Beam Dental InsuranceUna aseguradora dental norteamericana, Beam Dental, genera inquietud en algunos de sus clientes al decidir enviarles, como parte de un paquete de beneficios o perks incluidos en su póliza, un cepillo de dientes conectado que deben utilizar en combinación con una app en su smartphone, y que transmite los datos sobre sus hábitos de higiene bucodental a la compañía.

La aseguradora afirma que los datos de los usuarios no son vendidos o compartidos con ninguna otra compañía, y que son utilizados para promover mejores hábitos de higiene entre sus clientes y para, convenientemente agregados, poder proponer las mejores tarifas a cada grupo: muchas de estas pólizas en los Estados Unidos son financiadas por compañías que las ofrecen a sus empleados, lo que lleva al fundador y CEO de la compañía, Alex Frommeyer, a escribir artículos como este A CEO’s guide to group health 2.0, a tomar una aproximación proactiva e intensiva en datos de cara al cuidado de la salud de sus empleados.

¿Tiene sentido que la compañía que se hace responsable de los gastos derivados de la salud de tus dientes pretenda tener información detallada y exacta de tus hábitos de salud bucodental, o hablamos de una violación de la privacidad? Si lo pensamos, las aseguradoras de automóvil tienen información completa sobre nuestra accidentalidad, y en el caso de algunos países, es ya prácticamente imposible obtener un seguro para un conductor novel si no aceptamos que la compañía instale en su vehículo una caja negra que evalúa sus hábitos al volante. Las aseguradoras de salud o vida, por ejemplo, preguntan en sus cuestionarios las características y hábitos de sus asegurados y excluyen o incrementan el precio a aquellas personas con hábitos poco saludables, como el tabaco o el consumo excesivo de alcohol, o a aquellos que practican actividades o deportes que puedan suponer una elevación del riesgo.

La diferencia, a juzgar por la indignación de algunos consumidores, parece estar cuando se pasa de una información declarativa – el cliente declarando sobre sus hábitos, costumbres o factores que puedan afectar al riesgo – a una información retransmitida en tiempo real mediante un aparato conectado a internet y directamente a los ficheros de la compañía. Mientras en el primer caso, el usuario se siente dueño de sus datos y simplemente, salvo en el caso de que le demanden pruebas, análisis o diagnósticos, tiene cierta potestad para tomar la decisión de declarar o no una información determinada, en el segundo, esa información pasa sin prácticamente control por su parte de manera directa a la compañía, que puede tomar las decisiones oportunas en función de lo que esa información le revele acerca del posible riesgo implicado en la operación.

¿Debe la póliza dental de una persona con malos hábitos de higiene bucodental ser más cara que la de una persona con hábitos impolutos? Dado que los cálculos de una aseguradora se llevan a cabo sobre la totalidad de su cartera, cabe argumentar que si una aseguradora consigue tener en esa cartera a un número más elevado de clientes con buenos hábitos, podría obtener un beneficio superior y, por tanto, sería susceptible de ofrecer mejores precios – si tomase, lógicamente, la opción de trasladar esos ahorros al cliente final – que si se viese obligada a incurrir en muchos más gastos por tener muchos asegurados con malos hábitos. Desde el punto de vista del cliente, cuantos mejor sea la calidad media de la cartera, mejores precios podría aspirar a obtener, lo que permitiría a la aseguradora ser más competitiva si consigue mantener esa calidad. En una situación así, los clientes que decidiesen mantener unos hábitos de higiene malos, se verían obligados a incurrir en un gasto superior o a buscar aseguradoras que estuviesen dispuestas a aceptar un riesgo mayor.

