IMAGE: Der TagesspiegelEn julio del pasado año, a raíz de una demanda del Knight First Amendment Institute contra Donald Trump por bloquear a numerosos ciudadanos en su cuenta de Twitter, nos preguntábamos si un presidente podía, en efecto, llevar a cabo esa acción de exclusión cuando había convertido su cuenta personal en un un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos. Si interpretamos que, como todo parecía indicarlo, ese uso era efectivamente así, los ciudadanos no deberían poder ser excluidos de él a pesar de haber expresado previamente su desacuerdo, puesto que el bloqueo podría ser interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

Ayer, una juez norteamericana, Naomi Reice Buchwald, dictaminó, efectivamente, que el presidente de los Estados Unidos no puede bloquear a ciudadanos en su cuenta de Twitter. Tras un riguroso estudio de lo que conlleva el hecho de bloquear en Twitter, la juez afirmó que el presidente estaría en su derecho de silenciar a sus críticos si lo desea, lo que evitaría que viese sus respuestas, pero no puede bloquearlos, dado que esa acción no solo impide que vean sus actualizaciones (un impedimento relativo, dado que basta con entrar en Twitter sin hacer login para evitarlo), sino también, que puedan referirse a él utilizando su cuenta en sus actualizaciones.

¿Qué va a ocurrir ahora? Presumiblemente, nada. Lo más probable es que el presidente apele a instancias superiores y se limite a ignorar la sentencia, como de hecho ya hace con su propio servicio de seguridad cuando le solicita que le permita inspeccionar su smartphone – precisamente el que utiliza para escribir en Twitter – para intentar garantizar la seguridad del dispositivo. Lo que estamos viendo es, ni más ni menos, que las consecuencias de elegir para uno de los cargos más importantes y con más responsabilidad del mundo a un político con la mentalidad de un auténtico niño, un matón de colegio completamente irresponsable, caprichoso, malcriado e iletrado, capaz de jugar incluso con la idea de apretar el botón nuclear. Lo más adecuado que he visto sobre él es esta propuesta para reproducir sus actualizaciones de Twitter en letra de niño pequeño escrita con un lápiz rojo.

En efecto, hablamos de un presidente que genera pérdidas millonarias a compañías con decisiones tomadas sin ningún tipo de justificación seria, que presiona al servicio nacional de correos para que le suba las tarifas a las compañías que le caen mal, o que se acuesta con quien se le encapricha y paga después para que no digan nada. Su uso de las redes sociales no es más que un síntoma más de una tremenda disfuncionalidad. Definitivamente, lo menos presidencial y presidenciable que los Estados Unidos han podido ver o imaginar en toda su historia, un permanente y gravísimo daño inflingido por el populismo a la democracia y, sin duda, un descrédito enorme para su país a todos los niveles.

 

IMAGE: Mikhail Melnikov - 123RFNo nos engañemos: incluso en las democracias más maduras, las elecciones y sus campañas electorales han tenido siempre un elevado componente de teatro. Candidatos estrechando manos, haciéndose selfies y besuqueando niños mientras prometen cosas que, en muchos casos, saben que jamás van a poder cumplir, en inflamados mítines destinados a la exaltación y a las consignas fáciles. Si alguien busca pensamiento crítico o algún tipo de reflexión de calidad, las campañas electorales no son precisamente el lugar para encontrarlos.

Igualmente, durante años, hemos convertido en habitual dar entrada a todo tipo de intereses en las campañas electorales, expresados habitualmente en forma de financiación y recursos para los candidatos que interesaban al donante. Esos aportes de recursos han venido, tradicionalmente, de lobbies empresariales, de grupos de presión o de otros intereses, entre los cuales ha habido, en numerosas ocasiones, países extranjeros. Aportar dinero a un candidato de un país determinado esperando obtener un mejor trato en las relaciones bilaterales, mejores acuerdos comerciales y otro tipo de prebendas es una idea que no nos resulta en absoluto extraña.

Sin embargo, lo habitual hasta el momento había sido que ese tipo de intereses extranjeros se expresasen así, como aportes de dinero que el candidato beneficiado podía utilizar como entendiese oportuno, regulados de manera más o menos transparente por la legislación que regula la financiación de los partidos políticos. La injerencia directa en la campaña electoral es algo mucho más novedoso, y a medida que avanza la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, empieza a agotar ya nuestra capacidad para la sorpresa.

