Telegram blockedEl Servicio Federal de Supervisión de las Telecomunicaciones ruso, conocido como Roskomnadzor, ordena, tras una vista judicial que duró únicamente 18 minutos, el bloqueo inmediato de la aplicación de mensajería instantánea Telegram, creada por el polémico emprendedor ruso Pavel Durov, así como su retirada de las tiendas de aplicaciones de Apple y Google.

Al encontrarse con que una gran cantidad de usuarios, acostumbrados a los habituales bloqueos de páginas llevados a cabo por su gobierno, evaden el bloqueo a través de proxies o utilizando VPNs, el organismo gubernamental emprende una alocada y absurda carrera por intentar bloquear todos los posibles recursos a través de los cuales supuestamente se pueda conectar con Telegram, y al hacerlo, se lleva por delante más de dieciséis millones de direcciones IP de servidores de Google y Amazon (hay una página para ver ese número en tiempo real), provocando disrupciones en la funcionalidad de todo tipo de servicios, desde juegos online hasta apps móviles o páginas de intercambio de criptomonedas. Los intentos de Roskomnadzor para intentar bloquear Telegram han funcionado como un auténtico ataque de denegación de servicio sobre la internet rusa: gran cantidad de páginas y servicios completamente ajenos a Telegram están bloqueados, en un desmesurado esfuerzo de censura moral llevada a cabo de manera técnicamente ignorante. Y a pesar de todo ello, según el propio Durov, Telegram ha seguido funcionando con relativa normalidad, y la compañía no ha detectado una caída significativa de la actividad de sus usuarios en territorio ruso. Una sola compañía con muy pocos trabajadores está dejando en el más absoluto ridículo al país que muchos dicen temer por su supuesto desarrollo y potencial tecnológico en internet.

¿A qué se debe el empeño por bloquear Telegram a toda costa? La teórica justificación es que la agencia gubernamental solicitó a la compañía una clave universal para descifrar las conversaciones llevadas a cabo a través del servicio, solicitud que fue denegada por la compañía. ¿Qué lleva a una compañía como Telegram, sabiendo a lo que se expone, deniegue esta petición? Pues además del fuerte compromiso de su fundador con la privacidad de sus usuarios, un pequeño problema adicional: no existe tal clave universal. Cada conversación a través de Telegram es cifrada mediante una clave generada aleatoriamente para cada mensaje, y esas claves no están en poder de la compañía. Una circunstancia que ya pudimos ver hace tiempo en Brasil con WhatsApp, pero que mientras en aquel caso parecía deberse a la ignorancia o ineptitud tecnológica de un juez, en este se debe simplemente a la búsqueda de un pretexto para llevar a cabo el bloqueo. Simplemente, el interés por bloquear cualquier canal que pueda, por su diseño o características, escapar al control de la censura gubernamental.

El caso de Pavel Durov, al que algunos consideran “el Mark Zuckerberg ruso”, es especialmente notable: antes de Telegram fue el fundador de VK, la red social más exitosa del país, pero se encontró con que una serie de maniobras turbias protagonizadas por el gobierno ruso le arrebataron el control de su propia compañía. Entre ellas se encontró, el 3 de abril de 2014, el uso de una carta falsa de dimisión que el fundador había escrito con motivo del April Fools que había tenido lugar dos días antes, así como la actuación de algunos inversores que operaban en favor de los intereses del gobierno. Tras su cese, abandonó Rusia sin planes para volver afirmando que el país era incompatible con los negocios en internet, adquirió la ciudadanía de las islas caribeñas de Saint Kitts and Nevis gracias a una donación de $250,000, y se dedicó a una vida nómada, sin pasar más de cinco semanas en ningún sitio, sin posesiones materiales ni inmobiliarias, y coordinándose con algunos directivos de la compañía que viajan con él y con otros que trabajan desde sus países. La motivación para su cese en VK estuvo, según la mayoría de analistas del momento, en su negativa a proporcionar datos de personas que llevaban a cabo algún tipo de activismo a través de su red social. Según Edward Snowden, la respuesta de negativa y resistencia de Durov a las demandas totalitarias del gobierno ruso es la única respuesta moral aceptable, y supone una muestra de liderazgo real.

