IMAGE: Enno Schmidt (CC BY)El director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, afirma en un evento que la renta básica universal o incondicional será una realidad en todo el mundo en un plazo aproximado de unos diez años, proporcionará a los ciudadanos un nivel económico muy razonable, y la principal preocupación girará en torno al significado y el propósito de nuestras vidas.

El interés de Kurzweil por el concepto no es en absoluto una novedad en su pensamiento, y coincide con las visiones expresadas por un amplio número de pensadores, fundadores y líderes de la industria tecnológica, que proponen modelos que van desde la financiación mediante impuestos a los que más tienen, hasta el reparto del superávit generado por el trabajo de las máquinas o por la explotación de recursos de diversos tipos. Otros afirman que la afinidad de los líderes de la industria tecnológica con el concepto de renta básica universal proviene únicamente del supuesto “sentimiento de culpa” por los efectos de la tecnología sobre el trabajo, y por la pérdida de puestos que de manera inexorable sigue a la adopción de algunas de sus propuestas a medida que se incrementa la eficiencia.

Los modelos económicos basados en la renta básica universal o incondicional tienen un problema de base: suponen un replanteamiento tan agresivo y radical del mundo que conocemos, que una gran mayoría de personas, cuando se aproximan a la idea, la descartan de manera superficial, en función de clichés o de objeciones primarias, sin llevar a cabo un análisis verdaderamente riguroso. La idea de un mundo en el que el trabajo es completamente voluntario, en el que trabajamos no porque lo necesitemos como tal sino porque queremos, o en el que podamos replantear conceptos claramente obsoletos, como la semana de cinco días para descansar dos, supone un desafío mental que choca con problemas de todo tipo, desde cuasi-religiosos (la idea de trabajo como una especia de “maldición bíblica” por la que hay que pasar necesariamente para “ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente”) hasta puramente motivacionales, que inciden en la extendida idea de un amplio segmento de la sociedad que no contribuye absolutamente a nada y que supuestamente se dedica a estar tirado y drogarse todo el día. Una imagen que no se ha dado en ninguna de las pruebas y ensayos de renta básica incondicional que se han llevado a cabo en diversos lugares del mundo, que vienen a demostrar más bien lo contrario: cuando una persona tiene solucionadas sus necesidades más básicas gracias a un pago incondicional, que no pierde aunque trabaje u obtenga más ingresos, esa situación genera un bienestar que permite plantearse muchas otras posibilidades, y terminan trabajando, en muchos casos, más, porque lo hacen en tareas que ellos mismos han escogido y con las que mantienen una relación completamente diferente.

La otra objeción más básica, la que cuestiona de dónde sale el dinero para pagar esa renta básica incondicional, hay que analizarla con respecto a su alternativa: las políticas de subsidios condicionados, que proponen unos ingresos que desaparecen cuando cambian las circunstancias, y que, por tanto, generan una situación de tasación excesiva, que es susceptible de desincentivar el trabajo o de favorecer la economía sumergida. En la práctica, no necesitamos financiar una renta básica, sino reinvertir mejor el dinero que se gasta en subsidios que pasan a ser asignados de una manera mucho más sencilla, sin práctica necesidad de infraestructuras de vigilancia, por un estado que prácticamente pasa a ser un sistema de gestión, sumamente automatizado, y controlado mediante sistemas de registro como blockchain para eliminar la corrupción.

Sobre este tema, he escrito y leído bastante recientemente, y de verdad recomiendo invertir un poco de trabajo para entender sus detalles, especificidades e implicaciones. Para mí, es una de las claves más claras del futuro que vamos a vivir en no mucho tiempo. No es sencillo, choca con muchos problemas aparentemente insolubles y requiere invertir mucha abstracción, mucho estudio y mucho trabajo para despejar sus interrogantes y sus mitos. Pero de una manera u otra, va a llegar, y va a terminar por sustituir a un modelo económico post-industrial actual que ya ha mostrado sus muchos e importantes problemas y limitaciones.

 

CloudDentro de mi colaboración con el blog corporativo de Sage, me pidieron un artículo hablando sobre las ventajas del cloud computing y la propuesta de valor de la nube en general orientado al mundo de las pequeñas y medianas empresas, artículo que publicaron ayer bajo el título “Replanteando flujos de trabajo: las pymes, la nube y la evolución de la computación” (pdf).

