Entrevistando a Gerard Descarrega y Marcos BlanquiñoDentro de la iniciativa “De un sueño, una realidad”, Seguros Santalucía me propuso hacer una serie de entrevistas sobre el uso de la tecnología a deportistas paralímpicos, un tema que me pareció interesantísimo. Tanto el creciente papel de la tecnología en el deporte como las posibilidades de su combinación con los diferentes tipos de discapacidad que componen las diferentes categorías del deporte paralímpico me resultan cuestiones fascinantes, así que me preparé las entrevistas con la ilusión de quien va a conocer a deportistas de élite que representan a su país en la alta competición, dispuesto a hablar no solo de tecnología, que es la parte que me tocaba, sino de todos los aspectos que rodean su adopción. La que hoy publico es la primera de una serie de cuatro entrevistas, y puedo decir que verdaderamente he disfrutado haciéndola.

Gerard Descarrega es velocista. Su prueba estrella son los 400m., aunque participa también en los 200m, siempre junto a su guía, Marcos Blanquiño, que se queda con nosotros en la entrevista. “Los 400 son nuestra prueba, los 200 son para divertirnos un poco”, me dice Gerard mientras sonríe, hablando siempre en plural. Gerard es prácticamente ciego, pero la verdad es que no lo parece en absoluto: cuando hablas con él, la sensación es que te ve perfectamente, sus ojos conectan contigo y se desplazan con todo el sentido, como corresponde a una persona que, hasta hace tan solo cinco años, aún tenía una vista razonable. Una retinitis pigmentosa detectada a los cuatro años fue dejándole sin visión lentamente pero de manera inexorable, hasta que fue pasando de la categoría T12 a la T11, reservada para deportistas totalmente ciegos o que únicamente perciben luz, sin capacidad para reconocer formas de ningún tipo. Sin embargo, sorprende la enorme naturalidad con la que se refiere a su ausencia de vista, hasta el punto de, como decía en su reciente entrevista con Marca, considerarla casi como una ventaja que le ha permitido salir de su pueblo en Tarragona, viajar, y experimentar el deporte de alta competición. “Al principio sí, claro, tuve mi época de estar jodido, no te voy a mentir”, pero ahora, sencillamente, “es que me veo muy completo así, no creo que me haga falta nada, ahora soy feliz así”. “Estoy viviendo una experiencia que no habría vivido, si viera bien estaría en mi pueblo, en una vida normal… ahora he viajado un montón, he conocido a mucha gente, he podido correr en sitios chulos, yo no lo cambiaba, la verdad… si que me jode no ver, pero tampoco me voy a dar cabezazos”.

Gerard Descarrega con Marcos BlanquiñoMarcos es también deportista de élite: pasó también por el CAR Madrid y en su momento, como le recordé durante la charla, “dominaba las San Silvestres con facilidad aplastante“. Ahora, en la treintena escasa, ha ido dejando las carreras de fondo y medio fondo para trabajar con Gerard como velocista. “La velocidad la llevaba dentro, me gustaba mucho”, dice.

La conversación con Gerard y Marcos es envolvente, íntima: sorprende ver su nivel de compenetración, la manera en la que convierten un deporte esencialmente individual como el atletismo en un deporte completamente de equipo: son aproximadamente de la misma estatura, corren completamente sincronizados, cada movimiento, cada zancada, el ritmo… cuando Gerard camina, apoya la mano en el hombro de Marcos, y se desplaza mucho más cómodo que con el bastón. La tecnología, dentro de esa relación tan intensa, tan próxima, tiene un papel muy escaso: “nosotros no usamos nada, vamos, una cuerda, es elástica, simplemente… muy artesanal, no es nada sofisticada, una goma de calzoncillos, cosida, y con eso corremos”. Plantear a Gerard la posibilidad de correr sin Marcos, quizás con algún tipo de sensores en las muñecas que le avisasen si se sale de su calle o algún artefacto similar, desencadena una respuesta inmediata del tipo “correría menos, perdería más tiempo que yendo con él, si fuera solo iría más inseguro, sería bastante locura”. De hecho, recuerda su última época en T12, cuando aún corría solo, como algo desagradable, “al final solo podía correr por la calle 1, que tiene el carril ese de color blanco, que lo veía porque era más gordo… iba agobiado, no disfrutaba mucho”.

