IMAGE: Freestocks.orgLas cadenas de televisión de toda Europa intentan alianzas múltiples que combinan todo lo combinable, incluso rivales de toda la vida, con el fin de intentar enfrentarse mediante plataformas online a servicios como Netflix o AmazonPrime. En Francia se llama Salto, en UK es Freeview, en España es LOVEStv, en Alemania aún no tiene ni nombre. En los Estados Unidos, AT&T, la nueva propietaria de HBO tras la adquisición de Time Warner, está intentando desesperadamente hacerla crecerintroducir cambios en el servicio para convertirla en algo más parecido a Netflix, un movimiento muy interesante cuando hace unos seis años, antes de que Netflix comenzase su estrategia de creación de contenido original, Netflix afirmaba que su estrategia era “convertirse en HBO más rápido que HBO pueda convertirse en nosotros“.

Todos esos intentos están destinados al fracaso. Lo dije ya en una frase hace algunos años a cuenta de otro tema, pero que resulta perfectamente aplicable a este: el valor de la innovación no está en evitar que te copien, sino en conseguir que todos te quieran copiar. Y Netflix, sin duda, lo ha conseguido. Todos la quieren copiar, pero copiarla únicamente está al alcance de compañías muy especiales, completamente obsesionadas con la tecnología y el análisis de datos, no de cualquiera, por muchos contenidos o capacidad para producirlos que pueda tener.

Para entender Netflix, me ha parecido fantástico este análisis largo del ex-director de estrategia de Amazon Studios, Matthew Ball, publicado en tres capítulos en los que explica, primero, que la compañía en realidad invierte mucho más en desarrollo de contenidos de lo que muchos creen; segundo, que Netflix es por encima de todo una compañía tecnológica; y tercero, que con sus multimillonarios acuerdos de contenidos, Netflix no está haciendo nada alocado ni rompiendo el techo del mercado, sino jugando a un juego al que nadie más se atreve a jugar. Estos tres artículos largos deberían convertirse en lectura obligada para todo directivo de empresas audiovisuales que aspire a seguir siéndolo dentro de pocos años, aunque lo más posible es que pueda hacer poco más que frustrarse y pensar lo que le gustaría que su compañía fuese y no es – o si tiene las habilidades oportunas, pensar en salir corriendo para intentar ser fichado por Netflix o Amazon.

En efecto, entender Netflix implica entender lo que puedes hacer con una plataforma de alcance tan ilimitado como millones de suscriptores consiga tener en todo el mundo, y sobre todo, con una capacidad analítica que le permite apostar lo justo, arriesgando únicamente lo que los números le dicen que puede arriesgar, y dejando muy poco a la intuición de sus directivos. Cuando Netflix ofrece un acuerdo multimillonario a Shonda RhimesRyan Murphy o a Barack y Michelle Obama, no lo hace porque a algún directivo se le ha ocurrido esa posibilidad y arriesga a que será capaz de producir un contenido multimillonario que compense los costes de producción, sino porque los datos le dicen que un contenido de unas características determinadas va a resultar irresistible para un número determinado de suscriptores. Suscriptores con nombre y apellidos, con dispositivos múltiples con los que acceder a sus contenidos, con hábitos y gustos que la compañía conoce perfectamente y es capaz de anticipar. Netflix no solo sabe cuáles de sus series vas a ver, sino que es incluso capaz de anticipar con qué cadencia vas a verlas, si esperarás semana a semana por cada nuevo episodio o si te pegarás un atracón de binge-watching en un fin de semana sin levantarte del sofá. Es la culminación de la supremacía de un modelo analítico sobre uno tradicional: para saber lo que quieren sus clientes y cuánto están dispuestos a pagar por ello, Netflix no necesita hacerles encuestas, consultar servicios de control de audiencias o ver los comentarios que dejan en Twitter o en su página web – comentarios que, de hecho, está eliminando por considerarlos inútiles: le basta con analizar los datos que ya tiene en su propia casa.

