IMAGE: Teguhjatipras - CC0 Creative CommonsCada vez más noticias apuntan a la popularización y ubicuidad de las tecnologías de reconocimiento facial, en una variedad de ámbitos cada vez mayor. Desde ciudades de todo el mundo erizadas de cámaras, hasta el extremo de control social de las ciudades chinas, en las que en las que no puedes hacer nada sin que tus pasos, las personas con las que estás o los sitios por los que pasas sean almacenados en una base de datos que monitoriza tus costumbres, tus compañías o tu crédito social, pases por delante de una cámara o por delante de las gafas de un policía.

Pero más allá de las calles de nuestras ciudades, las cámaras y el reconocimiento facial empiezan a ser, cada vez más, utilizadas en otros ámbitos. La última polémica ha saltado a partir de las escuelas norteamericanas que intentan prevenir posibles episodios de violencia, probablemente de manera infructuosa dado que los protagonistas suelen ser alumnos del propio centro con acceso autorizado a sus instalaciones: sociedades de defensa de los derechos civiles como ACLU se han posicionado abiertamente en contra de este tipo de sistemas, que consideran inaceptables en un entorno escolar por ser invasivas y con numerosos errores que tienden a afectar especialmente a mujeres y a personas de color.

En las escuelas chinas, un entorno violencia completamente inexistente, no utilizan esta tecnología con ese motivo, sino con uno completamente diferente: monitorizar el rendimiento y la atención de los estudiantes. En varias escuelas piloto, los estudiantes saben que si sus expresiones muestran aburrimiento o si se duermen, sus clases están llenas de cámaras capaces no solo de tomar una prueba gráfica de ello, sino de interpretarlo y etiquetarlo además con los algoritmos adecuados. En algunos ámbitos se especula incluso con la posibilidad de llegar algo más allá, y probar la eficiencia de otra familia de tecnologías, las de vigilancia emocional, ya en uso en el ejército chino y en varias compañías privadas, que sitúan sensores inalámbricos en gorras o sombreros y son capaces, mediante una lectura de las ondas cerebrales, de optimizar cuestiones como las pausas en el trabajo, la reasignación de tareas o la localización física dentro de las instalaciones, y prometen a cambio importantes incrementos de eficiencia.

¿Estamos yendo hacia un futuro de monitorización permanente mediante tecnologías de este tipo? Algunos abiertamente afirman que las tecnologías de reconocimiento facial están aquí para quedarse, y que lo mejor que podríamos hacer es, sencillamente, aceptarlo como un elemento más de las sociedades del futuro. Actitudes tecno-fatalistas de este tipo asumen que incentivos de adopción como los generados por el miedo o por los posibles incrementos de productividad son tan poderosos, que la sociedad no puede dejar de plantearse dejar a un lado sus temores y resistencias, y proceder a la implantación, oficializando la aceptación por la vía de los hechos. En realidad, hablamos de una tecnología por la que nadie va a preguntar a los ciudadanos, y de decisiones de adopción que dependerán, en último término, de gobiernos, autoridades municipales o departamentos de educación. La resistencia pasiva mediante elementos como gafassombreros u otros elementos parece fútil, lo que podría determinar un futuro de adopción con más bien escasas resistencias.

¿Qué hacer si, en efecto, este tipo de tecnologías se disponen, de manera irremediable, a formar una parte integrante de nuestro futuro? ¿Debemos, como instituciones educativas, aceptarlo como tal y proceder a su implantación? Si ese es el caso, entiendo que es fundamental llevar a cabo una reflexión sobre cuál va a ser su papel. En IE Business School, por ejemplo, coincidiendo con el desarrollo de nuestra WoW Room, un aula interactiva con 45 metros cuadrados de pantallas en las que los estudiantes participan en remoto, probamos un algoritmo de engagement, que permite al profesor diagnosticar qué alumnos están prestando atención y cuales están aburridos o distraídos. Los resultados iniciales de su uso, aunque podríamos pensar que algunas resistencias podrían desaarecer con la costumbre y el uso habitual, apuntaron a que los alumnos no se sentían cómodos conociendo la existencia de una herramienta así que pudiese, eventualmente, afectar a sus calificaciones, así que resolvimos utilizarla fundamentalmente como una alerta en tiempo real al profesor: si mientras das tu clase, ves que el número de alumnos aburridos o distraídos se incrementa en algún momento, es que ese contenido, esa parte de la discusión o ese elemento que estás utilizando no está funcionando, y deberías pasarlo más rápidamente o solucionar esa falta de atractivo del contenido de alguna manera.

