IMAGE: Kaspars Grinvalds - 123RFHace algún tiempo, me pidieron que elaborase un position paper sobre las perspectivas de la entrada de Netflix en España, en el que ofrecía un panorama sensiblemente más optimista que el habitual en el momento entre los analistas de mercado. Esta semana, la compañía ha presentado unos resultados financieros espectaculares, cimentados sobre todo en un incremento de más de 5.2 millones de suscriptores, con un crecimiento obtenido sobre todo a nivel internacional: los suscriptores que ven contenidos en Netflix fuera de los Estados Unidos ya superan a los domésticos. En España, Netflix ya alcanza el 3.4% de los hogares, dobla su cifra de suscriptores durante el último año, y es el único jugador en ese mercado que sale en la foto con un crecimiento significativo.

El crecimiento de Netflix está asentado sobre una orientación con una marcadísima vocación de largo plazo. Construir la primera cadena de televisión verdaderamente global no es algo que pueda hacerse en un balance previsional a cinco años: las expectativas de la compañía para 2017 eran unos resultados negativos de 2,000 millones, los últimos resultados las incrementan hasta los 2,500 millones, y la idea no solo es que continúe generando flujos de caja negativos durante muchos años, sino que ese sea el indicador de su enorme éxito. Las evidencias son claras: en la construcción de los nuevos mercados globalizados, quien quiera peces tiene que mojarse…

A cambio, la compañía se ha convertido en todo un fenómeno cultural mundial: su escalada en términos de la popularidad de sus contenidos de producción propia, reflejada en la progresiva relevancia de los mismos en indicadores como las nominaciones a los premios Emmy, tema sobre el que ya escribí el pasado año, continúa claramente este 2017: las compañías tecnológicas acaparan ya un tercio del total, con 91 para Netflix, 18 para Hulu y 16 para Amazon, y tan solo Netflix, que se acerca a duplicar las 54 nominaciones del año anterior, obtiene más nominaciones que la combinación de las cadenas clásicas norteamericanas ABC, CBS y Fox.

¿Qué convierte el éxito de Netflix, cuyas acciones crecieron ayer más de un 10% para alcanzar su máximo histórico y ofrecerían un rendimiento de más de un 15,000% a un inversor que las hubiera adquirido en su salida a bolsa en mayo de 2002, en algo predecible? Simplemente, la evidencia de que la compañía entiende bien lo que implica la construcción del mercado global que proporciona internet. Cuando Netflix comienza, en el año 1997, como compañía dedicada al envío de DVDs a través del correo ordinario, era simplemente una historia interesante cimentada en una tecnología, la del DVD, que permitía enviarlos de manera razonablemente eficiente en un sobre. Cuando sus fundadores entienden que internet cambia el mundo y ofrece un canal infinitamente más eficiente en términos de velocidad y ancho de banda, la compañía sale a bolsa, capta los ingresos necesarios para su expansión, y se lanza a un canal que, en aquel momento, suponía una amplia gama de dificultades: el ancho de banda requerido para una transmisión con una adecuada calidad aún estaba lejos de estar garantizado, la tecnología utilizada para salvar esas limitaciones era compleja y con un desarrollo impredecible jalonado por numerosas polémicas, y la industria era un auténtico galimatías de acuerdos de distribución, exclusivas y ventanas de explotación absurdas.

Ahora, Netflix es la novena de las compañías mundiales de internet por ingresos, está valorada en unos 42,000 millones de dólares, es una potencia en términos de una producción propia que desarrolla con un adecuado balance entre lo local y lo global, y cuenta con un sistema de recomendación puntero que le permite inspirar la forma en la que genera y distribuye contenido. Claramente, es la compañía que ha sabido entender lo que supone la producción y distribución de contenidos de entretenimiento en el siglo XXI, y lo que hay que invertir para construir una posición sólida en ese mercado completamente redefinido. Los competidores locales o que abarcan unos pocos países ya no cuentan de cara al futuro porque carecerán de las economías de escala suficientes para capitalizar una posición suficientemente sólida en el mercado, y los clásicos de toda la vida, con la posible excepción de una HBO que al menos lo intenta con cierta dignidad, no están siendo suficientemente ágiles como para obtener una posición suficientemente consolidada. El negocio de los contenidos del futuro pertenece a compañías como Netflix, Amazon, Hulu y unas pocas más que entiendan ese modelo global y sepan explotarlo con la dimensión que precisa.

