Google Images button announcementEn el contexto de un juicio por temas relacionados con la propiedad intelectual, sin duda una de las cuestiones más profunda y disfuncionalmente inadaptadas a la era digital que existen, Google tomó la decisión de llegar a un acuerdo extra-judicial con el denunciante, Getty Images, y eliminar ciertas funciones de su búsqueda de imágenes, Google Images, que eran utilizadas de manera habitual por muchísimos usuarios. Concretamente, Google eliminó un botón que permitía ver una imagen de manera inmediata como resultado de una búsqueda, y la posibilidad de buscar más copias de esa imagen con otros posibles tamaños, similares, etc. En menos de dos días, un desarrollador ha ideado la manera de volver a recrear esas funciones mediante una extensión en el navegador. Si quieres poder seguir utilizando Google Images tan cómodamente como lo hacías hasta ahora, ya sabes lo que tienes que hacer.

La eliminación de botón de Google Images constituye un caso claro de innovación negativa. Se debe, simplemente, a las protestas de Getty Images, uno de los comercializadores de galerías de imágenes en la web, que aducía que, en numerosas ocasiones, ese botón era utilizado para la descarga de esas imágenes y su reutilización sin licencia, lo que constituía una violación de la propiedad intelectual. Con la modificación, Google obliga ahora a visitar la página que contiene la imagen, lo que teóricamente permite a esa página exhibir las condiciones de uso de la misma. Google ya situaba en Google Images una advertencia de que las imágenes mostradas podían estar sujetas a derechos de propiedad intelectual, advertencia que ahora se ha situado, además, de manera más prominente.

¿Cuál es la función de un buscador de imágenes? Muy sencillo: buscar imágenes. Sin duda, Google Images es un gran producto: permite encontrar una imagen con facilidad de manera directa o inversa, y muchos usuarios lo utilizamos de manera habitual. Los cambios planteados simplemente convierten determinadas funciones en un proceso más incómodo, añaden pasos suplementarios o generan leves dificultades en el proceso. No van más allá de eso, pero el problema no está en el hecho, sino en su significado: teniendo algo que funciona de maravilla, Google decide estropearlo y convertirlo en más incómodo simplemente porque una compañía les está denunciando porque algunos usuarios pueden utilizar el producto para descargar imágenes sobre las que tienen derechos.

La cuestión es tan profundamente estúpida y disfuncional, que creo que merece una reflexión sobre el tipo de web que estamos creando. En la web, toda imagen que ves en tu navegador se ha descargado a tu ordenador, y toda imagen que veas en pantalla puede, además, ser capturada mediante un procedimiento simple, una combinación de teclas. Tanto Getty Images como Google, obviamente, saben esto perfectamente. Cuando toman conscientemente la decisión de estropear funciones de búsqueda de Google Images y convertir con ello Google Images en un buscador peor, con menor funcionalidad, lo hacen sabiendo perfectamente cuántos usuarios recurren a esa función todos los días. Y aún así, deciden llevarlo a cabo, simplemente porque “alguien puede hacer algo” y a Getty Images no le gusta que lo hagan. Se puede seguir haciendo porque en el fondo todos sabemos que la web funciona así, pero dado que no se puede impedir, pretenden al menos que sea más incómodo.

¿Quién gana qué con una decisión así? ¿En qué momento compensa a alguien  eliminar esa función, sabiendo además como sabemos que en un plazo breve, volverá a estar disponible para quien la necesite mediante algún tipo de procedimiento desarrollado por algún usuario? ¿Pretenden de verdad iniciar una carrera absurda persiguiendo ahora a quienes desarrollen ese tipo de extensiones, o demandando a Google que las elimine de su catálogo (lo cual no conseguiría nada, porque se podría instalar desde otra página)?¿Simplemente pretenden que descargar imágenes sea marginalmente más difícil, para así poder vender que han conseguido una reducción del número de usuarios que lo hacen? ¿Que únicamente puedan hacerlo aquellos que tienen la mínima cultura necesaria como para saber instalar una extensión en un navegador? ¿Qué extraña lógica poseen compañías como Getty Images? Si tu negocio consiste en impedir que otros accedan a una serie determinada de bits en internet, tu negocio en realidad no existe, es solamente una ficción inadaptada. La web no funciona así.

