Si he contado bien es el cuarto lavado de cara de Quondos desde que lanzamos el proyecto. Cambiar la web siempre supone un esfuerzo más grande de lo que uno se imagina aunque hay que diferenciar.

Nuevo Quondos 2017

Los diferentes niveles de cambio en los últimos 4 años en Quondos

  • Re-lanzamiento: es lo que hicimos del primer al segundo lavado de cara. Con el nuevo diseño iba una nueva plataforma de la mano. Y con ello una serie de nuevas funcionalidades. Es lo más duro a nivel de cambio por errores que surgen y recursos que tienes que invertir para llevar a cabo esta tarea.
  • Lanzamiento mejora y optimización: del segundo al tercer lavado de cara arreglamos un montón de fallos sobre todo de usabilidad. Se añadieron nuevas funcionalidades de gamificación para seguir mejorando la experiencia del usuario.
  • Rediseño: del tercer al cuarto cambio simplemente hicimos un rediseño sin apenas tocar las funcionalidades. Eso sí, se hizo desde la primera hasta la última página. Fue un rediseño completo.
  • Lavado de cara: esto ha sido el cambio más reciente y más ligero. No se ha tocado la web entera sino únicamente las partes más visibles.

Un nuevo diseño permite conectar de nuevo con tus usuarios

Un cambio visual en un proyecto online simboliza movimiento. Esto en general es una señal positiva porque demuestra que tu negocio te preocupa y que quieres seguir mejorándolo.

Además también es un punto de contacto con tus clientes existentes y potenciales para recoger su feedback. Inviertes recursos sin recibir de forma inmediata algo a cambio. Demuestras que lo que te preocupa es una mejor experiencia de tus usuarios.

Resumiendo: un lavado de cara no te va a ayudar a facturar más de forma milagrosa. Es una de muchas cosas que tienes que ir haciendo. Te sirve tanto para fidelizar a los que ya están como para darle el último empujoncito a los que ya estaban casi convencidos de comprarte. O eso por lo menos es lo que me gusta pensar… ;)

Si quieres ver las diferentes portadas incluyendo la primera landing que se lanzó (más fea imposible), pincha en la publicación que sacamos ayer en Facebook.

Picard facepalmUn grupo de grandes agencias publicitarias publica una carta abierta a Apple pidiendo que reconsidere los cambios en la gestión de las cookies que va a introducir en Safari 11, y acusando a la compañía de sabotaje, y escenificando una batalla entre la industria de la publicidad y las compañías tecnológicas, con los usuarios en el medio, en la que la única opción posible es que pierda.

La industria de la publicidad ha rizado ya demasiadas veces el rizo de lo absurdo como para seguir resultando mínimamente creíble. Intentemos hacer un análisis mínimamente objetivo de la situación: una serie de agencias protestan porque Apple, en su Safari, va a hacer… ¿qué, exactamente? Lo que Apple pretende es llevar a cabo una gestión proactiva de las cookies a la que han denominado “prevención inteligente del tracking“, que supone el desarrollo de una serie de algoritmos de machine learning destinados a identificar si una cookie proviene de una acción explícita y deseada por el usuario, como el hecho de utilizar la cuenta de Facebook, Google o Twitter para identificarse, o proviene de un sistema de tracking que las compañías utilizan para seguir la navegación de un usuario y administrarle publicidad. En los primeros casos, el uso de las cookies se permitirá, pero en el caso de aquellas cookies que no representen una opción escogida por el usuario, sino destinada al beneficio de terceros, se producirá un bloqueo o un borrado al cabo de un tiempo determinado.

¿Qué pretende Apple? Simplemente, proporcionar una experiencia de uso mejor a unos usuarios que están completamente hartos de ver cómo las agencias y los anunciantes les persiguen a lo largo y ancho de la web.  La publicidad se ha convertido en algo prácticamente obsesivo: entrar en TripAdvisor a ver hoteles en Roma puede significar que te pases quince días viendo en todas partes anuncios de hoteles en Roma, aunque ya lo hubieses reservado a la primera. La sensación de espionaje y de indiscreción es total: no son pocos los casos de personas que han sabido lo que su pareja les iba a regalar porque se han encontrado que el ordenador compartido “se obsesionaba misteriosamente” con publicidad de un producto o servicio determinado.