Gerard Descarrega 01Comenta Marcos, de hecho, que “la tecnología es un poco del mundo popular, en los deportes hay mucho mundo friki, entre comillas y con un poco de respeto, por supuesto, que le gusta seguir avances, tener la mejor zapatilla… cuando luego nosotros entrenamos con zapatillas prácticamente normales. La gente que corre maratón está muy obsesionada con la planificación y con muchas cosas, con cronómetro, pulsómetro, quema de calorías, pero quienes realmente nos dedicamos al tema es que no lo utilizamos, en realidad, es trabajar por tiempos, por distancia, y ya está”.

En su vida normal, más allá de la práctica deportiva, Gerard se las arregla con la tecnología bastante bien. Su smartphone es un iPhone, y cuando le pregunto, me hace una demo de las funciones de accesibilidad del terminal, del VoiceOver, del SpeakScreen, de Siri, y me comenta que “antes también usaba el zoom, letras en tamaño gigante, lo que pasa es que tardaba hora y media en leer un WhatsApp”. Tanto con el smartphone como con el ordenador, un MacBook, aprendió completamente por su cuenta, simplemente explorando el terminal, el ordenador y sus programas, a medida que iba perdiendo visión. “El teléfono tiene un tutorial, que te enseña, y luego toqueteando se aprende, tocándolo todo… alguna cosa que no sabía como se hacía me la explicó un compañero que también la usaba, pero vamos, no tiene mucho misterio”. Y lo dice así, como si realmente no tuviese ningún misterio perder algo que damos tan por sentado y que consideramos tan esencial como la visión… es una fortaleza y una valentía capaz de acomplejar a cualquiera, pero que cuando se lo comentas, lo ve simplemente como lo más natural del mundo.

Con las redes sociales, Gerard es un completo escéptico. Las mantiene y las actualiza él mismo, “no soy tan importante”, me dice, pero confiesa que no les gustan demasiado. Que las usa “para contar cuando una carrera les sale bien, para compartir con su familia y sus amigos, alguna fotillo y tal”, pero que no las usa todos los días ni para compartir los entrenamientos porque le agobia bastante tener que estar pendiente del smartphone. “Lo pongo cuando me apetece, pero tener que hacerlo porque sí, no lo hago”. Cuando le hablo de su valor como ejemplo para la motivación de otros, me responde que “para motivar a otros, nada mejor que el que se pongan a hacer deporte, que dejen el Twitter tranquilo”. “Veo las relaciones de Twitter y Facebook como muy frías, no se me dan bien, no me llaman la atención… lo tengo, lo intenté por un tiempo, pero ahora pongo lo justo, y mezclo también lo personal, no solo pongo cosas de deportes, también si salgo con mis amigos o con mi novia, puedo poner una foto, no es solo exclusivo para Marcos y para mí, para la faceta de deportista”.

En ese sentido, Gerard parece representar muy bien las ideas de una generación que, según muchos analistas, abandona las redes sociales en sus preferencias para centrarse en la mensajería instantánea. Reacciona muy negativamente ante la idea del postureo, de hacer ver cosas que después, en realidad, no son para tanto, de “vender más de lo que realmente se hace”. En el futuro tal vez se pueda plantear usar las redes sociales para demostrar a otros las cosas que se pueden hacer, pero tiene claro que es algo que solo hará si le sale de manera natural. Sí utiliza WhatsApp de manera habitual en su día a día, para comunicarse con amigos, con su familia, con su novia o con el propio Marcos: de hecho, fue quien convenció a Marcos, que carece completamente de presencia o perfil en redes sociales, para ponérselo y empezar a comunicarse con él de una manera que consideraba más ágil que una llamada de teléfono. Sorprende, de hecho, que una persona ciega tienda a preferir, como muchos otros en su generación, un medio como la mensajería instantánea a una conversación de audio para la que, al menos en teoría, tendría una facilidad mayor.