Si quieres impedir que otros utilicen tus imágenes poniéndoles una marca de agua, tienes un problema: los que adquieren los derechos de uso de esas imágenes tienen derecho a ponerlas en sus páginas – para eso han pagado por ellas – sin esa marca, y las imágenes podrán ser descargadas de esas páginas sin ningún tipo de problema (pocas cosas hay más patéticas que los intentos de evitarlo técnicamente). Seguramente, sabrán que al hacerlo están violando unos derechos de propiedad intelectual, pero dado que la propiedad intelectual es tan patéticamente absurda en los tiempos que vivimos, tan profundamente inadaptada a internet, y es muchísimo más una manera de proteger al intermediario que de proteger al creador, es más que posible que les dé lo mismo. La cuestión es muy sencilla: quien quiere descargarse una imagen en internet, puede hacerlo. Siempre. Tu única esperanza como explotador de derechos de propiedad intelectual es conseguir que, aunque pueda, no quiera hacerlo.

Utilizar una imagen en una presentación o en cualquier otro sitio con una marca de agua sobre ella, o torpemente disimulada mediante un programa de edición es algo habitualmente considerado impresentable. Quien quiere violar la ley – por estúpida que la ley sea – y utilizar esa imagen en cualquier caso, o buscarse las vueltas para encontrarla sin esa marca de agua, puede hacerlo. Y lo que resulta profundamente absurdo y disfuncional es rediseñar un servicio bueno en función de lo que algunos podrían hacer con él, perjudicando así al resto de usuarios que simplemente pretendían utilizar ese producto. Lo comentamos hace poco cuando hablamos de la nueva tienda de Amazon sin cajeros: es teóricamente posible que alguien vaya a esa tienda pretendiendo robar un producto, y es teóricamente posible que, a pesar de la existencia de cámaras y sensores, lo consiga. ¿Quiere eso decir que deberíamos rediseñar toda la tienda y ofrecer a los usuarios una experiencia peor, subóptima, para evitar que algunos puedan robar? No. Lo que hay que hacer es asumir que nuestros usuarios, por defecto, no son ladrones, sino personas normales. Si diseñas tu producto y tu experiencia de usuario para casos marginales, lo harás mal.

Por muy anecdótico que nos parezca el detalle, planteémonos si con acciones como la de Getty Images se consigue algo. Y si Google realmente hizo bien eliminando el botón en cuestión. Desarrollar y afinar el sentido común es posible que lleve algún tiempo. Pero tras más de veintiocho años de web, deberíamos ir adquiriéndolo…

 

Life killsVivimos tiempos exponenciales, y la mente humana es muy mala intentando proyectar o imaginar ese tipo de progresiones y sus consecuencias. Uno de los reflejos más claros de ese problema puede verse reflejado en la peligrosa corriente actual que imagina la tecnología como algo peligroso y nocivo, como un factor del que las personas tienen que protegerse sea como sea, para evitar sus potenciales efectos negativos.

La tecnología, algo cuyo desarrollo es inherente al género humano y que le permite definir en gran medida el entorno que le rodea, tratada de repente como si fuera algún tipo de sustancia nociva, como un alcaloide, como un problema, como algo a lo que debemos adherir rápidamente una etiqueta de advertencia, definir sus efectos secundarios, racionar su uso. Un grupo de accionistas de Apple escribe una carta abierta a la compañía, Think different about kids, en la que la conmina, desde la posición que otorgan dos mil millones de dólares en acciones, a rediseñar sus terminales para evitar los, según ellos, efectos perniciosos que provocan sobre los niños, y que van desde distracciones, hasta depresión o incluso un mayor riesgo de suicidio.

