IMAGE: Mathawee Songpracone - 123RF

No se puede negar que la idea resulta, como mínimo, intrigante: que el futuro esté no en trabajar más, sino menos. Mientras algunas investigaciones recientes nos recuerdan los peores tiempos de la Revolución Industrial y afirman que algunos trabajadores de logística de Amazon en el Reino Unido se ven obligados a trabajar jornadas de más de once horas para cumplir sus objetivos y terminan el día completamente exhaustos, un reportaje de la BBC, The compelling case for working a lot less, desarrolla la idea de la productividad en función de las horas de trabajo, llega a la conclusión de que la jornada de ocho horas de trabajo resulta absurda, y que el ideal sería trabajar bastante menos, o incluso hacer que el trabajo – y el sueldo – fuese independiente del número de horas o de la hora de entrada y salida, calculado en función de la productividad y el cumplimiento de objetivos.

Todo indica que nos dirigimos a un un escenario en el que las máquinas tomarán una buena parte de los trabajos que hoy desempeñan las personas. El desarrollo del vehículo autónomo, en marcha ya en ciudades como Phoenix (con Waymo), en Boston (gestionado por Lyft y con vehículos de NuTonomy), y hasta en 45 ciudades más en todo el mundo, amenazan con dejar sin trabajo a todo aquel que viva de conducir un vehículo, aunque posiblemente podamos plantearnos que generen también otros puestos de trabajo relacionados. Si “te gusta conducir”, vete planteándote que si quieres acceder a precios más económicos en tu seguro, tendrás que resignarte a dejar conducir a tu vehículo el mayor tiempo posible, sencillamente porque lo hace mucho mejor que tú. Y esto es solo el principio: en el futuro, conducir manualmente tu propio vehículo será caro, muy caro. Posiblemente ningún gobierno te lo vaya a prohibir como tal, pero tendrá entre poco y ningún sentido.

Si en lugar de vivir de conducir, vives de hacer hamburguesas o pizzas en un local de comida rápida, tampoco las tienes todas contigo: cada vez más, los robots van haciéndose cargo de más tareas de ese tipo, y aunque puedan generarse algunos trabajos nuevos relacionados, eliminarán la gran mayoría de los que resultaban repetitivos, aquellos en los que la interacción humana no aportaba un especial valor. En todas las industrias y a todos los niveles vemos puestos de trabajo que amenazan con perder su sentido, y sobre todo, de convertirse en poco competitivos frente a su alternativa robótica.

La tendencia parece clara: incluso en aquellas compañías que siguen generando empleo de manera consistente, como Amazon, parece claro que la totalidad de la industria sí pierde puestos de trabajo, avanzando hacia un futuro en el que la idea de un trabajo para cada persona parece alejarse, al menos si seguimos entendiendo el trabajo como lo hemos entendido toda la vida. Pero… ¿y si entendiésemos trabajo de otra manera? ¿Y si la idea de un trabajo de ocho horas y con una definición determinada diese paso a otro tipo de trabajo, en el que una persona aporta cosas que un robot no es capaz de aportar – al menos, por el momento – o no resulta interesante que aporte por la razón que sea? ¿Y si esa idea de productividad vinculada a horas, que de hecho siempre ha estado en cuestión, diese paso a otro tipo de aportación cuantificada en función de otros criterios, y eso llevase a que el trabajo se definiese de otra manera? Por un lado, podríamos repartir los puestos de trabajo de manera más equitativa entre un número mayor de personas. Y, por otro, generar situaciones y circunstancias indudablemente más saludables, en los que muchos de los elementos del balance entre vida profesional y vida personal podrían a su vez redefinirse bajo parámetros más flexibles. Después de todo… ¿por qué ocho horas? ¿Quién – y hace cuánto – definió que esa era la métrica adecuada, y para qué? En realidad, la jornada de ocho horas fue una conquista de los trabajadores para protegerse de las largas jornadas anteriores, un compromiso negociado a la baja sobre una situación que involucraba a trabajos por lo general de tipo físico, no intelectual. En un mundo en el que los trabajos más físicos tienden a ser cada vez más llevados a cabo por máquinas, ¿no tendría sentido plantearse una revisión de estos principios generales? En ningún caso hablamos de verdades absolutas o universales: experimentos en Suecia con jornadas de trabajo de seis horas parecen apuntar a productividades mayores y a un mejor estado de salud general.

