Un tercio de los niños gallegos menores de 11 años tienen WhatsApp - La Voz de Galicia¿Puede un padre espiar el WhatsApp de su hija menor de edad? Pues sí, por supuesto que puede: ejerce su patria potestad, el dispositivo es suyo, la conexión también lo es, y se trata de una simple cuestión de autoridad. ¿Es recomendable que lo haga? Pues si pretende mantener una relación de confianza con ella, que es la base de cualquier proceso educativo bien desarrollado, es seguramente mejor que no lo haga. En una cuestión así, francamente, me parece bastante absurdo meter a un juez.

Sara Carreira, de La Voz de Galicia, me llamó para hablar sobre la última sentencia de un juez pontevedrés que absuelve a un padre por espiar el WhatsApp de su hija, que sirve como pretexto para volver a plantear, por enésima vez, el uso de dispositivos o herramientas de comunicación por parte de los menores de edad. Ayer, Sara incluyó algunas partes de nuestra conversación en su artículo titulado “Un tercio de los niños gallegos menores de 11 años tienen WhatsApp“. ¿Tiene sentido que un niño de menos de once años utilice un smartphone y WhatsApp? Pues por supuesto que lo tiene. Los protocolos de uso tardan más en implantarse que el uso como tal, y si podemos conseguir que un niño aprenda antes a comunicarse y haga tonterías cuando está razonablemente autorizado a hacerlas, es decir, cuando es un niño, eso que hemos ganado. No hay ninguna razón para impedir el uso de una herramienta de comunicación a un niño, salvo que sea intrínsecamente peligrosa (que no lo es) o de alguna manera inadecuada (que tampoco). Simplemente, tendremos que ser responsables y monitorizar adecuadamente su uso, creando para ello el clima de confianza adecuado para ello.

Por más que lo volvamos a plantear, la cuestión está, para mí, extremadamente clara: en la mismísima definición de educar se incluye el desarrollo de una serie de habilidades de adaptación al entorno. Del mismo  modo que no tendría sentido educar a los jóvenes para que aprendiesen a relacionarse en la sociedad del siglo XVIII e insistir en hacerlo así resultaría un problema de cara a su convivencia y adaptación futura, tampoco lo tiene renunciar a algunos de los elementos que caracterizan la sociedad que les ha tocado vivir. A estas alturas, discutir que los smartphones o la mensajería instantánea forma una parte inseparable del entorno sería absurdo. Por tanto, tenemos que dejar de tratar a estos dispositivos y a la tecnología que conllevan como una supuesta fuente de enfermedades, adicciones y temores, y empezar a considerarlos como lo que son: parte del entorno, herramientas que hay que aprender a utilizar.

Aprender a utilizar. Por favor, procesemos esa frase: por mucho que nos parezca que los niños traen la tecnología puesta, no es así. La tecnología es cada vez más sencilla de utilizar, lo que implica que los niños, que además no tienen que desaprender de ninguna otra tecnología anterior, la aprendan con suma facilidad. Si nosotros queremos aprender a usarla como ellos o mejor, solo tenemos que poner un mínimo de interés, y ese interés pasa a ser una cuestión fundamental si queremos educar a nuestros hijos en condiciones. Si “no te enteras de la tecnología”, crees que “los smartphones te pillaron muy mayor” o piensas que “todas estas cosas son chorradas”, no serás más que un ignorante, un inadaptado a los tiempos, y si intentas educar a cualquier niño con esa base te saldrá, lógicamente, fatal. Educar es una responsabilidad, y hay que trabajarla, ponerse al nivel adecuado como para que tus hijos te consideren una referencia válida. Si no eres capaz de estar a la altura, cuando intentes poner algún tipo de normas, las despreciarán como procedentes de alguien sin ningún valor ejemplificador.

Los smartphones y las herramientas de comunicación, como todo, precisa de normas. Se llaman educación. Desarrollar la educación implica dar tiempo a los niños a que se adapten a esas herramientas, a que no las vean como algo excepcional, como algo que “me dejan dos horas al día”. Por eso sigo creyendo que la mejor edad para dar a un niño un dispositivo es en cuanto sea capaz de no llevárselo a la boca, para que lo vea como algo habitual, algo ubicuo, que sirve para todo y que, como todo, hay que utilizar respetando unas normas de educación determinadas. Es así de sencillo, y por supuesto… así de complicado.