A lo largo de los últimos cinco años, la base de suscriptores de Netflix ha crecido a un ritmo medio del 29%, sus ingresos se han incrementado a una media del 35%, y sus gastos en creación de contenidos se han elevado más aún, con una media del 39%. La compañía pierde más dinero cada año que pasa, y su fundador, Reed Hastings, ha prometido que esas pérdidas se mantendrán durante muchos años. Y sin embargo, la capitalización de la compañía excede los 176,000 millones de dólares y mantiene una marcha impresionantemente ascendente. Si vemos las cuentas de la gran mayoría de las cadenas clásicas de televisión, mucho me temo que responden a esquemas muy diferentes.

Netflix lleva veinte años haciendo lo que hace: antes de la popularización de internet, lo hacía enviando DVDs por correo postal. Después, fue eliminando ese servicio e invirtió en un medio que le permitía acercarse tanto al usuario, que podía prácticamente estar a su lado, viendo todo lo que hacía, en tiempo real: sus gustos, sus hábitos, sus intereses… para ahora, ser capaz de ofrecer a cualquier creador de contenidos la posibilidad de poner esos contenidos directamente ante los ojos de millones de usuarios en todo el mundo, sin intermediarios, sin pasar por una cadena de valor anticuada y unos esquemas geográficos que, en plena era digital, no hacían más que destruir cantidades ingentes de valor. La carrera para convertirse en Netflix no implica alianzas entre rivales históricos, creación de servicios en la web o acuerdos para la producción de contenidos: implica una nueva mentalidad, una fortísima transformación digital y un cambio en la forma de entender el negocio que está completamente fuera del alcance de la gran mayoría de las compañías tradicionales de televisión. Como bien dice Ball, la compañía no quiere ser ni “un líder en vídeo”, ni “el líder en vídeo”: quiere convertirse en la televisión. Entender lo que hace Netflix y, sobre todo, cómo lo hace implicaría un cambio tan grande para los directivos de las televisiones del siglo pasado, para esos que aún creen que el negocio consiste en martirizar a sus usuarios con cuantos más anuncios sea posible antes de que pierdan la paciencia y se vayan a otro sitio, que tendrían que pasar por un trasplante de cerebro para conseguirlo.

 

IMAGE: Rebcenter Moscow - Pixabay (CC0 Creative Commons)Jaime Vicente Echagüe, de La Razón, me llamó para hablar sobre la adicción a las series de televisión, y a mí ya me pareció el exceso de los excesos: llamar adicción al hecho de que a alguien le guste ver muchos capítulos de series seguidos y que sienta una cierta sensación de vacío cuando la serie termina es, sencillamente, no tener ni maldita idea de lo que es una adicción, y banalizar el término hasta el límite. Ayer, Jaime citó mi opinión en su artículo titulado “La ciencia ya estudia la adicción a las series” (pdf).

La tontería de llamar adicción a lo que no lo es está llegando ya a límites completamente absurdos. Para la sociedad, parece que el hecho de calificar como adicción el que una persona vea muchas series, utilice su smartphone muy a menudo o lleve a cabo cualquier acción de manera repetitiva es algo que alivia la conciencia, una especie de “querríamos hacer algo, pero no podemos porque es un adicto”. No, no es así. Lo siento por aquellos que se sienten más a gusto utilizando el término, pero es sencillamente una soberana estupidez para la que no existen evidencias científicas de ningún tipo. Un niño que utiliza su smartphone a todas horas, que no lo suelta ni en la mesa, que no deja de utilizarlo ni un minuto cuando va de visita a casa de sus abuelos, y que reacciona violentamente cuando se lo intentamos arrebatar NO ES UN ADICTO, ES UN MALEDUCADO. Y la culpa, nos pongamos como nos pongamos, no es de la tecnología, es probablemente de sus padres, que no lo han sabido educar.

Pretender que los fabricantes de tecnología nos ayuden haciendo sus productos menos adictivos es algo tan soberanamente absurdo, que sobrepasa todos los límites del sentido común. Pedir a una marca que estropee sus productos, que los haga menos atractivos o que los llene de advertencias es una manera de intentar evadir la responsabilidad de educar: “yo los educaría, pero claro, es que la tecnología es tan adictiva y tan peligrosa, que no puedo hacer nada”. MENTIRA. Sí puedes hacer cosas: se llama educar, y si no sabes, tienes un problema, tanto tú, como tus hijos. La tecnología no es adictiva ni peligrosa: simplemente, hace cosas que nos gusta que haga, y como todo lo que nos gusta, si no nos enseñan a restringir su uso, la utilizamos todo el tiempo. Pero eso no es ser adicto, eso es, simplemente, que no te hayan enseñado a restringirte y a no hacer todo el rato lo que te gusta, o lo que te venga en gana. Aprender a vivir en sociedad implica ese tipo de cosas: no hacer siempre lo que te dé la gana. Si tus padres no te enseñan, es más difícil aprender. Pero no eres un adicto por ello: eres otra cosa.

Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Las adicciones son algo muy serio. Muy, muy serio. Son enfermedades, problemas que destruyen la vida de las personas, trastornos que modifican nuestro comportamiento de manera incontrolada e incontrolable, que requieren tratamiento. Cuando era poco más que un niño, viví la peor época de la adicción a las drogas en Galicia: algún compañero de colegio murió, algún otro sufrió muchísimo por ese tema. Lo pude ver directamente, los vi degradarse como personas, destruirse, destrozar sus vidas, recurrir a todo lo imaginable para satisfacer su necesidad. Pocos de los que se metían en eso salieron de aquel infierno. Comparar eso con el hecho de que un niño carente de educación no suelte su móvil ni a sol ni a sombra, o con que alguien se vea una temporada de una serie de un tirón es algo tan profundamente absurdo, irresponsable e insultante, que no merecería ningún tipo de consideración seria. Pero ahora resulta que, para demostrar la basura de sociedad que estamos construyendo, que los que piden a las marcas tecnológicas que rebajen el atractivo de sus productos son nada menos que asociaciones de inversores puritanos, que como son inversores, prácticamente obligan a algún tipo de respuesta absurda a las compañías, y que el país en el que vivo ha nombrado nada menos que a un delegado del Gobierno para la Estrategia Nacional de Adicciones que se dedica a hablar sin medida ni templanza de algo que define como “adicciones sin sustancia”, dándoles carta de realidad como si realmente existiesen. No, no existen, por mucho que a algunos parezca que les alivia pensarlo, que les guste tener algo a lo que echar la culpa de sus problemas. Pero no, no van a existir por el hecho de que las llamemos así: las cosas no se convierten en verdad por decirlas muchas veces. Las asociaciones de psicólogos de todo el mundo rechazan esa denominación, y el hecho de que un niño use mucho su smartphone no merece una cura de desintoxicación: merece, sencillamente, que lo eduquemos y nos dejemos de echar la culpa a supuestas “adicciones”.

No, no podemos dedicarnos a llamar “adicción” a cosas que se curarían simplemente con un poco de disciplina y educación. Cuanto antes paremos esta estupidez colectiva, mejor. Un poco de sentido común, por favor. 

 

Canal 24h OT - YouTubeDesde La Razón me llamaron para hablar sobre el papel de las redes sociales en el contexto de la popularidad de Operación Triunfo, un talent show que, en su novena edición que marcaba su vuelta a la primera cadena de TVE tras su paso por Telecinco, ha sido líder de audiencia en muchas de las semanas en las que se ha emitido, y ha supuesto niveles de popularidad nunca vistos desde su primera edición en el año 2001. Hoy, incluyen algunos de mis comentarios en la noticia titulada “Operación Triunfo: La nueva carta de ajuste” (pdf).

¿Qué lleva a que una fórmula aparentemente agotada, tras siete ediciones decreciendo en aceptación en Telecinco, y con un último intento de emisión en 2011 cancelado antes de tiempo por su escasa audiencia, vuelva a alcanzar niveles de popularidad comparables a los de aquella primera temporada en 2001? La respuesta, en gran medida, hay que buscarla en la gestión de las redes sociales, que dentro de un contexto “irregular” de concursantes a los que se priva, durante buena parte de los tres meses que dura el concurso, de la exposición a las noticias del exterior, ha sido capaz de generar un canal de YouTube que ofrecía una amplísima panorámica de lo que sucedía dentro de la Academia, pero sin buscar el detalle morboso o poco elegante que habría sido más característico de un programa tipo Gran Hermano. El canal ha llegado a tener más de 380,000 seguidores, y ha conseguido prolongar el contenido televisivo mucho más allá de lo que es el propio programa, que se emitía en la franja nocturna de los lunes.

