IMAGE: Andriano - 123RFSi no has tenido ocasión de leer el auto de 35 páginas del fiscal especial Robert S. Mueller sobre la injerencia rusa en las últimas elecciones norteamericanas, es un buen momento para hacerlo. Como se esperaba, el fiscal, ex-director durante doce años del FBI, ha resultado ser un investigador sumamente riguroso, metódico y concluyente, y ha determinado que todo lo que intuíamos sobre la actuación de Rusia no solo estaba fundamentado, sino que iba incluso muchísimo más allá. Tras la lectura del informe, las pruebas son evidentes: en unos meses, hemos pasado de lo que muchos consideraban prácticamente teorías conspiranoicas, a tener claro que Rusia ha desarrollado y perfeccionado la mayor maquinaria de manipulación y sabotaje de la democracia jamás conocida.

En los enlaces he querido recopilar las noticias que me han parecido más interesantes al respecto de entre lo muchísimo publicado en los últimos dos días. A todos los efectos, Rusia ha literalmente violado la democracia norteamericana hasta unos extremos increíbles, creando toda una estructura destinada a tal efecto, con una financiación millonaria y unas técnicas enormemente sofisticadas que incluían el robo de identidades de norteamericanos y la concentración de las acciones en los estados con sondeos más igualados, acciones destinadas a inflamar a la opinión pública y provocar una división nunca vista en el electorado.

La influencia de Rusia en el resultado de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas es ahora, a la luz de las investigaciones, completamente innegable: el presidente que ocupa la Casa Blanca está ahí como resultado de una campaña especialmente diseñada para humillar y destrozar la democracia norteamericana, y en realidad, nunca debería haber llegado a su puesto. Para que pudiese llegar a hacerlo, una agencia gubernamental rusa, la Internet Research Agency, creó miles de cuentas falsas en redes sociales, compró publicidad, contactó e influenció a cientos de miles de norteamericanos y manejó un presupuesto de millones de dólares destinados a crear división en el electorado y a influenciar el resultado de las elecciones. Lo hizo, además, con tanta facilidad y de manera tan rutinaria, que resulta evidente que se trata de procedimientos desarrollados no solo en su propio país a lo largo de varios procesos electorales, sino en elecciones en otros muchos países de su órbita y, posiblemente, de todo el mundo. 

El problema, claro está, no es simplemente que la democracia norteamericana haya sido pisoteada y humillada hasta el límite, sino que además, no existe ninguna solución factible para evitarlo. Que se manipulen las elecciones norteamericanas y se consiga situar a un candidato de auténtico chiste en la Casa Blanca no deja de tener algo de justicia poética: después de todo, los Estados Unidos cuentan con un larguísimo historial de injerencias en procesos electorales de otros países, y con casos en los que han logrado situar a gobernantes corruptos o a marionetas dispuestas a actuar de manera favorable a sus intereses mediante la financiación de campañas o mediante el recurso a métodos no del todo confesables. Todo un turbio pasado… para terminar cayendo con aspecto de absoluta ingenuidad ante un país que ha sublimado hasta el límite las técnicas de manipulación mediante el uso de redes sociales.

No, el problema no es de los Estados Unidos: va mucho más allá, y afecta a la mismísima esencia de la democracia. Las medidas tomadas por compañías como Facebook duplicando el número de personas dedicadas a la supervisión de contenidos o los lamentos de Twitter al respecto no sirven ante técnicas que consiguen simular el comportamiento de ciudadanos genuinos norteamericanos aunque estén radicados en Vladivostok: en el actual estado de las redes sociales, todos los gatos son pardos, las compañías que las gestionan no quieren eliminar perfiles fraudulentos para no perjudicar sus cifras de crecimiento,y diferenciar comportamientos reales de otros ficticios se convierte en una tarea prácticamente imposible. Con los medios adecuados, una persona desde Rusia puede perfectamente simular un perfecto manejo del idioma, una conexión desde cualquier sitio en los Estados Unidos, una identidad robada y hasta un perfil creíble con cuentas en varias redes sociales y una actividad aparentemente genuina. Rusia ha conseguido una maquinaria capaz de infiltrar cualquier proceso electoral, en cualquier país, y de generar y polarizar estados de opinión con la misma facilidad que quien diseña campañas electorales. Y seguramente, con más influencia en el voto de muchas personas que esas mismas campañas electorales de las que la mayoría de los ciudadanos ya están hartos antes de que empiecen.

Las técnicas de uso de redes sociales utilizadas por algunos políticos palidecen cuando leemos algunas de las tácticas utilizadas por Rusia: nada que ver. Y por supuesto, nada que una democracia pueda superar con los mecanismos de control actuales. Todos los procesos electorales están ahora bajo sospecha.

A todos los efectos, la democracia deja de ser técnicamente posible cuando la injerencia de una potencia extranjera se vuelve tan decisiva y tan sencilla de ejecutar, que resulta sencillo que muchos de los votantes de un país sean influenciados por factores espurios. El problema es tan grave como que la democracia actual carece de metodologías que le permitan defenderse de semejante intrusión, que posibiliten discernir entre las opiniones de ciudadanos reales y ficticios. Las redes sociales han creado un entorno en el que la manipulación es demasiado fácil, demasiado sencilla, al alcance de cualquiera con los medios adecuados. Del mismo modo que se manipulan campañas comerciales y se segmentan mercados con los mejores francotiradores que permiten discernir variables antes imposibles de controlar, ahora se puede hacer llegar un mensaje inflamatorio o divisivo precisamente a aquel que resulta más sensible a él, y hasta darle formas específicas para que llegue a los que puedan ser influenciados por él de una manera más clara. No existe una manera sencilla de evitarlo, porque el problema está en el mismísimo diseño de las redes sociales tal y como las conocemos. Rusia ha aprendido a manipular la democracia de una manera que la misma democracia no puede controlar, neutralizar ni impedir, y en este momento, todo proceso electoral en cualquier país está sujeto a la sospecha de una posible influencia rusa, bien para sesgar el poder político a favor de sus intereses, o simplemente para practicar sus habilidades. Cuestiones como que Vladimir Putin haya podido ser elegido, reelegido, sucedido posteriormente por un títere suyo y vuelto a elegir una vez más, o que varias ex-repúblicas soviéticas tengan ahora presidentes pro-rusos no son casualidades de la vida: son fruto de una maquinaria ensayada y perfeccionada de manipulación social a gran escala, capaz de sesgar cualquier proceso electoral.

¿Cómo restaurar la confianza en la democracia en un mundo en el que un país ha conseguido poner a punto una maquinaria perfectamente diseñada para sabotearla y distorsionarla?

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