Beam Dental InsuranceUna aseguradora dental norteamericana, Beam Dental, genera inquietud en algunos de sus clientes al decidir enviarles, como parte de un paquete de beneficios o perks incluidos en su póliza, un cepillo de dientes conectado que deben utilizar en combinación con una app en su smartphone, y que transmite los datos sobre sus hábitos de higiene bucodental a la compañía.

La aseguradora afirma que los datos de los usuarios no son vendidos o compartidos con ninguna otra compañía, y que son utilizados para promover mejores hábitos de higiene entre sus clientes y para, convenientemente agregados, poder proponer las mejores tarifas a cada grupo: muchas de estas pólizas en los Estados Unidos son financiadas por compañías que las ofrecen a sus empleados, lo que lleva al fundador y CEO de la compañía, Alex Frommeyer, a escribir artículos como este A CEO’s guide to group health 2.0, a tomar una aproximación proactiva e intensiva en datos de cara al cuidado de la salud de sus empleados.

¿Tiene sentido que la compañía que se hace responsable de los gastos derivados de la salud de tus dientes pretenda tener información detallada y exacta de tus hábitos de salud bucodental, o hablamos de una violación de la privacidad? Si lo pensamos, las aseguradoras de automóvil tienen información completa sobre nuestra accidentalidad, y en el caso de algunos países, es ya prácticamente imposible obtener un seguro para un conductor novel si no aceptamos que la compañía instale en su vehículo una caja negra que evalúa sus hábitos al volante. Las aseguradoras de salud o vida, por ejemplo, preguntan en sus cuestionarios las características y hábitos de sus asegurados y excluyen o incrementan el precio a aquellas personas con hábitos poco saludables, como el tabaco o el consumo excesivo de alcohol, o a aquellos que practican actividades o deportes que puedan suponer una elevación del riesgo.

La diferencia, a juzgar por la indignación de algunos consumidores, parece estar cuando se pasa de una información declarativa – el cliente declarando sobre sus hábitos, costumbres o factores que puedan afectar al riesgo – a una información retransmitida en tiempo real mediante un aparato conectado a internet y directamente a los ficheros de la compañía. Mientras en el primer caso, el usuario se siente dueño de sus datos y simplemente, salvo en el caso de que le demanden pruebas, análisis o diagnósticos, tiene cierta potestad para tomar la decisión de declarar o no una información determinada, en el segundo, esa información pasa sin prácticamente control por su parte de manera directa a la compañía, que puede tomar las decisiones oportunas en función de lo que esa información le revele acerca del posible riesgo implicado en la operación.

¿Debe la póliza dental de una persona con malos hábitos de higiene bucodental ser más cara que la de una persona con hábitos impolutos? Dado que los cálculos de una aseguradora se llevan a cabo sobre la totalidad de su cartera, cabe argumentar que si una aseguradora consigue tener en esa cartera a un número más elevado de clientes con buenos hábitos, podría obtener un beneficio superior y, por tanto, sería susceptible de ofrecer mejores precios – si tomase, lógicamente, la opción de trasladar esos ahorros al cliente final – que si se viese obligada a incurrir en muchos más gastos por tener muchos asegurados con malos hábitos. Desde el punto de vista del cliente, cuantos mejor sea la calidad media de la cartera, mejores precios podría aspirar a obtener, lo que permitiría a la aseguradora ser más competitiva si consigue mantener esa calidad. En una situación así, los clientes que decidiesen mantener unos hábitos de higiene malos, se verían obligados a incurrir en un gasto superior o a buscar aseguradoras que estuviesen dispuestas a aceptar un riesgo mayor.

En realidad, es exactamente lo que desde hace muchos años ocurre con otros ramos del seguro como el automóvil, y que en los últimos tiempos se procura evaluar de una manera cada vez más fehaciente recurriendo a esas cajas negras, sensores, apps, etc. En el caso de la salud, se está detectando un incremento cada vez mayor en el número de compañías que ofrecen a sus trabajadores el acceso a tests genéticos, algo que, según algunos, pone en manos del trabajador una información que no necesariamente está preparado para aceptar y es susceptible de generar incertidumbre, preocupación o incluso toma de decisiones no completamente racionales, como extirparse determinados órganos en función de una supuesta propensión a un carcinoma que no tendría necesariamente que expresarse y para cuyo riesgo, posiblemente, sería más que suficiente generar una rutina de monitorización periódica adecuada. Por otro lado, tener a un trabajador con riesgos sensiblemente incrementados podría, hipotéticamente, conllevar un aumento en el precio de la póliza colectiva de salud que las compañías ofrecen a sus empleados, lo que sería susceptible de provocar discriminación, en contra de lo que establece la Genetic Information Nondiscrimination Act (GINA) promulgada en 2008.

Resulta fácil imaginar otros tipos de usos: ¿podría beneficiarme de un seguro de hogar en mejores condiciones si decidiese compartir los datos generados por determinados dispositivos en mi hogar que son susceptibles de evitar, por ejemplo, una inundación o un incendio? ¿O si comparto los datos de mi alarma, que demuestran que soy muy riguroso en su uso y, por tanto, reducen sensiblemente la probabilidad de un robo? El uso de pulseras monitorizadoras de la actividad física en entornos corporativos, por ejemplo, sería un caso similar, pero con algunos detalles adicionales: toda compañía está, en principio, interesada en tener empleados más sanos y con hábitos de ejercicio más saludables. Pero cuando ese interés se traduce, además, en mejores precios en la póliza de salud corporativa, la cuestión podría, hipotéticamente, dar lugar a discriminación en aquellos empleados que no mantienen esos hábitos saludables, dado que supondrían un empeoramiento neto de la cartera y, por tanto, un riesgo superior.

El negocio asegurador siempre ha consistido en llevar a cabo la estimación de un riesgo y ofrecer un contrato que recoja la eventualidad de que ese riesgo se produzca, contrato tasado en función de la probabilidad que la compañía le asigna. Los baremos que tradicionalmente se aplican en la mayoría de los ramos del seguro son simples indicaciones en función de parámetros que no afectan demasiado a la privacidad, como la edad, el sexo o algunas circunstancias evaluadas en función de cuestionarios. En ese sentido, las aseguradoras llevan a cabo su trabajo en un entorno de incertidumbre, aseguran relativamente a ciegas, y confían en que esos parámetros les permitan aproximar esa probabilidad de riesgo. En plena era de la internet de las cosas, la lógica apunta a que las aseguradoras intenten cada vez tener la mayor información posible sobre los riesgos que aseguran. ¿Es esto compatible con la idea de privacidad que tienen sus clientes? ¿Debe serlo? ¿Quieren los clientes que lo sea o prefieren, supuestamente, acceder a beneficios – o a precios más elevados – en función de las circunstancias que revelen esos dispositivos? ¿Vamos hacia un entorno cada vez más controlado, en el que la mayoría de los riesgos puedan ser detectados de manera inmediata y eventualmente afecten a lo que pagamos por nuestros seguros o a otro tipo de elementos, potencialmente incluyendo el desarrollo de un modelo de salud cada vez más basada en la prevención? ¿Cuál es la sensibilidad del cliente medio a la hora de compartir información con su aseguradora?

 

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