Un gran número de personas se han “enganchado” literalmente al canal de YouTube, y permanecían atentos a los momentos clave de la vida en la Academia: los pases de micros, los ensayos, o simplemente, momentos divertidos o curiosos de la convivencia, que eran capturados y compartidos sin cesar a través de las redes sociales. Multitud de hashtags, de hecho, se convirtieron en trending topics en momentos en los que el programa no se estaba emitiendo, construyendo una comunidad en torno a esos contenidos que trascendía lo que es un simple programa de televisión. La ventana de chat en el canal de YouTube tenía momentos en los que se movía a tal velocidad, que reflejaba una actividad brutal, imposible de seguir, de fans queriendo crear y compartir contenido sobre los protagonistas. Muchos usuarios, de hecho, mantenían el canal de YouTube abierto a todas horas, bien en un ordenador, bien en una smart TV o en un Chromecast, hasta el punto de que varios días después de terminadas las emisiones, aún contaba con varios centenares de usuarios activos supuestamente viendo una imagen estática.

Terminado el paso por la Academia, los participantes, conscientes de la importancia de las redes sociales, han trasladado una buena parte de su actividad a cuentas de Twitter, Instagram o Facebook, en las que mantienen un diálogo razonablemente activo con sus fans y seguidores. Lo importante del programa, después de todo, es que ha sido capaz de atraer a Televisión Española y a la televisión lineal en general a un colectivo que hacia mucho tiempo que ya no estaba ahí, y que ha vuelto a engancharse, a crear contenido y a compartirlo en torno a algo calificable ya como de fenómeno de popularidad. En un momento dado, lo que generaba interés real era la emisión 24 horas de YouTube, mientras que la gala de los lunes, aunque era supuestamente el momento culminante, jugaba casi un papel secundario. En muchos momentos, de hecho, vimos estrategias publicitarias de marcas dirigidas concretamente a la explotación de las audiencias del canal de YouTube, dada la dificultad para explotar esa publicidad en una cadena pública en la que, salvo la ya explotada y a veces retorcida fórmula del patrocinio, existe una limitación legal para hacerlo.

Muy posiblemente, esas audiencias desaparezcan ahora, puesto que nada parece indicar que la cadena pública vaya a tener la sensibilidad de buscar vehículos para dinamizarlas, pero han demostrado que otra televisión es posible, que se puede construir en la pantalla teniendo en cuenta lo que ocurre alrededor de ella, y que se puede implicar al espectador de una manera sostenible y atractiva para que haga algo más que simplemente permanecer atento a la pantalla. Como experimento, independientemente de la calidad o el atractivo del contenido como tal, me ha parecido muy interesante.

 

Hablando sobre Julian Assange en ChesterHace algunas semanas recibí una llamada del equipo de producción de Chester, el programa de Risto Mejide que se emite actualmente en Cuatro: me pedían que hiciese una semblanza de tres minutos sobre Julian Assange, el polémico creador de WikiLeaks, especialmente de actualidad por sus recientes opiniones expresadas a través de Twitter sobre el proceso independentista catalán. El formato del programa ofrecería esa semblanza durante una entrevista a Pamela Anderson, que se define como amiga de Julian y que, de hecho, lo ha visitado en varias ocasiones recientemente en la embajada de Ecuador en Londres.

La idea era ilustrar la importancia de Assange, algo que me pedían por el hecho de haber escrito en numerosas ocasiones sobre su figura y haber prologado la edición en español de uno de sus libros, “Cypherpunks“. La ocasión, aparte de darme la divertida oportunidad de conocer a Pamela Anderson en su faceta más activista y entregada a causas de diversos tipos, me ponía en una situación potencialmente polémica, porque se me pedía claramente que glosase la figura de Assange con la importancia y dimensión histórica que ha tenido, pero en un momento en que está siendo objeto de fuertes críticas por su posicionamiento en torno al proceso independentista catalán, un tema sobre el que hablaba exclusivamente en base a su opinión personal, no como portavoz de WikiLeaks ni utilizando información de alguna manera desclasificada u obtenida por la organización. Mi idea en ese sentido fue, como comenté en varias ocasiones, separar persona de personaje: se puede considerar a Assange una figura de relevancia histórica que ha conseguido que fuésemos conscientes del cambio de papel que internet ha experimentado (de herramienta de libertad a instrumento de control), sin necesariamente estar de acuerdo con sus opiniones sobre fútbol, sobre relaciones personales o sobre política española.