Gerard sabe que, algún día, la tecnología le devolverá la vista, sea “poniéndole cámaras en los ojos” o, como apunta Marcos, volviéndoselos a crear “mediante terapias con células madre, o de alguna otra manera”. Por el momento, al menos en el aspecto del desarrollo de tecnologías de apoyo para invidentes, parece que la tecnología apunta cada vez mejores soluciones, no parece que vaya desencaminado. Mientras tanto, está dispuesto a seguir trabajando con lo que tiene y a no plantearse ninguna limitación: además de atleta de alta competición, estudia Psicología y está haciendo un curso de quiromasaje y aprendiendo a tocar la guitarra. No por nada que tenga que ver con esa teórica hipertrofia de los sentidos relacionada con la falta de visión (“si no ves, te concentras más en una conversación y en lo que oyes, pero eso es todo”, me dice), sino simplemente porque son cosas que le gustan, por puro entusiasmo, por disfrutar de las cosas, y porque “de esto no vamos a vivir”.

Disfrutar de lo que uno hace, sean cuales sean las circunstancias. La mejor de las suertes para Gerard y Marcos, a los que dejé ya en la pista calentando para unas horas de entrenamiento, y muchas gracias por esa sinceridad aplastante y por una entrevista verdaderamente inspiradora y bonita. Espero haber sido capaz de transmitirlo.

 

Robotic surgeryUn artículo de MIT Tech Review titulado The artificially intelligent doctor will hear you now se atreve con el asunto del diagnóstico médico, un campo tradicionalmente considerado esencialmente basado en la sensibilidad y las percepciones humanas, y coincide con otra serie de análisis de tendencias en torno al papel de la robótica en la cirugía, que apuntan igualmente hacia una redefinición de la implicación humana en la práctica médica.

No, no hablamos de sustituir a los médicos por máquinas, pero sí, decididamente, de la necesidad de redefinir la medicina para incluir en ella todas las posibilidades que la tecnología ofrece y, seguramente, de incorporar también nuevas habilidades en el desarrollo de la profesión – o posiblemente, incluso, nuevas tipologías de profesionales de la medicina que no necesariamente llegan a mancharse de sangre o siquiera a tocar al paciente. Muchas de estas tecnologías son criticadas por su coste, por sus posibles fallos o por reducir la importancia del juicio crítico del facultativo, pero el sentido común y la naturaleza de la mayoría de las críticas parece indicar que nos las vamos a encontrar en nuestro camino de una manera u otra en algún momento.

Con más de diez mil patologías humanas reconocidas como tales, es preciso asumir que un médico humano únicamente va a tener acceso, por amplia y competente que sea su memoria, a un limitado subconjunto. Pasar de modelos de diagnóstico basados en la intuición y en la práctica a otros en los que la inteligencia artificial pasa a jugar un papel determinante no implica únicamente que ese tipo de inteligencia artificial esté disponible y adecuadamente entrenada, sino también porque los profesionales de la medicina pierdan el reparo a utilizarla o a dejarse asistir por ella. Como en tantas otras industrias, y la salud es una que nos interesa a absolutamente todos, las superación de las barreras culturales puede, en muchos casos, superar en importancia a las barreras tecnológicas.

En cirugía, la existencia de dispositivos robóticos para procedimientos quirúrgicos como la laparoscopia cuenta ya con bastantes años de experiencia. Hablamos de sistemas que permiten un acceso privilegiado y menos intrusivo a determinadas partes del cuerpo, que son operados a través de una pantalla por alguien cuyas habilidades pueden, seguramente, recordar más a las de un buen jugador de videojuegos que a las de un cirujano tradicional. Alguien que, además, no tiene ninguna necesidad de estar presente en la sala de operaciones, y puede, de hecho, estar a muchos kilómetros de distancia. El robot ofrece la posibilidad no solo de operar con una precisión muy superior a la de cualquier cirujano humano (no se cansa, no le tiembla el pulso, etc.), sino también, por ejemplo, de aplicar tratamientos como quimioterapia o radioterapia a una escala y con una proximidad antes completamente inimaginable. Si añadimos a esto la revolución que supone la monitorización, las apps, los tests genéticos o los nuevos dispositivos clínicos para analítica o toma de constantes que almacenan sus lecturas en registros electrónicos para su procesamiento, está claro que hablamos de todo un nuevo mundo que cambia la práctica de la medicina tal y como la conocemos, que convierte en esencial la adquisición de nuevas habilidades que ahora mismo no se están enseñando en las universidades, y que precisa de toda una nueva mentalidad en el facultativo… y posiblemente, en toda la sociedad.

