IMAGE: Pterwort - 123RFSegún la frase, habitualmente atribuida a Benjamin Franklin pero utilizada anteriormente por Daniel Defoe, la muerte y los impuestos son las dos únicas cosas completamente ciertas en la vida. Pero la gran realidad es que el mundo actual ya no es como cuando Daniel Defoe en 1726 o Benjamin Franklin en 1789 acuñaron la famosa frase: hoy, eso de los impuestos puede ser una certeza absoluta para muchos, pero decididamente no para todos. En esto de los impuestos, es cada vez más claro que no todos somos iguales, sino que unos son más iguales que otros.

Steve Wozniak, cofundador de Apple, en una entrevista a la BBC, afirma sin ningún tipo de rodeos que “Apple debería pagar más impuestos“, y que no le gusta la idea de que la compañía no pague impuestos con las mismas tasas que lo hace él personalmente. En medio de los escándalos de evasión de impuestos traídos a la actualidad por los papeles de Panamá, la compañía de la manzana se encuentra en una situación complicada, no derivada de aparecer en ellos, sino de prácticas llevadas a cabo con sus ingresos obtenidos en mercados extranjeros, reveladas hace ya algunos años por investigadores y medios de comunicación. El CEO de la compañía, Tim Cook, se defiende airadamente afirmando que la responsabilidad de que la compañía no repatríe esos beneficios y pague los impuestos correspondientes recae en realidad en el uso de baremos impositivos anticuados procedentes de la era industrial, inadecuados en la era digital, y que los políticos no aciertan a cambiar.

Pero más allá de Apple, lo cierto es que el pago de impuestos se está convirtiendo en una cuestión cada vez más relevante, y que suele asociarse. erróneamente, a compañías tecnológicas. En realidad, mecanismos como los precios de transferencia entre subsidiarias de diferentes países, el uso de paraísos fiscales, los sandwiches holandeses o los dobles irlandeses están a alcance de cualquier compañía con actividad multinacional y son muchas, en una amplia variedad de industrias las que recurren a ellos, pero son las compañías tecnológicas, últimamente las más grandes y las de más rápido crecimiento, las que parecen atraer críticas más visibles.

Mi aproximación a este tipo de cuestiones ha sido siempre pragmática: lo que es legal, es legal, y no puede demonizarse a las compañías por hacer aquello que el mercado les incentiva. Si la función de una compañía es maximizar el retorno de valor a sus accionistas dentro de los límites establecidos por la ley, no podemos escandalizarnos por el hecho de que optimicen su pago de impuestos recurriendo a prácticas que se sitúen dentro de la legalidad. Eso, lógicamente, no quiere decir que me gusten esas prácticas o que las defienda: el problema no es que las empresas recurran a esas prácticas, sino que esas prácticas existan.

Hablamos de prácticas que se definen como dentro de la libertad de los países para elegir sus estrategias de atracción de inversión: es indudable que Irlanda, a base de pelearse con el resto de la Unión Europea por la no armonización de su impuesto de sociedades, ha conseguido no solo superar en gran medida su crisis económica, sino además, construir un próspero tejido social, educativo y emprendedor en torno a la tecnología. Pero llega un momento en que otros países, hartos de ver cómo determinadas compañías utilizan esos mecanismos para evadir unos impuestos que por lógica deberían mantener algún tipo de correspondencia con el consumo de recursos y el uso de infraestructuras productivas en los países en los que se desarrolla la actividad, deciden atacar el problema de raíz: Francia envía a Amazon una factura de $252 millones por impuestos no pagados, el Reino Unido acuerda corregir el desfase impositivo con Google por un total de $185 millones, o Rusia afirmando que Google, Apple y Microsoft han alcanzado el punto de no retorno y tienen forzosamente que pagar más impuestos en el país. Todo indica que algunos países empiezan a estar dispuestos ya no solo a marcar excepciones en función de casos especialmente sangrantes o llamativos, sino a “corregir” por su cuenta y riesgo los desfases que permite la legislación impositiva internacional.