¿Cómo nos afectaría el uso de cámaras, sistemas de monitorización de ondas cerebrales o algoritmos de ese tipo en entornos de trabajo? En una situación como la actual, cabe esperar que serían utilizados para el control exhaustivo o incluso para sanciones o exclusión de aquellos que son evaluados negativamente. Sin embargo, cabe pensar en otro tipo de entornos con muchos más matices: un trabajador aburrido o distraído no necesariamente implica un trabajador no productivo, sino que puede indicar muchas otras circunstancias. Entornos sometidos a un control de este tipo ya existen, como hace una semana comentaba David Bonilla en una de sus newsletters: en compañías como Crossover, un supervisor evalúa constantemente cada período de trabajo de diez minutos de sus subordinados en función de herramientas de monitorización como WorkSmart, que recopilan estadísticas sobre las aplicaciones y sitios web que tienes abiertos, el timepo que pasas en ellos, tus pulsaciones de teclado y movimientos de ratón y que, cada 10 minutos, aleatoriamente y sin previo aviso, toma una foto desde la cámara del portátil y guarda una captura de lo que tengas en pantalla. Más de 1,500 personas en 80 países colaboran con esta compañía sometidos a la monitorización de esta herramienta, en las que la compañía paga únicamente el tiempo que considera de dedicación plena, no las pausas ni los momentos de distracción.

En escenarios de futuro en los que el trabajo cambia su naturaleza y se convierte en algo voluntario, vocacional o que no forma parte de una obligación necesaria para la subsistencia gracias al desarrollo de sistemas de renta básica incondicional, este tipo de herramientas podrían facilitar sistemas de compensación basados en criterios que optimicen la productividad: si el análisis de un trabajador revela que está somnoliento o distraído, envíalo a dormir o a hacer otra cosa hasta que muestre un incremento en sus capacidades productivas, y optimiza su rendimiento. ¿Aceptable, o una auténtica pesadilla distópica? ¿Nos aboca el futuro necesariamente a un escenario en el que el uso de tecnologías de reconocimiento facial, expresiones o incluso análisis de ondas cerebrales nos ubique en entornos de vigilancia y monitorización permanente? ¿Debe la formación incorporar ese tipo de tecnologías para facilitar una familiarización con ellas y un uso adecuado y conforme a unos estándares éticos? ¿Debemos las instituciones educativas a todos los niveles intentar preparar a nuestros alumnos para unos escenarios futuros que parecen cada vez más reales, más tangibles y más inevitables? ¿O debemos ignorarlos como si esa adopción tecnológica no estuviese teniendo lugar? ¿Existen alternativas?

 

IMAGE: Ian Carroll on Flickr (CC BY)Era una noche lluviosa de viernes de un mes de mayo inusualmente lluvioso en Madrid. Salí de una clase a última hora, pasadas las diez de la noche. Pasé por el garaje, me subí en el coche, y salí conduciendo a María de Molina con intención de doblar la esquina de la calle Serrano como hago todos los días. También como todos los días, pasé por delante de los restaurantes que hay en esa acera, Goiko Grill y Tierra

… y entonces, los vi. Eran unos siete u ocho repartidores de Glovo, Deliveroo y Uber Eats, con sus motos o bicicletas, todos esperando fuera de los restaurantes, bajo la lluvia. Cuando llegan para recoger el pedido, no les dejan entrar porque no tienen ninguna zona dentro del restaurante diseñada para que puedan esperar, así es que no les dejan entrar. Esos dos locales tampoco tienen ningún tipo de soportal o cornisa que les proteja de la lluvia, y la imagen me pareció penosa, como auténticos perros mojados esperando fuera bajo la lluvia. Una visión que cambió muchas de las percepciones que tenía sobre el tema. Por bien pertrechado que vayas, esperar así fuera de un restaurante y conducir una moto o una bicicleta bajo la lluvia tiene que ser cualquier cosa menos agradable, y me pareció prácticamente una afrenta a la dignidad. Si además lo haces sin ningún tipo de contrato, sin asegurar, sin derecho a vacaciones, a descansos regulados, a bajas por enfermedad o a beneficios sociales, la situación deja llamarse sharing economy, deja de tener la bonita imagen emprendedora y la pátina de los negocios disruptivos, y pasa a ser otra cosa: pura y dura explotación.

