IMAGE: Jan Dyrda - Pixabay (CC0)Un par de artículos largos recientes en MIT Tech Review inciden en la búsqueda de explicaciones para la cada vez más acusada deriva de China para convertirse en el perfecto reflejo de la distopía de George Orwell en “1984“, y lo hacen con una explicación que encuentro, como mínimo, interesante y digan de consideración: la del marco de referencia.

¿Por qué resulta difícil entender China desde una mentalidad occidental? Porque. en muchos sentidos, los occidentales, particularmente desde la perspectiva de los países con cierta tradición democrática, entienden una serie de derechos y libertades como intrínsecos a la naturaleza humana, como prácticamente inalienables o irrenunciables. Podemos arrebatar a un occidental su derecho a la privacidad – y de hecho, está ocurriendo – pero no sin que surja una cierta resistencia o sea necesario poner en juego una serie de intercambios: de hecho, la renuncia a la privacidad es poco habitual que se haga de forma expresa, y sí en función de cuestiones como una mayor seguridad, el acceso a un producto deseable o considerado interesante de manera gratuita, la promesa de una apreciación social, etc.

Entender China y su coevolución con respecto a la tecnología implica entender su historia, sus estructuras sociales, el papel de elementos como la vigilancia y la monitorización a las que las personas se sometían entre sí, etc. Visto así, es posible que se pueda razonar que, en realidad, el creciente uso de las tecnologías asociadas con la monitorización en China hasta convertirla en ubicua no es una manera de avanzar en una distopía, sino una forma de hacer esa distopía menos injusta y de situar los castigos o las represalias por determinados comportamientos en el lugar adecuado. Si el tráfico en una gran ciudad china se considera un problema social importante, castigar a aquel que provoca que el tráfico sea mucho peor puede llegar a considerarse mejor que la alternativa de imponer castigos o restricciones a la totalidad por ello. En función de la referencia que tomemos, entender que el uso de los datos puede ayudar a construir una sociedad menos injusta es, como tal, una idea difícil de entender, pero no completamente disparatada, o al menos, digna de una cierta reflexión.

Si partimos de una óptica de sociedad democrática, incluso con todos los problemas intrínsecos a la democracia o a la interfaz entre democracia y tecnología que llevamos ya un tiempo discutiendo, entender que para un país como China, con todos sus condicionantes, el uso de arquitecturas masivas de procesamiento de datos aplicadas a las relaciones sociales puede llevar a una mejora del sistema de libertades es una idea provocativa que, sin duda, van a tener que explicarnos despacio, y cuyos peligros, en manos de una minoría dirigente, resultan evidentes. Pero si venías de un sistema en el que la democracia no solo no existía, sino que además, las normas se aplicaban de manera prácticamente imprevisible o arbitraria, el hecho de que pases a otro en el que, al menos, la relación con el estado proviene de lo que realmente has hecho o dejado de hacer, la situación puede entenderse, desde su perspectiva, como una mejora, aunque decirlo así pueda parecer una forma de justificar algo que, desde un punto de vista occidental, resultaría completamente injustificable y estaríamos siempre lejos de justificar.

En mi experiencia con estudiantes chinos, siempre me resultó difícil entender, por ejemplo, qué les llevaba a considerar que su situación era mejor teniendo acceso a Google, aunque fuese a una versión de Google censurada, que no teniéndolo, o por qué podía valer la pena renunciar al interés en determinados temas a cambio de una situación económica que evolucionaba de manera claramente ascendente. Es, simplemente, una cuestión de sistemas de referencia, de con respecto a qué comparas tu situación. Ahora, tenemos ya toda una generación en China que ha crecido sin tener acceso a herramientas y servicios como Google, Facebook o Twitter que en Occidente consideramos prácticamente ubicuas, utilizando otras que han llegado ahí para llenar el hueco dejado por éstas, pero sometidas a una fuerte censura.

Para entender China y la interfaz de una web con una presencia de China cada vez más ubicua hay que hacer algo más que aplicar clichés desde una óptica occidental: hay que ponerse en su contexto, pensar desde su situación, tener en cuenta sus circunstancias, y hacer un esfuerzo por no tomar como evidentes conceptos que no necesariamente lo son. Aunque a nosotros nos lo parezcan.

