que muchos se hayan dado cuenta, a pesar de la bonanza económica por la que pasa actualmente el país, de los posibles efectos de tener a un sujeto así en la Casa Blanca.

Unas elecciones que pueden marcar un hito en lo político – ver a Donald Trump tratar de gobernar con un Parlamento mayoritariamente en contra puede ser digno de una serie de televisión – pero, sin duda, lo van a marcar de de cara a la ciencia del marketing electoral. Los resultados de la investigación del fiscal especial Robert Mueller, la profusión de análisis periodísticos al respecto, la detención de cada vez más colaboradores cercanos del presidente y de todo tipo de implicados en el asunto y la divulgación pública de muchos de los anuncios que la inteligencia rusa utilizó para influenciar a los votantes norteamericanos han dado lugar a un clima electoral enrarecido, en el que muchos votantes empiezan a plantearse cada cosa que leen, cada mensaje que reciben, en busca de posibles estrategias de segmentación. Lo que antes eran anuncios simplemente incómodos o machacones en período electoral, ahora son vistos por muchos como parte de posibles conspiraciones destinadas a radicalizar sus ideas o influenciar sus votos.

El análisis del resultado de estas elecciones, que se juegan con campañas a nivel estatal o local, puede llegar a dejar muchas claves de cómo va a evolucionar la comunicación política en el futuro, no ya en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Habrá que estar atentos.

 

IMAGE: Liberator - Defense Distributed (Cody Wilson)La ya famosa pistola Liberator, creada en su totalidad con piezas de plástico impresas en 3D, diseñada por la empresa Defense Distributed del autocalificado como anarquista texano Cody Wilson, está consiguiendo poner de manifiesto todas las contradicciones generadas por el desarrollo tecnológico.

En los cinco años de historia de la compañía (escribí sobre el tema en 2013), ha sufrido un episodio de incautación de una impresora 3D por la empresa Stratasys, cómo el repositorio de modelos tridimensionales Thingiverse excluía explícitamente el listado de todo aquello que tuviese que ver con armas de fuego, cómo el Departamento de Estado de los Estados Unidos cerraba su página web y prohibía terminantemente la distribución de los planos de su arma recurriendo a una ley sobre exportación de armas (demasiado tarde, porque a esas alturas ya estaban distribuidos para cualquiera que quisiera obtenerlos a través de todos los repositorios de descargas del mundo), después cómo llegaba a un acuerdo con la compañía en el que renunciaba a la restricción, permitía la publicación de los planos y se comprometía a cubrir los costes judiciales, y ahora, cómo esa distribución es de nuevo bloqueada por otro juez en base a que “existe la posibilidad de un daño irreparable debido a la forma en que estas armas pueden ser fabricadas”. Hasta Donald Trump ha terciado en el asunto, afirmando que no le parece que la cuestión tenga mucho sentido, y algunos jueces creen que el gobierno podría dar marcha atrás en el acuerdo al que llegó con la compañía.

Un laberinto judicial lleno de agujeros: antes de la primera restricción, y en el período de varios días que ha ido desde el acuerdo con el Departamento de Estado hasta la restricción del juez, las instrucciones y ficheros necesarios para imprimir las piezas han sido descargadas ya en varios miles de ocasiones, y compartidas a través de todo tipo de páginas. Quien quiera conseguirlos, los tiene sin duda a muy pocos clics de distancia.

Una pistola de plástico es indetectable por los detectores de metales, no tiene número de serie, y puede ser hecha en casa por cualquiera que tenga acceso a una impresora 3D, relativamente fácil de obtener. Es un arma que sirve únicamente para un disparo, y que, en función de la calidad con la que haya sido impresa, puede tener cierta tendencia a explotar en manos de quien la dispara. Las propuestas de algunos jueces de incluir de manera supuestamente obligatoria una pieza de metal en el diseño con un número de serie impreso resultan ridículas: obviamente, si alguien quiere hacerse con una pistola para algo malo, no incluirá esa pieza por muy obligatorio que alguien le diga que es. Los delincuentes, por norma general, no suelen cumplir las leyes…

Tiempo para la histeria: el país que menos restricciones tiene sobre la venta de armas de fuego, entrando en pánico porque ahora cualquiera puede tener un arma de fuego. Un pánico completamente absurdo, porque en realidad, cualquiera ya podía fabricar un arma de fuego, probablemente mucho menos peligrosa para quien la dispara que la Liberator, desde hacía muchos años, y con componentes adquiridos en cualquier ferretería. La propia Liberator hereda su nombre de la FP45 Liberator, otro proyecto de arma barata de un solo disparo, fácil de fabricar y sencilla, diseñada para ser distribuida entre la población en zonas ocupadas, y existen infinidad de ejemplos de armas construidas de manera sencilla y utilizadas, en muchos casos,  en zonas de guerra. Las pistolas y armas hechas de manera artesanal no son nada nuevo.