Se ha escrito mucho sobre las duras condiciones de trabajo de los repartidores de este tipo de compañías, pero no hay como verlo en una ocasión así, siete repartidores empapados esperando bajo la lluvia, para entenderlo. Puedes utilizar estos servicios para pedir comida o para otras cosas, pero si hablas con el repartidor cuando llega a tu casa y le preguntas cuántas horas lleva trabajando y cuánto va a ganar, te das cuenta de que estás ante la distopía de un trabajo que supone, en realidad, un retroceso inaceptable en lo que deberían ser las condiciones de trabajo de un ser humano, una auténtica afrenta a la dignidad.

A finales del año pasado, Glovo levantó una segunda ronda de financiación de $30 millones tras la primera de $5 millones. Deliveroo, por su parte, captó $385 millones para una valoración total que supera ya los $2,000 millones y, en un derroche de generosidad, repartió $13,5 millones en acciones entre todos sus empleados… excepto sus repartidores, porque no son empleados como tales. Para los repartidores, los que de verdad ejecutan el trabajo que constituye el valor añadido de la compañía… nada, cero, niente, zilch, rien de rien. El el caso de Uber Eats, el servicio de reparto de comida que más crece en los Estados Unidos por delante de competidores como Grubhub, Postmates, DoorDash o Caviar, las condiciones son prácticamente las mismas, aunque con una diferencia: al menos, la compañía ofrece a sus repartidores en Europa un seguro gratuito que los protege en caso de enfermedad o accidentes.

¿Qué tipo de economía estamos generando? ¿Tiene sentido crear compañías que aprovechan un agujero legal, la consideración del trabajo freelance, para construir imperios económicos basados en una distorsión, en personas que llevan a cabo un trabajo en muchas ocasiones a tiempo completo, pero sin ninguno de los beneficios que un trabajo a tiempo completo debería conllevar? Contratos laborales encubiertos, personas que dedican jornadas completas a trabajar para la misma compañía, pero en unas condiciones en las que cualquier accidente, cualquier enfermedad o cualquier problema los deja completamente desprotegidos, sin ingresos, sin beneficio alguno. Obviamente, lo que comenzaron siendo trabajos entendidos para que alguien los desempeñase en sus ratos libres, como fuente adicional de ingresos o con condiciones en las que la flexibilidad suponía un beneficio interesante, han rizado el rizo y se han sublimado para convertirse en una explotación que tiene lugar al margen de lo que la sociedad entendía ya superado en cuanto a protección de los trabajadores.

En el Reino Unido, Pimplico Plumbers, la compañía de fontanería independiente más grande del Reino Unido con ingresos de más de veinte millones de libras, fue llevada a juicio por Gary Smith, un fontanero que trabajó para ella supuestamente como contratado independiente entre agosto de 2005 y abril de 2011. El resultado del juicio, como corresponde al hecho de ser un fallo del estamento judicial más alto del Reino Unido, podría tener importantes consecuencias: tras varias rondas de apelaciones, el Tribunal Supremo ha dictaminado que la compañía debería haber tratado a Smith como trabajador con derecho a vacaciones, y ha estimado su decisión de demandar a la compañía bajo las leyes de protección a la discriminación, en una decisión que podría tener numerosas ramificaciones para otras compañías. Según el fallo del máximo tribunal británico, Smith no trabajaba por cuenta propia ni como contratado independiente de la compañía, sino que era un fontanero con un trabajo de fontanero como tal, con todos sus ingresos procedentes de la misma compañía, y con una jornada de trabajo estándar.

En algún momento, deberíamos detenernos y analizar la evolución de las cosas. Si alguien trabaja para una compañía, lleva a cabo algo que se parece a una jornada de trabajo normal y recibe unos ingresos razonablemente constantes procedentes regularmente de esa misma compañía, esa persona, por mucho que a la compañía no le venga bien interpretarlo así, es un trabajador, y debe recibir el tratamiento que corresponde a su condición de trabajador. Otra cosa podría ser cuando una persona trabaja un número de horas más bajo, no de manera regular, o simplemente utiliza ese tipo de trabajos para obtener algunos ingresos extras, pero incluso en esos casos, deberíamos asegurarnos que, al menos, goza de unas protecciones razonables para el desempeño de ese trabajo, al menos en cuanto a lo que corresponde a una cobertura razonable en caso de accidente o daños, que trabaja un número de horas razonable como para estar en condiciones de seguir haciéndolo. Soluciones basadas en blockchain, por ejemplo, son susceptibles de aportar a la gig economy el nivel de control adicional que obviamente necesita.