¿De qué hablamos? ¿Hemos alcanzado ya un momento en el que el pago de impuestos se vincule ya incluso con cuestiones como la responsabilidad social corporativa? ¿Están los usuarios de algunos países llegando ya a un punto en el que se planteen dejar de comprar a determinadas compañías si no adoptan una actitud de responsabilidad fiscal? Mientras Tim Cook insiste en que Apple paga religiosamente cada dólar de impuestos que tiene que pagar, o afirma de forma grandilocuente que “Apple paga más impuestos en los Estados Unidos que ninguna otra compañía” (como de hecho debería ser, dado que es, sencillamente, la compañía que genera mayores beneficios en los Estados Unidos), la gran verdad es que no conozco a prácticamente ningún usuario que deje de consumir o que planifique su consumo en función de cómo pagan sus impuestos las compañías que le proveen de los productos o servicios que adquiere. ¿Resulta seriamente planteable que esto vaya a cambiar, y que nos volvamos súbitamente consumidores conscientes que introducen la justicia impositiva como uno de sus criterios decisores de compra? Francamente, no creo que fuese un mal escenario… pero me parece bastante improbable, al menos a corto plazo.

¿Comenzaremos a ver, a medida que esas “correcciones” impositivas locales revierten la situación a cuando la muerte y los impuestos eran las dos únicas grandes verdades de la vida,  cómo las compañías empiezan a desglosar de manera transparente en sus memorias corporativas los impuestos que pagan en el país, como forma de recalcar su responsabilidad social corporativa? ¿Las veremos hacer gala de cómo no utilizan mecanismos fiscales evasivos? No parece un escenario cercano, y no tengo nada claro que apelar a la supuesta “moralidad” del pago de impuestos sea el camino. Yo pago mis impuestos de manera religiosa, pero puedo garantizar y garantizo que no lo hago por ninguna razón que tenga mínimamente que ver con la moralidad. ¿Veremos cómo las compañías empiezan únicamente a tratar de ahorrarse impuestos cuando juzguen que pueden dedicar inversiones a cuestiones que consideren prioritarias y que tomen la forma de gastos desgravables, como el apoyo a determinadas causas sociales? ¿Y si los impuestos que una compañía tecnológica dejase de pagar en un país se correspondiesen no tanto con la ingeniería fiscal que practica, sino con las inversiones desgravables que lleva a cabo, por ejemplo, para apoyar iniciativas de educación o inclusión tecnológica? Si podemos volver a acercarnos a una situación en la que todas las compañías puedas decir sin sonrojarse que “pagamos en cada país los impuestos justos”, no sería decididamente un mal final…

 

AndroidEl pliego de cargos enviado por la Comisión Europea a Google sobre presuntas actuaciones contra la competencia en la gestión de su sistema operativo Android me llevó a plantearme por enésima vez el aparente síndrome del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde que aqueja a una de las compañías más valiosas del mundo, por un lado capaz de generar auténticas plataformas que permiten el desarrollo de florecientes ecosistemas innovadores, pero que posteriormente parece tener problemas “muy mundanos” a la hora de plantearse su explotación económica. Dediqué al tema tanto mi columna en El Español, titulada “¿Es Android un monopolio?”, como mi espacio en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas (a partir del minuto 1:40:42).

La estrategia de Google con Android es por todos conocida, y no difiere especialmente de otras anteriores jugadas en su momento por gigantes tecnológicos como IBM: crear una plataforma abierta que cualquier fabricante puede adoptar, de forma completamente libre y gratuita, para construir sobre ella su oferta de terminales y, teniendo la competencia como estímulo, dar lugar a una mejora continua en el sistema. Así perdió Apple su liderazgo en el ordenador personal en la década de los ’80, y así volvió a perder su ventaja inicial en ese segmento smartphone que redefinió en 2007 con el lanzamiento del iPhone.

Que Android ha significado una enorme aportación para la implantación masiva y generalizada del smartphone, para el desarrollo de un vasto ecosistema de aplicaciones y para la innovación en general es algo que pocos dudan, y la primera respuesta de Google al pliego de cargos de la Comisión Europea incide, precisamente, en esos aspectos:

Android ha ayudado a fomentar un notable y sostenible ecosistema basado en un software de código abierto y promoviendo la innovación. Esperamos continuar trabajando con la Comisión Europea para demostrar que Android es bueno para la competencia y para los usuarios.”

Ahora bien, como siempre, entre una buena idea y su ejecución puede mediar, en ocasiones, un trecho importante. En efecto, todo indica que el desarrollo de Android responde a ese interés genuino de la compañía por favorecer la innovación, por expandir el ecosistema y hacerlo asequible a más usuarios, y por promover la competencia, precisamente los elementos con los que la Comisión Europea acusa en su carta a Google en sentido contrario. Por tanto, la discusión no parece estar en las ideas y en los planteamientos, que indudablemente son buenos, sino en su ejecución.

