IMAGE: Aleksandr Tsurikov - 123RFUber consigue finalmente cerrar la negociación para la entrada en su capital de la japonesa SoftBank, una toma del 17.5% llevada a cabo por la propia SoftBank y otros inversores, pero que pasa a valorar la compañía en torno a los 48,000 millones de dólares, un 30% que la valoración anterior, cifrada en 67,500 millones, y la lleva a perder el puesto honorífico de ser la startup con una valoración más elevada.

Sin duda, Uber se ha enfrentado al peor año de su corta existencia, plagado de escándalos derivados del establecimiento de una cultura tóxica y del “vale todo” impulsada por su cofundador, Travis Kalanick. Tras su salida de la compañía el pasado junio forzada por varios de sus inversores de referencia, parece interesante reflexionar sobre el precio derivado de tomar atajos o de considerarse por encima de la ley: contrariamente a lo que opinan sus obvios enemigos, los taxistas, Uber no incumplió la ley por pretender competir con ellos – en la inmensa mayoría de las ciudades en las que fue denunciado, la compañía sigue operando con alguna de sus fórmulas, sea con conductores sin licencia, con licencia VTC o con alguna otra variación – sino por otro tipo de cuestiones, que van desde el acoso sexual al desarrollo de rutinas destinadas a esquivar la supervisión de sus actividades. Evidenciar que el sistema de licencias está caduco y ya no representa el interés de los usuarios, sino únicamente el de quienes tienen una licencia no es ni debería ser un delito, sino una simple demostración.

Sin embargo, alimentar una cultura empresarial en la que todos los directivos de la compañía se consideraban habilitados a hacer lo que fuese y a buscar todo tipo de atajos para llegar a un fin es algo que, como tal, sí tiene un precio. Cuando empecé a hablar de Uber en mis clases, la compañía resultaba enormemente atractiva para la inmensa mayoría de mis alumnos: ahora, sin embargo, tiene una reputación que, seguramente, llevaría a muchos de ellos a rechazar una oferta de trabajo en ella. Como comenté en su momento, Travis Kalanick se ha probado a sí mismo como un directivo enormemente agresivo capaz de llegar del punto A al punto B rápidamente y con una filosofía de “el fin justifica los medios”: sin él, la compañía nunca habría alcanzado la valoración y el reconocimiento de marca que llegó a alcanzar. Pero a cambio de hacerlo, su sucesor, Dara Khosrowshahi, y su nuevo macro-consejo de administración, tienen ahora que asumir una pérdida de alrededor de un tercio del valor de la compañía, que no es en absoluto poca cosa.

¿Valió la pena? Mientras el precio de la compañía oscila debido a sus escándalos reputacionales, el factor fundamental que determina su valoración: su capacidad de eliminar el factor de coste más importante de un desplazamiento en automóvil, el conductor. En efecto, todos los inversores en Uber saben perfectamente que la compañía nunca valdrá lo que dice valer – ni un tercio menos de esa cantidad – si continúa operando como lo hace actualmente. De hecho, muchos de los usuarios que hablaban maravillas de la relación calidad/precio de Uber ahora comentan, en su lugar, que el precio se ha encarecido, que la actitud de los conductores ya no es la que era, o que los controles de contratación de esos conductores se han relajado y ahora es más fácil encontrarse con alguien que no debería estar detrás de un volante, y todo ello sometido a un nivel de variabilidad que aleja la imagen de un estándar común de calidad a nivel mundial, y lleva a plantearse dudas en función del criterio de cada country manager en cada uno de los países en los que opera. La compañía ha abandonado mercados como China o Rusia, algo que sin duda también habrá impactado su valoración. Sin embargo, el factor principal en la ecuación que determina el valor de la compañía, el desarrollo de la tecnología de conducción autónoma, parece ir viento en popa: sus vehículos son cada vez más capaces de operar sin intervención del conductor, y en no mucho tiempo, podrían alcanzar el nivel de los de Waymo, que a partir del primer trimestre de 2018 se espera que operen ya como servicio de taxis sin conductor en Phoenix, Arizona (y a partir de ahí, con una difusión previsiblemente rápida, en todas las ciudades en las que los dejen operar).