En mi vida profesional he tenido épocas de trabajar muchas horas, pero realmente, jamás las he medido como tales. Simplemente, trabajo lo que necesito trabajar, y nunca nadie me ha pedido cuentas sobre mi hora de entrada o de salida. Tiendo a trabajar muchas horas porque me gusta lo que hago, pero no porque nadie me obligue a ello: mientras los resultados de mi trabajo sean adecuados, mi compañía no tiene problemas con el número de horas que trabajo o desde dónde las trabajo, una circunstancia que no deja de ser percibida como un lujo, y una derivada de la ecuación de horas que tengo que dedicar a la preparación de una clase frente a las horas que paso frente al alumno, pero que creo que seguramente podría aplicarse a muchos más trabajos que se me ocurren.

¿Qué ocurriría si comenzásemos a pensar menos en las horas trabajadas y más en la productividad obtenida? ¿Podrían generarse nuevos modelos de productividad más flexibles, mas equitativos y más saludables? ¿Cuál sería la reacción de patronal, sindicatos o administración ante un hipotético escenario de este tipo? ¿Por qué nos aferramos a la jornada de ocho horas como elemento fundamental de la ecuación, si parece claro que no responde ya a ningún elemento que no sea la mera tradición?

 

IMAGE: lkeskinen - 123RFGoogle, acosada por las marcas que planteaban retirar su publicidad de YouTube debido a los escándalos que rodeaban los vídeos de contenido supuestamente infantil, anuncia que se dispone a llevar a cabo un nivel de moderación mucho más agresivo para evitar que malos actores se aprovechen de la apertura de su plataforma, y que contratará hasta diez mil personas durante 2018 para llevar a cabo procesos de inspección manual de contenidos.

En las pasadas semanas, YouTube ha suspendido 270 cuentas y ha eliminado unos 150,000 vídeos considerados ofensivos o desaconsejables para niños, en un esfuerzo por normalizar y reconducir la situación. Además, la compañía planea seguir utilizando machine learning para ayudar a esos supervisores a eliminar casi cinco veces más videos de los que serían capaces de revisar de manera puramente manual. Según los datos manejados por YouTube, los contenidos revisados e identificados de manera algorítmica habrían requerido la supervisión de 180,000 personas trabajando 40 horas a la semana. Además de llevar a cabo la citada supervisión, la compañía difundirá un reporte regular sobre los avances en la ejecución de este plan, y adoptará un nuevo enfoque en publicidad con criterios más estrictos y más procesos de curación manual. 

Los esfuerzos de YouTube evocan los de otra compañía de su misma industria, Facebook, que el pasado mayo anunció la contratación de tres mil personas más para unirlas a las 4,500 que ya tiene en todo el mundo trabajando en supervisión de contenidos, y que en octubre, coincidiendo con la revelación de las inversiones de capital ruso en campañas publicitarias destinadas a sesgar la campaña electoral de las pasadas elecciones presidenciales, anunció la contratación de mil personas más para la supervisión de esos anuncios.

¿Cuántas personas en el mundo trabajarán en un futuro en la supervisión de contenidos? ¿Estamos hablando de una de esas “nuevas profesiones” que podrían definir las sociedades del futuro, o de un trabajo de los de la llamada gig economy, desempeñado a tiempo parcial y que termina por generar empleo de baja calidad que lleva a los que lo desempeñan a no sentirse humanos? Según algunos estudios, la carga psicológica que supone pasarse horas inspeccionando contenidos entre los que aparecen todo lo peor del ser humano puede generar problemas psicológicos de diversos tipos y síndrome de estrés post-traumático, lo que lleva a que la necesidad de adiestrar algoritmos para una supervisión precisa y adecuada que libre a los trabajadores humanos de los contenidos de naturaleza más gruesa sea todavía más acuciante.

¿De qué estamos hablando? Las compañías que ahora anuncian importantes contrataciones de miles de personas para esta función parecen asumir que, en el futuro, esos trabajos serán desempeñados por algoritmos, no por personas, y que esas contrataciones, por tanto, tendrán únicamente una naturaleza temporal. Esas personas están siendo contratadas porque las máquinas no llevan aún a cabo ese trabajo con el nivel adecuado, pero a su vez, sus acciones están siendo empleadas para adiestrarlas y que lo hagan mejor en el futuro, eliminando la necesidad de esos empleos humanos. La paradoja persiste: por mucho que Amazon contrate a muchísimas personas, se convierta en uno de los generadores de empleo más importantes de los Estados Unidos, y sus trabajadores se reciclen en otras funciones a medida que su trabajo es llevado a cabo por robots, la realidad es que a medida que el ejército de robots crece, el empleo total generado por la industria disminuye, y que en el futuro, hay muchos trabajos que nos resultará raro imaginar desempeñados por personas.