Ante el bloqueo, Durov ha respondido con toda una declaración de principios: “en Telegram tenemos el lujo de que no nos importen ni los flujos de ingresos ni la publicidad”, y “la privacidad no está en venta, y los derechos humanos no deben comprometerse en función del miedo o de la codicia”. En marzo de este año Telegram afirmaba tener unos doscientos millones de usuarios mensuales activos, con un razonable éxito en países como Corea del Sur, India, España, México o Brasil, y recientemente lanzó una exitosa ICO con la que se calcula que podría haber obtenido más de 1,700 millones de dólares. Si se trata de aguantar sin el tirón del mercado ruso, que supone aproximadamente un 7% de la actividad para la compañía, Telegram, que antes del bloqueo figuraba como la novena aplicación de mensajería instantánea más importante del mundo por número de usuarios, podría tener cuerda para mucho tiempo. Según el propio Durov, incluso aunque perdiese la totalidad del mercado ruso, el crecimiento orgánico de Telegram en otras regiones haría que la pérdida se compensase en tan solo un par de meses. Sin embargo, su compromiso con los usuarios rusos y su privacidad es importante a nivel personal, lo que le ha impulsado a repartir donaciones en bitcoins a personas y compañías que ejecuten proxies socks5 y servicios de VPN. Además, afirma estar dispuesto a donar millones de dólares durante este año a esta causa, y esperar que otras personas e instituciones lo sigan en lo que denomina Resistencia Digital, un movimiento descentralizado que representa las libertades digitales y el progreso a nivel mundial.

Ya hay más direcciones IP bloqueadas que usuarios de Telegram en Rusia, pero Telegram sigue funcionando con relativa normalidad. Una perfecta combinación de sinrazón, burocracia y estupidez. ¿Algo que no supiésemos de Rusia?

 

IMAGE: CC BY-SA 3.0 Nick Youngson / Alpha Stock ImagesLos recientes escándalos de Facebook y la subsiguiente comparecencia de Mark Zuckerberg ante una comisión parlamentaria cuyos integrantes ignoraban incluso los aspectos más básicos de lo que es una red social y lo que su actividad supone, han vuelto a poner de actualidad la discusión sobre la evolución de la privacidad en la sociedad.

Que la compañía esté planteándose la posibilidad de aplicar los nuevos estándares de privacidad definidos por la Unión Europea, el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), a los usuarios de todo el mundo, unido a las reacciones negativas de usuarios norteamericanos afectados o alarmados por el escándalo de Cambridge Analytica, podría llevar al desarrollo de normativas más estrictas de protección de la privacidad en los Estados Unidos, y a una consideración mundial de este tipo de legislaciones más garantistas que tratan de otorgar más protecciones y control a los usuarios.

Sin embargo, otros países tienen, obviamente, otros planes. En India, por ejemplo, el despliegue de Aadhaar, la plataforma de identificación de la población basada en datos biométricos tales como la huella dactilar, la fotografía del iris o los rasgos de la cara progresa de manera constante a pesar de los problemas y los escándalos sufridos, parece estar convirtiendo el país en un escenario completamente orwelliano en el que es preciso identificarse para absolutamente todo, sea comprar comida, hacerse con un smartphone o hacer transacciones financieras. La deficiente respuesta del gobierno del país a las denuncias de falta de seguridad debidas bien a ataques o bien a simple corrupción han generado todo tipo de dudas sobre el funcionamiento de un sistema diseñado originalmente para asignar mejor las ayudas gubernamentales a los segmentos más pobres de su población, pero que a través de su funcionamiento como plataforma, ha terminado por impregnar toda la vida cotidiana de los ciudadanos, en un estado en el que todo lo que hagas pasa a ser conocido inmediatamente por quienes controlan el sistema.

