John HancockJohn Hancock, una de las aseguradoras más grandes y más antiguas de los Estados Unidos, adquirida en 2004 por la canadiense Manulife, ha anunciado que dejará de vender seguros de vida tradicionales y comercializará únicamente pólizas interactivas que registren las actividades de ejercicio y los datos de salud de sus clientes mediante wearables como Fitbit o Apple Watch. La compañía pasará a vender únicamente este tipo de pólizas a través de su subsidiaria Vitality, y finalizará en 2019 la conversión de toda su cartera de pólizas a la nueva metodología.

Este tipo de pólizas están popularizándose progresivamente en mercados como Sudáfrica, Reino Unido y los Estados Unidos, y son vendidas como una ventaja tanto para los usuarios, que tienen así un incentivo adicional para llevar una vida más saludable, como para las aseguradoras, que consiguen una cartera de clientes con hábitos más saludables que tiende a vivir más tiempo y a generar menos indemnizaciones. Sus detractores alegan, en cambio, que la aseguradora puede tratar de optimizar su cartera basándose en los datos obtenidos, tratando de ofrecer condiciones menos atractivas a aquellos que presenten unas variables indicadoras de un riesgo más elevado.

A medida que la tecnología mejora la capacidad de los dispositivos para registrar datos relacionados con el ejercicio y la salud, son más las compañías que se dan cuenta de la oportunidad que este nuevo enfoque puede suponer. Como ya he comentado en entradas anteriores, centrar las críticas en la supuesta falta de precisión de estos dispositivos es absurdo: primero, porque este tipo de variables mejoran rápidamente como lo hacen prácticamente todas las relacionadas con este ámbito, y segundo, porque la ausencia de unas métricas de nivel clínico se compensa con una riqueza de datos espectacular, que llegan en el caso de un wearable incluso al registro prácticamente continuo, frente a la inconveniencia de los dispositivos dedicados. Es evidente que un electrocardiógrafo con sus doce electrodos tiene una capacidad de registro que un reloj en el que simplemente apoyamos dos dedos no tiene, pero la posibilidad de registrar el pulso durante todo el día y unido a diferentes actividades le da unas posibilidades que el electrocardiógrafo, que se limita a una medida puntual, no tiene. Ridiculizar el impacto de este tipo de dispositivos, descartarlos porque pueden dar lugar a falsas alarmas o no darse cuenta del papel que van a jugar como generadores de datos en el cuidado de la salud en el futuro es, sencillamente, no entender nada de estadística ni de hábitos de vida: la única forma de pasar de un enfoque de salud paliativo a uno preventivo es incrementando el volumen de datos generado y alimentando con ellos algoritmos capaces de interpretarlos de manera automatizada.

En ese sentido, vale la pena leer esta respuesta de un cardiólogo en Quora: lo bueno del Apple Watch, además del hecho de que tanto la American Heart Association como la FDA recomienden o aprueben el producto y su funcionalidad, es el hecho de que lo llevamos puesto todo el día, lo que permite que muchas personas que no son conscientes de posibles problemas cardíacos o que no son capaces de evaluar su sintomatología por carecer de experiencia puedan recibir alertas que les permitan llevar a cabo un control médico sobre dolencias potencialmente muy peligrosas. A medida que llegan las reviews mayoritariamente positivas del nuevo Apple Watch 4, más se refuerza la idea de un futuro en el que este tipo de dispositivos jueguen un papel importante en el futuro del cuidado de la salud, tanto a nivel clínico o de investigación, como de aseguradoras. Y Apple, obviamente, no está sola en este campo: Fitbit ha adoptado ese enfoque transformacional desde hace ya bastante tiempo, y están lanzando ya servicios relacionados con ello. Otras, como Nest, propiedad de Alphabet, han llevado recientemente a cabo adquisiciones como la de Senosis, una spinoff de la Universidad de Washington dedicada al desarrollo de sistemas de monitorización de salud mediante el smartphone, y dejan claras las intenciones de su compañía matriz y de otras de su mismo nivel en cuestiones como la custodia de los datos y registros médicos. Recientemente, Apple presentó una API para que los desarrolladores de aplicaciones puedan trabajar con los datos almacenados en su aplicación de salud, con el fin de permitir que los usuarios puedan, con el nivel de control adecuado, compartir esos datos con distintos proveedores de salud: médicos, hospitales, etc. para recibir desde recordatorios para mejorar la adherencia a tratamientos, hasta la gestión administrativa de servicios.

