iPhone 5 lock screenLa batalla entre el FBI y Apple para obtener el control de las herramientas de cifrado está dejando un poso muy claro y evidente: la tecnología ha dado lugar a un escenario en el que, entre el supuesto papel del Estado como regulador y el poder del mercado, este último tiene siempre todas las de ganar.

Imaginemos que la batalla legal llegase al extremo de proponer medidas como el boicot a los productos de Apple (no la ridícula propuesta del pavoroso candidato presidencial Donal Trump, sino otras más directas) o el encarcelamiento de directivos de la compañía como recientemente ha ocurrido con Facebook en Brasil, y que finalmente, decidiese cumplir con el requerimiento de la agencia gubernamental y crear una herramienta que permitiese acceder al contenido de sus smartphones. Harto improbable, lo sé, pero admitámoslo como ejercicio intelectual.

¿Qué ocurriría a partir de ese momento? Inmediatamente, el resto de compañías tecnológicas y la propia Apple se pondrían a trabajar en el desarrollo de la nueva tecnología capaz de garantizar la seguridad de los datos de sus usuarios, al tiempo que otras compañías, vista la oportunidad de salir al mercado con herramientas realmente seguras y “a prueba de FBI”, se lanzarían a ofrecer productos similares. De hecho, la idea de que los delincuentes, narcotraficantes y terroristas utilizan hoy preferentemente productos Apple es bastante ridícula como tal: existe una amplia gama de productos capaces de ofrecer una seguridad comparable, muchos de los cuales pertenecen, además, a compañías situadas fuera de los Estados Unidos y, por tanto, no sujetas a las leyes con las que el gobierno norteamericano quiera intentar obligarlas.

Telegram, por ejemplo, acaba de dar un impulso a sus supergrupos, lo que la posiciona como una excelente herramienta para el ciberactivismo, mientras mantiene estándares de cifrado considerados como más que razonablemente seguros. Otras muchas herramientas ofrecen también esquemas de cifrado robustos que las convierten en posibles candidatas para quienes quieren comunicarse de manera segura, y su popularidad está simplemente esperando a que algún evento, escándalo, evidencia o revelación ponga de manifiesto la necesidad de su uso. Si el Reino Unido adopta finalmente el llamado snooper’s charter, un proyecto de ley pensado para poder obligar legalmente a Apple y a otras compañías a cumplir con requisitos que incluirían, entre otras cosas, agujeros de seguridad habilitados específicamente para el uso gubernamental en determinadas investigaciones, este tipo de herramientas, sin duda, avanzarían en su nivel de difusión.

En el mundo actual, en cuanto un gobierno, por la razón que sea, pretende escalar su nivel de control, eso da lugar a la aparición de una oportunidad en el mercado. Las viejas amenazas empiezan a no funcionar: únicamente los usuarios más profanos e inexpertos creen hoy que utilizar una herramienta de comunicaciones cifrada sea de alguna manera un gesto “antipatriótico” o que pueda poner en peligro iniciativas antiterroristas, anti-pederastas, contra el tráfico de drogas o de algún otro tipo.  Una cantidad cada vez mayor de usuarios empieza, simplemente, a entender el valor de la privacidad, el derecho que todos tenemos a disponer de comunicaciones cifradas, y a adoptar una herramienta que nos lo garantice.

En estas condiciones de mercado, las pretensiones de control de los estados empiezan a resultar cada vez más inútiles y más patéticas. Resulta completamente imposible evitar que los ciudadanos de un país determinado utilicen una herramienta, y los mecanismos que antes solían utilizarse para crear conciencia sobre este tipo de cuestiones empiezan a considerarse cada vez más trasnochados y obsoletos. En política, las demandas de puertas traseras, de control absoluto de los canales de comunicación o de poder omnímodo por encima de los derechos de los ciudadanos empiezan a parecer cada día más una cuestión de cultura general… o directamente generacional.