En China, las cosas evolucionan de la misma manera: la construcción de una gigantesca base de datos gubernamental de rasgos faciales conectada con los ficheros de la policía, unida a un enorme despliegue de cámaras y a iniciativas privadas pero accesibles al gobierno como sistemas de rating crediticio empieza a entregar sus frutos: una persona, buscada por delitos económicos, es identificada y detenida cuando acudía a un concierto con sesenta mil asistentes, en una prueba que demuestra el estado del arte obtenido a partir de innumerables pruebas y despliegues en determinadas zonas consideradas conflictivas. Una auténtico sistema de pre-crimen capaz no solo de identificar a posibles delincuentes, sino también de aislar y prevenir cualquier comportamiento disidente. Las primeras reacciones de grupos de ciudadanos demandando más respeto a su privacidad e incluso denunciando a compañías por la recolección de sus datos personales pueden suponer el principio de algún tipo de reacción, pero la combinación entre control de la población y búsqueda de una mayor seguridad y estabilidad parece que abocan a China a convertirse igualmente en una sociedad regida por un Gran Hermano omnímodo y sin limitaciones de mandato.

En Rusia, un tribunal ordena el bloqueo de Telegram tras una vista de únicamente dieciocho minutos, tras negarse la compañía a facilitar al gobierno ruso una supuesta clave de cifrado universal que, además, no existe técnicamente como tal. En el núcleo de la cuestión, además de la privacidad y el interés del gobierno ruso por monitorizar todo tipo de comunicación, pueden estar también los lobbies del copyright, que afirman que en Telegram existen infinidad de canales en los que se lleva a cabo intercambio de materiales sujetos a derechos de autor.

Tres grandes países, India, China y Rusia, unidas a Irán con su halal internet, que persiguen un modelo de sociedad en donde la privacidad no es un derecho, sino un peligro, una amenaza a la estabilidad. Frente a ese modelo, una Europa – y posiblemente en el futuro, unos Estados Unidos – que intentan dotarse de mayores garantías, pero en donde el papel de los gobiernos y de la búsqueda de la seguridad tampoco están en absoluto claro, pudiendo caer en la más absoluta de las hipocresías: protejo teóricamente tu privacidad frente a iniciativas privadas que pretender segmentar la publicidad que recibes, pero como gobierno, te espío por si acaso eres un terrorista o por si puedo influenciar tu voto.

Un modelo en el que está todo claro, en el que los gobiernos no ocultan en absoluto sus intenciones y en el que las libertades individuales pasan completamente a un segundo plano, frente a otro supuestamente garantista pero en el que las cosas tampoco están en absoluto claras. Y no, la alternativa de renunciar a todo lo que huela a tecnología y retirarte a lo alto de una montaña tampoco es realista ni recomendableEntre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja.

 

 

 

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IMAGE: Alexlmx - 123RF

China continúa avanzando, sin el más mínimo complejo, en el desarrollo de la mayor herramienta tecnológica de control social jamás desarrollada por el hombre. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013, el gobernante ha mostrado una fortísima obsesión por el control: ha reforzado los conceptos de unidad interna y disciplina en todo el partido, ha puesto en marcha una enorme campaña contra la corrupción, y sobre todo, ha reforzado la vigilancia de la sociedad civil y el discurso ideológico hasta el límite, lo que incluye la censura en internet como herramienta fundamental.

Bajo Xi Jinping, la censura en China no es ya una cuestión coyuntural o un elemento para controlar la velocidad del cambio: se ha convertido en un rasgo fundamental que caracteriza al país, en un elemento de identidad, en un derecho supuestamente inalienable de mantener su soberanía nacional sobre la red. Xi Jinping afirma el derecho de China a ser diferente, a escoger independientemente su propio camino hacia el desarrollo, su modelo de regulación y su participación en la gobernanza del ciberespacio internacional en igualdad de condiciones. La democracia y la libertad de información no son, para China, una obligación o un objetivo hacia el que hay que evolucionar necesariamente: la libre circulación de los contenidos en la red supone una amenaza a su forma de vida, al régimen que gobierna el país, y a la estabilidad en general. 