La evolución de la tecnología la ha llevado ya al punto de poder generar una disrupción radical en el cuidado de la salud, y esa disrupción va a generar, como todas, un escenario con vencedores y vencidos. Entender las variables de esa disrupción y no aferrarse a visiones anticuadas o a tópicos absurdos va a resultar fundamental de cara al futuro.

 

Heart rate in Apple WatchComo profesor de innovación, las reacciones a la presentación de nuevos productos me han fascinado desde hace muchísimo tiempo. En esta ocasión, la presentación del Apple Watch 4 y sus funciones de monitorización cardíaca y las reacciones que están generando entre la comunidad de especialistas sirven como un ejemplo interesantísimo sobre cómo esas reacciones pueden no solo predecirse y modelizarse, sino también sobre su valor a medio y largo plazo. Una prueba de cómo trabajar intensamente en un tema durante mucho tiempo puede llegar a distorsionar la  perspectiva de lo que es positivo o negativo, o de lo que puede suponer una innovación puesta en contexto y sometida a procesos de adopción social.

¿Cómo podríamos llegar a una clasificación o tipología de este tipo de reacciones? En primer lugar, está el planteamiento de dudas en un formato abierto. Es el caso de Ethan Weiss que comenté en mi entrada anterior sobre el tema, que durante la misma presentación del producto y de sus funciones se plantea en su Twitter que “no es capaz de discernir si estamos ante el mejor o el peor día de la historia de la cardiología”. La duda está perfectamente bien expresada y plantea en términos neutros un escepticismo razonable que responde a posibles escenarios perfectamente imaginables por un cardiólogo con experiencia: por un lado, lo positivo de una monitorización no intrusiva capaz de identificar problemas antes de que se conviertan en críticos y su potencial para, en último término, salvar vidas y, por otro, el escenario de salas de espera en las consultas de los cardiólogos completamente llenas de personas atacadas de los nervios debido a un incremento sustantivo en el número de falsas alarmas.

Esa misma incertidumbre se plantea en un artículo de The Washington Post publicado al día siguiente de la presentación, tras contrastar opiniones con varios cardiólogos, titulado What cardiologists think about the Apple Watch’s heart-tracking feature: incluir este tipo de mediciones en un producto de consumo de tan elevada popularidad podría generar en muchos usuarios ansiedad injustificada y visitas al médico innecesarias. La interpretación de un electrocardiograma requiere un cierto grado de familiaridad con la técnica y con las métricas empleadas, lo que podría llevar a que una persona no entrenada, ante las variaciones naturales de su ritmo cardíaco, se alarmase o llegase a manifestar síntomas de hipocondría. E indudablemente, un problema menor si lo comparamos con los potenciales beneficios de una tecnología que podría llegar a alertar a muchas personas sobre posibles problemas cardíacos en fases que aún pueden posibilitar su tratamiento o la adopción de medidas de precaución. Es posible que la perspectiva de que personas sin el nivel de preparación adecuada accedan rutinariamente a una herramienta diagnóstica como el electrocardiograma de manera rutinaria pueda suponer un motivo de cierta alarma para los profesionales encargados de tomar decisiones con esas mismas herramientas, pero de nuevo, también parece más que razonable considerar el problema – relativo – de un número mayor de consultas o de visitas al cardiólogo como un problema menor en comparación con su contrapartida en términos de posibles complicaciones de salud potencialmente evitadas.

