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Ramón Oliver me llamó para hablar sobre la nueva dimensión del trabajo en equipo a partir del uso de herramientas de colaboración en la red, y hoy me cita en su artículo en El País titulado “Trabajar en equipo en la era digital” (pdf).

Soy un absoluto convencido de que el nivel de uso de ese tipo de herramientas de colaboración en tiempo real en torno a un documento – Google Docs, Office 365, etc. – va a crecer de manera muy importante en los próximos tiempos. En este momento, estas herramientas empiezan a alcanzar un nivel de conocimiento razonable, lo que quiere decir que muchos empiezan a saber que existen… pero pocos, en realidad, las utilizan de manera habitual. Y contrariamente a lo que ocurría con herramientas de generaciones tecnológicas anteriores, no es porque sus barreras de entrada en términos de aprendizaje, disponibilidad o precio sea elevada, sino porque suponen una forma de trabajar con un enfoque completamente diferente. Desde mi punto de vista, infinitamente mejor, pero eso nadie se lo cree, se lo diga quien se lo diga, hasta que lo han probado.

Google Docs llegó a IE Business School cuando algunos grupos de trabajo con algunos alumnos pioneros de esta forma de trabajar en el International MBA los empezaron a reclamar como herramienta interna, hace ya bastantes años. En aquel momento, la escuela era básicamente un entorno dominado por herramientas de Microsoft, y las de Google entraron a petición de los alumnos, como un movimiento de abajo a arriba: la idea, para grupos de trabajo de siete u ocho personas cuyo mayor problema era, en muchas ocasiones, encontrar tiempo para reunirse y trabajar juntos, tenía indudablemente mucho sentido. O al menos lo tenía para mí, que ya llevaba tiempo probando la herramienta en otros ámbitos: eran herramientas sencillas, no hacía falta explicar nada, todas las funciones se entendían claramente, solo tenías que ponerte a probarlo.

La adopción generalizada, sin embargo, fue bastante más lenta de lo que esperaba: aún hoy, el uso de este tipo de herramientas diferencia a los grupos más avanzados de aquellos que no lo son, y aún hoy no son pocos los grupos que siguen apegados a la forma de trabajar antigua, al envío de ficheros adjuntos por correo electrónico para después luchar con el control de cambios, como se hacía el siglo pasado. La diferencia en términos de productividad y de ganancia de inspiración colectiva es brutal: cualquiera que haya dedicado un poco de tiempo de calidad a escribir colectivamente un documento online con un grupo razonable de personas, viendo como se mueven los cursores de colores como si fueran abejas laboriosas, al tiempo que se intercambian opiniones y comentarios en la ventana de chat, no vuelve a sentirse productivo con las viejas metáforas de trabajo.

Y si una herramienta es sencilla, potente, no tiene barreras de entrada dignas de mención y mejora en gran medida la productividad… ¿por qué su uso no se extiende más? Simplemente, porque probar con seriedad esas herramientas de trabajo colaborativo requiere poner al grupo de personas que tiene que colaborar de acuerdo para probarlas. Personas que se consideran con familiaridad con otra filosofía de trabajo, que tienden a ser conservadoras con respecto a las herramientas en las que se encuentran cómodos, y que disparan críticas como la mayor funcionalidad de esas herramientas aunque se trate de funciones que han utilizado menos de una docena de veces en toda su vida. Posiblemente requiera, además, cambiar procedimientos, cambiar costumbres arraigadas, cambiar disciplinas y agendas de quienes tienen la costumbre de trabajar en grupo de manera presencial, en una misma sala.

Obviamente, surgen otras diferencias. Cuando se plantea elaborar un documento conjunto entre varias personas, reunirse y confeccionarlo implica emplear un cierto número de horas, pero generalmente, salir con el documento prácticamente terminado. Plantearlo en modo virtual supone, generalmente, que alguien abra el documento, invite al resto de participantes, y que el documento permanezca abierto hasta que el último participante haya entrado y supervisado lo que tenga que supervisar. Por alguna razón, la disciplina que impone la reunión presencial no tiene necesariamente lugar ante lo que debería ser su equivalente en la red. Nos resulta más difícil destinar tiempo de calidad a una reunión en torno a un documento compartido en red que hacerlo en una reunión que, por sus circunstancias presenciales, nos obliga a ello.