Tal vez el FBI gane la batalla. No parece probable, pero en caso de amenazar, como han hecho otros países, con llevar a directivos a la cárcel, podría ser que Apple, por una elemental cuestión de responsabilidad hacia sus trabajadores, terminase por decir que sí. Podría ser que el iPhone de Syed Rizwan Farook terminase siendo abierto, e incluso que el gobierno obtuviese una llave maestra que le permitiese abrir todo cuanto iPhone cayese en sus manos. Pero lo que sí parece cada vez más claro es que la discusión organizada en torno al tema llevaría a que Apple, lo antes posible, actualizase su seguridad para convertir esa herramienta en obsoleta (el siguiente iPhone no solo cuenta con bloqueo mediante huella digital, sino que además ofrece PIN de seis números en lugar de cuatro), a que se incrementase la oferta de productos seguros en manos de los usuarios, y a que la opinión pública, cada vez más, estuviese del lado de quienes consideran que el cifrado es una garantía necesaria en una sociedad democrática. 

Cuando el FBI comenzó el litigio con Apple, seguramente no era este el resultado que esperaba. Simplemente, pensó que un evento luctuoso como un atentado llevaría a una decisión en caliente que no conllevase excesiva resistencia. Que no haya sido así, que Apple se haya resistido – y, por el momento, continúe resistiéndose – y que haya sido capaz de organizar a su alrededor a toda una industria y a un creciente segmento de usuarios bien informados demuestra la importancia de tener los principios claros en este tema. Mientras siga habiendo una demanda razonable de comunicaciones seguras a prueba de espionaje de cualquier tipo, y una industria tecnológica activa en el contexto internacional… el mercado seguirá ganando.

 

IMAGE: Dmitry Azarov - 123RFPor decisión unánime, el Public School Board of Education del distrito de Chicago, el tercero más grande de los Estados Unidos, convierte las ciencias de la computación en una asignatura obligatoria y necesaria para obtener el título de bachillerato, comenzando con la promoción que comienza el año que viene y se gradúa en el año 2020. En este momento, una cuarta parte de las instituciones educativas del país entre colegios e institutos ofrecen ya asignaturas relacionadas con las ciencias de la computación como una parte integral de su curriculum: la iniciativa de Chicago, que el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, inició a finales de 2013, supondrá un importante incremento de las mismas y un ejemplo a seguir para otros distritos.

¿Imaginamos un graduado de bachillerato que no hubiese tenido exposición alguna a las matemáticas, a la física, a la química o a la biología? Todos entendemos que se trata de ciencias indispensables, que es necesario tener un nivel de familiaridad y de conocimientos adecuado de cualquiera de ellas para entender muchas de las cosas que pasa a nuestro alrededor, para aprender a desarrollar nuestro pensamiento en torno a esa base conceptual. No, no se trata de convertirse en un experto, para eso ya están otros niveles de la educación, pero sí de adquirir una base suficiente como para desenvolvernos de manera adecuada en el mundo que nos rodea. Las matemáticas, la física, la química o la biología son necesarias, y todos pasamos por asignaturas que nos exponen a una parte de sus conocimientos, que nos posibilitan un cierto nivel mínimo para ser capaces de desenvolvernos con la solvencia adecuada en un mundo en el que los elementos de esas ciencias siempre están presentes de una u otra manera. Y cuando hablamos de desenvolvernos en el mundo, hablamos de la realidad de un entorno que, a lo largo de las últimas décadas, nos ha rodeado de objetos programables y ha convertido la computación en algo ubicuo. Hoy, manejamos dispositivos programables para todo tipo de tareas, y resulta difícil concebir una vida civilizada sin tener acceso a ellos. Por eso, ante un entorno que cambia, los requerimientos de la educación deben cambiar: hoy, andar por el mundo haciendo gala de una total ignorancia en un aspecto tan inseparable de nuestra realidad cotidiana como las ciencias de la computación supone una carencia, una limitación.

