IMAGE: Aaron Anderer on Flickr (CC BY SA)La existencia de problemas regulatorios y trabas legales de diversa índole es uno de los problemas que los más pesimistas con respecto a los nuevos modelos de negocio basados en tecnología suelen esgrimir cuando se habla de ritmos de adopción. El caso de los patinetes eléctricos (electric scooters) es uno de los que, a mi juicio, mejor pueden utilizarse para demostrar que, generalmente, las trabas y restricciones legales no sirven para detener el avance de este tipo de modelos, y de hecho, los emprendedores e inversores descuentan rápidamente este factor cuando planifican sus desarrollos.

El segmento de la llamada movilidad multimodal, vehículos generalmente pequeños pensados para complementar desplazamientos cortos en las ciudades, debe su aparición al avance tecnológico que supone la mejora de los motores eléctricos y las baterías, por un lado, y al desarrollo de apps que permiten geolocalizar y coordinar sus flotas. En algunos artículos anteriores ya comenté mi impresión de que las compañías que promovían la movilidad urbana basada en este tipo de vehículos habían llegado para quedarse y que, a pesar de las trabas legales y de la retirada de muchos de sus vehículos por parte de los ayuntamientos, había una cierta tendencia a dar por muertos este tipo de modelos demasiado pronto. En muy poco tiempo, todo indica que, mientras ayuntamientos como el de San Francisco, que en un principio prohibieron este tipo de vehículos y se dedicaron a retirar los que encontraron mal estacionados en sus aceras, siguen pensando en cómo adaptar su legislación para ello, las evidencias a favor de la viabilidad futura de las compañías dedicadas a llenar nuestras ciudades de patinetes se van acumulando.

Además de las compañías citadas en artículos anteriores, como BirdLimeBike o Spin, que están logrando capitalizarse de manera significativa gracias al hambre de los inversores, están surgiendo otras, como Skip, que irrumpen en la llamada “guerra de los scooters” con modelos basados en el cumplimiento de las reglas, así como competidores procedentes de otros ámbitos de la movilidad urbana, como Uber o Lyft, que se apuntan a la idea de lanzar servicios de movilidad multimodal en una San Francisco convertida ya en una especie de laboratorio de la movilidad.

Mientras, los inversores siguen lanzados a una carrera por capitalizar estas compañías: Bird, la compañía creada por el ex-Uber y ex-Lyft Travis VanderZanden, protagoniza una buena parte de ese interés, alcanza ya valoraciones próximas a los dos mil millones de dólares, y se plantea llevar sus patinetes a ciudades europeas. Mientras, Lime consigue captar 250 millones en otra ronda de inversión, como corresponde a un negocio que precisa de importantes cantidades de dinero en la fase en la que se dedica a educar al mercado en el uso de sus vehículos y a aguantar las pérdidas generadas por robos, vandalismo o uso irresponsable. 

Ben Thompson habla ya de una scooter economy, un modelo en el que la movilidad en las ciudades evoluciona, por pura lógica y responsabilidad, a un “todo como servicio”, y las ciudades van experimentando y autorizando volúmenes cada vez mayores, al tiempo que los problemas de robos y vandalismo van pasando a tener una importancia meramente coyuntural. Un modelo similar al de las bicicletas dockless, muy criticado y considerado como supuestamente inviable al ver las montañas de bicicletas abandonadas en numerosas ciudades chinas, que plantea la necesidad de invertir a muy largo plazo para conseguir un cambio en la sociedad, una aceptación de un modelo que puede ofrecer numerosas ventajas y generar a su alrededor todo un ecosistema económico.

¿Problemas y restricciones legales? ¿Robos? ¿Vandalismo? Es habitual que ese tipo de problemas surjan cuando las ideas plantean un determinado grado de disrupción. Sembrar las ciudades de miles de bicicletas o patinetes para que cualquiera los desbloquee con una app y los utilice por pocos céntimos por minuto puede parecer una idea loca, y hacerlo con vehículos eléctricos, que es preciso recoger diariamente para cargarlos, más alocado aún. Sin embargo, dado un volumen adecuado, lo que inicialmente parece una idea loca puede acabar dando lugar a modelos de negocio viables. Y, sobre todo, a ciudades con una movilidad más líquida, más flexible, con más posibilidades a disposición de sus ciudadanos. Si no te ves utilizando una bicicleta o un patinete eléctrico para un desplazamiento corto, no te preocupes: es muy posible que en muy poco tiempo, empieces a verlos como una opción más.