Otra objeción diferente proviene de la fiabilidad del mecanismo utilizado para la toma y procesamiento de los datos. En ese sentido se pronuncia un artículo en Quartz, The new heart-monitoring capabilities on the Apple Watch aren’t all that impressive, que apunta a que el electrocardiograma obtenido por el Apple Watch proporciona necesariamente un resultado mucho más imperfecto y rudimentario que los que puede proporcionar cualquier aparato de nivel clínico, en el que se utilizan rutinariamente doce electrodos adheridos a la piel en diferentes zonas del tórax y ciertos puntos en brazos y piernas. Indudablemente, hablamos de una comparación completamente absurda entre un dispositivo de consumo y uno clínico: por supuesto que el dispositivo clínico ofrece una precisión muy superior, pero a cambio de un nivel de conveniencia mucho menor. Incluso ante la posibilidad de que un producto de nivel clínico llegase a convertirse en un producto de consumo, la idea de que un número elevado de personas lo utilizase de manera rutinaria o diaria resulta prácticamente ridícula, y mucho más si pensamos en la práctica imposibilidad que alguien lo llevase puesto durante su vida cotidiana. En este caso, el dispositivo clínico tiene un propósito diferente al de consumo: mientras el primero proporciona medidas muy fiables y rigurosas en unas condiciones determinadas, el segundo busca el compromiso de proporcionar únicamente algunas medidas y con un nivel de precisión muy inferior, pero ser capaz de obtenerlas en todo momento y en cualquier circunstancia. ¿Pueden aportar ese tipo de medidas algo a la salud de unos pacientes con, por ejemplo, condiciones que no manifiestan cuando están en unas condiciones determinadas en la consulta de su médico? Indudablemente, y en el futuro estoy seguro de que veremos cardiólogos explorando, en determinados casos, los registros obtenidos por los Apple Watch de algunos de sus pacientes. Lo que no quiere decir, por supuesto, ni que esto sea necesario o esté justificado en todos los casos, ni que debamos intentar presionar a ningún médico para que lo haga.

En el mismo sentido se manifiestan los fabricantes de otros dispositivos de consumo, como WIWE, que también mencioné en mi anterior artículo al respecto: si trabajas durante años para producir un dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito en el que apoyas los dos pulgares, y con la simple precaución de que tus manos no se toquen, te proporciona un electrocardiograma con datos completos y gráficas de arritmia, fibrilación auricular, heterogeneidad ventricular y saturación de oxígeno en sangre, el que Apple llegue y pretenda proporcionar datos parecidos mediante un dispositivo tan generalista como un reloj es algo que, indudablemente, genera inquietud. Así, la reacción del equipo de desarrolladores de la compañía es, dentro de unos adecuados parámetros de respeto, de un relativo escepticismo:

“Aunque no lo hemos probado a fondo todavía, surgen algunas dudas al observar la configuración de hardware del reloj, que puede afectar significativamente la calidad de la señal cuando se graba el ECG. El diseño común en dispositivos de este tipo es permitir que los usuarios coloquen sus dedos sobre los sensores para lograr un contacto completo y una señal fuerte, y obviamente el reloj no proporciona dicha configuración. 

Un problema común podría surgir de algo tan simple como la pilosidad en la muñeca del usuario, que puede ser un obstáculo para el sensor que se supone que capta las señales de ese canal, por lo que se vuelve limitado en su capacidad para reunir información confiable para su evaluación. El otro canal, el dedo índice derecho del usuario, debe mantenerse en su posición el tiempo suficiente, con riesgo de temblores, sentir tensión, etc. Si se mueve, es difícil lograr un contacto estable y sostenido. WIWE, en cambio, puede ser colocado sobre una superficie plana y apoyar los dedos constantemente en los sensores durante la medición.