Las preguntas son evidentes: ¿sirve de algo prohibir la distribución de algo que ya está completamente distribuido, más que para llamara aún más la atención sobre su existencia y disponibilidad? ¿Realmente ha creado la tecnología un problema nuevo, o simplemente ha hecho evidentes los que ya existían? ¿Puede o debe hacerse algo al respecto, más allá de aplicar las leyes que ya existen?

 

IMAGE: Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Alpha Stock ImagesUna compañía es un ente relativamente abstracto, formado por una amalgama de individuos diversos, y con un fin último que, en la mayoría de los casos, tiende a identificarse con un parámetro económico, con una frase del tipo “generar valor a los accionistas”. A lo largo de la historia, han sido muchas las compañías que, de una manera u otra, han demostrado supeditar claramente esa máxima de los beneficios a prácticamente cualquier otro concepto, desde IBM en la década de los ’30 y su colaboración con el régimen nazi para el holocausto, hasta, más recientemente, el envenenamiento sistemático e irresponsable del planeta por parte de Volkswagen. Si nos atenemos a los hechos, todo indica que lo más parecido a algo que podríamos calificar como “ética corporativa” es ese concepto denominado responsabilidad social corporativa, que en demasiados casos ha demostrado clara y tristemente ser poco más que una herramienta propagandística para justificar unas pocas frases grandilocuentes en una memoria anual.

Sin embargo, frente a la ética (o falta de ética) corporativa, está la ética de los empleados y su capacidad para organizarse. En la economía actual, los empleados, cada vez más, se convierten en una fuerza importante a la hora de corregir acciones emprendidas por sus empresas si, por la razón que sea, las juzgan inaceptables. Así, hemos podido ver recientemente el caso de Google frente al Proyecto Maven del Departamento de Defensa: un contrato indudablemente lucrativo para la compañía, en el que participan además muchas otras compañías tecnológicas – que en su gran mayoría no han dicho ni esta boca es mía – y que tiene como fin el desarrollo de algoritmos destinados a reconocer imágenes tomadas por drones en el campo de batalla, imágenes de personas cuyo destino es bien conocido por cualquiera con un mínimo de inteligencia y escrúpulos. La resistencia a la colaboración de la compañía en el proyecto comenzó con algunas dimisiones, continuó con una carta firmada por miles de empleados, y terminó con la no renovación del contrato con el Departamento de Defensa, así como con la publicación de unos principios éticos que pretenden marcar la actuación de la compañía con respecto al desarrollo de la inteligencia artificial. 

Ahora, el turno le toca a Microsoft: la compañía que el pasado enero se mostraba “orgullosa de colaborar con la Immigration and Customs Enforcement (ICE)“, se ha encontrado, tras la fortísima polémica desencadenada en torno a la demencial práctica de esta agencia, bajo la disfuncional administración Trump, de separar a las familias demandantes de asilo de sus hijos en la frontera e internar a esos niños, solos, en centros de custodia. Las protestas en torno a esta salvaje práctica no se han hecho esperar, y obviamente, han sido secundadas por algunas compañías tecnológicas y por empleados de Microsoft, que han comenzado protestas a través de Twitter y han puesto a la compañía en una situación obviamente complicada. Ante el alboroto y las protestas, la compañía intentó primero eliminar la entrada del blog corporativo en la que hablaba de su colaboración con ICE, y posteriormente ha decidido, ante las amenazas de dimisiones entre sus empleados y las llamadas al boicot, publicar una declaración en la que se manifiesta “consternada por la separación forzada de familias inmigrantes en la frontera“. En sucesivas aclaraciones, la compañía ha afirmado que

“… queremos ser claros: Microsoft no está trabajando con el Servicio de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos o Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. en proyectos relacionados con la separación de niños de sus familias en la frontera, y contrariamente a algunas especulaciones, no somos conscientes de que los servicios de Azure estén siendo utilizados para este fin. Como compañía, Microsoft está consternada por la separación forzada de niños de sus familias en la frontera. La unificación familiar ha sido un principio fundamental de la política y la ley estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Como compañía, Microsoft ha trabajado durante más de veinte años para combinar la tecnología con el estado de derecho para garantizar que los niños refugiados e inmigrantes puedan permanecer con sus padres. Necesitamos continuar construyendo sobre esta noble tradición, en lugar de cambiar el rumbo ahora. Instamos a la Administración a cambiar su política, y al Congreso a aprobar legislación que garantice que los niños no estén separados de sus familias.”