Apple, como Google, busca mejorar la experiencia de los usuarios de sus productos. En el caso de Google con el próximo bloqueador de publicidad de Chrome, hablamos sin duda de una cuestión polémica: que una compañía que vive en un porcentaje muy elevado de la publicidad, se dedique a sancionar qué publicidad es aceptable y cuál no lo es, con la obvia inmediata consecuencia de que toda la publicidad que provenga de la propia Google será etiquetada como adecuada y pasará sus filtros. E incluso así, la actitud de la mayoría de los usuarios al escuchar el tema es la que es: genial, que llegue ya ese bloqueador, y que se detenga el incesante bombardeo de formatos intrusiva, de intersticiales, de desplegables, de sonido y vídeo preactivado o incluso – por dios, aún existen, como a finales de los ’90 – de pop-ups o pop-unders. En el caso de Apple, el problema es aún menor: la compañía no solo no vive de la publicidad, sino que además, preconiza unas políticas de respeto a la privacidad y a la información del usuario que, por lo general, todos – menos las agencias de publicidad – tienden a aplaudir.

¿Qué ocurre, por tanto? Que los intereses de las compañías tecnológicas están perfectamente alineados con los de sus usuarios, y ambos se sitúan en el mismo bando para luchar contra “los malos”, unas agencias y anunciantes empeñadas en que se puede torturar al usuario y en que el fin de construir modelos de negocio viables en internet justifica cualquier tipo de medios. Atención a este párrafo de la carta de las agencias:

“The infrastructure of the modern internet depends on consistent and generally applicable standards for cookies, so digital companies can innovate to build content, services and advertising that are personalized for users and remember their visits. Apple’s Safari move breaks those standards and replaces them with an amorphous set of shifting rules that will hurt the user experience and sabotage the economic model for the internet.”

(La infraestructura moderna de Internet depende de estándares consistentes y generalmente aplicados para las cookies para que las empresas digitales puedan innovar para crear contenido, servicios y publicidad personalizados para los usuarios y recordar sus visitas. El movimiento de Apple con Safari rompe esos estándares y los reemplaza con un conjunto amorfo de reglas cambiantes que dañarán la experiencia del usuario y sabotearán el modelo económico para Internet.)

La respuesta de Apple, por supuesto, no tiene desperdicio:

“Ad tracking technology has become so pervasive that it is possible for ad tracking companies to recreate the majority of a person’s web browsing history. This information is collected without permission and is used for ad re-targeting, which is how ads follow people around the internet.”

(La tecnología de tracking de anuncios se ha vuelto tan ubicua, que ahora las compañías de seguimiento de anuncios pueden recrear la mayoría del historial de navegación de una persona, una información que se recopila sin permiso y que es utilizada para la segmentación y el re-targeting de anuncios, que es la forma en que esos anuncios persiguen a las personas en Internet.)

Tan sencillo como esto: aunque lo podáis hacer, no nos gusta que lo hagáis, nos parece una intromisión en la privacidad de las personas, y haremos todo lo que esté en nuestra mano para que no lo podáis seguir haciendo. Ahí queda eso. Y además, estamos seguros de que esas intenciones serán aplaudidas por la inmensa mayoría de los usuarios.

Desde hace mucho tiempo, la industria de la publicidad vive instalada en el realismo mágico: realmente cree que sus productos son buenos para el ecosistema, que los usuarios aplaudimos cuando un anuncio nos persigue y nos maravillamos de su habilidad tecnológica, y por supuesto, que los formatos intrusivos no solo no nos molestan, sino que nos regocijamos en su creatividad. Si ven un clickthrough elevado proveniente de una campaña con formatos desplegables o con vídeos con sonido preactivado, por supuesto pensarán que su derroche de ideas ha generado un gran interés en la marca, pero jamás que se trata, en realidad, de usuarios desesperados intentando cerrar el maldito anuncio o interrumpir el sonido mientras se acordaban de todos los familiares vivos y muertos del creativo y de la empresa de turno. Y no, no es una exageración: es que realmente lo creen.