Con respecto a la detección de fibrilación auricular, no hemos visto información sobre su precisión (WIWE logró 98.7% de precisión cuando se probó con 10000 muestras clínicas, nuestro certificado está disponible bajo pedido) y desconocemos si examinan la activación auricular examinando la onda P como hace WIWE, o hacen la evaluación basada únicamente en la frecuencia cardíaca (distancia RR). Por lo que sabemos a partir de la información publicada, no realizan análisis de onda, por lo que no pueden proporcionar información específica del electrocardiograma como QRS, QTc o PQ, mientras que WIWE sí ofrece todo esto a los médicos. Si solo dependen de la frecuencia cardíaca, el resultado de la evaluación puede ser confuso al detectar la fibrilación auricular, algo confirmado por lo que la FDA señala en su documento de resumen: “la aplicación ECG no está destinada a ser utilizada en personas menores de 22 años, ni se recomienda para personas con otras afecciones cardíacas conocidas que puedan alterar el ritmo cardíaco “.

Habiendo dicho todo eso, obtener el apoyo de la AHA y la aprobación de la FDA supone un gran logro y no podemos afirmar que el reloj no sea capaz de detectar la fibrilación auricular, pero hay preocupación en ese sentido.”

De nuevo: parece evidente que, dentro de la categoría de productos de consumo, la precisión de un dispositivo diseñado específicamente para la obtención de un electrocardiograma, con dos sensores y una configuración razonablemente ergonómica que permite mantener los pulgares en ellos durante un minuto sin problemas obtendrá resultados más fiables que un dispositivo generalista como un reloj diseñado para una amplia variedad de funciones  – y fundamentalmente, ver la hora. Pero la contrapartida, de nuevo, es evidente: con ese dispositivo me monitorizo cuando me acuerdo y, por lo general, menos de una vez al día. Con el reloj, me monitorizo en todo momento y en circunstancias de todo tipo.

¿Están justificadas las reacciones a la innovación planteadas por facultativos y diseñadores de productos competidores? Sin duda, tienen una base razonable. Sin embargo, obvian en su análisis otra cuestión: lo que puede aportar el hecho de que las mediciones, aunque menos rigurosas, se produzcan en cualquier momento del día. Asimismo, debemos esperar a conocer lo que Apple u otros desarrolladores puede llegar a hacer con los algoritmos adecuados cuando dispongan de medidas obtenidas de manera regular o en contextos variados – no olvidemos que el Apple Watch también es utilizado, por ejemplo, para la monitorización regular del ejercicio físico. ¿Pueden este tipo de cuestiones llegar a suponer una mejora tangible a medio plazo para la investigación o para la práctica de la cardiología? Sinceramente, estoy convencido de que así será.

 

Apple Watch 4La presentación de productos de Apple de ayer no fue especialmente interesante o impresionante: la sensación fue, básicamente, que habíamos estado dos horas para ver tres teléfonos y un reloj, poco comparado con algunos eventos anteriores. Sin embargo, hay algunas cuestiones que resulta interesante destacar, y que tienen que ver fundamentalmente con la cuarta iteración del Apple Watch, un producto tan exitoso que, con 4.7 millones de unidades vendidas tan solo en el último trimestre y 28 millones en lo que llevamos de 2018, se ha convertido no solo en el wearable más vendido, sino directamente en el reloj más vendido del mundo, superando la suma de marcas con con la importancia de Rolex, Omega o Swatch.

Que Apple decida iniciar el evento con la presentación del Apple Watch 4, por delante de un iPhone que representa el grueso de sus ingresos, indica claramente que los dispositivos más interesantes que Apple fabrica hoy en día no son unos smartphones en los que resulta cada día más difícil diferenciarse, sino productos como su reloj, que aún cuentan con mucho más margen para la innovación.