Pensar, como algunos pretenden, que las ciencias de la computación no es necesario enseñarlas porque “ya están presentes y se aprenden solas”, o porque “los jóvenes ya están preparados para ellas porque las toman del entorno” es profundamente limitante. Una persona que se gradúa hoy tiene que entender lo que supone un proyecto tecnológico, tiene que tener una base adecuada de hardware, de software y de diseño, tiene que adquirir algunas bases de programación – al menos lo que es un algoritmo, una variables, un condicional y un bucle – y ser capaz de manejar estos elementos de una manera mínimamente coherente. Del mismo modo en que no pretendemos que un niño pueda desenvolverse como físico o como matemático con el nivel de física o matemáticas que adquiere en el bachillerato, no pretendemos que una persona se dedique a la tecnología o a las ciencias de la computación por haberla visto como parte del mismo… pero sí que se encuentre preparado para desenvolverse en un mundo en el que está constantemente rodeado de objetos programables. 

En España, algunas iniciativas interesantes han incluido desde este año la incorporación de una asignatura de programación y robótica educativa en niveles infantiles. Tan solo en algunas comunidades autónomas, y como una iniciativa no incluida en la evaluación, sin peso curricular. En el sistema educativo español, dar un paso como el norteamericano – o previamente, el del Reino Unido, que lo instituyó en enero de 2013 – es un reto que muy pocos se atreven a plantear. En los Estados Unidos o en el Reino Unido, este tipo de cuestiones vienen como fruto de importantes iniciativas colectivas, con asociaciones, fundaciones, alianzas público-privadas y dotaciones de fondos destinadas a convertirlas en realidad. En el Reino Unido fue la iniciativa de una fundación, la Raspberry Pi Foundation, la que consiguió dar el último impulso a algo que se consideraba interesante, pero que se veía con unas barreras de entrada importantes en términos de coste. En los Estados Unidos, la iniciativa viene respaldada, además de por el convencimiento personal de un presidente Obama que ha destinado cuatro mil millones de dólares a extender la educación en ciencias de la computación a nivel de los colegios, por alianzas como Code.org, destinadas a concienciar acerca de la necesidad de esa educación y a generar recursos de todo tipo para que sea posible.

En España, aunque existen, he visto muy pocas iniciativas como esas, y las empresas que de verdad destinan recursos a iniciativas relacionadas con la educación son excepciones – algunas muy inspiradoras, visionarias, y que han logrado ya algunos éxitos importantes, pero excepciones. ¿Para cuándo una iniciativa amplia, completa y decidida para adaptar nuestra educación, una de las herramientas de futuro más importantes con las que contamos, a los tiempos que vivimos? Hablamos de desarrollar las competencias para la sociedad que viene, para los puestos de trabajo que ya están surgiendo y que sin duda continuarán convirtiéndose en significativos, de equipar a los jóvenes con las competencias necesarias para desenvolverse en prácticamente cualquier industria. La revolución está pasando, la estamos viendo… pero en España, estamos a otra cosa. ¿Qué tipo de país queremos ser en el futuro?

 

IMAGE: Dmitry Azarov - 123RFPor decisión unánime, el Public School Board of Education del distrito de Chicago, el tercero más grande de los Estados Unidos, convierte las ciencias de la computación en una asignatura obligatoria y necesaria para obtener el título de bachillerato, comenzando con la promoción que comienza el año que viene y se gradúa en el año 2020. En este momento, una cuarta parte de las instituciones educativas del país entre colegios e institutos ofrecen ya asignaturas relacionadas con las ciencias de la computación como una parte integral de su curriculum: la iniciativa de Chicago, que el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, inició a finales de 2013, supondrá un importante incremento de las mismas y un ejemplo a seguir para otros distritos.