Efectivamente, se puede ser así de idiota. Puedes conseguir que tus usuarios te odien, que las métricas que generen sean un desastre que te dedicas a malinterpretar, que tus clientes desperdicien el dinero en campañas absurdas infladas con cientos de miles de clics robóticos, que construyas una industria tan alambicada que ya nadie se entere de qué paga, a quién y para qué, y que hasta las compañías tecnológicas desarrollen maneras de proteger la experiencia de los usuarios. Y cuando esto ocurre, no piensas en cambiar tus métodos o en que, tal vez, el sentido que has dado al desarrollo de tu industria haya sido el equivocado. No, lo que piensas es que hay un sabotaje, una maniobra en tu contra, una confabulación para privar a los usuarios de esos anuncios que tanto disfrutan…

Tantos años de abuso, de irracionalidad, de persecución y de estupidez han alienado al usuario hasta el punto de que la publicidad se ha vuelto una plaga, una basura, algo de lo que hay que huir. Mientras en la industria, instalados en su realidad alternativa, creen ser altos, guapos, rubios y de ojos azules, el auténtico motor de internet, los usuarios los vemos en realidad como monstruos babosos, pesados, persistentes e insufribles de los que hay que huir como sea, e imaginamos una internet con otros principios. El crecimiento del uso de bloqueadores no es “una moda”: es pura justicia, el mayor boicot jamás visto en la historia. Algunos directivos en la industria de la publicidad necesitan un baño de realidad. Por favor, que avisen a que playa van a ir. Los usuarios procuraremos ir a otra.

 

A lo largo de estos últimos años me han tomado muchas veces el pelo. Por lo menos eso es la sensación que se te queda cuando has acordado una cosa con una persona y luego no se cumple tal como te lo esperabas. Al principio era algo invisible pero cuando veo mis entradas en el espejo pienso que me lo han tomado de forma literal.

acuerdoDerechos de foto de Adobe Stock

Resumiendo he cometido estos errores en los últimos años.

No dejar las cosas por escrito

Una de las cosas más importantes a la hora de cerrar un acuerdo es dejar las cosas por escrito. De esta forma nadie puede decir que eso no es lo que se acordó. “No, mira, aquí lo tienes, firmado por ti.” El problema es que muchas veces la pereza nos gana y pensamos que eso no hará falta porque son “buena gente”. Claro, hasta que dejan de serlo.

Ceder demasiado

A veces tienes tantas ganas de cerrar un acuerdo que te alejas demasiado de tu objetivo. Te olvidas de tus propios intereses y del por qué iniciaste las negociaciones. Tienes miedo de quedar mal y cedes cuando lo mejor en ese caso hubiera sido no llegar a ningún acuerdo.

Apretar demasiado

También te puede ocurrir justo lo contrario. Cuando tienes la sensación que la otra persona quiere a toda costa cerrar ese acuerdo puede que de forma consciente o inconsciente te aproveches de la situación. Cuando la otra parte no saca el mismo beneficio que tú surge un desequilibrio que es tóxico para una sana relación a medio y largo plazo.

La culpa de esto no siempre se la puedes echar al otro bando. En ocasiones eres tú el que simplemente no ha pactado bien. Luego uno se puede quejar si las cosas no salen como previsto.

Al final siempre decides en función del dolor percibido. Si en el momento de cerrar tienes mayor incertidumbre probablemente eres capaz de invertir un poco más de esfuerzo para dejar las cosas por escritas y asegurarte más de una vez que las expectativas por todas partes estén 100% claras. Cuando no percibes ese riesgo ganará la pereza. Luego hay que darse hostias una y otra vez para hacerlo bien desde el principio. Por lo menos mi trayectoria se resume un poco así.

Aun no soy del todo un caso perdido. O eso espero… ;)

Apple Watch Series 3La presentación del Apple Watch Series 3 el pasado día 12 de septiembre, con su Apple eSIM como novedad importantísima aunque no destacada por casi nadie, marca un momento muy interesante que sigue la estrategia habitual de la compañía: la de definir un “momento de la verdad” sin ser para nada el primero en hacerlo desde un punto de vista tecnológico.

Los smartwatches con tarjeta SIM propia están disponibles desde hace ya bastante tiempo: nadie recuerda especialmente cuál fue el primero, y sus ventas, en general, han sido más bien escasas en una categoría aún considerada relativamente secundaria, pero con un sano crecimiento anual y que Apple domina de manera aplastante. Ahora, con el lanzamiento de la tercera iteración de su smartwatch, la marca se adentra en un interesante territorio: el de la sustitución coyuntural del smartphone en determinadas situaciones.