Tras el XIX Congreso del Partido Comunista chino, la voluntad de reforzar el control social en el país utilizando todos los medios, más allá de internet, ha quedado claramente reafirmada y sancionada como elemento fundamental en su estrategia y planes de futuro. La inversión en tecnología ha llevado a la construcción de la mayor base de datos biométricos del mundo, que ahora, además de desplegarse en las más de 176 millones de cámaras que controlan el territorio – que pretenden llegar hasta los 626 millones en los próximos tres años y que cubren ya, por ejemplo, el 100% del área urbana de Beijing – se extiende incluso a las gafas que llevan sus policías, capaces de simplemente enfocar a una persona y obtener sus datos. La vigilancia se extiende también a la red telefónica, con la mayor base de datos de huellas de voz para identificar a sus ciudadanos en una simple conversación, y a cualquier otro ámbito mediante otra base de datos de registros de ADN.

A esas iniciativas gubernamentales se unen, además, otras iniciativas privadas que colaboran con el estado: todos los ciudadanos reciben una puntuación en función de factores que van desde su consideración crediticia hasta sus actitudes con respecto al gobierno, puntuación que, además, es objeto de esquemas de gamificación: la puntuación de una persona puede verse afectada no solo por sus acciones, sino también por las de aquellos que le rodean, familiares o amigos, lo que de hecho convierte cualquier actitud crítica o disidente en un problema no solo para la persona sino también para su círculo de influencia, llevando rápidamente al aislamiento social de quienes la manifiesten. Además, el uso de herramientas tecnológicas para desplazarse, pagar, relacionarse o llevar a cabo todo tipo de acciones se ha convertido en tan ubicuo, que nadie puede plantearse no utilizarlos, por una cuestión de conveniencia y comodidad, de no convertirse en “un raro” o, directamente, en un sospechoso.

La privacidad, en China, no es un derecho, sino una amenaza. Los ciudadanos viven bajo una vigilancia permanente destinada a mantener la estabilidad. Por mucho que algunas de esas iniciativas privadas generen tímidas reacciones en contra  (las gubernamentales ni se plantean), el país tiene claro que su sistema no es un error o un problema, sino una característica que está dispuesto a defender como parte de su idiosincrasia, como un elemento fundamental en su estrategia. Las generaciones más jóvenes, a la vista del éxito económico que el país está obteniendo y tras haber nacido y crecido en un entorno de rígido control de la información crítica, ya no dudan, y se han convertido en entusiastas defensores de su gobierno, que patrullan las redes e intentan aislar y convencer a los que manifiestan actitudes mínimamente críticas.

Es, sencillamente, un planteamiento diferente de sociedad, en el que cuestiones que en Occidente consideramos derechos fundamentales desaparecen en aras de un beneficio supuestamente mayor, en donde el control social se convierte en la auténtica herramienta política. Pero un planteamiento, además, enormemente exitoso y eficiente, que el país pretende además extender en el futuro al resto del mundo. Durante mucho tiempo, la mayor parte de los países del mundo han evolucionado para considerar la democracia como un valor fundamental en sus sociedades y en su forma de gobierno, como un requisito indispensable: el éxito y la ambición de China y su defensa de estrategias de control social como una vía alternativa suponen, ahora, el replanteamiento más importante de esa idea de cara al futuro.

 

IMAGE: Peter Ksinan - 123RFSoy consciente de que en ocasiones vuelvo sobre algunos temas de manera cuasi-obsesiva, y el desarrollo de China en la era tecnológica es uno de ellos: cuando veo nuevos elementos que añaden datos a cosas que he comentado anteriormente, no puedo evitar volver a plantear una reflexión sobre ellos.

Algunas noticias recientes permiten añadir a lo comentado recientemente sobre los experimentos sociales de China en la provincia de Xinjiang con la monitorización total y masiva de su población, y sobre todo, dan una idea de la velocidad con la que los cambios se están produciendo en el gigante asiático: WeChat, el sistema de mensajería instantánea creado por Tencent, avanza para convertirse en el método de identificación electrónica oficialmente adoptado en el país, con el que poder hacer absolutamente de todo, desde intercambiar mensajes hasta pagar, pasando por alquilar vehículos, encontrar personas a tu alrededor, pagar facturas, recargar tu smartphone, encargar comida, solicitar una cita con un médico, pedir un visado, consultar registros gubernamentales, etc.