¿Imaginamos un graduado de bachillerato que no hubiese tenido exposición alguna a las matemáticas, a la física, a la química o a la biología? Todos entendemos que se trata de ciencias indispensables, que es necesario tener un nivel de familiaridad y de conocimientos adecuado de cualquiera de ellas para entender muchas de las cosas que pasa a nuestro alrededor, para aprender a desarrollar nuestro pensamiento en torno a esa base conceptual. No, no se trata de convertirse en un experto, para eso ya están otros niveles de la educación, pero sí de adquirir una base suficiente como para desenvolvernos de manera adecuada en el mundo que nos rodea. Las matemáticas, la física, la química o la biología son necesarias, y todos pasamos por asignaturas que nos exponen a una parte de sus conocimientos, que nos posibilitan un cierto nivel mínimo para ser capaces de desenvolvernos con la solvencia adecuada en un mundo en el que los elementos de esas ciencias siempre están presentes de una u otra manera. Y cuando hablamos de desenvolvernos en el mundo, hablamos de la realidad de un entorno que, a lo largo de las últimas décadas, nos ha rodeado de objetos programables y ha convertido la computación en algo ubicuo. Hoy, manejamos dispositivos programables para todo tipo de tareas, y resulta difícil concebir una vida civilizada sin tener acceso a ellos. Por eso, ante un entorno que cambia, los requerimientos de la educación deben cambiar: hoy, andar por el mundo haciendo gala de una total ignorancia en un aspecto tan inseparable de nuestra realidad cotidiana como las ciencias de la computación supone una carencia, una limitación.

Pensar, como algunos pretenden, que las ciencias de la computación no es necesario enseñarlas porque “ya están presentes y se aprenden solas”, o porque “los jóvenes ya están preparados para ellas porque las toman del entorno” es profundamente limitante. Una persona que se gradúa hoy tiene que entender lo que supone un proyecto tecnológico, tiene que tener una base adecuada de hardware, de software y de diseño, tiene que adquirir algunas bases de programación – al menos lo que es un algoritmo, una variables, un condicional y un bucle – y ser capaz de manejar estos elementos de una manera mínimamente coherente. Del mismo modo en que no pretendemos que un niño pueda desenvolverse como físico o como matemático con el nivel de física o matemáticas que adquiere en el bachillerato, no pretendemos que una persona se dedique a la tecnología o a las ciencias de la computación por haberla visto como parte del mismo… pero sí que se encuentre preparado para desenvolverse en un mundo en el que está constantemente rodeado de objetos programables. 

En España, algunas iniciativas interesantes han incluido desde este año la incorporación de una asignatura de programación y robótica educativa en niveles infantiles. Tan solo en algunas comunidades autónomas, y como una iniciativa no incluida en la evaluación, sin peso curricular. En el sistema educativo español, dar un paso como el norteamericano – o previamente, el del Reino Unido, que lo instituyó en enero de 2013 – es un reto que muy pocos se atreven a plantear. En los Estados Unidos o en el Reino Unido, este tipo de cuestiones vienen como fruto de importantes iniciativas colectivas, con asociaciones, fundaciones, alianzas público-privadas y dotaciones de fondos destinadas a convertirlas en realidad. En el Reino Unido fue la iniciativa de una fundación, la Raspberry Pi Foundation, la que consiguió dar el último impulso a algo que se consideraba interesante, pero que se veía con unas barreras de entrada importantes en términos de coste. En los Estados Unidos, la iniciativa viene respaldada, además de por el convencimiento personal de un presidente Obama que ha destinado cuatro mil millones de dólares a extender la educación en ciencias de la computación a nivel de los colegios, por alianzas como Code.org, destinadas a concienciar acerca de la necesidad de esa educación y a generar recursos de todo tipo para que sea posible.