En muy poco tiempo, el smartphone ha pasado de ser un simple terminal telefónico, a convertirse en un “aparato para todo” sin el que no podemos prácticamente salir a la calle. La semana pasada, salí de casa sin mi smartphone, algo que hacía muchísimo tiempo que no me pasaba: me di cuenta de que le faltaba un poco de carga, lo conecté a un cargador en una mesa supletoria, me lo dejé ahí, y no me di cuenta hasta llegar al despacho. La sensación de “desnudez”, de “me falta algo” durante toda la mañana fue profundamente desagradable, culminada con momentos como enviar un correo desde el ordenador pidiendo a alguien que te llame a un terminal que no tenías, intentar pagar algo con Apple Pay, darte cuenta de que no puedes llamar a un Uber, que no puedes acceder al área de embarque de la estación de tren porque tu billete estaba en el Wallet, o que te resulta muy difícil saber en qué diablos de las muchas puertas de la estación te está esperando tu mujer (que además de viajar conmigo ese día, era la encargada de volver a traer el añorado iPhone a mi bolsillo). Decididamente, una mañana incómoda y bastante surrealista, sobre todo cuando mi Apple Watch, reducido durante varias horas a dispositivo para darme la hora y la agenda, se conectó a mi iPhone aunque mi mujer estaba fuera de mi vista y me permitió acceder a mi billete y comunicarme con ella (y lo extraño, pero no especialmente incómodo, que resulta escribir en la pantalla del reloj!) De esos momentos en los que te das cuenta de la dependencia que puedes llegar a tener de un aparato electrónico.

Que el smartwatch se convierta en un sustituto parcial pero razonablemente eficiente del smartphone es algo cuya comodidad atestiguan decenas de miles de aficionados a salir a correr en todo el mundo: decididamente, salir a correr con cien o doscientos gramos en el bolsillo no es cómodo, no tanto por el peso en sí sino por su comportamiento cuando te mueves, lo que lleva a muchos a sujetárselo al brazo con fundas y correas de todo tipo. Salir a correr es más incómodo si tienes que renunciar a cosas que, en cualquier otro momento del día, tienes disponibles simplemente metiendo la mano en el bolso o bolsillo. El momento en que el smartwatch se convierte en un sustituto o recambio digno de tu smartphone, en un dispositivo en el que puedes hacer determinadas cosas, como comunicarte decentemente aunque estés haciendo paddle surf en medio de un lago y sin tener que parecer Dick Tracy, o utilizar determinadas aplicaciones de manera autónoma para pedir un Uber, pagar en una tienda o entrar en un tren, es algo con una dimensión que deja de ser anecdótica. Entre otras cosas porque nadie está a salvo de olvidarse el smartphone, pero es poco habitual olvidarte algo que llevas todo el día sujeto a la muñeca.

Nunca tuve especial interés en el primer Apple Watch, que terminó llegando a mi muñeca como un regalo. En verano, tiendo a prescindir de él: soy muy aficionado al mar y al buceo, y habitualmente lo dejo en casa y o bien me llevo otro reloj, o simplemente no llevo ninguno, sin que me parezca terriblemente incómodo. Sin embargo, no prescindo el smartphone, y aunque obviamente no me lo lleve al mar, es evidente que sí me encontraría incómodo sin él. Como la propia Apple dice,

Whether users are out for a run, at the pool, or just trying to be more active throughout their day, Apple Watch Series 3 with cellular allows them to stay connected, make calls, receive texts, and more, even without iPhone nearby.

(Si el usuario sale a correr, a la piscina, o simplemente trata de ser más activo durante el día, el Apple Watch Series 3 con conectividad celular le permite mantenerse conectado, realizar llamadas, recibir textos y mucho más, incluso cuando no tienen su iPhone cerca)

La sustitución de muchas funciones de un dispositivo de entre cien o doscientos gramos que llevamos en el bolsillo para pasarlas a otro mucho más ligero que llevamos en la muñeca puede parecer, de alguna manera, “un problema del primer mundo“, pero no deja de indicar algo, una tendencia interesante. No sé si es tanto una sustitución, o simplemente la ganancia de grados de libertad que supone poder planteársela en determinadas circunstancias, sea porque sales a correr, porque vas a la playa, porque te has olvidado el smartphone o porque, simplemente, no te apetece llevarlo. Los wearables son una forma de poner presión a los fabricantes de componentes: queremos aparatos cada vez más pequeños, con baterías con mayor duración, con conectividad y con más funciones, hasta el punto de que podamos llegar a emplearlos como sustitutos para otros dispositivos. Pronto, el visor en las gafas, el reloj en la muñeca… y el bolsillo, ¿vacío?