¿Predecible? No lo sé… a mí, en su momento, sí me lo pareció. Y definitivamente, un caso digno de estudio.

 

Facebook TVA lo largo de sus doce años de historia, la forma en la que Facebook se ha definido a sí misma siempre ha sido la misma: una compañía de tecnología. Esa definición ha condicionado claramente su estrategia, que se ha centrado en convertirse en una potencia en términos de desarrollo, una tarea en la que su propio fundador sigue implicándose habitualmente. La mayoría de las adquisiciones de Facebook, de hecho, reflejan ese patrón: equipos de buenos desarrolladores, a los que se busca retener a toda costa y potenciar con los recursos de su nuevo hogar, integrándolos en equipos potentes y dotándolos de más medios. La evolución post-adquisición, uno de los elementos más importantes en el éxito de una compañía que utiliza esa herramienta con notable frecuencia, parece reflejarlo así.

Esta idea, la de ser una compañía tecnológica, está fuertemente imbricada en el ADN de Facebook. Sin embargo, todo indica que cada día más, comienza a consolidarse otra forma de entender la compañía, en una visión no competitiva con la anterior, pero sí fuertemente complementaria: la de ser una compañía de medios. Diferente a las tradicionales, sí, pero dedicada a una labor de plataforma cuya finalidad sería la de fomentar la producción de contenido.

Entender la compañía como un canal implica, en primer lugar, tratar de resolver lo que muchos consideran su mayor reto actual: la proliferación y difusión de noticias falsas. Frente a la idea de “yo soy solo una plataforma, y lo que se mueva a través de ella no es mi problema”, parece extenderse otra visión que llevaría a la compañía a tomar responsabilidad, a educar a los periodistas, a abrir sus datos a investigadores, y a tratar de desarrollar sistemas de fact-checking que, dentro de unos límites, permitan a los usuarios saber a qué atenerse cuando acceden a contenidos en su red.

Esta idea podría tener su continuación en el intento de fomentar el desarrollo de otro tipo de contenidos en Facebook: en lugar de poner el foco en el vídeo en vivo, pagando a personajes y celebridades de diversos tipos para que hagan livestreaming desde los eventos a los que acuden, en lo que llegó a calificarse de auténtica obsesión para el fundador, la compañía parece ahora tender a eliminar estos incentivos económicos para tratar de fomentar, aparentemente, contenidos de otro tipo, generalmente más largos y de mayor calidad por los que la compañía sí tendría interés en pagar.

Un posicionamiento de este tipo acercaría a Facebook más a la idea de una productora, de un canal de televisión que podría financiar parcialmente el desarrollo de contenidos, y que se interesaría además por ofrecerles esquemas publicitarios adicionales, como los nuevos anuncios de vídeo en Instagram Stories o los llamados mid-roll, anuncios que interrumpirían vídeos que el usuario está viendo, siguiendo el estilo habitual en la televisión tradicional. En un esquema de ese tipo, un productor con una idea para un formato audiovisual podría plantearse Facebook como actualmente se plantea un canal de televisión estándar, con unos objetivos de audiencia determinados, y la posibilidad además de actuar de manera mucho más controlada sobre los posibles destinatarios: mientras en la televisión convencional solo se dispone de herramientas como el horario de emisión o la emisión de auto-promos para tratar de posicionarse ante unos usuarios con determinados patrones sociodemográficos, Facebook ofrecería una gama de herramientas de segmentación infinitamente más precisas y potentes, suplementadas además con mecanismos sociales.

Esto podría plantear un conflicto de intereses: ¿tendría el contenido producido o parcialmente financiado por Facebook, en el que la compañía mantiene un interés para incrementar su audiencia, unas condiciones distintas a las que obtendría, por ejemplo, el contenido generado por una televisión o un periódico, a la hora de acceder a mecanismos publicitarios? El dilema es muy similar al existente en Google, cuando comenzó a editorializar los resultados de búsqueda y a introducir elementos de desarrollo propio posicionados en lugares privilegiados de la página, que competían con otros actores que buscaban un posicionamiento similar, que veían limitada su visibilidad, y que generó todo un caso anti-monopolio en la Unión Europea.

¿Estamos dirigiéndonos a un escenario similar, con una Facebook centrada en fomentar el desarrollo de contenido y compitiendo con otros actores tradicionales en ese sentido? Hace ya tiempo que tiendo a hablar de Facebook como el mayor medio de comunicación del mundo, el que tiene llegada a un mayor número de personas y el que, de hecho, se ha convertido en más estratégico en estrategias comerciales o incluso políticas. Ahora, podría ser que fuese la propia Facebook la que se plantease que no tiene forma de escapar a ese papel, y que comenzase a desarrollarlo como tal, con todo lo que ello podría conllevar.