Salvo excepciones de facultativos personalmente proactivos o de algunas especialidades en las que algunos movimientos colectivos parecen estar contribuyendo a la generalización del debate tecnológico, el colectivo médico no parece especialmente vinculado con un desarrollo tecnológico superior al de la media de la sociedad. ¿Requiere la adaptación de la medicina a los nuevos desarrollos tecnológicos la necesidad de contar con otro tipo de médicos? ¿Pueden los actuales facultativos encajar en su desarrollo profesional la incorporación de habilidades que no solo requieren aprendizaje, sino también un importante cambio de mentalidad? ¿Cómo encaja la sociedad una redefinición que afecta al coste de la asistencia médica, pero también a su replanteamiento radical, desde sistemas en los que el paciente entra en contacto únicamente cuando sufre o cree sufrir alguna dolencia, hasta otros con un componente mucho más centrado en lo preventivo? ¿Podemos, debemos o queremos como sociedad ralentizar esa transición?

 

¿Pero qué demonios le pasa a Twitter? - Actualidad Económica

Fede Durán, de Actualidad Económica, mantuvo conmigo una conversación telefónica larga e intercambiamos algunos correos electrónicos para la preparación es un artículo sobre los problemas de Twitter, que publicó ayer en la revista con el título “¿Pero qué demonios le pasa a Twitter?” (pdf).

El análisis se centra bastante en la cuestión del liderazgo, algo habitual en una compañía que no solo ha estado marcada por unos inicios vinculados a un grupo de varias personas no siempre bien avenidas a lo largo de los años, sino que, además, han aireado sus diferencias e historias personales en varios libros y publicaciones. Twitter es un poco como los Balcanes: ha escrito ya demasiada historia para lo que sería razonable o recomendable dado su tamaño. Para mí, y desde el limitado conocimiento de las personas que puedes alcanzar cuando o bien las conoces brevemente o simplemente estudias su trayectoria como directivos, la conjunción de creatividad que se alcanzó con la coincidencia de personas como Evan Williams, Jack Dorsey o Biz Stone tiene que ser, necesariamente, muy difícil de gestionar.

No tengo el gusto de conocer a Evan Williams, pero muy posiblemente sea la persona dentro del ámbito de la tecnología que más me apetecería conocer. Para mí, es esa persona prácticamente mítica que está detrás de algunos de los productos que prácticamente cambiaron mi vida: primero Blogger, después Twitter, ahora Medium. Cada uno en su escala, han alterado drásticamente mi relación con el mundo y me han abierto nuevos horizontes comunicativos que nunca pensé que podría tener. Cada vez que Evan recomienda uno de mis artículos en Medium, me arregla el día: es como si el mismísimo Elvis Presley bajase del cielo y me dijese que le gusta como canto :-)

A Biz Stone sí tuve el gusto de conocerlo y entrevistarlo, y me pareció una persona con una creatividad desatada, con la deliciosa locura de quien arriesga porque cree en lo que está haciendo… y seguramente, imposible de gestionar. Sus creaciones desde su salida de Twitter reflejan precisamente eso: muchísimo proyectos y gestionados de manera caótica… pero estoy convencido de que está detrás de algo grande, posiblemente que llegue al punto de poner nervioso a alguno de los gigantes de la tecnología. Pronto volveremos a hablar de él.

Con Jack Dorsey estuve a punto de coincidir, pero al final se torció algo en la agenda y no pudo ser. Lo que escribí de él ante la pregunta de Fede Durán fueron unas sencillas líneas:

Jack Dorsey es un programador visionario e innovador que pudo haber montado y desarrollado ideas como Uber en el año 2000 cuando trabajaba en sistemas de dispatching, y además un gestor emprendedor y eficiente, que ha demostrado su capacidad para construir estructuras complejas llevando a Square desde sus inicios como empresa desafiante en un entorno tan complicado como el financiero, hasta su salida a bolsa como compañía consolidada. Su capacidad como líder parece demostrada cuando se atreve con la tarea de dirigir simultáneamente dos compañías cotizadas como Twitter y Square, aunque la primera parece un entorno políticamente muy complejo. 

Poca broma y pocas frivolidades con este tipo de perfil profesional, por favor.