En realidad, es exactamente lo que desde hace muchos años ocurre con otros ramos del seguro como el automóvil, y que en los últimos tiempos se procura evaluar de una manera cada vez más fehaciente recurriendo a esas cajas negras, sensores, apps, etc. En el caso de la salud, se está detectando un incremento cada vez mayor en el número de compañías que ofrecen a sus trabajadores el acceso a tests genéticos, algo que, según algunos, pone en manos del trabajador una información que no necesariamente está preparado para aceptar y es susceptible de generar incertidumbre, preocupación o incluso toma de decisiones no completamente racionales, como extirparse determinados órganos en función de una supuesta propensión a un carcinoma que no tendría necesariamente que expresarse y para cuyo riesgo, posiblemente, sería más que suficiente generar una rutina de monitorización periódica adecuada. Por otro lado, tener a un trabajador con riesgos sensiblemente incrementados podría, hipotéticamente, conllevar un aumento en el precio de la póliza colectiva de salud que las compañías ofrecen a sus empleados, lo que sería susceptible de provocar discriminación, en contra de lo que establece la Genetic Information Nondiscrimination Act (GINA) promulgada en 2008.

Resulta fácil imaginar otros tipos de usos: ¿podría beneficiarme de un seguro de hogar en mejores condiciones si decidiese compartir los datos generados por determinados dispositivos en mi hogar que son susceptibles de evitar, por ejemplo, una inundación o un incendio? ¿O si comparto los datos de mi alarma, que demuestran que soy muy riguroso en su uso y, por tanto, reducen sensiblemente la probabilidad de un robo? El uso de pulseras monitorizadoras de la actividad física en entornos corporativos, por ejemplo, sería un caso similar, pero con algunos detalles adicionales: toda compañía está, en principio, interesada en tener empleados más sanos y con hábitos de ejercicio más saludables. Pero cuando ese interés se traduce, además, en mejores precios en la póliza de salud corporativa, la cuestión podría, hipotéticamente, dar lugar a discriminación en aquellos empleados que no mantienen esos hábitos saludables, dado que supondrían un empeoramiento neto de la cartera y, por tanto, un riesgo superior.

El negocio asegurador siempre ha consistido en llevar a cabo la estimación de un riesgo y ofrecer un contrato que recoja la eventualidad de que ese riesgo se produzca, contrato tasado en función de la probabilidad que la compañía le asigna. Los baremos que tradicionalmente se aplican en la mayoría de los ramos del seguro son simples indicaciones en función de parámetros que no afectan demasiado a la privacidad, como la edad, el sexo o algunas circunstancias evaluadas en función de cuestionarios. En ese sentido, las aseguradoras llevan a cabo su trabajo en un entorno de incertidumbre, aseguran relativamente a ciegas, y confían en que esos parámetros les permitan aproximar esa probabilidad de riesgo. En plena era de la internet de las cosas, la lógica apunta a que las aseguradoras intenten cada vez tener la mayor información posible sobre los riesgos que aseguran. ¿Es esto compatible con la idea de privacidad que tienen sus clientes? ¿Debe serlo? ¿Quieren los clientes que lo sea o prefieren, supuestamente, acceder a beneficios – o a precios más elevados – en función de las circunstancias que revelen esos dispositivos? ¿Vamos hacia un entorno cada vez más controlado, en el que la mayoría de los riesgos puedan ser detectados de manera inmediata y eventualmente afecten a lo que pagamos por nuestros seguros o a otro tipo de elementos, potencialmente incluyendo el desarrollo de un modelo de salud cada vez más basada en la prevención? ¿Cuál es la sensibilidad del cliente medio a la hora de compartir información con su aseguradora?

 

Wearables: Fitbit, Apple Watch, Xiaomi, Samsung Gear, GarminAdidas anuncia que abandona la producción de wearables, smartwatches y dispositivos similares, y que se centrará en el software, para centrarse en el desarrollo de Runtastic, que adquirió en agosto de 2015 por 239 millones de dólares, y en el de su propia app.

La compañía sigue, en ese sentido, los pasos de Nike, que en abril de 2014, coincidiendo con los primeros rumores serios de la posibilidad de que Apple pusiese en el mercado el Apple Watch y con el mismísimo Tim Cook sentado en su consejo de administración, desmanteló completamente el equipo dedicado a la Nike Fuel Band y prefirió dejar ese mercado, percibido cada vez como más complejo, para las compañías de electrónica de consumo.