Básicamente, es un intento de actualizar lo que sabemos sobre el cloud computing visto de una manera histórica, desde que, hace ya bastantes años, la combinación de herramientas cada vez más adecuadas, un ancho de banda en crecimiento y una cobertura de conectividad c ada vez más ubicua nos empezaron a llevar hacia la lógica que hoy ya prácticamente todos conocemos: que el lugar ideal para los datos ya nunca es un ordenador ni ningún dispositivo en manos del usuario, sino un servidor remoto perteneciente a una compañía especializada y que nos brinda una calidad de servicio pactada. Nada que no sea perfectamente sabido y asumido por el visitante habitual de esta página, pero que he podido comprobar en numerosas ocasiones que no lo es tanto a nivel de PYMES.

Como en tantos otros temas, la PYME suele ser relativamente conservadora y renuente al cambio, lo que conlleva, en muchos casos, que bien por ignorancia, por conservadurismo o por temores infundados pierda las muchas ventajas que supone el trabajo en la nube. En el artículo, menciono concretamente la evolución de las metodologías de trabajo gracias a las herramientas en la nube, y las ventajas que puede traer consigo su adopción, tales como una mayor seguridad – no importa cómo de seria sea una PYME con sus prácticas de seguridad, un buen proveedor de herramientas en la nube siempre las superará por principio, debido a su nivel de especialización, por mucho que obviamente pueda haber, como en todo negocio, proveedores buenos, malos o regulares, – así como mayor flexibilidad y comodidad, al tiempo que posibilitan la llegada de usos más sofisticados, como la posibilidad de aplicación de técnicas de machine learning mediante herramientas de Machine Learning as a Service (MLaaS).

Hace ya casi catorce años que trasladé la mayor parte de mis metodologías de trabajo de mi actividad empresarial a la nube, aprovechando un artículo que escribí para una revista que me lo planteaba como desafío. Sin embargo, muchas compañías, particularmente PYMES, parecen seguir considerando que un ordenador es una máquina para almacenar archivos, algo que, prácticamente sin excepción corresponde, en nuestros días, a una idea ampliamente errónea. La evolución de la tecnología ha sido similar a la de muchas otras compañías: especialización y desarrollo de una oferta de servicios que lleva a que, si pretendemos utilizar los nuestros en lugar de los creados por esos competidores, implique prácticamente siempre que trabajemos de manera subóptima, tanto en términos de coste como de prestaciones o de nivel de servicio. Mientras las PYMES no sean conscientes de este tipo de ideas, no habrán dado el paso a la edad moderna de la tecnología, con todo lo que ello conlleva para una parte fundamental del tejido productivo y de la economía.

 

IMAGES: Uber and Miso Robotics

Flippy, un robots diseñado por Miso Robotics para la manipulación de hamburguesas en cocinas de restaurantes, es “contratado” por una primera cadena de comida rápida, Caliburger, para dar la vuelta a sus hamburguesas en la parrilla. El robot, con visión térmica y tridimensional, es capaz de identificar cuándo las hamburguesas están hechas, de darles la vuelta mediante un brazo articulado, de sustituir la espátula utilizada para carne cruda por la de carne cocinada, e incluso de limpiar regularmente las espátulas y la parrilla, además de perfeccionar progresivamente sus lecturas e identificar mejor el punto de cocción a medida que trabaja.

Al día siguiente, las noticias dan cuenta de cómo Uber ha puesto en marcha ya su visión sobre el futuro del transporte de mercancías, basada en la adquisición de Otto, y cómo sus camiones autónomos están ya transportando carga de manera comercial en carreteras de Arizona.

Lo sé: las noticias hay que leerlas en su integridad. Si dejase mi entrada aquí, en cuanto le diese a publicar, los comentarios se llenarían de “aguafiestas” hablando de las limitaciones de esas tecnologías, del camino que les queda para ser verdaderamente interesantes, y de cómo de complicado resulta justificar la inversión necesaria para algo que, en realidad, es casi visto como anecdótico, como una demostración incompleta. En realidad, el robot que da vuelta a las hamburguesas puede hacer muchas cosas, pero lo tienen simplemente haciendo eso, dando vuelta a las hamburguesas. No es una sustitución del cocinero: este sigue ahí, llevando a cabo de manera perfectamente manual tareas como poner la loncha de queso sobre cada hamburguesa, depositarlas sobre el pan y añadir los condimentos. Lo que hace el robot es ayudarle en la tarea de voltear las hamburguesas, una tarea definida por la compañía como hot, greasy and dirty”, mientras asegura que sus planes no son sustituir a las personas, sino contribuir a mejorar sus condiciones de trabajo. El camión de Uber, en realidad, solo hace de manera autónoma la parte del trayecto que transcurre por autopista, lleva un conductor de seguridad supuestamente preparado para tomar los mandos en cualquier momento en caso de emergencia, y afirma que en realidad, genera un aumento de los puestos de trabajo necesarios, dado que los conductores siguen llevan sus camiones a un centro logístico de la compañía, intercambiando sus remolques para unirlos a las cabezas tractoras autónomas, y conduciendo en los trayectos hasta y desde la autopista, además de llevando a cabo tareas como la carga y la descarga. 