Desde mi punto de vista, sin embargo, el problema de Twitter no está en el liderazgo. Si una compañía como esta no ha sido capaz de dar el salto que otras si están consiguiendo dar tras pasar por la dirección de personas de probadas capacidades como Ev, Jack o Dick Costolo, me temo que la responsabilidad de esa ausencia de crecimiento y de esa falta de pegada a la hora de convencer a los accionistas hay que buscarla más en otro sitio. Y el problema, para mí, y es algo que ya he comentado en otras ocasiones, está en el modelo de crecimiento. En el entorno de la web social, no existen casos de éxito de compañías que hayan llegado lejos mediante un estrechamiento de su base de usuarios. La dirección siempre es el crecimiento: de pocos usuarios, a menudo incluso debido a sistemas de restricciones impuestos por la compañía. Puede ser por salidas en forma de beta cerrada, por la presencia durante un largo tiempo en un ecosistema restringido (caso de Instagram), por el enfoque a un público restringido (caso de Snapchat) o por otros factores, pero el caso de uso tiene necesariamente que ir de lo particular a lo general, de pasar de dar solución a un conjunto restringido de usuarios, a conseguir convencer a colectivos más amplios para que lo prueben y adopten algo que proviene de otro grupo, sean early adopters, influencers, jóvenes o lo que sea.

En el caso de Twitter, este es precisamente el mecanismo que falla. Desde el primer SXSW, en el que el uso entusiasta y los comentarios de muchos bloggers desencadenaron un fenómeno de adopción primero restringido a early adopters, pero progresivamente masivo, Twitter fue convenciendo a cada vez más usuarios. La llegada de las celebrities y de las empresas impulsó más aún este fenómeno gracias a su asimetría: queríamos estar en Twitter porque era la manera de seguir o de sentirnos más en contacto con entes que tradicionalmente habían mantenido parámetros de comunicación muy selectivos, y que de repente podían retwittear o contestar a prácticamente cualquiera si era lo suficientemente interesante, gracioso o imaginativo.

¿Dónde falló el sistema? Cuando los usuarios de la base de la pirámide dejaron de tener cosas que decir. Fuese por la presión del entorno, por la excesiva visibilidad, por el riesgo de tormentas twitteras o por simple temor a ser irrelevante, el usuario común ha dejado de twittear. Se limita a seguir a unas empresas o celebrities para los que Twitter representa lo mejor desde que el pan viene en rebanadas, y a comportarse como un lurker. Pero lo peor de esa circunstancia no es que ocurra, sino que la dirección de Twitter la vea como algo natural, como un modelo sostenible, y que no trate de buscar mejores formas de explicar a ese público que la idea no es que presten solo sus orejas, sino también su boca. Que hablen además de escuchar. Posiblemente no sea “buenos días”, “estoy desayunando” o “en la T4” como era al principio de los tiempos de Twitter, pero sí algún modelo que invite a la participación habitual. Mientras Twitter no sea capaz de aplicar la dialéctica adecuada como para recuperar a su base de usuarios, convertirlos en activos y plantear un crecimiento sostenible de usuarios que comparten cosas además de escuchar, mi impresión es que, lo dirija quien lo dirija, sus males no van a tener remedio.

¿Puede hacerse? El tiempo, indudablemente, juega en contra. Cambiar el modelo de uso no es sencillo, y requiere golpes de timón. Si no los vemos pronto, la evolución será la que algunos presagian: una caída aún mayor del valor en bolsa, y en algún momento, una adquisición que, simplemente, convierta a Twitter en otra cosa. Y la verdad, desde la perspectiva de un usuario con su cuenta abierta y activa desde el año 2007… sería una verdadera pena.

 

Slippery slopeUn par de noticias recientes y las reacciones que han generado me llevan a considerar un tipo de falacia que me encuentro habitualmente en mis clases y discusiones relacionadas con el desarrollo tecnológico: la de la pendiente resbaladiza. En ella, un suceso es presentado como detonante seguro de una cadena de eventos que sin duda de ningún tipo darán la razón a quien lo propone, aunque no exista ninguna evidencia relevante de esa supuesta cadena de eventos.

El primer caso es el reciente incidente sufrido por un vehículo autónomo de Google: un Lexus autónomo que, para evitar unos sacos de arena situados en torno a una alcantarilla, decide invadir el carril contrario circulando a unos tres kilómetros por hora, para encontrarse con que un autobús, circulando a unos 25 km/h en sentido contrario, decide no cederle el paso. Nada preocupante: la inteligencia autónoma del vehículo asumió que, dado lo excepcional de la situación, el autobús le dejaría pasar, y el conductor del autobús decidió que no era el momento de ser cortés. La situación se salda con unos leves desperfectos, una asunción de responsabilidad, y una corrección introducida en el algoritmo de conducción automática para prevenir que los conductores de vehículos grandes pueden tener menos tendencia a ceder el paso por cortesía en situaciones excepcionales.