El programa puede verse online en Vertele, y mi participación comienza en el minuto 25:40. A continuación, las notas que me escribí para estructurar mis ideas sobre el tema (notas que por supuesto, no traté de leer ni de memorizar en modo alguno, de manera que lo que posteriormente comenté en el programa tiene un formato completamente diferente).

 

Assange: el canario en la mina 

En el año 2010, WikiLeaks saltó a la fama, y con ella, el protagonismo de una figura: Julian Assange. La publicación de una vasta colección de documentos extraídos de archivos militares evidenciaba el tipo de comportamientos que nadie quería ver: maniobras militares entre lo turbio y lo directamente inhumano, y actuaciones que evidenciaban abusos de todo tipo ocultos y amparados por estamentos gubernamentales.

La estructura que el gobierno norteamericano había previsto para, supuestamente, salvaguardar la transparencia no estaba funcionando. Y en los meses siguientes, se evidenció que la de muchos otros gobiernos, cuando efectivamente existía, tampoco. Archivos que evidenciaban corrupción a todos los niveles, abusos de todo tipo o cohechos para beneficiar a intereses económicos como el lobby de los derechos de autor fueron siendo publicados, en un ejercicio de transparencia brutal y, en algunos casos, incluso irresponsable. La reacción del gobierno norteamericano a la publicación de sus secretos más turbios engrandeció la figura de Assange, que había dedicado una parte significativa de su vida a crear una estructura capaz de validar, verificar y publicar revelaciones de cualquier tipo. 

En lo personal, Assange es indudablemente una figura controvertida y compleja. Su tendencia a posicionarse fuertemente sobre todo tipo de temas, su vehemencia y su apariencia de estar más allá del bien y del mal en todos sus análisis le han llevado a ser objeto de no pocas críticas, y en varias ocasiones,a  emitir juicios muy poco fundamentados sobre cuestiones en las que ha manifestado un fuerte desconocimiento. La propia WikiLeaks, en su papel de fomentar la transparencia, ha sido también acusada de instrumentalización, sobre todo a la hora de elegir el momento de publicar determinadas filtraciones como las de los correos electrónicos de la Convención Nacional Demócrata en plena campaña de las presidenciales norteamericanas. 

Sin embargo, y por encima de todas las polémicas, Julian Assange y su creación, WikiLeaks, tienen un enorme valor como señal de alarma, como evidencia y denuncia de un poder que opera en la sombra, completamente al margen de las reglas del juego democrático y de la legitimidad, y que, con el desarrollo y popularización de internet, han adquirido mucho más poder. Internet y, sobre todo, su uso por parte de personas incapaces de entender su complejidad, han posibilitado una deriva completamente distópica en nuestra sociedad, que va desde el sistema de vigilancia y monitorización integral que está construyendo China, hasta países como Rusia y otros con dudosos valores democráticos y de respeto de los derechos fundamentales, pero que además, parecen estar convirtiéndose, cada vez más, en la envidia de otros países que podríamos considerar democracias maduras consolidadas. De hecho, fueron los Estados Unidos y la hipertrofia de los sistemas de vigilancia generada por los atentados del 11S las que dieron origen a una de las mayores filtraciones, la protagonizada por Edward Snowden, también con la ayuda y colaboración activa de WikiLeaks. 

Personas como Assange son absolutamente necesarias como auténticos canarios en la mina, los que los mineros llevaban en una jaula y eran los primeros en morir cuando aparecían bolsas de gases peligrosos. Con su sacrificio, el de verse obligado a vivir sin salir de una embajada y sin poner un pie en la calle durante ya más de cinco años, Assange – o lo que quede de él – da la voz de alarma cuando derechos fundamentales como la privacidad se vulneran para convertir nuestras sociedades en un escenario como el anticipado por George Orwell en 1984, en esquemas de control total sobre el pensamiento de los ciudadanos. 