No, lo que cuentan las noticias no es en absoluto una sustitución. Es perfectamente posible que, en este momento, hacer las cosas de esta manera termine siendo sensiblemente menos eficiente en costes que hacerlo de la manera tradicional, o que las compañías que lo estén poniendo en práctica lo hagan mucho más por un interés de ganar visibilidad o imagen que por la esperanza de terminar ahorrándose una serie de costes. En los procesos de transformación digital, poner el foco en los costes es característico de compañías que carecen de una visión madura en el tema. Lo correcto no es poner el foco en los costes, sino hacerlo en cuestiones como el bienestar de los trabajadores, la mejora del producto o del servicio a los clientes, la mayor flexibilidad que puede permitir mejorar la propuesta de valor, etc. Muchos, cuando vean este tipo de noticias, les quitarán importancia, les parecerán absurdas y sin sentido, o las criticarán por su escasa ambición. Sin embargo, esta es la manera en la que los cambios tienen lugar: progresivamente, etapa por etapa, conquistando pequeños terrenos en cada movimiento, con cada desarrollo, con motivaciones que no siempre llegan hasta el final y que a muchos pueden parecerles limitadas.

No, la visión de un directivo no debería ser “esto no está maduro, le falta mucho, y en su estado actual no nos interesa por un criterio de costes”, sino “esto ya apunta maneras, y marca un camino que hay que explorar”. Mostrando este tipo de ejemplos a tus directivos puedes rápidamente descubrir cuáles son susceptibles de diseñar y liderar procesos de transformación digital, y quienes no poseen la mentalidad adecuada para ello, o precisan de más formación para poder hacerlo con la visión adecuada. Pon a un directivo que no crea en ello a liderar un proceso de transformación digital, y obtendrás un fracaso garantizado, porque la transformación digital no es tecnología, es liderazgo, son personas, es legitimidad y es gestión del cambio.

Uber con sus camiones y Flippy con sus hamburguesas no representan aún procesos de automatización completos, pero eso no representa en absoluto un fracaso o un problema. Es, simplemente, una fase de exploración, que como tal, proporcionará ventajas a las compañías que se atrevan a experimentar en ella, a ganar experiencia, a replantear sus procesos. O también, como no, a ofrecer una imagen moderna, que también es un objetivo válido. El camino a la robotización o a la transformación digital no pasa de cero a cien en menos de tres segundos ni tiene como finalidad sustituir a todos los humanos, enviarlos al paro y mejorar los costes hasta el límite. Si las ideas que te vienen a la cabeza cuando ves ejemplos de robotización son esas… vuelve a revisarlas.

 

IMAGE: Tero Vesalainen - 123RFLa industria textil es, sin duda, una de las industrias que más ha crecido y evolucionado a lo largo de los años, fundamentalmente debido a la disponibilidad de mano de obra barata para unos procesos fundamentalmente manuales. El fenómeno del fast fashion, apoyado en costes de producción unitarios muy bajos, redujo los ciclos de producción y cambió la industria como la conocemos: a lo largo del tiempo, hemos visto cómo las marcas europeas y norteamericanas desplazaban su producción a Asia y desarrollaban la economía de países con abundancia de mano de obra barata, que a su vez iban elevando progresivamente sus costes de producción.

Desde países como Taiwán y Corea del Sur, pasamos a Tailandia y China, y finalmente, cuando esos países también vieron elevarse sus costes, a Bangladesh, una enorme economía de 165 millones de habitantes con rentas per capita medias muy bajas. Entre los años 2000 y 2010, la exportaciones de productos textiles terminados de Bangladesh se triplicaron, y la industria contribuyó a una fuerte disminución del número de personas viviendo en condiciones de pobreza extrema. Hoy, la industria supone, solo en Bangladesh, más de tres millones de puestos de trabajo y un 81% de las exportaciones del país. 