 

IMAGE: Public DomainFacebook anuncia la desactivación de un entramado de páginas, grupos y cuentas implicadas en eso que se ha dado en llamar coordinated unauthentic behavior, esquemas de manipulación colectiva destinados a cambiar la actitud de determinados grupos de personas en procesos electorales, esta vez originadas fundamentalmente en Irán y Rusia, al hilo de una investigación desarrollada en una empresa de seguridad, FireEye. Inmediatamente, y utilizando las conclusiones de la misma investigación, tanto Twitter como YouTube anuncian acciones sobre un número de cuentas y canales implicados en el mismo esquema dirigidos a varios cientos de miles de personas, y evidencian una escalada en los procesos de manipulación electoral, en este caso dirigidos a las elecciones al Parlamento norteamericano, impulsados desde gobiernos extranjeros. 

Europa mira este tipo de procesos y la supuesta credulidad norteamericana con una mezcla de escepticismo y de preocupación: en realidad, tanto Irán como Rusia llevan tiempo practicando este tipo de tácticas en procesos de todo tipo, desde elecciones generales hasta referendums como el del Brexit, y previamente, en varios procesos electorales en ex-repúblicas soviéticas. Las técnicas son ya conocidas: polarizar la opinión pública utilizando todo tipo de temas, sean las vacunas o la inmigración: todo vale con tal de dinamizar bolsas de votantes previamente inactivas que, por la razón que sea, son estimuladas para participar y manipuladas para que crean que esa participación es fundamental para evitar algún tipo de terrible amenaza.

Las compañías tecnológicas, convertidas de facto en supuestos guardianes de la democracia, se reúnen para evaluar estrategias conjuntas y compartir experiencias. Lo que comenzamos a comentar en las elecciones presidenciales norteamericanas tras la inesperada victoria de un Donald Trump que probablemente termine entre rejas, se ha convertido ya en una evidencia a voces: gobiernos de países con nula tradición democrática, que se dedican a organizar auténticos ejércitos en la red que generan miles de cuentas, grupos y páginas que simulan movimientos organizados en los países cuyos procesos electorales pretenden desestabilizar o manipular. Sea elegir a un presidente poco presidenciable que ridiculice la democracia del país, simular un enorme soporte al lado más desestabilizador de un referendum o provocar una decisión inesperada: todo vale con tal de cuestionar la democracia no desde el punto de vista de “un hombre, un voto”, sino desde el de convertir en representativas opciones que no lo eran, que no contaban con una legitimidad más allá de lo que la hipérbole y la manipulación consigan darle.

Cuando empezamos a hablar de este tema, muchos decían que no podía ser y que además era imposible. Que no se era posible influir hasta tal punto ni de manera tan decisiva en procesos electorales, y que, en realidad, se estaba tratando de buscar explicaciones para resultados que podían ser, de alguna manera, naturales. No era cierto: esos procesos no solo están manipulados, sino que lo están desde unos principios de psicología y de entendimiento de las redes sociales completamente nuevos, sin precedentes, en función del micro-targeting que las redes sociales permiten. Un auténtico ataque a las bases de la democracia, orquestado precisamente desde países no democráticos. De cara a las elecciones al Parlamento norteamericano del próximo noviembre, hay quien dice que el daño ya está hecho y que ya es demasiado tarde, pero es posible que no sea así. Y en cualquier caso, hablamos de procesos que vamos a ver en cada una de las elecciones o referendos que los países democráticos vayan a mantener en los próximos meses, hasta que las redes y herramientas sociales hayan sido capaces de desarrollar procedimientos para identificar, neutralizar o hacer más difíciles esos movimientos organizados de manipulación. La democracia no es perfecta, pero sin duda, no es tan mala como algunos quieren que parezca.

Ellos contra nosotros. Autócratas y teócratas, contra demócratas. Tiempos complicados.

 

IMAGE: CC BY-SA 3.0 Nick Youngson - Alpha Stock ImagesFacebook anuncia que ha descubierto y presuntamente desmantelado un intento de manipulación dirigido a las próximas elecciones norteamericanas a Congreso y Senado, un total de 32 páginas que, en lo que la compañía denomina un “comportamiento no auténtico coordinado”, habían publicado un total de 9,500 entradas de manera coordinada con 150 campañas publicitarias, con un gasto total de 11,000 dólares, y generando unos 30 eventos desde mayo de 2017. En total, unas 290,000 cuentas seguían al menos una de las páginas, orientadas fundamentalmente a fomentar el enfrentamiento en torno a temas raciales.

