Google ChinaMás de 1,400 empleados de Google han firmado una carta que circula a través de las herramientas internas de comunicación de la compañía demandando más transparencia con respecto al llamado Project Dragonfly, un plan para el relanzamiento de su motor de búsqueda en China cumpliendo con los requisitos de censura de su gobierno. Según el texto de la carta, el proyecto implicaría una decisión de la compañía que plantea cuestiones morales y éticas urgentes para los empleados de la compañía, que consecuentemente reclaman tener acceso a toda la información necesaria para tomar decisiones éticamente informadas sobre su trabajo, sus proyectos y su empleo.

La relación de Google con China tiene ya una importante historia. Tras el lanzamiento de Google China en el año 2006, el motor de búsqueda llegó a alcanzar un 36.2% de la cuota de mercado hasta que, en enero de 2010, a raíz de un incidente con hackers gubernamentales intentando extraer información de Gmail sobre las actividades de supuestos activistas, la compañía tomó la decisión de retirarse del país. Desde entonces, la cuota de mercado del buscador de Google, gestionado desde Hong Kong, se ha reducido a porcentajes meramente testimoniales. En varias ocasiones han surgido rumores sobre la posible vuelta de Google a ese mercado, que, por otro lado, ha seguido reclamando la atención de la compañía en aspectos como el acceso de las universidades y el talento chino a herramientas como Tensor Flow o la inversión en jugadores importantes en el escenario de la internet china, pero hasta el pasado 1 de agosto, cuando un artículo en The Intercept reveló los posibles planes de la compañía.

La carta de los empleados de Google responde, básicamente, al problema que supone enterarse por los medios de una decisión corporativa polémica que, en muchos casos, genera problemas éticos o morales a quienes pueden, de hecho, estar colaborando con su trabajo a que esa decisión pueda materializarse. El pasado mayo, la compañía experimentó otro momento similar por las protestas de muchos de sus empleados ante la participación en el llamado Project Maven del Departamento de Defensa, en el que se hacía uso de tecnologías de reconocimiento de imágenes para fines militares. Los problemas de Google se saldaron con el anuncio de la compañía de que no renovaría su acuerdo para la participación en el proyecto del DoD y con la publicación de una declaración corporativa de principios éticos sobre el uso de la inteligencia artificial, pero otras compañías tecnológicas han experimentado protestas similares, como Microsoft a cuenta de las relaciones de la compañía con la Immigration and Customs Enforcement (ICE) o con Amazon por el uso de su tecnología de reconocimiento facial por parte de la policía.

Sin duda, el activismo interno, los conflictos entre la muchas veces difusa ética corporativa y la ética de sus empleados, se está convirtiendo en un importante elemento a tener en cuenta en la estrategia empresarial. En muchos sentidos, estamos pasando de una idea inicial, propia de la revolución industrial, de trabajador obligado a hacer todo aquello que su compañía le ordena que haga, a una más madura en la que el trabajador posee unas convicciones éticas propias y puede negarse a llevar a cabo determinadas tareas si cree que esas acciones o sus consecuencias infringen de alguna manera esas convicciones. Este tipo de actitudes plantean un problema a las compañías, que ven complicado reducir su decisión al simple despido del trabajador sin que ello pueda llegar a suponer un problema de imagen o pueda conllevar acciones de protesta colectivas en solidaridad con la persona despedida llevadas a cabo por otros trabajadores.

Las compañías tecnológicas son especialmente propensas a este tipo de movimientos, porque sus empleados forman parte, en muchos casos, de un grupo relativamente privilegiado que se mueve en un mercado de trabajo susceptible de ofrecerles oportunidades rápidamente si deciden salir de su compañía. Esa situación de menor riesgo percibido, unido a procesos de reflexión constantes sobre los elementos que rodean el avance tecnológico, está llevando a que ese tipo de procesos de activismo interno se estén convirtiendo en cada vez más habituales. Y a medida que este tipo de acciones, cartas o protestas de los trabajadores de las compañías se van popularizando, se genera una situación en la que sus directivos tienen que ser necesariamente conscientes de que no todo está permitido en su estrategia, dado que si esta llega en algún momento a plantear problemas de naturaleza ética o moral a sus trabajadores, podría llegar a suponer un importante problema no solo de imagen, sino incluso de retención o captación de talento.

Cada vez más, dirigir una compañía implica ser consciente de las implicaciones éticas o morales de nuestras decisiones y de los posibles conflictos que puedan generar en sus trabajadores. Pretender restringir los dilemas éticos al ámbito de unos departamentos de responsabilidad social corporativa (RSC) convertidos prácticamente en herramientas capaces de justificar cualquier cosa o de cerrar los ojos ante determinadas prácticas va a resultar cada vez más insostenible. Las compañías no se dirigen de manera asamblearia, pero las empresas o directivos que no sean capaces de desarrollar la sensibilidad necesaria para entender ese tipo de cuestiones se enfrentarán a una previsible escalada de ese tipo de protestas, y a procesos que pueden interferir en muchos casos de manera definitiva con los grados de libertad de la compañía ante determinadas opciones estratégicas. La visión de una compañía como un ejército en el que sus soldados se mueven en función de una férrea disciplina resulta cada día más insostenible y trasnochada.

La decisión de Google de volver al mercado chino es sin duda compleja, está rodeada de innumerables matices, y es fundamental, dado el volumen de ese mercado, para el futuro de la compañía, pero podría plantear un serio problema si el proceso de reflexión sobre ella no se hace de manera que pueda aspirar a hacerla compatible con los principios morales y éticos de muchos de sus empleados. Que surjan protestas similares en otras compañías, aunque por el momento tiendan a restringirse a la industria tecnológica debido a sus especiales circunstancias, es algo que debería hacernos reflexionar. Y que, por otro lado, no creo que sea en absoluto una mala cosa.

 

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