El momento actual, sin embargo, está viendo la aparición de dos tendencias: por un lado, compañías como Crystal Group, que fabrica para marcas como H&M, Gap, Uniqlo o Victoria’s Secret, que afirma no apostar por la automatización, y seguir optando por la mano de obra barata en lugar de la robotización. Por otro, empresas como Mohammadi Group, un gigante que ha ido diversificando su actividad y adquiriendo maquinaria cada vez más sofisticada, y que progresivamente está incorporando robotización y automatización. Los nuevos robots de producción textil son cada vez más capaces de hacerse cargo de tareas que, hasta hace muy poco, eran consideradas intrínsecamente humanas. Compañías como Softwear afirman ser capaces de fabricar una camiseta en 2.5 minutos, eliminando el trabajo humano en un 90% y obteniendo el doble de productividad por turno, con tecnologías cada vez más optimizadas. 

¿Cuáles son las consecuencias de la progresiva automatización de un trabajo como la producción textil? A medida que la tecnología mejora e incrementa sus posibilidades, nos disponemos a ver un desplazamiento en los hábitos de la industria, habitualmente criticada por su recurso a la mano de obra barata, pero que, por otro lado, ha contribuido de manera fundamental al desarrollo económico de los países en los que tenía lugar. Los analistas estiman que la economía de Bangladesh precisa de la creación de unos dos millones de puestos de trabajo si quiere mantener su ritmo, y que la industria textil es, desde hace tiempo, el principal motor económico susceptible de generar esos empleos. Sin embargo, según datos del Banco Mundial, el ritmo de creación de puestos de trabajo ha caído desde los aproximadamente 300,000 al año que se creaban entre 2003 y 2010, hasta situarse en torno a los 60,000. El desfase, sin duda, es fruto del crecimiento de la automatización: entre 2013 y 2016, las exportaciones se incrementaron en casi un 20%, pero el crecimiento del empleo no fue lineal, sino que creció tan solo en un 4.5% en ese mismo período. Al tiempo, esos procesos de automatización sirvieron para que los trabajadores viesen disminuidas sus posibilidades de reclamar mejoras en sus condiciones: cuando la conflictividad se ve incrementada, los fabricantes simplemente optan por automatizar. Según algunos analistas, si la economía del país no es capaz de ofrecer posibilidades laborales a los jóvenes, la presión social podría crecer notablemente y convertirse en insostenible. 

Por otro lado, al disminuir la necesidad de mano de obra barata, las marcas textiles podrían evolucionar hacia modelos de repatriación de la producción en países desarrollados, posiblemente e sus propios países de origen, haciendo frente así a demandas sociales que posiblemente verían con buenos ojos una creación de valor más sofisticada y más centrada en la proximidad, al tiempo que podrían plantearse modelos logísticos más optimizados. La reciente adquisición de Body Labs por parte de Amazon podría marcar la posibilidad de que, cada vez más, los sistemas de tallaje evolucionasen para reflejar las dimensiones reales del cuerpo de los usuarios, y llegásemos a un momento en que prendas de ropa con un precio relativamente barato pudiesen ser fabricadas completamente a medida y con un nivel de dependencia de procesos manuales cada vez más reducido.

La industria textil podría estar convirtiéndose en un laboratorio de tendencias de cara a un futuro cada vez más dominado por máquinas que se hacen cargo de la producción en procesos que, hasta hace muy poco, nadie parecía querer invertir en automatizar. Pronto, empezaremos a ver marcas incorporando este tipo de estrategias en sus planes de producción, en su comunicación o en sus prácticas de responsabilidad social corporativa, con todo lo que ello conlleva: un espacio que no ha estado en absoluto exento de cambios a lo largo de las últimas décadas, que ha visto surgir enormes imperios económicos, y que podría experimentar una enorme evolución en el futuro, con consecuencias que llegarían al ámbito de la geopolítica y la economía global. ¿Cuánto van a cambiar las etiquetas de las prendas que adquirimos? ¿Será eso bueno o malo, y para quién? No cabe duda: nos queda mucho por ver.

 

IMAGE: Scanrail - 123RFApple imita el reciente movimiento de Amazon con JP Morgan y Berkshire Hathaway de crear servicios de salud para sus empleados, y anuncia el lanzamiento de clínicas propias en exclusiva para sus trabajadores, con el ánimo de proporcionarles “la mejor experiencia del mundo en el cuidado de la salud“.