 

IKEA TrådfriSabes que una idea ha llegado a su fase de adopción cuando las señales del mercado te lo indican. Durante más de cuatro años, desde octubre de 2012, llevamos hablando de un producto introducido de manera masiva por Philips: la iluminación inteligente y controlable desde un smartphone u otro dispositivo a través de un puente de comunicaciones, una familia de productos conocidos como Philips Hue. Un rápido vistazo a la página de la compañía ofrece una idea de lo que hablamos, en términos de prestaciones y precios, a aquellos que no lo han probado aún.

En general, la popularidad de las Hue ha ido en aumento: hablamos de un producto con una difusión razonablemente exitosa, que fue considerado en 2012 como Producto del Año por Forbes, y que ha recibido sucesivas actualizaciones por parte de la compañía en 2015 y 2016. La compañía no reporta las ventas individuales de esta categoría de producto sino solo las de Philips Lighting, lo que hace difícil conocer exactamente su nivel de popularidad, pero podríamos asumir que se trata de un producto de relativo éxito en niveles adquisitivos razonablemente elevados, dispuestos a pagar en torno a los dieciocho euros por una bombilla para así poder controlarla remotamente. Hasta hace relativamente poco, esos precios eran sensiblemente más elevados. Como referencia, una bombilla LED de similar potencia en Amazon Basics, estándar y no regulable, cuesta en Amazon Basics en torno a los 4 euros.

El pasado marzo, IKEA lanzó una línea de productos similar, Trådfri (para los fascinados con los nombres en sueco de los productos de la compañía, Trådfri quiere decir simplemente “inalámbrico” :-) y ahora han anunciado su compatibilidad con sistemas como Apple HomeKit, Google Home o Amazon Alexa. En su página en España, podemos observar la similaridad de planteamiento, de accesorios y de opciones, pero también de precio: la bombilla más básica está en torno a los veinte euros. Sin duda, que una marca con la popularidad de IKEA ponga en el mercado una línea de bombillas de este tipo es algo que provocará un pico en su adopción a todos los niveles… pero supone, a su vez, una realimentación de la tendencia a través de una realidad: si Ikea no hubiese lanzado esta línea, estaría arriesgándose a perder su posicionamiento dentro del segmento del llamado “hogar inteligente”, “smart home” o home automation.  Y obviamente, no son los únicos competidores, sino únicamente los que más conocimiento de marca poseen.

¿Qué implica que una marca orientada al gran consumo y con una estrategia de precios tan cuidadosamente planificada como la de IKEA ponga una bombilla inteligente en el mercado a un precio tan similar al de su competidor principal y líder hasta ahora de una categoría que prácticamente creó desde cero? Simplemente, que aunque el precio podrá evolucionar con el tiempo, la adopción ya comienza a acercarse a un punto sin retorno, a lo que los competidores asumen como un primer nivel de madurez del mercado, y que a partir de aquí, la siguiente fase es el despliegue masivo. La convergencia en precios y la – relativa – compresión de los márgenes no son otra cosa que un indicador de la previsión de unas ventas elevadas, lo que quiere decir que en no mucho tiempo, muchísimas personas encenderán y apagarán sus luces con su smartphone o con otros dispositivos a través de una app, creando escenas con diversos tonos de color o agrupando determinadas partes de la casa en función de sus necesidades, en lugar de simplemente apretando un interruptor. Estos indicadores simplemente nos están diciendo algo tan sencillo como que, según los datos de los distintos jugadores en este mercado, “a esta idea le ha llegado su momento”.

