IMAGE: Zerbor - 123RFInteresantísimo articulo que merece una reflexión en The Wall Street Journal, The antitrust case against Facebook, Google and Amazon, sobre los posibles argumentos para aplicar la legislación antimonopolio a compañías tecnológicas que poseen participaciones de mercado desmesuradamente altas, perfectamente comparables a los casos clásicos y paradigmáticos de la historia del management como Standard Oil Co. o American Telephone and Telegraph Co., y lo que esto podría implicar de cara al futuro. 

A nivel mundial, en diciembre de 2017, más del 91% de las búsquedas se hacían en Google, un porcentaje que en muchos países supera el 95% ó 96%. El 87.7% de los smartphones utilizan Android como sistema operativo. En el mundo de las redes sociales, Facebook tiene más de 2,000 millones de usuarios en todo el mundo, además de los 800 millones de Instagram, los 1,200 millones de Facebook Messenger o los más de 1,300 millones de WhatsApp. En comercio electrónico, Amazon es un monstruo con actividad en todo tipo de productos, que domina no solo su actividad original, los libros, sino industrias tan variadas como el cloud computing o los smart speakers.

¿Cuáles son los efectos de una industria tecnológica tan intensamente polarizada? Dejando al margen la discusión sobre si esas posiciones se obtienen por méritos propios o mediante el recurso a estrategias anti-competitivas, las cuotas de mercado tan elevadas nunca han sido una buena noticia para nadie más que para el que las posee (o posiblemente, si lo pensamos en términos de largo plazo y sostenibilidad, ni eso) y, como ocurre en Biología con los monocultivos, son una de las formas más claras de incrementar la vulnerabilidad a determinados problemas. Que Android, por ejemplo, se convierta prácticamente en el sinónimo de smartphone puede parecer una gran victoria del código abierto, pero en realidad, es el requisito necesario para que atraiga problemas de seguridad importantes, como el recientemente identificado Skygofree, con capacidades de espionaje nunca vistas anteriormente, o como desde hace muchos años ocurre con Windows en el ámbito de los ordenadores personales. Que Facebook se convierta en el sitio donde más norteamericanos consumen sus noticias es lo que lleva a países como Rusia a plantearse utilizarlo como herramienta para influenciar el resultado de sus elecciones presidenciales.

¿Es de alguna manera beneficioso para los usuarios que las empresas sobrepasen determinados niveles de cuota de mercado? En el mundo de la tecnología, todo indica que no: las compañías que alcanzan un dominio del mercado incontestable pasan a disfrutar de una situación en la que la práctica totalidad de los avances de su industria provienen de ellas mismas, lo que suele implicar una ralentización de la innovación, que pasa a estar supeditada a la agenda corporativa o a afrontar cualquier amenaza externa con una simple adquisición, como es el caso de Facebook. ¿Que alguna compañía consigue innovar y destacarse en mi ámbito? O le hago “una oferta que no pueda rechazar”, o, si está tan loco como para rechazarla, copio su producto y prestaciones y simplemente espero.

La legislación y las autoridades anti-monopolio se crearon como respuesta a un problema intrínseco del capitalismo. La evolución de la economía ha ido demostrando que gracias a la tecnología, los monopolios se alcanzan cada vez de manera más rápida e indiscutible, dando lugar a estructuras que no redundan en beneficios para prácticamente nadie más que aquel que es capaz de explotar su ventaja para distorsionar el mercado. Si combinamos esto con el crecimiento de las actividades de lobbying, nos encontramos ante una situación que tiende a aceptar correcciones del regulador de una manera cada vez más excepcional: las autoridades anti-monopolio, en realidad, llevan a cabo su papel corrector en cada vez menos ocasiones.

¿Han hecho las compañías tecnológicas algo que deba merecer una respuesta decidida de las autoridades anti-monopolio? Es posible que no, o no de manera generalizada. Todos recordamos momentos en los que sí se han identificado actitudes anti-competitivas en determinadas compañías, pero… ¿serían realmente merecedoras de una decisión tan drástica como obligar a una compañía a escindirse en distintas áreas de actividad? ¿Pero qué sentido tiene disponer de una herramienta para sanear el panorama competitivo y mejorar la situación de los usuarios, si esta herramienta se convierte en algo que prácticamente nunca llega a ser utilizado, y si podríamos pensar que su uso sí podría influir positivamente de cara a generar una situación competitivamente mejorada? ¿Ha llevado la tecnología a la necesidad de repensar las reglas del capitalismo tal y como las conocemos? En un capitalismo exclusivamente orientado al resultado financiero, en el que lo que cuenta es estrictamente el beneficio, la responsabilidad social corporativa que debería incentivar una creación de valor con una base más amplia y sostenible se convierte en un elemento folclórico, en una frase vacía para ponerla en la memoria corporativa, en un “compromiso de que lo reciclamos todo” cuando en realidad, lo enviamos a vete tú a saber dónde para que otro haga vete tú a saber qué. ¿Deberíamos reconsiderar el concepto de creación de valor, para darle un significado completamente distinto, incluyendo conceptos más allá del lucro del emprendedor o innovador, que de verdad permitan optimizar los frutos de la innovación de una manera más adecuada?

 

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