Un destacado perfil pro-Trump dentro de la llamada alt-Right norteamericana con más de 80,000 seguidores y extensamente citada por la prensa, Jenna Abrams, ha sido descubierta como completamente ficticia y creada por una troll farm rusa con base en San Petersburgo. El caso se une a decenas de cuentas de supuestos activistas de diversas facciones destinados a explotar y radicalizar las ideas más polémicas y polarizadoras de la sociedad norteamericana durante la campaña, ideas que en muchos casos, como el del racismo, llevaban ya bastantes años fuera de la dialéctica política. La gran cantidad de anuncios financiados por Rusia, que alcanzaron a millones de norteamericanos mediante cuidadosas estrategias targeting en redes sociales como Facebook o Google, eran tan solo la punta del iceberg en un escenario en el que se combinaron hábilmente con todo tipo de cuentas de supuestos norteamericanos inexistentes, personalidades inventadas con mensajes y dialécticas radicales que fueron seguidas o compartidas por millones de personas. Una estrategia a la que, muy posiblemente, las propias compañías tecnológicas contribuyeron con los llamados embeds, empleados colaboradores del equipo de campaña de Donald Trump que Hillary Clinton rechazó, y que aparentemente jugaron un papel muy activo a la hora de definir los mensajes que eran difundidos por el candidato.

Un país cuya democracia es un chiste, Rusia, ha conseguido a su vez convertir en un chiste la mismísima democracia de su enemigo, los Estados Unidos, en una época en la que la guerra fría se consideraba ya como parte de un pasado que había finalizado en 1991 con el colapso de la Unión Soviética. El crecimiento y la adopción masiva de las redes sociales ha generado un nuevo teatro, un renovado patio de operaciones que uno de los políticos más megalómanos del mundo, Vladimir Putin, ha aprendido a explotar hasta límites insospechados. La respuesta, por otro lado, resulta muy compleja: los movimientos iniciados en la última etapa de Barack Obama como presidente, con sanciones diplomáticas de diversos tipos a Rusia, fueron planteados cuando la magnitud de la interferencia estaba aún varios órdenes de magnitud con respecto a lo que ahora conocemos, y ni siquiera está claro que puedan realmente llegar a servir para algo en un entorno en el que el control se antoja sumamente complejo.

Si en algún momento pensaste que la injerencia rusa en las elecciones norteamericanas era algo anecdótico o irrelevante, piénsalo de nuevo. Estamos, posiblemente, ante el mayor desafío al que se enfrenta la democracia en toda su historia, con una deriva hacia el populismo que las redes sociales están alimentando en una espiral aparentemente imparable, capaz de llegar a alterar los resultados de las consultas electorales de países con democracias supuestamente maduras y consolidadas. Un problema mucho mayor de lo que originalmente parecía, y cuyas consecuencias, además, han llegado ya demasiado lejos.

 

IMAGE: Chris Dorney - 123RFMi columna en El Español de esta semana, titulada “Elecciones y manipulación” (pdf) trata de recoger y poner en contexto algunas de las noticias más recientes que se van divulgando sobre la investigación del fiscal especial Robert Mueller acerca de la relación entre la campaña electoral de Donald Trump y el gobierno ruso.

Todo indica que lo que en un primer momento se apuntó como teorías aparentemente aventuradas y conspiranoicas estaban no solo en lo cierto, sino que incluso subestimaban lo que realmente llegó a ocurrir. Ahora sabemos que el gobierno ruso, aprovechando el hecho de que cada vez más norteamericanos se informaban y formaban su opinión con noticias que leían en las redes sociales, no solo llevó a cabo múltiples campañas en Facebook  y en Twitter con anuncios que exacerbaban deliberadamente determinados aspectos de la política, como el supremacismo blanco o el odio a lo extranjero, a niveles que se creían completamente superados en los Estados Unidos, sino que además, puso en marcha toda una maquinaria de producción de noticias falsas que pudo alcanzar hasta a setenta millones de norteamericanos, creó cientos de perfiles inventados de supuestos norteamericanos y supuestos grupos activistas dispuestos a difundirlas y a entrar en discusiones sobre el tema y obtuvo y difundió a través de las redes sociales documentos verdaderos y falsos sobre la campaña de los demócratas. Sabemos que algunos asesores de Barack Obama, expertos en el uso de redes sociales para sus dos campañas electorales, detectaron algunos de estos patrones e incluso llegaron a advertir a Facebook sobre esta cuestión, para encontrarse con que la compañía minimizaba su posible impacto.