Sinceramente, creo que la denominación “coordinated unauthentic behavior” que Facebook otorga a este tipo de campañas de manipulación merece una cierta reflexión. Tengo pocas dudas de que el hecho de que un actor determinado se dedique a crear todo tipo de herramientas, páginas de diversos tipos, cuentas falsas para hacerlas crecer y parecer más importantes de lo que realmente son, campañas publicitarias extremadamente segmentadas para inflamar los ánimos de determinados colectivos, o eventos para crear conciencia de grupo en torno a ciertos temas supone, como tal, una amenaza a la democracia. Estoy seguro de que el hecho de que ese tipo de procesos de manipulación colectiva sean detenidos empleando para ello todos los medios posibles es algo positivo, un esfuerzo que vale la pena hacer, y un claro ejemplo de explotación maliciosa de una herramienta social. Permitir que ese tipo de actores siguiesen utilizando este tipo de metodologías para manipular el voto de los ciudadanos me parecería un desastre para la democracia, por mucho que algunos afirmen que la manipulación, en realidad, no es nada nuevo, que antes se llevaba a cabo mediante los medios de comunicación tradicionales o que cada uno es libre de dejarse influenciar por lo que buenamente quiera a la hora de decidir su voto.

Sin embargo, y a pesar del evidente interés de proteger la democracia frente a procesos de manipulación fraudulentos… ¿estamos seguros de que ese esfuerzo debe corresponder a compañías como Facebook, Twitter u otras que han sido precisamente protagonistas de esos primeros ejemplos claros de manipulación? ¿Realmente estamos en buenas manos si encargamos la protección de la democracia y su funcionamiento razonablemente genuino a este tipo de compañías? No me refiero a que no puedan hacerlo: sin duda, son las mejor situadas para detectar este tipo de fraudes o plantearse neutralizarlos, pero… ¿debe ser ese realmente el papel de las empresas privadas? Hablamos de compañías cada vez más poderosas, cuyo dominio no se ha visto prácticamente ni alterado por la reciente oleada regulatoria o intentos de control por parte de los gobiernos de distintos lugares del mundo, y cuyos objetivos corporativos se establecen en torno a magnitudes como el crecimiento, la facturación o los beneficios, no de elementos como la protección de la democracia o la preservación del equilibrio social. Ese tipo de objetivos corresponden, de manera natural, a las instituciones que la sociedad construye para supervisar su funcionamiento, a eso que denominamos administración y que se construye a distintos niveles, con unas ciertas reglas y sometida a un cierto equilibrio entre poderes y contrapoderes. Subcontratar esa vigilancia y supervisión a compañías privadas, y precisamente a las compañías que, con su previo historial de ingenuidad y falta de vigilancia, lo hicieron posible ya en una triste serie de ejemplos supone, a mi entender, un problema.

De nuevo: estas compañías, como creadoras y gestoras precisamente del sistema que los manipuladores utilizan para llevar a cabo sus campañas, están en la mejor situación para ser quienes patrullen y pongan bajo control esas iniciativas. Pero una buena parte de la coordinación de ese esfuerzo, seguramente, debería estar no tan solo a cargo de personas adscritas a esas compañías, sino de oficiales públicos dedicados a ejercer ese papel de refuerzo o garante de los procesos democráticos. Fundamentalmente, porque las compañías, y consecuentemente, las personas contratadas y pagadas por ellas, tienen otros objetivos prioritarios, y podrían hipotéticamente sostener múltiples tipos de conflictos de interés relacionados con esa función.

Por otro lado, diseñar una estructura que permitiese a oficiales públicos trabajar con las redes sociales para proteger la democracia podría suponer un nivel de supervisión y control que esas compañías no estuviesen dispuestas a aceptar, o ser visto como una posible injerencia del estamento político sobre la actividad de las empresas privadas. De hecho, en algunos países con democracias menos consolidadas, podría incluso terminar actuando al revés de lo esperado, como un organismo que se dedicase a impedir la expresión de movimientos políticos genuinos en las redes calificándolos como “comportamientos no auténticos coordinados”, al tiempo que se intentan proteger, por contra, los de las campañas organizadas por el gobierno de turno.

Sin duda, un problema multifactorial complejo, y una pregunta que queda en el aire: ¿a quién corresponde o debe corresponder, en plena era de la comunicación electrónica, las redes sociales y la ultrasegmentación, la protección de los procesos democráticos y la prevención de la manipulación masiva?