La compañía, como no puede ser de otra manera cuando las cosas surgen de esa manera, contesta proponiendo futuras mejoras en sus controles parentales, que permitan a los padres ejercer un nivel de granularidad superior sobre el uso que hacen sus hijos de sus smartphones. Otros, como Tristan Harris, comparan nuestros smartphones con máquinas tragaperras, afirman que ejercen sobre nosotros una atracción adictiva, y nos recomiendan poner su pantalla en modo escala de grises para, supuestamente, combatirlo, una solución cuyos efectos no parecen ser en absoluto concluyentes. Algunos llegan al punto de afirmar que herramientas como Facebook deberían regularse del mismo modo que se regula a la industria del tabaco. Otros estudios afirman que el tiempo de uso de internet se ha elevado desde las 3.3 horas semanales en el 2000, hasta las 17.6 actuales, y lo presentan como una evidencia de problemas que afectan a nuestra vida social y relaciones, o que los niños “adictos a sus smartphones” no son tan felices como los que practican deportes y se relacionan “en la vida real”. Vivimos, definitivamente, una época de resaca tecnológica, una de esas vueltas del péndulo que siguen habitualmente a las fases de adopción: un fenómeno que hemos vivido ya en otras ocasiones, pero del que no parece que nadie alcance a aprender nada.

Por favor, por favor, por favor… ¿podemos dejarnos de estupideces? Todo, absolutamente todo, es susceptible de provocar efectos negativos si se consume de manera excesiva. La frase es clara y de Shakespeare: “too much of a good thing”. El problema es que se aplica sin pensar, en base a estudios no concluyentes o no científicos, en función de percepciones individuales o de evidencias puramente anecdóticas. No, no es cierto que la tecnología actúe como una droga: a todos nos gusta recibir muchos “Likes” cuando publicamos algo, y sí, puede generarse algo similar a la dopamina en nuestro organismo, pero eso no es más adictivo que cuando te gusta llevar a cabo cualquier otra actividad, no tiene nada que ver con las alteraciones que provocan determinadas drogas, por mucho que el concepto pueda resonar razonablemente bien con nuestra experiencia. No, no hablamos de drogas, hablamos de factores que definen el entorno en que vivimos. Tratar factores que definen el entorno como si fueran drogas que precisan advertencias, pegatinas y precauciones es completamente absurdo, y supone una nueva exageración en la sobreprotección. Mi generación acabó harta de escuchar que veíamos demasiado la televisión y que eso nos convertiría en vete-tú-a-saber-qué… y aquí estamos. La tecnología no es el tabaco, y la adicción a la tecnología no ha sido aceptada, y con mucha razón, por ninguna asociación mínimamente seria de psicólogos. Dejemos de poner en la biología responsabilidades que nos corresponden a nosotros: si tu hijo se deprime, no será por culpa de que utilice mucho su smartphone: la culpa será mucho antes de unos padres que renunciaron a hablar con él, a educarlo o a interesarse por lo que hacía, y pensaron que era normal que el papel de los padres lo jugase un dispositivo o una tecnología.

El problema, nos pongamos como nos pongamos y seamos o no accionistas de Apple, no está en los dispositivos, ni en las redes sociales, ni en internet. Demonizar la tecnología es simplemente la última válvula de escape para quienes hacen las cosas mal. Por supuesto que el que un niño utilice su smartphone sin parar, sin hacer otra cosa y a todas horas, que no hable con sus padres durante la cena, que no llegue siquiera a mirar a la cara a sus abuelos cuando va de visita o que deje de salir a la calle o de hacer deporte para pasar más tiempo ante la pantalla es malo. ¿De verdad alguien necesitaba que se lo dijesen? ¿Cómo de imbécil hay que ser para no darse cuenta de ello? Pero el problema no está en el smartphone del niño, ni se soluciona poniéndolo en monocromo o creando más controles parentales: está en la educación. Los controles parentales solo sirven para que los padres abandonen su responsabilidad en favor de una casilla en un formulario. Repito lo que ya he comentado en muchísimas ocasiones: el smartphone tiene que ser administrado con sentido común, como cualquier otra cosa. Si nunca dejamos a nuestros hijos jugar a todas horas, comer dulces a todas horas o hacer muchísimas cosas sin control, ¿qué nos lleva a permitirles que utilicen el smartphone a todas horas sin ningún tipo de control? No, no son “nativos digitales”… si efectivamente saben más que sus padres sobre el uso de la tecnología, es simplemente porque sus padres no se han interesado lo suficiente en ella y han decidido comportarse como unos irresponsables, porque la tecnología como tal es extraordinariamente sencilla de utilizar.