Educar no es sencillo, los niños son todos distintos, y las cosas que pueden funcionar con un niño pueden ser un desastre con otro. Pero la idea es la que es: educar en el uso, evitar – lógicamente – el abuso, y dejar claro que bajo ningún concepto esas herramientas pueden ser utilizadas para ignorar a nadie, para convertirse en un maleducado, para salir de casa de los abuelos sin haberles siquiera mirado a la cara, o para comunicarse con desconocidos de manera irresponsable, por comentar algunas de las cuestiones citadas en el artículo. Es tan sencillo y tan complicado como ha sido siempre: ¿permitíamos que nuestros hijos hablasen con cualquiera? ¿Les dejábamos jugar a todas horas, o hablar por teléfono sin parar? ¿Nos desinteresábamos completamente por lo que hacían cuando salían a la calle, iban a casa de sus amigos o se metían en su habitación a jugar? Las normas son las de siempre, y las herramientas, también: consistencia, coherencia, confianza, disciplina… cada una en su adecuada dosis. Con smartphones y WhatsApps, o sin ellos. Es, sencillamente, adaptar la educación, una de las variables sociales más importantes y con más influencia en el futuro, a los tiempos y al entorno.

 

tbh screenshotsSi aún no sabes lo que es tbh, no te preocupes, es perfectamente normal: hablamos de una app cuyo significado es “to be honest”, específicamente diseñada para teenagers en high schools y colleges, disponible por el momento únicamente para iPhone y en algunos estados norteamericanos, y que busca generar un uso positivo del anonimato, con preguntas y encuestas propuestas por la aplicación o introducidas por los usuarios, pero siempre con un tono constructivo, cuando no casi edulcorado, y gamificado mediante corazoncitos, brillantitos y emojis con aspecto encantador. Todo muy high school y muy gossip, cotilleo social, pero intentando eliminar esos elementos peligrosos de dinámicas negativas, acoso y cyberbullying que existían en aplicaciones ya desaparecidas como Secret o Yik Yak.

La app se lanzó oficialmente el pasado agosto y tiene una mecánica de introducción lenta, prácticamente estado a estado y colegio por colegio, pero ha sido capaz, en muy pocas semanas, de alcanzar los cinco millones de usuarios y de situarse como primera app gratuita por número de descargas en los Estados Unidos, por encima de monstruos tan consolidados como Gmail, Bitmoji, YouTube, Instagram o Snapchat.

Y ahora, desde hace unas pocas horas, tbh ha pasado a formar parte de Facebook. La compañía, que ya ha dado la noticia en su página, seguirá operando como marca independiente tras una transacción relativamente pequeña, se estima que de menos de cien millones de dólares, que no requerirá ningún tipo de aprobación legislativa, pero sus empleados pasarán a formar parte de Facebook y tendrán correos electrónicos con dirección fb.com, lo que indica un nivel de integración algo superior al que llevaron a cabo compañías como Instagram o WhatsApp.

La transacción nos permite volver a hablar de la estrategia de Facebook: para cualquier observador no suficientemente especializado , tbh podría ser considerada una app prácticamente desconocida: a pesar de lo que supone haber ocupado durante algunas semanas el top de descargas, nunca fue anunciada públicamente, y mantenía una evolución relativamente discreta, prácticamente volando bajo el radar. Sin embargo, en Facebook la tenían perfectamente ubicada, sabían a qué se dedicaba, seguían su desarrollo y mantenían contacto con sus fundadores, particularmente desde que vieron que estaba generando cierta tracción entre un segmento, el más joven, que en muchas ocasiones se considera reflejo de tendencias que se consolidan a medida que crecen. Nadie – espero – piensa que una app como tbh vaya a extender su uso a entornos de otro tipo, pero en un buen número de colegios norteamericanos, se ha convertido en la app que marca la vida social, la que atrae la atención y la que permite diseñar un entorno aparentemente sano, en el que el anonimato intenta tener connotaciones positivas. La app está pensada para alumnos de 9º grado o superior, entre 14 y 15 años y hasta – si quieren – los primeros años después de graduarse: al darse de alta, deben especificar su curso, su instituto o universidad, y su género, entre boy, girl o non-binary. Tras definirse, entran en un juego en el que contestan y proponen preguntas que tienen como protagonistas a sus compañeros y compañeras, y que siguen las dinámicas sociales que cabe esperar en este tipo de entornos, generalmente con respuestas anónimas, aunque pueden utilizarse también mensajes directos. Las preguntas con connotaciones negativas, o que puedan generar dinámicas de bullying o acoso, son rechazadas.