Con respecto a la alternativa de que el accidente lo hubiese producido un conductor humano, situación que vemos centenares de veces todos los días con total normalidad, la gran diferencia es que el error del algoritmo genera automáticamente un aprendizaje que lo realimenta para evitar futuros accidentes similares. El incidente no refleja nada: decididamente, no que la conducción autónoma sea más insegura que la humana (los números cantan), no que los humanos sean más hábiles en determinadas situaciones, y mucho menos que el futuro de la conducción autónoma se complique. Absolutamente nada de eso. Que ningún vehículo de conducción autónoma tuviese jamás un accidente no es algo que entre dentro de la lógica, y ante la eventualidad de uno, se aplica la inteligencia adecuada para tratar de evitar otro similar. Eso es todo. Cualquiera que pretenda implicar que “ya decía yo que eso de que el coche condujese solo no podía ser buena cosa” o “si hubiese ido conduciendo yo, el incidente no habría ocurrido” está siendo simplemente falaz, utilizando un argumento lógicamente erróneo y sin sentido, por “intuitivo” que le pueda parecer. Que las tareas de conducción terminarán siendo llevadas a cabo por robots de manera completamente mayoritaria es algo que ya resulta absurdo dudar, por muhco que haya habido un incidente.

Segundo caso: Daimler comenta que en la fabricación de su Mercedes Clase S, caracterizado por un elevadísimo número de extras que convierten cada vehículo en una combinación de muchísimas posibilidades, están sustituyendo algunos robots de la cadena de montaje de su factoría de Sindenfingen por trabajadores humanos, porque la tarea de reprogramar los robots para cada vehículo se prueba menos eficiente que la de poner a un humano a hacerlo. Automáticamente, muchos ven en esta noticia algún tipo de aceite con el que engrasar una lógica defectuosa, y pasan a afirmar que los robots nunca sustituirán al hombre, que las empresas se dan cuenta de que es mejor el trabajo humano, y que poco menos que la tendencia era errónea y ya se ha revertido. Por supuesto, nada de esto es real. La decisión de Daimler es puramente temporal, hasta que los algoritmos de programación de los robots se simplifiquen hasta el punto de convertir su reprogramación en una tarea trivial y sencilla, o incluso hasta el punto de que se reprogramen a sí mismos al ver la lista de extras del modelo que van a montar. Bajo ningún concepto esto quiere decir que el futuro sean trabajadores humanos en cadenas de montaje: si alguien lo cree, que vaya olvidándose, y mucho menos, que Daimler haya dejado de invertir en robotización: si lo hiciera, quedaría rápidamente obsoleta y sus costes no serían competitivos. En su lugar, Daimler está investigando activamente en como compatibilizar hombres con robots en un mismo entorno de trabajo, convirtiendo a los robots en inteligencias sensibles capaces de evitar accidentes. Quien quiera ver en la coyuntural decisión de Daimler una tendencia, una progresión que nos lleva a desechar a los robots, lo va a tener complicado para justificar su argumentación. Que los humanos quedarán mayoritariamente apartados de las cadenas de montaje es algo que sigue una argumentación lógica infinitamente más consistente.

Razonamientos tan absurdos como estos los vemos todos los días en todas las compañías. La mente humana siente la dificultad de tratar con argumentos complejos, y opta por el camino fácil: el del tópico o la generalización gratuita. Una frase rápida, discusión cerrada, y preocupación eliminada. El problema, claro está, es que no es así: la frase rápida no es más que un placebo mental, y ni la discusión se cierra, ni la preocupación debería eliminarse, porque cuando abra los ojos, como aquel dinosaurio del microrrelato, aún seguirá ahí. Y si la decisión de recurrir a placebos mentales resulta ya de por sí absurda en personas maduras, la de hacerlo en entornos corporativos es directamente irresponsable.