Lo que los niños tienen que hacer no es pasar menos tiempo ante la pantalla, sino pasar más. Lo que ocurre es que el tiempo de pantalla no es unívoco, no todo el tiempo de pantalla es creado igual. No es lo mismo pasar tiempo ante la pantalla haciendo estupideces o jugando a juegos banales, que utilizarlo para cosas constructivas, para aprender o para desarrollar determinadas habilidades que pueden resultar clave en el futuro. Permitir que nuestros hijos utilicen redes sociales no es malo, pero no tener ni idea de lo que hacen en ellas, de con quién se relacionan o si de las usan como idiotas, sin control o en busca del “Like” a costa de lo que sea es una receta segura para terminar teniendo problemas de todo tipo. Por favor, ¿podemos actuar como adultos responsables, y no como imbéciles que necesitan etiquetas pegadas en todas partes previniéndolos de cuestiones obvias? El mayor peligro para los niños no es pasar mucho tiempo con un smartphone o en internet. El mayor peligro es no tener acceso a un smartphone o a internet, y no poder prepararse adecuadamente desde pequeños para el entorno en el que van a vivir.

Aún recuerdo la sensación que me produjo la primera vez que, en mi primer año de vida en los Estados Unidos, alguien vino a mi casa con una planta, una Flor de Pascua de brillantes hojas rojas, y en la maceta venía adherida una etiqueta de advertencia que decía “not for human consumption”. ¿De verdad alguien podía pensar que de alguna manera esa planta podía ser un alimento? ¿De verdad alguien había sido tan imbécil como para comérsela, había sufrido algún tipo de efecto secundario y había denunciado a la compañía que la vendía? ¿De verdad éramos tan idiotas como sociedad como para que esa etiqueta fuese necesaria? Estamos haciendo exactamente lo mismo: poner a Facebook, o a un smartphone, o a todo internet una etiqueta de precaución es, simplemente, evidenciar un fracaso como sociedad: somos demasiado idiotas como para entender lo obvio, como para controlar factores de nuestro entorno completamente ubicuos, omnipresentes y con muchas más ventajas potenciales que inconvenientes.

Pedir a Apple que, supuestamente por responsabilidad social corporativa, nos diga que sus smartphones son peligrosos y diseñe formas de que los niños los usen menos es una barbaridad. No, los smartphones no son peligrosos. Los que son peligrosos son los padres que carecen de sentido común, y sobre todo, los que pretenden que sean las empresas tecnológicas los que solucionen sus carencias, su ineptitud y su ausencia de responsabilidad a la hora de educar a sus hijos.

Vivir mata. Dentro de poco, alguien en su lecho de muerte denunciará a su gobierno, o a quien se le ponga en las narices, por no haber sido convenientemente advertido, y nos pegarán una etiqueta como esa en la frente para que lo tengamos presente. Y lo peor, alguien lo verá como un gran avance social y pensará que así estamos mejor. ¿Podemos, por favor, madurar como sociedad?

 

Burger King and Google Home stupid adLa cadena de comida rápida norteamericana Burger King ha tenido una idea: han diseñado un anuncio para ser programado en prime time, en el que un locutor pronuncia la frase “OK Google, what is the Whopper burger?” de manera completamente intencionada, con el fin de provocar que los dispositivos Google Home, un asistente de voz presente en varios millones de hogares norteamericanos, respondan a la pregunta leyendo el artículo de Wikipedia con las características del famoso producto. La compañía ha ido incluso más allá: ha editado el artículo de Wikipedia para que resulte prácticamente un anuncio.

En este momento, Google, que no había sido consultada, ya ha desactivado la respuesta de su dispositivo a la pregunta formulada en el anuncio, el artículo de Wikipedia ha sido revertido a su versión anterior y su edición ha sido bloqueada, pero resulta interesante detenerse a pensar cuánto de malo, de absurdo y de insostenible hay en la mentalidad de una compañía que diseña un plan así. Interferir voluntariamente en un dispositivo que millones de personas tienen en su casa, para que se ponga a leer en voz alta las características de un producto, cuando previamente la compañía ha editado – o debería decir “saboteado” – una página en una enciclopedia que expresamente establece que no debe ser utilizada como vehículo de marketing.