¿Qué supone para tbh ser adquirida por Facebook? Básicamente, más recursos, de todo tipo. Por supuesto, más dinero, pero también mejor ingeniería, abundante experiencia de cara a problemas habituales en las fases de crecimiento de este tipo de aplicaciones, y una integración en el paraguas de la compañía más importante en el entorno de las redes sociales. Para Facebook, tbh representa una posibilidad de incrementar su llegada al público más joven, de entenderlo y, sobre todo, de no perderlo, y todo ello a cambio de una cantidad relativamente pequeña. Como parte de esa estrategia, Facebook se ha convertido en el vigilante total de todas las dinámicas de adopción en la web: hace algunos meses, la compañía sondeaba a sus usuarios más jóvenes para tratar de entender qué los llevaba a adoptar Houseparty, una app de videochat múltiple, para finalmente, tras obtener respuestas e – imagino – tras hablar con los fundadores, tomar la decisión de no adquirirla, pero sí de copiar su funcionalidad. Si destacas en el ámbito social, debes saber que terminarás o bien siendo adquirido por Facebook, o bien con tu funcionalidad completamente replicada e iterada tantas veces como haga falta, como ocurrió en el caso de Snapchat, hasta que sea capaz de desplazarte.

El entorno de las redes sociales es así: brutalmente rápido, con tendencias que, si no las entiendes o las ves venir, pueden dejarte fuera de juego en muy poco tiempo. Un entorno en el que puedes pasar de ser el símbolo de una generación, a desaparecer en pocos meses, como le ocurrió a MySpace, o en el que puedes encontrarte tu red convertida en un fenómeno regional que dificulta su adopción en otros países, como sucedió con Friendster o con Orkut. ¿Dónde están hoy fenómenos regionales que en sus países fueron enormes, como Tuenti en España, StudiVZ en Alemania, Hyves en Holanda, Hi5 en Latinoamérica, por citar tan solo algunas?

Facebook conoce perfectamente esa volatilidad, y por ello considera como un auténtico activo estratégico su capacidad para observar el mundo desde la atalaya que proporcionan más de dos mil millones de usuarios activos en todo el mundo. Si algo se mueve en el entorno social, Facebook lo va a ver, y va a reaccionar en consecuencia. En ese sentido, tbh es solo una prueba más de la hiperactividad de Facebook, de la imperiosa necesidad de conocer perfectamente tu entorno, de vigilar tu territorio, y de reaccionar de manera rápida y concluyente: unos meses de descuido o de inacción, y puedes encontrarte ante un fenómeno ya demasiado extendido, que no quiera vender o que resulte demasiado caro. La velocidad y la paranoia como elementos estratégicos.

 

ReplyASAP - Android Play MarketLa adolescencia es esa compleja etapa de la vida en la que las referencias cambian, y pasamos de ver a nuestros padres como autoridad prácticamente absoluta, a verlos como una molestia descontextualizada. En la evolución del proceso que supone promover y apoyar el desarrollo físico, emocional, social e intelectual de un niño desde la infancia hasta la edad adulta, pocas cosas han generado tantos cambios como la evolución del contexto tecnológico.

En muy pocos años, muchos han pasado de ver a sus hijos como frágiles criaturas necesitadas de protección, a verlos falsamente como supuestos ingenieros de cohetes capaces de entender y manejar sus dispositivos mejor que ellos, en lo que supuso la falsa creencia de que, por alguna razón misteriosa, había alguna razón biológica que les hacía estar mejor preparados. No, nuestro hijos no son genios, aunque a todo el mundo le guste creerlo: simplemente, la tecnología se ha hecho tan sencilla y ha reducido tanto sus barreras de entrada, que cualquiera – incluso nosotros, si le dedicásemos una atención similar, podríamos entenderla bien.