¿Conclusiones? Sin duda, varias. La primera, que aunque un descuento de un tercio del valor de una compañía sea mucho, habrá quien se plantee que si ese es el precio que hay que pagar por situar a una compañía como uno de los grandes actores en el mundo de la tecnología, con capacidad aún de salir a bolsa y de ser uno de los primeros en situación de explotar el nuevo transporte autónomo a todos los niveles, arriesgarse puede ser un buen movimiento. Si la compañía, tras dejar pasar un tiempo para permitir que el polvo se asiente, decide salir a bolsa – y obviamente, lo hará – tengo entre pocas y ninguna duda de que superará su anterior valoración, y seguramente, con creces. Con eso, habría conseguido el dudoso mérito de demostrar que la idea de que “el fin justifica los medios” no puede ser, visto el resultado, completamente descartada, por mucho que una cultura que admita el engaño, el acoso, el soborno o prácticamente cualquier cosa mala bajo la faz de la tierra pueda generarnos rechazo. Desde un punto de vista ético, sin duda, un problema, pero desgraciadamente, nada que no sepamos tras varios siglos de capitalismo.

La segunda, que el enemigo de los taxistas nunca fue Uber, sino el vehículo autónomo. Si Uber logró demostrar que el sistema de licencias, diseñado en su momento para evitar males mayores bajo la llamada “tragedia de los comunes”, había perdido su validez, lo siguiente que se dispone a hacer para preservar su valoración y su hoja de ruta es demostrar que en algunos años, nadie querrá ir en un taxi conducido por una persona, porque serán no solo notoriamente más inseguros, sino además, sensiblemente más caros. En muchas ciudades hoy en día, y lo he podido comprobar en sitios como Ciudad de México, Bogotá o Lima, los usuarios prefieren subirse en un Uber o en un servicio similar a hacerlo en un taxi convencional, porque les parece comparativamente mucho más seguro. Pronto, con la llegada del vehículo autónomo, esa sensación se extenderá a todo el mundo: si podemos transportarnos en un vehículo autónomo más seguro y más barato, ¿quién querrá hacerlo en uno conducido por un ser humano? Mientras el camino hacia la tecnología que permite eso siga recorriéndose con la velocidad con la que lo estamos recorriendo, la valoración de Uber seguirá estando a salvo. Y sus inversores, como bien sabe SoftBank, también.

 

Elon Musk tweet #848935705057280001Ayer lunes, la valoración bursátil de Tesla, una compañía fundada en el año 2003, con unos 30,000 empleados y ventas en 2016 de 7,000 millones de dólares, superó la de Ford, fundada exactamente cien años antes, con 201,000 empleados y ventas en 2016 de 151,800 millones de dólares. En el mercado actualmente, $47,000 millones frente a $45,000. El tweet de su fundador, Elon Musk, lo dice todo: malos tiempos para los que apostaron en corto contra la compañía.

El incremento en el valor de las acciones de Tesla tiene su origen en el aumento progresivo de sus cifras de producción, que supuestamente representaba su mayor incógnita: una cosa es diseñar vehículos revolucionarios, incluso llegar a posicionarlos categóricamente como los de mejores prestaciones o los más seguros, y otra ser capaz de fabricarlos a nivel masivo y abastecer una demanda mundial. El pasado trimestre, Tesla fabricó y entregó 25,000 vehículos, y su capacidad continúa aumentando a buen ritmo, posicionándose de manera clara para la gran apuesta que supone el Model 3, su primer vehículo con un precio posicionado aún dentro de la gama alta, $30,000, pero ya al alcance de un mercado más amplio que hasta el momento.

Obviamente, el mercado es el mercado, y esta posición se mantendrá o no en función de muchos factores. Pero me parece importante preguntarnos qué implica este hecho, que la cotización de Tesla supere a la de una marca como Ford. En primer lugar, que los analistas claramente privilegian en sus análisis las expectativas de futuro frente a los resultados actuales. Frente a los 25,000 vehículos entregados por Tesla en el trimestre, Ford vendió 237,000 tan solo en marzo, aunque ese resultado supuso una caída de las ventas esperadas de en torno a un 5%. Los resultados de Ford, aunque igualmente descendentes en un 7.2%, fueron de $4,116 millones, mientras que los de Tesla fueron de $667 millones… negativos.

