Knowledge Engine - The Free SearchAlgunos medios se hacen eco de un proyecto de la Wikimedia Foundation, la fundación sin ánimo de lucro que opera Wikipedia, para la creación de un motor de búsqueda libre, un proyecto que obviamente la llevaría a adoptar un rumbo de colisión con una Google convertida ya en la empresa más valiosa del mercado.

Al parecer, la fundación obtuvo $250,000 el pasado septiembre de la Knight Foundation, una una fundación privada sin ánimo de lucro norteamericana dedicada a apoyar ideas de transformación que promuevan el periodismo de calidad, la innovación en los medios, las comunidades participativas y el fomento de las artes. Según The Register, los fondos serían la primera parte de un proyecto más amplio valorado en $2.5 millones y destinado, según la carta de concesión, a “hacer que la información más relevante de internet sea más accesible y curada abiertamente, y a crear un motor de datos abierto totalmente libre de intereses comerciales”, llevado por la preocupación de que “hoy en día, los motores de búsqueda comerciales dominan la búsqueda de Internet, empleando tecnologías propietarias para consolidar los canales de acceso al conocimiento y la información de Internet”.

Que Jimmy Wales afirme, en una FAQ dedicada al proyecto, que “we are not building Google” no elimina la sensación de que la fundación podría estar pensando en reeditar lo que en su momento intentó plantear con Wikia Search, un fugaz proyecto lanzado por el propio Wales en septiembre de 2008 que cerró en mayo de 2009 tras no ser capaz de generar popularidad. La idea de Wikia Search giraba en torno a la constatación de que muchas páginas de Wikipedia eran habitualmente el resultado mejor posicionado en una gran cantidad de búsquedas en Google – algo lógico considerando su estatus de página neutral y que muchas otras páginas vinculaban como referencia – y que, posiblemente, esto podría consolidarse como un motor de búsqueda “curado por personas”: si todos los expertos del mundo en un tema confeccionaran voluntariamente una página sobre esa temática y proporcionaran las fuentes utilizadas, el resultado podría parecerse mucho a la página de resultados de un motor de búsqueda, con la ventaja de poder mantenerse, gracias al criterio de las personas, relativamente libre de contaminación comercial. En aquel momento, al comunicar el cierre de Wikia Search, Wales escribió en su página personal que “volvería a la búsqueda una y otra vez en mi carrera, sea como inversor, como colaborador o como animadora”. 

Pero más allá de los planes de Wales y de la Wikimedia Foundation, lo que me parece interesante es especular sobre la deriva hacia lo libre y gratuito de los servicios en la web. Hablemos de cosas que, a día de hoy, son pura tecnología-ficción: la ilustración que acompaña esta entrada es un simple diseño hipotético que he creado en un momento con lo que podría ser la página de inicio en un motor de búsqueda. ¿Qué ocurriría si el proyecto fuese real, y además se convirtiese, como dice la propia fundación, en “the Internet’s first transparent search engine”? Antes del año 2001, momento de lanzamiento de Wikipedia, cualquier empresa editora de enciclopedias se habría carcajeado sonoramente ante la posibilidad de que su negocio desapareciese a manos de una enciclopedia gratuita y libre que terminase siendo la mejor, la más actualizada y la más completa del mundo. He mantenido sesiones de discusión con toda la cúpula directiva de Planeta encabezada por el fallecido Jose Manuel Lara bastante posteriores, en torno al 2006, en las que trataba de explicarles por qué la Wikipedia terminaría con su negocio, ante su más absoluta incredulidad y negación de la realidad. ¿Podría llegar a ocurrir algo similar con los motores de búsqueda? Cualquier parecido entre la cultura empresarial de Google y la de Planeta sería mera coincidencia, pero ¿sería posible imaginar un futuro en el que el motor de búsqueda predominante fuese libre, gratuito, sin publicidad y operado por una fundación sin ánimo de lucro que lo financia mediante donaciones?