Ante las acusaciones, Google se defiende diciendo que Android es una plataforma abierta, y que existen numerosos casos en los que otros fabricantes han podido tomar el núcleo del sistema operativo y dar origen con él a forks, a nuevas versiones como el Fire OS de Amazon o CyanogenMod que pueden funcionar completamente al margen de Google, y sin ninguna aparente oposición por su parte. Es libre, alguien lo toma, lo modifica, y lo usa en su beneficio. Hasta aquí, todo correcto.

Que además sean muchos los usuarios que, en caso de presentarles un hipotético terminal con Android pero sin ninguna aplicación de Google de las que suelen aparecer preinstaladas (Gmail, Google Maps, etc.), irían rápidamente a descargarlas tras insultar airadamente al fabricante por no haberlas incluido de serie es, claramente, un hecho. Las apps de Google son, en general, muy buenas, y son muchos los usuarios que las utilizan. Y en efecto, la legislación antimonopolio no puede castigar a una compañía por ser exitosa, por crear buenos productos que los usuarios tienden a preferir sobre otros. De nuevo, hasta este punto, todo parece adecuado, y no parece mediar infracción alguna.

¿Dónde empiezan, por tanto, los problemas? Presuntamente, si hacemos caso a la Comisión Europea, o antes a Rusia, que pasó por una demanda similar anteriormente (y seguramente ha servido como inspiración, o incluso como modelo), las acciones que Google ha puesto en práctica y que demandan una acción sancionadora son los siguientes:

  • Obligar a los fabricantes a que preinstalen la app de búsqueda de Google, el navegador Chrome, y a que definan Google como buscador por defecto.
  • Impedir a los fabricantes que comercialicen terminales basados en otros sistemas basados en Chrome (el hecho de que OnePlus, fabricante chino, decidiese pasar de utilizar CyanogenMod en su OnePlus One a utilizar Android con una simple capa adicional, OxygenOS, en sus siguientes modelos, OnePlus 2 y OnePlus X sería, presumiblemente, fruto de este tipo de presiones).
  • Ofrecer incentivos financieros a fabricantes de terminales y a operadores si predefinían Google como motor de búsqueda por defecto en sus terminales.
  • Condicionar el acceso a determinadas apps, particularmente la tienda de aplicaciones Play Store, a la utilización del sistema operativo Android en las versiones aprobadas por Google. En el caso de Fire OS, por ejemplo, utilizado por Amazon en sus Kindle, la Play Store no está presente, lo que ha llevado a Amazon a desarrollar su propia tienda de apps (aunque esa decisión podría haber sido tomada por la propia compañía).

La cuestión es más delicada de lo que parece. Por un lado, hablamos de un sistema operativo gratuito, lo que elimina muchas de las posibles comparaciones con el caso United States vs. Microsoft Corp. de 2001. Un sistema operativo que se financia mediante cuestiones como el estudio del uso que sus clientes hacen de él o las apps que puedan ser adquiridas en su Play Store, lo que podría llevar a que la compañía argumentase el bundling, el condicionamiento de sus partes en un lote integral e inseparable, en función de la especificidad de su modelo de negocio. Esto, sin embargo, chocaría con las cláusulas de la licencia Apache elegida por Google para Android, que permite su modificación. Esta licencia, considerada intrínsecamente business-friendly, es una parte inseparable del éxito de Android, porque es la que permite a los fabricantes plantear argumentos diferenciales frente a otros que utilizan el mismo sistema operativo. Un argumento del tipo “no puedes quedarte solo con la parte que te interesa y dejar en el plato la que nos financia a nosotros” quedaría, en principio, invalidada por los términos de la licencia elegida. Y como es bien sabido, las licencias se eligen para lo bueno y para lo malo…

Por otro, hablamos de aplicaciones – Gmail, Google Maps o la propia Play Store – que los usuarios claramente quieren tener en sus terminales. La idea de lanzar un terminal sin esas aplicaciones resulta difícil, porque iría en contra de los deseos de una parte muy significativa del mercado. Por tanto, aunque la presencia de estas apps podría explicarse de manera natural, su posición monopolística permitiría hipotéticamente a Google obtener un beneficio de supeditar la posibilidad de su instalación al hecho de que los fabricantes aceptasen sus condiciones restrictivas.