¿Se limita la sustitución a los trabajos de las denominadas 4D, Dull (aburridos), Demeaning (degradantes), Dirty (sucios) o Dangerous (peligrosos), o hablamos de un proceso sensiblemente más complicado y con más matices? ¿Veremos en el futuro a miles de personas contratadas como “content inspectors”, supervisores de contenido y sometidos a enfermedades laborales derivadas de ello, o hablamos de empleos temporales hasta que un algoritmo sea capaz de llevar a cabo esa tarea al nivel adecuado? ¿Tiene sentido tener a un ser humano corriendo en un almacén mientras recibe órdenes por un pinganillo, sentado en una línea de cajas moviendo y escaneando artículos, conduciendo en medio del infernal tráfico de una gran ciudad o enfrentándose a horas de contenidos que reflejan lo peor del ser humano? Y tenga o no sentido, ¿qué pasa con las personas que hoy viven de llevar a cabo esos trabajos?

Cada día que pasa, surgen nuevos trabajos temporales de escasa calidad en logística, conduciendo, en tareas repetitivas o en otras que escasamente podrían considerarse enriquecedoras o esencialmente adecuadas para las habilidades de un ser humano… ¿hablamos de un fenómeno de ajuste, o de una perversión de un capitalismo que va eliminando los controles y los logros que llevó muchos años conseguir? ¿Cuál es el futuro de la relación del reparto de tareas entre máquinas y hombres?

 

Este hombre te encontrará tu próximo trabajo - El Mundo PapelRegina Navarro me llamó por teléfono para hablar sobre LinkedIn, y hoy publica en El Mundo una entrevista con Allen Blue, cofundador de la compañía, que titula como “Este hombre te encontrará tu próximo trabajo” (pdf) en la que cita algunos de mis comentarios.

El modelo de LinkedIn ha ido evolucionando claramente desde su idea original, la de ser un simple archivo donde almacenamos nuestro curriculum y nuestra red de contactos profesionales, hasta convertirse, a través de sucesivos reenfoques y adquisiciones, en un entorno completo y envolvente para el desarrollo de la actividad profesional, incluyendo desde la búsqueda de trabajo a simplemente mantenerse informado, pasando por la formación o el desarrollo de la marca personal.

Durante su historia, LinkedIn ha desarrollado un modelo de evolución tranquila, sin sobresaltos, sin cambios bruscos y sin adquisiciones escandalosas: un número relativamente escaso de operaciones comparado con otras empresas de su entorno, destinadas en general al desarrollo de nuevas funciones, como SlideShare para reforzar la presentación del portfolio personal de trabajos en los perfiles de los usuarios, Pulse para crear el servicio que los abastece de noticias filtradas en función de su red e intereses, o Lynda.com para generar una oferta de cursos de formación. En todo ese proceso evolutivo, la compañía no solo ha ido creciendo en facturación y número de usuarios, sino que además, ha salido a bolsa y se ha consolidado no como un lugar de paso esporádico para hacer una modificación en el curriculum, consultar el contacto de una persona o buscar un profesional, sino como una página destino en la que consumir contenido relevante, participar en grupos o exponer nuestra marca profesional. En mi caso, como creador de contenidos con una connotación marcadamente profesional, LinkedIn se ha convertido en una de las redes más relevantes, con casi 70,000 followers, muy buenas estadísticas de consumo para mi contenido en inglés, y flujos de tráfico significativos tanto hacia esta página como hacia Medium.

