IMAGE: IQoncept- 123RFConsultes las previsiones que consultes, pueden resultar espeluznantes según para quién las lea: se prevé que la llegada de los robots y la automatización inteligente elimine entre un 38% y un 50% de las tareas que hoy definimos como trabajos. Hablamos de trabajos de todo tipo: existen evidencias crecientes que apuntan a una sustitución a todos los niveles, no simplemente a las llamadas 4D (tareas aburridas, peligrosas, degradantes o sucias), y de un impacto que provocaría una redefinición en su conjunto de la sociedad que conocemos. A medida que los algoritmos aprenden a hacer cada vez más cosas y a hacerlas, además, con más eficiencia que los humanos en todos los sentidos (menor coste, más velocidad y menos errores), al tiempo que dejan de limitarse a tareas meramente repetitivas, parece claro que las sociedades del futuro tendrán que repensar y replantear completamente el concepto de trabajo si pretenden generar un panorama mínimamente sostenible en el tiempo.

La idea de diseñar impuestos especiales para los robots no parece, igualmente, demasiado sostenible: tasar la innovación puede provocar un desincentivo que posiblemente dilate algo en el tiempo su adopción, pero dista mucho de ser una tarea sencilla: calcular la función o el ratio de sustitución de robots a trabajadores no resulta en absoluto claro en cuanto la tecnología sigue avanzando, y rápidamente deja de tener sentido. Las evidencias históricas sugieren que tratar de detener el progreso de la tecnología nunca ha tenido ningún sentido ni ha resultado positivo para quienes lo intentan, y en un mundo fragmentado, sin acuerdos en este sentido y con grandes incentivos para quienes siguen desarrollando más allá de donde otros países se detienen, menos aún.

Pero ¿y si la respuesta estuviese, de nuevo, en la proyección de fenómenos de sustitución comparables que tuvieron lugar en períodos históricos anteriores? La rueda, el telar, el tractor o las neveras dejaron sin trabajo a muchas personas, pero posibilitaron nuevos modelos económicos que terminaron dando trabajo a muchas más. ¿Y si el desarrollo de la inteligencia artificial, en realidad, terminase creando muchos más puestos de trabajo de los que elimina, como postulan algunos estudios llevados a cabo por Gartner o permitiese que los trabajos existentes añadiesen más valor? Hace pocos días, comentaba lo que me gustarían que los algoritmos fuesen capaces de llevar a cabo no la totalidad mi trabajo, pero sí las partes del mismo que menos me enriquecen, que son más pesadas y me aportan menos. Desde hace mucho tiempo, hay partes de mi trabajo que sigo llevando a cabo yo porque no me veo subcontratándoselas a nadie, pero que me llevan a situaciones en las que siento que “muero por dentro” por tener que dedicar tiempo a ellas. La idea de que esas tareas desapareciesen y fuesen llevadas a cabo por un algoritmo que, además, las pudiese hacer de manera más rápida, más eficiente y con menos errores me resulta enormemente atractiva, y mucho más teniendo en cuenta que no tengo ningún problema a la hora de “llenar de sentido” esas horas liberadas: es más, durante toda mi vida profesional, mi problema nunca ha sido cómo llenar mis horas de trabajo, sino más bien cómo encontrar tiempo para hacer lo que realmente tenía ganas de hacer. El mayor problema a la hora de innovar no es la falta de ideas, sino la falta de tiempo para ponerlas en práctica: es difícil innovar cuando todas las horas que dedicas al trabajo están repletas de tareas que una máquina podría hacer de manera más eficiente que tú.

En ese sentido, me ha gustado el artículo de Per Bylund, pensador anarcocapitalista y profesor de Oklahoma State University, en Quartz: la automatización de los trabajos es la forma que la sociedad tiene de progresar, e intentar detenerla o dificultarla resulta, además, de imposible, completamente irresponsable. Según el artículo, si todo el mundo hubiese estado permanentemente agotado de trabajar en los campos, nadie habría tenido el tiempo necesario como para inventar el tractor. Por supuesto, la eliminación de determinados trabajos es susceptible de generar tensiones sociales: a nadie le gusta, por más que su trabajo no sea en realidad digno de ser realizado por una persona, o por mucho que sea aburrido, peligroso, degradante o sucio, que la posibilidad que tenía de obtener un sueldo todos los meses desaparezca, y si esa sustitución se lleva a cabo sin las adecuadas medidas, podemos estar hablando de una importante fuente de conflictividad social – a la que, además, resultaría muy sencillo encontrarle justificación.