Hablamos, por tanto, de un equilibrio complejo. Si bien no sería lógico sancionar a Google por haber alcanzado una posición dominante gracias al hecho de crear buenos productos que los usuarios tienden a preferir por encima de otros, sí podríamos plantear sanciones en función del clausulado de los contratos firmados con fabricantes y operadoras en los que se especifican medidas restrictivas. Cláusulas que, además, suponen una torpeza sin límites, porque además de estar clarísimo que iban a ser fuente de problemas, es muy posible que, debido a la supremacía de los productos de Google, no fuesen estrictamente necesarias ni generasen a Google ningún problema real en caso de no ser especificadas.

La decisión, por tanto, parece clara: reclamar a fabricantes y operadoras los contratos firmados, determinar si esas cláusulas restrictivas están presentes, y sancionar en función de ello. En Rusia, de hecho, la decisión ha sido invalidar esos contratos y obligar a su reformulación sin cláusulas restrictivas. Lo que Google ha hecho mal no es crear productos mejores que los de su competencia, sino tratar de supeditarlos a un clausulado presuntamente restrictivo. De nuevo, un Google actúa como el Dr. Jekyll, y crea productos muy buenos que los usuarios prefieren, y otro Google actúa como Mr. Hyde, tratando de obligar al mercado a firmar cláusulas que pueden ser calificadas como abusivas.

Una vez más, la doble personalidad de Google en estado puro. En algún momento, es posible que esta gran empresa capaz de cosas tan buenas termine de madurar…

 

Alarm bell

Desde hace muchos años, una de mis actividades habituales es el estudio y evaluación de proyectos emprendedores en el ámbito tecnológico. Empezó con mis alumnos y ex-alumnos: si eres el que discute con ellos en clase el impacto de la innovación tecnológica, la generación de oportunidades que plantea o sus mecanismos de difusión y adopción, parecía razonablemente normal que pensasen en ti y te consultasen a la hora de pensar en sus propios proyectos relacionados con la tecnología. Después, a medida que la visibilidad de algunas de mis actividades relacionadas con los medios fue creciendo, se extendió a otras personas: lees un artículo o ves una entrevista en el que se habla de temas relacionados, te encuentras con que su autor es fácil de contactar, le escribes para preguntarle si le puedes contar tu proyecto.

Dado que hoy, casi todo proyecto tiene una parte tecnológica razonablemente importante, la verdad es que no me falta actividad, y considero, por otro lado, que es una buena manera de mantenerme al día. No siempre digo que sí. claro: el día tiene las horas que tiene, y uno no abarca todo lo que le gustaría, pero sí es una de las temáticas habituales de muchas de mis reuniones.

Son, por tanto, muchos proyectos y muchos emprendedores a lo largo de ya bastantes años. Proyectos en diferentes fases, desde simples “ideas felices” hasta equipos bien organizados y con proyecciones en negro sobre blanco. Conversaciones casuales, o interminables presentaciones con cien diapositivas. Personas que me mandan algo para que lo lea y lo discutamos posteriormente, frente a otros que prefieren sorprenderme y ver mi reacción espontánea. He tenido hasta “performances”. He visto mucho, y espero que me quede mucho por ver.

Y a lo largo del tiempo, he ido encontrándome con algunos elementos en los proyectos que me presentan que, de manera invariable, hacen saltar mis alarmas, y que creo que puede ser interesante enumerar y comentar:

 