En efecto, los wearables parecen estar convirtiéndose en la categoría que más presiona a los fabricantes de hardware para obtener sensores cada vez más precisos y pequeños, y baterías progresivamente más eficientes, al tiempo que se establece toda una pugna de estrategias para hacerse con los diferentes sectores de demanda. El reparto de cuotas de mercado de el segmento wearable en 2017 muestra un crecimiento de alrededor de un 18%, con la china Xiaomi como líder gracias a un pujante mercado chino que absorbe la inmensa mayoría (96%) de sus pulseras monitorizadoras de bajo precio. La sigue Fitbit, que a lo largo del año pasó desde un 28.5% a un 15.7% – de 5.7 millones de unidades vendidas en el segundo trimestre de 2016 a 3.4 millones en el correspondiente de 2017 – y de Apple con un 13%, que en el mismo período escaló desde un 9%, 1.8 millones de unidades, hasta los 2.8 millones. La cuarta es Samsung, con un 5.5%, seguida de Garmin con un 4.6%.

Además de la consabida estrategia de liderazgo en precios de Xiaomi, estamos viendo varias orientaciones más con características interesantes: Garmin sigue pretendiendo protagonizar el segmento del deportista que se considera a sí mismo como “serio”, cuando la realidad es que en su enormemente confusa gama de productos posee dispositivos de todo tipo, desde prácticamente accesorios de moda hasta monitores que parecen hechos para llevar al hombre a la luna. Mientras, Apple, que anunció en un principio su enfoque hacia la redefinición del cuidado de la salud, se acerca más al mundo de los gimnasios con el anuncio de GymKit, una integración de su Apple Watch con máquinas de ejercicio aeróbico como cintas, steppers, elípticas, etc. que permite poner los sensores donde mejor pueden adaptarse a su función: medidas como la inclinación o la velocidad tomadas en la máquina, mientras que el pulso y otros parámetros corporales se evalúan en la muñeca.

Mientras, Fitbit, que fue expulsada de las tiendas Apple en octubre de 2014 por considerarla competidora del Apple Watch y que, en consecuencia, inició una estrategia de competencia frontal con la marca de la manzana en la que, entre otras cosas, impide a los usuarios exportar sus datos para su monitorización en el iPhone, parece ahora, tras la adquisición de compañías del entorno smartwatch como Pebble o Vector, y el lanzamiento de su Ionic, intentar centrarse en el segmento más complejo y de más rigor, el de la homologación de sus dispositivos por la Food and Drug Administration norteamericana (FDA) y el desarrollo de líneas de negocio de monitorización con su división corporativa, Fitbit Group Health. El último producto de la compañía, el Ionic, utiliza un sensor de oxígeno en la sangre para detectar trastornos como la apnea del sueño y algunos tipos de arritmias cardíacas, y ha sido utilizado en estudios clínicos enviados a la FDA para su posible aprobación. Si la consigue, podríamos encontrarnos con dispositivos de este tipo en hospitales sustituyendo a los que actualmente son utilizados en algunos pacientes para la detección de la fibrilación auricular. La compañía podría centrarse en la detección y tratamiento de problemas como los trastornos del sueño, diabetes, salud cardiovascular o salud mental para clientes como empleadores, aseguradoras de salud, proveedores de atención médica o investigadores que facilitarían los dispositivos a sus empleados o pacientes- Algunas aseguradoras norteamericanas, como UnitedHealthcare, están dispuestas a remunerar a sus clientes con hasta $1,500 en su póliza si demuestran estar cumpliendo los objetivos determinados en su monitor de actividad física, y se estima que ese mercado podría convertirse en un segmento muy activo. La compañía, sin embargo, prosigue su evolución a la baja en los mercados, y cotiza ya a menos de un 80% de su valor de salida a bolsa en junio de 2015. 

El segmento del cuidado de la salud es, sin duda, complejo. Muchas personas que se sienten sanas pueden sentirse intimidadas por dispositivos presentados prácticamente como instrumental médico, personas que posiblemente no tendrían ningún problema a la hora de ponerse en la muñeca un reloj con capacidad para monitorizar prácticamente el mismo tipo de parámetros y variables pero presentado como un complemento de la actividad deportiva. Apple, por su parte, sigue progresando con equipos de investigación médica a los que ofrece desarrollar apps para investigación mediante HealthKit, e invitar a usuarios de iPhone y Apple Watch a participar en esos procesos aportando sus datos.