En esa supuestamente desigual lucha por el control entre padres y adolescentes, existen todo tipo de escenarios, caracterizados habitualmente por unos padres que intentan utilizar la tecnología para elevar el nivel de control sobre las actividades de sus hijos y unos hijos que procuran utilizar la tecnología para fines que nada tienen que ver con ese control. Que tus hijos lleven encima un dispositivo es, en principio, una fuente de tranquilidad si puedes en cualquier momento comunicarte con ellos para saber qué hacen, dónde están o qué planes tienen. Pero para los hijos, es una situación de control que, en muchos casos, desean evadir. A casi veinte años de adopción de la telefonía móvil, ya sabemos que la situación más habitual en las relaciones entre padres e hijos es esa: llamadas o mensajes unidireccionales de los padres a los hijos preguntándoles dónde están y qué hacen, y hijos ignorándolos o apagando el terminal y alegando todo tipo de excusas, desde que no lo oyeron, hasta que se quedaron sin batería.

Un padre británico, harto de ese tipo de excusas, ha desarrollado una aplicación para Android, ReplyASAP, que permite que unos padres, cuando sus hijos no responden sus mensajes, hagan que en el dispositivo del adolescente comience a sonar una alarma incesante que no se detiene e impide además cualquier otro uso del terminal hasta que el joven finalmente conteste. Es un punto más en una escalada armamentística en la que ya hemos visto otras batallas, como el uso de la función de compartir ubicación de Google Maps o la de Find My iPhone. La discusión sobre si el uso de ese tipo de aplicaciones para monitorizar la actividad de un adolescente es o no lícita, en los tiempos de la inseguridad, los atentados y la preocupación constante, parece saldada en favor de los padres: proliferan todo tipo de decálogos, contratos y reglas en los que se afirma que los padres pagan por el dispositivo y por su plan de datos, y por tanto, tienen derecho a exigir que el uso tenga lugar respetando unas ciertas reglas, y un artículo de hoy en The Guardian titula, sin ningún tipo de miramientos, Of course parents have a right to spy on their kids, y mientras, los adolescentes siguen buscando maneras de reclamar su independencia desinstalando aplicaciones, afirmando que la tecnología falla o apagando el terminal.

La realidad es la que ha sido siempre: ninguna tecnología, por sofisticada que sea, puede sustituir el desarrollo de una relación adecuada con unos hijos. En toda relación habrá fases de todo tipo, de mayor y menor tensión, de más o menos encuentros y desencuentros, pero es algo que poco tiene que ver con la tecnología, y mucho con el sentido común. Es parte del proceso que supone crecer y desarrollarse como adultos. El uso de aplicaciones de monitorización debe partir del hecho de que la persona monitorizada sepa que lo está siendo, en primer lugar porque pueden desconectarse voluntariamente o generarse errores (y más aún en una era en la que el número de dispositivos en uso se incrementa cada vez más), y en segundo, porque es una cuestión de respeto. Una app que pretende obligar incondicionalmente a un adolescente a contestar un mensaje de sus padres so pena de ver su smartphone convertido en una molesta alarma y deshabilitado para cualquier otro uso puede sonar muy interesante para algunos padres de hijos que habitualmente ignoran sus mensajes, pero no es precisamente un bálsamo para mejorar sus relaciones mutuas si no se utiliza con el adecuado nivel de respeto.

Como ha ocurrido siempre, la tecnología no va a arreglar lo que una educación mal planteada pueda haber estropeado. Convertirse en padres controladores que utilizan la tecnología para espiar todo lo que sus hijos hacen es un disparate: nadie puede vivir normalmente pensando que está en todo momento bajo control, y desencadenar una carrera de armamentos es algo que nunca termina bien. Pero toda relación está compuesta por dos partes, cada una con sus deberes y responsabilidades, e ignorar esto es otra receta más para el desastre. Antes de pensar que la tecnología va a ser la solución a un problema de relación, es mejor agotar antes otra vía: diálogo, diálogo y más diálogo.

 

Lifestage

Facebook lanza una aplicación exclusiva para usuarios menores de 21 años, Lifestage, diseñada por Michael Sayman, un product manager de la compañía de tan solo 19 años, con la idea de tratar de recuperar ese segmento más joven de usuarios que afirmaban que Facebook era “de viejos”, aunque las estadísticas afirmasen que, en realidad, seguían utilizándolo.

La red es una app, como no podía ser de otra manera para apelar a una generación que pone el smartphone en el centro de su vida, en la que los perfiles tienen formato de vídeo y la funcionalidad viene a ser como si alguien tratase de diseñar Facebook de nuevo desde una óptica completamente basada en las tendencias actuales. Las actualizaciones se generan mediante vídeos, se suplementan con herramientas de edición sencillas, y se agrupan en perfiles de vídeo que otros pueden ver. La idea de Lifestage es precisamente esa, “your life in a stage”.