En Cypherpunks, libro cuya edición española tuve la oportunidad de prologar, Assange dibuja cómo los gobiernos están utilizando la red para dar lugar al mayor aparato de espionaje y vigilancia de los ciudadanos que ha existido nunca. Estamos viviendo una realidad que convierte a George Orwell en el más grande de los visionarios, una dinámica con muy pocas posibilidades de vivir una marcha atrás. La libertad de la que disfrutamos en internet desde su creación y popularización se nos está escapando entre los dedos, está desapareciendo a toda velocidad, mientras todo un conjunto de tecnologías como las cámaras, los sistemas de reconocimiento facial, la cibervigilancia, la deep packet inspection, los filtros o la retención de datos van convirtiendo el mundo en que vivimos en un entorno completamente diferente, en una dura realidad que nos va a costar mucho trabajo explicar a nuestros descendientes. Cabalgando junto a jinetes del Apocalipsis como la protección de los derechos de autor, la pornografía infantil o la amenaza terrorista nos están trayendo recortes de derechos y libertades sin precedentes, supuestamente en aras de un bien común, desdiciendo a aquel Benjamin Franklin que con tan buen juicio aseveraba que “aquellos que sacrifican libertad por seguridad no merecen tener ninguna de las dos”. 

Es a la hora de darnos cuenta de esa dolorosa y desasosegante realidad cuando figuras como Julian Assange, acompañado de sacrificados héroes como Chelsea Manning o Edward Snowden, adquieren su verdadera dimensión. Una dimensión indudablemente histórica, que muchos serán incapaces de entender aunque tengan sus evidencias delante de sus mismísimas narices. Pero las cosas, porque el hecho de que no lleguemos a entenderlas o que su magnitud nos sobrepase, no dejan de ser importantes. Brutalmente importantes. 

 

 

IMAGE: Alhovik - 123RFAmazon y Apple entran en la puja por los derechos de las próximas películas de James Bond, compitiendo con jugadores tradicionales como Sony, Universal o Fox, y posiblemente dispuestas, según The  Hollywood Reporter, a pagar cantidades similares o posiblemente mayores. Es muy pronto aún para saber si las negociaciones fructificarán o no, pero si finalmente Apple o Amazon se hiciesen con los derechos de la megafranquicia, podríamos estar hablando de un cambio muy importante en la forma en que se distribuyen las grandes producciones, y de nuevos jugadores dispuestos a hacer las cosas de otra manera

¿Qué ocurre cuando las grandes compañías tecnológicas comienzan a plantearse irrumpir en el mercado de los contenidos y de su distribución, o cuando son compañías tecnológicas y no cadenas tradicionales las que comienzan a llevarse los premios que la propia industria otorga a las mejores producciones? Sencillamente, que estamos hablando de disrupción.

Disrupción es lo que ocurre cuando una compañía tecnológica, por el hecho de plantearse un mercado global, un canal de distribución ubicuo y una serie de modelos de negocio diferentes a los habituales en la industria, puede llegar a ofrecer mucho más dinero que una compañía tradicional de contenidos que enfoca su actividad en un mundo artificialmente dividido por ventanas geográficas de explotación. Una forma diferente de plantearse el negocio, con infinitas posibilidades hasta el momento escasamente desarrolladas. La mayor parte de los actores tradicionales que conocemos en el mundo de la producción y distribución audiovisual responden a esquemas que eran válidos el siglo pasado, en un mundo en el que compañías como YouTube, Amazon o Netflix no existían, en el que Apple se dedicaba únicamente a fabricar ordenadores, y en el que los derechos se negociaban región a región, país a país o soporte a soporte. El planteamiento de las compañías tecnológicas es, en ese sentido, completamente diferente, y eso las lleva a poder competir de una manera potencialmente mucho más eficiente.

La televisión tradicional únicamente mantiene su atractivo entre los mayores de 65 años. El resto del abanico sociodemográfico consume sus contenidos de otra manera. Los eventos en vivo son prácticamente lo único que sostiene a la llamada “appointment TV”. Predicción: en muy poco tiempo, los derechos de las grandes competiciones deportivas y los eventos en directo ya no estarán en manos de cadenas de televisión tradicionales, sino de lo que hoy conocemos como compañías tecnológicas, dispuestas a pagar más en función de expectativas de monetización superiores. ¿Podemos, por ejemplo, imaginarnos los derechos globales de la liga de fútbol española, de la NBA o de otros deportes gestionados por Amazon o por Apple? Pues vayamos empezando a imaginarlo…