Sin duda, un sector complejo y sometido a mucho movimiento. La FDA ha creado una pre-certificación para este tipo de dispositivos que se sitúa a medias entre los dispositivos clínicos y los de consumo, y tanto Fitbit como Apple, así como otras compañías (Johnson & Johnson, Samsung, Roche o la división de ciencias de la salud de Alphabet, Verily) están participando en su desarrollo. En no mucho tiempo, muchos de los parámetros que hoy solo conocemos cuando visitamos al médico, nos hacemos un chequeo o nos hospitalizan estarán completa y regularmente monitorizados y registrados en las apps correspondientes, y nuestros wearables nos alertarán cuando algo pueda estar yendo mal. Mientras llegamos a eso, a los competidores en este segmento aún les queda mucho partido por jugar…

 

La burbuja de los 'wearables', de tu muñeca al cajón del olvido - El Diario.es

Jose Antonio Luna, de El Diario.es, me llamó hace unos días para hablar sobre wearables, y ayer me citó en su artículo titulado “La burbuja de los wearables, de tu muñeca al cajón del olvido” (pdf).

Sin duda, como ocurre con todo fenómeno relativamente reciente, las expectativas de muchos usuarios pueden estar sobredimensionadas, y pensar poco menos que con ponerse un dispositivo en la muñeca, van a perder peso y se van a poner en forma de manera automática. Lógicamente, esto no ocurre: el wearable, no hace falta que lo escriba, es una forma de obtener referencias válidas para cuantificar esfuerzo, ejercicio, actividad o, si se utiliza correctamente como parte de un plan completo para mejorar la forma física, de la ingesta. El wearable solo nos proporciona información, lo que hagamos con esa información o hasta qué punto dejemos que condicione nuestra vida es totalmente cosa nuestra.

¿Existe abandono en los wearables? Sí, y por razones múltiples. Por un lado el ya citado efecto de expectativas incumplidas: “pensé que adelgazaría o me pondría en forma solo con ponérmelo en la muñeca, y aquí no pasa nada”. En segundo lugar, el efecto de meta conseguida: “me puse esto para adelgazar, ya he adelgazado, ahora me lo quito”. Si la meta establecida para el uso del wearable es cortoplacista, perder tantos kilos, su uso también podría llegar a serlo. En realidad, el uso del wearable debería corresponderse con un cambio de hábitos, con un compromiso con actitudes más saludables, con una ingesta más controlada o con un nivel de ejercicio determinado, que es lo que realmente puede aspirarse a mantener gracias a la información que el dispositivo proporciona. Y en tercer lugar, una cuestión de durabilidad: muchos wearables, a pesar de estar destinados a un uso prácticamente constante, están fabricados con materiales de calidad muy relativa, y eso lleva a que empiecen a tener un aspecto poco atractivo al cabo de pocos meses de uso. En muchos casos, el abandono en el cajón proviene precisamente de eso, de un gadget con aspecto viejo que es sometido a la decisión del abandono frente a la de adquirir otro.

¿Quiere decir esto que los wearables son una burbuja o una moda pasajera? Sinceramente, lo dudo muchísimo. Mi impresión es que los wearables están aquí para quedarse, que su desarrollo supone una frontera para los fabricantes por la necesidad de empaquetar, en un dispositivo cómodo, cada vez más sensores, batería y prestaciones, con el reto además de hacerlos independientes de un smartphone que en muchas ocasiones, no resulta cómodo llevar encima cuando hacemos ejercicio. La calidad obtenida en la medición de la actividad por la mayoría de los wearables es ya muy superior a la que se obtiene mediante aplicaciones en el propio smartphone, y aunque no sea perfecta ni esté exenta de errores, esos errores suelen distribuirse de manera normal, lo que posibilita un control bastante fino. Con un enfoque adecuado, los wearables poseen una propuesta de valor muy interesante, y lo lógico es pensar que nos dirijamos a un escenario de mayor segregación de funciones del smartphone hacia otros wearables: sensores no intrusivos de medición de glucosa, analíticas con dispositivos de diversos tipos que hoy se llevan a cabo únicamente cuando nos encontramos mal y que podrían pasar a ser cotidianas, contraste con nuestros datos genéticos, etc. hasta llegar a un escenario de salud preventiva cada vez más completo y gestionado mediante los correspondientes algoritmos, que hoy vemos como intrusivo o incluso preocupante, pero que sin duda, será la próxima – y no muy lejana – frontera en la gestión de la salud. En ese escenario, sensores sencillos que llevamos encima en todo momento jugarán, sin duda, un papel fundamental.