  • El NDA: por alguna razón, personas que pretenden beneficiarse de una valoración razonablemente seria de su proyecto por parte de un profesional cuyo tiempo vale dinero, pretenden que ese profesional firme antes un documento en el que se compromete a no revelar absolutamente nada de lo que le cuenten. Pocas cosas me irritan más. A ver: si crees que tengo tan poca integridad profesional como para que, nada más contarme tu idea, salga corriendo a contársela a otro o a montar algo similar… ¿qué diablos haces hablando conmigo? Y si en efecto tuviese tan poca integridad profesional, ¿crees seriamente que el haber firmado ese papelito me detendría? Documento absurdo, habitualmente tan genérico que pretende impedir que hables de “nada que se parezca a lo que te han contado” (que no tiene por qué ser, y de hecho no suele ser, especialmente “original”), que en la mayoría de los casos está ahí para simplemente “parecer serios” o creerse ellos mismos más de lo que son, cuando no por algún trasnochado requerimiento de alguno de los socios o inversores. Lo siento, si no confías en mí como para contarme tu proyecto, no me lo cuentes. Paso. Ver tu proyecto no es un privilegio a cambio del cual esté dispuesto a firmar nada: el favor te lo hago yo a ti dedicándote mi tiempo, no tú a mí enseñándome tu proyecto. Que vengas con un NDA por delante implica que careces de sensibilidad para entender lo que estás pidiendo, que no confías en el sentido común o en la honestidad de tu interlocutor, y que no has entendido lo que es importante hoy en un proyecto. Si pretendes que te dé mi opinión, no me traigas un NDA, porque no lo voy a firmar, y seguramente me hará pensar que eres muy malo.
  • Que no resistas una búsqueda: veo tu proyecto, empiezo a intentar documentarme sobre el tema, y no apareces por ningún sitio. Nada. Ni una sola mención a tu proyecto, ni a ti, ni a nada que tenga que ver con ello. Si además, al buscar tu nombre, solo aparece alguna multa de tráfico impagada en el BOE, olvídate. No has hecho tus deberes. Hacer los deberes hoy como emprendedor implica buscar información hasta debajo de las alfombras, recopilarla, publicarla, compartir tu proyecto y tus intenciones, hacerte conocido por ser el que está detrás de esa idea, adquirir reputación vinculada a esa industria o campo… cuando te plantees salir al mercado, una buena cantidad de personas tienen que haber estado siguiendo el desarrollo de tu idea, leyendo tu “querido diario” como emprendedor, entendiendo perfectamente por qué estás haciendo lo que haces, quién eres, qué experiencia o preparación te avala, y por qué te vas a salir cuando lances tu producto o servicio. Si no estás dispuesto a invertir en eso, o si crees que si lo haces “te van a copiar la idea”, es o bien que tu idea y tu ejecución no valen nada (y por eso crees que la puede copiar cualquiera), o que no has entendido nada de como funciona todo esto.
  • No tenemos competencia: odio esa frase. Todo proyecto tiene competencia. Los competidores siempre existen, y si no existen, es porque la idea no valía la pena. Siempre hay alguien que tiene mejores cualificaciones, mejor infraestructura, mejor preparación, más experiencia, más marca o más recursos como para plantearse hacer lo que tú pretendes hacer. Si no has estudiado suficientemente la competencia actual o potencial y crees de verdad que tu proyecto es único y sin competencia, es que por un lado no has hecho los deberes, y por otro eres tan ingenuo como un niño pequeño. Y en un emprendedor no me gustan ninguna de esas dos cosas. Si tu proyecto es bueno y permite generar unos recursos, habrá otras personas, equipos o compañías que, si no lo estaban haciendo ya, se plantearán inmediatamente hacerlo en cuanto vean tu caso. Si no te has parado siquiera a pensar cómo vas a reaccionar ante esa competencia, es que falta seriedad en tus planteamientos.