La flexibilidad es un valor muy interesante y, en muchos casos, una buena propuesta de valor en la economía. Pero construir esa flexibilidad en torno a la desprotección, a la explotación o a la consolidación de situaciones irregulares es algo que no debería permitirse en economías modernas. Algo que, además, se soluciona simplemente aplicando leyes que ya existen desde hace mucho tiempo y sancionando especialmente a aquellos que traten de retorcer esas leyes en su beneficio. El progreso debe ser progreso para todos los implicados, encaje o no encaje esto en la cuenta de resultados. Entre la llamada gig economy y la pura y dura explotación hay una linea, y no es tan fina como algunos quieren hacer ver.

 

IMAGE: Geralt - Pixabay (CC0 Creative Commons)La transformación digital, en muchas compañías, supone una obsesión por la sustitución de personas, que trabajan teóricamente ocho horas al día como máximo, se equivocan, se ponen enfermas o piden vacaciones de vez en cuando, y hasta, en algunos casos, van y se sindican; con máquinas, que trabajan continuamente sin quejarse ni cansarse, minimizan los errores, solo se detienen para un periódico mantenimiento, y no se sindican ni piden vacaciones jamás. Una visión reduccionista, dominada por el ahorro de costes, que es lo que muchas escuelas de negocio se han preocupado de inculcar a sus pupilos durante décadas: la diferenciación es, en esa visión, cosa de ricos, e incluso si eres capaz de obtenerla, lo que seas capaz de recortar en costes irá directo a la cuenta de resultados y, consecuentemente, redundará en un mejor bonus directivo.

El problema de las visiones reduccionistas es precisamente ese: que simplifican la realidad hasta convertirla, en muchos casos, en una caricatura de sí misma. En la práctica, las compañías que emprenden proyectos de transformación digital tienden a reducir la importancia que dan a la reducción de costes a medida que avanzan, y a dar mucho más protagonismo a factores como el servicio y la experiencia del cliente, o la fidelización.

Así, cuando Amazon presenta su tienda sin cajeros, Amazon Go, lo que domina las conversaciones es “y ahora nos ahorramos el sueldo de X cajeros que había en la línea de cajas”. Sin embargo, lo que domina la experiencia cuando te acercas a ella no es la ausencia de cajas, que suponían un obstáculo a la usabilidad y al flujo lógico de personas y mercancías en una tienda (por mucho que lo hayamos hecho así durante décadas), sino la presencia de empleados de Amazon ayudando a los usuarios, solucionando sus dudas, preparando su comida o, en general, tratando de asegurar una buena experiencia de cliente. Y sobre todo, la sensación de que estás dentro de lo que va a ser la experiencia del futuro, la que define cómo serán todas las tiendas dentro de no mucho tiempo, y una estrategia imparable.

Ahora, Amazon Go se expande a más ciudades, mientras Microsoft se une al movimiento con su propia tecnología, y muchos competidores y actores importantes en la distribución se embarcan en una loca carrera por imitar a Amazon, en lo que ya parece definir un futuro caracterizado por el llamado checkout-free retail. Y contrariamente a la idea del pionero, Amazon, es más que posible que veamos compañías obsesionadas por la eliminación del personal, enfocadas únicamente a costes, y proporcionando al usuario experiencias que, muy posiblemente, se separen bastante de lo que consideraríamos como óptimo.

Mientras, Amazon continúa su proceso de transformación digital incorporando más y más máquinas. Sus almacenes son ya un prodigio de automatización, su ejército de robots continúa creciendo, aunque los humanos siguen considerándose esenciales en el proceso con enorme eficiencia: un minuto de trabajo humano por paquete. Y ahora, un nuevo paso, interesantísimo: sus inteligentes máquinas comienzan a saltar desde los almacenes hacia las oficinas. Del trabajo llamado “de cuello azul”, a las tareas directivas “de cuello blanco”. La automatización puede comenzar por las famosas 4D – Dull, Dirty, Demeaning o Dangerous, o trabajos considerados aburridos, sucios, deshumanizantes o que dañan la dignidad, o peligrosos – pero, sin duda, continúa su avance desde ahí hacia otros estamentos de la fuerza laboral. Ahora, los directivos con sueldos de seis cifras que negociaban acuerdos multimillonarios con las principales marcas están comenzando a ser reemplazados por algoritmos capaces de predecir qué artículos quieren los compradores, y cuánto debe la compañía cobrar por ello.