Pero más allá de esa evolución de la propia LinkedIn, creo que es interesante, como comenta su cofundador en la entrevista, encuadrar esa evolución dentro de un marco más amplio: la transformación progresiva de las relaciones laborales. Un cambio que posiblemente sea más lento en España que en otros países, pero que sin duda está teniendo lugar. De una época en la que casi podía estar mal visto que un profesional actualizase puntualmente su presencia en LinkedIn – ¿está buscando otro trabajo? ¿Quiere irse? – a otra en la que lo que genera un mal efecto es precisamente lo contrario, una ficha desactualizada, incompleta, o una participación nula. Relaciones profesionales menos vinculadas al “trabajo de por vida”, y más a un mercado en el que se cotiza en función de una formación, unas habilidades, unos contenidos, unas relaciones, etc. Esa es, sin duda, la idea que los creadores de LinkedIn mantienen de cara a su evolución futura: convertirse en ese mercado en el que discurren muchas de nuestras relaciones profesionales. Y no me parece que vayan nada mal encaminados.

 

IMAGE: Sommersby - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “La privacidad como síntoma” (pdf), y comenta brevemente la sentencia del del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que acota el derecho a vigilar la actividad online de los trabajadores en horario laboral. 

La sentencia corrige una decisión anterior del mismo tribunal que consideraba “no descabellado que un empleador quiera verificar que los trabajadores estén completando sus tareas profesionales durante las horas de trabajo”, y acota esa verificación al hecho de que el trabajador sea previamente avisado de esa vigilancia y a que la introducción por parte de un empresario de medidas para vigilar la correspondencia y otras comunicaciones de sus trabajadores vaya acompañada de “salvaguardas adecuadas y suficientes contra abusos”, para evitar que “un empresario pueda plantearse reducir a cero la vida social privada en el lugar de trabajo”. 

¿Tiene sentido plantearse un ambiente de trabajo tan sujeto a vigilancia que elimine la posibilidad de que un trabajador utilice un medio como el correo electrónico, la mensajería instantánea o el teléfono para una comunicación de tipo personal? ¿De qué tipo de relaciones laborales estamos hablando, y qué sentido tienen en un entorno moderno? ¿Puede un directivo plantearse someter a sus trabajadores a la dinámica de un campo de concentración o una cárcel, a un panóptico en el que son vigilados en todo momento?

Las relaciones laborales son relaciones humanas, y como tales, tienen que estar sujetas a una proporcionalidad. Poner preventivamente a todos los trabajadores de una compañía bajo una vigilancia y monitorización constante es algo que tiene una difícil justificación, y que genera además una dinámica de trabajo que resulta, sin duda, muy poco atractiva. ¿Cómo puede plantearse una compañía atraer o retener talento si su dinámica de trabajo recuerda a la de una prisión de máxima seguridad? La tecnología permite establecer estructuras de vigilancia, podemos intentar monitorizar todas las comunicaciones electrónicas… pero la misma tecnología puede permitir también saltárselas: dos tercios de los trabajadores en la industria tecnológica norteamericana utilizan sistemáticamente una VPN en sus ordenadores portátiles o en sus dispositivos móviles, una práctica accesible y recomendable que permite mantener el secreto de nuestras comunicaciones a razonable buen recaudo. 

Lo importante de la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos es que evita “el camino fácil” al que daba lugar la decisión anterior: ante la carta blanca que suponía, muchos directivos optaron por la monitorización permanente, una dinámica que implica, en efecto, la eliminación de toda expectativa de privacidad, pero que además, plantea un problema de ausencia de confianza. ¿Quiere eso decir que deberíamos pasar a no controlar nada? En absoluto: una cosa es no monitorizar exhaustivamente el uso, y otra no controlar el abuso. Pueden establecerse métricas que detecten comportamientos abusivos, pero que permitan sin problemas otras pautas normales y perfectamente aceptables, una conversación con un amigo, una llamada a casa, un correo para una gestión privada. Cada vez más, el control obsesivo de la productividad y la ausencia de distracciones se convierte en un absurdo conceptual característico de otras épocas: los trabajadores deben desarrollar su tarea en un ambiente de razonable confianza, de empoderamiento y de libertad. Si crees que tienes que ponerlos a todos bajo vigilancia, es que hay algo que, como directivo, estás haciendo muy mal, algo que va a tener cada vez menos sentido. Cuando sientes que te están espiando en todo momento no se puede trabajar a gusto. La empresa del futuro no es un campo de concentración, ni está dirigida por la Stasi. Es, decididamente, otra cosa. 