 

IMAGE: Der TagesspiegelEn julio del pasado año, a raíz de una demanda del Knight First Amendment Institute contra Donald Trump por bloquear a numerosos ciudadanos en su cuenta de Twitter, nos preguntábamos si un presidente podía, en efecto, llevar a cabo esa acción de exclusión cuando había convertido su cuenta personal en un un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos. Si interpretamos que, como todo parecía indicarlo, ese uso era efectivamente así, los ciudadanos no deberían poder ser excluidos de él a pesar de haber expresado previamente su desacuerdo, puesto que el bloqueo podría ser interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

Ayer, una juez norteamericana, Naomi Reice Buchwald, dictaminó, efectivamente, que el presidente de los Estados Unidos no puede bloquear a ciudadanos en su cuenta de Twitter. Tras un riguroso estudio de lo que conlleva el hecho de bloquear en Twitter, la juez afirmó que el presidente estaría en su derecho de silenciar a sus críticos si lo desea, lo que evitaría que viese sus respuestas, pero no puede bloquearlos, dado que esa acción no solo impide que vean sus actualizaciones (un impedimento relativo, dado que basta con entrar en Twitter sin hacer login para evitarlo), sino también, que puedan referirse a él utilizando su cuenta en sus actualizaciones.

¿Qué va a ocurrir ahora? Presumiblemente, nada. Lo más probable es que el presidente apele a instancias superiores y se limite a ignorar la sentencia, como de hecho ya hace con su propio servicio de seguridad cuando le solicita que le permita inspeccionar su smartphone – precisamente el que utiliza para escribir en Twitter – para intentar garantizar la seguridad del dispositivo. Lo que estamos viendo es, ni más ni menos, que las consecuencias de elegir para uno de los cargos más importantes y con más responsabilidad del mundo a un político con la mentalidad de un auténtico niño, un matón de colegio completamente irresponsable, caprichoso, malcriado e iletrado, capaz de jugar incluso con la idea de apretar el botón nuclear. Lo más adecuado que he visto sobre él es esta propuesta para reproducir sus actualizaciones de Twitter en letra de niño pequeño escrita con un lápiz rojo.

En efecto, hablamos de un presidente que genera pérdidas millonarias a compañías con decisiones tomadas sin ningún tipo de justificación seria, que presiona al servicio nacional de correos para que le suba las tarifas a las compañías que le caen mal, o que se acuesta con quien se le encapricha y paga después para que no digan nada. Su uso de las redes sociales no es más que un síntoma más de una tremenda disfuncionalidad. Definitivamente, lo menos presidencial y presidenciable que los Estados Unidos han podido ver o imaginar en toda su historia, un permanente y gravísimo daño inflingido por el populismo a la democracia y, sin duda, un descrédito enorme para su país a todos los niveles.

 

Telegram blockedEl Servicio Federal de Supervisión de las Telecomunicaciones ruso, conocido como Roskomnadzor, ordena, tras una vista judicial que duró únicamente 18 minutos, el bloqueo inmediato de la aplicación de mensajería instantánea Telegram, creada por el polémico emprendedor ruso Pavel Durov, así como su retirada de las tiendas de aplicaciones de Apple y Google.

Al encontrarse con que una gran cantidad de usuarios, acostumbrados a los habituales bloqueos de páginas llevados a cabo por su gobierno, evaden el bloqueo a través de proxies o utilizando VPNs, el organismo gubernamental emprende una alocada y absurda carrera por intentar bloquear todos los posibles recursos a través de los cuales supuestamente se pueda conectar con Telegram, y al hacerlo, se lleva por delante más de dieciséis millones de direcciones IP de servidores de Google y Amazon (hay una página para ver ese número en tiempo real), provocando disrupciones en la funcionalidad de todo tipo de servicios, desde juegos online hasta apps móviles o páginas de intercambio de criptomonedas. Los intentos de Roskomnadzor para intentar bloquear Telegram han funcionado como un auténtico ataque de denegación de servicio sobre la internet rusa: gran cantidad de páginas y servicios completamente ajenos a Telegram están bloqueados, en un desmesurado esfuerzo de censura moral llevada a cabo de manera técnicamente ignorante. Y a pesar de todo ello, según el propio Durov, Telegram ha seguido funcionando con relativa normalidad, y la compañía no ha detectado una caída significativa de la actividad de sus usuarios en territorio ruso. Una sola compañía con muy pocos trabajadores está dejando en el más absoluto ridículo al país que muchos dicen temer por su supuesto desarrollo y potencial tecnológico en internet.