Leer las estrategias de los distintos competidores en una categoría en función de su momento de entrada en el mercado o de sus políticas de precios es un ejercicio interesantísimo a la hora de evaluar la curva de adopción de una tecnología. Hasta ahora, las bombillas inteligentes eran simplemente un capricho geek. Pronto, las vamos a ver en todas partes.

 

Caïn (by Henri Vidal, Jardin des Tuileries, Paris) La tecnología define contextos. El contexto en que vivimos está, desde todos los puntos de vista, afectado y condicionado de una manera fundamental por la tecnología que nos rodea, y así ha sido desde los orígenes: el desarrollo de la tecnología que permitió dominar el fuego modificó el contexto en que vivían los hombres de su tiempo y afectó poderosamente a su civilización.

El hecho de ser capaces de gestionar algo que hasta ese momento se consideraba simplemente un fenómeno natural, que surgía espontáneamente y sin control alguno – supuestamente por algún tipo de “intervención divina” utilizada para explicar lo inexplicable –  posibilitó infinidad de usos importantísimos y beneficiosos, como la capacidad de calentarse o de cocinar los alimentos, que afectaron de manera radical y enormemente positiva a las condiciones de vida. Pero obviamente, surgieron rápidamente quienes vieron la posibilidad de utilizar la tecnología como un instrumento para el mal, para aprovecharse de ella, para obtener beneficios personales o para imponerse a otros. A lo largo de la Historia, ambos usos convivieron, aunque algunos fueron, progresivamente, objeto de control: en las sociedades modernas, utilizar el fuego para determinados usos no está permitido, y la ley castiga esos usos entendiendo que aquellos que recurren a ellos no pueden vivir libremente en sociedad. Los incendiarios, los que usan el fuego como arma o los que destruyen propiedades con él son detenidos y pagan sus penas recluidos en la cárcel o, si su trastorno es mental, en las instituciones adecuadas.

Para llegar a ese consenso social, han tenido que pasar muchos años desde que la tecnología fue desarrollada. Largos años en los que la sociedad fue interiorizando el uso de esa tecnología, alcanzando a comprender sus posibilidades, en los que esa tecnología fue probándose valiosa para dar origen a nuevos usos, a nuevos negocios, y también, por supuesto, acabando con algunos otros. De ser algo restringido prácticamente al control del brujo de la tribu, el fuego se simplificó hasta el punto de obtenerse simplemente deslizando un dedo sobre la ruedecilla de un mechero, y a lo largo de ese continuo, también fue normativizándose cada vez más, poniéndose bajo control a medida que la sociedad consensuaba sus usos y los ponía bajo el prisma de la convivencia.

Ese mismo camino, de una manera o de otra, es recorrido por todas las tecnologías. Con mayor o menor velocidad, en función de la importancia de la tecnología, de lo radical de sus efectos, del grado de consenso que genere su aceptación. La tecnología que en su momento se inventó para que los participantes en un entorno determinado compartiesen su comunicación y sus relaciones, aquellas redes sociales que se iniciaron con apariencia superficial en campuses universitarios o que se dedicaban simplemente a compartir información personal, hoy son enormes plataformas que acomodan toda la comunicación humana, en donde miles de millones de personas se relacionan y informan, y todo ello cuando hace tan solo unos pocos años las veían como algo completamente prescindible, cuyo uso debía prohibirse en entornos profesionales, o como un entorno sencillamente frívolo. La tecnología ha avanzado hasta extremos increíbles, pero la interiorización de su uso y sus posibilidades a nivel de consenso social aún dista mucho de haber alcanzado la madurez. De hecho, hoy conviven en la misma sociedad personas que ni se acercan a una red social y la consideran algo completamente prescindible, con otras que las ven casi como la razón de muchos de sus comportamientos, junto con un amplio continuo que ven a unos o a otros como trogloditas o como completa e irremisiblemente alienados.

