La ultima frontera de las redes sociales - Cambio16Gonzalo Toca, de Cambio16, me llamó para hablar sobre el fenómeno de las fake news y la necesidad de las redes sociales de controlar la información que difunden, incluso derivada de requerimientos legales para ello, y hoy publica “La última frontera de las redes sociales“, en donde cita algunos de mis comentarios al respecto.

Mi posición en este tema intenta dejar claro que hablamos de un problema enormemente complejo: no se trata simplemente de pasar de manera ingenua una ley con importantes sanciones económicas que conmina a las redes sociales a eliminar actualizaciones utilizadas para diseminar el discurso del odio en cuanto lo vean, porque en modo alguno resulta así de sencillo. Los gobiernos que aspiran a solucionar el problema con semejantes medidas pecan ya no de ingenuidad, sino de auténtica estupidez.

Estamos ante situaciones completamente nuevas, sin precedentes, ante las que las propias redes sociales no saben qué hacer: por un lado, no pueden – ni mucho menos deberían – arrogarse un supuesto “monopolio de la verdad” y dedicarse a censurar información en función de sus propios criterios, porque eso, sin duda, terminaría por generar problemas mayores aún. Tampoco pueden plegarse a los deseos de un gobierno en concreto o de una legislación que prohiba determinadas cosas, porque hablamos de herramientas de difusión universal sujetas no solo a fueros jurídicos muy variados, sino incluso a problemáticas muy locales: lo que es delito flagrante y muy castigado en Alemania, no lo es en otros países, del mismo modo que informaciones consideradas perfectamente dentro de la libertad de expresión en ese país son causa inmediata de cárcel en Thailandia o en Turquía. El entorno es complejo, porque superponemos a la clásica división de fronteras una serie de herramientas que, de manera natural, no las tienen.

Pero además, luchamos contra otro problema de índole superior: la naturaleza humana. El sensacionalismo y el amarillismo siempre han tenido numerosos adeptos, hasta el punto que en países como el Reino Unido o la propia Alemania, algunas de las publicaciones más vendidas, como The Sun o Bild son probablemente los más claros exponentes de ese tipo de “periodismo” (y sí, las comillas están ahí para remarcar que respeto el periodismo y desprecio ese tipo de publicaciones). La naturaleza humana es la que lleva a una persona a difundir noticias que favorecen su punto de vista, aunque este sea sectario, histriónico o exagerado hasta lo grotesco. O que, ante la llamada de atención de una red social que advierte que esa noticia podría ser falsa en función de su contraste con otras o con la opinión de fact-checkers considerados fiables, reacciona con redoblados esfuerzos para difundirla y lo hace, además, con un texto en mayúsculas y con signos de admiración que dice “comparte esta noticia que la red social quiere censurar”.

El problema no solo no es sencillo, sino que requiere de soluciones my complejas. Algunos creen de manera ingenua que “los algoritmos” pueden diferenciar una noticia verdadera de una falsa, como si las inteligencias artificiales fuesen capaces, de la noche a la mañana, de superar a las naturales empleadas en tal propósito. No es así. Los algoritmos pueden llegar a reconocer determinados patrones de difusión, probablemente a crear señales y etiquetas de alarma si detectan una difusión exageradamente rápida o entre personas con perfiles muy afines. Pueden posiblemente pero no de manera sencilla, reconocer cuentas falsas o con una actividad sospechosa, o comparar versiones de una misma noticia y relacionarlas, como hace Google en Google News constantemente. Pero de ahí a etiquetar con decisión lo que es verdad y lo que no lo es, va un tramo, y dado que no todas las verdades son hechos comprobables y en estos temas hablamos muy a menudo de opinión, la frontera se muestra enormemente escurridiza. ¿De verdad querríamos redes sociales que de manera algorítmica censurasen determinadas opiniones? ¿Qué diría la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, por poner solo un fuero en el que este tipo de actitudes tendrían problemas?