En la práctica, la ganancia de productividad de una reunión virtual desarrollada con seriedad en torno a un documento o una hoja de cálculo frente a la alternativa de discutir todos juntos en una sala de reuniones resulta desmesuradamente elevada, y no requiere de ningún entrenamiento especial. Es, simplemente, conservadurismo: no probar una tecnología sin duda superior simplemente porque estamos más cómodos con la que conocemos, porque nos parece que no funciona mal, porque no vemos la necesidad de cambiarla. Si no lo has probado aún en tu compañía, ponlo a prueba.

 

Nineteen Eighty-Four, by George Orwell: cover of the first editionYa habíamos comentado anteriormente la alucinante estructura organizada por el gobierno chino para tratar de preservar en la red su muy complejo equilibrio interno cuando hablamos sobre la velocidad con la que son capaces de supervisar conversaciones en la red más importante de mensajería instantánea, Weibo, y sus cuatro mil censores trabajando a turnos que vigilan y censuran las actualizaciones de trescientos millones de usuarios, o cuando se publicó el dato de que el país tenía más personas dedicadas a la censura de la red que enroladas en su impresionante ejército.

Pero el último estudio publicado por tres profesores de Harvard, Gary King, Jennifer Pan y Margaret Roberts, titulado How censorship in China allows government criticism but silences collective expression, comentado ya por una amplia variedad de medios, representa ya lo que parece la máxima expresión de la distopía en sus proporciones más hipertrofiadas: cada año, empleados del gobierno dedicados a todo tipo de tareas y en todos los organismos públicos dedican una parte de su tiempo a publicar nada menos que 488 millones de actualizaciones falsas en redes y medios sociales, que son pagadas aparentemente a unos cincuenta céntimos la pieza, lo que lleva a que se les conozca como el Fifty Cent Party.

Las actualizaciones están destinadas a distraer la atención sobre temas que puedan resultar perjudiciales para la imagen del gobierno y, en general, a promover el mantenimiento de un estado de opinión positivo con respecto a sus actuaciones. Contrariamente a lo que se pensaba, no tratan de censurar los comentarios negativos o mordaces sobre el gobierno, sino más bien de silenciar, enterrar o discutir con argumentos de todo tipo todo aquello que pueda sugerir, reforzar o estimular la movilización social, independientemente de su contenido. Un ejército distribuido y dedicado a convertir el astroturfing, la práctica de simular una amplísima base de personas que refuerzan una idea, en un auténtico arte llevado a sus máximas consecuencias.

Es, literalmente, el mundo imaginado por ese genio visionario llamado George Orwell en 1949 cuando escribió su magistral novela Nineteen eighty-four: ese Ministerio de la Verdad dedicado a manipular constantemente los medios de comunicación, el entretenimiento y los libros de texto para reescribir la historia y que encaje con la doctrina del gobierno, haciendo parecer que sus predicciones siempre fueron acertadas y que jamás se equivoca.

Mil trescientos ochenta y un millones de chinos viven en una realidad paralela recreada por su gobierno para darles la impresión de que todo va de maravilla. Muchos posiblemente sean razonablemente conscientes de ello pero no se plantean hacer absolutamente nada al respecto, sea porque después de todo, hablamos del país que ha tenido históricamente más éxito llevando a un mayor numero de personas a superar el umbral de la pobreza, o simplemente porque han sido llevados a pensar que no hay ninguna razón para ello. Los medios y redes sociales, convertidos en un arma para mantener el equilibrio social y alejar cualquier tentación de cuestionamiento, cualquier idea discordante, cualquier inclinación a disentir. Una formidable estructura distribuida que simplemente, ha sido inducida a dedicar tiempo a una cuidadosa, metódica y continuada labor de generación de contenidos para obtener un sobresueldo.