El factor esencial, por tanto, para que la sociedad transite por una sustitución de personas por robots que parece completamente inevitable en un gran número de tareas y a la que negarse sería simplemente absurdo y anacrónico, podría estar en la cualificación y la reeducación de los trabajadores que sufren procesos de sustitución. En lugar de intentar, seguramente sin resultado, frenar la disrupción tecnológica para proteger a un pequeño número de trabajadores a expensas de beneficios para la gran mayoría, los legisladores deberían enfocarse en plantear más acciones para ayudar a aquellos que son desplazados a transitar exitosamente hacia nuevos empleos y ocupaciones que tengan sentido y sean susceptibles de seguir generando valor. ¿Es posible llevar a cabo estos procesos de una manera mínimamente realista, o hablamos de algo tan complejo e idealizado como la posibilidad de reconvertir a mineros o a taxistas, por citar dos profesiones en riesgo de inminente sustitución, en esos desarrolladores de software que todos prevén que van a ser necesarios? Según un documento de la Information Technology & Innovation Foundation (ITIF), los gobiernos deberían comprometerse activamente a abrazar la revolución tecnológica y la digitalización en lugar de intentar retrasar o contener sus efectos, y tratar de enfocarse en ayudar a los trabajadores desplazados a encontrar empleos en lugar de optar por soluciones como la creación de planes de subsidio o ayuda, o por el desarrollo de rentas básicas incondicionales.

La discusión en torno a la renta básica incondicional es ya un clásico en estos temas: mientras algunos afirman que su instauración reduciría el incentivo de los trabajadores para formarse o buscar nuevos empleos, ralentizaría el crecimiento económico y terminaría perjudicando a los trabajadores que pretendía ayudar, sus defensores afirman que además de ser necesaria para un futuro en el que nuestra relación con el trabajo se redefine completamente, permite que las personas planteen sus objetivos vitales en un entorno de libertad para elegir, sin verse presionados por la necesidad inmediata de obtener un salario. Al tiempo, redefinir el sistema educativo para posibilitar nuevos objetivos formativos relevantes para los mercados de trabajo y obtenidos de manera rápida y eficiente.

Las necesidades de la sociedad del futuro solo serán evidentes cuando lleguemos a ella. Mientras tanto, habrá que intentar que los emprendedores dispongan tanto de los medios de producción automatizados que la tecnología permita, como del capital humano necesario para ello, al tiempo que se facilitan posibilidades a los trabajadores de los puestos eliminados. Sin duda, la transición no será rápida, cómoda o fácil para nadie, pero los resultados podrían llevarnos a una nueva etapa, con planteamientos posiblemente más equilibrados que la actual.

 

IMAGE: Loulia Bolchakova - 123RFUn artículo en The Guardian, Big Brother isn’t just watching: workplace surveillance can track your every move, permite observar cómo está evolucionando la vigilancia de los trabajadores en los Estados Unidos, en donde la discusión sobre la vigilancia en entornos laborales no se ha visto afectada por la sentencia del caso Bărbulescu v. Rumanía que afirma que “las instrucciones del empresario no pueden reducir a cero la vida social privada en el lugar de trabajo”.

El artículo describe un panorama completamente agobiante definido no solo por la vigilancia durante las horas de trabajo o por el control de las comunicaciones de todo tipo, sino incluso por sistemas como patrones de navegación online, lectores de teclado, monitorización de mensajería instantánea, redes sociales, etc. La auténtica disfuncionalidad de los entornos profesionales, en los que el nivel de vigilancia se eleva hasta el más absoluto de los absurdos en manos de directivos controladores hasta el límite del absurdo, patéticos aprendices de los peores tiempos de la Stasi.

Compañías que vigilan a sus empleados hasta el punto de conectar la cámara de sus ordenadores cada diez minutos, revisando sus comunicaciones o utilizando métricas como el número de correos electrónicos enviados, el número de teclas pulsadas o las horas delante de la pantalla como indicadores de productividad, amparándose en requisitos legales como la necesidad de controlar las comunicaciones en empresas financieras para evitar casos de uso de información privilegiada, o en otras industrias para controlar el cumplimiento de requisitos regulatorios (compliance). Como ocurre siempre en este tipo de casos, la vigilancia diseñada para evitar un comportamiento ilegal disuade inmediatamente al interesado en llevarlo a cabo, que pasa a optar por otros canales o metodologías, y se convierte en una manera de vigilar de manera completamente injustificada a todos los demás. Metodologías de control que deberían limitarse a un examen excepcional en caso de sospecha, convertidas en objeto de control habitual exhaustivo y agobiante, en formas absurdas de pretender reducir la actividad profesional a la labor de un autómata.