Las redes sociales deberán, por tanto, comenzar a estudiar un problema de naturaleza compleja, en el que tendrán que emplear no simplemente algoritmos que cuesta mucho desarrollar y entrenar (y un campo en el que veremos infinitos errores y falsos positivos), sino también con editores humanos, con sistemas de alerta y etiquetado por pares, con fact-checkers, con recurso al periodismo considerado fiable o de fuentes comprobables, y con mucha, mucha paciencia. No es tan sencillo como decir “múltese a quien contribuya a difundir noticias falsas”, porque lo mismo estaremos hablando de usuarios desinformados o muy polarizados, que de enormes estrategias puestas en marcha con recursos cuasi-ilimitados de agencias gubernamentales dispuestas a desestabilizar o a sesgar situaciones en función de sus intereses. No, la injerencia rusa sobre las elecciones norteamericanas que está investigando el fiscal especial Mueller no es cosa de fantasía, como no lo son situaciones similares en muchos otros entornos que Rusia también ha llevado a cabo. Vivimos épocas en las que este tipo de actitudes han pasado a considerarse nuevas y muy potentes fuerzas en el contexto geopolítico internacional, con todo lo que ello conlleva.

Antes de compartir sin leer, de hacer algo tan humano como intentar reforzar tus puntos de vista con otros presuntamente afines, o de perder la razón exagerando o polarizando sin límites, deberíamos pensar eso, que estamos ante situaciones sin precedentes, que las redes sociales han rebajado muchísimo las barreras de entrada a la manipulación, y que se trata de un problema complejo que requiere soluciones que, sencillamente, no tenemos, que hay que trabajar con colaboración de todas las partes implicadas. No se trata de amenazar con multas, ni de sancionar sin más, sino de ser creativos y tratar de investigar con todos los medios disponibles. No es un problema irresoluble. Pero sin duda, no va a ser nada fácil dar con él.

 

Mi entrevista en el blog profesional de fotocasa


Con casi 350 millones de usuarios en todo el mundo y más de diez millones en España, Twitter es sin duda una de las redes sociales con más seguidores. Y, sin embargo, según una encuesta realizada por fotocasa, solo el 44% de las agencias inmobiliarias en España tiene perfil en Twitter. “Más de la mitad ni siquiera tienen cuenta en esta red social, y están desaprovechando una gran oportunidad cuando deberían apostar más por esta red social que por cualquier otra”, opina Erasmo López, Social Media Manager de fotocasa y profesor de reputación online en La Salle, en la Online Business School (OBS) y IEDGE.

Si entre las redes sociales que puede usar una agencia inmobiliaria Facebook se caracteriza por su versatilidad, Twitter ofrece mayores opciones de visibilidad y una gran inmediatez siempre que se use bien. Pero, ¿cuáles son las claves para un buen uso de Twitter por parte de una agencia inmobiliaria? Las explicamos a continuación.
Por qué estar en Twitter

La pregunta es casi retórica: Twitter es una de las redes sociales más importantes, junto con Facebook, Instagram y LinkedIn, y una de las que aglutina una mayor audiencia. Aunque en los últimos tiempos ha frenado su crecimiento, ofrece unas cifras de usuarios muy importantes. Otro aspecto fundamental es su fuerte repercusión mediática. “Actualmente Twitter es un medio de comunicación, lo que multiplica su alcance, por eso es tan importante estar ahí”, explica Erasmo Lopez. Hay además un tercer factor: “Es mucho más fácil conseguir visibilidad en Twitter que en Facebook. Si se hace bien y se tocan las palancas adecuadas se puede lograr visibilidad con relativa rapidez”.