Pero si crees que Burger King es pionera por tener una idea así, abandona la idea: la propia Google ya probó anteriormente a introducir en su dispositivo un mensaje que, el día del estreno de la nueva versión de “La bella y la bestia”, introducía, se supone que a modo de experimento, un anuncio de la película cuando el usuario le preguntaba por la agenda del día.

Hasta ahora, un incidente de este tipo solo había ocurrido de manera accidental, cuando la voz de un locutor en un boletín de noticias desencadenó que muchos dispositivos Amazon Echo intentasen encargar una casa de muñecas. Que ahora ocurra de manera intencionada prueba dos cosas: una, que estamos utilizando, como auténticos aprendices de brujo, tecnologías que aún son muy susceptibles de ser manipuladas, saboteadas o retorcidas, generando en ocasiones efectos que pueden ser difíciles de prever. Dos, que los directores de marketing pueden llegar a ser tan profundamente imbéciles e impresentables como para diseñar estrategias que no solo son completamente intrusivas y susceptibles de convertirse en una molestia para sus clientes, sino que además, carecen completamente de cualquier idea relacionada con la sostenibilidad. ¿En ningún momento se le ocurre a la marca lo que ocurriría si esa misma técnica, esa “travesura”, pasa a ser utilizada por otras cien marcas más? En los círculos del marketing, ese director será aclamado por “ser tan ingenioso”, por “transgredir” y por lograr un montón de menciones en medios con su ocurrencia. Pero la gran verdad es que se trata de un perfecto imbécil, que merecería ser puesto en la calle, que ha conseguido molestar a un montón de clientes y que nos ha hecho plantearnos si el dispositivo en cuestión, un asistente personal pensado para proporcionar un servicio al cliente, va a llenarse a partir de ahora de anuncios basura que el usuario no podrá controlar. 

La quintaesencia del marketing actual es intentar romper la propuesta de valor de una herramienta incluso antes de que hayamos empezado a utilizarla. Hoy, nos parece normal recibir llamadas de teléfono de empresas intentando, con argumentarios escritos que tratan de recoger cualquier posibilidad de fuga y refugiándose en nuestra buena educación, vendernos productos de todo tipo que no queremos comprar. Nos parece normal que haya que rechazar sistemáticamente toda llamada sin identificar, como si fuese lógico que esas compañías tuviesen “derecho” a molestarnos e importunarnos de esa manera. Todos los días, ejércitos de vendedores a domicilio asaltan las casas de miles de personas intentando ofrecerles supuestos contratos “ventajosísimos” para que se pasen a tal suministrador de gas o de electricidad, y que lo que es peor, obtienen su botín habitualmente a costa de viejecitos desinformados que no esperaban ser engañados. ¿Para qué plantearse la sostenibilidad de la relación con el cliente, si total, es viejecito y se va a morir pronto?

La gran verdad es que ese tipo de prácticas carentes de toda ética, la venta telefónica outbound y la venta a domicilio, deberían ser sistemáticamente prohibidas sin excepción, y que las compañías que las utilizan merecerían ser eliminadas de las listas de preferencia de cualquier consumidor con dos dedos de frente. Pero aquí seguimos, y el imbécil del director de marketing de Burger King es incluso posible que se convierta en una celebridad reciba algún premio. Enhorabuena, campeón. Sigue así.

Der Spiegel cover on TrumpComencé a escribir para mi columna en El Español sobre la primera semana de Trump atraído por el tema de su gag order, de la ley mordaza que dictó prohibiendo a los funcionarios de las agencias gubernamentales que compartiesen información por cualquier medio sobre el problema del cambio climático, incluidas redes sociales, y sobre cómo esa orden estaba llevando a esos funcionarios, a los que planteaba un auténtico conflicto ético, en la situación de filtrar información anónimamente a los medios, de desobedecer la orden, o a rebelarse contra ella creando cuentas alternativas no supervisadas por la Administración.