Amazon continúa reclutando trabajadores como si no hubiera un mañana, a pesar de tener cada vez más robots. Sin embargo, el total de puestos de trabajo en la industria se ha reducido, lo que indica que otras compañías están, básicamente, perdiendo lo que Amazon gana. O sencillamente, desapareciendo. La visión correcta no es la de la sustitución: la historia demuestra que la automatización elimina determinados trabajos, pero genera otros, diferentes y posiblemente inimaginables en el momento en que esta tiene lugar. La automatización, el machine learning y la algoritmia eliminará muchos de los puestos de trabajo que conocemos, y lo hará de manera inexorable, incorporando ganancias en eficiencia cuya adopción diferenciará a ganadores de perdedores, a las compañías que seguiremos viendo en el futuro frente a aquellas que desaparecerán. No se trata de vestir con cuello azul o con cuello blanco: se trata de lógica, de eficiencia y de tratar de adquirir las habilidades adecuadas para seguir aportando valor en ese mundo redefinido, y de aprender a entender esos procesos, a reimaginar los anteriores y a repensarlos desde la nueva óptica, antes de que lo hagan otros.

Los procesos de sustitución de trabajadores en Amazon, en el seno de una compañía convertida en una de las más valiosas del mundo, son un impresionante experimento que permite entender muchos de los procesos que vamos a vivir en un futuro ya nada lejano. Invertir en entender su mecánica es invertir en entender el futuro.

 

IMAGE: Enno Schmidt (CC BY)El director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, afirma en un evento que la renta básica universal o incondicional será una realidad en todo el mundo en un plazo aproximado de unos diez años, proporcionará a los ciudadanos un nivel económico muy razonable, y la principal preocupación girará en torno al significado y el propósito de nuestras vidas.

El interés de Kurzweil por el concepto no es en absoluto una novedad en su pensamiento, y coincide con las visiones expresadas por un amplio número de pensadores, fundadores y líderes de la industria tecnológica, que proponen modelos que van desde la financiación mediante impuestos a los que más tienen, hasta el reparto del superávit generado por el trabajo de las máquinas o por la explotación de recursos de diversos tipos. Otros afirman que la afinidad de los líderes de la industria tecnológica con el concepto de renta básica universal proviene únicamente del supuesto “sentimiento de culpa” por los efectos de la tecnología sobre el trabajo, y por la pérdida de puestos que de manera inexorable sigue a la adopción de algunas de sus propuestas a medida que se incrementa la eficiencia.

Los modelos económicos basados en la renta básica universal o incondicional tienen un problema de base: suponen un replanteamiento tan agresivo y radical del mundo que conocemos, que una gran mayoría de personas, cuando se aproximan a la idea, la descartan de manera superficial, en función de clichés o de objeciones primarias, sin llevar a cabo un análisis verdaderamente riguroso. La idea de un mundo en el que el trabajo es completamente voluntario, en el que trabajamos no porque lo necesitemos como tal sino porque queremos, o en el que podamos replantear conceptos claramente obsoletos, como la semana de cinco días para descansar dos, supone un desafío mental que choca con problemas de todo tipo, desde cuasi-religiosos (la idea de trabajo como una especia de “maldición bíblica” por la que hay que pasar necesariamente para “ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente”) hasta puramente motivacionales, que inciden en la extendida idea de un amplio segmento de la sociedad que no contribuye absolutamente a nada y que supuestamente se dedica a estar tirado y drogarse todo el día. Una imagen que no se ha dado en ninguna de las pruebas y ensayos de renta básica incondicional que se han llevado a cabo en diversos lugares del mundo, que vienen a demostrar más bien lo contrario: cuando una persona tiene solucionadas sus necesidades más básicas gracias a un pago incondicional, que no pierde aunque trabaje u obtenga más ingresos, esa situación genera un bienestar que permite plantearse muchas otras posibilidades, y terminan trabajando, en muchos casos, más, porque lo hacen en tareas que ellos mismos han escogido y con las que mantienen una relación completamente diferente.