Para qué sirve Twitter

Twitter, como red social, sirve para escuchar, para interactuar con otras empresas y personas, para informarse, para ver cómo está el mercado y conocer sus últimas tendencias, para vigilar a la competencia, inspirarse con experiencias de otros, seguir a referentes e incluso contactar con proveedores, atender a clientes, generar tráfico hacia la web o blog propios y también para buscar oportunidades de negocio. Pero ninguno de estos objetivos se logran de la noche a la mañana, y es necesario seguir cierto pasos para sacarle el máximo rendimiento.

El error más frecuente

El objetivo final de las redes sociales es generar confianza, no la venta directa. Por tanto, Twitter no debe utilizarse para hacer una promoción publicitaria constante. El bombardeo continuo de enlaces a anuncios concretos es una pésima estrategia. Para tener éxito en Twitter hay que intentar generar conversación, interesarse primero por los demás y resultar interesante después. Disparar a lo loco e intentar vender de buenas a primeras no cabe en este planteamiento, es una mala práctica que habría que evitar.

Qué publicar

Twitter funciona básicamente como un medio de comunicación, en el cual se publica cierta información y la gente la lee porque sigue a quien la publica o porque sigue las temáticas de las que se está hablando. La estrategia obvia, por tanto, sería sumarse a las temáticas que tengan mayor visibilidad y compartir contenido de valor para ir ampliando la base de seguidores.

Paso a paso: “Primero hay que escuchar, después interactuar, luego dar y, finalmente, esperar recibir en forma de retuits o de compartir los contenidos que estamos ofreciendo. Es decir, en primer lugar hay que compartir contenidos de otros usuarios, buscar unas buenas fuentes de información (blogs, otros tuiteros, influencers, otras empresas del sector…) y elegir sus mejores contenidos para tuitear. De este modo conseguiremos ofrecer contenido interesante. En el proceso de búsqueda de este información, además, encontraremos personas interesantes a las que podemos seguir y retuitear, con lo que nuestra empresa se estará sumado también a sus contenidos de valor”, indica el experto.

Más adelante será el momento de publicar contenidos propios o que aún no circulan entre estos usuarios afines. Siempre que se pueda es interesante incluir imágenes: los tuits con foto tienen muchas más probabilidades de ser retuiteados.

A quién seguir

Antes incluso de publicar contenido propio es recomendable decidir a quién seguir en Twitter. Hay que analizar esos perfiles interesantes que se encuentran mientras se busca información. Por una parte, porque tendrán followers a los que puede ser positivo seguir, ya que seguramente estarán interesados en los mismos temas. “Si sigo a un agente inmobiliario que habla sobre marketing en el sector y tuitea contenidos de valor sobre este tema, seguro que entre sus followers habrá muchas personas interesadas en él”, afirma Erasmo López. “También podemos encontrar perfiles interesantes para seguir entre las personas que este gente siga, o podremos detectar de qué fuentes saca la información”.

Es decir, existen dos grandes líneas a partir de cada perfil interesante: las personas que le siguen y a las que esa persona sigue. “Es una manera muy clara de encontrar un grupo de gente con nuestros mismos intereses y nuevas fuentes de contenido”, asegura López.

#hashtags

Si se comparte contenido interesante y se le suman algunos hashtags se puede llegar a una mayor audiencia, ya que hay usuarios de Twitter siguiendo estas etiquetas. La clave es buscar cuáles pueden ser más interesantes para la audiencia potencial de la agencia y sumarse a ellas. Algunos ejemplos de hashtags del sector son #inmobiliaria, #realestate, #alquilarpiso o #comprarpiso.

“Es importante no usar más de dos o tres hashtags en un mismo tuit y limitarse a aquellos que sean acordes a nuestra temática: las etiquetas ofrecen visibilidad, pero si ponemos muchos, o nos sumamos a hashtags que no tienen realmente relación con nuestro mensaje, como #FelizLunes o #concurso, podremos tener algo más de alcance, pero no mayor efectividad. Con estas estrategias se llega a mucha gente, pero sin ningún interés por nuestro negocio, con lo que la utilidad es casi inexistente”, especifica Erasmo López.