¿Qué nos están diciendo los analistas? Básicamente, que las compañías de automoción tradicionales son valores aburridos, conocidos y en evolución descendente, mientras que Tesla es una compañía en su misma industria, pero con un enorme potencial para un crecimiento muy rápido. Que los movimientos de Tesla, tales como construir una mega-fábrica o invertir en tecnología de baterías, suponen una palanca sobre el futuro incomparable a la que pueden llegar a representar los movimientos que presenten las compañías de automoción tradicionales. Podemos llamarlo como queramos, pero esto es ni más ni menos que el reflejo de una palabra: disrupción. 

En muchos sentidos, Tesla ya ha ganado. Su evolución ha obligado a las compañías tradicionales a invertir en una tecnología que no querían y por la que aún demuestran un escaso entusiasmo, el vehículo eléctrico. Las ha forzado también a presentar novedades en el ámbito de la conducción autónoma quisieran o no, a riesgo de ver sus acciones caer de manera aún más rápida, y ha conseguido probar que una solución de ese tipo puede convertirse en la mejor manera de salvar vidas. Ecología y vidas humanas, dos factores que resulta muy complicad ignorar de cara ya no solo a los resultados económicos, sino a la propia responsabilidad social de las compañías, aunque hablemos de una industria en la que la empresa que más abiertamente violó las normativas de contaminación sea hoy la líder del mercado mundial. Pero Elon Musk, con su agresividad y su estilo personalista, ha logrado por el momento mucho más que toda una Google considerada aún relativamente “marciana” y externa a la industria, a la que nunca realmente se le ha reconocido una capacidad para provocar el cambio.

Los vehículos autónomos y eléctricos van a dar lugar a muchísimos cambios en la sociedad que conocemos. Y de cara a esos cambios, Tesla se presenta como una empresa con muchísima más capacidad de hacerles frente y gestionarlos, porque de hecho en gran medida los habrá provocado, que las perspectivas que de ello tienen compañías tradicionales como Ford, incluso aunque se las considere arriba de todo en la lista de fabricantes mejor preparados de cara al desarrollo del vehículo autónomo. La velocidad de movimiento y la capacidad para generar cambio es mucho mayor en una compañía enfocada y con una dirección clara que la de un gigante obligado a mantener todas sus divisiones y a trabajar en modo de “trastorno de personalidad múltiple”, en el que sigue presentando vehículos enormes que consumen medio pozo de petróleo cada uno, mientras mantiene sus iniciativas de vehículo autónomo o eléctrico prácticamente escondidas en un rincón. Eso, ni más ni menos, es lo que está reconociendo el mercado. Los resultados de hoy son solo eso, resultados de hoy. Si no creías en un cambio brusco en el sector automoción, deja que sean los analistas los que te lo expliquen.

 

AirbnbIMAGE: Yong Hian Lim - 123RF pone en marcha una nueva ronda de financiación con grandes inversores con el fin de levantar 750 millones de dólares, con un precio que eleva la valoración de la compañía desde los 25,500 millones de dólares del pasado año hasta los $30,000.

El objetivo de la compañía es financiar su expansión global y retener a empleados valiosos que tenían stock options, pero retrasando lo más posible su salida a bolsa. La estrategia es similar a la llevada a cabo por Uber, que ha levantado diez mil millones de dólares a lo largo del último año y medio, igualmente con el fin de posponer todo lo posible el momento de saltar a los mercados.

Uber es, sin ningún género de dudas, la mayor compañía de transporte de personas del mundo, muy por encima de ningún posible competidor, y con ambiciones de posicionarse mucho más allá del transporte de personas, invadiendo industrias como la mensajería o la logística con su filosofía de Mobility as a Service (MaaS). Con Airbnb deberíamos pensar que hablamos de la mayor compañía hotelera del mundo, muy por encima de una Hilton valorada en $22,470 millones que afirma no tener ningún miedo, de Marriott ($16,870 millones) o de Starwood ($12,540 millones), todas ellas con capitalizaciones bursátiles en evolución marcadamente descendente. ¿Qué sentido tiene posponer la salida a bolsa de compañías con valoraciones estratosféricas de varias decenas de miles de millones de dólares, que podrían precisamente utilizar los fondos obtenidos para pasar a una nueva dimensión económica?