Como en tantas otras cosas, en el escenario de los wearables estamos aún dando los primeros pasos. Ni creo que el abandono sea algo significativo a largo plazo, ni mucho menos que estemos hablando de algún tipo de burbuja. Dentro de unos años, veremos si más personas llevan o no más cosas en sus muñecas o en otras partes de su cuerpo – parches, tatuajes, o incluso implantes – y volveremos a hablar de este tema.

 

Apple Watch Series 3La presentación del Apple Watch Series 3 el pasado día 12 de septiembre, con su Apple eSIM como novedad importantísima aunque no destacada por casi nadie, marca un momento muy interesante que sigue la estrategia habitual de la compañía: la de definir un “momento de la verdad” sin ser para nada el primero en hacerlo desde un punto de vista tecnológico.

Los smartwatches con tarjeta SIM propia están disponibles desde hace ya bastante tiempo: nadie recuerda especialmente cuál fue el primero, y sus ventas, en general, han sido más bien escasas en una categoría aún considerada relativamente secundaria, pero con un sano crecimiento anual y que Apple domina de manera aplastante. Ahora, con el lanzamiento de la tercera iteración de su smartwatch, la marca se adentra en un interesante territorio: el de la sustitución coyuntural del smartphone en determinadas situaciones.

En muy poco tiempo, el smartphone ha pasado de ser un simple terminal telefónico, a convertirse en un “aparato para todo” sin el que no podemos prácticamente salir a la calle. La semana pasada, salí de casa sin mi smartphone, algo que hacía muchísimo tiempo que no me pasaba: me di cuenta de que le faltaba un poco de carga, lo conecté a un cargador en una mesa supletoria, me lo dejé ahí, y no me di cuenta hasta llegar al despacho. La sensación de “desnudez”, de “me falta algo” durante toda la mañana fue profundamente desagradable, culminada con momentos como enviar un correo desde el ordenador pidiendo a alguien que te llame a un terminal que no tenías, intentar pagar algo con Apple Pay, darte cuenta de que no puedes llamar a un Uber, que no puedes acceder al área de embarque de la estación de tren porque tu billete estaba en el Wallet, o que te resulta muy difícil saber en qué diablos de las muchas puertas de la estación te está esperando tu mujer (que además de viajar conmigo ese día, era la encargada de volver a traer el añorado iPhone a mi bolsillo). Decididamente, una mañana incómoda y bastante surrealista, sobre todo cuando mi Apple Watch, reducido durante varias horas a dispositivo para darme la hora y la agenda, se conectó a mi iPhone aunque mi mujer estaba fuera de mi vista y me permitió acceder a mi billete y comunicarme con ella (y lo extraño, pero no especialmente incómodo, que resulta escribir en la pantalla del reloj!) De esos momentos en los que te das cuenta de la dependencia que puedes llegar a tener de un aparato electrónico.

Que el smartwatch se convierta en un sustituto parcial pero razonablemente eficiente del smartphone es algo cuya comodidad atestiguan decenas de miles de aficionados a salir a correr en todo el mundo: decididamente, salir a correr con cien o doscientos gramos en el bolsillo no es cómodo, no tanto por el peso en sí sino por su comportamiento cuando te mueves, lo que lleva a muchos a sujetárselo al brazo con fundas y correas de todo tipo. Salir a correr es más incómodo si tienes que renunciar a cosas que, en cualquier otro momento del día, tienes disponibles simplemente metiendo la mano en el bolso o bolsillo. El momento en que el smartwatch se convierte en un sustituto o recambio digno de tu smartphone, en un dispositivo en el que puedes hacer determinadas cosas, como comunicarte decentemente aunque estés haciendo paddle surf en medio de un lago y sin tener que parecer Dick Tracy, o utilizar determinadas aplicaciones de manera autónoma para pedir un Uber, pagar en una tienda o entrar en un tren, es algo con una dimensión que deja de ser anecdótica. Entre otras cosas porque nadie está a salvo de olvidarse el smartphone, pero es poco habitual olvidarte algo que llevas todo el día sujeto a la muñeca.