Trending Topics

Los Trending Topics son las tendencias de conversación del día, aquellos temas sobre los que hay más retuits, sobre las que más se habla. En la misma línea de lo que ocurre con los hashtags, “si nos sumamos a estas tendencias de manera inteligente, nuestros mensajes pueden tener también más visibilidad y un mayor alcance: los verán más personas que si nos limitamos a poner un tuit que sólo llegará a nuestros seguidores”.

Monitorizar conversaciones

Una de las tareas que se pueden realizar en Twitter como agencia inmobiliaria es monitorizar conversaciones. Mediante herramientas como HootSuite o directamente desde la web o la aplicación de Twitter, se pueden guardar búsquedas relacionadas con alguna de las ofertas inmobiliarias que se tienen en cartera como, por ejemplo, ‘apartamento vacacional en Menorca’ o ‘alquiler piso Madrid’. “Si estamos monitorizando conversaciones sobre este tema, podemos responder con nuestra oferta, u ofrecer nuestros servicios si somos especialistas en la zona, etc. Esto produce un efecto muy potente entre los tuiteros que lanzan una conversación al aire y de pronto reciben respuesta de un profesional. Para ello es importante responder con prontitud, porque en Twitter la gente busca interacciones rápidas”, indica Erasmo López.

Esta misma estrategia puede usarse no solo para dar a conocer la oferta inmobiliaria, sino para asesorar sobre temas legales del sector, consejos sobre gestión inmobiliaria, etc. En cualquier caso, la respuesta directa a una pregunta lanzada en Twitter tiene un efecto “Wow!” muy positivo. “Hay que intentar conversar con la gente, intentar resolver dudas y generar confianza, que es el objetivo final de la presencia de una empresa en las redes sociales. Una buena solución a una duda o una ayuda ágil en el momento oportuno puede generar negocio a medio o corto plazo, no directamente como venta directa de un inmueble, pero sí como generación de confianza”.

Cómo tener más seguidores

Además de seguir a aquellos que tienen nuestros mismos intereses y compartir contenidos interesantes y bien etiquetados, es importante hacer visible la cuenta de Twitter en todos los espacios posibles: la web propia, las tarjetas de visita, firmas de email, campañas de mailing, otras redes sociales…

Un uso extra: la atención al cliente

Twitter se utiliza cada vez como medio directo para gestionar quejas y consultas: la mayoría de las empresas que tienen presencia en esta red social la utilizan como un canal más de atención al cliente por su inmediatez, su facilidad y la brevedad del mensaje. Es imprescindible, por tanto, tener en cuenta que se percibe ya como un canal de atención al cliente y responder en consecuencia.

Evitar temas conflictivos

Una cuenta profesional de Twitter es también una herramienta para la gestión de la reputación de una empresa. Por ello es aconsejable “no vincularse según a qué temáticas, especialmente a las que pueden resultar más conflictivas: política, religión, incluso fútbol. A menos, claro está, que la empresa quiera posicionarse claramente y mostrar una postura clara en alguno de estos aspectos”, indica Erasmo López. De entrada la opción más segura sería obviar cualquier tipo de polémica.

IMAGE: Mikhail Melnikov - 123RFNo nos engañemos: incluso en las democracias más maduras, las elecciones y sus campañas electorales han tenido siempre un elevado componente de teatro. Candidatos estrechando manos, haciéndose selfies y besuqueando niños mientras prometen cosas que, en muchos casos, saben que jamás van a poder cumplir, en inflamados mítines destinados a la exaltación y a las consignas fáciles. Si alguien busca pensamiento crítico o algún tipo de reflexión de calidad, las campañas electorales no son precisamente el lugar para encontrarlos.