Muy posiblemente, el retraso se refiere, precisamente, a la necesidad de definir exactamente los términos en los cuales esas empresas desarrollan su actividad. En el caso de Uber, aparte de una constante lucha con los reguladores que ya hace mucho tiempo que tiene todas las trazas de ganar, gracias fundamentalmente a una flexibilidad que le permite utilizar la fórmula adecuada en cada mercado, la principal duda surge con respecto al impacto del vehículo autónomo: la compañía hace ya pruebas con su propia flota de automóviles Ford Fusion en Pittsburgh gracias a su alianza tecnológica con Carnegie Mellon, pero es consciente que retirar a los conductores de la ecuación alteraría drásticamente el modelo, que pasaría de ser una plataforma tecnológica ligera que simplemente pone en contacto a conductores con viajeros, para pasar a ser una gran flota en manos de la compañía. Las noticias desmentidas sobre enormes pedidos de vehículos a Daimler o a Tesla nos llevan a visualizar un futuro para la compañía completamente diferente, en el que no tendría que hacer frente al principal componente del coste de sus operaciones, los conductores, pero entraría en un negocio complejo sujeto a elevados costes fijos y a necesidades como el mantenimiento, algo que obligaría a todos los inversores con posiciones en la compañía a, como mínimo, rehacer y reevaluar sus números.

En el caso de Airbnb, hablamos de una batalla legal que parece estar en sus inicios: la llegada de posibles leyes restrictivas tanto en Nueva York como en su ciudad natal, San Francisco, que ha llevado a la compañía incluso a contraatacar con una demanda que, según los expertos, podría tener bastantes posibilidades de ganar. Pero indudablemente, hablamos de una contingencia legal que podría generar dudas y asustar a posibles inversores en una hipotética salida a bolsa, con todo lo que ello conlleva.

Dos de las empresas llamadas a ser actores importantes en la economía del futuro se muestran pacientes a la hora de salir a bolsa, alimentadas además por la posibilidad evidente de salir al mercado de inversión, extender la mano y que sigan lloviendo millones, que retornarán cuantiosas plusvalías cuando las compañías decidan abrir la puerta a todos los inversores mediante su oferta pública. Dinero, sí. Prisas, las justas.

 

Twitter big or smallDos artículos de comentaristas reputados, Farhad Manjoo en The New York Times y John Naughton en The Guardian, apuntan la idea de que la única vía de salvación de Twitter es aceptar que no es una plataforma para todo el mundo, y que para ser realmente útil, tiene que centrarse en conseguir una herramienta de información mejor y más potente, lo que no implica un crecimiento en número de usuarios (y sí posiblemente una disminución).

La caída de más de dos millones de usuarios activos mensuales de Twitter, desde 307 hasta 305 millones, ha dado lugar a una fuerte caída del valor de la acción, que cotiza a mínimos históricos y coloca la capitalización bursátil de la compañía en un nivel, 12,000 millones, que podría perfectamente posibilitar una hipotética adquisición si apareciese alguna compañía interesada en ello. Los mercados financieros no perdonan la ausencia de crecimiento, y menos en una industria como la de las redes sociales, en la que tradicionalmente todos los multiplicadores han utilizado siempre los famosos MAUs, o usuarios mensuales activos, como punto de anclaje para el cálculo del valor.

Sin embargo, la evidente paradoja es que, pese a su falta de crecimiento y a su patente incapacidad para convencer a más usuarios para que se unan, Twitter es una plataforma que muchísimas personas utilizan para informarse de todo en tiempo real, tiene una presencia enorme en medios y en la actualidad en general, y muchos usuarios, twitteen o no, echarían enormemente de menos si no existiese. Discutir el valor generado por Twitter parece complicado, sobre todo si preguntamos a empresas, medios o celebridades, pero convencer a usuarios normales del valor de utilizar la plataforma parece imposible.