 

Usar una segunda pantalla, mientras se ve la TV es una conducta que se ha incrementado en años recientes, aunque su visionado no siempre estaba relacionado con la programación que se emite. Pero una nueva investigación muestra que esto estaría cambiando.

Ahora, un reporte de Ericsson ConsumerLab, sugiere que una gran proporción de los consumidores de video a nivel mundial se vinculan a actividades relacionadas con los programas de televisión, a través de la segunda pantalla y que muchos lo hacen de forma regular.

De hecho, un 83 por ciento de los más de 30.000 consumidores consultados en 24 mercados, (poseedores de banda ancha y que ven cualquier tipo de video o TV al menos semanalmente) señalaron que llevan a cabo actividades asociadas a lo que están viendo en TV, desde la segunda pantalla que tienen a mano. Una tendencia que prevalece especialmente entre los millennials, (92 por ciento), aunque más del 75 por ciento de los de 35 año o más, también reportan hacerlo.

La frecuencia en el uso de esta segunda pantalla, también ha sorprendido por su alto índice, un 35 por ciento confiesa hacerlo a diario, una cifra que en el caso de los millennials, aumenta hasta el 46 por ciento.

Una de las actividades más comunes durante este uso, es la de buscar en internet contenido relacionado con lo que se está viendo. Casi un 31 por ciento de los consumidores reportó hacerlo al menos, una vez por semana, frente al 23 por ciento que se reportaba hace un par de años

También se ha notado un aumento en la incidencia de las discusiones online que rodean el contenido que se está viendo en el momento (19 por ciento, frente al 17 por ciento de 2014), así como el mirar dos o más programas al mismo tiempo (20 por ciento frente al 15 por ciento).

Presumiblemente el smartphone sería la opción preferida por los usuarios de la segunda pantalla, como señalan desde el estudio, que reporta que el visionado de video desde este dispositivo se ha incrementado en 4 horas más semanales, con respecto al promedio de 2012. Mientras que el caso del visionado de la TV en vivo, parece disminuir, aun se mantiene como el medio predominante para consumo de programas (40 por ciento), aunque no por mucho.

Los 24 países que han participado en este estudio son: Alemania, Australia, Brasil, Canadá, China, Colombia, España, Estados Unidos, Republica Dominicana, Grecia, India, Italia, México, Holanda, Polonia, Portugal, Reino Unido, Rumania, Rusia, Suráfrica, Corea del Sur, Suecia, Taiwan y Turquía.

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Internacional.- Con gran expectativa se estrena en todo el mundo la serie El Exorcista, la reversión del thriller psicológico que en 1973 hizo salir del cine aterrorizados a muchos de los espectadores.

La serie, que se estrena este 23 de septiembre, busca recrear ese terror psicológico como una hipótesis sobre lo que podría haber sucedido 40 años después de los acontecimientos que sucedieron en Washington D.C. en la película y en la novela de William Peter Blatty en la que se basó el film.

En este caso, la serie se centra en Chicago y el protagonista es el mexicano Alfonso Herrera, que da vida al padre Tomás Ortega.

La serie es la gran apuesta mundial de FX, que el domingo pasado se recibió de canal “importante” al ganar 18 estatuillas en la entrega de los premios Emmy.

El padre Ortega y su colega Marcus Lang (Ben Daniels) abordan el caso de una posesión demoníaca en una familia y se ven confrontados por el verdadero mal. “Por su parte, Ángela Rance (Geena Davis), es la madre de la familia que debe luchar contra fuerzas oscuras para salvar la vida de su hija poseída por el demonio”, publica El Espectador, que dialogó con Herrera cuando este filmó uno de los capítulos.

“El exorcista” le suma el género de terror a la vida actoral de Herrera, quien confesó que ahora lo “entiende” y “disfruta”. Esto es así porque antes había dicho que cuando recibió el guión del primer capítulo le “costó trabajo seguir avanzando ya que no había visto mucho este género”.