El artículo de The Guardian examina productos de compañías como Crossover, InterGuard, Wiretap, Teramind, Digital Reasoning, Qumram, Fama y otras similares que, con la excusa de promover entornos profesionales más seguros, más controlados o con menores riesgos pueden ser utilizadas para generar unos niveles de vigilancia y monitorización que deberían ser considerados como absolutamente inaceptables, y que atacan la misma esencia de la dignidad humana. En efecto, la tecnología nos ofrece posibilidades inigualables para hacer determinadas cosas, pero… ¿es bueno realmente hacerlas y llevar esas posibilidades hasta su límite? Una lectura interesante que permite entrever un conjunto de tendencias preocupantes, que afortunadamente tienen más limitaciones regulatorias en entornos europeos, pero que no sería extraño ver planteadas en el contexto de determinadas culturas empresariales.

Si como directivo piensas que la tecnología es una herramienta para generar ambientes de vigilancia y control total, tienes un serio problema psicológico. Nada, ni la compliance, ni los riesgos de seguridad ni la productividad justifica que sometas a tus trabajadores a entornos de ese tipo. Por muchas posibilidades que ofrezca la tecnología, los entornos de trabajo del futuro tienen necesariamente que evolucionar de otra manera.

 

IMAGE: Loulia Bolchakova - 123RFUn artículo en The Guardian, Big Brother isn’t just watching: workplace surveillance can track your every move, permite observar cómo está evolucionando la vigilancia de los trabajadores en los Estados Unidos, en donde la discusión sobre la vigilancia en entornos laborales no se ha visto afectada por la sentencia del caso Bărbulescu v. Rumanía que afirma que “las instrucciones del empresario no pueden reducir a cero la vida social privada en el lugar de trabajo”.

El artículo describe un panorama completamente agobiante definido no solo por la vigilancia durante las horas de trabajo o por el control de las comunicaciones de todo tipo, sino incluso por sistemas como patrones de navegación online, lectores de teclado, monitorización de mensajería instantánea, redes sociales, etc. La auténtica disfuncionalidad de los entornos profesionales, en los que el nivel de vigilancia se eleva hasta el más absoluto de los absurdos en manos de directivos controladores hasta el límite del absurdo, patéticos aprendices de los peores tiempos de la Stasi.

Compañías que vigilan a sus empleados hasta el punto de conectar la cámara de sus ordenadores cada diez minutos, revisando sus comunicaciones o utilizando métricas como el número de correos electrónicos enviados, el número de teclas pulsadas o las horas delante de la pantalla como indicadores de productividad, amparándose en requisitos legales como la necesidad de controlar las comunicaciones en empresas financieras para evitar casos de uso de información privilegiada, o en otras industrias para controlar el cumplimiento de requisitos regulatorios (compliance). Como ocurre siempre en este tipo de casos, la vigilancia diseñada para evitar un comportamiento ilegal disuade inmediatamente al interesado en llevarlo a cabo, que pasa a optar por otros canales o metodologías, y se convierte en una manera de vigilar de manera completamente injustificada a todos los demás. Metodologías de control que deberían limitarse a un examen excepcional en caso de sospecha, convertidas en objeto de control habitual exhaustivo y agobiante, en formas absurdas de pretender reducir la actividad profesional a la labor de un autómata.

El artículo de The Guardian examina productos de compañías como Crossover, InterGuard, Wiretap, Teramind, Digital Reasoning, Qumram, Fama y otras similares que, con la excusa de promover entornos profesionales más seguros, más controlados o con menores riesgos pueden ser utilizadas para generar unos niveles de vigilancia y monitorización que deberían ser considerados como absolutamente inaceptables, y que atacan la misma esencia de la dignidad humana. En efecto, la tecnología nos ofrece posibilidades inigualables para hacer determinadas cosas, pero… ¿es bueno realmente hacerlas y llevar esas posibilidades hasta su límite? Una lectura interesante que permite entrever un conjunto de tendencias preocupantes, que afortunadamente tienen más limitaciones regulatorias en entornos europeos, pero que no sería extraño ver planteadas en el contexto de determinadas culturas empresariales.