¿A qué se debe el empeño por bloquear Telegram a toda costa? La teórica justificación es que la agencia gubernamental solicitó a la compañía una clave universal para descifrar las conversaciones llevadas a cabo a través del servicio, solicitud que fue denegada por la compañía. ¿Qué lleva a una compañía como Telegram, sabiendo a lo que se expone, deniegue esta petición? Pues además del fuerte compromiso de su fundador con la privacidad de sus usuarios, un pequeño problema adicional: no existe tal clave universal. Cada conversación a través de Telegram es cifrada mediante una clave generada aleatoriamente para cada mensaje, y esas claves no están en poder de la compañía. Una circunstancia que ya pudimos ver hace tiempo en Brasil con WhatsApp, pero que mientras en aquel caso parecía deberse a la ignorancia o ineptitud tecnológica de un juez, en este se debe simplemente a la búsqueda de un pretexto para llevar a cabo el bloqueo. Simplemente, el interés por bloquear cualquier canal que pueda, por su diseño o características, escapar al control de la censura gubernamental.

El caso de Pavel Durov, al que algunos consideran “el Mark Zuckerberg ruso”, es especialmente notable: antes de Telegram fue el fundador de VK, la red social más exitosa del país, pero se encontró con que una serie de maniobras turbias protagonizadas por el gobierno ruso le arrebataron el control de su propia compañía. Entre ellas se encontró, el 3 de abril de 2014, el uso de una carta falsa de dimisión que el fundador había escrito con motivo del April Fools que había tenido lugar dos días antes, así como la actuación de algunos inversores que operaban en favor de los intereses del gobierno. Tras su cese, abandonó Rusia sin planes para volver afirmando que el país era incompatible con los negocios en internet, adquirió la ciudadanía de las islas caribeñas de Saint Kitts and Nevis gracias a una donación de $250,000, y se dedicó a una vida nómada, sin pasar más de cinco semanas en ningún sitio, sin posesiones materiales ni inmobiliarias, y coordinándose con algunos directivos de la compañía que viajan con él y con otros que trabajan desde sus países. La motivación para su cese en VK estuvo, según la mayoría de analistas del momento, en su negativa a proporcionar datos de personas que llevaban a cabo algún tipo de activismo a través de su red social. Según Edward Snowden, la respuesta de negativa y resistencia de Durov a las demandas totalitarias del gobierno ruso es la única respuesta moral aceptable, y supone una muestra de liderazgo real.

Ante el bloqueo, Durov ha respondido con toda una declaración de principios: “en Telegram tenemos el lujo de que no nos importen ni los flujos de ingresos ni la publicidad”, y “la privacidad no está en venta, y los derechos humanos no deben comprometerse en función del miedo o de la codicia”. En marzo de este año Telegram afirmaba tener unos doscientos millones de usuarios mensuales activos, con un razonable éxito en países como Corea del Sur, India, España, México o Brasil, y recientemente lanzó una exitosa ICO con la que se calcula que podría haber obtenido más de 1,700 millones de dólares. Si se trata de aguantar sin el tirón del mercado ruso, que supone aproximadamente un 7% de la actividad para la compañía, Telegram, que antes del bloqueo figuraba como la novena aplicación de mensajería instantánea más importante del mundo por número de usuarios, podría tener cuerda para mucho tiempo. Según el propio Durov, incluso aunque perdiese la totalidad del mercado ruso, el crecimiento orgánico de Telegram en otras regiones haría que la pérdida se compensase en tan solo un par de meses. Sin embargo, su compromiso con los usuarios rusos y su privacidad es importante a nivel personal, lo que le ha impulsado a repartir donaciones en bitcoins a personas y compañías que ejecuten proxies socks5 y servicios de VPN. Además, afirma estar dispuesto a donar millones de dólares durante este año a esta causa, y esperar que otras personas e instituciones lo sigan en lo que denomina Resistencia Digital, un movimiento descentralizado que representa las libertades digitales y el progreso a nivel mundial.

Ya hay más direcciones IP bloqueadas que usuarios de Telegram en Rusia, pero Telegram sigue funcionando con relativa normalidad. Una perfecta combinación de sinrazón, burocracia y estupidez. ¿Algo que no supiésemos de Rusia?