El creador, Jeremyn Staler, dijo que ninguno de los actores de la película original aparecerá en la serie (por ahora). Igualmente le dijo a New York Post que le “encantaría un cameo de Linda Blair”. Es más, reconoció que “si alguien del elenco quiere participar, por favor llámenos”. Si bien dejó en claro que no tienen mucho dinero, explicó: “creo que Ellen Burstyn y Max von Sydow podrían estar fuera de nuestro presupuesto, pero si quieren ser parte, nos encantaría. Escribiremos nuevos personajes para ellos”.

En las redes sociales el interés fue creciendo este viernes hasta convertir el hashtag #elexorcistaenFX en TT. En Google, las búsquedas se dispararon desde una hora antes del comienzo del primer episodio.

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En las redes fue el comentario de los usuarios. Y por supuesto, aparecieron los memes. Además, la cadena generó una serie de memes especiales que fueron replicados por los actores.

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Estados Unidos.- Tuvo lugar en el teatro Microsoft de Los Ángeles la entrega de los premios Emmy en la que se galardona a los mejores shows de la TV de los Estados Unidos. Éstas fueron las series más premiadas.

Con Jimmy Kimmel como presentador y los pequeños protagonistas de Stranger Thing como invitados de lujo, se desarrolló en la noche del domingo una nueva edición de la entrega de los premios Emmy a la TV de los Estados Unidos.

La serie de fantasía épica Game of Thrones (HBO), que partía como gran favorita con 23 nominaciones, volvió a hacer historia al llevarse 12 premios (mejor drama, mejor guión y mejor dirección y otros premios técnicos). De esta forma, se convirtió en el show más premiado desde que los Emmy existen (acumula 38), superando a Frasier.

Para ganar como Mejor serie dramática, Game of Thrones derrotó a Better Call Saul, Mr. Robot, House of Cards, Homeland, Downtown Abbey y The Americans.

Los niños de Stranger Things (no ingresaron en las nominaciones de este año) hicieron de repartidores de comida con sus bicicletas entre el comedor y los asientos repletos de famosos.

OBSESSED!!!!!! #stangerthings

Un vídeo publicado por Julianne Hough (@juleshough) el

Como Mejor serie de comedia, la ganadora fue Veep (la otra serie más premiada), que derrotó a Black-ish, Master of None, Modern Family, Silicon Valley, Transparent y Unbreakable Kimmy Schmidt.

Mejor miniserie fue elegida The People v. O.J. Simpson: American Crime Story, por encima de American Crime, Fargo, El infiltrado y Roots.

Actor protagonista en drama fue Rami Malek (Mr. Robot), por sobre Kyle Chandler (Bloodline), Bob Odenkirk (Better Call Saul) , Matthew Rhys (The Americans), Liev Schreiber (Ray Donovan) y Kevin Spacey (House of Cards).

Actriz protagonista en drama fue Tatiana Maslany (Orphan Black), que derrotó a Claire Danes (Homeland), Viola Davis (Cómo defender a un asesino), Taraji P. Henson (Empire), Keri Russell (The Americans) y Robin Wright (House of Cards).

Jeffrey Tambor (Transparent) fue elegido como Mejor actor protagonista en comedia, por sobre Anthony Anderson (Black-ish), Aziz Ansari (Master of None), Will Forte (El último hombre en la Tierra), William H. Macy (Shameless) y Thomas Middleditch (Silicon Valley).

Entre las mujeres, la Mejor actriz protagonista en comedia fue la interminable Julia Louis-Dreyfus (Veep), que le ganó a Ellie Kemper (Unbreakable Kimmy Schmidt), Tracee Ellis Ross (Black-ish), Laurie Metcalf (Getting On), Amy Schumer (Inside Amy Schumer) y Lily Tomlin (Grace and Frankie).

Además, el británico John Oliver ganó con su show irreverente el premio al Mejor programa de variedades frente a los clásicos de Kimmel, James Corden y Jimmy Fallon. Y por último, The Voice fue, una vez más, el mejor concurso de la TV.

Uno de los momentos más interesantes de la noche se dio cuando la creadora de Transparen, Jill Soloway, dijo cuando recibió su Emmy: “Hay que derribar el patriarcado”. La serie es una comedia dramática que profundiza en la identidad sexual y la sexualidad.

Si se analizan los premios por cadena de TV, HBO demostró su buen momento y se llevó 22 estatuillas, seguida por la revelación, FX (18). Por su parte, Netflix (9) y PBS (8) alcanzaron el tercer y cuarto puesto, respectivamente.

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Las búsquedas de Emmy Awards tuvieron su pico en la noche del domingo en Google Trend, pero estuvieron por debajo del efecto de 2015 y 2014.


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