  • No hemos hecho números: ¿qué quiere decir exactamente “no hemos hecho números”? ¿Estás de verdad planteándote dejarlo todo para dedicarte a un proyecto, y no has introducido todos los números en una hoja de cálculo y los has combinado entre sí de todas las maneras posibles como para tener en la cabeza todos los posibles escenarios económicos de viabilidad que puedan surgir en tu proyecto? No, no hablo de balances previsionales a cinco años, que yo también los sé hacer y es muy sencillo copiar y estirar con algunos porcentajes de incremento anual… hablo de análisis de sensibilidad, de supuestos en función de la variación de algunos de los costes clave, del impacto de una adopción más rápida o más lenta, de lo que supondría un retraso en los plazos de desarrollo, de un mínimo cálculo de burn rate, de cuánto necesitáis para simplemente pagar los sueldos y mantener la puerta abierta… algo! Si no has dedicado el tiempo necesario a ese análisis, ¿qué hago dedicándotelo yo?
  • Se vende solo: lo siento, pero se me ocurren poquísimas cosas que se vendan solas, y he visto fracasar demasiados proyectos porque nadie se planteaba la comercialización de una manera mínimamente seria. Puedes tener un buen proyecto, pero si no te planteas cómo vas a poner en marcha su comercialización, qué recursos va a precisar y cómo van a estar estructurados operativamente los acuerdos que firmes, no me vale. Si no eres capaz de imaginarte y visualizar cómo va a ser tu día a día en la función comercial y tus acuerdos con tus primeros clientes, o cómo vas a estructurar el modelo de ingresos con el primero que utilice tu producto o servicio, te falta madurez. Si eres un genio pero careces completamente de sensibilidad comercial, y no te planteas tener en el equipo a alguien que la tenga, tienes un problema, o lo vas a tener.
  • La tecnología se compra fuera: si tu empresa tiene una ventaja competitiva basada en la tecnología (y si no es así, seguramente ni te plantearás hablar conmigo), el desarrollo tecnológico tiene que ser tuyo. Que tengas un socio no me vale, y es algo sobre lo que he discutido un montón con gente muy bien informada. Y tras todas esas discusiones, sigo creyendo que ningún socio tecnológico te dará la flexibilidad que necesitas, te permitirá pivotar cuando haga falta, te ofrecerá hacer todas las modificaciones que la experiencia del lanzamiento te demuestre que son necesarias, o posibilitará que mejores con la progresión que sin duda vas a precisar para crecer. Si la tecnología no es tuya, si sois simplemente “gente de negocio” pero carecéis de talento desarrollador – y peor aún, si creéis que va a ser fácil conseguirlo o que va a trabajar por dos duros o por cuatro papelitos – lo siento, pero no me va a interesar. Las ideas con base tecnológica tienen que poner en valor la tecnología y otorgarle la importancia que realmente tiene.
  • Los “tres amigos con un 33% cada uno”: las estructuras accionariales son un tema complejo, que hay que planificar con muchísimo cuidado, y que tienen que ser fruto de una reflexión muy profunda, que provenga de conversaciones en las que no se deje nada en el tintero. Las ideas de “tres amiguetes que se reparten la propiedad a partes iguales” son una clara muestra de tema poco discutido o discutido de manera poco seria, y de problemas que sin duda aparecerán más adelante y en mal momento. Cuestiones como el origen de la idea, lo que aporta cada uno, la visión que tienen de la propiedad y los planes o ambiciones que tienen, lo que están dispuestos a sacrificar, etc. son muy importantes, y yo no soy un consultorio psicológico. Tiene que estar muy hablado, muy discutido… muy claro. Si no, se terminará convirtiendo en un problema… que no tengo especial interés en ver.
  • Gestión de influencia: será fruto de tener algo de visibilidad, pero es otra de mis señales de alarma. Si detecto que vienes a verme interesado no tanto en mi visión del tema o en mi opinión sincera, sino pretendiendo “salir en la foto”, que te dedique una entrada, un tweet o que hable de ti de alguna manera, lo interpreto muy mal. Llámalo como quieras, rareza o lo que sea, pero no me parece adecuado venir únicamente a buscar visibilidad y que el presentarme tu proyecto sea simplemente un pretexto para ello. Me siento utilizado, y no me gusta.