Si como directivo piensas que la tecnología es una herramienta para generar ambientes de vigilancia y control total, tienes un serio problema psicológico. Nada, ni la compliance, ni los riesgos de seguridad ni la productividad justifica que sometas a tus trabajadores a entornos de ese tipo. Por muchas posibilidades que ofrezca la tecnología, los entornos de trabajo del futuro tienen necesariamente que evolucionar de otra manera.

 

Willow Campus (click to read more)Los planes de Facebook para la ampliación de su sede en Menlo Park incluyen la construcción de un complejo de 1,500 viviendas, con tiendas, supermercados, farmacias, parques, hoteles y todos los elementos e infraestructura de una pequeña ciudad para la vida cotidiana de sus trabajadores, bautizado como Willow Campus.

Los planes, cuya construcción se prolongaría hasta 2021, están pensados como forma de paliar uno de los principales problemas que los trabajadores de la compañía tienen a la hora de plantearse vivir en la zona de la bahía de San Francisco: los costes de vivienda se han elevado hasta el punto de convertirse en prácticamente irracionales. Una gran cantidad de compañías tecnológicas que pagan sueldos más elevados que la media y que, en muchas ocasiones, incluyen en sus negociaciones con los trabajadores el pago de todo o parte del coste del alquiler, han generado una situación de brutal gentrificación: en lo que hace algunos años eran las peores zonas de la ciudad, hoy no puede vivir ninguna persona con un sueldo considerado razonable.

La solución que Facebook parece estar diseñando es ofrecer viviendas a sus trabajadores en la proximidad de su lugar de trabajo: unos 225 apartamentos, un 15% del total, serían ofrecidos en alquiler a precios más bajos que los del mercado, presumiblemente a personas de la compañía. Otros podrían ser ofrecidos de forma abierta, aunque los detalles específicos aún no están claros. El espacio de oficinas que se crearía tampoco está definido si sería para uso exclusivo de Facebook o si se ofrecería a otras compañías. Además, Facebook está invirtiendo decenas de millones de dólares en mejoras de la US101, que sufre fuertes colapsos de tráfico que pueden llevar a tiempos de desplazamiento notablemente elevados.

Lo que Facebook está diseñando es, a todos los efectos, una pequeña ciudad, como puede verse en el vídeo de presentación: más de 160,000 metros cuadrados de oficinas, 1,500 viviendas, casi 12,000 metros cuadrados de superficie comercial, un mall, un centro cultural, un hotel y un centro de visitas… todo un auténtico “Facebookville”, no sé si incluyendo o no una estatua de su fundador :-) Una idea que lleva mucho más allá lo que otras grandes compañías han diseñado para sus sedes corporativas: hasta el momento, hablábamos de convertir esas sedes en autenticas ciudades en las que trabajaban decenas de miles de empleados. Ahora, además, muchos de esos empleados podrían directamente vivir en ellas.

La idea de proporcionar a un empleado no solo un puesto de trabajo, sino además, una vivienda en las inmediaciones del mismo parece, en principio, sumamente práctica: un diseño de ciudad llevado a cabo por una compañía como Facebook es evidente que no descuidaría en absoluto las infraestructuras necesarias para sus trabajadores, el ancho de banda o los sistemas de transporte adecuados. La experiencia de estos trabajadores podría convertirse seguramente en muy práctica y funcional, en una suerte de “vida en una burbuja” que muchos considerarían privilegiada, en la que muchas de las interacciones de su vida cotidiana se adaptarían a sus circunstancias. De cara a la atracción y retención de talento, estas compañías serían capaces de ofrecer una auténtica experiencia inmersiva, una solución “todo en uno” que seguramente podría resultar interesante para personas que, de otra manera, tienen que plantearse su movimiento profesional como todo un complejo puzzle repleto de complicaciones.

¿A dónde podría llegar un modelo de este tipo? ¿Qué problemas, ventajas o inconvenientes podría llegar a generar? Mi experiencia en Arabia Saudí, país que está creando nuevas ciudades desde cero conceptualizadas y construidas por una compañía, me lleva a pensar que las ganancias en eficiencia y planteamiento cuando se puede construir una ciudad desde cero son potencialmente enormes, hasta el punto de suponer un replanteamiento de muchos de los elementos de fricción de la vida cotidiana en ciudades tradicionales. ¿Está Facebook iniciando una tendencia hacia el desarrollo de “ciudades corporativas” que ofrezcan a sus trabajadores una experiencia que intenta mejorar las prestaciones de la vida en las ciudades que conocemos? ¿Os veríais viviendo en una ciudad en la que la presencia de la compañía para la que trabajáis es prácticamente ubicua, porque la ha creado y desarrollado esa misma compañía?