Nunca tuve especial interés en el primer Apple Watch, que terminó llegando a mi muñeca como un regalo. En verano, tiendo a prescindir de él: soy muy aficionado al mar y al buceo, y habitualmente lo dejo en casa y o bien me llevo otro reloj, o simplemente no llevo ninguno, sin que me parezca terriblemente incómodo. Sin embargo, no prescindo el smartphone, y aunque obviamente no me lo lleve al mar, es evidente que sí me encontraría incómodo sin él. Como la propia Apple dice,

Whether users are out for a run, at the pool, or just trying to be more active throughout their day, Apple Watch Series 3 with cellular allows them to stay connected, make calls, receive texts, and more, even without iPhone nearby.

(Si el usuario sale a correr, a la piscina, o simplemente trata de ser más activo durante el día, el Apple Watch Series 3 con conectividad celular le permite mantenerse conectado, realizar llamadas, recibir textos y mucho más, incluso cuando no tienen su iPhone cerca)

La sustitución de muchas funciones de un dispositivo de entre cien o doscientos gramos que llevamos en el bolsillo para pasarlas a otro mucho más ligero que llevamos en la muñeca puede parecer, de alguna manera, “un problema del primer mundo“, pero no deja de indicar algo, una tendencia interesante. No sé si es tanto una sustitución, o simplemente la ganancia de grados de libertad que supone poder planteársela en determinadas circunstancias, sea porque sales a correr, porque vas a la playa, porque te has olvidado el smartphone o porque, simplemente, no te apetece llevarlo. Los wearables son una forma de poner presión a los fabricantes de componentes: queremos aparatos cada vez más pequeños, con baterías con mayor duración, con conectividad y con más funciones, hasta el punto de que podamos llegar a emplearlos como sustitutos para otros dispositivos. Pronto, el visor en las gafas, el reloj en la muñeca… y el bolsillo, ¿vacío?

 

Fitbit + Pebble + VectorLa evolución de Fitbit, una de las compañías decididamente pioneras en el entorno de la cuantificación personal, parece estar experimentando una reciente evolución interesante y decididamente ambiciosa: tras la adquisición de Pebble del pasado diciembre y la recientemente anunciada de Vector, en ambos casos operaciones que interrumpen completamente la actividad de las compañías y las integran completamente en el flujo de desarrollo de Fitbit, todo indica que la empresa está apuntando al posicionamiento dentro del complicado mercado smartwatch, más allá del espacio que ocupaba como simple dispositivo cuantificador con algunas funciones adicionales.

El quién es quién en toda esta operación es relativamente sencillo de trazar: Fitbit fue en su momento la compañía pionera en el espacio del quantified self, fundada en 2007, desarrolló un mercado muy interesante en torno a esta categoría con una amplia gama de dispositivos de distintos tipos – trackers para llevar colgados en el cinturón, como pulseras, pero también básculas, etc. – y salió finalmente a bolsa en junio de 2015. Alcanzó su cotización récord, casi $48 por acción, en torno a un mes después de su salida, y desde entonces, no ha parado de caer, hasta llegar actualmente a cotizar en el entorno de los $7.

La adquisición de Pebble estuvo posiblemente basada en la oportunidad. Una compañía elevada a los altares por las habilidades comunicativas de su fundador, Eric Migicovsky, y su impacto en un fenómeno, el crowdfunding, que entonces despegaba, la situaron como compañía líder en recaudación por proyecto en dos ocasiones, con unos diez y unos veinte millones de dólares para su primer modelo – en puridad el segundo, porque antes habían fabricado y vendido uno para BlackBerry – y su último, el Pebble Time. Muchos atribuyen a Pebble el despertar de la categoría smartwatch: al convertirse en el primer producto que alcanzó cierta popularidad en este segmento, inspiró a muchas compañías de electrónica de consumo a lanzar sus propios modelos, y a muchos usuarios a adquirirlos. Sin embargo, el mundo corporativo no es tan sencillo como tener un buen producto, fabricarlo y venderlo, y la compañía estaba, en el momento de la adquisición por Fitbit, al borde de la quiebra. Tras la adquisición, en torno a un 40% de sus trabajadores han recibido ofertas para permanecer en Fitbit.