 

Ramón OliverUna carrera por casualidad - El Pais (pdf), de El País, me envió algunas preguntas por correo electrónico para hablar acerca del papel de las casualidades y la serendipia en las carreras empresariales, y ayer lo publicó bajo el título “Una carrera por casualidad” (pdf).

La historia la he contado ya en numerosas ocasiones, incluso en la introducción de mi libro “Todo va a cambiar”: en efecto, de no haber mediado una serie de casualidades entre las que se cuentan un premio de lotería, uno de los primeros virus informáticos o un profesor sumamente convincente, mi idea era intentar dedicarme a una actividad completamente distinta de la que llevo veintiséis años ejerciendo. Ser profesor, dedicarme a la tecnología o vivir en Madrid nunca fueron cosas que estuviesen originalmente en mis planes: de hecho, al terminar mi carrera, me negué a seguir el camino que seguían la mayoría de mis compañeros, el de obtener el Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP) que habilita para trabajar como profesor en la enseñanza secundaria, porque “ser profesor me parecía muy aburrido” :-)

Si aspiras a tenerlo todo controlado en tu carrera profesional… piénsalo de nuevo. No es posible, no es siquiera recomendable, y puede terminar siendo profundamente frustrante.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que crucé con Ramón:

 

P. ¿Qué papel puede jugar lo inesperado en una carrera profesional?

R. En mi carrera profesional han jugado un papel importantísimo un premio de lotería de Navidad, una casi misteriosa decisión de mi padre de regalarme un ordenador en una época en la que nadie tenía uno, o un profesor que se empeñó en convencerme para que me quedase en su área dando clase. Nada de lo que hoy hago estaba originalmente planificado así: si me hubieses preguntado cuando estaba en mi último año de carrera, te habría dicho que esperaba hacer un MBA, levantar capital y conseguir un préstamo para emprender en cultivos marinos, y vivir tranquilamente en la costa gallega engordando rodaballos. En lugar de eso, y derivado de todas esas casualidades inesperadas y totalmente impredecibles, resulta que soy profesor de Innovación y Tecnología en una de las mejores escuela de negocios del mundo, y escribo todas las mañanas un análisis sobre los efectos de la tecnología que leen unos cuantos miles de personas en español y en inglés. ¿Qué papel juega lo inesperado en una carrera profesional? Simplemente, TODO, y como puedes ver, lo sé por experiencia.

P. ¿En una carrera es mejor planificarlo todo o dejar espacio para que sucedan cosas?

R. Puedes planificar lo que quieras, pero las cosas nunca van a salir como las planificaste. Tratar de mantener todas las variables bajo control resulta completa y probabilísticamente imposible, y ceñirse a determinadas decisiones de manera obsesiva supone perder muchos grados de libertad. Siempre surgen oportunidades, se conocen personas o se desarrollan aspectos inesperados que nos ofrecen resultados impredecibles, pretender  que no es así o que lo tenemos todo bajo control es absurdo. 

P. ¿El big data terminará con el factor suerte en el mundo de los recursos humanos?

R. El big data está haciendo que, en muchas ocasiones, tengamos acceso a análisis que nos revelan cosas que ni nosotros podíamos imaginar sobre nosotros mismos. Cuando hablamos de una carrera profesional, tenemos que tener en cuenta resultados de pruebas, exámenes, entrevistas y combinaciones de factores que redundan en determinadas decisiones que nos afectan. El big data puede hacer que algunos de esos análisis tengan en cuenta otras variables que, sin esas herramientas analíticas, nos resultarían imposibles de introducir, pero los resultados siguen teniendo un importante potencial para sorprendernos. Pensemos que una inteligencia artificial, a poco que se sofistique, se convierte en una caja negra que ofrece outputs a partir de una serie de inputs, de maneras que en muchos casos un ser humano es incapaz de comprender, generando algoritmos que la máquina desarrolla por iteración pero que a una persona se le escaparían. Si eso no tiene capacidad de sorprendernos, pocas cosas lo harán. 

P. ¿Se equivocan los que creen que todo lo que les pasa en la vida y en trabajo es consecuencia directa de sus acciones?

R. Las acciones de una persona condicionan su futuro fundamentalmente a la hora de ofrecerle más o menos grados de libertad, pero siempre hay muchísimos factores en la ecuación que simplemente no son predecibles. Tratar de ser determinista o creer en el destino es absurdo, y sobre todo, puede llegar a resultar profundamente frustrante.