¿Qué implicaciones tiene el lanzamiento del Apple Watch 4? Básicamente, la consolidación de la importancia de los wearables en el control de la salud. En su momento, con el lanzamiento de la primera versión del Apple Watch en septiembre de 2014, la marca ya anunciaba que la aplicación más importante de un dispositivo así podía no estar tanto en los gimnasios como en los hospitales, algo que ahora puede confirmarse con lo que sin duda fue lo más sorprendente de la presentación de ayer: la aprobación del dispositivo por la FDA, la primera en un dispositivo de este tipo y para una prueba con la importancia del electrocardiograma (ECG).

Obviamente, existen otros dispositivos de consumo capaces de llevar a cabo un ECG: yo mismo, con una salud razonablemente buena pero con antecedentes familiares malos en temas relacionados con la salud cardiovascular, llevo casi un año llevando habitualmente encima y utilizando con cierta regularidad WIWE, un dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito que me permite obtener y analizar un ECG completo en un minuto, que es adquirido por sociedades como la Hungarian Cardiology Society o agencias gubernamentales como la NHS británica para ser utilizados en centros de salud, y hay también un dispositivo concreto, KardiaBand de AliveCor, que obtuvo la aprobación de la FDA en noviembre de 2017

En este sentido, por tanto, el movimiento del Apple Watch en el ámbito de la salud cardiovascular y poner un doctor en nuestra muñeca puede no ser pionero, pero siguiendo la tradición de la marca por la reinvención de categorías, sí puede llegar a ser muy importante por lo que conlleva de acceso masivo de la funcionalidad al mercado de la electrónica de consumo. La presentación del dispositivo contó con el espaldarazo del presidente del la American Heart Association, el Dr. Ivor Benjamin, y aunque cardiólogos como Ethan Weiss no sean capaces de decidir si estamos ante el mejor o el peor día de la historia de la cardiología, todo indica que incorporar un dispositivo al mercado de consumo capaz de avisarnos de irregularidades en el funcionamiento de nuestro corazón puede tener un papel muy importante en la mejora de la salud en la que es, en todo el mundo, la principal causa de mortalidad. De hecho, ya hay personas que agradecen públicamente a Apple el haberles ayudado a detectar a tiempo dolencias como la fibrilación auricular. Por mucho que este tipo de dispositivos puedan generar un posible incremento de falsos positivos o de tratamientos no justificados, cuando lo que está al otro lado del balance es la posibilidad de salvar vidas y de generar un mayor nivel de consciencia con respecto a nuestra salud cardiovascular parece difícil ser escéptico.

La relación de Apple con el mundo de la salud, tanto mediante sus dispositivos como mediante el establecimiento de relaciones con equipos de investigación de cara al uso de datos, podría estar convirtiéndose en una de las fuerzas más importantes en la transición desde la concepción actual de salud paliativa que tenemos hoy, desde esa idea de ir al médico cuando me duele algo, a una de salud preventiva, de que sea el médico quien me llama porque detecta algo inusual en las lecturas de los sensores que llevo puestos. Una transición que posiblemente tardemos en ver por lo que conlleva de diferencias de dimensionamiento, pero que sin duda representa la evolución futura de la ciencia médica.

 

IMAGE: AppleCanalys publica estimaciones sobre las ventas del Apple Watch, un producto indudablemente exitoso – unos 3.5 millones de unidades vendidas tan solo en el segundo trimestre de 2018 – pero cuyas cifras reales de ventas han sido reportadas siempre por la compañía dentro de la categoría “Otros productos” junto con líneas como Apple TV, Beats, Airpods o HomePod, entre otros, lo que impide saber, más allá de estas estimaciones de mercado, el número real de unidades vendidas.

Las cifras de Canalys muestran una panorámica muy interesante, y habitual para los que seguimos regularmente a la compañía: la salida del producto en abril de 2015 marcó prácticamente el momento de la verdad para toda la categoría smartwatch, por supuesto no inventada por Apple, pero sí, como suele ser la metodología de la compañía, reinventada en torno a un cuidado diseño y unos casos de uso redefinidos.