La otra objeción más básica, la que cuestiona de dónde sale el dinero para pagar esa renta básica incondicional, hay que analizarla con respecto a su alternativa: las políticas de subsidios condicionados, que proponen unos ingresos que desaparecen cuando cambian las circunstancias, y que, por tanto, generan una situación de tasación excesiva, que es susceptible de desincentivar el trabajo o de favorecer la economía sumergida. En la práctica, no necesitamos financiar una renta básica, sino reinvertir mejor el dinero que se gasta en subsidios que pasan a ser asignados de una manera mucho más sencilla, sin práctica necesidad de infraestructuras de vigilancia, por un estado que prácticamente pasa a ser un sistema de gestión, sumamente automatizado, y controlado mediante sistemas de registro como blockchain para eliminar la corrupción.

Sobre este tema, he escrito y leído bastante recientemente, y de verdad recomiendo invertir un poco de trabajo para entender sus detalles, especificidades e implicaciones. Para mí, es una de las claves más claras del futuro que vamos a vivir en no mucho tiempo. No es sencillo, choca con muchos problemas aparentemente insolubles y requiere invertir mucha abstracción, mucho estudio y mucho trabajo para despejar sus interrogantes y sus mitos. Pero de una manera u otra, va a llegar, y va a terminar por sustituir a un modelo económico post-industrial actual que ya ha mostrado sus muchos e importantes problemas y limitaciones.

 

CloudDentro de mi colaboración con el blog corporativo de Sage, me pidieron un artículo hablando sobre las ventajas del cloud computing y la propuesta de valor de la nube en general orientado al mundo de las pequeñas y medianas empresas, artículo que publicaron ayer bajo el título “Replanteando flujos de trabajo: las pymes, la nube y la evolución de la computación” (pdf).

Básicamente, es un intento de actualizar lo que sabemos sobre el cloud computing visto de una manera histórica, desde que, hace ya bastantes años, la combinación de herramientas cada vez más adecuadas, un ancho de banda en crecimiento y una cobertura de conectividad c ada vez más ubicua nos empezaron a llevar hacia la lógica que hoy ya prácticamente todos conocemos: que el lugar ideal para los datos ya nunca es un ordenador ni ningún dispositivo en manos del usuario, sino un servidor remoto perteneciente a una compañía especializada y que nos brinda una calidad de servicio pactada. Nada que no sea perfectamente sabido y asumido por el visitante habitual de esta página, pero que he podido comprobar en numerosas ocasiones que no lo es tanto a nivel de PYMES.

Como en tantos otros temas, la PYME suele ser relativamente conservadora y renuente al cambio, lo que conlleva, en muchos casos, que bien por ignorancia, por conservadurismo o por temores infundados pierda las muchas ventajas que supone el trabajo en la nube. En el artículo, menciono concretamente la evolución de las metodologías de trabajo gracias a las herramientas en la nube, y las ventajas que puede traer consigo su adopción, tales como una mayor seguridad – no importa cómo de seria sea una PYME con sus prácticas de seguridad, un buen proveedor de herramientas en la nube siempre las superará por principio, debido a su nivel de especialización, por mucho que obviamente pueda haber, como en todo negocio, proveedores buenos, malos o regulares, – así como mayor flexibilidad y comodidad, al tiempo que posibilitan la llegada de usos más sofisticados, como la posibilidad de aplicación de técnicas de machine learning mediante herramientas de Machine Learning as a Service (MLaaS).

Hace ya casi catorce años que trasladé la mayor parte de mis metodologías de trabajo de mi actividad empresarial a la nube, aprovechando un artículo que escribí para una revista que me lo planteaba como desafío. Sin embargo, muchas compañías, particularmente PYMES, parecen seguir considerando que un ordenador es una máquina para almacenar archivos, algo que, prácticamente sin excepción corresponde, en nuestros días, a una idea ampliamente errónea. La evolución de la tecnología ha sido similar a la de muchas otras compañías: especialización y desarrollo de una oferta de servicios que lleva a que, si pretendemos utilizar los nuestros en lugar de los creados por esos competidores, implique prácticamente siempre que trabajemos de manera subóptima, tanto en términos de coste como de prestaciones o de nivel de servicio. Mientras las PYMES no sean conscientes de este tipo de ideas, no habrán dado el paso a la edad moderna de la tecnología, con todo lo que ello conlleva para una parte fundamental del tejido productivo y de la economía.