El estudio merece una reflexión cuidadosa, sobre todo para aquellos que tenemos la oportunidad habitual de hablar con ciudadanos chinos: el equilibrio político del país más poderoso del mundo se apoya sobre un descomunal ejército de community managers a tiempo parcial, que monitorizan constantemente conversaciones y tendencias, y se dedican a difundir la doctrina gubernamental. Una labor incansable en la que cada empleado público trata de controlar las ideas de aquellos que tiene en su entorno, en las redes y en los foros en los que habitualmente participa, en las conversaciones que presencia. Si algo me sorprende en mis conversaciones con mis alumnos chinos es la evidencia de que la censura o el control social les parece algo perfectamente normal, completamente institucionalizado, una realidad que constatan con el mayor pragmatismo posible que está ahí, que sirve a un propósito, y que no merece ni por un instante la pena plantearse ni la más mínima idea de rebeldía al respecto. Simplemente, están bien así y no se percibe ninguna necesidad de buscar alternativas.

La red, convertida en el mecanismo de control social más impresionante jamás diseñado, al servicio de la estabilidad social y de la promoción de las ideas gubernamentales, con una magnitud tan desmesurada que escapa a toda imaginación. La mejor interpretación y puesta en escena de la obra de Orwell que jamás pudimos imaginar.

 

FuturisticYa lo dijo William Gibson: “el futuro ya está aquí, solo que no está uniformemente distribuido“.  Varias de las noticias de esta semana, en la que casualmente estaba preparando un tema sobre la tecnología 5G para la barra tecnológica de La Noche en 24 horas (a partir del minuto sugerido por la redacción del programa (tengo completa libertad para proponer temas, pero también me gusta, en ocasiones, que sean ellos los que me proponen temas a mí), tienen que ver con el desarrollo de tecnologías que muchos considerarían “futuristas”, pero que ya están desarrolladas a un nivel que las convierte en perfectamente reales, en opciones que simplemente esperan su dinámica de popularización.

Dediqué también al tema mi columna en El Español, titulada “Futuro que no lo es“, en la que reúno algunos de los anuncios llevados a cabo por Google en su Google I/O 2016 con respecto al hogar digital: el lanzamiento de Google Home como competidor de Amazon Echo en lo que supone el desarrollo de una competencia fuerte en torno a la interfaz con el entorno en el que vivimos o en el que pasamos una parte significativa de nuestro tiempo. Cuando algunos todavía piensan que Siri, Cortana o Google Now son jueguecitos para hacer bromas con los amigos, resulta que las grandes empresas de tecnología ya están diseñando un futuro en el que una buena parte de las cosas que haremos en casa, sean resolver una duda, poner música, encender o apagar una luz o prepararnos para salir a algún sitio serán instrucciones que daremos a un cacharrito colocado en el medio del salón.

Ver a una persona pidiendo a su Amazon Echo que le diga a su Tesla que salga del garaje tiene un punto sin duda futurista, sí. Pero la realidad es que las tecnologías implicadas, aunque aún no estén obviamente al alcance de cualquiera, ya están aquí, y no precisamente en fase de beta. Ya están probadas, ya son desarrollos comerciales completos. Otras están aún en pruebas, pero muy avanzadas: mientras los taxistas siguen protestando por la llegada de Uber, resulta que en algunos sitios ya puedes, mediante una app, pedirle a un Google Car que venga a buscarte y te lleve a algún sitio, y que los últimos desarrollos de Uber sobre la plataforma de un Ford Fusion ya circulan sin conductor por las calles de Pittsburgh. O que podrás, aunque aún esté en pruebas, dirigirte a tu interfaz para pedirle que compre algo que te corre prisa, y te llegue en menos de media hora mediante Amazon Prime Air.

¿Cuánto cambian los planteamientos ante un desarrollo como 5G (aquí mis notas de preparación del programa) en el que el incremento de velocidad es obviamente importante, pero lo de verdad relevante es la mejora en conceptos que se vuelven tan críticos como la latencia, que asegura que la respuesta de los actuadores a la lectura de un sensor va a ocurrir en tiempo real? ¿Cuántos sensores, botones, actuadores y dispositivos vamos a tener imbricados en nuestra vida cotidiana como para que nuestra interacción con ellos se convierta de verdad en una de las variables clave de nuestro bienestar?