Vector es un caso diferente. Con desarrollo en Rumanía, sede corporativa en Londres y ex-ejecutivos de la industria relojera (Citizen, Bulova y Timex) y de la electrónica de consumo, la compañía pasa por ser una de las más eficientes a la hora de plantear especificaciones: dispositivos con pantalla de tinta electrónica, con buen diseño, buenos componentes – acero inoxidable y cristal de calidad elevada – una resistencia al agua de 50m. y, sobre todo, una duración de batería estimada en torno a un mes, hablamos de un producto decididamente interesante, aunque como en el caso de Pebble, es posible que le faltase la escala suficiente como para competir a alto nivel. Aún así, había captado ya dos millones de dólares y preparaba una ronda adicional. De nuevo, la compañía ha anunciado que no continuará con sus líneas de producto, y que se integra en la estructura de Fitbit.

Con estos elementos, todo indica que Fitbit se prepara para el lanzamiento de un smartwatch basado en una pantalla de tinta electrónica para competir con el líder de la categoría, el Apple Watch, y así parece indicarlo la propia Fitbit. La idea seguramente sería ofrecer una duración de batería elevada – uno de los problemas que muchos achacan a los smartwatch – y una orientación muy fuerte al mercado de la cuantificación. Posiblemente, la idea sería poner en el mercado un smartwatch con una buena integración con el smartphone y alertas bien diseñadas, que no hubiese que dejar en la mesilla de noche cargando a diario para así poder entrar en el mercado de la cuantificación del sueño nocturno, y con un buen enfoque a la cuantificación de la actividad física, tema en el que Fitbit siempre ha destacado especialmente. La marca cierta tiene reputación de cerrada porque, cuando Apple la expulsó de sus tiendas, tomó la decisión de no permitir la compatibilidad de sus datos con la aplicación de salud del iPhone al considerar a Apple como un competidor, pero esa posición no parece una cuestión de principios, sino simplemente una reacción competitiva a una compañía en concreto.

¿El problema? Por un lado, Fitbit no tiene, en su situación de cotización actual, recursos precisamente ilimitados. Por otro, la categoría smartwatch aunque esté muy lejos de ser un fracaso, no está resultando tampoco particularmente efervescente: quienes querían un smartwatch se lo han comprado y lo han probado ya, y quienes no, se incorporan al mercado con bastante lentitud. El líder de la categoría, Apple, que llegó a tener una participación de mercado del 70% en el tercer trimestre de 2015, pero había descendido al 40% a finales de 2016. El otro competidor importante, Google con Android Wear, está pendiente de una actualización de su sistema, y también es susceptible de generar una cierta tracción derivada de su estrategia de colaboración con múltiples marcas.

Como mercado, el del smartwatch no resulta particularmente sencillo. ¿Puede una compañía como Fitbit, tras hacerse con unos activos de expertise indudablemente buenos, aspirar a competir con monstruos como Apple, Google y otros en esta categoría? ¿Puede plantearse alcanzar ese sweet spot de prestaciones en el que los usuarios llevamos nuestro reloj con despreocupación durante muchos días, simplemente poniéndolo a cargar cada bastante tiempo como hacemos con dispositivos como un Kindle y olvidándonos casi el resto del tiempo de que funcionan con electricidad, compatible con iOS y Android, y con una buena funcionalidad de alertas y de cuantificación de la actividad física y la salud? Si es capaz de conseguirlo, podría tener un hueco interesante en el mercado wearable, aunque ello implique competir con compañías como Apple que, debido a la elección de otras tecnologías en lo referente sobre todo a la pantalla, plantean modelos de uso completamente distintos, en los que no son capaces de plantearse salir de la rutina de la carga diaria. En cualquier caso, competir ahí no parece, decididamente, una tarea fácil.