En España, aunque existen, he visto muy pocas iniciativas como esas, y las empresas que de verdad destinan recursos a iniciativas relacionadas con la educación son excepciones – algunas muy inspiradoras, visionarias, y que han logrado ya algunos éxitos importantes, pero excepciones. ¿Para cuándo una iniciativa amplia, completa y decidida para adaptar nuestra educación, una de las herramientas de futuro más importantes con las que contamos, a los tiempos que vivimos? Hablamos de desarrollar las competencias para la sociedad que viene, para los puestos de trabajo que ya están surgiendo y que sin duda continuarán convirtiéndose en significativos, de equipar a los jóvenes con las competencias necesarias para desenvolverse en prácticamente cualquier industria. La revolución está pasando, la estamos viendo… pero en España, estamos a otra cosa. ¿Qué tipo de país queremos ser en el futuro?

 

This article is also available in English in my Medium page, “Why is it taking so long for some governments to understand the importance of teaching computer sciences and programming at school?

 

UK Digital strategyMi columna en El Español de hoy se titula “Países con estrategia digital“, y está provocada por la lectura de esta noticia en TNW News,UK government wants to become a ‘smartphone state’, y sobre todo, por la entrada sobre el tema del ministro de Economía Digital del Reino Unido, Ed Vaizey, en la que perfila la estrategia digital a cinco años para su país y, además utiliza su cuenta de Twitter para solicitar ideas y contribuciones de todos los ciudadanos para enriquecerla.

¿Sería posible imaginar que España tuviese un ministro de Economía Digital? O simplemente, que alguien en algún gobierno español tuviese la más mínima idea de lo que es la economía digital, se preocupase por ella – no por detenerla ni por torpedearla – o la considerase de alguna manera un área prioritaria que está definiendo el futuro de la economía en todo el mundo? ¿Cabría esperar que en España un ministro solicitase colaboración para algo a través de Twitter, o escribiese una entrada tan directa y clara como la que enlazo, en la que hablase de cosas que resultan razonablemente interesantes y actuales? En el Reino Unido, Economía Digital es una de las áreas de Cultura, Media y Deportes… ¿alguien se atrevería a hacer alguna comparación con cualquiera de los últimos ministros de Cultura en España?

¿De verdad es tanto pedir que en España los gobiernos tengan en sus filas personas preparadas en cuestiones tan importantes como estas, personas dispuestas a marcar el camino a seguir? ¿Por qué tengo la espantosa impresión de que el próximo gobierno también va a ser de tecno-escépticos o de tecno-idiotas como todos los anteriores, que no solo no saben, sino que no quieren saber y, además, ni siquiera están dispuestos a preguntar? ¿De verdad creen que una economía digital surge por generación espontánea o es algo que se puede desarrollar sin la adecuada planificación? ¿O que se puede pensar en un futuro digno para un país sin tenerla en cuenta?

 

IMAGE: Rudall30 - 123RFWeChat, una de las aplicaciones de mensajería instantánea más populares en China, decide eliminar las cuentas de Uber en su servicio, debido sencillamente a que Tencent, la empresa propietaria de WeChat, es uno de los principales inversores en Didi Kuaidi, empresa que surge de la fusión de otras dos, que ofrece en China un servicio idéntico al de Uber, y que afirma tener una cuota de mercado del 83%.

La medida, que había tenido un precedente con un bloqueo temporal el pasado marzo que Uber definió como un intento de distorsionar el panorama competitivo, supone el bloqueo arbitrario de las cuentas de un competidor en una guerra comercial, y tiene otros precedentes en el país: el mayor sitio de comercio electrónico, Taobao, propiedad de Alibaba, bloqueó las visitas procedentes de WeChat en el año 2013, para encontrarse posteriormente con un bloqueo de Tencent a Xiami Music, un servicio de streaming adquirido por la Alibaba hacía poco tiempo, o con su ubicuo servicio de pago Alipay también bloqueado por JD.com, una de las páginas más importantes de comercio electrónico, e igualmente propiedad de Tencent.