Las redes sociales poseen muchos aspectos positivos. Su capacidad de democratizar las herramientas de publicación ha cambiado la sociedad en la que vivimos en un tiempo récord, ha permitido que determinados países acabasen con regímenes tiránicos que tenían a los medios de comunicación bajo control – no entro en la evolución posterior de esos eventos – y ha posibilitado que los mapas mediáticos que conocimos durante décadas se hayan redefinido dramáticamente. Pero a medida que ese tipo de usos se han desarrollado, también han aparecido otros usos. A medida que las cabeceras convencionales dejaban de servir como garantía, algunos aprovecharon la difusión que las plataformas sociales podían ofrecerles para difundir noticias falsas, para fines que van desde lo económico hasta lo político, o combinaciones lineales de ambos.

Mark Zuckerberg's death (Ned Newhouse, ‏@Ned_Newhouse, on Twitter)Si interrumpimos la redacción de esta entrada para lamentarnos por la prematura muerte, a los treinta y dos años, del creador de Facebook, Mark Zuckerberg, debido a complicaciones cardiovasculares, seguramente todos sabremos ya a qué nos referimos. Después de todo, devorar kilos y kilos de carne de delfines aún vivos no podía ser una práctica saludable. El hecho de que la propia entrada en la que Mark Zuckerberg anuncia el pronto desarrollo de medidas para luchar contra la desinformación y la circulación de noticias falsas en Facebook apareciese, para muchos usuarios, flanqueada por una noticia falsa que anunciaba la supuesta muerte de Hugh Hefner para tratar de vender productos para la disfunción eréctil proporciona una clara medida de cómo de serio se ha vuelto el problema.

El estudio de BuzzFeed que demuestra que la circulación de noticias falsas en Facebook contra la campaña de Hillary Clinton supero por mucho a la circulación de noticias genuinas no resulta sorprendente: hemos visto cosas similares en elecciones en otros países anteriormente, y si no se hace nada por evitarlo, las seguiremos viendo, con cada vez más profusión. La pérdida de las referencias de fiabilidad – en parte por la inadaptación de los medios convencionales y en parte por su propia caída en desgracia y su venta a intereses de todo tipo – se ha visto acompañada de la aparición de un nuevo medio, las redes sociales, con un supuesto espíritu de “plataforma neutral”, con un ambiguo sistema de valores, amorfo y vagamente definido, que no ofrece garantía alguna y que, en ausencia de otros controles, alimenta a cada uno con aquello que quiere creer, con la creencia que quiere reforzar, con la cámara de resonancia social que necesitaba para justificar sus ideas – por absurdas o salvajes que puedan ser.

Luchar contra la difusión de noticias falsas como si no lo fueran – no contra la sátira, el humor del color que sea o contra la libertad de expresión – empieza, en primer lugar, por entender que es algo necesario. Mientras un porcentaje significativo de la población vea Facebook como una plataforma en la que debe vale todo y en la que eliminar cualquier cosa sea sinónimo de censura, será muy difícil hacer nada que obtenga un cierto consenso social. Además, será preciso combinar medios y sistemas que van desde lo social – peer-review, reporting, métricas sociales de prestigio, etc. – hasta lo tecnológico – machine learning para el reconocimiento de patrones de difusión viral, comprobación contra bases de datos, procesamiento de lenguaje natural, etc. – y que tendrá necesariamente, al menos por el momento, que llegar a la supervisión final de las personas.

No va a ser fácil, y sabemos perfectamente que los que explotan ese tipo de debilidades de la tecnología tienen incentivos sobrados para intentar moverse más rápido que las medidas adoptadas. Pero es preciso hacer algo, porque nos enfrentamos a eso, a un mal uso de la tecnología diseñado para atentar contra la sociedad, para corromper la democracia o para manipular con fines que rara vez podrán ser considerados lícitos. Si las redes sociales se convierten en el nuevo canal de distribución de noticias, habrá que conseguir dotarlas de mecanismos de control similares – o preferentemente, incluso mejores, que para eso le llamamos “avance tecnológico” – a los que teníamos con los canales anteriores. Y ojo: la prensa nunca fue capaz de evitar la creación y difusión de noticias falsas, pero sí las confinó a ámbitos, como los tabloides sensacionalistas, en los que su naturaleza aparecía razonablemente clara. Seguramente, la solución vaya por ahí, por etiquetar las noticias con indicaciones claras que indican su nivel de credibilidad, en castigar a las publicaciones reincidentes con clasificaciones bajas que impidan una difusión masiva, o con crear sistemas de karma que dejen claro la naturaleza de lo que nos encontramos en nuestros muros. En este momento, no lo olvidemos, las noticias falsas no solo no son castigadas, sino que son de hecho premiadas con más seguidores, más likes y más viralidad. Cambiar eso depende no solo de las redes sociales y de sus gestores: depende de todos. Pero al final, las redes tendrán que seguir dando basura al que realmente quiera consumir basura, pero al menos tendrán cierta obligación de indicarle la naturaleza de aquello que consume.