La idea la conocíamos todos los que de manera regular viajamos a China o mantenemos contacto con personas que lo hacen: el avance de WeChat para convertirse en la auténtica herramienta para todo llamaba cada vez más la atención, con todo lo que ello conlleva a la hora de definir tanto lo que se puede como lo que no se puede hacer: la actividad de WeChat está completamente monitorizada por el gobierno, y son múltiples los casos en los que se han registrado detenciones o encarcelamientos derivados de opiniones expuestas a través de la herramienta. Ahora, al incrementar cada vez más su papel, WeChat pasa a ser la auténtica herramienta de control ciudadano: todo lo que hagas será conocido y registrado por el gobierno, que alimentará con ello un social credit system de todos sus ciudadanos. El uso de WeChat para este tipo de funciones se vende, en principio, como un sistema para reducir problemas derivados, por ejemplo, del fraude en la red, al reforzar los sistemas de identidad con su propia tecnología de reconocimiento facial, pero a nadie escapan las fuertes y obvias connotaciones que tiene como sistema de control.

Al mismo tiempo, lo que en su día fue el llamado 50cent army, la enorme legión de comentaristas y supervisores en la red reclutados y pagados por el gobierno para verter opiniones favorables al partido y para identificar posibles disidentes, ha sido progresivamente sustituido por personas que ya no necesitan ser pagadas, como afirmaba el tópico, a cincuenta céntimos por entrada. Ahora, hablamos de jóvenes nacionalistas que no actúan por dinero, sino por pasión, por convencimiento pleno y orgullo nacional, un ejército infinitamente más peligroso que cuando estaba compuesto simplemente por mercenarios que recurrían a esa actividad para ganarse la vida. Un ejército de trolls convencidos, enfervorecidos y dispuestos a hacer lo que haga falta para preservar el honor de su país y sus líderes, una verdadera guardia nacional en la red. Varios de mis alumnos o conocido chinos me han comentado acerca de este cambio, y de cómo la juventud china, nacida y crecida en un régimen que impone un severo control a las opiniones y al pensamiento, se han convertido en defensores de cuestiones como la censura: cuando el gobierno declara la prohibición de las VPN, su mayor problema no es el que se impida su acceso a contenidos sobre democracia o derechos fundamentales, sobre los que no tienen la más mínima curiosidad ni interés, sino el no poder acceder a páginas con historias sobre algunos de sus ídolos occidentales.

Todo ello, en un país que además de avanzar cada vez con paso más firme de cara a las tecnologías del futuro, se dedica a construir el futuro completamente por su cuenta, copiando y versionando descaradamente las ideas que le parecen interesantes, e impidiendo el acceso de la competencia extranjera a su mercado, con el fin de proporcionar una sólida base a las compañías bajo su control, que después salen de China a la conquista del resto del mundo. Sí, el acrónimo BAT que identifica a Baidu, Alibaba y Tencent, las tres compañías más importantes en la internet china, es aún mucho menos conocido que GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), pero para nada menos importante o con menos proyección de futuro. China no tiene ningún interés en virar hacia un nivel de democracia mayor, sus ciudadanos tampoco parecen tenerlo, y está construyendo un sistema próspero y floreciente que niega algunos de los elementos fundamentales y básicos en el mundo occidental. En el ascenso al liderazgo mundial de China hay muchos aspectos que deberían preocuparnos seriamente, a poco que tengamos una mínima conciencia de la importancia de cuestiones como la democracia o los derechos fundamentales. Y a la velocidad que va China, cada día más.