Igualmente, durante años, hemos convertido en habitual dar entrada a todo tipo de intereses en las campañas electorales, expresados habitualmente en forma de financiación y recursos para los candidatos que interesaban al donante. Esos aportes de recursos han venido, tradicionalmente, de lobbies empresariales, de grupos de presión o de otros intereses, entre los cuales ha habido, en numerosas ocasiones, países extranjeros. Aportar dinero a un candidato de un país determinado esperando obtener un mejor trato en las relaciones bilaterales, mejores acuerdos comerciales y otro tipo de prebendas es una idea que no nos resulta en absoluto extraña.

Sin embargo, lo habitual hasta el momento había sido que ese tipo de intereses extranjeros se expresasen así, como aportes de dinero que el candidato beneficiado podía utilizar como entendiese oportuno, regulados de manera más o menos transparente por la legislación que regula la financiación de los partidos políticos. La injerencia directa en la campaña electoral es algo mucho más novedoso, y a medida que avanza la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre la interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, empieza a agotar ya nuestra capacidad para la sorpresa.

Un destacado perfil pro-Trump dentro de la llamada alt-Right norteamericana con más de 80,000 seguidores y extensamente citada por la prensa, Jenna Abrams, ha sido descubierta como completamente ficticia y creada por una troll farm rusa con base en San Petersburgo. El caso se une a decenas de cuentas de supuestos activistas de diversas facciones destinados a explotar y radicalizar las ideas más polémicas y polarizadoras de la sociedad norteamericana durante la campaña, ideas que en muchos casos, como el del racismo, llevaban ya bastantes años fuera de la dialéctica política. La gran cantidad de anuncios financiados por Rusia, que alcanzaron a millones de norteamericanos mediante cuidadosas estrategias targeting en redes sociales como Facebook o Google, eran tan solo la punta del iceberg en un escenario en el que se combinaron hábilmente con todo tipo de cuentas de supuestos norteamericanos inexistentes, personalidades inventadas con mensajes y dialécticas radicales que fueron seguidas o compartidas por millones de personas. Una estrategia a la que, muy posiblemente, las propias compañías tecnológicas contribuyeron con los llamados embeds, empleados colaboradores del equipo de campaña de Donald Trump que Hillary Clinton rechazó, y que aparentemente jugaron un papel muy activo a la hora de definir los mensajes que eran difundidos por el candidato.

Un país cuya democracia es un chiste, Rusia, ha conseguido a su vez convertir en un chiste la mismísima democracia de su enemigo, los Estados Unidos, en una época en la que la guerra fría se consideraba ya como parte de un pasado que había finalizado en 1991 con el colapso de la Unión Soviética. El crecimiento y la adopción masiva de las redes sociales ha generado un nuevo teatro, un renovado patio de operaciones que uno de los políticos más megalómanos del mundo, Vladimir Putin, ha aprendido a explotar hasta límites insospechados. La respuesta, por otro lado, resulta muy compleja: los movimientos iniciados en la última etapa de Barack Obama como presidente, con sanciones diplomáticas de diversos tipos a Rusia, fueron planteados cuando la magnitud de la interferencia estaba aún varios órdenes de magnitud con respecto a lo que ahora conocemos, y ni siquiera está claro que puedan realmente llegar a servir para algo en un entorno en el que el control se antoja sumamente complejo.

Si en algún momento pensaste que la injerencia rusa en las elecciones norteamericanas era algo anecdótico o irrelevante, piénsalo de nuevo. Estamos, posiblemente, ante el mayor desafío al que se enfrenta la democracia en toda su historia, con una deriva hacia el populismo que las redes sociales están alimentando en una espiral aparentemente imparable, capaz de llegar a alterar los resultados de las consultas electorales de países con democracias supuestamente maduras y consolidadas. Un problema mucho mayor de lo que originalmente parecía, y cuyas consecuencias, además, han llegado ya demasiado lejos.