El anuncio filo-nazi aparecido en Twitter o las noticias falsas en Facebook son simplemente un síntoma de algo más amplio: la aparición de personas dispuestas a aprovechar las debilidades de canales prácticamente recién creados, y cuyos sistemas de defensa ante determinadas actuaciones no estaban desarrollados aún. Es el momento de empezar a desarrollarlos.

 

El clic que cambió el mundo - ABC (pdf)

Carlos Manso, de ABC, me llamó para hablar del aniversario del día, 12 de noviembre de 1990, en que Tim Berners-Lee y Robert Caillau desarrollaron la primera propuesta de un hipertexto global, que años más tarde evolucionaría hacia lo que conocemos como la World Wide Web, y ayer publicó su artículo titulado “El clic que cambió el mundo” (pdf), en el que cita algunos de mis comentarios.

Sobre todo, hablamos del fortísimo efecto de la web en la reducción de los costes de transacción y coordinación, lo que ha determinado la aparición de una gran cantidad de modelos de negocio que aprovechan esta circunstancia para plantear modelos que antes del desarrollo de la web, habrían resultado sencillamente imposibles.

Más allá de la idea simplista de “la tienda abierta al mundo”, que solo funciona si tu compañía, tu producto o tu servicio tiene las interfaces, el interés y la capacidad logística para dirigirse a usuarios de cualquier país con una propuesta razonablemente atractiva y competitiva, la idea de reducir los costes de coordinación me resulta mucho más potente. Yo, como ya he comentado en algunas de mis conferencias, recuerdo perfectamente cómo, cuando era un estudiante en Santiago de Compostela y volvía a casa de mis padres en La Coruña los viernes para comer comida de mamá y lavar la ropa, veía cómo varias personas, al salir de la estación de trenes, me ofrecían pensión. Aquella alternativa para rentabilizar un recurso ocioso, la de apostarse a la salida de la estación y ofrecer su producto a quienes salían de ella y tenían aspecto de querer un lugar barato donde quedarse en la ciudad, hoy ha sido prácticamente sustituida por una pujante Airbnb que ofrece simplemente una plataforma para que cualquiera que tenga una casa o habitación, pueda ofrecerla sin necesidad de pasar frío en la puerta de la estación. Lo apliquemos donde lo apliquemos, esa simple característica, la reducción de los costes de coordinación necesarios para poner de acuerdo a oferta y demanda, se ha convertido en el gran cambio que hemos experimentado con la web.

Además, hablamos de cuestiones como el especial comportamiento del consumidor español en cuanto a los procesos de adopción tecnológica, de la importancia de las políticas tecnológicas y el desastre que supone que los políticos españoles solo se refieran a internet para hablar de los supuestos “terribles peligros” que supone en lugar de pensar en las oportunidades que genera, y de la enorme importancia de las plataformas móviles en la internet de hoy.

 

Dividendos digitales - Banco MundialEl informe publicado ayer miércoles por el Banco Mundial acerca del reparto de los dividendos digitales en el conjunto de la sociedad, es decir, hasta qué punto el desarrollo y popularización de internet está modificando la distribución de la riqueza, está generando titulares que tienden a resaltar que lejos de la ecualización esperada por algunos, estamos viviendo una polarización tendente a una mayor desigualdad, con un reparto que tiende a beneficiar a unos pocos.