 

La tecnología jubilará primero a los menos cualificados - El Pais

Miguel Ángel Criado me envió algunas preguntas por correo electrónico para documentar su artículo en El País sobre el futuro del trabajo, encuadrado en el Proyecto REIsearch sobre el impacto de la nueva generación de internet sobre diversas facetas de la vida, y que fue publicado ayer con el título “La tecnología jubilará primero a los menos cualificados” (versión en papel en pdf). 

El tema, como sabréis los que os pasáis por aquí a menudo, me apasiona completamente, y lo revisito de manera bastante habitual. Mis respuestas intentan sintetizar algunas de las cuestiones más candentes cuando se habla del futuro del trabajo como base fundamental de la sociedad que conocemos o incluso de la identidad de la persona, hasta el punto de que cuando hablamos de alguien, es muy habitual definirlo haciendo referencia a su profesión. Ideas como la destrucción neta de puestos de trabajo, el concepto de a qué llamamos empleo, la posibilidad de que trabajar en el futuro se entienda de una manera completamente diferente a como la entendemos hoy (o incluso a que existan muchas tareas que nos parezcan cualquier cosa menos un trabajo y que se desarrollen en regímenes no vinculados a ningún tipo de horario o de presencia en un lugar determinado), la evolución hacia sistemas basados en la renta básica incondicional, o las posibles variables geopolíticas implicadas en esa evolución.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con Miguel Ángel (como entenderéis, sabía perfectamente que era imposible que publicase todo y que tendría que limitarse a uno o dos entrecomillados, pero me lancé a escribir como si no hubiese un mañana porque, como ya he comentado, el tema me parece fascinante y escribir siempre ayuda a ordenar las ideas :-)

 

P. En el proceso de destrucción/creación en el que andamos inmersos por obra y gracia de las nuevas tecnologías, ¿cuál será el balance neto? ¿habrá más, menos o el mismo empleo?

R. Depende de lo que entiendas por empleo. A medida que las máquinas van no solo aprendiendo a hacer más cosas, sino que además las van haciendo cada vez mejor, mucho mejor que las personas (conducir un vehículo, manejar una herramienta, ensamblar cosas en una cadena de montaje, procesar lenguaje, etc.) y a un coste más bajo, pensar que va a haber más empleo del tipo que hoy conocemos como empleo es simplemente absurdo. Si restringimos empleo a lo que hoy conocemos como empleo, olvídalo: habrá mucho menos. Sin embargo, lo que tenemos que pensar es que vamos hacia un mundo en el que muchas personas harán cosas que hoy no consideraríamos empleo, pero lo serán.

Esto, en realidad, lo hemos visto antes: yo tenía verdaderas dificultades para explicarle al abuelo de mi mujer, con sus noventa y tantos años, que esos días que yo me quedaba en casa delante de mi ordenador estaba en realidad trabajando. Me miraba con desconfianza y, al cabo de un rato me volvía a preguntar, “ya, pero… ¿no vas a ir a trabajar?” Para él, el trabajo era inseparable del hecho de desplazarse a un lugar determinado y “hacer” físicamente algo, y como eso de sentarme delante de una pantalla “no podía ser trabajo”, se preocupaba porque pensaba que su nieta se había casado con un tipo aparentemente muy vago que no salía de casa para ir a trabajar y que se pasaba el día delante de una pantalla… seguramente “jugando a algo”. ¿Cuántas cosas de las que vivirán nuestros hijos serán para nosotros inclasificables dentro del concepto de “trabajo” o “empleo”?

Para acomodar ese tipo de empleo que una persona hace “cuando quiere y le apetece”, porque si no es algo que le apetece habrá una máquina que lo haga, hay que cambiar el modelo social. Sin ese cambio de modelo, la distribución de la riqueza entraría en un absurdo conceptual, con un porcentaje cada vez mayor de excluidos y una concentración cada vez más elevada de riqueza en manos de unos pocos, algo social y políticamente insostenible. Cuando cambia el concepto que tenemos de empleo o trabajo como elemento central de la identidad de las personas, cambia todo el modelo social. Por más que pienso en modelos futuros de sociedad, no paro de llegar a la misma conclusión: será indispensable un modelo de renta básica incondicional que dote a las personas de una independencia para hacer lo que quieran hacer, que les permita pasar temporadas de su vida centrándose en adquirir determinadas habilidades – y liberados completamente de la presión de obtener un salario como lo conocemos hoy en día – mientras otras temporadas prefieren centrarse en hacer algo que les permita obtener unos ingresos adicionales (recordemos que la renta que percibían será incondicional, no la perderán ni les desincentivará de hacer otras cosas) que les permitan diferenciarse, elevar su nivel de vida o darse unos caprichos.