La app puede ser descargada por cualquiera, pero aquellos que tengan 22 años o más solo pueden ver su perfil, y no el de otros. No precisa un perfil en Facebook para su descarga, y sigue una metodología similar a la original de Facebook en su lanzamiento: hay que vincular el perfil con un colegio o instituto, y solo empieza a mostrarte perfiles de otros usuarios cuando hay veinte o más personas en el mismo colegio con perfiles en la aplicación, lo que trata de generar, por un lado, una idea de popularidad y, por otro, que los usuarios traten de conseguir que otros se apunten para alcanzar ese umbral. Una vez superada esa frontera, puedes ver usuarios de tu colegio y de otros cercanos, y dispones de herramientas sencillas de bloqueo y reporte de perfiles que te resulten molestos.

Una red exclusiva para usuarios de ese segmento de edad no es sencilla de administrar. Por un lado, tienes que mantener fuera de ella a quienes superen esa edad, en un intento de evitar que personas mayores arruinen la experiencia de uso sea con perversiones variadas, o con intentos de supervisión. Por otro, tienes que conseguir herramientas eficientes que eviten episodios de acoso, bullying, abuso y demás situaciones con connotaciones negativas dentro de las complejas relaciones sociales de los jóvenes y adolescentes.

La combinación de este lanzamiento con el de Instagram Stories prueba el ávido interés de Facebook por recuperar el segmento más joven de usuarios, por evitar el llamado “efecto Woolworth”, el envejecimiento progresivo de la base de usuarios. Poner a un auténtico “niño prodigio” como Sayman al frente del producto es una clara demostración de saber hacer, de dejar claro que el producto es “para jóvenes, y diseñado por jóvenes”, de entender que solo desde la perspectiva de usuarios de esa edad pueden entenderse bien las necesidades, las afinidades y los gustos de los usuarios de esa edad. El éxito no está garantizado, queda mucho por hacer en términos de diversidad cultural, pero es sin duda un muy buen comienzo.

 

IMAGE: Andrey Shupilo - 123RF

Una cerilla dura un instante, después, es simplemente un pedazo de madera quemado e inútil que nadie se molesta en conservar. Para toda una generación, esa connotación de expresión efímera es precisamente lo que evoca internet, un lugar que puede proporcionarte herramientas sencillas pero potentes, permitirte expresar algo de una manera determinada, e inmediatamente después, desaparecer, pero no por accidente, sino porque siempre estuvo diseñado para ello.

Un buen artículo en The New Yorker, Snapchat, Instagram Stories and the internet of forgetting, habla del lanzamiento de Instagram Stories, para muchos la mejor copia de Snapchat jamás creada y finalmente – a la tercera, tras Facebook Poke y Slingshot, va la vencida – y de cómo la red está pasando de ser una herramienta de archivo permanente, el sitio donde almacenamos nuestros recuerdos, a convertirse en una de expresión instantánea, en la que aquello que publicamos desaparece sin dejar rastro al cabo de veinticuatro horas. Tras un primer momento en el que parecía que los jóvenes utilizarían Instagram Stories únicamente para llevar follows a su cuenta de Snapchat, ahora la herramienta parece estar ganando en popularidad y convenciendo a usuarios de un rango de edades más amplio que los tradicionales de Snapchat, mientras el fundador de Instagram, Kevin Systrom, reconoce sin ningún tipo de reparo que el mérito del concepto es totalmente de Snapchat y que la copia es una actividad habitual en Silicon Valley provista de un valor indudable.

En realidad, estamos viviendo una transición con mucho sentido. Es perfectamente posible que muchos no logren nunca adaptarse a ella, pero estamos presenciando cómo las memorias de una generación que nunca contó con herramientas públicas de preservación de su vida pasan a ser algo secundario, mientras el papel principal de la red pasa a ser el de herramienta diseñada para una comunicación más parecida a una conversación en un bar, no a una ante notario. Durante muchas generaciones, nuestros recuerdos estaban destinados a vivir únicamente en nuestra memoria y en las de las personas que estaban con nosotros cuando tuvieron lugar, o incluso a ser “de segunda mano”, en los cerebros de aquellos a los que se lo habíamos contado, que los habían vivido – de otra manera, obviamente – a través de nuestra experiencia. De ahí, el desarrollo y popularización de la fotografía nos llevó a pasar a almacenar copias que evocaban esos recuerdos: fragmentos de papel impreso con haluros de plata que utilizábamos de vez en cuando para revivir aquellos momentos, aquellas sensaciones. El papel de aquellas fotografías tenía algo de social, muchas veces eran utilizados para verlos con otras personas, hojear un álbum y comentar, pero esa actividad estaba limitada a ciertas ocasiones y momentos.