Cuando hablas de estas cosas que, en efecto, tienen una apariencia futurista, casi como en Los Supersónicos, la interlocución, por la razón que sea, pierde seriedad. Se convierte en una sucesión de chistes, de hipérboles o de chascarrillos, en lugar de centrarse en lo que tiene que centrarse, en las oportunidades de todo tipo que un escenario así puede generar seas una compañía o una persona. Las objeciones suelen ser inesperadamente débiles, basadas en tópicos o en lugares comunes, como si empresas dispuestas a invertir millones de dólares en una tecnología y a ser capaces de atraer a los mejores especialistas del mundo en ella fuesen de repente a “olvidarse” de algo completamente básico y fundamental, o la difusión de su tecnología fuese a detenerse de manera abrupta porque no tuvieron en cuenta un problema que sí sale en una conversación casual.

Me encanta la ciencia-ficción. Leo y he leído mucha, he disfrutado con muchos autores… y creo saber diferenciar entre ciencia-ficción y realidad. Lo importante hoy es darse cuenta de que muchas de las cosas que muchos aún consideran ciencia-ficción y cuyo análisis despachan con tres chistes y dos generalidades se han convertido ya, en cuestión de muy poco tiempo, en realidades patentes que van a cambiar la manera en que vivimos. Es el momento de reajustar nuestras herramientas de análisis, de dejar de tildar de “visionarios” o de “fumados” a los que hablamos de estos temas, y de situar de una vez lo que la tecnología ya es capaz de hacer. Todo evoluciona, incluido el escepticismo. Bienvenido sea el sano escepticismo… pero el de este siglo, no el del anterior!

 

IMAGE: Milosh Kojadinovich - 123RFGoogle recurre ante el Conseil d’Etat, el Tribunal Supremo Administrativo de Francia, una orden dictada por la CNIL en la que multa a la compañía con cien mil euros por no aplicar el “derecho al olvido” en todos sus dominios, en lugar de hacerlo tan solo en los del país correspondiente.

Lo dije en su momento, y me reafirmo cada vez más: el supuesto “derecho al olvido” es una auténtica barbaridad jurídica, un sinsentido que solo puede traer problemas. Bajo el supuesto bienestar mental que nos proporciona a todos saber que podemos eliminar del buscador un resultado que no nos guste, se esconde en realidad una falacia enorme, capaz de convertirse en una poderosa herramienta de censura y de perjudicar sensiblemente el acceso a la información, la verdadera propuesta de valor de un buscador.

El olvido no es un derecho, es un proceso fisiológico. Olvidamos cuando los circuitos neuronales redundantes en nuestro cerebro dejan de serlo, no cuando alguien nos reclama supuestamente que olvidemos algo. Si existiese un “derecho al olvido”, existiría la posibilidad de obligar a alguien a olvidar, una auténtica barbaridad se mire por donde se mire. Por otro lado, pretender que algo “se olvida” cuando simplemente lo retiramos de los resultados de un buscador es de un simplismo alucinante, de una cortedad mental que asusta: no, no se ha olvidado nada, simplemente lo has quitado de la vista en un sitio, pero lo has dejado en donde fue publicado originalmente. Es tan absurdo como engañar a un niño pequeño: ahora lo ves, ahora ya no lo ves.

Obligar a un buscador a que retire de sus resultados enlaces que reflejan el contenido buscado pero que alguien, por la razón que sea, no quiere ver ahí es, como tal,  una auténtica barbaridad. Si además añadimos que el supuesto “derecho” no es universal y no vale para todos – resulta que yo, Enrique Dans, no puedo tener ese “derecho”, porque según algunos, soy “famoso”, aunque sea un simple profesor – ya la cuestión roza el absurdo jurídico más patente: una parte importante de la población puede ejercer un supuesto derecho que a mí se me niega… ¿por haber cometido alguna infracción? No, porque a veces salgo en la tele. ¡Genial! La incoherencia viene de lo que viene: de tratar de convertir en “derecho” algo que en modo alguno puede llegar a serlo, algo que simplemente no existe, que es artificial, que un tribunal decidió sacarse de la manga. Una ES-TU-PI-DEZ, con todas sus letras.