El éxito de Google a la hora de crear un motor de búsqueda mejor que sus predecesores y competidores tiende a evitar la discusión sobre las posibles alternativas a su dominio. A todos los efectos, competir con Google hoy se antoja imposible: las barreras de entrada, simplemente en términos de gestión de la operativa de la base de datos que recoge la copia de todas las páginas de la web lo convierte en una tarea enormemente compleja. Google ha desarrollado una vasta cantidad de tecnologías de cara a mejorar la eficiencia de sus bases de datos, por no citar el inmenso trabajo alrededor de la mejora continua de los algoritmos de búsqueda. Varias empresas potentes y con recursos han intentado competir con Google haciendo algo parecido a lo que hacía Google, mediante algoritmos basados en la relevancia social, y todas ellas han fracasado. Sin embargo, la idea de páginas de resultados editadas por voluntarios, gobernados mediante una serie de reglas similares a las que rigen Wikipedia, y que diesen lugar a un motor de búsqueda libre podría llegar no solo a tener un evidente atractivo, sino a convertirse, con la gestión adecuada, en una seria preocupación para Google.

La misión de Google es “organizar la información del mundo y hacerla accesible y útil de forma universal”. La necesidad de convertir esa actividad en un negocio intrínsecamente rentable nos ha llevado a aceptar no solo que la publicidad ocupe cada vez un área más prominente en la página, sino a que, además, los resultados de búsqueda estén, cada vez más, sometidos a una progresiva editorialización: muchas búsquedas en Google conducen no a los resultados, sino a un producto de la compañía que trata de agruparlos o compararlos de una u otra manera. La idea de que esas actividades de agrupación o comparación puedan llegar a estar desarrolladas por humanos resulta, como mínimo, provocativa: oponer la inteligencia y los ciclos ociosos de las personas – tal y como se hace en Wikipedia – a los algoritmos intensamente automatizados de Google. 

Que Google esté cada vez más amenazada por las autoridades anti-monopolio y acosada por las protestas de compañías que pretenden competir con ella en diversos aspectos evidencia una cuestión clara: la búsqueda, cada día más, se ha convertido en algo tan importante que sería mejor que no estuviese dominado por una sola compañía. ¿Y si la alternativa no viniese de un competidor tradicional, sino de un proyecto colaborativo de este tipo? Una de las propiedades más claras de la web es su poder como reductor de costes de transacción: ¿implica esto que alternativas colaborativas, que precisan de importantes esfuerzos de coordinación, pueden llegar a disfrutar de ventajas frente a competidores corporativos tradicionales?

 

Merry Xmas from lawyerVivimos tiempos de corrección política. Lo cual, en sí mismo, no debería ser nada malo: tratar de utilizar el lenguaje de manera adecuada, desterrar tópicos que un uso continuado ha convertido en portadores de connotaciones inadecuadas o desagradables, o evitar la perpetuación de esquemas derogatorios contra determinados segmentos de la sociedad, sean los que sean, es en principio un fin loable, al que puede resultar razonable dedicar un cierto esfuerzo mental para pensar dos veces las cosas antes de decirlas o escribirlas.

El problema, claro está, surge, como con tantas otras cosas, con los excesos: es bien sabido que todo lo bueno, consumido en demasía, termina por matarnos. Y la corrección política ha llegado ya a un extremo que no es que roce el absurdo, es que directamente se interna en él y se hunde hasta el cuello, hasta el punto en el cual empieza a parecer que te va a impedir respirar, hasta llevarnos a pensar en hablar de manera cotidiana tal y como se muestra en la felicitación de navidad de un abogado, repleta de acotaciones y letra pequeña, y que cada día, tristemente, refleja más la realidad de nuestra sociedad.

Ayer, la cuenta de la Policía Nacional, @policia, un éxito sin precedentes a nivel internacional a la hora de establecer un punto de contacto y comunicación entre los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y la población sobre el que hemos hablado en varias ocasiones, publicó este tweet de felicitación de San Valentín,

 