Medidas de este tipo, bloqueos artificiales y arbitrarios de servicios en función de posiciones o guerras comerciales, son lo más opuesto a la idea de una internet abierta que existe. Internet triunfó precisamente por su neutralidad, por su capacidad de llevar bits de un sitio a otro independientemente de su naturaleza, procedencia o significado. Obviamente, hablar de una internet abierta y libre en China, país que gestiona el mayor y más restrictivo firewall del mundo para bloquear el acceso a determinada información, resulta completamente absurdo, por mucho que a la inmensa mayoría de los ciudadanos chinos parezca no preocuparles.

Pero el problema no es el Great Firewall of China o las desmesuradas prácticas comerciales de los gigantes de la internet de ese país. El verdadero problema es la tendencia que vivimos, en la que China no se convierte en un país reaccionario, sino en uno visionario. El verdadero problema es que China está funcionando como una verdadera bola de cristal en la que aparece premonitoriamente nuestro futuro. Que evolucionamos hacia una internet cada vez menos abierta y menos libre, en la que nuestra capacidad de acceder a determinados servicios dependerá de qué empresa nos proporciona el acceso y qué acuerdos comerciales tiene.

No lo olvidemos: hace años, hablar de grandes sistemas de bloqueo de contenidos a nivel nacional era sinónimo de una barbaridad liberticida y algo que solo ocurría en países de baja o nula calidad democrática, como es el caso de China. Ahora, pocos años después, tenemos sistemas de bloqueo de contenidos de ese tipo en cada vez más países, con el fin de evitar el acceso de sus ciudadanos a determinados contenidos por cuestiones que van desde la supuesta protección de los niños hasta cuestiones comerciales relacionadas con el copyright y las restricciones territoriales. Si estás en Alemania, te encontrarás con que hay infinidad de vídeos que no podrás ver en YouTube. Si intentas entrar en determinadas páginas para adultos en el Reino Unido, o en The Pirate Bay en una amplia variedad de países, no podrás hacerlo, porque el proveedor de turno ha sido obligado por medidas gubernamentales para participar en un esquema que recuerda sospechosamente al que antes tanto criticábamos en China. Oficialmente, internet está sometida a censura en el Reino Unido. Que Turquía bloquee YouTube, Twitter u otros servicios ya es considerado algo habitual, sea porque aparecen algunos vídeos en los que supuestamente se insulta a Atatürk o porque se comentan las acusaciones al primer ministro de corrupción, y que el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos declare varios años después que esos bloqueos fueron ilegales no parece que vaya a tener absolutamente ningún efecto. Igualmente, la reciente aprobación de un paquete legislativo en el Parlamento Europeo que hace que desaparezca de facto la neutralidad de la red posibilita que, en breve, empecemos a encontrarnos cómo la empresa que nos proporciona el acceso pueda decidir que determinados servicios que compiten con los suyos se vean mal o no se vean, o que no tenemos derecho a entrar en según qué páginas.

Sea por cuestiones comerciales, por restricciones gubernamentales o por intereses de otro tipo, lo cierto es que cada vez nos alejamos más de lo que internet un día fue: una red abierta, en la que los bits circulaban libres y podíamos acceder a toda la información del mundo. Ahora, que idiotas como Donald Trump quieran “llamar a Bill Gates para que cierre internet” nos hace gracia. Pero dentro de no mucho tiempo, escenarios como el descrito en China, con bloqueos de determinadas páginas y servicios por parte de proveedores de acceso o de otros medios de comunicación entre usuarios serán normales, y empezaremos a ver cómo aquellos hogares que tienen contratado el acceso con una compañía no pueden acceder a páginas de otras. Y lo peor es que lo veremos como algo normal.

Cada día, sencillamente, nos parecemos más a China, convertida ya en un auténtico entorno visionario, en la bola de cristal en la que parece que tenemos que mirar nuestro futuro. ¿Pesimista? Sí, pero me temo que muy real. Qué triste es todo. Qué jodidamente triste.