 

IBM "mechanical excavators vs. teaspoons" ad (Saatchi & Saatchi, early '80s)El pasado día 15, un tweet me recordó este anuncio de IBM que aparece en la ilustración, creado por Saatchi & Saatchi a principios de los años ’80: dos personas viendo trabajar una excavadora, el primero lamentándose por las doce personas con palas que podrían estar trabajando ahí, y el segundo recordándole que si se trata de dar trabajo a más personas, ese mismo trabajo podrían hacerlo doscientas personas equipadas con cucharillas de té.

La investigación de la cita nos remite primero al economista norteamericano Milton Friedman en los ’60 y, anteriormente, al político canadiense William Aberhart, que la utilizaron para hacer ver el absurdo de priorizar la generación de puestos de trabajo a la eficiencia. Por supuesto que podemos emplear más personas si lo que les proporcionamos son herramientas inadecuadas, pero en realidad, la finalidad de emplear personas es hacer un trabajo, y todo lo que contribuya a que ese trabajo se haga de manera menos eficiente es, como tal, negativo.

Vivimos tiempos en los que la discusión sobre las máquinas, los algoritmos, los robots o cualquier otra tecnología desplazando a los humanos de sus puestos de trabajo se generaliza cada vez más. ¿Qué van a hacer los pobres taxistas y camioneros cuando los vehículos conduzcan solos? ¿Y los operadores de bolsa cuando sean algoritmos los que compren y vendan acciones? ¡Oh, dios mío, los planificadores de publicidad, ahora que la gran mayoría de la misma es negociada por máquinas en tiempo real! ¡Por no hablar de los operadores de call-center, de servicio al cliente o de las líneas de caja de los supermercados!

Si lo que queremos es mantener puestos de trabajo por encima de todo, demos a estas personas herramientas ineficientes, protejamos su trabajo prohibiendo la entrada de tecnologías, y sigamos trabajando de manera ineficiente. Si alguno se pregunta por qué tiene que pasarse tantas horas haciendo algo que una máquina podría hacer mucho mejor y con menos errores, no nos preocupemos: con una sola pregunta, “¿prefieres estar aquí haciendo un trabajo absurdo, o prefieres estar muerto de hambre en tu casa?” ya le desarmaremos completamente.

Priorizar la generación o el mantenimiento de puestos de trabajo es absurdo una vez que se demuestra que un trabajo puede ser hecho por una máquina con mayor calidad y eficiencia. Simplemente, no tiene ningún sentido. Durante mucho tiempo, hemos ido viendo desaparecer infinidad de puestos de trabajo, simplemente porque una tecnología los convertía en redundantes, en innecesarios, o les hacía perder su sentido. Ahora, el paso de la tecnología se ha acelerado, el número de tareas que una máquina es capaz de hacer mejor que un hombre crece rápidamente, y todos tenemos miedo de ser los siguientes.

Sí, es un problema. Pero su solución nunca estará en impedir el uso de la tecnología o en tasarla con impuestos que la hagan menos competitiva. La solución estará en mejorar la flexibilidad de la preparación de las personas para que puedan hacer otras cosas, en mejorar la educación para que permita que sean más versátiles o se readapten a otras tareas, para que se reinventen profesionalmente, para que busquen otras tareas que sean susceptibles de generar un valor, o, en último término, que tengan una red de seguridad social que les permita no caer bajo el umbral de la pobreza. Soluciones sociales, políticas o educacionales que tienden hacia una redefinición del concepto de trabajo, hacia un trabajo convertido en algo que alguien quiere hacer porque le encuentra sentido y genera un valor para alguien, y que en todo caso resultarán mucho más interesantes que la alternativa absurda de tratar de impedir que la tecnología lo haga. Entre otras cosas, porque en la estructura económica actual, impedir el uso de una tecnología que aporta eficiencia es completamente imposible: siempre habrá una compañía en un país que tenga interés y posibilidad de utilizarla, que adquiera con ello una ventaja competitiva, y que desplace a otras en el mercado.

Sí, los chatbots eliminan puestos de trabajo. Pero también crean otros, y mientras los primeros eran profundamente alienantes, desesperantes, mal pagados y de elevada rotación, los segundos ofrecen posibilidades mucho más interesantes. Y como los chatbots, cualquier otra tecnología que genere eficiencia. Cada vez que nos enfrentemos a una tecnología con el potencial de eliminar puestos de trabajo, preguntémonos cuáles son nuestros grados de libertad ante ello, y sobre todo, de qué lado queremos estar. Solo uno de los dos lados será sostenible.