 

Seguramente haya más, y aunque empecé numerándolas, he terminado quitando los números y dejándolas simplemente en menciones, porque realmente no sabría priorizarlas adecuadamente. En la lista hay cosas que directamente me enfrían y me hacen perder todo interés, cosas que me fastidian, y cosas que considero mala señal. Pero con el tiempo, se han convertido en eso, en señales de alarma. Si a alguien le resultan de utilidad para pensar en la forma en que presenta su proyecto o habla de él con terceros, me alegro un montón. Creo sinceramente que son cuestiones que reflejan más que simples gestos. Y por supuesto, podríamos pensar que un proyecto que no incurra en ninguno de estos puntos es sin duda un proyecto ganador, ha alcanzado el nirvana y no necesita asesoría de ningún tipo… pero me temo que no es así. En proyectos emprendedores, este tipo de cosas son solo lo que está en la línea de salida!

¿Falta alguna? ¿Sobra alguna? ¿Opiniones?

 

Apple PayApple lanzó ayer Apple Pay en Singapur, su sexto mercado hasta la fecha, y prepara su próximo lanzamiento, si todo discurre según los anuncios hechos hasta la fecha, en Hong Kong y en España a lo largo de este año 2016.

El despliegue en el mercado norteamericano de Apple Pay tuvo lugar el 20 de octubre de 2014, algo más de un mes después de su presentación. Se llevó a cabo, tal y como se había anunciado, con la participación de los tres principales emisores de tarjetas de crédito, American Express, Mastercard y Visa, unas 220,000 tiendas y numerosos bancos participantes. Tras dos años y a falta de datos oficiales de Apple, que afirma mantener un crecimiento sostenido y de dos dígitos, algunas encuestas hablan de índices de popularidad relativamente discretos en su uso y otras hablan directamente de un fracaso, aunque otras fuentes afirman que un perfil de adopción de ese tipo en un producto como un medio de pago no debería representar ninguna preocupación para la compañía. Alrededor de un 18% de los norteamericanos utilizan sus dispositivos móviles para hacer al menos una transacción semanal, y sobre ese número, un 68% utilizan Apple Pay.

Tras el lanzamiento en el mercado norteamericano, donde el iPhone contaba a finales del pasado año con una penetración de mercado de un 39.1%, la compañía puso en marcha el servicio en el Reino Unido, donde el iPhone contaba con una penetración del 38.6% del mercado smartphone. El lanzamiento en un mercado nuevo de un servicio de este tipo plantea numerosas especificidades: para el Reino Unido, se asume que Apple ha tenido que aceptar comisiones menores de los bancos debido al limite a las tarifas de intercambio, del 0.3% para tarjetas de crédito y o.2% para las de débito, que impone el Espacio Económico Europeo. Además, las transacciones están limitadas a treinta libras (eran veinte en el momento del lanzamiento, se elevó a treinta tres meses después) salvo en los terminales más modernos que acepten el estándar Consumer Device Cardholder Verification Method (CDCVM), y algunos bancos importantes, como Barclays, tardaron en decir que sí, citando tensiones en la negociación de las comisiones. Actualmente, los usuarios británicos pueden utilizar la mayoría de sus tarjetas American Express, Mastercard y Visa de la práctica totalidad de los bancos más importantes, con una popularidad razonable derivada sobre todo de la mayor penetración de terminales contactless en las tiendas con respecto a los Estados Unidos y de la adopción de usos muy comunes como el pago en el transporte público. 

Los siguientes países en la secuencia fueron Canadá y Australia, los días 17 y 19 de noviembre de 2015. Sistemas bancarios similares a los estadounidenses, afinidad cultural… y penetraciones de iPhone del 38.3% y del 39.6% los convertían en sospechosos habituales. Aquí, sin embargo, la estrategia de la marca fue lanzar únicamente con American Express, estrategia que se mantiene aún ahora, varios meses después. En China, siguiente país en la lista, fue diferente: para un país obviamente interesantísimo y crucial en la estrategia de Apple, pero con una penetración de iPhone menor, del 22.2%, la compañía lanzó el pasado d18 de febrero mediante un acuerdo con el único socio con quien podía hacerlo, Union Pay, la organización que agrupa a todos los bancos y emisores de tarjetas del país, una asociación que le ha permitido estar presente de golpe en la práctica totalidad de la industria, y potencialmente en manos de cualquier ciudadano chino con un iPhone. Necesario, lógicamente, para un país que, en términos de innovación bancaria, ha llevado a cabo un notable avance que ha llevado a que Apple Pay se encuentre con competidores muy fuertes y con gran éxito en su implantación que provienen de Tencent (TenPay) y de Alibaba (Alipay).

Por último, Apple lanzó ayer Apple Pay en Singapur. Un mercado interesante, con una elevada renta per cápita, con un 38% del mercado de smartphones en manos del iPhone, y en el que de nuevo repite la estrategia de lanzar con American Express, aunque en este caso se advierte en la página que el soporte para tarjetas de crédito y débito de Visa y de bancos como DBS, UOB y Standard Chartered llegará en los próximos meses. 

Hong Kong y España son, según la compañía, los próximos lanzamientos, y en ambos casos está previsto que sean únicamente para tarjetas American Express. Pero en este caso hablamos de mercados diferentes: mientras en Hong Kong la penetración de iPhone alcanza un 28.6%, en España se reduce a un 9.1%, lo que convierte al mercado en todo un reto. Muchos dirán que ese 9.1% no es “cualquier” 9.1% y que muy posiblemente tenga una variable sociodemográfica muy potente detrás, pero no deja de ser eso, una participación minoritaria en un mercado extensamente dominado por dispositivos Android. Además, para hacer la cosa más interesante, la penetración de terminales de pago preparados para pagos móviles es de las más altas del mundo, lo que hipotéticamente podría permitir una adopción razonablemente rápida, algo que, por el momento, no ha tenido lugar con ninguno de los sistemas anteriores.