@Policia status update #698926697219907584 - Twitter

Una felicitación que puede calificarse de muchas maneras, que para gustos se pintan colores: desde profundamente moñas hasta simplemente simpática, pero que de manera inmediata comenzó a recibir respuestas de todo tipo que afeaban que supuestamente la policía legitimase cuestiones que iban desde el acoso sexual hasta la necrofilia, pasando por todo tipo de recriminaciones. Así, sin comerlo ni beberlo, un tweet que carecía de connotaciones sexistas – está cuidadosamente redactado para que sea cualquier persona del sexo que cada uno quiera imaginar el que le “robe” el beso a otro, e incluso la palabra “robar” aparece entrecomillada – se convierte en una cuestión política o de activismo, hasta el punto que la propia Policía termina por publicar, pocas horas después, otro tweet de aclaración:

 

@Policia status update #698961678340399104 - Twitter

Lo siento, pero a mí todo este tipo de cosas me parecen una soberana estupidez. Comprendo el incentivo de meterse con la autoridad, pero permitidme que os diga que cualquiera que vea una incitación al acoso, al delito, a la violencia sexual o algo que no sea una felicitación (moñas, eso sí) de San Valentín (que ya es moñas de por sí) en el tweet de la Policía debería sin duda hacérselo mirar. Responder a esa felicitación con un “¿me estás incitando a salir a la calle a “robar” besos a todo el que pase?” es, simplemente, tener ganas de retorcer las cosas y de tocar las narices. En tiempos, cuando alguien tenía ganas de incordiar de manera absolutamente gratuita y reiterada, eso se solucionaba acercando a su cara una mano abierta con una cierta velocidad. Ahora, con tanta corrección política, lo que acabo de escribir va a ser interpretado como una incitación a la violencia, y tenemos que poner un asterisco* o publicar una aclaración a la mayor brevedad posible

* El autor desea aclarar que en modo alguno ha pretendido incitar a la violencia con sus palabras, y que se trata simplemente de un recurso estilístico que evoca conductas habituales hace algunas generaciones, que afortunadamente han quedado ya hace tiempo desterradas de nuestra sociedad.

Pues lo siento mucho, pero a mí todo esto me parece completamente ridículo y absurdo. Me resulta patético que tengamos que vivir constantemente preocupados por el asterisco, por la letra pequeña y por la posibilidad de que algunas de las palabras que hemos dicho o escrito puedan, de alguna remota manera, evocar algo inconveniente cuando son mal interpretadas. Porque, lamentándolo de nuevo, les diré que si alguien de verdad pretende que el tweet de la Policía le legitima para salir a la calle a acosar sexualmente a alguien o para exigir de manera coactiva un beso a alguien, sea o no su pareja, y no lo está diciendo simplemente por tocar las narices, es que le pasa algo muy grave en la cabecita, y debería hacérselo mirar. Leer la lista de respuestas al primer tweet de la Policía debería llevarnos a reflexionar sobre lo enferma que se está volviendo la sociedad en la que vivimos… hay quien llega incluso a volver a protestar, esta vez tras el segundo tweet, esgrimiendo que “el TU en mayúsculas implica posesión”!!! ¿Pero esto qué es?? Como algunas veces he visto escrito en algunos sitios, “demasiados idiotas y muy pocas balas”**

** El autor desea aclarar que en modo alguno ha pretendido incitar a la violencia con sus palabras, y que se trata simplemente de un recurso estilístico tomado de otras fuentes. El autor desea expresamente condenar el uso de la violencia y el uso de armas de fuego como forma de solucionar diferencias de opinión.

Entiendo que Twitter es un foro público, sí. Entiendo que la Policía es un organismo público que debe tener cuidado con las manifestaciones que hace por escrito, sí. A lo mejor, el problema de Twitter, foro público que ofrece voz a cualquiera y en el que resulta infinitamente fácil expresarse de manera rápida y, en ocasiones, sin pensarlo demasiado, no es Twitter, sino el tipo de sociedad en que nos estamos convirtiendo. Estamos evolucionando hacia un auténtico estado policial – y no precisamente ejercido por la Policía, sino por otro tipo de supuestas “autoridades de la corrección política” – en el que todo lo que decimos o escribimos es objeto de un escrutinio hasta el último pixel de la última serifa del último carácter empleado. Estoy de acuerdo en que la violencia de género, la discriminación por razones de sexo o de cualquier otro tipo, o la objetización de las relaciones personales son cuestiones contra las que hay que luchar. Pero por favor, dejémonos de tonterías. A base de estupideces vamos a conseguir, precisamente, que algunos pasen a tomárselas a coña. Y eso sí que sería una soberana estupidez.

