Bruselas vigilará la obsolescencia programada tras las sospechas sobre Apple - El País

Marimar Jiménez me llamó el pasado viernes para hablar sobre las recientes revelaciones sobre el deterioro de las prestaciones de algunos modelos antiguos de iPhone por parte de Apple y cómo esto ha despertado el debate sobre el uso de la obsolescencia programada como método para inducir una renovación más rápida del parque instalado, y hoy publica un artículo sobre el tema junto con Bernardo de Miguel en El País y Cinco Días titulado “Bruselas vigilará la obsolescencia programada tras las sospechas sobre Apple“.

En nuestra conversación, tratamos fundamentalmente la diferencia entre casos patentes de engaño al usuario o de inducción de un deterioro intencionado en un producto para provocar su sustitución, como es el conocido caso de Epson y su alerta que obliga a cambiar un cartucho aunque esté lleno de tinta (un caso que proviene de 2008, o posiblemente antes), frente a casos en los que lo que se pretende preservar es una experiencia de usuario determinada.

Obviamente, en el caso de Apple puede haber elementos de ambas cosas: a toda marca le interesa promover una renovación de los productos que vende, y en el caso de Apple, siempre ha procurado mantener un parque instalado lo más actualizado posible con el fin de reducir los costes derivados del mantenimiento, lo que incluye calificar equipos perfectamente funcionales como vintage a los cinco años con el fin de reducir el inventario de recambios a mantener. Pero sin duda, existe otro elemento: las baterías se deterioran en un proceso inevitable que puede ser monitorizado, y cuando comienzan a no ser capaces de suministrar determinados niveles de tensión de manera sostenida, hay procesos que demandan esos niveles de tensión que pueden provocar un reinicio involuntario del terminal. Es evidente que el hecho de que un terminal que estás utilizando se reinicie de manera aparentemente espontánea no es algo simplemente molesto, sino un problema de primera magnitud que compromete la experiencia de uso, y que puede de hecho terminar con el usuario arrojando el terminal contra la pared. Con el fin de evitar ese fenómeno, documentado en una amplia variedad de marcas, Apple toma la decisión de reducir las prestaciones del terminal en su conjunto a partir de un determinado nivel de deterioro de su batería, lo que impide que se produzcan esos molestos reinicios, a cambio de provocar una ralentización del terminal.

¿Tiene sentido lo que hace Apple? Técnicamente, sí. Si alguien ha pasado por la experiencia de intentar utilizar un terminal que se reinicia constantemente, sabe que sí: frente a no hacer nada y dejar al usuario que se las arregle como pueda, lo que Apple hace es intentar proponer una solución. Pero desde el punto de vista de imagen, esa solución solo tiene sentido si está adecuadamente comunicada, y ese, obviamente, no ha sido el caso. Si la marca simplemente lleva a cabo ese proceso sin aviso de ningún tipo al usuario, lo que este percibe es que su terminal pasa a funcionar más lentamente, lo relaciona con alguna actualización, y si esta coincide con el lanzamiento de algún nuevo modelo, tiende a sospechar que se trata de una manera de promover el cambio. Si en lugar de eso, la marca ofrece al usuario una métrica de las prestaciones de la batería y le ofrece la alternativa de cambiarla – prolongando así el uso del terminal – o de proceder a la citada reducción de las prestaciones, la imagen proyectada es completamente distinta. Sin embargo, ese tipo de consideración con el usuario nunca ha estado presente en la cultura de Apple, habitualmente mucho más inclinada, según “el libro de Jobs” (“It’s not the customer’s job to know what they want”), a tomar decisiones directamente sin su participación, y esa actitud ha sido la que, en último término, ha provocado el problema.

¿Debe legislarse la obsolescencia programada? En algunos casos, en entornos tecnológicos en rápida evolución, la obsolescencia es un fenómeno natural que se convierte en una opción consciente. Si Tesla quiere preservar su capacidad de innovación, la decisión de no hacer retrofitting de sus modelos anteriores puede resultar impopular, pero no deja de ser una opción estratégica válida, si se comunica de la manera adecuada. ¿Tiene sentido que un vehículo adquirido hace unos meses no pueda incorporar una nueva prestación o accesorio recién desarrollado? Lo tiene, si la marca no quiere generar un proceso costoso que, aún siendo potencialmente rentable, distrae recursos y provoca una pérdida de foco, aunque pueda resultar frustrante para el usuario. ¿Tendría sentido obligar por ley a esa marca a llevar a cabo un proceso en el que no está estratégicamente interesada? Muy posiblemente, no.

En general, lo que hay que hacer es aplicar lo que ya está legislado: estafar a tus usuarios introduciendo un proceso intencionadamente y sin justificación para deteriorar su producto es algo que ya está en las leyes: se llama estafa, tiene su tipificación penal, y es argumentable y demostrable ante un juez. ¿Cae en ese supuesto lo llevado a cabo por Apple? Si la marca no sabe explicarlo adecuadamente y sus usuarios la llevan a los tribunales, tendrá que demostrar que no estaba haciendo eso sino preservando la experiencia de uso del producto, y tendrá que convencer a un juez de que es así. Por tanto, la legislación adicional intentando tipificar algo con tantos matices posibles como la obsolescencia programada tendería a tener entre poco y ningún sentido, y a generar más problemas que soluciones, por mucho que la idea de obsolescencia programada tienda, de manera intuitiva, a generarnos rechazo.

Vigilar y monitorizar el posible uso indebido de la obsolescencia programada puede tener sentido. Ahora, tras el escándalo de Apple, cualquier usuario con un terminal que funciona puede optar por cambiarlo para adquirir el último de la gama, por admitir una reducción de sus prestaciones para evitar incómodos reinicios, o por acudir a una tienda para instalar en él una batería nueva y seguir utilizándolo con normalidad. Pero indudablemente, ese proceso no se proyecta al infinito: a partir de un tiempo determinado, el progreso y las demandas de las aplicaciones impiden que un modelo antiguo siga teniendo un rendimiento razonable, y penalizar que la marca incentive o promueva su modernización puede resultar absurdo. Como siempre, la mejor receta para este tipo de cuestiones es la transparencia.

 

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