IMAGE: Maxim Kazmin - 123RFLectura obligada de hoy es la carta que el creador de la web, Tim Berners-Lee, escribe con motivo del vigésimo noveno aniversario de su creación, titulada The web is under threat. Join us and fight for it, publicada simultáneamente en inglés, español, francés y portugués: un alegato que denuncia el asfixiante control de la web por parte de unas pocas compañías y que condiciona, tristemente, el que los próximos veinte años vayan a ser mucho menos innovadores que los veinte anteriores.

En este momento, innovar en la web se ha vuelto enormemente difícil: si no tienes sobre ti el paraguas de unas pocas compañías, tus posibilidades se limitan prácticamente a que te compre alguna de ellas: esas compañías controlan no solo los recursos disponibles y adquieren cualquier proyecto mínimamente innovador que consideren que pueden aprovechar, sino que, además, controlan la difusión de las ideas en la web, con consecuencias por todos conocidas.

Los problemas actuales de la web, el haber contribuido a la expansión de ideas radicales o haber manipulado la democracia condicionando el voto de muchas personas en función de falsos escenarios de confrontación, tienen que ver, además de con una ausencia de educación y de preparación para este tipo de situaciones en los usuarios, con los intereses económicos de estas compañías.

En este sentido, resulta interesantísimo leer, también hoy, a Zeynep Tufekci, profesora en la University of North Carolina y en Harvard, en su artículo en The New York Times titulado YouTube, the great radicalizer, en el que detalla un fenómeno que seguramente muchos hemos podido comprobar cuando entramos en el gran repositorio de vídeos y, tras terminar de ver aquello que acudimos a ver, nos encontramos con esas recomendaciones algorítmicas que pretenden que nos pasemos el resto del día en la plataforma, con recomendaciones que, aparentemente, no podemos dejar de ver. Según experimentos de la autora, esas recomendaciones, destinadas por supuesto a incrementar nuestro tiempo de consumo, tienden a ofrecernos contenido cada vez más radicalizado con respecto al que vimos anteriormente, lo que puede hacer que, durante las pasadas elecciones, si comenzabas viendo un vídeo de un discurso de Trump, terminases recibiendo recomendaciones de supremacistas blancos, de negacionistas del holocausto o de racismo exacerbado. Si por el contrario, comenzando desde una cuenta recién creada, entrabas para ver vídeos de Hillary Clinton o de Bernie Sanders, las recomendaciones de la plataforma te llevaban a ver vídeos conspiranoicos de agencias secretas del gobierno o de supuestas tramas gubernamentales tras el 11S. El fenómeno no se limitaba a la política: si entrabas a ver un vídeo sobre fitness, terminabas viendo contenido sobre ultramaratones. Si consumías vídeos sobre vegetarianismo, rápidamente pasabas al veganismo.

Presumiblemente, no se trata de intereses de Google o de YouTube, más allá del propio interés por que pases más tiempo con los ojos pegados a su plataforma. Si diseñas un algoritmo para incrementar a toda costa el tiempo que una persona pasa en YouTube, ¿cuál es el camino fácil para ese algoritmo? Escoger, de entre todo el contenido disponible, aquel que le ofrece contenidos similares a aquellos por los que demostró interés, pero cada vez más radicales, más exagerados, más extremos. El caso ilustra perfectamente el tema sobre el que Berners-Lee alerta en su carta: los intereses comerciales de unas pocas compañías están jugando un papel tan importante en la evolución y destino de la web, que se han convertido en un serio problema, dado que en muchas ocasiones, esas mismas compañías no entienden lo que tienen entre manos y sus posibles efectos secundarios. Con la excusa de hacer crecer los beneficios de unas pocas compañías, estamos llevando a cabo la radicalización de toda la sociedad, y generando problemas que la propia sociedad va a tener que solucionar.

Según Berners-Lee, la solución está en la regulación. Sinceramente, no lo tengo claro. La regulación, en este mundo compartimentado en el que cada país defiende sus propios intereses, se somete a la soberanía de cada territorio, y resulta completamente inútil en la mayoría de los casos, cuando no abiertamente perversa. La regulación de internet en determinados países persigue criterios abiertamente políticos como privar a sus ciudadanos de determinados contenidos o de la exposición a ciertas fuentes y perspectivas. Buena suerte intentando influir en la regulación de países como Irán, Turquía… o por supuesto China: que el papel de las Google, Apple, Facebook y Amazon en China lo jueguen Baidu, Alibaba y Tencent no es fruto de la mayor brillantez de estas compañías ni de su mejor conocimiento del entorno, sino de una regulación que sistemáticamente ha excluido a otras compañías extranjeras, del mismo modo que los Estados Unidos pretenden ahora hacer con compañías chinas como Huawei o con ZTE. La regulación, en un mundo en el que hemos superpuesto una red global a una regulación parcelada, tiene ahora pocas posibilidades de enderezar las cosas, me temo.

La web es un proyecto en construcción, y nadie dijo que fuese a ser sencillo. Es, seguramente, uno de los proyectos más ambiciosos que hemos visto en la historia, y como tal, está sometido a enormes intereses de cara a su control. En cualquier caso, lecturas muy interesantes, fundamentales, y de fuentes más que autorizadas para decir las cosas que dicen. Si nos lleva a pensar un poco sobre estos temas y a ser un poco más conscientes de determinados fenómenos, ya habremos conseguido un buen objetivo.

 

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