Con internet, el cloud computing y las herramientas sociales, la transición fue prácticamente automática: pasamos casi sin darnos cuenta de llevar las fotografías en papel, a llevarlas en un dispositivo que llevábamos siempre con nosotros, el smartphone, que además fue progresivamente robando protagonismo a la cámara a la hora de crear aquellas imágenes. Pero la idea era la misma: almacenar recuerdos, que ahora además podían ser mostrados automáticamente a cualquiera que quisiera verlos, valorarlos o comentarlos. La capa social funcionaba como un estímulo permanente: la foto que verdaderamente hacía ilusión no era la que mejor capturaba un recuerdo, sino la que obtenía un número más elevado de Likes o de comentarios. Pero el concepto era el mismo: hice esto, vi esto, estuve aquí… y aquí está la prueba documental.

Con Snapchat, el concepto cambió. Nadie sabe si fue la sensación de “vivir ante notario”, la de los hipotéticos problemas que podía generar en un futuro haber compartido esto o aquello, la de huir de los hábitos de sus padres, la de preservar la privacidad, o el conjunto de todas ellas unido a una generación que ya veía como algo completamente natural llevar una cámara y un ordenador potente a todas horas en el bolsillo, pero lo cierto es que los jóvenes descubrieron una nueva forma de utilizar la red, en la que el valor estaba en el momento, en la conversación puntual, en el chiste, en el guiño. Como una conversación en un bar, que nadie espera que nadie se ponga a grabar para preservar su recuerdo. La generación más joven se encontró más cómoda prescindiendo del “notario digital” que la red representaba, y decidieron utilizarla simplemente como un canal más para conversaciones efímeras.

Instagram Stories es precisamente eso: una copia muy buena de Snapchat, situada en un momento en el que Snapchat ya no es aquella herramienta en la que las cosas desaparecían tras pocos segundos. Snapchat ha evolucionado mucho en poco tiempo, e Instagram Stories, con la potencia detrás del impresionante plantel de desarrolladores de Facebook, ha conseguido capturarlo y recrearlo dentro de una herramienta como Instagram, popular y con una imagen que genera connotaciones positivas en todas las generaciones. Eso, la internet de lo efímero, es el concepto de fondo que Facebook, tras intentarlo en dos ocasiones quedándose con la anécdota, ha conseguido finalmente capturar con Instagram Stories.

Para muchos para los que Snapchat resultaba difícil de entender, Instagram Stories resultará posiblemente más sencillo, pero les dejará un sabor extraño y agridulce, un permanente lamento de “querría conservar esto en mi archivo permanente, en el capítulo de “recuerdos para guardar”, y esta estúpida aplicación va y lo borra a las veinticuatro horas. Si es así, que sepas que estás ante un proceso natura: tu cerebro aún sigue pensando en internet como en un archivo permanente, no como en un canal de conversación. Para los más jóvenes, para los que internet no fue un descubrimiento sino algo que siempre ha estado ahí y cuya disponibilidad dan por supuesto, dedicar un rato a una creación efímera tiene todo el sentido del mundo, como el que piensa durante un rato una idea ingeniosa que les convierte en centro de la atención del grupo o quienes disfrutan de una puesta de sol conscientes de que ese sol volverá a estar ahí mañana – y si son ellos los que no están, no pasa nada. Lo raro, de hecho, es que pudiésemos vivir la misma puesta de sol varias veces. Para ellos, le quitaría toda la magia, todo el valor.

En el fondo, los anómalos no son ellos, somos nosotros. No es su generación, es la nuestra. Que internet deje de ser un archivo permanente o un notario universal no era más que una anomalía, algo que hicimos mientras no “normalizamos” su uso. Ellos estarán aquí más tiempo e impondrán sus modelos de uso, internet terminará siendo lo que ellos digan, no lo que nosotros creamos.

Larga vida al rock’n roll.