 

Twitter big or smallDos artículos de comentaristas reputados, Farhad Manjoo en The New York Times y John Naughton en The Guardian, apuntan la idea de que la única vía de salvación de Twitter es aceptar que no es una plataforma para todo el mundo, y que para ser realmente útil, tiene que centrarse en conseguir una herramienta de información mejor y más potente, lo que no implica un crecimiento en número de usuarios (y sí posiblemente una disminución).

La caída de más de dos millones de usuarios activos mensuales de Twitter, desde 307 hasta 305 millones, ha dado lugar a una fuerte caída del valor de la acción, que cotiza a mínimos históricos y coloca la capitalización bursátil de la compañía en un nivel, 12,000 millones, que podría perfectamente posibilitar una hipotética adquisición si apareciese alguna compañía interesada en ello. Los mercados financieros no perdonan la ausencia de crecimiento, y menos en una industria como la de las redes sociales, en la que tradicionalmente todos los multiplicadores han utilizado siempre los famosos MAUs, o usuarios mensuales activos, como punto de anclaje para el cálculo del valor.

Sin embargo, la evidente paradoja es que, pese a su falta de crecimiento y a su patente incapacidad para convencer a más usuarios para que se unan, Twitter es una plataforma que muchísimas personas utilizan para informarse de todo en tiempo real, tiene una presencia enorme en medios y en la actualidad en general, y muchos usuarios, twitteen o no, echarían enormemente de menos si no existiese. Discutir el valor generado por Twitter parece complicado, sobre todo si preguntamos a empresas, medios o celebridades, pero convencer a usuarios normales del valor de utilizar la plataforma parece imposible.

La paradoja de Twitter tiene mucho que ver con su definición, o mejor, con su falta de ella. Originalmente, Twitter surgió sin tener no solo nada claro cómo iba a ser su modelo de negocio, sino sin siquiera tener claro lo que era. Ese estado de confusión primigenia, de hecho, se extendió a sus usuarios y a los analistas: muchos, de hecho, siguen aún considerando Twitter como una red social, cuando en realidad, en mi opinión, nunca lo ha sido. La mismísima Wikipedia define Twitter como “an online social networking service”. Una red social es un entorno en el que priman las relaciones, el “sigo a esta persona por la relación que me une con ella. En Twitter, en cambio, seguimos a las personas por la información que comparten, “lo sigo porque dice cosas interesantes”, independientemente de quien sea, o a veces, incluso, sin saber si es persona, animal o cosa. Es ese énfasis en el contenido en lugar de en la persona el que, desde mi punto de vista, aleja a Twitter de la idea de red social y lo ubica más en la de canal de comunicación, de herramienta informacional. De hecho, llevo años recomendando a mis alumnos en el MBA que no utilicen Twitter para seguir a sus amigos – para eso está Facebook – sino para seguir a las personas que resulta interesante seguir en las industrias o las empresas en las que tienen interés por desarrollar su carrera profesional.

Hace una semana estuve de visita a Twitter España. Curiosamente, siendo uno de los primeros usuarios que consiguió lo que en 2007 podía considerarse un número elevado de followers, nunca había estado en sus oficinas, a pesar de contar a menudo con directivos de la compañía en mis clases o de coincidir en multitud de foros con Pepe López de Ayala, su country manager. La discusión que mantuvimos sobre la evolución de Twitter fue precisamente por ahí, si resultaba preocupante o no que muchos usuarios de la base de la pirámide, los que no son empresas ni celebridades, no entendiesen para qué diablos debían actualizar su feed o qué tipo de cosas compartir en él, o directamente considerasen que estaban en Twitter simplemente para “poner la oreja”, para el puro y simple lurking.