Ahora los norteamericano saben, aunque aún no hayan llegado a darse cuenta totalmente de lo que supone, que no tuvieron en realidad una campaña electoral, sino un auténtico reality show producido desde Rusia en el que la imagen de los candidatos fue manipulada de manera constante, en el que se generaron estados de opinión completamente desbocados y radicalizados a golpe de intervenciones en las redes sociales, para dar lugar finalmente al desenlace que muy pocos esperaban, pero que estaba inicialmente planeado: la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Una maniobra política con un nivel de intensidad sin precedentes, ensayado previamente en procesos electorales de varias ex-repúblicas soviéticas, y que fue capaz de manipular con éxito las elecciones del país hasta entonces más poderoso del mundo.

Obviamente, una maniobra así no solo se apoya en las redes sociales. Para que tuviese éxito, fue necesaria una combinación de factores que incluyó una adversaria política demócrata co escaso carisma y que daba el desenlace como cosa hecha porque creía enfrentarse a un candidato sin ninguna esperanza racional de ser elegido, una serie de cuestiones larvadas en torno a la amenaza terrorista y al miedo a lo extranjero susceptibles de ser exageradas y exacerbadas hasta el infinito, un movimiento racista o supremacista que nunca llegó a desaparecer del todo y que se mantenía, aunque de manera relativamente discreta, en determinados estratos sociales, y una estructura de colegio electoral que llevó a que el voto popular terminase por no tener, en realidad, ninguna importancia. Con esos ingredientes, un buen uso de las redes sociales fue capaz de generar un nivel de virulencia brutal que dio lugar a la campaña más polarizada, agria y exagerada en sus debates de la historia reciente norteamericana, generar un auténtico río revuelto para ganancia de un pescador determinado.

Ahora, la investigación de Robert Mueller comienza a cerrarse en torno a la Casa Blanca, y a revelar la verdadera magnitud de lo que tuvo lugar durante la campaña electoral de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas: la manipulación de millones de ingenuos electores norteamericanos que, como en un auténtico reality show en el que se escogen cuidadosamente las tomas y los cortes, terminaron por dejar en la casa de Gran Hermano al ganador más inesperado, más peligroso y menos recomendable.

 

I don't think you understand the gravity of this situation - Donald TrumpEsta mañana he reinterpretado el viejo meme por intentar poner algo de humor en la situación, pero la verdad es que, por más humor que le intentes poner, son terribles noticias. El país más importante del mundo ha puesto al mando a un auténtico psicópata, a la persona que debería salir en las enciclopedias cuando buscas la definición de “populismo“, a alguien que muchos pensamos que sería un mal chiste que olvidaríamos en poco tiempo.

Y además, le ha conferido un poder prácticamente omnímodo: no solo es el presidente, sino que además, tiene al Partido Republicano, que si no es su partido, sí ha funcionado como su “partner in crime” y ha mostrado un utilitarismo verdaderamente preocupante, con mayoría tanto en el Congreso como en el Senado. Poca broma: este psicópata populista, machista, homófobo, racista, chulesco e inmoral tiene ahora, entre otras muchas cosas, el control del botón nuclear. Y no solo lo tiene: es que ya se ha interesado por él.

Dear Americans (anti-Trump German ad) Hace pocos días, hablaba con un amigo español y estadounidense, plenamente integrado en la industria tecnológica, que me decía que lo único que podía truncar la vertiginosa marcha del avance tecnológico era… una posible victoria de Donald Trump. Ahora, ha ocurrido.

Esto no es un cisne negro de los de Nassim Taleb, es un cielo entero ennegrecido por ellos y acompañado de todo tipo de pájaros de mal agüero. De verdad, muy malo. De hecho, se me ocurren muy pocas cosas buenas que puedan salir de esto. Es muy triste caer en la ley de Godwin, también conocida como el reductio ad Hitlerum, pero este anuncio alemán se ha convertido posiblemente en uno de los mejores de todos los tiempos. Esto es como cuando ves a alguien que se equivoca terriblemente, lo sabes, estás plenamente seguro de ello, lo has visto antes… y ahora vas, y lo multiplicas por 324 millones. Hillary Clinton, la que descabalgó a un Bernie Sanders que posiblemente podría haber tenido muchas mejores posibilidades de ganar, solo ganó en voto popular: gran consolación, como cuando un equipo pierde un partido de fútbol, pero ganó en posesión de balón…

En muy poco tiempo, el mundo anglosajón ha cometido dos enormes errores, uno a cada lado del charco: el Brexit y la elección de Donald Trump. Ambos van a tener consecuencias muy importantes sobre el mundo que conocemos, ambos cuestionan el funcionamiento de la democracia y demuestran que el populismo es su auténtico cáncer, y ambos pueden ser considerados auténticos pasos atrás en el progreso, síntomas preocupantes del mundo que se nos viene encima. De verdad… no es para tomárselo a la ligera.

Si Elon Musk termina a tiempo ese cohete para ir a Marte… me apunto!