 

IMAGE: Ufuk Uyanik - 123RFLas sucesivas crisis de comunicación con las que Facebook se ha encontrado en los últimos meses en torno a su papel en las elecciones presidenciales que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca y a su gestión de la difusión de noticias falsas, han dado lugar a una curiosa evidencia: la compañía, para su comunicación de crisis, tiende cada vez más a recurrir a Twitter.

Que la compañía indudablemente líder en las redes sociales recurra a los servicios de un competidor, otra herramienta social, para llevar a cabo su comunicación de crisis resulta solo relativamente sorprendente: en muchos casos, se trata simplemente de estar ahí para responder a alegaciones hechas originalmente a través de ese canal, respuestas que tendría muy poco sentido derivar a un canal diferente. Pero mayoritariamente, hablamos de la constatación de una evidencia: algo más de una década tras su lanzamiento, a pesar de las dudas sobre su viabilidad económica y de sus problemas con el acoso, el abuso y el cyberbullying,  Twitter se ha convertido en el lugar en el que se produce la comunicación inmediata, en el sitio al que acudes para sabes qué está pasando en un momento determinado.

Esa característica de inmediatez es, fundamentalmente, la que convierte a Twitter en el arma perfecta para la comunicación de crisis, hasta el punto de que la propia Facebook se vea abocada a utilizarla. El uso no es, como tal, una consigna oficial: los principales directivos de Facebook, como Mark Zuckerberg o Sheryl Sandberg, llevan sin escribir nada en sus cuentas de Twitter desde 2012 y 2013 respectivamente. Pero la evidencia es la que es: ante una crisis, estar presente en Twitter es fundamental. 

En la eventualidad de una crisis corporativa, las compañías comienzan a tener claro que si quieren dar una imagen mínimamente coherente y representativa de los tiempos que vivimos, les resultará imprescindible crear un gabinete de gestión de la situación que esté permanentemente enganchado al pajarito azul, porque es ahí donde todo el mundo va a acudir para intentar saber lo que está pasando, la extensión de los posibles problemas o las respuestas de la compañía. Si no dices nada y te encierras a escribir una clásica nota de prensa para enviarla a los medios, cuando esa comunicación llegue a su destino, la mayor parte del daño reputacional ya estará hecho, y habrás tenido que ver cómo se desarrollaba toda una conversación en torno a la situación sin que tu compañía, precisamente la más afectada, participase en ella. Todo lo que los directivos de comunicación tradicionales sabían sobre el control de los tiempos, teóricamente considerado fundamental en toda gestión de crisis, ha sido radicalmente dinamitado: el único control de tiempos posible es contestar rápidamente a todo el que diga algo digno de consideración, y formar parte de la conversación que se establezca en Twitter en torno al problema. Si no estás, si no apareces, si no contestas a nadie, malo. El asunto escalará, y te arriesgarás incluso a que se convierta en viral, porque Twitter, por esa misma característica de inmediatez, es para ello un soporte ideal.

Obviamente, estar presente en Twitter en un momento de crisis no es sencillo. No podemos pensar en poner al mando de esa cuenta a alguien con poca experiencia en gestión de medios sociales, a alguien que pueda perder los nervios, contestar de manera inconveniente o que desconozca lo más elemental de la analítica y la cuantificación. Lo lógico es tener esa función ya desarrollada, ya construida desde hace mucho tiempo, con community managers de nivel que conozcan la compañía perfectamente, puedan tirar de los recursos adecuados en cada momento en función de las necesidades, y hayan sido adiestrados en infinidad de pequeñas crisis anteriores, desde un cliente insatisfecho hasta un influencer que dice algo inconveniente. Esos son los kilómetros que hay que hacer para considerarse preparado para aquello para lo que nunca estamos preparados, pero que alguien tiene que hacer.

Twitter puede tener problemas de muchos tipos, pero la mayoría de los que lo utilizan habitualmente están de acuerdo en una cosa: si no existiese, habría que inventarlo de nuevo. Y en el caso de la comunicación de crisis, esto es todavía más real.