 

IMAGE: Vasin Leenanuruksa - 123RFArtículo de muy recomendable lectura en The Wall Street Journal, titulado Twelve days in Xinjiang: how China’s surveillance state overwhelms daily life: el periódico envió un equipo de investigación a la región autónoma de Xinjiang, la provincia más grande al noroeste del país, de mayoría uygur y protagonista de recientes conflictos secesionistas. En esta provincia, amparándose en la posibilidad de atentados y tensiones, el gobierno chino ha desplegado de forma experimental la mayor cantidad de tecnologías disponibles de vigilancia y control de la población, convirtiéndola en un auténtico laboratorio.

La lectura resulta impresionante: el nivel de información solicitado a los residentes, que deben inscribirse en bases de datos gubernamentales con todo tipo de detalles sociodemográficos que incluyen etnia, creencia religiosa, nivel de educación religiosa, número de veces a la semana que se practica el culto, empleo, pasaporte, número de viajes y contactos en el extranjero, edad, situación de estabilidad social, familiares detenidos, etc., unido a la presencia de sistemas de identificación biométrica utilizados en todo el territorio para todo tipo de situaciones comunes, desde simplemente caminar por la calle hasta comprar bienes o servicios. Sistemas que escanean rostros y matrículas de vehículos, a los que se une una fuerte vigilancia del contenido de los smartphones y otros dispositivos. Simplemente adquirir un cuchillo exige que el vendedor, que está obligado a poseer una máquina de impresión láser para poder venderlo legalmente, inscriba sobre la hoja del mismo un código QR con la identificación del comprador.

Relatos de la vida de ciudadanos en una sociedad que recuerda poderosamente al “1984” de George Orwell, y que refleja los importantísimos avances en este sentido que el gobierno del país está siendo capaz de llevar a cabo de cara al establecimiento de un férreo sistema de control de la población, avances que se ven también reflejados, dada la patente ausencia de legislación en este sentido, por iniciativas del sector privado como las que tienen lugar en la industria del crédito al consumo. Una sociedad en la que todo lo que haces, sea en la red o fuera de ella, es recogido, analizado y procesado para entender quién eres y qué pretendes: si paseas por la calle o circulas por la carretera en tu coche, una cámara recogerá tu cara o tu matrícula y te identificará en menos de tres segundos, para construir un detallado mapa de tus hábitos, tus movimientos y asociarlos con tu comportamiento en la red, en donde una legión de personas se encarga de eliminar todo vestigio de disidencia y reafirmar las creencias y las líneas marcadas por el gobierno.

Evidentemente, China no es una excepción en este tipo de temas. En prácticamente todas las sociedades occidentales vivimos un avance de las tecnologías de vigilancia derivada del desarrollo de una cultura del miedo, que se pretende justificar mediante la lucha contra enemigos como el terrorismo, la pornografía infantil o la protección de los derechos de autor, como se vive también en determinadas teocracias árabes. El problema no es, como tal, la progresiva implantación de estas tecnologías, sino el hecho de que su progresivo desarrollo esté en manos de quienes en ningún momento se han planteado la necesidad de un sistema de poderes y contrapoderes que ponga su uso bajo un cierto nivel de control. La tecnología está pasando de ser la supuesta plataforma sobre la que construir un sistema más libre e igualitario, para pasar a ofrecer al poder establecido la posibilidad de mantenerse y luchar contra todo aquello que considere una amenaza.

Sin duda, Xinjiang es un laboratorio, un experimento interesantísimo como tal. Experimentar las condiciones de vida en un territorio así, incluso asumiendo que esté sometido a tensiones y amenazas, es fundamental para saber a dónde queremos o no queremos ir como sociedad. Gobiernos democráticos, llevados por la idea de que las libertades solo pueden construirse en un entorno que elimine determinadas amenazas, parecen estar siguiendo la tendencia marcada por regímenes no democráticos, y llevándonos a un futuro en el que la visión ofrecida por Xinjiang no es necesariamente privativa de China y de otras sociedades totalitarias, sino de todo el mundo. Una visión, además, que parece evolucionar sin ningún tipo de consenso social, sin un proceso de toma de decisiones colectivo que nos haga conscientes de hacia dónde nos estamos dirigiendo. Cuando le entendamos, es posible que sea demasiado tarde.