El movimiento evidencia los enormes problemas de la sanidad norteamericana: si no trabajas para una compañía que pague tu seguro de salud, estás en un permanente riesgo de no poder afrontar los gastos que puede suponer cualquier enfermedad que suponga un tratamiento complejo o una hospitalización prolongada, una situación que genera una gran ansiedad a muchas personas. Conscientes de ello, los gigantes tecnológicos, obsesionados con la importancia de atraer y retener talento como forma de asegurar el éxito empresarial, han decidido tomar el toro por los cuernos y proponer sus propias soluciones, que convierten a sus trabajadores en una élite que vivirá al margen de ese tipo de problemas.

Más allá de no tener preocupaciones con respecto al cuidado de su salud, lo que Apple o Amazon parecen pretender puede tener más que ver, a poco que apliquen una filosofía coherente con sus principios, con el desarrollo de un genuino modelo de salud preventiva, con una manera de cambiar el enfoque que tenemos del cuidado de la salud. Las grandes compañías tecnológicas constituyen ya auténticos imperios, poseen espacio para decenas de miles de empleados en las mejores zonas de las ciudades, y ofrecen enormes ventajas, por ejemplo, a la hora de encontrar sitios donde vivir, con ofertas como adelantar el pago de alquileres para así tener mejores probabilidades con propietarios de viviendas. Cada día más, trabajar para una de estas compañías supone pertenecer a una élite, no solo en términos de sueldo, sino también en el de otros muchos detalles que hacen la vida del trabajador más sencilla.

Todos entendemos que el cuidado de la salud tiene mucho que mejorar: durante gran parte de la historia de la humanidad, la salud solo se ha protegido mediante intervenciones puntuales en el momento en que surgían los problemas. El planteamiento de una salud verdaderamente preventiva podría incluir muchos de los hábitos de monitorización que muchos de los trabajadores de estas compañías ya tienen, y coincidir con algunos de sus objetivos de futuro: Amazon es conocida por desarrollar servicios en función de sus necesidades que posteriormente abre a terceros para así lograr amortizarlos adecuadamente, y Apple lleva tiempo trabajando en dispositivos con un enfoque socio-sanitario, desde el mismísimo iPhone al Apple Watch, y otros aún no comercializados y presuntamente destinados a cuestiones como la medición no intrusiva de la glucemia. Ayer, aprovechando mi presencia en el MWC, aproveché pasa saludar a Ádám Csörghe, de WIWE, una compañía que fabrica un pequeño dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito que permite obtener un electrocardiograma completo de manera sencilla: cada día más, el cuidado de la salud se plantea como un trabajo de monitorización mediante dispositivos cada vez más baratos y sencillos, pero atender a esa monitorización y generación continua de datos es algo que, como ya comenté anteriormente en un artículo de Forbes, únicamente puede plantearse cuando el objetivo es de verdad cuidar de la salud de las personas, aunque ello implique ganar menos dinero o cambiar el perfil de los facultativos y profesionales de la salud.  Integrar este tipo de dispositivos en un sistema de monitorización de salud para sus empleados podría ser el embrión para ofrecer este tipo de servicios a aquellos interesados en pagar por ellos, mientras ofreces de paso a tus empleados formar parte de una élite que no necesita preocuparse de algo tan importante como el cuidado de su salud o el de sus familias.

Son muchas las compañías que deberían pensar en este tipo de cuestiones: que muchas empresas tecnológicas destaquen por su rentabilidad o por su capacidad de atraer y retener talento no es fruto de la casualidad, sino de una cuidada y trabajada mentalidad que pone a sus empleados en el centro y se preocupa de ellos incluso en las peores circunstancias. Una póliza de seguro de salud pagada por una compañía ya es de por sí un importante beneficio en cualquier país, pero si además, ese cuidado de la salud está gestionado por la propia compañía y se plantea como un servicio destinado a hacer más fácil la vida del empleado o a mejorar su salud, los beneficios son potencialmente mucho más elevados, y cuestiones como la privacidad pueden, presuntamente, pasar a un segundo plano. Por supuesto, este tipo de posibilidades podrían jugar un papel importantísimo a la hora de hacer que una persona mejore su productividad o se sienta más inclinada a preferir esa compañía frente a otras posibles ofertas.

Si quieres explorar el futuro de la salud, ya no tienes que mirar en planes gubernamentales o en aseguradoras que intentan maximizar su rentabilidad a base de escaquear coberturas para sus clientes, sino en compañías que de verdad pretenden cuidar de la salud de sus trabajadores como objetivo fundamental. Un realineamiento de objetivos que beneficia tanto a compañía como a trabajadores, y que nos lleva a todos a plantearnos cómo de privilegiados seríamos si nuestras compañías fuesen capaces de ofrecernos algo así.