En realidad, el concepto smartwatch llevaba dando vueltas en el mercado bastantes años sin ningún éxito hasta que una pequeña startup, Pebble, lo revolucionó lanzando un modelo en Kickstarter y demostrando que el mercado podía estar interesado en un concepto así. Antes de quedarse sin gasolina y terminar siendo adquirida por Fitbit, Pebble llegó a vender varios millones de smartwatches, y prácticamente dio origen a todo un segmento dentro de la electrónica de consumo. Sin embargo, el anuncio del Apple Watch en septiembre de 2014 detuvo prácticamente las ventas en ese segmento: el mercado en general decidió esperar al dispositivo de Apple, que no se puso a la venta hasta abril del año siguiente, y lo convirtió en líder absoluto de su mercado hasta alcanzar, en el año 2017, una cuota de más del 60% sobre las ventas del cuarto trimestre.

Mientras, Google repitió en ese segmento la estrategia que tan bien le había funcionado con Android: lanzó una plataforma, Android Wear, y la abrió a fabricantes para que la explotasen lanzando sus propios modelos, dando lugar a un vibrante ecosistema de relojes de todo tipo más o menos especializados. A lo largo del tiempo, distintas marcas han ido haciéndose hueco con posicionamientos variados, y a pesar de que, presumiblemente, el Apple Watch sigue representando una interesante categoría con un muy interesante margen para la marca de Cupertino, su cuota de mercado sobre ventas de dispositivos nuevos ha ido disminuyendo hasta situarse, en el segundo trimestre de 2018, en el 34%. La estrategia de Apple, en el caso de su último modelo, ha sido la de comercializarlo, en países como China o India, a través de operadoras, aprovechando su conectividad LTE, y de hecho, ha sido el modelo más vendido en el mercado asiático, con más de un cuarto de millón de unidades.

El patrón estratégico de Apple vuelve a ponerse de manifiesto: reinventar una categoría, marcar los estándares en ella, pero aceptar a partir de ahí su papel de marca que no es para todo el mundo, mientras otras compañías aprovechan el tirón de esa nueva categoría. El posicionamiento del Apple Watch es el que es: un modelo con nulas variaciones, únicamente en función de los materiales utilizados en su carcasa, y un precio que le permite mantener un margen muy interesante: en 2015, IHS calculaba que el Apple Watch más bajo de la gama, vendido por un precio de 350 dólares, tenía un coste de fabricación de alrededor de 84 dólares. Aún cuando algunas estimaciones posteriores consideraban ese estudio de IHS equivocado y situaban el coste en números más elevados, no cabe duda que la categoría brinda a Apple un importante margen de beneficio y, sobre todo, se convierte en un detalle más dentro del universo de integración que ofrece a sus usuarios, que no simplemente llevan el smartwatch en su muñeca, sino que además lo utilizan para cuestiones que van desde la estimación de su actividad física hasta el desbloqueo de sus ordenadores, tras desbloquear el propio reloj, en muchos casos, con sus iPhones.

La estrategia de mercado de Apple resulta, cuando mínimo, llamativa: mientras otras marcas se obsesionan con la cuota de mercado como indicador principal, Apple asume un papel en el que, claramente, una parte importante del mercado corresponderá a interesados en el concepto smartwatch que no accederán a sus productos, y que preferirán, por las razones que sean, productos de marcas que, en general, tienden a obtener márgenes muy inferiores, como es bien sabido que ocurre en otras categorías como los ordenadores o los smartphones. A partir de ahí, el futuro de la línea de productos depende de cuestiones como la integración  – la mayor parte de las ventas se producen a clientes que ya cuentan con otros dispositivos de la marca – y dependen fundamentalmente de la renovación de la línea con nuevos modelos. En el segundo trimestre de 2018 se estima que se han vendido unos 10 millones de smartwatches de los que Apple ha vendido 3.5, pero la marca, con esas cifras, está probablemente más que satisfecha, y de hecho probablemente anticipe una situación de equilibrio del mercado dentro de un tiempo en torno a una cuota de mercado aún más baja.