Cuando desacoplamos el trabajo de la necesidad de obtener ingresos por encima de todo, y cuando eliminamos la espantosa cultura del subsidio (te doy esto porque lo necesitas, pero te lo quitaré si obtienes un ingreso), obtenemos un modelo social completamente diferente y que, para mí, tiene mucho más sentido. Cada vez veo más pruebas de que nos dirigimos hacia un modelo en el que la renta básica incondicional será un elemento central, y lo veo venir tanto desde ideologías que buscan una redistribución de la riqueza más justa, como desde los más liberales que buscan simplificar los actuales sistemas de ayudas y subsidios. La renta básica hace ya tiempo que no mira a la derecha ni a la izquierda, mira hacia delante.

P. De la misma forma que el agua corriente dejó sin trabajo a los aguadores o el coche a los herreros; ¿quiénes serán los perdedores en los próximos años? ¿y los ganadores?

R. Yo suelo decir que los perdedores serán los que “trabajan para vivir”, aquellos que simplemente van a trabajar todos los días para llevar a cabo tareas que no les satisfacen en absoluto, pero que necesitan hacer para obtener un dinero que les resulta imprescindible. Esos trabajos, en su inmensa mayoría, desaparecerán y serán sustituidos por máquinas siempre que haya un interés económico por hacerlos más eficientes y competitivos. Todos los trabajos administrativos, por ejemplo, desaparecerán. La arqueología, en cambio, no lo hará, porque aunque es una disciplina interesantísima, tardaremos mucho en encontrar un modelo económico que justifique que la arqueología no la hagan personas, por mucho que podamos construir máquinas capaces de explorar el suelo y excavar para extraer un fósil. Y lo que tengo claro es que la mayoría de los que “vivimos para trabajar”, en el sentido de que nuestro trabajo nos gusta, nos divierte o le vemos un sentido que nos llevaría incluso a seguir haciéndolo aunque no nos pagasen por ello, encontraremos nuevas formas de hacer ese trabajo que nos apasiona, utilizaremos máquinas y algoritmos que nos permitirán mejorarlo, pero será difícil que lo perdamos.

P. La primera oleada de innovaciones tecnológicas fue eminentemente made in USA. ¿Crees que Europa aún tiene oportunidad de protagonizar esta segunda oleada (IoT, IA, robótica, IoE…) que viene?

R. No tengo claro que Europa tenga posibilidad de liderar nada, porque sencillamente no lo está buscando ni intentando de ninguna manera. Tengo claro que los Estados Unidos estaban en ello, pero que llegó un idiota a la Casa Blanca incapaz de entender la tecnología y con un nivel de incultura tan grande que le lleva incluso a ser negacionista del cambio climático, y que se dedicó a sabotear el país obsesionándose con volver a poner obreros en las cadenas de montaje (cuando en realidad funcionarían infinitamente mejor con máquinas en lugar de personas), con poner obreros en las minas, y con ideas tan disfuncionales y alucinantes como volver al carbón. Ningún país es capaz de superar tanta estupidez, y los Estados Unidos perderán su liderazgo mundial antes de que Trump abandone la Casa Blanca. También tengo claro que China tiene un enorme incentivo para convertirse en el mayor impulsor de la automatización inteligente, del machine learning y de la robótica, porque es la única manera de hacer su modelo económico sostenible, veo que trabaja en ese tema con una clarísima consideración estratégica desde hace años, y que además, como prescinde de algo como la democracia, lleva a cabo esas transformaciones de una manera infinitamente más eficiente. No digo que el modelo sea bueno, yo nunca querría vivir en un país en el que la democracia no existiese, pero indudablemente, les permite acometer cambios ambiciosos sin encontrarse a nadie enfrente intentando impedirlos, porque domina un pensamiento único marcado por un régimen autoritario. ¿Y Europa? Europa está tan preocupada por el mantenimiento del statu quo y de los modelos conocidos, que simplemente se niega a explorar los nuevos, a plantearse siquiera salir de su zona de confort. Dudo seriamente que Europa tenga hoy una cultura que le permita liderar nada.