La paradoja de Twitter tiene mucho que ver con su definición, o mejor, con su falta de ella. Originalmente, Twitter surgió sin tener no solo nada claro cómo iba a ser su modelo de negocio, sino sin siquiera tener claro lo que era. Ese estado de confusión primigenia, de hecho, se extendió a sus usuarios y a los analistas: muchos, de hecho, siguen aún considerando Twitter como una red social, cuando en realidad, en mi opinión, nunca lo ha sido. La mismísima Wikipedia define Twitter como “an online social networking service”. Una red social es un entorno en el que priman las relaciones, el “sigo a esta persona por la relación que me une con ella. En Twitter, en cambio, seguimos a las personas por la información que comparten, “lo sigo porque dice cosas interesantes”, independientemente de quien sea, o a veces, incluso, sin saber si es persona, animal o cosa. Es ese énfasis en el contenido en lugar de en la persona el que, desde mi punto de vista, aleja a Twitter de la idea de red social y lo ubica más en la de canal de comunicación, de herramienta informacional. De hecho, llevo años recomendando a mis alumnos en el MBA que no utilicen Twitter para seguir a sus amigos – para eso está Facebook – sino para seguir a las personas que resulta interesante seguir en las industrias o las empresas en las que tienen interés por desarrollar su carrera profesional.

Hace una semana estuve de visita a Twitter España. Curiosamente, siendo uno de los primeros usuarios que consiguió lo que en 2007 podía considerarse un número elevado de followers, nunca había estado en sus oficinas, a pesar de contar a menudo con directivos de la compañía en mis clases o de coincidir en multitud de foros con Pepe López de Ayala, su country manager. La discusión que mantuvimos sobre la evolución de Twitter fue precisamente por ahí, si resultaba preocupante o no que muchos usuarios de la base de la pirámide, los que no son empresas ni celebridades, no entendiesen para qué diablos debían actualizar su feed o qué tipo de cosas compartir en él, o directamente considerasen que estaban en Twitter simplemente para “poner la oreja”, para el puro y simple lurking.

¿Puede sostenerse Twitter – ojo, no hablamos de sostener “el crecimiento de Twitter”, sino Twitter como herramienta económicamente viable – si una amplia base de usuarios se limitan a escuchar, a usarla como si fuera un teletipo o una agencia de noticias? ¿Podría Twitter plantear un movimiento que fuese más allá de la evolución del “¿qué estás haciendo?” al “¿qué está pasando?”, y que llegase a un “si no es relevante, ni te molestes en contármelo”? ¿Qué pasaría si los usuarios entendiésemos que Twitter no es un sitio para mantener conversaciones – hay mil herramientas mejores para eso – ni para contar que te estás tomando un café o un helado, sino para informar sobre eventos de trascendencia mínimamente pública, aunque se defina “público” como “conjunto de personas, independientemente de su tamaño, con un interés común”? Indudablemente, reducir la base de usuarios que actualizan su Twitter podría redundar en una relación señal-ruido más adecuada, que supusiese un mayor valor para los usuarios, e incluso plantear un canal con un valor publicitario mayor. Hace algún tiempo, un artículo planteaba lo que Twitter tenía que hacer para ser diez veces más grande, cien veces más rentable y mil veces mejor… ¿y si el tamaño, al menos el de la base de usuarios que actualizan habitualmente, dejase de ser un factor fundamental?

La disyuntiva, en cualquier caso, no se plantea simplemente como una elección estratégica que Twitter puede tomar. Cambiar las percepciones de todo un mercado sobre una herramienta determinada es una tarea compleja y cuyo éxito no está en absoluto garantizado. No basta con decir lo que quieres ser, necesitas que los que están al otro lado lo entiendan, lo acepten y lo adopten. Pero sí es cierto que la idea de una Twitter que dependa más de su propuesta de valor que de las presiones de un crecimiento irracional resulta, como mínimo, atractiva, capaz sin duda de generar ingresos vía publicidad o marketing vinculado a eventos, y posiblemente más sostenible. Que los mercados lo entiendan ya es otro cantar.