¿Puede sostenerse Twitter – ojo, no hablamos de sostener “el crecimiento de Twitter”, sino Twitter como herramienta económicamente viable – si una amplia base de usuarios se limitan a escuchar, a usarla como si fuera un teletipo o una agencia de noticias? ¿Podría Twitter plantear un movimiento que fuese más allá de la evolución del “¿qué estás haciendo?” al “¿qué está pasando?”, y que llegase a un “si no es relevante, ni te molestes en contármelo”? ¿Qué pasaría si los usuarios entendiésemos que Twitter no es un sitio para mantener conversaciones – hay mil herramientas mejores para eso – ni para contar que te estás tomando un café o un helado, sino para informar sobre eventos de trascendencia mínimamente pública, aunque se defina “público” como “conjunto de personas, independientemente de su tamaño, con un interés común”? Indudablemente, reducir la base de usuarios que actualizan su Twitter podría redundar en una relación señal-ruido más adecuada, que supusiese un mayor valor para los usuarios, e incluso plantear un canal con un valor publicitario mayor. Hace algún tiempo, un artículo planteaba lo que Twitter tenía que hacer para ser diez veces más grande, cien veces más rentable y mil veces mejor… ¿y si el tamaño, al menos el de la base de usuarios que actualizan habitualmente, dejase de ser un factor fundamental?

La disyuntiva, en cualquier caso, no se plantea simplemente como una elección estratégica que Twitter puede tomar. Cambiar las percepciones de todo un mercado sobre una herramienta determinada es una tarea compleja y cuyo éxito no está en absoluto garantizado. No basta con decir lo que quieres ser, necesitas que los que están al otro lado lo entiendan, lo acepten y lo adopten. Pero sí es cierto que la idea de una Twitter que dependa más de su propuesta de valor que de las presiones de un crecimiento irracional resulta, como mínimo, atractiva, capaz sin duda de generar ingresos vía publicidad o marketing vinculado a eventos, y posiblemente más sostenible. Que los mercados lo entiendan ya es otro cantar.

 

Sports apps bought by sports brands (E. Dans)

Cuando un patrón determinado se repite un número suficiente de veces, suele considerarse que deja de ser una casualidad y pasa a ser una tendencia. Eso precisamente es lo que ha ocurrido en un ámbito concreto, el de la relación entre las apps de monitorización deportiva y las marcas de productos para la práctica del deporte. Entre finales de 2013 y principios de 2016, seis adquisiciones de aplicaciones de monitorización por parte de marcas de material deportivo marcan claramente la tendencia, con la excepción de la adquisición de marzo de 2015, protagonizada por una Fitbit que aunque no vende ropa o zapatos, es ya una empresa cotizada y un líder en su categoría.

Under Armour, la marca de ropa y accesorios deportivos norteamericana, fue la primera en verlo claro: entre noviembre de 2013 y febrero de 2015 adquirió tres apps de monitorización de actividades deportivas, MapMyFitness, Endomondo y MyFitnessPal, que siguen todas ellas funcionando de manera independiente. En marzo de 2015, Fitbit adquirió Fitstar, una app de entrenamiento personal con consejos de celebridades, que también continúa su actividad. Pocos meses después, en agosto de 2015, Adidas se hizo con Runtastic, y recientemente, el pasado 10 de agosto, la marca de calzado deportivo japonesa Asics anunció la adquisición de Runkeeper, sobre cuyo importe aún no tenemos datos. Seis transacciones que claramente muestran una tendencia: la del interés de las marcas consolidadas no solo por hacerse con datos del usuario, sino también por exponer su logotipo en un lugar que los usuarios ven cada vez que se plantean hacer deporte.

El desarrollo de aplicaciones es, sin duda, un deporte de riesgo. En la gran mayoría de los casos, hablamos de compañías pequeñas, que en un momento dado son capaces de poner en un mercado enormemente volátil un producto que convence a un cierto número de usuarios, apalancado en las crecientes capacidades de un dispositivo que ya todos llevamos siempre en el bolsillo, que volvemos a buscar a casa si nos lo olvidamos, y que se integra cada vez más en prácticamente todas nuestras actividades (estoy seguro de que, en no mucho tiempo, me sumergiré en mis sesiones de una o dos horas de buceo llevando el smartphone conmigo… debe ser el único momento que me queda en que prescindo de él). El éxito o fracaso suele depender de factores exógenos: de los artículos que las analizan y comentan, de procesos de difusión social o viral, etc., y su rentabilidad se asienta generalmente en modelos freemium, en una base de usuarios muy amplia que usa la app pero no paga por ella y que son financiados por un escaso porcentaje – típicamente de menos de un 10% – que pagan para acceder a algunas funciones adicionales.