Por otro lado, pocos dudan ya que el smartwatch es el futuro del reloj: tras probarlo, la mayoría de los usuarios se acostumbran a funciones que van mucho más allá de simplemente ver la hora, funciones que echan sistemáticamente de menos cuando tratan de volver, por cuestiones que van desde lo estilístico hasta lo sentimental, a sus antiguos relojes, cuyas ventas siguen cayendo año tras año sin ninguna esperanza real de recuperación. Cuando te acostumbras a que el aparato que llevas en tu muñeca te avise de los correos electrónicos, monitorice tu actividad física, te permita pagar en una tienda o te proporcione recordatorios de todo tipo, no vuelves a mirar a los dumb watches de la misma manera, y lo normal es que estos pasen a vivir habitualmente dentro de un cajón. ¿Necesitamos un aparto más de electrónica de consumo adosado a nuestra muñeca? Posiblemente no, pero utilizarlo es muy cómodo para muchas cosas, y sin duda, tiende a convertirse rápidamente en un hábito, en una costumbre. Tan solo en el segundo trimestre de 2018, diez millones de personas han decidido poner un smartwatch en su muñeca, dando lugar a un mercado cada vez más consolidado, que muestra escasos síntomas de contracción, y en el que Apple, a pesar de su cuota de mercado descendente, se sigue manteniendo como la compañía que marca los estándares y las tendencias en él, con importantes picos de venta cada vez que lanza un nuevo modelo y con el resto de marcas mirando atentamente sus novedades. ¿Cuota de mercado? ¿Quién la necesita, cuando se puede tener un buen margen? Sin duda, un análisis estratégico interesante.

 

Wearables: Fitbit, Apple Watch, Xiaomi, Samsung Gear, GarminAdidas anuncia que abandona la producción de wearables, smartwatches y dispositivos similares, y que se centrará en el software, para centrarse en el desarrollo de Runtastic, que adquirió en agosto de 2015 por 239 millones de dólares, y en el de su propia app.

La compañía sigue, en ese sentido, los pasos de Nike, que en abril de 2014, coincidiendo con los primeros rumores serios de la posibilidad de que Apple pusiese en el mercado el Apple Watch y con el mismísimo Tim Cook sentado en su consejo de administración, desmanteló completamente el equipo dedicado a la Nike Fuel Band y prefirió dejar ese mercado, percibido cada vez como más complejo, para las compañías de electrónica de consumo.

En efecto, los wearables parecen estar convirtiéndose en la categoría que más presiona a los fabricantes de hardware para obtener sensores cada vez más precisos y pequeños, y baterías progresivamente más eficientes, al tiempo que se establece toda una pugna de estrategias para hacerse con los diferentes sectores de demanda. El reparto de cuotas de mercado de el segmento wearable en 2017 muestra un crecimiento de alrededor de un 18%, con la china Xiaomi como líder gracias a un pujante mercado chino que absorbe la inmensa mayoría (96%) de sus pulseras monitorizadoras de bajo precio. La sigue Fitbit, que a lo largo del año pasó desde un 28.5% a un 15.7% – de 5.7 millones de unidades vendidas en el segundo trimestre de 2016 a 3.4 millones en el correspondiente de 2017 – y de Apple con un 13%, que en el mismo período escaló desde un 9%, 1.8 millones de unidades, hasta los 2.8 millones. La cuarta es Samsung, con un 5.5%, seguida de Garmin con un 4.6%.