Si además rizamos el rizo y pretendemos, en función de la protección de ese supuesto derecho, obligar al buscador a eliminar sus resultados ¡en todo el mundo!, ya la terminamos de liar. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Eliminar toda referencia a Ataturk, porque los turcos la consideran injuriosa? ¿Y las imágenes de Alá? ¿Las menciones a la familia real tailandesa? ¿Vamos a terminar con un motor de búsqueda que solo nos da resultados de gente sonriente y encantadora, que no molesten a nadie, porque siempre hay alguien que puede ejercer su “derecho al olvido”? Estamos jugando con cosas muy peligrosas, con nuestro derecho a la información, con el derecho a poder ir a una hemeroteca y saber qué pasó en un momento dado: ahora, si la hemeroteca es física, puedo acercarme a ella, hojear los diarios, y ver que el Sr. Costeja efectivamente estuvo casado y se subastó su vivienda en Barcelona… pero mediante mi ordenador, no puedo llegar a esa información, porque el Sr. Costeja invoca su “derecho al olvido” y me lo impide. La información está ahí, existe, no ha sido retirada, era factualmente correcta cuando se publicó, y puedo verla si me desplazo a una hemeroteca… pero desde mi ordenador, no. ¿Pero esta barbaridad jurídica qué es?

La tecnología provoca efectos que nos obligan a cuestionarnos muchas cosas. En los Estados Unidos, la sola idea de obligar a alguien a que no pueda devolver resultados que están recogidos en foros públicos suena tan absolutamente marciana, que tienen que frotarse los ojos para entender que efectivamente, en Europa somos “así de raros”. O sea, que está publicado en un periódico, pero no se puede ver en un buscador, cuya función es, al margen de todo juicio moral… ¡buscar!! No, preferimos cargarnos una herramienta de búsqueda obligándola a que tenga que hacer su trabajo sorteando un permanente y creciente campo de minas.

Que sí, que la privacidad, que el derecho a la propia imagen… lo que sea. Pero ese derecho no puede convertir en reales conceptos que no lo son. Habrá que buscar otras maneras, que crear sistemas que pongan la responsabilidad en quien publica la información en lugar de en aquel que simplemente la busca, que arbitrar sistemas de corrección, enmendado o puntualización de lo publicado… algo. Pero no lo que hay, porque ese “derecho al olvido” es tan artificial como absurdo, y prolongarlo solo va a traer problemas.

El “derecho al olvido” fue una mala idea de un tribunal que se equivocó. Que además quien se equivocase fuese el Tribunal de Justicia de la Unión Europea convierte ese error en muchísimo más grave, en un error histórico, magnifica tanto el error como sus desgraciados efectos, pero eso no quiere decir que no sea un ERROR. Con mayúsculas. Todos nos equivocamos. Y ahora, a medida que pasa el tiempo, las consecuencias de ese error se van haciendo cada vez más grandes, más absurdas, más increíbles, atentando cada vez más contra el sentido común. Tenemos que plantearnos como salir de esta.

 

Faces (SOURCE: Google Images search for "faces")El pasado 7 de mayo hablamos de la biometría como dilema, apuntando algunas cuestiones que estaban teniendo lugar en Rusia al hilo de una aplicación, FindFace, que buscaba los rasgos de una persona dentro de la ubicua red social VK, muy popular y utilizada por una parte muy significativa de la población rusa.

Pues como ocurre en muchas ocasiones en todo lo relacionado con los procesos de adopción y disrupción tecnológica, los acontecimientos han tenido lugar a toda velocidad. Ha bastado la laxa regulación rusa sobre privacidad y el elevado nivel de uso de la red social VK en el país (más de 200 millones de usuarios), para que los creadores de FindFace, Artem Kukharenko y Alexander Kabakov, de 26 y 29 años respectivamente, se hayan encontrado con más de medio millón de usuarios registrados y por encima de tres millones de búsquedas, además de con un contrato en ciernes con el Ayuntamiento de Moscú para hacer correr la aplicación sobre las imágenes de las 150,000 cámaras repartidas por toda la ciudad. En Rusia, en menos de dos meses, el anonimato en público se ha convertido prácticamente en un concepto del pasado.

La aplicación es capaz de comparar una fotografía con una base de datos de mil millones de imágenes en menos de un segundo desde un simple ordenador personal, identificarla con un 70% de fiabilidad, y además extraer las diez más parecidas. Hay usos de todo tipo: desde quien toma una fotografía a alguien que ha conocido una noche o ha visto pasar por la calle, la localiza en VK y la contacta, hasta quien utiliza la base de datos para encontrar a personas parecidas al actor o actriz de sus sueños, pasando por supuesto por usos policiales. Simplemente introducir en la base de datos las caras de delincuentes asociados a casos abiertos pero que se consideraban inactivos desde hacía largo tiempo ha llevado a que, en muchos casos, los presuntos delincuentes hayan podido ser rápidamente localizados. Hay quien describe la aplicación como “un Shazam para personas“.