A poco de comenzar a documentar el tema, me di cuenta de que no podía escribir sobre ello. Que la cuestión no era si Trump emitía una ley mordaza, levantada poco después por algún funcionario con escrúpulos y sentido común, sino las obvias muestras que daba, analizando tan solo su primera semana en la Casa Blanca, de ser un perfecto imbécil. Un imbécil de libro, de esos que cuando los ves, solo puedes opinar que lo son. Un tipo de vocabulario extraordinariamente limitado, incapaz de formar frases coherentes, que no lee libros, y que cree que los problemas desaparecen simplemente eliminando una página web. ¿Al presidente le molesta que el español sea el segundo idioma en los Estados Unidos? No hay problema, eliminamos la página en español de la web de la Casa Blanca y ya está, problema solucionado. Como no lo veo, ya no existe. Como el cambio climático tampoco existe y es “un invento de los chinos“, eliminamos toda mención al fenómeno en nuestra web, cancelamos los programas de investigación financiados por el gobierno, y prohibimos a los científicos que hablen de ello. Como la existencia de gays, lesbianas, bisexuales o transexuales le resulta molesta, quitamos la página, eliminamos toda mención al tema, y ya está, problema resuelto.

No, el problema no es que el presidente de los Estados Unidos no emocione a nadie en su proclamación porque solo sabe repetir absurdas frases cliché y falsedades, que no congregue multitudes, que no sea capaz de conseguir a ninguna estrella mínimamente conocida para que actúe, que contrate figurantes para que aplaudan como posesos, o que después se desmoralice por lo que dice la prensa y ordene a su portavoz que mienta. Que inicie una guerra contra la prensa es grave, porque la prensa se supone que debe ser uno de los contrapoderes que equilibren la balanza en una democracia, pero lo verdaderamente grave no es todo eso. Que no sea capaz de entender que un arancel del 20% sobre las importaciones mexicanas es algo que, económicamente, no tiene sentido y es un dinero que paga de su bolsillo el consumidor norteamericano es grave, sí… pero ni siquiera eso es lo más importante.

Lo importante es que es un imbécil. De esos imbéciles que imponen una tasa arancelaria porque así legitima con una estupidez la estupidez anterior que dijo en un mitin, y las consecuencias le traen completamente sin cuidado. Que construye un muro porque dijo que lo iba a hacer, aunque en realidad ya hubiese un muro y ampliarlo no resuelva absolutamente nada. Lo importante es el símbolo, la parafernalia, la demostración de poder, el gesto mediático, el detalle folclórico. El político más superficial, infantil y peligroso que hemos visto en toda la historia, al mando del país más poderoso del mundo. Un país con mucho que perder. Pero es que, además de ser un imbécil, es un imbécil corrupto, que se niega a cumplir con el trámite de publicar sus declaraciones de impuestos, que nada más llegar al despacho oval ordena descongelar la construcción de un oleoducto en el que tiene intereses económicos, y que mantiene una infinita lista de conflictos de intereses actuales o potenciales. No, no hay nada bueno que pueda salir de todo esto. 

Siento no haber escrito sobre tecnología o innovación hoy. Sé que la idea de esta página es compartir ideas sobre tecnología e innovación, y que la política norteamericana, por mucha influencia que pueda tener – que la tiene – sobre estos temas, no es algo que caiga dentro de los temas que regularmente acudís a leer aquí. Es más, que posiblemente, puestos a escoger, prefiráis leer sobre estos temas en otros sitios. Pero es que además de profesor, soy persona, vivo en el mundo, y estoy genuinamente preocupado. Muy preocupado. Cuando finalmente parecía que empezaban a cambiar un poco las cosas, y que incluso la opinión pública de un país como los Estados Unidos parecía abrazar progresivamente ciertas ideas de sostenibilidad y progreso, llega un imbécil corrupto y no es que lo pare todo, sino que lo envía varias décadas hacia atrás. Si alguna vez Trump nos pareció un auténtico imbécil durante su campaña electoral, ahora, después de su primera semana en la Casa Blanca, ya nos ha despejado toda posible sombra de duda: era un auténtico imbécil.

Estamos presenciando la llegada de tiempos muy oscuros.