Además de la consabida estrategia de liderazgo en precios de Xiaomi, estamos viendo varias orientaciones más con características interesantes: Garmin sigue pretendiendo protagonizar el segmento del deportista que se considera a sí mismo como “serio”, cuando la realidad es que en su enormemente confusa gama de productos posee dispositivos de todo tipo, desde prácticamente accesorios de moda hasta monitores que parecen hechos para llevar al hombre a la luna. Mientras, Apple, que anunció en un principio su enfoque hacia la redefinición del cuidado de la salud, se acerca más al mundo de los gimnasios con el anuncio de GymKit, una integración de su Apple Watch con máquinas de ejercicio aeróbico como cintas, steppers, elípticas, etc. que permite poner los sensores donde mejor pueden adaptarse a su función: medidas como la inclinación o la velocidad tomadas en la máquina, mientras que el pulso y otros parámetros corporales se evalúan en la muñeca.

Mientras, Fitbit, que fue expulsada de las tiendas Apple en octubre de 2014 por considerarla competidora del Apple Watch y que, en consecuencia, inició una estrategia de competencia frontal con la marca de la manzana en la que, entre otras cosas, impide a los usuarios exportar sus datos para su monitorización en el iPhone, parece ahora, tras la adquisición de compañías del entorno smartwatch como Pebble o Vector, y el lanzamiento de su Ionic, intentar centrarse en el segmento más complejo y de más rigor, el de la homologación de sus dispositivos por la Food and Drug Administration norteamericana (FDA) y el desarrollo de líneas de negocio de monitorización con su división corporativa, Fitbit Group Health. El último producto de la compañía, el Ionic, utiliza un sensor de oxígeno en la sangre para detectar trastornos como la apnea del sueño y algunos tipos de arritmias cardíacas, y ha sido utilizado en estudios clínicos enviados a la FDA para su posible aprobación. Si la consigue, podríamos encontrarnos con dispositivos de este tipo en hospitales sustituyendo a los que actualmente son utilizados en algunos pacientes para la detección de la fibrilación auricular. La compañía podría centrarse en la detección y tratamiento de problemas como los trastornos del sueño, diabetes, salud cardiovascular o salud mental para clientes como empleadores, aseguradoras de salud, proveedores de atención médica o investigadores que facilitarían los dispositivos a sus empleados o pacientes- Algunas aseguradoras norteamericanas, como UnitedHealthcare, están dispuestas a remunerar a sus clientes con hasta $1,500 en su póliza si demuestran estar cumpliendo los objetivos determinados en su monitor de actividad física, y se estima que ese mercado podría convertirse en un segmento muy activo. La compañía, sin embargo, prosigue su evolución a la baja en los mercados, y cotiza ya a menos de un 80% de su valor de salida a bolsa en junio de 2015. 

El segmento del cuidado de la salud es, sin duda, complejo. Muchas personas que se sienten sanas pueden sentirse intimidadas por dispositivos presentados prácticamente como instrumental médico, personas que posiblemente no tendrían ningún problema a la hora de ponerse en la muñeca un reloj con capacidad para monitorizar prácticamente el mismo tipo de parámetros y variables pero presentado como un complemento de la actividad deportiva. Apple, por su parte, sigue progresando con equipos de investigación médica a los que ofrece desarrollar apps para investigación mediante HealthKit, e invitar a usuarios de iPhone y Apple Watch a participar en esos procesos aportando sus datos.

Sin duda, un sector complejo y sometido a mucho movimiento. La FDA ha creado una pre-certificación para este tipo de dispositivos que se sitúa a medias entre los dispositivos clínicos y los de consumo, y tanto Fitbit como Apple, así como otras compañías (Johnson & Johnson, Samsung, Roche o la división de ciencias de la salud de Alphabet, Verily) están participando en su desarrollo. En no mucho tiempo, muchos de los parámetros que hoy solo conocemos cuando visitamos al médico, nos hacemos un chequeo o nos hospitalizan estarán completa y regularmente monitorizados y registrados en las apps correspondientes, y nuestros wearables nos alertarán cuando algo pueda estar yendo mal. Mientras llegamos a eso, a los competidores en este segmento aún les queda mucho partido por jugar…