En realidad, FindFace es simplemente una forma de obtener datos para educar al algoritmo de reconocimiento facial y para demostrar las capacidades de la tecnología desarrollada por la compañía, N-Tech.Lab: el uso es gratuito para hasta treinta búsquedas al mes, pero más que para ganar dinero, se trata de una manera de evitar el colapso de los servidores. Uno de los fundadores, Artem Kukharenko, tiene más de diez años de experiencia en deep learning, y tras conocer a su cofundador, Alexander Kabakov, filósofo y encargado del desarrollo comercial, comenzaron a aplicarla al reconocimiento facial y fueron capaces de ganar un concurso especializado en la Universidad de Washington, MegaFace, en el que se enfrentaron a una base de datos de medio millón de caras de más de veinte mil usuarios, fueron capaces de obtener un 73% de identificaciones positivas, frente al 70% de la aplicación de Google, FaceNet. La clave, obviamente, está en la disponibilidad de datos con los que educar al algoritmo de reconocimiento, y la startup rusa ha visto para ello una auténtica mina en VK. La base de datos de la red social rusa, indudablemente, ha facilitado mucho las cosas a una compañía que decidió utilizarla ante las dificultades para acceder a la base de datos de Facebook. Pero en la práctica, y ante los progresos en gestión de datos no estructurados, es más que posible que no estar en una red social ni siquiera fuese, en muchos casos, una garantía de anonimato: la base de datos podría compilarse a partir de imágenes obtenidas en búsquedas abiertas en la web – haz la prueba para ver si la web devuelve, ante una búsqueda de imágenes con tu nombre, suficientes datos como para obtener unos parámetros de identificación… yo estoy perdido sin remisión! – o, como comentábamos anteriormente, a partir de cámaras de seguridad en lugares que precisan identificación, como fronteras, archivos policiales, etc. 

En la práctica, la compañía busca desarrollar utilidades para mercados corporativos como el de la seguridad o el marketing: desde casinos que pretenden reconocer a personas a las que se les ha prohibido la entrada y puedan intentar acceder con documentación falsa, hasta autoridades de diversos niveles, o incluso compañías que pretendan enviar publicidad a personas que simplemente se han detenido en una tienda para ver un producto determinado. Un conjunto de usos que, a medida que se desarrollan, resultan más y más inquietantes, y sugieren, en el caso de gobiernos con escasas garantías democráticas, posibilidades como la vigilancia del activismo, la identificación de manifestantes, el seguimiento de colectivos LGBT o de cualquier otra actividad que se pretenda poner bajo control. En realidad, y dado que la aplicación cuenta con versiones móviles para Android y iOS, podríamos estar ya casi ante un hipotético futuro en el que los documentos de identidad dejan de ser necesarios, y tanto para hacer una transacción o como cuando nos para la policía, todo lo que tenemos que hacer es mirar la cámara de un dispositivo para ser identificados.

Según la filosofía de Kabakov, una persona hoy en día tiene que aceptar que va a vivir permanentemente rodeada de tecnología, que se dispone de datos en tiempo real de sus movimientos e intereses, y que eso es algo que no se puede detener de ninguna manera, lo que obliga a intentar mantener ese progreso tecnológico como un desarrollo lo más abierto y transparente posible. En el caso de Rusia, la combinación de su aplicación y el la ausencia de un marco legislativo suficientemente garantista en lo referente a privacidad ha llevado a un nivel de uso elevado, y a que este debate se haya adelantado al que posteriormente, sin duda, va a surgir en otros países. El escenario y las dinámicas que se generen a partir de ahí van a convertirse, sin duda, en todo un objeto de estudio de cara al futuro uso de estas tecnologías: una auténtica evocación real de Minority Report en la que, en todo momento, estamos siendo observados por cámaras capaces de identificarnos en tiempo real. La cara ya es mucho más que el espejo del alma: es nuestro permanente y difícilmente modificable documento de identidad. Con todo lo que ello conlleva de bueno, de malo… o de inevitable.