Conseguir que el desarrollo de una app se convierta en un negocio rentable es una tarea sumamente compleja, al alcance de muy pocos. Todo lo que en algún momento pudimos escuchar sobre el ecosistema app o la app economy es, salvo escasas excepciones, un mito. Sin embargo, lo que sí es real es que muchas apps han logrado convertirse en esenciales, en un punto de referencia para una actividad concreta. Yo asocio claramente el hecho de publicar una fotografía con Instagram, del mismo modo que asocio el salir a correr con Endomondo, el de hacer un vídeo en directo con Facebook Mentions o el averiguar qué canción está sonando con Shazam, entre otros muchos ejemplos. Estas asociaciones tienden a vincularse con momentos de uso que muchas marcas pueden querer utilizar para exponer su marca: Under Armour es, para mí, una marca olvidada desde que volví de los Estados Unidos, pero ahora vuelvo a evocarla cada vez que salgo a correr en cuanto enciendo mi Endomondo y veo su logotipo situado en lugar prominente. La app sigue funcionando prácticamente como siempre, puede que disponga incluso de más recursos para el desarrollo, pero la marca de ropa deportiva que la adquirió en su momento goza ahora de una presencia de la que antes carecía.

Esa búsqueda del lugar adecuado para exhibir el logotipo de la marca se acompaña, en ocasiones, de otros intereses, como el de entender la manera en la que los usuarios utilizan los productos de la compañía. Para Asics, adquirir Runkeeper es una manera de adquirir inteligencia de clientes, de entender cuánto y cómo se utilizan sus zapatillas, una forma de dotar de ojos y oídos a unos productos en los que, tradicionalmente, los datos solo llegaban hasta la estantería de la distribución. Ahora, esas zapatillas pueden seguir generando datos sobre el cliente una vez vendidas, pueden informarnos de su nivel de uso, pueden dar consejos a los usuarios sobre su vida útil, o generar posibles promociones cruzadas. Muchas posibilidades que convierten a aquellas apps con negocios típicamente frágiles en un posible canal de comunicación y de generación de inteligencia competitiva. En otras ocasiones, sin duda, adquirir una app supone la posibilidad de incorporar un equipo de personas con habilidades poco habituales en las compañías convencionales de ropa o equipamiento deportivo, personas que pueden posiblemente jugar un papel en su evolución futura.

Crear una app rentable es una tarea compleja. Lo que el mundo del deporte nos está demostrando es que, en muchas ocasiones, ganar dinero con una app equivale a venderla, lo que no implica que la creación de valor no haya existido, sino que simplemente, es una cuestión de ser capaz de alcanzar una masa crítica, una dimensión determinada que no está al alcance de muchos. Que las marcas de equipamiento deportivo adquieran estas apps quiere decir, simplemente, que estas marcas tratan de incorporar una dimensión que hasta ese momento no tenían, un canal de comunicación aparentemente idóneo o una inteligencia de datos que tratar de explotar. En cualquier caso, una tendencia interesante, que muy posiblemente veremos trasladada y generalizada a muchas otras industrias.

 

Netexplo logoEsta semana estuve en París asistiendo al Forum 2016 de Netexplo, la reunión en la que se presentan los proyectos elegidos por la Netexplo University Network como representativos de las tendencias de innovación digital. El pasado octubre fui invitado a formar parte de la Netexplo University Network, y era mi primera asistencia a este foro, creado en 2009 por Martine Bidegain y Thierry Happe, que cuenta con el apoyo de Senado y del Ministerio para la Economía Digital franceses, y que organiza una red de profesores de innovación que trabajan con sus alumnos para la detección de tendencias y usos interesantes de la tecnología en el mundo. He dedicado al tema tanto mi columna en El Español, titulada “Cazando tendencias“, como mi participación en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas de RTVE (a partir del minuto 1:37:19).