Una declaración que deja en un vago “no somos conscientes de ello” el si las herramientas de la compañía son utilizadas o no por ICE, y que podría no ser suficiente para apaciguar las protestas, que podrían pedir la suspensión completa del contrato con la agencia hasta que la práctica sea eliminada.

En cualquier caso, dos casos que vienen a dejar una cosa cada vez más clara: si no estás de acuerdo con las prácticas de tu compañía, si te parecen éticamente reprobables, no estás obligado a colaborar con ellas, y deberías hacer caso a tu conciencia, oponerte y protestar. Pero una cosa es protestar, una acción que podría costarte el puesto de trabajo, en una empresa norteamericana, en un mercado de trabajo expansivo y con múltiples opciones, y en puestos en los que, en muchos casos, basta con ponerse en ese mercado para obtener otro puesto en otra compañía, y otra es hacerlo cuando no te consta que otros vayan a secundarte, cuando estás en un país con un mercado de trabajo complicado o con un índice de paro elevado, o cuando tu puesto no te garantiza un movimiento fácil a otra compañía. Los mercados de oferta y los de demanda, en este sentido, es previsible que no funcionen igual.

¿Tiene un precio la ética? ¿Solo puede comportarse éticamente aquel que puede permitírselo? Obviamente no debería ser así, y que empleados de algunas compañías norteamericanas empiecen a sentar precedente en este sentido es algo que podría llegar a tener un valor en el futuro. Al menos, si las compañías no hacen gala de un comportamiento ético por sí mismas, podremos contar con la ética de sus empleados para ponerlas en situaciones en las que, por las buenas o por las malas, tengan que cumplir con unos principios y con la sociedad en su conjunto. Que este tipo de comportamientos se generalizasen a otros países y otras compañías sería de lo más deseable, por el bien de todos. Pero sencillo, sin duda, no va ser.

 

IMAGE: Der TagesspiegelEn julio del pasado año, a raíz de una demanda del Knight First Amendment Institute contra Donald Trump por bloquear a numerosos ciudadanos en su cuenta de Twitter, nos preguntábamos si un presidente podía, en efecto, llevar a cabo esa acción de exclusión cuando había convertido su cuenta personal en un un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos. Si interpretamos que, como todo parecía indicarlo, ese uso era efectivamente así, los ciudadanos no deberían poder ser excluidos de él a pesar de haber expresado previamente su desacuerdo, puesto que el bloqueo podría ser interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

Ayer, una juez norteamericana, Naomi Reice Buchwald, dictaminó, efectivamente, que el presidente de los Estados Unidos no puede bloquear a ciudadanos en su cuenta de Twitter. Tras un riguroso estudio de lo que conlleva el hecho de bloquear en Twitter, la juez afirmó que el presidente estaría en su derecho de silenciar a sus críticos si lo desea, lo que evitaría que viese sus respuestas, pero no puede bloquearlos, dado que esa acción no solo impide que vean sus actualizaciones (un impedimento relativo, dado que basta con entrar en Twitter sin hacer login para evitarlo), sino también, que puedan referirse a él utilizando su cuenta en sus actualizaciones.

¿Qué va a ocurrir ahora? Presumiblemente, nada. Lo más probable es que el presidente apele a instancias superiores y se limite a ignorar la sentencia, como de hecho ya hace con su propio servicio de seguridad cuando le solicita que le permita inspeccionar su smartphone – precisamente el que utiliza para escribir en Twitter – para intentar garantizar la seguridad del dispositivo. Lo que estamos viendo es, ni más ni menos, que las consecuencias de elegir para uno de los cargos más importantes y con más responsabilidad del mundo a un político con la mentalidad de un auténtico niño, un matón de colegio completamente irresponsable, caprichoso, malcriado e iletrado, capaz de jugar incluso con la idea de apretar el botón nuclear. Lo más adecuado que he visto sobre él es esta propuesta para reproducir sus actualizaciones de Twitter en letra de niño pequeño escrita con un lápiz rojo.

En efecto, hablamos de un presidente que genera pérdidas millonarias a compañías con decisiones tomadas sin ningún tipo de justificación seria, que presiona al servicio nacional de correos para que le suba las tarifas a las compañías que le caen mal, o que se acuesta con quien se le encapricha y paga después para que no digan nada. Su uso de las redes sociales no es más que un síntoma más de una tremenda disfuncionalidad. Definitivamente, lo menos presidencial y presidenciable que los Estados Unidos han podido ver o imaginar en toda su historia, un permanente y gravísimo daño inflingido por el populismo a la democracia y, sin duda, un descrédito enorme para su país a todos los niveles.