 

IMAGE: Eduardo Huelín - 123RFRaquel Quílez, de El Mundo, me llamó por teléfono para hablar sobre una posible burbuja financiera en Silicon Valley, e incluye algunos de mis comentarios en su artículo publicado ayer bajo el título “¿Va a estallar Silicon Valley?” (pdf).

La de la burbuja es una hipótesis que lleva ya tanto tiempo aventurándose, que tiene ya su propia categoría en esta página, con unos dieciocho artículos al respecto a lo largo del tiempo que se remontan a nada menos que 2005. Y mi respuesta, a grandes rasgos, ha sido más o menos la misma: las burbujas son un componente estructural de la economía, surgen con cierta periodicidad en función de multiples variables, pueden tener muy diversas causas… pero no todas son iguales. No tiene nada que ver una burbuja como la de principios de siglo, con empresas dramáticamente sobrevaluadas como resultado de unas expectativas de difusión tecnológica y adopción que preveían flujos de ingresos que jamás se materializaron, con una simple burbuja de valoración como la actual.

En el momento actual, resulta evidente que muchas compañías han obtenido del mercado valoraciones que pueden parecer imposibles de sostener desde un punto de vista estrictamente financiero, ya sea utilizando multiplicadores de ingresos o descuentos de flujos de caja ponderados. Esa situación no aplica en todos los casos: resulta interesante ver, por ejemplo, la valoración de Uber publicada por Aswath Damodaran, en la que se muestran los diferentes escenarios en función de los distintos negocios en los que la compañía anuncia su entrada. Cuando una compañía ha demostrado su capacidad de generar ingresos, ha probado su modelo y su atractivo y genera flujos económicos de manera consistente, plantear valoraciones en función de su posible expansión a actividades razonablemente afines o de su capacidad para robar mercado a empresas clásicas que llevan a cabo actividades susceptibles de ser sustituidas no es algo que pueda utilizarse como argumento para demostrar la existencia de una burbuja.

Una burbuja caracterizada por una ausencia de ingresos en torno a los cuales construir un modelo de valoración no tiene nada que ver con otra en la que las compañías elevan sus valoraciones debido a un elevado interés de los potenciales accionistas. Una empresa como Snapchat, por ejemplo, puede situar sus primeras valoraciones en función de las capacidades que sus accionistas ven en su equipo y su producto para posicionarse en el mercado adolescente, refrendarlas gracias a un interés de Facebook por una posible transacción, y elevarlas sensiblemente a medida que demuestra su capacidad para crear servicios capaces de generar flujos de caja, y parece razonable pensar que ni sus accionistas son completamente idiotas, ni responde de manera general a una dinámica de burbuja. Sin embargo, sí es posible que una compañía como esa u otras caracterizadas como “unicornios” con un crecimiento potencial elevado, generen burbujas de valoración en función de simples mecanismos de oferta y demanda cuando muchos inversores pretenden acceder a la oportunidad de invertir en ellas, y provocan un recalentamiento del mercado.

Los tiempos de los mercados tranquilos terminaron. Hoy, cada innovación, cada anuncio de resultados decepcionante, cada revelación impactante o cada análisis más o menos tergiversado puede provocar una situación de caída de fichas de dominó que lleven a muchos a perder mucho dinero. Es un mundo hiperconectado en el que la información se mueve a mucha más velocidad de la que se requiere para procesarla con un mínimo de rigor. En las circunstancias actuales de un mercado que parece abrir oportunidades nuevas con cada nuevo paso en el desarrollo tecnológico o con cada emprendedor que tiene una idea feliz, vivir en un entorno burbujeante es completamente inevitable, y seguramente, no es siquiera algo negativo, sino una característica de los tiempos. Algunas de esas burbujas pueden dejar víctimas: personas en busca de oportunidades de inversión que carezcan de herramientas de análisis adecuadas o se dejen llevar por la euforia y apuesten por las compañías equivocadas – muchas siguen siendo startups, sometidas a las mismas escasas tasas de supervivencia que han tenido siempre – pero eso no debería ser un pretexto para calificar a toda una industria como una burbuja. Aunque, como todo en un mundo hiperconectado y que se mueve a gran velocidad, pueda llegar a explotar.