Un foro que se plasma en forma de evento importante, con salón completamente lleno en la Université Paris-Dauphine, y en el que pude ver presentaciones de proyectos de muy diversos tipos y en muy distintas fases, desde tesis doctorales hasta desarrollos ya en fase de startup incipiente. Mucho interés por blockchain, la tecnología de base de datos distribuida que conocimos a través de Bitcoin, y que ahora vive una segunda oleada de popularidad a medida que se aplica a cada vez más cuestiones, con los protagonistas de las startups que hacían uso de ella definidos como los cool kids del evento. Las presentaciones estuvieron estructuradas en tres hilos conductores, relacionados con la biotecnología y los materiales, con las máquinas y robots, y con los nuevos modelos de interacción.

En la primera parte vimos al ganador de este año, IKO Creative Prosthetic Systems, una startup colombiana que desarrolla prótesis para niños con un enfoque basado en el co-diseño con impresión 3D y piezas de Lego, que facilita la integración de los niños, que participen creando las piezas que les permiten jugar o asumir nuevas funcionalidades, para que desdramaticen su condición y la vean como una circunstancia menos limitante. También Amino, un maletín-laboratorio que acerca la ingeniería genética a nivel casero y que permite iniciarse en el bio-hacking, con posibilidades como desarrollar y mantener cultivos celulares con posibilidades de todo tipo, que me sugirió los juegos de iniciación que teníamos de pequeños para química o electrónica, aplicado a la biotecnología. La idea, procedente del MIT, ya había pasado con éxito por Indiegogo.

En el hilo dedicado a las máquinas, vimos un poco de todo, y sumamente futurista: drones capaces de volar solos adquiriendo información del entorno que les rodea para evitar colisiones con obstáculos, nanorobots nadadores con capacidad para ser dirigidos a través de vasos sanguíneos casi como en la película, robots que evolucionan y se rediseñan en función de su experiencia, o una inteligencia artificial, Todai,  capaz de superar las pruebas de acceso a la Tokyo University con mejores notas que bastantes alumnos humanos.

En los nuevos modelos de interacción vimos aplicaciones de blockchain al registro de propiedades inmobiliarias en un país como Ghana, carente de infraestructuras y registros públicos como tales; o Colu, a cuyo creador, David Ring, me tocó entrevistar en el escenario, una plataforma que trata de disminuir las barreras de entrada al uso de blockchain para cualquier aplicación, sea compra, venta, autenticación, trazabilidad o lo que sea, mediante el desarrollo de una API y un SDK que permiten su uso sencillo. Colu está en una fase más avanzada, ya ha conseguido levantar una ronda de $2.5 millones, y plantea la idea de plataforma como ecosistema que a mí tiende a parecerme muy interesante. Además, tuvimos también la ocasión de ver un proyecto de traducción colaborativa, Aweza, destinado a tratar de ofrecer soluciones para un complejo mercado sudafricano con once lenguas oficiales, y Wonolo, una plataforma de trabajo freelance que incorpora mecanismos de evaluación inspirados en Uber o Airbnb como forma de determinar la idoneidad de los participantes. Todos eran proyectos que los miembros de la Netexplo University Network habíamos tenido anteriormente ocasión de estudiar y evaluar, pero la oportunidad de conocer a sus creadores y ver la idea presentada siempre abre más áreas de interés. No puedes, lógicamente, esperar una discusión en profundidad de cada una – cada ámbito de actividad requeriría un curso en sí mismo para poder hablar dignamente de su área de conocimiento – pero sí es una muy buena manera de entrar en contacto con las ideas y valorar su capacidad disruptiva. Y por supuesto, para quien quiere ver aún más proyectos, está la lista de los Netexplo 100 2016, la compilación original de la que se extraen los diez premiados…

Como experiencia, Netexplo me ha parecido enormemente interesante. Primero, por ver el nivel de apoyo privado y público que una plataforma de este tipo, destinada a la “caza de ideas”, puede obtener en un país como Francia. Segundo, por la comunidad de discusión e intercambio de ideas que genera. Y tercero, porque vuelves con el cerebro oxigenado y con ideas para mini-casos y discusiones en clase interesantísimas. Decididamente, toda una experiencia.