Las conclusiones del informe, de muy recomendable lectura, apuntan efectivamente a un reparto sesgado de los beneficios aportados por la red. Simplemente algunos ejemplos: el mercado laboral ofrece nuevas oportunidades, pero estas están disponibles únicamente para aquellos que son capaces de aprovecharlas, creando barreras que son difíciles de superar para otros. El sufragio por internet puede incrementar la participación, pero también sesga esa participación hacia los que tienen acceso. Las transformaciones radicales crean brechas digitales que, en muchos casos, excluyen a los menos preparados.

En efecto, en cada revolución, los mejor posicionados para tomar ventaja de ella son aquellos capaces de entender los cambios y de prepararse más rápidamente para ellos. Eso caracteriza, habitualmente, a la parte más privilegiada de la sociedad. A partir de ahí, la fase de difusión de la tecnología va alcanzando otras capas, pero no necesariamente les permite integrarse con la misma facilidad en esa generación de riqueza. Una empresa no la crea cualquiera, un know-how o una titulación no la alcanza cualquiera – a veces, no únicamente por su coste, sino por otros factores, como el lucro cesante u otras barreras de entrada – y unos patrones de uso enriquecedores no son adoptados por cualquiera. Así, muchas capas de la sociedad permanecen al margen de las posibilidades de generación de riqueza que ofrece la red, o las aprovechan de una manera muy escasa.

Internet, como todas las disrupciones, ofrece una perspectiva darwiniana: los que triunfan no son necesariamente los más fuertes o los más grandes, sino los más preparados para adaptarse al cambio. Aunque aplicar la teoría de la evolución de Darwin a individuos sea esencialmente falaz, la analogía funciona: mientras las clases más privilegiadas disfrutan de un acceso anticipado y de un mayor acceso a la preparación necesaria para entender el cambio, el resto ve simplemente cómo los cambios suceden sin integrarse más que cuando percibe una propuesta de valor relevante. Nada, por supuesto, que no hayamos visto en otras disrupciones anteriores: el crecimiento, el empleo y la prestación de servicios se reparte de manera desigual en función de cómo las empresas, las personas y los gobiernos adoptan y hacen uso de la tecnología que genera la disrupción.

En el caso de internet, el error estuvo, muy posiblemente, en vender su desarrollo y popularización como un bálsamo curativo de todos los males del planeta por parte de los que protagonizaron su desarrollo, combinado con una fortísima dosis de escepticismo y conservadurismo en quienes debían adoptar la innovación. En el acceso a internet hay dos variables: la de poder acceder y la de querer hacerlo. Durante años hemos visto ejemplos de actitudes refractarias, de gobiernos, empresas o personas que pudiendo acceder y desarrollarse en la red, han escogido de manera consciente no hacerlo. En otros casos, por supuesto, existen fenómenos de exclusión involuntaria, pero me atrevería a decir que internet, en general, ha contribuido generalmente a hacer descender las barreras de entrada, no a incrementarlas. Pero incrementar las posibilidades no quiere decir, de nuevo, que todos estén preparados para aprovecharlas.

¿Debemos criticar a internet por no haber generado un reparto igualitario de los beneficios que podía generar? La sola idea me parece absurda. Ese reparto no depende tanto de internet y de sus características como innovación, como de las actitudes con las que se ha encontrado en su difusión, en muchos casos recelosas, excesivamente prudentes o abiertamente hostiles. Cuando llevamos ya veinte años de difusión de una innovación, no es mal momento para detenerse y examinar qué problemas ha habido en la misma, y por qué razones los beneficios obtenidos se han distribuido como se han distribuido, y no de una manera más igualitaria. Pero mucho me temo que nos encontraremos no tanto con las características de la innovación como responsables, sino con las características de los que pueden haber sido responsables de sus procesos de adopción. Momento, por tanto, de analizar con perspectiva qué actitudes han impedido que ese valor potencial se convirtiese en realidad, qué hemos obtenido por haber tratado de defender que las cosas se siguiesen haciendo como se hacían antes, y qué se puede hacer mejor de cara al futuro. En cualquier caso, buen material para la reflexión.