 

IMAGE: Chris Dorney - 123RFMi columna en El Español de esta semana, titulada “Elecciones y manipulación” (pdf) trata de recoger y poner en contexto algunas de las noticias más recientes que se van divulgando sobre la investigación del fiscal especial Robert Mueller acerca de la relación entre la campaña electoral de Donald Trump y el gobierno ruso.

Todo indica que lo que en un primer momento se apuntó como teorías aparentemente aventuradas y conspiranoicas estaban no solo en lo cierto, sino que incluso subestimaban lo que realmente llegó a ocurrir. Ahora sabemos que el gobierno ruso, aprovechando el hecho de que cada vez más norteamericanos se informaban y formaban su opinión con noticias que leían en las redes sociales, no solo llevó a cabo múltiples campañas en Facebook  y en Twitter con anuncios que exacerbaban deliberadamente determinados aspectos de la política, como el supremacismo blanco o el odio a lo extranjero, a niveles que se creían completamente superados en los Estados Unidos, sino que además, puso en marcha toda una maquinaria de producción de noticias falsas que pudo alcanzar hasta a setenta millones de norteamericanos, creó cientos de perfiles inventados de supuestos norteamericanos y supuestos grupos activistas dispuestos a difundirlas y a entrar en discusiones sobre el tema y obtuvo y difundió a través de las redes sociales documentos verdaderos y falsos sobre la campaña de los demócratas. Sabemos que algunos asesores de Barack Obama, expertos en el uso de redes sociales para sus dos campañas electorales, detectaron algunos de estos patrones e incluso llegaron a advertir a Facebook sobre esta cuestión, para encontrarse con que la compañía minimizaba su posible impacto.

Ahora los norteamericano saben, aunque aún no hayan llegado a darse cuenta totalmente de lo que supone, que no tuvieron en realidad una campaña electoral, sino un auténtico reality show producido desde Rusia en el que la imagen de los candidatos fue manipulada de manera constante, en el que se generaron estados de opinión completamente desbocados y radicalizados a golpe de intervenciones en las redes sociales, para dar lugar finalmente al desenlace que muy pocos esperaban, pero que estaba inicialmente planeado: la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Una maniobra política con un nivel de intensidad sin precedentes, ensayado previamente en procesos electorales de varias ex-repúblicas soviéticas, y que fue capaz de manipular con éxito las elecciones del país hasta entonces más poderoso del mundo.

Obviamente, una maniobra así no solo se apoya en las redes sociales. Para que tuviese éxito, fue necesaria una combinación de factores que incluyó una adversaria política demócrata co escaso carisma y que daba el desenlace como cosa hecha porque creía enfrentarse a un candidato sin ninguna esperanza racional de ser elegido, una serie de cuestiones larvadas en torno a la amenaza terrorista y al miedo a lo extranjero susceptibles de ser exageradas y exacerbadas hasta el infinito, un movimiento racista o supremacista que nunca llegó a desaparecer del todo y que se mantenía, aunque de manera relativamente discreta, en determinados estratos sociales, y una estructura de colegio electoral que llevó a que el voto popular terminase por no tener, en realidad, ninguna importancia. Con esos ingredientes, un buen uso de las redes sociales fue capaz de generar un nivel de virulencia brutal que dio lugar a la campaña más polarizada, agria y exagerada en sus debates de la historia reciente norteamericana, generar un auténtico río revuelto para ganancia de un pescador determinado.

Ahora, la investigación de Robert Mueller comienza a cerrarse en torno a la Casa Blanca, y a revelar la verdadera magnitud de lo que tuvo lugar durante la campaña electoral de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas: la manipulación de millones de ingenuos electores norteamericanos que, como en un auténtico reality show en el que se escogen cuidadosamente las tomas y los cortes, terminaron por dejar en la casa de Gran Hermano al ganador más inesperado, más peligroso y menos recomendable.