¿Qué estrategias veremos en este caso? ¿Qué movimientos veremos en los bancos españoles, y hasta qué punto serán proactivos en cuanto a alianzas para hacerse la foto con la marca de la manzana? ¿Moverá Santander su maquinaria tras la experiencia que han tenido en el mercado británico, que indudablemente les habrá servido de prueba dada su importante presencia? ¿Será BBVA, habitualmente muy activa en cuanto a adopción? ¿Afectará a esa decisión el hecho de que varios bancos españoles ya tengan sus propias aplicaciones de pago móvil funcionando tanto para iPhone como para Android? ¿Cómo será la aceptación de Apple Pay en un país en el que los fenómenos sociales de adopción son, en muchas ocasiones, sorprendentes y especialmente activos? Sin duda, del lanzamiento de Apple Pay en España vamos a derivar interesantes conclusiones sobre las estrategias de los bancos, su nivel de proactividad, o las tasas de adopción. Muy pronto, en sus pantallas :-)

 

AtascoDesde hace bastante tiempo tengo la clara impresión de que el cambio en el modelo de transporte y en la posesión de automóviles está siendo víctima de una tormenta perfecta de circunstancias que lo aceleran a niveles casi inverosímiles. En la mayor parte de los foros en los que vaticino la llegada de los vehículos autónomos con un nivel razonable de popularidad en torno al año 2020, a cuatro años vista, recibo miradas que, en el mejor de los casos, pueden calificarse como de escépticas.

Sin embargo, las evidencias continúan acumulándose, y por varios frentes recientes que no quería dejar de recopilar y estructurar: por un lado, barrios como Beverly Hills en Los Angeles o países como Australia apuestan por esos plazos, o menores, para el desarrollo del vehículo autónomo de manera generalizada. Mientras el exclusivo barrio californiano apuesta de manera unánime por la creación de una red de vehículos autónomos para reforzar las opciones de transporte de sus ciudadanos, citando como ventajas sus bien mantenidas infraestructuras, su tamaño razonable y su buen clima, el ministro de transportes australiano habla de un horizonte a cinco años en el que cambiarán desde la regulación y los seguros hasta cuestiones como los límites de velocidad o los semáforos, y de cómo va a afectar a los trabajadores dedicados al transporte de personas que se queden sin trabajo (el gobierno compensó económicamente a los propietarios de licencias de taxi cuando tomó la decisión de autorizar el ridesharing a finales del año pasado).

Mientras, países con fuerte cultura medioambiental como Holanda estudian la posibilidad de prohibir completamente la venta de vehículos de gasoil y gasolina para el año 2025, una decisión que debería tomarse mucho antes, pero que nos hace pensar en los efectos colaterales de un petróleo barato y la estrategia que los países productores emplean para desincentivar la transición a otros medios de propulsión. No, posiblemente el futuro del automóvil no tenga tanto que ver con los mecanismos empleados para su propulsión como con cuestiones como el modelo de propiedad o de uso, pero definitivamente es otro factor a tener en consideración.

Mientras en los Estados Unidos vemos a los fabricantes de automóviles hacer lobby para pedir al gobierno que retrase la concesión de licencias para el uso de vehículos autónomos, algunos fabricantes siguen haciendo progresos en vehículos que pueden ver en la oscuridad o que nos acercan a un futuro con automóviles eléctricos y de conducción semiautónoma a precios razonables. Y finalmente, puestos a introducir a otrs actores interesantes, algunas informaciones hacen referencia a un supuesto proyecto de desarrollo del Apple Car en un fabricante alemán, un hipotético iCar que vería la luz, supuestamente, entre 2019 y 2020. De nuevo, de aquí a tres o cuatro años vista.

No sé si en un futuro cercano los coches volarán, y por ahora, todo indica que no. Pero sí tengo claro que vamos a ver cambiar muchas cosas, y cada vez tengo más claro que eso va a pasar mucho antes de lo que muchos pensaban…